LA CIUDAD MALDITA
1ª PARTE
By Aertes
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INTRODUCCIÓN |
Ray estaba sentado en una de las mesas de lectura de la gran biblioteca
de su ciudad, Longbow Port. Yarius, el bibliotecario, estaba sentado en su
escritorio junto a la entrada, como de costumbre, y hojeando el mismo libro
enorme de siempre. Hacía siete años que se conocían pero nunca le había dejado
ver ese libraco, ni a él ni a nadie. Y había tapado la cubierta del libro con
una tela para que no se viera ni la encuadernación. Ray dejó de pensar en ello
y se concentró en su propia lectura.
Ray era un joven de veinticuatro años enormemente interesado por la literatura y el culto imperiales. Pero allí en su ciudad nadie prestaba mucha atención a la religión ni a esos temas. Longbow Port sólo era una estación de aterrizaje de naves comerciales donde la gente acudía de todas partes una vez cada seis meses para comprar lo que los cargueros traían, pero nadie atravesaba el desierto que aislaba la ciudad el resto del año. Muchos de los trabajadores que la erigieron, no hace mucho, se quedaron en sus alrededores para vivir y la comunidad creció. En la ciudad en sí no había más de unos ochenta o noventa mil habitantes, y la mayoría eran granjeros o eran propietarios de los comercios de allí. La ciudad se dividía en cinco zonas. La zona norte era el puerto espacial propiamente dicho. En la zona este se encontraba la administración; el ayuntamiento y el departamento de policía. Las zonas central, oeste y sur no eran sino zonas comerciales de abstecimiento donde se repartía la mercancía de los cargueros. Y despertigadas por las afueras había granjas y tierras de cultivo. Hacía más de un mes que había pasado el último cargero de modo que hasta dentro de cinco meses más o menos la ciudad permanecería olvidada para el resto de las ciudades de aquel sector planetario.
Ray era hijo de Lloyd Calahan, un granjero
que criaba Wavets para vender su carne. Su padre era genial pero nunca le
escuchaba cada vez que empezaba a hablar de lo que había aprendido aquel día en
la biblioteca, donde se pasaba la mayor parte del tiempo. Había llegado a
entablar una gran amistad con el bibliotecario, Yarius.
Pasó otra página. Ray iba por la página
ciento ochenta y cuatro del libro “ARMAS IMPERIALES,
Yarius se acercó a la mesa de Ray con el gran
libro bajo el brazo. Su túnica blanca y marrón colgaba de sus anchos hombros
sobre el suelo del mismo modo que su melena plateada, antes dorada, colgaba de
los bordes de su calva. Su anciana faz traía una sonrisa llena de simpatía.
- Es hora de cerrar, Ray -le dijo con una voz
carrasposa pero nítida- Es bastante por hoy.
- ¿Ya? -dijo Ray- ¡No hay suficientes horas
en el día!
- Has estado aquí cinco horas, Ray, y menos
mal que he conseguido que salgas a comer algo. Debes tomarte tiempo para pensar
sobre lo que has leído y asimilarlo bien.
- ¡Pero no puedo parar, Yarius! -replicó el
joven- ¡Hay tanto que aprender aquí!
- ¡Vaya, hay pocas personas en esta ciudad
que piensan así! -dijo Yarius con una leve carcajada.
- Seguro de que sí. La gente de esta ciudad
tiene el culto al Emperador muy olvidado, me gustaría que más gente pensara
como yo.
El anciano bibliotecario amplió su sonrisa al
oír estas palabras.
- Y a mí también, me encantaría que más gente
viniera aquí a leer estos antiguos manuscritos, aprender la historia de nuestra
raza, nuestros logros. En fin, será mejor que te marches, Ray, o tu padre se
preocupará. Llévate ese libro si quieres y acábatelo en casa; ya me lo traerás
cuando quieras.
- Gracias, Yarius. Te lo traeré mañana.
El viejo asintió riendo, como si hubiera
adivinado lo que Ray iba a decirle.
Ray no había dado dos pasos en dirección a su
camioneta cuando el sonido de una alarma inundó la calle. Las farolas que
disolvían la oscuridad nocturna encendieron otra de sus luces, una roja.
- ¿Ray? -Yarius había salido de la biblioteca
a ver qué era el sonido- ¡Es la alarma de invasión! ¡Vete a casa! ¡Rápido!
- ¡Y tú, enciérrate bien en la biblioteca y
no salgas! -le replicó Ray. El joven montó en la cabina del vehículo y se
dirigió a toda prisa hacia la granja de su padre.
Yarius observó un momento cómo la camioneta
se alejaba a toda velocidad calle arriba. Acto seguido entró en la biblioteca y
activó un interruptor. Una pesada compuerta cerró sus mandíbulas metálicas
sobre el hueco de la puerta, casi ahogando el ruido de alarma del exterior; las
ventanas fueron selladas de forma similar. Segundos después oyó el sonido de su
comunicador. Abrió un cajón de su escritorio y lo cogió.
- Soy yo, Yarius -dijo la voz del gobernador
civil de Longbow Port a través del comunicador. Yarius no sólo era el
bibliotecario, también era el erudito, el hombre más sabio de la ciudad.
- Gobernador, ¿Qué es lo que ocurre?
- He recibido un mensaje del gobernador de
Jubilee Station, la ciudad vecina -se notaba su estado de nerviosismo- Decía
que la ciudad está siendo atacada por una fuerza invasora desconocida, pero el
mensaje se cortó y no pude volver a establecer contacto. Te necesito en el
ayuntamiento para discutir la situación.
- ¿Qué es lo que hay que discutir? -preguntó
Yarius- si habéis recibido un mensaje de invasión lo que debéis hacer es
organizar a la guardia urbana y poner Longbow Port en estado de sitio.
- ¡No puedo hacer eso! -replicó el
gobernador- ¡Si pongo a esta ciudad en una cuarentena de invasión los cargueros
espaciales de los dos próximos semestres no vendrán y Longbow Port se
arruinaría! ¡No pienso correr ese riesgo hasta estar seguro de qué es lo que
ocurre! ¡Y para ello necesito vuestro consejo aquí!
- Ya os he dicho lo que creo que deberíais
hacer -el tono de Yarius era mucho más sereno que el del gobernador-
Francamente creo es preferible un tiempo de hambre a una eternidad de lamentos.
- ¡No sabe lo que dice! ¡Usted sabrá más que
nadie en la ciudad acerca de sus tonterías religiosas pero yo sé que Longbow
Port no puede ponerse en cuarentena por una falsa alarma!
- Sabed que seríais condenado a muerte en el
acto si dijerais esas palabras ante cualquier otro servidor del Imperio -el
tono de Yarius se volvió desafiante-. En cuanto a lo de falsa alarma, acabáis
de decirme que habéis recibido un mensaje...
- ¡Eso aún no está confirmado! ¡Hasta que
pueda contactar con Jubilee Station ese mensaje carece de sentido! ¡Ahora venga
al ayuntamiento! ¡No me obligue a enviar a algunos guardias a buscarle!
- Está bien, gobernador. Ahora mismo salgo
para allá -contestó Yarius antes de cortar la comunicación y soltar un largo
suspiro.
La camioneta de Ray llegó a la granja donde
el joven se había criado con sus padres, a un kilómetro escaso de la ciudad.
Dejó la camioneta en el cobertizo junto a los inmensos corrales de Wavets y
entró corriendo en la casa. La misma luz roja de las farolas de la ciudad
brillaba sobre la puerta, ya no se oía la sirena.
Al entrar en el salón de la casa su padre
apareció por otra puerta con su rifle de cazar búfalos Kurns y le con un abrazo
antes de conectar un interruptor que selló puertas y ventanas con compuertas,
convirtiendo la casa en un búnker. Ray entró en su habitación y sacó del
armario su escopeta imperial Predator y una larga canana repleta de cartuchos
del 15. Volvió al salón. Su padre le dijo que comprobara la cocina y el desván
allí mientras él comprobaba que la casa estaba sellada en las restantes
habitaciones.
Yarius se encontraba en la sala de debates
del ayuntamiento de Longbow Port, sentado en una mesa junto a los demás
personajes de la ciudad, incluido el orondo gobernador. El erudito era el único
que no intervenía en la airada discusión que flotaba a su alrededor; se
limitaba a escuchar con la cabeza baja, incapaz de comprender tanta estupidez.
- ¡Repito a los miembros de este consejo que
no voy a permitir que los cincuenta mil comerciantes y granjeros de esta ciudad
se arruinen sin tener una razón de peso! -decía el gobernador.
- ¿Qué otra razón necesita aparte del aviso
de una ciudad vecina de una invasión? -le respondió Michael Hargus, el capitán
de la guardia urbana de la ciudad- ¡Sólo tiene que autorizarme a enviar un
grupo de reconocimiento al Este! ¡Si hay algún ejército invasor lo
encontraremos y tendrá su puñetera razón de peso para arruinar esta ciudad y
salvar a sus noventa mil habitantes!
- El gobernador tiene razón -discutió Sir
Edion, quien llevaba la contabilidad del comercio con las naves comerciales-
Establecer una alarma de cuarentena supondría unas pérdidas del ciento setenta
por ciento para cada comerciante de Longbow Port, en el mejor de los casos.
- Entonces, ¿Estáis de veras dispuestos a
arriesgar noventa mil almas con tal de asegurar su comercio? -preguntó Yarius-
¡Es una afrenta imperdonable al Emperador!
- ¡No empiece con sus monsergas espirituales,
Yarius! -le interrumpió el gobernador- ¡Usted está aquí como asesor para
aclararnos qué hacer, no para darnos una de sus lecciones!
- ¿Olvidáis qué motivo me trajo a este
planeta y a esta ciudad? -dijo el erudito.
- ¡No, no lo olvido! ¡Usted vino para
meternos todas esas tonterías de la “cultura imperial”, pero aquí no es ninguna
autoridad y nadie se toma sus discursos en serio! ¡Así que limítese a
aclararnos lo que necesitemos saber y nada más!
- ¡No creáis que me voy a callar mientras vos
os pasáis de manos las vidas de toda esta gente! ¡Yo represento al voluntad del
Emperador aquí y exijo que se me escuche!
