JUNGLA VERDE
By Aertes
El capitán Aertes Dragmatio
avanzó cautelosamente a través de la enmarañada selva. Su Guardia de Honor de
cinco hombres y el Sacerdote Sangriento Várem le seguían a corta distancia y
más atrás, el resto de su ejército. Hacía tres días que se habían adentrado en
aquella maleza llena de plantas y que resonaba por todas partes por los ruidos
de animales salvajes en busca de su objetivo: una base orka. Los rastros y
huellas encontrados en plantas y veredas evidenciaban indicios de actividad
orka en la zona, pero la antinaturalmente espesa jungla no permitía el paso de
vehículos de reconocimiento; ni tan solo los land speeders podían sobrevolar
los inmensos árboles, y los tanques, exterminadores y dreadnoughts harían demasiado ruido y
tardarían demasiado en abrir caminos por la vegetación. Aquel era un trabajo
para las tropas de jungla de Catachán, pero el destacamento más cercano hubiera
tardado por lo menos dos meses en llegar, y se requería una acción inmediata.
Casualmente una fuerza de la 6º Compañía de marines espaciales Ángeles
Sangrientos atravesaba aquel sistema y recibió la llamada de la guardia
imperial. De modo que las Thunderhawk aterrizaron en el fuerte Hold Mankind y,
tras haber sido informados por el Capitán Morris de
-
¡Esos malditos alienígenas han tenido que venir a ocultarse en la parte más
verde del planeta! -dijo con rabia mientras su espada de energía cercenaba
troncos como si fueran barras de mantequilla- ¡Esta misión no es para nosotros!
¡El sigilo no forma parte de nuestro credo!
Mientras
avanzaba repudinado su propia conducta, echó un vistazo atrás. Vio a sus cinco
guardias de honor y al sacerdote sangriento Várem a un metro tras él. Tras
ellos vio las escuadras tácticas Crasso y Meranis, de siete hombres cada una; a
la izquierda avanzaban los cinco devastadores de la escuadra Fulventos portando
Bolters Pesados y Lanzamisiles que podían barrer la jungla en caso de
emboscada, y a la derecha marchaban los ocho Marines de Asalto de Dédalo. Todos
ellos lucían la servoarmadura color rojo de su capítulo, salvo los Devastadores
y los Marines de Asalto, cuyos cascos eran azules y amarillos respectivamente.
En último lugar venían el Capellán Sagos y los seis marines de
-
Capitán Aertes -susurró de pronto el intercomunicador de su casco, Aertes se
detuvo junto a un tronco caído y se arrodilló para cubrirse- aquí escuadra de
exploradores Trenos llamando al Capitán Aertes. Cambio.
-
Aquí Aertes, ¿habéis encontrado algo sargento Trenos?. Cambio.
-
Sí señor, hemos encontrado un rastro claramente orko, es bastante reciente y
parece dirigirse hacia el sector Kappa 2.3 Cambio.
- ¿Está
seguro de que se trata de orkos?.
- Completamente,
señor. Incluso puedo decirle qué ha comido.
-
Seguid el rastro, sargento, nosotros nos dirigiremos hacia el sector Kappa 1.1.
Informad de cualquier cosa sospechosa que veáis. Cambio y corto.
-
Recibido Capitán Aertes. Corto.
Aertes
manipuló los controles en el lateral de su casco para contactar con la segunda
escuadra de Exploradores.
-
Aquí el Capitán Aertes llamando a la escuadra de Exploradores Midian. Cambio...
Capitán Aertes llamando a la escuadra de Exploradores Midian, responded
escuadra Midian. Cambio...
El
comunicador no respondía, el silencio aún duró unos segundos más.
-
¡Escuadra Midian, responded!. Cambio.
-
Aquí Explorador Karpla -dijo la radio con una voz jadeante- el sargento Midian
ha muerto, señor. Él y el Explorador Genno...
-
¡¿Cómo?! ¡Qué es lo que ha ocurrido! -ladró Aertes
-
Una especie de planta extremadamente hostil, señor... Una boca inmensa rodeada
de espinas ha surgido desde el interior de un tronco hueco cuando el Sargento
Midian se detuvo junto a él para contactar con vos... y... lo atrapó por la
cabeza. El Explorador Genno trató de separar... las... dos hojas que formaban
la boca y un tentáculo le atravesó el estómago... los que quedamos hemos
conseguido abatir a la criatura, pero el Sargento ha... muerto...
-
¡Maldición! ¡Los informes no hablan de un organismo así en esta selva! -Aertes
miró el tronco tras el cual se estaba parapetando y dio unos pasos atrás-
¿habéis visto algo aparte de ese desafortunado hallazgo, Explorador Karpla?.
