EL
NOVEL GRIS
INICIACIÓN
DE LOS CABALLEROS GRISES DE LA ORDO MALLEUS

A pesar de saber que su padre ya se encontraba en serio peligro, la lanza seguía
apoyada en su hombro a la espera del desarrollo de los actos. Las hogueras
parecían encenderse a la par que las discusiones tornaban en serios
enfrentamientos. Desde luego no era fácil de defender a un hijo que
presuntamente había acabado con la vida del chamán de la tribu en circunstancias
inexplicables. “No fue mi intención”, repetía hasta la saciedad su hijo. El halo
de hostilidad que el joven Magnac desprendía a su alrededor era ya demasiado
para los primitivos pobladores de aquella selva a más de 2.300 kilómetros de la
ciudad colmena más cercana.
Al fin, las disputas tornaron a lo físico y
el padre de Magnac y sus pocos simpatizantes alzaron sus lanzas bajo gritos de
rabia. La educación guerrera del hijo no tardó en notarse y se lanzó al combate
con toda la furia posible, aunque muy pocos de los que peleaban se atrevían a
usar armas contra sus compañeros de tribu, así que los puñetazos fueron
frecuentes. Entre la confusión del combate Magnac pudo distinguir a dos
individuos, no muy bien tratados por su familia, que escondidos entre la lucha
se acercaban a él con lanzas en mano. Magnac no pudo defenderse contra esto y
cuando el combate parecía en su punto culminante, apunto de ser atravesado en
carne viva, su mente pareció pararse para empujar y negar todo lo que estaba a
su alrededor: Una tremenda onda se expandió alrededor de Magnac dispersando a
todos los allí presente unos metros atrás. En ese momento la aldea entera tornó
a mirar al joven, que deseaba que lo que acababa de hacer no hubiera pasado, no
era su intención, su única opción fue escapar.
Como si fueran los
árboles los que pasaban a través de él, Magnac corrió con toda su agilidad hacia
lo más profundo de la enmarañada selva, sintiendo como toda una furiosa aldea le
pisaba los talones con armas y fuego. Poco tiempo tuvo para frenar cuando se dio
de bruces con un gigantesco megalito. El joven se vio ya sin salida, aturdido
por el choque y el incidente de la onda expansiva, cansado por la pelea y la
huida, decidió que cualquier intento de seguir era inútil.
En su fatiga,
Magnac se apoyó en el megalito, extrañándose ante la frialdad de éste. Mayor aún
fue su susto cuando pareció que se movía, pero sólo era una tela que parecía
colgada de la gigantesca roca; cada vez más intrigante, incluso ornamentadas
inscripciones aparecían en talladas en piedra. El joven se volvió a ver cómo se
acercaba su destino, como las antorchas ya estaban muy cerca de él. Cerró lo
ojos con una deprimente resignación.
En medio de los gritos que ya se
acercaban, Magnac sintió un tremendo dolor en su hombro izquierdo, pensaba que
ya una lanza lo podía haber alcanzado, pero ni si quiera pudo moverse para
cerciorarse; su hombro estaba totalmente aprisionado por algo inamovible. La
confusión del joven fue mayor cuando, al tocar lo que le sujetaba, sintió el
frío tacto del metal; y no dio crédito cuando, al oír un pitido creciente, alzó
la cabeza y vio como se encendían dos luces en lo más alto de los más de dos
metros y medio del megalito.
Magnac no podía pensar, mientras se muerte
venía hacia él, alguna figura colosal giraba lo que parecía ser su cabeza
mirándole con dos fríos ojos rojos. El joven incluso intentó indicarle con la
cabeza lo que se aproximaba, ya que ni siquiera disponía de su voz en ese
momento. La gran figura echó atrás con una mano la capucha verde oscuro que
cubría su cabeza. Todo el esplendor de la luna entre los árboles se reflejó e la
figura de metal que se alzaba ante la multitud que se aproximaba. Ante cualquier
pronóstico, el gesto del titánico ser que allí se encontraba fue bajar la
cabeza; y una profunda voz que parecía creada con graves tambores comenzó a
musitar palabras desconocidas para Magnac, pero que produjeron en su mente un
sentimiento de lejanía de aquél mundo. Asombrosamente, toda la furiosa
muchedumbre pasó a los lados de Magnac y el desconocido sin ni siquiera
percatarse de semejante presencia. Las personas que se encontraban a su lado
parecían a muchos metros de distancia. En los alrededores también comenzaron a
sentirse profundas voces en meditación; hasta que la multitud de la aldea se
encontró confundida y mirando asustadiza a todos los lugares de los que
provenían los rumores. Fue entonces cuando el extraño ser se movió, tomó a
Magnac con un solo brazo y desenfundó una gigantesca lanza con la otra, una
alabarda que parecía estar mezclada con algún tipo de artefacto, y adornada con
bello metal dorado, como la plata de todo su cuerpo.
El gigantesco
guerrero de la alabarda comenzó a dar largos y pesados pasos, lanzando a muchos
de los aldeanos a varios metros con un ligero golpe de sus blindadas rodillas.
Magnac, sujeto por el extraño, pudo ver cómo varios de sus perseguidores eran
abatidos entre una matanza de sangre y voluminosas sombras. En poco tiempo los
largos pasos del gran guerrero metalizado dejaron atrás a los pocos
perseguidores que quedaban. Al fin, en un descampado, la selva entera se iluminó
cuando un plateado pájaro de las estrellas se encendió en la noche. Una pequeña
rampa les permitió subir dentro de aquel aparato, y poco después Magnac se
percató de que otras cuatro figuras plateadas habían subido con ellos. Los cinco
parecían comunicarse entre desconocidas palabras, mientras el joven sentía que
quería ser enterrado y desaparecer de aquél mundo, ¿por qué le tenía que pasar a
él? ¿Por qué no poder ser como los demás? ¿Por qué unos extraños le habían
capturado ahora al borde de su muerte?
Magnac sintió que las preguntas
que se hacía en su cabeza fueron escuchadas por el encapuchado que lo rescató.
Éste, girando la cabeza entre chirriante metal pronunció una de las últimas
frases que el joven iba a oír en su lengua natal en el resto de su vida:
- Lo que se encuentra fuera de esta nave no existe, acostúmbrate a
lugares como estos; pues a partir de ahora será lo único que te separe del
terror. -
Nadie en la aldea volvió a ve al joven Magnac, a pesar de que
muchos estaban deseosos de su cabeza