- ¡Bien! Capitán Hargus, estoy de acuerdo con
que envíe un pequeño grupo de exploración -el gobernador se negó a seguir
discutiendo con Yarius, quien se recostó en su sillón intentando serenarse,
pero clavando una viva mirada en la mofletuda cara del gobernador- Pero quiero
que la discreción sea máxima; sólo los que estamos aquí debemos saber que enviamos
a un grupo a inspeccionar los alrededores. Este pueblo ya está acostumbrado a
falsas alarmas que no terminan en nada.
- ¡Ya era hora! -dijo Hargus antes de
abandonar la sala con paso ligero.
Los ánimos empezaron a enfriarse en la sala
de debates. Yarius aún tenía una mirada odiosa sobre el gobernador, quien se
esforzaba por ignorarle. El erudito comenzó a hablar de nuevo con un tono
suplicante, esperando que hiciera más efecto que los gritos. No le costó
convencer al gobernador de que diera la orden de organizar a la guardia urbana,
ya que ello era un acto normal en la ciudad tras una alarma de invasión y nadie
podía alarmarse más de lo necesario. Sir Edion dio su aprobación tras mencionar
que ello no podía llegar a oídos de los comerciantes. Yarius suspiró largamente
ahogando un nuevo reproche hacia la actitud del tesorero.
En casa de Lloid Calahan, el comunicador
sonó. Ray contestó; era Johan Flinn, de la granja vecina. También se había
encerrado en casa y preguntaba si sabían algo acerca de la alarma. Ray dijo que
no. Lloid entró en el salón y le pidió el comunicador a su hijo. Mientras su
padre hablaba Ray volvió a sentarse en el sofá. La última alarma que se había
declarado en la ciudad fue a causa de una fuga en la ciudad colmena Norgunter,
a cuatrocientos kilómetros al norte de Longbow Port. Algunas bandas se habían
escapado por los sistemas de ventilación del submundo de la colmena, y su
ciudad era la más cercana. Por suerte el yermo desierto que les separaba de la
ciudad colmena acabó con muchos pandilleros antes de que éstos pudieran llegar
a la ciudad, que fue puesta en alerta por las altas esferas de Norgunter. Como
ahora, todas las casas de las afueras de la ciudad disponían de dispositivos
que las convertían en búnkers fortificados, inasaltables sin armamento pesado.
Eran las ciudades clase Asedio 3.19C. La guardia urbana redujo a las bandas al
cabo de unos días de tiroteos callejeros y los pandilleros que no habían sido
muertos a tiros fueron devueltos a Norgunter.
Ray había pensado muchas veces en ingresar en
la guardia urbana, pero su padre le necesitaba en la granja durante la
primavera y el verano, sin embargo había participado varias veces en las
partidas civiles para expulsar bandas problemáticas de la ciudad. Lloid cortó
la comunicación. Dijo que los Flinn tampoco sabían nada sobre la alerta.
En la ciudad, las calles estaban desiertas.
Cada puerta y ventana de los edificios estaba sellada por compuertas y
persianas blindadas, y las farolas seguían haciendo brillar dos luces blancas y
una roja. Por una esquina, en perfecta formación, aparecieron dos Rangers
acompañados por diez guardias urbanos con equipo anti-disturbios. El Ranger es
una variante del Sentinel de la guardia imperial utilizado en muchas ciudades
como apoyo para la policía en situaciones difíciles. Los dos bípodes eran de
color azul marino con las siglas DPLP (“Departamento de Policía de Longbow
Port”) escritas en los laterales sobre el escudo del departamento. Los guardias
lucían el mismo color en sus armaduras de anti-disturbios y el mismo escudo con
iguales siglas en la espalda. Uno de ellos iba revisando su arma, al parecer
tenía problemas para poner y quitar el seguro. Al llegar a una bifurcación se
separaron en dos grupos de un Ranger y cinco guardias cada uno y empezaron a
patrullar avenidas distintas.
En la sala de debates del ayuntamiento,
Yarius, Sir Edion, el gobernador y el recién llegado Lord Mathey, un experto en
antigüedades y también sabio y miembro del consejo de la ciudad, esperaban
noticias del capitán Hargus, quien les había llamado hace mucho para decir que
se encontraba en un puesto policial de las afueras y habían mandado a un grupo
de guardias en motocicleta a inspeccionar la zona Este. Lo que Hargus no les
había dicho era que les había ordenado llegar hasta la propia ciudad de Jubilee
Station para estar bien seguro.
Pasó mucho tiempo, una hora y media
aproximadamente, hasta que el comunicador del gobernador sonó. Al responder oyó
la voz de Hargus maldiciendo. Hargus informó de que le había llamado el grupo
de reconocimiento; sólo quedaban dos de los guardias, que volvían a Longbow a
toda velocidad. Al parecer el mensaje de la invasión de Jubilee Station no sólo
era cierto, sino que era insuficiente. No se trataba de una vulgar incursión de
piratas, sino de un gran ejército. Hargus le dio la descripción de los piratas
que le había dado el guardia por el comunicador. El gobernador le dijo que se
asegurase de que ninguno de los guardias estaba delirando y Hargus espetó que
si uno de sus guardias le informaba de algo, era puñeteramente cierto. Además
el ejército había arrasado la pequeña ciudad vecina y se dirigía hacia aquí muy
deprisa. Antes de que el gobernador dijera algo Hargus le informó de que iba a
organizar una fuerza defensiva en la zona Este de la ciudad y a alertar a todos
los puestos policiales exteriores. Acto seguido cortó la comunicación. El
gobernador puso el comunicador sobre la mesa perplejo. Dijo a Yarius, Sir Edion
y Lord Mathey de lo que el capitán Hargus había informado. Yarius y Lord Mathey
se mostraron preocupados al oír la descripción de los invasores.
- ¡¿Han arrasado Jubilee Station?! ¡Esto es
terrible! -decía Sir Edion- ¡Toda esa gente...!
- ¿Ahora es cuando se preocupa por las almas,
Sir Edion? -inquirió Yarius.
- ¡Cielo Santo! -continuó el tesorero-
¡Jubilee Station es casi tan grande como esta ciudad! ¡Y la han arrasado! ¿Cómo
es posible? ¡Nadie puede destruir las ciudades clase Asedio
- Me temo que sí, gobernador -interrumpió
Yarius- Sólo conozco una raza alienígena que se ajusta a la descripción “cascos
alargados y sus vehículos vuelan” -dijo repitiendo las palabras del gobernador-
y si se trata de un gran ejército, como el capitán Hargus asegura, esta ciudad
está en grave peligro. Debe enviar ahora mismo una señal de cuarentena de
invasión.
- Yarius, ¿sabe usted algo acerca de esos
piratas? -preguntó Sir Edion.
- Como ya os he dicho, los únicos que conozco
que se ajustan a esa descripción son una raza alienígena llamada Eldar, y si
son los eldars que yo me temo estamos en apuros. Los eldars son despiadados y
sanguinarios. Atacan mundos enteros sólo para conseguir un botín de esclavos y
luego abandonan el planeta para volver a sus guaridas. Si son esos eldars los
que se acercan, esta ciudad está perdida a menos que déis una alerta de
invasión a la guardia imperial ahora mismo.
- ¡Eso es una sandez! ¡Esta ciudad es ahora
un gran búnker fortificado! ¡Nadie puede entrar si nosotros no se lo
permitimos! -replicó el gobernador.
- No, los eldars siempre consiguen entrar -Lord
Mathey habló por primera vez- Yarius tiene razón; los eldars pueden entrar
dondequiera que se propongan. Les conozco bien; he estudiado mucho acerca de su
especie y su tecnología -Yarius y Lord Mathey nunca se habían llevado bien,
pero ahora parecían estar de acuerdo- Necesitaremos una gran fuerza para
defendernos de ellos.
- Es por ello que debéis alertar a la guardia
imperial si queréis tener una oportunidad de salvar Longbow Port! -dijo Yarius.
- ¿De veras cree que lograrían asaltarnos?
-Preguntó Sir Edion preocupado a los eruditos- Ustedes han visto la ciudad en
modo de asedio, como lo está ahora. ¿Creen de veras que esos “eldars” lograrían
penetrar las defensas policiales?
- Si no desisten al principio, nos hostigarán
hasta conseguirlo -dijo Yarius asintiendo con la cabeza.
El gobernador se puso aún más nervioso.
- ¡Pero... nuestro cuerpo de policía tiene el
mejor equipo de este sector... exceptuando a los Adeptus Arbites de Norgunter!
-tartamudeó.
- Si son un ejército numeroso, pueden ser capaces
de asaltar la propia Norgunter -advirtió Yarius-. A juzgar por su número según
los policías, lo más probable es que hayan venido a barrer todo este sector. No
pasarán de largo ni una sola ciudad.
Se hizo un silencio antes de que el
gobernador volviese a hablar.
- Usted no me cae bien, Yarius. Pero nunca me
ha mentido. ¿Cree de veras que son capaces de tomar Longbow Port pese a
nuestros esfuerzos?
- Calculo que podremos mantenerles fuera un
día o dos como mucho, y luego puede que tarden unos tres días más en invadir
toda la ciudad si nuestra guardia urbana resiste. Es por esto que debe dar la
alerta sin pérdida de tiempo. La guardia imperial puede llegar aquí en menos de
una semana.
Un nuevo silencio se hizo en la sala mientras
el gobernador meditaba. Su cara estaba empapada de sudor por el nerviosismo.
- ¿Y ese libro que usted siempre está
estudiando, Yarius? -dijo de pronto Lord Mathey- Usted me dijo una vez que
contenía hechizos arcanos...
- ¡No! -gritó el bibliotecario de pronto- ¡Ni
se os pase por la cabeza mirar ese libro! ¡Contiene secretos que vos no
comprendéis!
- ¡He estudiado durante cincuenta años, más
de la mitad de mi vida dedicada a comprender y descifrar cualquier escrito!
-respondió el anticuario- ¡Puedo comprender lo que dice ese libro mejor que
usted! ¡Además ese libro debería ser mío!
La discusión de siempre había empezado de
nuevo. Desde que vió a Yarius estudiando el gran libraco, Lord Mathey intentaba
por todos los medios de hacerse con él aduciendo que su estudio era cosa de un
anticuario y no de un bibliotecario. Yarius siempre le respondía que nunca
podría comprender lo que aquellas páginas encerraban, pero Lord Mathey nunca
desistió. Una vez Yarius se vió obligado a explicarle una sola página del
libro, pero la avidez del anticuario aumentó aún más a partir de aquel día.