Cambio.
-
Em... No, señor, desde el sector Alpha 1.0 al sector Delta 6.4 no hay ni rastro
de orkos. Eh... Cambio.
-
Bien, ocultad los cuerpos de los caídos, los recogeremos más tarde. Reuníos con
nosotros en el sector Kappa 1.1. Ahora sois el Cabo Karpla, hermano. Cambio y
corto.
-
Órdenes recibidas, señor. Corto.
Aertes
intentó contactar con Hold Mankind, pero, como se temía, estaban fuera del
alcance de los transmisores. De modo que, tras advertir a
Veinte
minutos después llegó al renombrado sector y vio dos rocas afiladas una sobre
otra y una tercera piedra redonda a un metro de éstas; una señal de los
Exploradores. Ordenó a todos que le esperasen allí y avanzó sólo con su Guardia
de Honor en la dirección que indicaba la piedra redonda con respecto a las
otras dos. Instantes después oyó el silbante y grave canto de un Búho Oxa desde
su izquierda, como los que venía escuchando desde hacía tres horas, pero el
ritmo especial de este canto permitió a Aertes identificar la especie exacta
del ser que lo producía. Al mirar a la izquierda no se sorprendió de ver una
cara humana perfectamente camuflada con maquillaje oscuro, pero tan cerca que
no se confundía demasiado con su entorno al mirarle directamente. El Explorador
les hizo una señal para que lo siguieran. Poco después encontraron a un orko
degollado y a un enorme jabalí con un agujero en la cabeza; un centinela
eliminado. Se empezaron a oír golpeteos rítmicos y sonidos de maquinaria
acompañados de un murmullo, como de cientos de hombres hablando con voz gutural.
La
base orka era enorme. Construida en un inmenso claro con madera de los árboles
talados y planchas de metal que debían haber traído sus ocupantes consigo. Un
profundo pozo lleno de estacas afiladas rodeaba el pie de la empalizada, los
orkos lo sorteaban gracias a un rudimentario puente. El recinto, cuadrado,
medía unos ciento cincuenta metros de lado y tenía cuatro torres en sus esquinas
sobre las que varios gretchins vigilaban los alrededores. A pesar de que varios
troncos obstruían su línea de visión, Aertes pudo observar a varios orkos que,
con sus habituales andares encorvados, cortaban los árboles de la periferia con
espadas y hachas sierra. Los pielesverdes estaban abriendo un gran camino hacia
el norte. Esa zona aún no había sido explorada por los hombres de Morris por lo
que Aertes no pudo deducir qué iban a hacer por allí. Su primer impulso fue el
de lanzarse a la carga contra los pielesverdes más cercanos, pero consiguió
reprimir sus ansias de lucha.
Unos
metros por delante suyo vio al sargento Trenos, que, oculto tras un árbol,
observaba el interior de la empalizada con sus magnoculares mirando a través de
la abertura de la puerta sobre el puente. Su armadura de caparazón estaba
camuflada con tonos verdes y marrones en lugar del rojo sangre de los marines
Angeles Sangrientos, y la hombrera con los colores e insignia del capítulo
estaba cubierta con una tela igualmente camuflada.
-
Creo que es un taller de maquinaria, señor -dijo Trenos cuando retrocedió hacia
su Capitán- veo varias piezas y motores amontonados en una de las esquinas, y
he visto una especie de establos que pueden albergar jabalíes de guerra,
perfectos para avanzar por esta selva.
-
¿Qué creéis que están tramando con esa carretera hacia el norte, sargento
Trenos?
-
Como ya os he dicho, he visto piezas de maquinaria y accesorios que podrían
instalar en vehículos para que pudieran avanzar mejor por esta vegetación. Esa
carretera podría llevar a otra base orka del Norte -especuló el Sargento
Explorador- o puede que no sea una carretera sino una zona de aterrizaje.
- Tratándose de orkos no podemos estar seguros
de sus intenciones, pero de lo que sí estoy seguro es de que esta base no
llegará a ver el atardecer de este día. ¿Habéis hecho un plano? -el sargento
explorador asintió- bien, seguidnos hasta nuestros hermanos.
Al
llegar al sector Kappa 1.1, donde Aertes ordenó a su ejército que le
aguardaran, observó que los supervivientes de la escuadra de exploradores
Midian habían llegado. Apartados del grupo, la compañía de la muerte y el
capellán Sagos estaban arrodillados y recitando salmos.