CRISIS
- ¿De qué libro hablan ahora? -preguntó el
gobernador- ¿Les parece adecuado hablar ahora de eso?
- ¡Gobernador, con el poder de ese libro se
podría salvar la ciudad sin ninguna otra ayuda! -dijo Lord Mathey.
- ¡Os equivocáis! -gritó Yarius- ¡Ese libro
es capaz de desencadenar algo mucho peor que la invasión de los eldars!
- ¡Está totalmente paranoico, Yarius! ¿Qué le
ocurre? ¿No desea hacer todo lo posible para salvar a esta ciudad? -Lord Mathey
miraba de reojo al gobernador mientras discutía con Yaríus.
- ¡Un momento! -interrumpió el gobernador-
¡No entiendo nada de lo que están diciendo, pero si saben algo que pueda sernos
de ayuda explíquenmelo ahora mismo!
- ¡Ese libro no puede ser de ninguna ayuda!
-repetía Yarius- ¡Y es una completa canallada de vuestra parte aprovechar una
crisis como esta para apoderaros de él, Lord Mathey!
- ¡Intento encontrar opciones para salvar a
esta ciudad! ¡Pero Yarius persiste en no revelarnos la solución!
- ¡Os repito que ese libro dista
infinitamente de ser la solución a ningún problema!
- ¡Miente!
- ¡YA BASTA! -el inhumano grito del
gobernador y el puñetazo que dió en la mesa les hizo callar a los dos-
Caballeros, serenémonos un momento y discutamos esto con calma. Es de la vida
de esta ciudad de lo que estamos tratando aquí.
- Ya os he dicho lo que debéis hacer -dijo
Yarius aburrido.
- No vamos a alertar a la guardia imperial
hasta que no haya otra alternativa.
- ¡La alternativa es el libro! -repitió Lord Mathey.
- ¡No! -le cortó Yarius.
- ¡Silencio! -la monotonía de la discusión
estaba siendo agobiante para el gobernador- Yarius, ¿qué... demonios es lo que
tiene ese libro de particular?
Yarius alzó una ceja como si la expresión del
gobernador resultase apropiadamente cómica.
- Es mejor que no lo sepáis -contestó.
- ¿Es algo que puede ayudarnos con ese
ejército invasor?
- No.
- ¡Mentira!
- ¡Lord Mathey! ¡No hable hasta que le dé la
palabra! -el anticuario suspiró enojado al oír al gobernador. Se volvió hacia
Yarius- Yarius, ¿Estáis seguro de que no conocéis nada que pueda ayudarnos a
combatir a ese ejército?
- No, salvo poner este asunto en conocimiento
de la guardia imperial -el gobernador suspiró al oirle repetir lo mismo.
- Muy bien, gracias, Yarius -dijo- Lord
Mathey, usted dice que ese libro puede destruir a nuestros enemigos sin tener
que sacar este asunto de aquí, ¿No?
- Exacto -respondió el anticuario. Yarius le
miraba odiosamente.
- ¿Y cómo puede ayudarnos un vulgar libro a
destruir un ejército? -preguntó el gobernador.
- El libro describe una antiquísima ceremonia
a través de la cual pueden invocarse criaturas mágicas que siguen las órdenes
del sacerdote.
- ¿Qué sacerdote? -seguía el gobernador.
- El que culmine la ceremonia.
- ¿Cómo sabéis vos todo eso? -le preguntó
Yarius con rostro sorprendido- ¡¿Habéis estado leyendo el libro sin mi
autorización?!
- ¡Silencio, Yarius! -dijo el gobernador- Y
decidme, Lord Mathey, ¿Cuanto tiempo se requiere para celebrar esa ceremonia?
-los ojos del gobernador brillaban de satisfacción entre su mofletuda cara.
- Oh, muy poco. Pero aún tendré que revisar
el libro a fondo, si vos aprobáis esta acción, gobernador.
- ¿Y esas criaturas podrían librarnos del
enemigo?
- Sí. Su poder es muy superior al de cualquier
ejército.
- ¿Sin ninguna otra ayuda?
- No, señor. No haría falta la intervención
de la guardia imperial ni imponer una cuarentena de invasión en Longbow Port.
Yarius escuchaba desconcertado. Había
guardado celosamente el libro en todo momento; ¿cómo podía Lord Mathey saber
tanto acerca de él?. Lentamente, su mente llegó a una dolorosa, improvable
respuesta, pero que encajaba demasiado bien con la realidad. El comunicador de
la mesa sonó y el gobernador se dispuso a contestar.
- ¡Vos estáis poseído! -repentinamente el
bibliotecario gritó a Lord Mathey- ¡Estáis poseído por los demonios del libro!
- ¡Gobernador! -gritó el anticuario- ¡El
bibliotecario desvaría! ¡Ese libro es nuestra única salvación y él intenta
negárnosla!
- ¡Cállense los dos ahora! -dijo el
gobernador mientras intentaba contestar a la llamada.
De pronto Yarius se levantó como en trance y
extrajo de debajo de su túnica una daga. La empuñadura tenía forma de cruz
enmarcada en un círculo y sonaba como un sonajero. El anticuario quedó
totalmente horrorizado al ver el artefacto. Sir Edion saltó de su silla y se
encogió contra un rincón.
- ¡Yarius! -gritó el gobernador- ¡Guardias!
¡Guardias!
Los tres guardias del pasillo entraron y, a
una orden del gobernador, encañonaron al bibliotecario con sus armas. Pero
Yarius no se detuvo y se abalanzó sobre Lord Mathey cantando un salmo. Lord
Mathey estaba paralizado. Los guardias sujetaron a Yarius justo antes de que
alcanzara al anticuario y le arrebataron el puñal. Lo arrastraron fuera de la
sala mientras él seguía forcejeando; gritaba que Lord Mathey estaba poseído y
le llamaba “demonio”. Pese a su edad, estaba logrando zafarse de los fornidos
guardias que lo sujetaban. Uno de los guardias le golpeó en la nuca con la
culata de su rifle pero él no desistió. Le golpeó una segunda vez y lo dejó sin
sentido. Lo arrastraron sin dificultad hacia la comisaría. Lord Mathey
respiraba con dificultad; estaba pálido y temblaba por el miedo. Sir Edion se
volvió a sentar secándose la cara con un pañuelo.
- Ya... ya ha pasado, Lord Mathey -le decía
el gobernador al ver su aspecto- No... no comprendo... Yarius es un hombre muy
terco pero es una de las personas más calmosas y pacíficas que conozco... nunca
le había visto así.
- Nunca me gustó ese hombre -respondió Lord
Mathey más calmado- siempre ocultando sus secretos para que nadie más los
conozca...
El comunicador volvió a sonar; el gobernador
lo había desconectado sin querer. Al contestar oyó la agitada voz del capitán
Hargus gritando que el ejército enemigo ya estaba a la vista. El gobernador le
ordenó resistir todo lo que pudiera porque creía haber encontrado la solución.
Hargus respondió que no le valían suposiciones. El gobernador le repitió la
orden y cortó. Luego le dijo a Lord Mathey que tenían que darse prisa en
preparar esa ceremonia. Ambos salieron apresuradamente de la sala. Sir Edion
quedó solo y confuso en su silla.
En los calabozos, dos guardias depositaron a
Yarius sobre la litera de una celda y cerraron la puerta tras salir. Otro de
ellos estaba metiendo la ornamentada daga en una caja fuerte. Los dos guardias
iban por el pasillo pavoneándose de su hazaña: reducir al anciano
bibliotecario. Súbitamente, el pasillo quedó inundado de una luz roja una
insistente alarma empezó a recorrer la comisaría.
Los invasores estaban ya en las afueras de la
ciudad. Sus numerosos y oscuros vehículos flotaban rápidamente hacia la línea
defensiva que la policía había organizado. Los transportes tenían plataformas a
ambos lados donde viajaban varios guerreros con sus armas preparadas. Los
edificios más exteriores de la ciudad eran como torres y búnkers fortificados y
no había modo de penetrar en ella sin lucha. Los vehículos de vanguardia
empezaron a disparar extraños proyectiles de energía hacia los defensores.
El capitán Hargus disparaba su rifle
automático insistentemente contra los enemigos que se acercaban. Los invasores
no se habían comunicado, no habían dicho una sola palabra. En cuanto vieron una
defensa organizada ante ellos se lanzaron a la carga montados en sus vehículos
flotantes. Vestían armaduras negras con dibujos blancos de esqueletos y daban
salvajes gritos de guerra. Hargus seguía disparando su arma a los ocupantes de
los vehículos, ya que los propios vehículos eran demasiado resistentes.
El sargento Thanell, al mando de una escuadra
de Rangers, dió orden de disparar y las ametralladoras de los bípodes segaron
el lateral de uno de los vehículos, haciendo que sus ocupantes cayeran rodando
debido a la elevada velocidad. Los proyectiles de los invasores empezaron a
hacer estragos: la escuadra de Thanell al completo fue eliminada por un sólo
vehículo enemigo erizado de cañones por todas partes. Tras el ensordecedor
ruido de las explosiones Hargus recibió informes de que algunos grupos de
invasores se habían infiltrado por otros puntos de la ciudad, al norte y al
sureste.
Los guerreros saltaron de los transportes y
dispararon sus armas mientras cargaban contra la línea defensiva. Varios
guerreros más se acercaron flotando sobre grotescas máquinas aplanadas, como
patines voladores, y pasaron entre las filas policiales acuchillando a los
humanos con las bayonetas de sus armas. Patinaron con sus artefactos volantes a
lo largo de la línea policial disparando a diestro y siniestro. Poco a poco
todos fueron derribados a tiros, pero habían causado muchas bajas y debilitado
la defensa en el flanco derecho. Los invasores atacaron con más crudeza ese
flanco. Hargus ordenó al sargento Krane que moviera su VCR (vehículo de control
de revueltas) para reforzar el frente derecho.
El VCR es un transporte de tropas blindado
basado en el modelo del Chimera de la guardia imperial utilizado para
transporte de los grupos antidisturbios y frecuentemente armado con armas
pesadas para sitiar edificios capturados por las bandas. El vehículo se
propulsó con sus seis gruesas ruedas hasta ponerse tras el frente derecho y
disparó la gran ametralladora pesada montada en su torreta hacia los enemigos,
barriendo toda una fila que estaba a punto de alcanzar la barricada. Algunos policías
entraron en el VCR por la parte de atrás y empezaron a disparar las metralletas
montadas en el lateral del vehículo.
El gobernador y Lord Mathey llegaron al lugar
del conflicto en un vehículo oficial escoltado por policías en motocicleta. El
anticuario llevaba bajo el brazo el gran libraco que acababan de robar de la
biblioteca de Yarius. Había estado leyéndolo todo el camino hasta allí, excepto
cuando lo dejó un instante para hacer una llamada por su comunicador. La tela
que el bibliotecario había colocado envolviendo la cubierta había sido rasgada
por Lord Mathey y ahora mostraba una encuadernación de piel grisácea y muy
desgastada con un símbolo metálico de un círculo con ocho flechas apuntando
hacia fuera.
Los guardias del gobernador se sobresaltaron
cuando vieron aparecer por una esquina un grupo de unos cincuenta civiles.
- ¡Quietos! -gritó Lord Mathey- lo he llamado
yo, son mis acólitos. Los necesito para celebrar la ceremonia.
La línea policial resistía con dificultades,
pero resistía. Los invasores no parecían dispuestos a retirarse y seguían
martilleando las defensas de la ciudad. Las aspilleras de los puestos de
guardia despedían leves llamaradas al disparar los policías de su interior a
través de ellas. Varios VCR más se habían distribuido tras las líneas como
fuertes móviles y descargaban sus armas contra los invasores, quienes se habían
atrincherado amontonando rocas y colocando los restos de algunos de sus
vehículos destruidos como barricadas. El ruido de disparos y explosiones era infernal
para el gobernador, más acostumbrado a las suaves melodías que siempre flotaban
por los altavoces del ayuntamiento. El anticuario empezó a decir a sus alumnos
que formaran un círculo en torno a él y luego que algunos se amontonaran en
diversos puntos del círculo, formando un raro símbolo: un círculo con ocho
flechas apuntando hacia fuera, como el emblema de la cubierta del libro. Una
vez todos estuvieron en posición, Lord Mathey empezó a recitar los salmos del
libro en una lengua incomprensible, como un contínuo murmullo. Casi no se le
oía debido al ruido del tiroteo que estaba teniendo lugar a escasos cincuenta
metros, pero a él no parecía importarle. Todos los civiles permanecían sentados
con las piernas cruzadas y oyendo atentamente lo que podían del anticuario,
como él les había dicho. Todos tenían el miedo reflejado en sus rostros, ya que
no estaban lejos de la batalla y los disparos y explosiones se sucedían
aterradoramente cerca.
El combate se había recrudecido con la
llegada de más invasores y artefactos que parecían tanques flotantes con
enormes pinzas. Varios policías armados con lanzagranadas dispararon contra uno
de estos tanques como escorpiones; los proyectiles estallaron al chocar contra
el escudo frontal del vehículo e hicieron un boquete en él, pero esto no detuvo
a la máquina.
Lord Mathey iba subiendo su tono cada vez que
empezaba a cantar un nuevo salmo del
libro. El gobernador observaba la marcha de la ceremonia desde su coche, donde
se había refugiado. Algunos de los civiles que participaban en la ceremonia
empezaron a sentir algo, una sensación de inmenso bienestar. De pronto no
tenían miedo del tiroteo que tenía lugar cerca de ellos, sino que les hacía
sentirse mejor. Una tremenda explosión sacudió a uno de los VCR cuando un arma pesada
de los invasores lo atravesó. El estallido hizo que algunos de los civiles
temblaran de placer, como si el ruido y la desperación del combate les hiciera
disfrutar.
- ¡Invoco al Príncipe del Placer! -decía-
¡Señor del éxtasis infinito, líbranos de nuestros enemigos con tus amadas
hijas, portadoras de muerte! ¡Te ofrecemos consagrar nuestra ciudad a tu causa
por toda la eternidad!
El gobernador salió del vehículo totalmente
perplejo por las palabras de Lord Mathey. Empezó a preguntarle a gritos qué
demonios estaba diciendo, pero el anticuario siguió con sus súplicas
ignorándole por completo.
- ¡Danos tu abrazo protector, oh señor de la
felicidad!
- ¡Te rogamos! ¡Te suplicamos! ¡Otórganos el
beso de tu placer! -El gobernador casi quedó aterrorizado cuando todos los
civiles de la ceremonia dieron al unísono esta respuesta a los salmos de Lord
Mathey como si se supieran la liturgia de memoria. Todos tenían los ojos
cerrados y la cabeza baja y ninguno parecía darse cuenta de lo que estaba
haciendo.
- ¡Haznos fuertes, dios de deliciosas
emociones! ¡Para que podamos defendernos de nuestros enemigos y poder servirte
con nuestros cuerpos y nuestras almas! ¡Permitenos disfrutar con la muerte de
aquellos que se oponen a tu credo! -decía el anticuario.
- ¡Te rogamos! ¡Te suplicamos! ¡Otórganos el
beso de tu placer! -respondían los civiles.
El gobernador quería detener aquello, pero no
se atrevía a acercarse. Se percató de que todos los que estaban tomando parte
en la ceremonia estaban sonriendo. Eran sonrisas infantiles, inocentes,
felices. Temblaban y se retorcían pasándose las manos por todo el cuerpo. Se
tumbaban y rodaban por el suelo soltando leves carcajadas agudas, tranquilas,
felices. Lord Mathey empezó a convulsionarse espasmódicamente, pero su rostro
estaba sereno, incluso alegre, feliz mientras continuaba con sus oraciones, que
ya sólo recibian jadeos y risas como respuesta sin que esto el preocupase.
- ¡Esto es una locura! ¡Se ponen a celebrar
no-se-qué de la felicidad y hay policías muriendo por ellos allí mismo! -dijo
el gobernador, quien no entendía nada de lo que ocurría- ¡Deténgan ahora mismo
a Lord Mathey! -dijo a los policías de su escolta.
Dos de los policías pasaron entre los
civiles, que estaban tumbados en el suelo riendo felizmente y contoneándose
como si estuvieran en compañía de un amante invisible. Se acercaron al
anticuario, quien seguía de pié recitando más oraciones. Lord Mathey les miró
con una faz inocente y amable y les hizo señales con una mano, invitándoles a
unirse a la aparente fiesta en que se había convertido la ceremonia. Los
agentes pensaron que se habían vuelto todos locos y se dispusieron a
inmovilizar al anticuario.
El gobernador pensaba que iba a dar una buena
lección a Lord Mathey por engañarle de esa manera. Le había prometido salvar la
ciudad sin tener que sacar el asunto de allí y ahora se había puesto a celebrar
una orgía en el mismo campo de batalla. Miró a la línea policial justo a tiempo
de ver cómo otro de los VCR saltaba por los aires, literalmente, merced a una
violenta explosión azulada. Los policías empezaron a retroceder a posiciones
más retrasadas al verse incapaces de contener por más tiempo el ataque invasor.
Otro VCR desató una tormenta de venganza sobre otro transporte y lo voló en mil
pedazos. Los incursores que rodeaban al vehículo huyeron despavoridos antes de
reagruparse. Pensó que iba siendo hora, de veras, de alertar a la guardia
imperial.
Michael Hargus estaba herido. Un proyectil
enemigo le había alcanzado el hombro. No era más que un rasguño, pero le
escocía como si le hubieran cortado con un cristal de sal. Intentó cubrirse lo
más posible tras un ancho escudo blindado de los que usaban para avanzar por
calles y pasillos, pero ahora los estaban usando para retroceder. Mientras
retrocedía seguía disparando como podía con el brazo bueno a la vez que apenas
sostenía el escudo con el brazo herido. Se agazapó tras la esquina de uno de
los búnkers en que se habían convertido las casas de las afueras de Longbow
Port y ordenó mantener posiciones. La herida empezó a hacerle perder la
sensibilidad en todo el brazo; estaba seguro de que estaban disparando
proyectiles envenenados o algo grotescamente similar.
El gobernador quedó perplejo cuando vió a los
dos policías que estaban a punto de detener a Lord Mathey arrojar sus armas al
suelo y unirse a la extraña ceremonia. Se quitaron sus cascos y sus armauras de
anti-disturbios y empezaron a actuar como los fanáticos civiles, quienes se
besaban entre sí y seguían sonriendo y carcajeándose como colegiales.
- ¡Esto es brujería! -dijo el gobernador- ¡Es
como los casos que me contó ese testarudo de Yarius! -se quedó meditando un
momento- Hmm... seguro que él puede poner fin a esta locura de ceremonia -se
volvió hacia otros dos de sus guardaespaldas- Id a la prisión de la comisaría y
traedme a Yarius, el bibliotecario. Rápido.
Los policías montaron en sus motocicletas y
se dirigieron calle arriba. “Por suerte la comisaría no está muy lejos” pensó
el gobernador. Cuando se volvió para ver la evolución del tiroteo, percibió
algo extraño en el lugar de la ceremonia. Lord Mathey tenía una estatura medio
metro mayor. Sus orejas se estaban haciendo puntiagudas y le estaban brotando
cuernos óseos de las sienes. Todos estos cambios le estaban desgarrando la piel
y se oían crujir sus huesos. Para mayor angustia del gobernador, que le mirada,
sus músculos eran de un color púrpura azulado muy oscuro, casi negro, bajo su
torturada piel. El libro se le cayó de las manos debido a las convulsiones de
su cuerpo. Su sonrisa estaba arqueada hacia atrás de forma horrible. Sus ojos
eran totalmente visibles al haberse estirado la piel de los párpados. Sus
piernas estaban cambiando; sus pies estaban alargándose y las pantorrillas se
acortaban. Se puso en cuclillas mientras los huesos de las piernas se partían y
retorcían, haciéndose similares a las de un perro o un gato erguidos. Su cuerpo
entero empezó a resplandecer con una luz rosada. Sus ropas se desgarraron por
completo por la presión de su creciente cuerpo, descubriendo un nuevo brazo que
le había surgido de debajo de la axila derecha y dos raquíticos miembros más en
su espalda. Sus músculos pectorales eran enormes, y segúian creciendo junto a
toda la anatomía de aquel ahora irreconocible humano. La luz se hizo más
intensa. Los civiles se convulsionaban violentamente sin siquiera darse cuenta
de las transformaciones del anticuario; jadeando y gritando por un placer
incomprensible haciendo las veces de un obsceno coro. Súbitamente todos se
unieron en un grito al unísono:
- ¡SLAANESH!