-
¡Vamoz! ¡Daroz priza kon ezta zona! ¡Ya debería eztar dezpejada de ezoz
eztúpidoz árbolez¡
El
kaudillo Rorkrat continuó ladrando órdenes durante un rato más a los orkos que
talaban los árboles al norte de la base antes de volverse hacia la misma a
beber un poco de agua. Su inmensa musculatura verde dejaba enanos a los orkos
que pasaban por su lado mientras iban y venían de dentro a fuera del recinto
transportando troncos. Ninguno le miró a la cara. Al pasar por el puente
levadizo un gretchin tuvo que saltar fuera del mismo para evitar ser aplastado
por la pesada bota de cuero y hierro de Rorkrat. El pequeño ser verde se agarró
en el último momento al borde, evitando por poco las estacas del fondo.
En
el interior de la base varios gretchins salían y entraban de un profundo pozo
hecho en la tierra con capazos llenos de fragmentos de metales y minerales y
los llevaban a la herrería, un ezclavizta ataviado con una túnica marrón les
instaba para que trabajasen más rápido amenazándoles con su garrapato sabueso.
Tras echar un trago de agua en la cisterna, Rorkrat entró en los establos. La
salud de los jabalíes de guerra era importante; sin ellos, no podría enviar
mensajeros rápidos a la base del zeñor de la guerra Slamkuk, ni podría enviar
patrullas suficientemente rápidas a la selva. Fue pasando por los corrales
individuales hasta llegar al que ocupaba su jabalí de guerra personal; el más
grande y fuerte de todos. Mientras lo miraba, Rorkrat meditó unos momentos,
pensando en lo que su zeñor de la guerra Slamkuk le haría si no tenía éxito en
esta misión. Intentó imaginarse qué haría si él fuera el zeñor de la guerra y
Slamkuk fuera su lugarteniente.
La
enorme cabeza del jabalí giró hacia su amo, y de pronto empezó a agitarse
violentamente. Todos los jabalíes de los establos comenzaron a gruñir y saltar.
Cuando el kaudillo iba a preguntarse qué demonios pasaba, el sonido de una
enorme explosión hizo temblar las paredes de madera y hojalata. Los primeros
gritos y disparos comenzaron a rasgar el aire.
-
¡Adelante, por la gloria del Emperador! ¡Por la sangre de Sanguinius!.
Los
Ángeles Sangrientos habían comenzado su ataque. La escuadra de devastadores
Fulventos, apoyada por la escuadra Crasso, abrió fuego contra las torres de
vigilancia. Una de ellas se había desintegrado cuando un misil acertó de lleno
justo debajo del parapeto. Una multitud de orkos armados con akribilladores
salió por el puente para repeler a los agresores. La escuadra de Aertes y la
escuadra Meranis abrieron fuego contra ellos. La pistola de plasma del Capitán
carbonizó a uno de ellos de pecho para arriba, cinco pielesverdes más murieron
por los impactos de bolter y los pesados cuerpos moribundos empujaron a dos más
fuera del puente, ensartándose grotescamente en las estacas del foso.
Los
orkos que talaban árboles hacia el norte se dispusieron a acudir al lugar del
ataque, pero la escuadra de exploradores Trenos, aumentada en tres hombres por
los restos de la escuadra de exploradores Midian, surgió de pronto de entre la
maleza disparando su escopetas y pistolas bolter a diestro y siniestro. más de
diez orkos cayeron al instante, pero los exploradores estaban en una gran
desventaja. Un orko se abalanzó sobre el explorador Tars y ambos cayeron al
suelo rodando, Trenos abrió en canal a uno especialmente grande tras esquivar
el tajo de su hacha sierra, pero, incluso con sus oscuras tripas colgando del
abdomen, el orko descargó su arma sobre el hombro del sargento explorador,
cortándole hasta el pecho. El orko intentaba sacar su rebanadora del cuerpo
inerte de Trenos cuando el Explorador Karpla le segó ambas manos a la altura de
la muñeca, haciéndole retroceder unos pasos antes de atravesarle la garganta
con su machete de combate. Tars fue inmovilizado por el orko mientras otro
pielverde le degollaba entre furiosos gorgoteos. Medinus disparó a bocajarro su
escopeta y el orko que cargaba contra él se detuvo y cayó como si hubiera
chocado contra un muro. Moviendo frenéticamente la corredera, disparó una y
otra vez hasta que uno de elos se acercó demasiado y tuvo que utlizar el arma
para detener un hacha dirigida a su cabeza. Tasmel bloqueó otra arma orka con
su machete, la apartó a un lado en un duelo de fuerza y disparó en plena cara
del orko con su pistola bolter. El orko quedó como atontado y Tasmel lo derribó
de una patada antes de buscar a su siguiente víctima; el explorador ni siquiera
vio la espada sierra que le rebanó la cabeza desde atrás. Otro orko lanzó a
Karpla un golpe a la cara qué éste bloqueó con el machete, pero una espada
sierra surgió desde su izquierda y le golpeó en el abdomen; el peto de ceramita
le protegió de lo peor del ataque, pero al caer al suelo vio un charco de
sangre extenderse desde su cuerpo. Los dos orkos se irguieron alzando sus armas
para asestarle el golpe de gracia y sus verdes torsos estallaron en nubes
carmesí cuando una ráfaga de proyectiles bolter les alcanzó de lleno. Al mirar
hacia atrás Karpla vio a una de las escuadras tácticas que corría hacia ellos
disparando a los pielesverdes, entretanto se agarró a la pierna del orko más
cercano, le clavó su machete en el estómago y lo retorció en su interior.