El gobernador caminó hacia atrás horrorizado;
las explosiones y la tensión del tiroteo no eran nada comparado con el terror
que aquello le producía, pero se esforzó en confiar en las palabras de Lord
Mathey. Sus escoltas se echaban atrás apuntando sus armas al foco de luz. Lord
Mathey aún era visible tras la resplandeciente cortina mientras su cuerpo
seguía creciendo. Su piel se había rasgado completamente y sus negros músculos
estaban desnudos. Algunas gotas de sangre negra supuraron de ellos y cayeron al
suelo. Uno de los escoltas preguntó al gobernador qué era eso. El gobernador
respondió al cabo de unos segundos negando con la cabeza. Se oyó la voz de
Michael Hargus a lo lejos:
- ¡¿Qué demonios están haciendo?! ¡¿Qué son
esas cosas?!
El gobernador miró tímidamente hacia el lugar
del tiroteo y vió que en diversos puntos tras la línea policial habían
aparecido esferas luminosas como la que ahora envolvía a Lord Mathey. Los dos
policías que habían partido volvieron, pero no se acercaron más y se escondieron
tras en vehículo del gobernador, quien se acercó a ellos. Vió que no traían
consigo a Yarius.
- ¿Qué hacen aquí sin el bibliotecario? -les
gritó para hacerse oír por encima del griterío de la ceremonia y los disparos
del combate.
- No estaba allí, señor. Encontramos al
guardia de turno inconsciente en el suelo, y la celda en la que él nos dijo que
habían metido al bibliotecario estaba... vacía. ¿Qué son esas luces? ¿Y qué le
está ocurriendo a...?
- Se lo explicaré luego. ¿Qué quiere decir
con “vacía”?
- Señor, la reja de la celda estaba
totalmente retorcida.
- ¿Cómo?
- Sí, señor. Los barrotes estaban doblados
hacia afuera, y el bibliotecario no estaba allí. Luego nos dijeron que había
huido en una motocicleta de patrulla.
- ¿Me está diciendo que ese anciano destrozó
su celda, dejó K.O. a un guardia y se escapo de la comisaría?
- Eh... no, señor. Dejó inconscientes a seis
policías hasta llegar al parque móvil.
El gobernador se llevó ambas manos a la cara,
intentando serenarse y comprender lo que ocurría, pero de repente se oyó un
espantoso rugido por todo el campo de batalla. Incluso el tiroteo entre
policías e invasores se interrumpió por un instante. La luz que envolvía a Lord
Mathey se había desvanecido. Su cuerpo medía cerca dos metros y medio y sus
fornidos músculos estaban ahora cubiertos por una piel rosa oscuro. Su mano
izquierda empuñaba una enorme espada cuya hoja estaba ricamente decorada con
runas y símbolos. Su brazo adicional estaba rematado en una pinza que
ridiculizaba las de los vehículos de los invasores. Su única ropa era un largo
tabarrabos de malla metálica dorada del que colgaba un emblema como el del
libro, que ahora yacía en el suelo abierto y con sus páginas aplastadas contra
la tierra por la pesada encuadernación. Sus piernas eran largas y esbeltas,
como su cintura y su cuerpo, y tenían dos articulaciones, como las patas de un
caballo que anduviera erguido; incluso terminaban en cascos en lugar de pies.
Su cabeza presentaba ahora dos cuernos que se alzaban sobre sus ojos. Su pecho
estaba hinchado, dando la impresión de tener una gran fuerza. A todos los que
miraban a la criatura les parecía un engendro infernal. Estaba encogido. Tensó
todos sus músculos para acabar de adaptar su cuerpo. Se oyeron algunos crujidos
más cuando dos enormes alas como las de un murciélago se alzaron sobre sus
hombros.
SALVACIÓN
Varios gritos de sorpresa y temor se
sucedieron en la línea policial cuando vieron que las otras esferas luminosas
se habían apagado, dejando en sus lugares grupos de extrañas criaturas del
tamaño de un hombre. Tenían cuerpo de mujer, sus piernas se doblaban de forma
similar a las del enorme ser en que se había transformado Lord Mathey. Sus
cuerpos eran muy musculosos y estaban semidesnudos, con apenas un taparrabos y
un pesado collar enjoyado que cubría sus torsos. Sus manos eran enormes pinzas
como las de un cangrejo, y no tenían un solo pelo o cabello en sus cuerpos. La
piel de sus rostros estaba como estirada, alargando sus ojos y sus bocas,
dándoles un aspecto diabólico. Algunas de ellas se relamían con sus puntiagudas
lenguas.
Lord Mathey, o la criatura que era ahora,
miró de un lado a otro moviendo su cornuda cabeza. Sus ojos reflejaban una gran
inteligencia. Se quedó mirando al lugar del tiroteo, que se había reanudado.
Entonces hizo algo que aterrorizó al gobernador y a sus escoltas aún más. La
criatura habló:
- Estos
son los enemigos de quien nos ha invocado -su voz sonaba como un coro de
voces hablando al unísono, con un tono ligeramente agudo, y se le entendía perfectamente.
- Lord... ¿Lord Mathey?...
La criatura oyó la voz del gobernador y se
volvió hacia él.
- Ya
no, humano. Soy Zaul’Yreesh. Mi señor ha aceptado la oferta.
Acto seguido, la criatura empezó a dar
zancadas en dirección al tiroteo. Los civiles y los dos policías que habían
participado en la ceremonia de invocación le siguieron apresuradamente. Pasó
entre los grupos de criaturas menores como mujeres demoníacas, las cuales
también le siguieron. El gobernador se dió cuenta de que algunas de esas guerreras
iban montadas en unas extranas criaturas como una exótica caballería. Las
monturas eran seres bípedos, un desagradable cruce entre caballo y serpiente.
El capitán Hargus abatió a otro pirata de una
ráfaga. Estaban teniendo muchas bajas y sólo les quedaban dos VCR que
patrullaban de un lado a otro de la línea de defensa disparando sin cesar.
Llamó a la comisaría pidiendo dos VCR más de refuerzo. Esperaba que ese rollo
de la ceremonia y las luces sirviera de ayuda, porque era lo que necesitaba:
mucha ayuda. Se agazapó en su refugio para evitar los disparos de un grupo de
enemigos que se había fijado en su búnker y, al mirar hacia atrás, vió al grupo
de criaturas que se dirigían hacia ellos encabezados por un ser inimaginable en
la peor de las pesadillas. Las criaturas de menor tamaño eran muy numerosas,
casi tantas como ellos; y algunas estaban montadas en corceles totalmente
extraños para él. Empezaron a emitir chillidos agudos y a correr hacia la
línea. Sus extrañas piernas les dotaban, no obstante, de gran velocidad. Hargus
miró al gobernador, quien le dijo por el comunicador que las criaturas estaban
de su parte.
Las amazonas montadas se destacaron del resto
y saltaron ágilmente la línea policial. La gran criatura que se hacía llamar
Zaul’Yreesh les siguió alzándose en el aire con sus poderosas alas. Se levantó
del suelo de forma antinatural, como impulsado por una fuerza invisible.
- ¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego! -gritaba
Hargus por el comunicador después de haber abierto todos los canales- ¡No disparen
a las criaturas! ¡Repito! ¡No disparen a las criaturas! ¡Son de los nuestros!
El capitán deseó con todas sus fuerzas que
sus palabras fueran ciertas. Los atacantes titubearon un poco al ver que los
humanos ya no disparaban y se lanzaron al asalto.
- ¡No disparen! ¡Dejen actuar a las
criaturas! -Hargus rezaba en su interior para que esas criaturas les libraran
de los invasores y no se volvieran contra ellos.
El primer grupo de asaltantes iba a alcanzar
la primera trinchera cuando se encontró a la extraña caballería saltando la
barricada y cayendo sobre ellos. Aquellas guerreras tenían una fuerza
sobrehumana y atacaban rápida y letalmente; una de ellas cortó un brazo y luego
la cabeza de uno de los invasores con dos golpes de sus pinzas. Sus monturas
eran igualmente letales sacudiendo coces con sus patas rematadas en garras y
atravesando enemigos con una larga y afilada lengua. Sus chillidos agudos
ensordecían a los policías que contemplaban la matanza tras sus refugios. Aquel
primer grupo de asaltantes fue despedazado en apenas unos segundos. Otro grupo
abrió fuego contra las guerreras montadas; los letales proyectiles cristalinos
laceraron su carne, pero las negras heridas se cerraban al instante siguiente
de ser producidas. Las guerreras a pie sobrepasaron las barricadas seguidas de
cerca por los civiles. Todo el ejército enemigo había quedado completamente
confundido con la aparición de nuevos defensores en la batalla. Algunas
escuadras incluso retrocedieron tímidamente al ver la masacre del segundo
grupo. Todos reaccionaron a la vez disparando contra las amazonas. Muchos de
los civiles fueron abatidos al instante, pero las criaturas apenas se inmutaban
por los disparos.
- ¡Disparen a sus grupos de armas pesadas!
-ordenó Hargus por el comunicador- ¡Eliminen las armas pesadas y dejen a las
criaturas la infantería!
La línea policial abrió fuego una vez más.