Al
otro lado de la base, la compañía de la muerte, encabezada por el capellán
Sagos, se lanzó a la carga contra el constante flujo de orkos que surgía por la
puerta del puente mientras la tercera torre de vigilancia volaba en mil
pedazos, víctima de los devastadores. En el interior, los orkos se agolpaban en
la puerta para salir cuando seis de ellos cayeron bajo las armas de los marines
de asalto, que habían sobrevolado la empalizada. El arrollador empuje de
Los
marines de asalto se vieron sorprendidos por más orkos que surgían de los
cuarteles y talleres del recinto, los cuales comenzaron a subirse a las
empalizadas para dominar mejor el patio. Tres orkos ya se habían subido a la
última torre y empezaron a barrer el patio con sus akribilladores pezados. Uno
de los marines de asalto cayó con el cuerpo agujereado y el resto activó sus
retroreactores para llegar hasta ellos e inutilizar esa torre. La compañía de
la muerte irrumpió en la base y se lanzó como una masa de enloquecidos hacia un
pelotón de piztoleroz que acababan de salir de un barracón a la izquierda de la
entrada. Después aparecieron Aertes y su escuadra, que cargaron directamente
hacia más orkos al otro lado del patio disparando sin cesar. En su camino
encontraron un grupo de pielesverdes de menor tamaño, pero que no eran
gretchins. Aertes partió por la mitad a uno de ellos y embistió a otro, que
desapareció por un agujero del suelo mientras su guardia de honor aplicaba el
mismo tratamiento a los demás. Segaron a aquel grupo como una guadaña que corta
el trigo sin detenerse por nada.
Un
marine de asalto fue alcanzado en pleno vuelo y pasó fuera de control por
encima de la torre, rompiéndose el cuello contra un árbol. Los restantes
cayeron sobre los tres akribilladorez y los gretchins, aniquilando hasta el
último pielverde.
La
carga de Aertes fue bruscamente interrumpida por un gruñido bestial a la
izquierda. Rorkrat salió de los establos montado en su jabalí de guerra y
blandiendo una gran rebanadora en forma de hacha de doble hoja. La bestia pasó
al galope junto a dos marines y lanzó al sacerdote sangriento a dos metros con
un golpe de su enorme cabeza mientras los dos guardias de honor se desplomaban
con enormes heridas en el pecho que atravesaban sus servoarmaduras y sus
costillas. Aertes y sus hombres se dispusieron para el combate, pero el enorme
jabalí volvió a la carga y se llevó por delante a otro marine. El pelotón de
akribilladorez al que Aertes iba a asaltar en un principio abrió fuego contra
ellos y otro guardia de honor cayó víctima de los proyectiles. El Capitán se
había quedado sólo con un hombre en mitad del campamento. Sintiendo
Mientras,
los marines de asalto aterrizaron sobre los akribilladorez y comenzaron un
nuevo combate. Más orkos montados en jabalíes de guerra salieron al galope de
los establos pero fueron interceptados por la compañía de la muerte, que no
dejaba de gritar incoherencias más propias de los orkos que de unos marines
espaciales.
En
el exterior, los exploradores habían perdido a siete hombres, quedando sólo el
explorador Karpla. Karpla se debatía entre la vida y la muerte mientras un
marine intentaba mantenerle con vida, pero había cumplido su misión, habían
impedido que los orkos que talaban árboles participaran en el combate e
impidieran el asalto a la base. Sintió profundamente la pérdida de sus
compañeros, pero no hubo otra elección que lanzarse a ese combate suicida si
querían tener éxito en el asalto.