Los VCR parecían disparar con más rabia, reforzados por tan curiosas y
efectivas tropas de choque. Uno de los vehiculos fijó su atención en un transporte
flotante de los invasores y disparó todas sus armas contra él. Los proyectiles
rebotando sobre todo su casco hicieron que el conductor diera la vuelta y se
alejara todo lo posible, pero no a tiempo para evitar que la ametralladora
pesada de la torreta alcanzara los motores gravíticos y todo el transporte
fuera engullido por una gran explosión de fuego blanco. Zaul’Yreesh aterrizó
inesperadamente junto a una escuadra de enemigos con armas pesadas haciendo
temblar la tierra con sus cascos. Un recto rayo de luz azul y negra proviniente
de un arma de los invasores atravesó su tórax y se perdió en el cielo
haciéndole un gran boquete. Los invasores pudieron ver el negro interior del
cuerpo del monstruo a través de su humeante herida cauterizada justo antes de
que ésta se cerrase sin dejar rastro. El gigante aspiró hondamente, saboreando
la herida mientras desaparecía. Su gran espada trazó un amplio arco y tres
enemigos quedaron partidos por la mitad entre un manantial de sangre. Luego
envió a otro a diez metros con el pecho partido de una coz con sus poderosas
piernas y aplastó el casco y la cabeza de otro con su mano libre. Cuando sólo
quedaba un enemigo, Zaul’Yreesh le impidió huir cortándole una pierna con su
pinza. Luego abrió su mano ensangrentada ante él y pronunció unas palabras con
su aguda y coral voz:
- Maledictum
Carnalis
El gigante se alejó hacia otro grupo de
enemigos mientras el solitario enemigo gritaba de dolor, tendido de espaldas en
el suelo. Su pierna mutilada no era nada comparado con los espasmos que
sacudían su columna vertebral y el intenso dolor que atormentaba sus costados.
Vió con horror cómo de sus costillas surgían enormes patas insectoides que
rompieron su armadura y elevaron su cuerpo en el aire. El gigante le había
conjurado alguna especie de hechizo que le estaba transformando. Sus huesos
empezaron a quebrarse y su cuerpo empezó a deformarse para dar lugar a un nuevo
ser. Su abdomen se alargó hasta límites inconcebibles, descoyuntando sus
vértebras. Su cuerpo crecía colapsando su ajustada armadura hasta que ésta
estalló en mil pedazos dejando su cuerpo desnudo. Su cuello se hinchó, formando
una bola de carne que se configuró hasta convertirse en una segunda cabeza cuyo
cuello empezó a crecer y doblarse. De sus brazos y piernas surgieron numerosas
púas y cuchillas óseas, al igual que de su abdomen, espalda y hombros. Cuando
acabaron sus transformaciones, el invasor era un horroroso engendro. Sus
numerosas patas insectoides le propulsaron hacia adelante, hacia más invasores.
Sorprendió a una escuadra por detrás y empezó a mutilarlos con las cuchillas
óseas de lo que antes eran sus brazos y sus piernas.
Los piratas empezaron a retroceder ante el
giro que había tomado la batalla. Michael Hargus observó cómo aquellas
criaturas parecían ser inmunes a sus armas. Unas pocas guerreras habían caido
y, para sorpresa de todos, sus cadáveres habían desaparecido sin dejar rastro.
El artillero de uno de los pocos transportes invasores que quedaban apuntó su
arma pesada al gigante, pero una ráfaga de disparos proviniente de una de las
barricadas humanas segó su débil cuerpo de la nave. El capitán de policía
decidió que era el momento de avanzar.
- ¡Adelante!
Hargus dió orden de avanzar y fue el primero
en salir de detrás del búnker. Toda la línea policial saltó de las trincheras
disparando. Los invasores se dieron cuenta de que los humanos estaban avanzando
posiciones, cubiertos por el brutal ataque de las criaturas, a las que parecían
tener un miedo atroz. Los pocos civiles que quedaban luchaban con una furia y
salvajismo comparables a los de las guerreras. Sus manos desnudas eran mucho
menos poderosas que las pinzas de éstas, pero varios enemigos habían sido ya
despedazados por aquel grupo de fanáticos.
Zaul’Yreesh agarró a otro enemigo con su
manaza y lo lanzó hacia atrás a una considerable altura, descartándolo del
combate. El eldar oscuro cayó pesadamente dándose de cara contra el suelo y
perdiendo momentáneamente el conocimiento. Cuando volvió en sí vio a un grupo
de humanos armados que corría hacia él. Miró a su alrededor pero su arma había
caido a varios metros. Los humanos le encañonaron.
- ¡Quieto! ¡No te muevas o estás muerto,
asqueroso alienígena! ¡Levanta los brazos por encima de la cabeza! ¡Despacio!
¡Y quédate de rodillas!
El invasor parecía sorprendido por las
palabras del sargento del grupo. Luego obedeció, lo que daba a entender que
comprendía el gótico imperial. Cuando se puso de rodillas los policías vieron
las formas de su armadura, que se adaptaban casi al milímetro a su cuerpo.
Aquel invasor era una mujer.
- ¡Quítate el casco! -volvió a ordenar
Larson, el sargento- ¡Muy despacio!
La eldar oscura obedeció. Su esbelto y alto
yelmo emitió un silbido a ser desconectado el sistema de soporte vital de la
armadura y luego se deslizó levemente hacia arriba. La invasora se lo acabó de
quitar. Sus suaves y bellos rasgos se resaltaban por el sudor que cubría su
rostro. Tenía la cabeza afeitada y cruzada por un tatuaje en forma de serpiente
o dragón. Sus orejas eran puntiagudas y demasiado alargadas para un humano. El
sargento le ordenó que se levantase y ella le escupió a la cara.
- ¡Esto no quedará así! -dijo en un gótico
imperial con una entonación que sonaba a muy antiguo- ¡Despreciables servidores
del Caos!
Larson se limpió su barbilla y su tupido
bigote con una ceja alzada sin dejar de mirarla a los ojos.
- ¿Caos? ¿De qué estás hablando? -le
preguntó.
La prisionera se quedó mirándole con
expresión de odio.
- ¡Responde! ¿Qué es eso de Caos?
- ¿Pretendes confundirme, humano? -respondió
ella- ¿Quién sino los servidores del Caos obtienen los favores de los Dioses
Oscuros?
- ¿Favores de los...? ¡Lleváosla de aquí!
-ordenó al resto de su escuadra- ¡Está claro que no sabe ni con quién ha estado
luchando.
- Eres tú quien no sabe ni quién está entre
tus filas, humano -le respondió la eldar oscura mirando a las guerreras, que
perseguían a los restantes invasores en su desesperada huida.
A Larson no le inspiraban ninguna confianza
las criaturas que el gobernador había invocado con aquella ceremonia, y su
prisionera parecía saber algo sobre ellas. Tras meditar un instante ordenó
llevarla al interior de uno de los búnkers, que ahora estaban desocupados, y
empezó a interrogarla. Ordenó a uno de sus hombres que llamara al capitán
Hargus.
Michael Hargus estaba dando órdenes a un
grupo de sargentos que formaban ante él. Su voz denotaba nerviosismo e
impaciencia. Ordenó hacer recuento de bajas, preparar a los posibles
prisioneros para llevarlos a la comisaría, atender a los heridos, pedir ambulancias
y transportes adicionales y organizar patrullas que eliminasen a los grupos de
piratas que se habían infiltrado en la ciudad. Un policía se le acercó y empezó
a hablarle.
El gobernador estaba más tranquilo, ahora.
Estaba claro que la ceremonia había funcionado. Las criaturas les habían
librado de sus enemigos. Ahora no había que declarar cuarentena de invasión ni
alertar a la guardia imperial. Los gremios de comerciantes nunca se enterarían
si podían limpiar rápidamente la carnicería que se había producido allí, en las
afueras al este de la ciudad. Pensó en quemar toda la zona y decir que estaban
eliminando basura o algo así. Realizó una profunda inspiración intentando tomar
aire fresco, pero sólo pudo oler la sangre y las entrañas de los invasores y
tosió cubriéndose la nariz y la boca con su pañuelo perfumado. Mirando hacia el
campo de batalla observó grupos de policías que hacían prisioneros entre los
invasores heridos y mutilados mientras escuadrones de Rangers se organizaban
dando zancadas entre los cadáveres en dirección a las calles. Las criaturas,
incluido Zaul’Yreesh no parecían estar dispuestas a dejar un solo enemigo con
vida y continuaban la persecución de los fugitivos piratas. Vió al capitán
Hargus, que entraba apresuradamente en un búnker acompañado de otro policía,
pero no le dió importancia.
Los transportes flotantes consiguieron huir
gracias a su elevada velocidad, dejando atrás a las guerreras. Zaul’Yreesh
reunió a su horda y se encaminó de vuelta al lugar de la ceremonia. Ninguno de
los civiles que habían tomado parte en ella había sobrevivido, pero habían
luchado salvajemente, incluso fanáticamente. Los policías procuraban dejarles
paso, aún sin confiar plenamente en su demoníaco aspecto. Cuando llegaron junto
al gobernador, éste les saludó:
- ¡Mi querido Zaul! -dijo- ¡Esta ciudad os
estará eternamente agradecida por este servicio que nos habéis prestado!.
- Te
equivocas, humano. ¡Esta ciudad es eternamente nuestra!
- ¡¿Qué?!
- La
oferta fue ésta: libraros de vuestros enemigos a cambio de la consagración de
la ciudad.
- ¡Un momento! ¡Yo soy el representante de
Longbow Port y digo que esa condición es totalmente...
- Tú no
eres el sacerdote. Tú no eres quien hizo la oferta. Esta ciudad es ahora
nuestra. Ahora y para siempre.
En cuanto Zaul’Yreesh pronunció estas
palabras las guerreras se lanzaron contra los policías más cercanos. El
gobernador quedó petrificado en el sitio mientras sus escoltas empezaban a
disparar al gigante, pero sus armas eran tan efectivas contra él como lo habían
sido las armas de los eldars oscuros. Las amazonas y las guerreras restantes
también atacaron a los policías del campo de batalla con salvaje ferocidad
profiriendo de nuevo horripilantes chillidos agudos.
Hargus miró por las aspilleras al oír aquel
ruido y vió cómo las guerreras estaban masacrando a sus hombres.
- ¡Por todos los...!
La prisionera le miró divertida.
- ¡Ja! El Caos es sin duda astuto -se mofó
ella mirando despreocupadamente por otra aspillera-, pero no es necesaria mucha
astucia para engañar a vuestra raza.
Hargus escuchó sus palabras pero no tenía
tiempo que perder. Sacó la boca del cañón de su rifle por la aspillera y
disparó.
CONDENACIÓN
El gigante ignoró los disparos de la escolta
del gobernador mientras se acercaba a ellos lentamente, casi con burla. El
gobernador corrió a su vehículo mientras los policías retrocedían disparando
inútilmente. Al fin desistieron y también huyeron presas del pánico, pero
cuando llegaron a la altura del vehículo, un escalofriante rugido les heló la
sangre.
Incluso el combate entre humanos y demonios
se detuvo por unos instantes al oír los agónicos rugidos del Príncipe Demonio.
Zaul’Yreesh se retorció para ponerse la mano en un costado. Se oyó una ráfaga
de disparos y el gigante se agitó de nuevo profiriendo bramidos de dolor por
segunda vez. El gobernador miró hacia la ciudad y vió a un hombre embutido en
una armadura gris blindada que le hacía parecer un coloso, con enormes
hombreras y espinilleras, supuestamente para protegerle y mantener el equilibrio.
Llevaba una enorme túnica blanca cuya capucha ensombrecía su rostro. Una
mochila blindada estaba adosada a la espalda de la armadura. Tras él había
aparcada una motocicleta de patrulla del DPLP. El hombre empuñaba un arma
ricamente decorada con la que volvió a disparar al demonio entonando una
especie de cántico. Los proyectiles trazaban líneas blancas y amarillas
mientras volaban fugazmente hacia el demonio.
- ¡Iaaargh!
¡Maldito seas, hijo del Emperador! -le espetó al humano.
Los impactos de aquel arma parecía afectar
enormemente a Zaul’Yreesh, quien de nuevo retrocedió mirando con odio al hombre
mientras su cuerpo era salpicado de su negro fluido vital. Repentinamente el
gobernador miró a la faz descubierta de su salvador y le reconoció.
- ¡¿Yarius?! -susurró con rostro sorprendido.
- ¡Vuelve a tu infierno, engendro del Caos!
-gritó el acorazado Yarius disparando su arma esta vez de forma contínua.
El Príncipe Demonio fue alcanzado en las
piernas e incó su primera articulación en la tierra. Los sucesivos disparos le
hirieron en el abdomen y el pecho y finalmente la criatura cayó de espaldas
golpeándose con su cornuda testa en el suelo. Permaneció allí, inmóvil; de su
sangre se desprendía ahora una especie de gas incoloro que se disolvía rápidamente
en el aire. Parecía muerto.
Hargus observaba la escena desde el búnker.
Casi no podía reconocer al anciano bibliotecario en aquel hombre que acababa de
tumbar al demonio. Decidió aprovechar la oportuna muerte del gigante. Salió del
búnker y gritó.
- ¡Policía de Longbow Port! ¡Al ataqueee!
Los policías dispararon sus armas con un
renovado vigor, pero por desgracia éstas no eran mucho más eficaces por ello.
Yarius avanzó corriendo hacia ellos. Pasó junto al vehículo del gobernador,
quien le siguió con su atónita mirada sin pronunciar palabra. Volvió a disparar
y abatió a dos diablesas como si fueran humanas normales. Sus inertes cuerpos
desaparecieron en dos fugaces estallidos multicolor. Otra de ellas se le
acercó, él desenfundó una espada con un sólo filo y numerosas decoraciones en
su ancha hoja. Empezó de nuevo con sus salmos de guerra y de un simple tajo
abatió al demonio. Una nueva ráfaga de su bendita arma eliminó a dos más y su
espada acabó con una tercera. Era impresionante ver cómo los policías
realizaban ataques totalmente infructuosos mientras en bibliotecario empuñaba
armas capaces de erradicar a aquellas monstruosidades como si fueran simples
humanos. Sin saber por qué, los salmos del anciano revitalizaron a los exaustos
policías.
- ¡Retiráos! -ordenó Yarius a los policías-
¡Alejáos de aquí!
El gobernador, sin salir de su vehículo,
observó la imagen de Yarius exterminando aquella plaga que él había causado. Se
sintió estúpido por haber hecho caso a Lord Mathey. El departamento de policía
al completo estaba siendo aniquilado por esos seres. Pensar en Lord Mathey le
hizo pensar en la criatura en que se transformó y miró a su cuerpo. Su
prominente pecho estaba surcado de balazos o lo que fuera que disparaba el arma
de Yarius. Se sintió bien ahora, pensando que aquel monstruoso ser había
recibido su merecido. Pientras lo contemplaba vió cómo sus tendones se
contraían espasmódicamente agitando todo su enorme cuerpo, como estertores de
muerte.
En medio del combate, el capitán Hargus se
reunió con Yarius. La estatura de este último era ahora muy superior. Hizo un
gesto despectivo a su brazo cuando el bibliotecario le miró la herida.
- ¡Alejad a vuestros hombres de aquí! -dijo
Yarius- ¡No podéis hacer nada contra ellas!
- ¡¿Y quién puede hacer algo?! ¡Son un
maldito ejército invencible!
- ¡Debemos ir al ayuntamiento y enviar un
mensaje a la guardia imperial enseguida!
Una diablesa se acercó a ellos. Hargus
descargó su rifle automático contra ella pero sólo consiguió que se detuviera
unos instantes, suficientes para que Yarius la atravesara con su espada. La
criatura gimió y se desplomó sobre Yarius, que la arrojó al suelo.
- ¡Cree que la guardia imperial puede detener
a esas cosas! -gritó Hargus.
- ¡No! ¡Pero llamarán a quien puede hacerlo!
¡Ahora debemos defendernos en alguna parte! ¡Os están desbordando!
- ¡Pero entonces tendrán la ciudad a su
merced!
- ¡Si logramos avisar al Imperio serán
eliminadas! ¡No es solo esta ciudad lo que buscan sino el planeta entero! ¡El
sistema solar entero!
- ¡¿Qué?! ¡Eso es imposible! ¡Por muy
invencibles que parezcan no pueden conquistar todo el planeta!
- ¡No están solas! -Yarius hizo un gesto
triste, como si recordara algo doloroso- ¡Nunca lo están!
Hargus supo que Yarius sabía de lo que
hablaba, pero le pediría explicaciones después.
- ¡Iremos a la comisaría! ¡Cúbranos con esa
jodida arma suya!
El capitán Hargus ordenó una retirada total
hacia la comisaría por el intercomunicador. Una diablesa apareció tras él y
alzó una pinza para destrozarle. Yarius le cortó el brazo y la atravesó con una
ráfaga de su arma. Luego retrocedió junto con el resto de policías que pudieron
hacerlo sin dejar de disparar. No pudo evitar pensar en los inocentes civiles
de Longbow Port. Esperó que las puertas blindadas pudieran mantenerlas fuera de
los edificios. Más demonios se le acercaron. Lanzó un tajo vertical sobre una,
ella le esquivó y le golpeó con el reverso de su pinza haciéndole tambalearse
ligeramente. Las pinzas se cerraron sobre uno de sus brazos y su cintura. Yarius
se volvió rápidamente y la golpeó con el arma. La fuerza centrífuga le libró de
la diablesa, que sólo consiguió arañar su armadura.
El gobernador se estaba alejando a toda
velocidad por una gran avenida en su vehículo junto a sus escoltas. Se maldecía
una y otra vez por no haber hecho caso al bibliotecario, pero ahora lo iba a
hacer. Iría al ayuntamiento y enviaría un mensaje a la guardia imperial. La
guardia imperial destruiría a esas cosas de una vez mientras él estaría a salvo
en el ayuntamiento con sus guardias personales. Su comunicador sonó. Era
Hargus. El policía le preguntó adónde iba y el gobernador dijo que al
ayuntamiento a avisar a la guardia imperial.
- ¡Bien! -dijo Hargus al comunicador antes de
cortar. Luego se dirigió a Yarius- ¡El gobernador va a enviar el mensaje!
¡Nosotros no tenemos más que resistir en la comisaría el tiempo necesario!
Repentinamente las diablesas se retiraron del
combate. Una a una todas se alejaron por las calles. Los policías intentaban
seguirlas pero ellas eran muy rápidas.
- ¿Qué ocurre? -preguntó Larson acercándose a
Hargus- ¿Se retiran?
- ¡Oh, no! -se oyó decir a Yarius, que miraba
fijamente en una dirección.
El bibliotecario corrió hacia la motocicleta
que habia tomado de la comisaría, montó y se dirigió a toda velocidad hacia el
ayuntamiento. Al pasar junto a Hargus y Larson se detuvo, les repitió que se
encerraran en la comisaría y resistieran todo lo que pudieran y pidió que dos
VCR cargados de hombres le acompañasen. Larson se preguntó otra vez qué ocurría
mientras Hargus miraba en la dirección en la que miraba Yarius. Reconoció el
lugar en el que el gigantesco ser, Zaul’Yreesh, fue abatido por los disparos
del bibliotecario, pero faltaba algo. El cuerpo del Príncipe Demonio no estaba
allí. Oyó un rugir de motores y se giró justo a tiempo de ver cómo Yarius y los
dos VCR se alejaban.
El vehículo oficial dió un frenazo a las
puertas del ayuntamiento. La compuerta blindada estaba cerrada. El gobernador
ordenó que la abrieran por el comunicador y la puerta se deslizó hacia abajo.
Tres guardias salieron. El gobernador les dijo que entrasen y se oyó un rugido
a sus espaldas.
- ¡Insignificante
despojo humano! ¡Morirás lentamente por esta osadía!
Zaul’Yreesh seguía vivo. El gobernador pudo
verle una vez más al frente de su ejército de engendros diabólicos mientras se
acercaba por la avenida que desembocaba en la fachada del ayuntamiento. A pesar
de que estaba bastante lejos, su rugidos eran perceptibles. No pudieron oír
gritos de terror de las casas abarrotadas de gente por donde la bestia pasaba
sin hacer el menor caso de ellos.
- ¡No
traerás aquí a los sicarios de tu Emperador! -bramó mirando fijamente al
gobernador. Sus ojos ya no reflejaban inteligencia, sino odio.
Un sonido de motores llamó la atención del
gobernador y sus escoltas por la calle de la derecha. Yarius se acercaba en una
motocicleta policial al lado de un VCR al que seguía una segunda tanqueta.
- ¡Gobernador! -gritó Yarius con una voz
potenciada por algún tipo de amplificador- ¡Envíe ese mensaje! ¡Ahora!
El gobernador entró en el gran vestíbulo,
donde sonaba una dulzona melodía que le irritó. Los policías se dispusieron a
disparar y el gobernador les ordenó que sellaran todas las entradas y que
informaran a todos los policías del ayuntamiento que debían apoyar a los VCR
por todos los medios posibles. Él, por su parte, se dirigió rápidamente a la
sala de transmisiones extraplanetarias; que contenía el único dispositivo de la
ciudad capaz de enviar transmisiones al espacio exterior. Desde allí llamaría a
la estación espacial Damocles XI, donde varios regimientos de la guardia
imperial aguardaban cualquier aviso de emergencia.
En el exterior, Yarius ordenó algo a los
conductores de los VCR. La primera tanqueta se acercó mucho a la fachada del ayuntamiento
y se detuvo justo ante la pesada compuerta, impidiendo que nadie entrara o
saliera por ella. La segunda tanqueta se detuvo tras ésta, dominando toda la
anchura de la avenida. Yarius detuvo su motocicleta junto al primer VCR y
desmontó. Los doce policías que transportaba cada VCR empezaron a bajar pero
Yarius ordenó que tres hombres de cada grupo dispararan las ametralladoras de
los laterales de los vehículos.
Los demonios se seguían hacercando. Algunos
de los hombres tenían mucho miedo de volver a enfrentarse a ellas. Yarius
entonó unas palabras:
- Serán puros de corazón y físicamente
fuertes, libres de cualquier duda y de las limitaciones del orgullo. Serán como
estrellas brillantes en el firmamento del campo de batalla. Serán Ángeles de
Muerte bajo cuyas brillantes alas se producirá la rápida aniquilación de los
enemigos de la humanidad...
Los policías le miraron. Un sargento le dijo:
- ¿Qué es eso?
Él contestó:
- Hace diez mil años un hombre dijo estas
palabras para describir a quienes serían sus hijos y los hijos de quienes eran
como él. Hoy, los hijos de los hijos de sus hijos se mantienen tal y como él
los concebió. Somos los marines espaciales. Defenderemos la humanidad y
destruiremos a quien la amenace mientras a uno de nosotros le quede un hálito
de vida.
- ¿Usted... usted es un marine espacial?
El teniente de policía Jano, al mando de la
guardia del ayuntamiento, contactó con Yarius por el comunicador mientras le
miraba por la ventana, pero se quedó escuchando sus palabras en lugar de
hablar.
- En efecto -Yarius miró a los ojos al
sargento- yo soy Damasso Yarius Desmanio, bibliotecario de la 4º Compañía del
capítulo de los Injuriadores. Enviado a mi retiro a esta ciudad para enseñar e
inculcar la fe en el Emperador. Pero amo demasiado a la humanidad como para
castigar a aquellos que no son herejes, sino que sólo no comprenden -Yarius
bajó la vista- Lo que ocurre ahora es por mi culpa.
El anciano marine alzó la vista recordando la
famosa cita “la tolerancia es un signo de debilidad”. Se sintió furioso por que
esa debilidad fuera la suya.
- ¿Entonces es cierto? -preguntó otro policía
mientras los demás hablaban entre sí- ¿Existe el Emperador?
- ¡Por supuesto que existe! ¡Por todos
los...! ¡Yo estoy aquí por Él! ¡Y estoy dispuesto a morir por Él aquí si con
ello puedo salvar a esta ciudad, a este planeta! -Yarius observó lentamente a
cada uno de los policías- ¿Y vosotros? ¿Qué estais dispuestos a hacer para
proteger a esta ciudad? ¿Para proteger al Emperador, al que vive desde hace más
de diez milenios para salvaguardar la humanidad?
Los policías se intercambiaron miradas y
asentimientos de cabeza. Uno de los sargentos dijo al fin:
- ¡Todo lo que esté en nuestra mano!
- ¡Ya lo creo que sí! -todos miraron al
teniente Jano, aún asomado a la ventana, mientras amartillaba su rifle.
Zaul’Yreesh arengaba a sus diablesas con sus
rugidos. No caminaba con la soltura de antes. Parecía que, después de todo, los
disparos de aquel humano le habían herido a pesar de que sus heridas corpóreas
ya habían sanado. Al mirar a su objetivo reconoció al mismo humano al frente de
la patética fuerza que se había congregado a las puertas del edificio. Exhaló
profundamente con ansia y se lanzó a la carga rodeado de sus guerreras. Pudo
oír el grito de guerra del humano antes de que empezara a disparar de nuevo con
esa arma letal para ellos:
- ¡Por el espíritu del Emperador!
Los vehículos y los policías se unieron a
Yarius en su fuego a discreción. Hubo un gran estruendo tras ellos y se
percataron de que muchos más policías estaban disparando por las ventanas del
primer piso del ayuntamiento. Las diablesas presentaban un blanco perfecto
ahora, no como antes, que estaban mezcladas entre ellos. Algunas empezaron a
caer, pero la mayoría de las que caían volvían a levantarse. El arma de Yarius
volvió a mostrar su terrible eficacia abatiendo una diablesa tras otra. Dos de
los policías dispararon sus lanzagranadas y dos explosiones destrozaron algunas
diablesas del frente. Las ametralladoras pesadas de las torretas de los VCR
vomitaban muerte de forma ensordecedora. Los policías reponían una y otra vez
los cargadores de sus armas. Todo el primer piso del ayuntamiento escupía fuego
por sus ventanas.
Los demonios forzaron la marcha ya que su
antinatural invulnerabilidad estaba siendo comprometida ahora que sus enemigos
podían acribillarles desde lejos. Zaul’Yreesh se mantenía retrasado para evitar
la tormenta que estaba abatiéndose sobre sus diablesas. Observó que el marine
espacial había dejado de disparar y ahora alzaba una mano abierta hacia ellas.
Sintió una perturbación en el espacio disforme. El Príncipe Demonio pudo sentir
cómo el humano estaba extrayendo energía del Inmaterium, preparando un ataque
psíquico.
Yarius tenía los ojos cerrados. Se esforzaba
por evitar llamar la atención de los demonios de la disformidad mientras
llenaba su espíritu de energía. Lo consiguió. Cuando abrió los ojos éstos
brillaban con una luz blanca que palidecía su rostro. Con la mano aún hacia los
demonios, gritó:
- ¡Desíntegro!
Su grito sonó como un coro de voces graves,
de forma parecida a la voz de Zaul’Yreesh. La luz de las farolas se combó
alrededor de su mano con un agudo zumbido un instante antes de que una brutal
explosión devastara a otro grupo de diablesas. La explosión provocada por
Yarius no produjo humo ni fuego, sólo una gran luz blanca. Los demonios
cercanos se detuvieron gimiendo ante el fogonazo para reemprender su carrera
segundos después. Yarius se alejó de los policías y desenvainó su espada. Con
el arma en una mano y la espada en la otra gritó haciendo gestos a Zaul’Yreesh:
- ¡Ven a mí, demonio! -disparó otra ráfaga y
dos diablesas más cayeron- ¡Solos tú y yo!
- ¡¿Está loco?! -le gritó un policía.
- ¡Sí,
hijo del Emperador! ¡Vamos! -le contestó el demonio batiendo de nuevo sus
alas, alzándose en el aire, dirigiéndose hacia él.
El gobernador salió del ascensor. Se
encontraba en la quinta y última planta del ayuntamiento, donde se encontraba
el transmisor que emitía por la gran antena de comunicaciones que el ayuntamiento
lucía en lo alto de su estructura. Se dirigió a la sala de transmisiones
ordenando a los ejecutivos y trabajadores que volvieran a entrar en sus
departamentos, que no se preocuparan. Justo cuando iba a abrir la puerta de la
sala su comunicador sonó. Respondió a la vez que entraba. Era el teniente de la
guardia del edificio diciéndole que las criaturas estaban ya muy cerca. Ordenó
que aguantaran.
Yarius y Zaul’Yreesh cargaron el uno contra
el otro entre gritos de odio y rabia. El demonio volaba a ras de suelo
levantando polvo y desperdicios de la calle con su batir de alas. Con un rugido
movió su gran espada con un tajo por la izquierda y el humano se revolcó por el
suelo pasando por debajo de la hoja. Al levantarse disparó al demonio y le
alcanzó, pero los pocos proyectiles que impactaron no hirieron a la criatura.
Zaul’Yreesh volvió a la carga volando justo sobre la cabeza del humano y
dejándose caer. Yarius tuvo que saltar para no ser aplastado. El demonio cayó
pesadamente sobre sus pezuñas agrietando el pavimento a su alrededor.
Las primeras diablesas se habían enzarzado en
un cuerpo a cuerpo con los policías de la calle mientras los de las ventanas
disparaban a las restantes. Los policías habían calado bayonetas y se defendían
desesperadamente. Uno de los sargentos se agachó para evitar un golpe y
atravesó a su atacante con la bayoneta, luego la golpeó en la cabeza con la
culata arrojándola al suelo. Otro policía decapitó en un golpe de suerte a su
oponente; otras dos más se le acercaron. Atravesó la cabeza de una en una
rápida estocada y rajó el vientre de la otra, pero la herida de la segunda se
cerró ante sus ojos. Su arma quedó destruida cuando ella la aplastó con una de
sus pinzas mientras la otra le seccionaba el brazo derecho. Apenas tuvo tiempo
de gritar antes de ser apresado en un mortal abrazo que le sacó el aire de los
pulmones antes de hacer crujir su caja torácica y hacerle escupir sangre. La
diablesa lamió la sangre de su boca con su lengua puntiaguda.
El VCR que bloqueaba la puerta era defendido
frenéticamente por los policías que quedaban mientras el otro sufría los
embates de la caballería demoníaca. Por suerte el blindaje de las tanquetas era
demasiado resistente como para verse afectado por las diablesas. Disparos y
explosiones se sucedían entre las diablesas más alejadas de la puerta mientras
los policías de las ventanas intentaban mermar sus efectivos.
Yarius esquivó un nuevo tajo por la izquierda de su gran oponente y le hirió con su espada en el torso. A cada golpe que Yarius propinaba lo acompañaba con salmos y melódicos versos que molestaban enormemente a Zaul’Yreesh. El demonio golpeaba sin cesar y Yarius se esforzaba por esquivarle y herirle al contraataque, pero no estaba resultando nada fácil. Zaul’Yreesh acercó su pinza al bibliotecario para apresarle por la cintura, Yarius se apartó saltando a un lado pero fue golpeado por la mano libre del demonio en la cabeza. Mientras intentaba permanecer en pié una coz le lanzó hacia atrás estrellándolo contra una farola. El tubo metálico de la farola se rom