Mientras
tanto, la escuadra Crasso había entrado en la base y sus Bolters comenzaron a
hacer estallar cabezas de orko por doquier. El capellán Sagos blandía su
crozius arcanum con ambas manos y golpeaba a los jinetes de jabalí, que caían
como moscas ante el enloquecido ataque de la compañía de la muerte. Un
pielverde puso su montura a la espalda del capellán y lanzó un golpe mortal
sobre su casco; una esfera de energía azulada envolvió de pronto al humano y
detuvo la espada del orko en el aire; Sagos se volvió y ejecutó un hábil
molinete que cortó el brazo orko a la altura del codo y acabó su movimiento
partiéndole la cabeza. La escuadra de asalto fue derrotada perdiendo a dos
marines en el proceso y el resto saltó fuera de la base con sus retroreactores,
entonces la escuadra Crasso avanzó hacia aquellos pielesverdes y comenzó un
intercambio de disparos en el que ambos bandos comenzaron a sufrir bajas, pero
los orkos caían mucho más rápidamente merced a la superior habilidad de los
marines en el manejo de las armas de fuego y a sus servoarmaduras. Las
escuadras Meranis y Fulventos también entraron en la base, incapaces de mantener
posiciones de tiro ante su creciente necesidad de derramar sangre enemiga con
sus propias manos, y se enzarzaron en una serie de combates cuerpo a cuerpo con
los orkos que corrían de aquí para allá por todo el patio.
Y
en el centro de todo, Aertes y Rorkrat continuaban su combate cuerpo a cuerpo.
Los incesantes y salvajes gritos de ambos líderes parecían sobreponerse a los
disparos y explosiones que devastaban toda la base orka.
- ¡No puedez venzerme, eztúpido
humano! ¡Yo zoy invenzible! -El kaudillo intentó cortarle la cabeza al humano,
pero éste se agachó rápidamente- ¡No puedez ganar a Rorkrat en kombate, te voy
a kortar komo a un eztúpido árbol! ¡Te klavaré a un eztúpido árbol y luego lo
kortaré!
La pistola de plasma de Aertes había
volado lejos durante su choque con el colosal jinete de jabalí. Lanzó un tajo
vertical sobre Rorkrat que el orko bloqueó con facilidad y ambos quedaron
enzarzados en un duelo por ver quién era el más fuerte. Aertes intentaba hacer
bajar su Espada de Energía sobre el cráneo del pielverde pero, a pesar de su
servoarmadura, los músculos del kaudillo empujaban su arma hacia él, acercando
el filo de la gran rebanadora a su casco. Sus caras estaban muy cerca y el orko
gruñó a Aertes, pero sólo encontró la inexpresiva faz de su casco como
respuesta. Mientras tanto, orkos y marines corrían en todas direcciones por
toda la base disparando y mutilando a sus oponentes, los dos marines de asalto
que vivían volvieron al combate y se enzarzaron en un combate que mantenía el
Capellán Sagos con tres pielesverdes. Uno de los pocos supervivientes de
Rorkrat estrujó el casco de
ceramita con una sola mano como si fuera una bola de papel, y a continuación
amagó un tajo vertical para terminar con una patada al pecho de su oponente,
que volvió a caer. Con un grito ensordecedor, el kaudillo acabó de ejecutar el
tajo, la rapidez del movimiento sólo permitió a Aertes bloquearlo con su arma
entablando un nuevo duelo de fuerza. Tumbado en el suelo, Aertes estaba en
desventaja mientras
Atravesado por cuatro sitios,
el enorme e inerte cuerpo de Rorkrat cayó cuando los marines espaciales
retiraron sus armas. La cara de Aertes estaba completamente cubierta de su
sangre; respiraba con dificultad mientras intentaba serenar su rabia negra y
dobló una rodilla, incapaz de continuar de pie con la maldición de su Primarca
royéndole las tripas. Várem acudió a socorrerle. El explorador superviviente
entró en la base tambaleándose y con el estómago completamente enrollado con
vendas enrojecidas, pero la batalla ya había terminado. La escuadra Crasso
había eliminado al pelotón de akribilladores sufriendo cuantiosas bajas, El
capellán Sagos estaba cantando sus salmos para refrenarse a sí mismo y a los
dos marines de la compañía de la muerte que quedaban. Los devastadores habían
sufrido una sola baja, su sargento, que cayó al intentar detener una carga de
los orkos contra su escuadra. Aertes miró a los cadáveres de su guardia de
honor entonando para sí mismo una plegaria al Emperador por sus almas. Cuando
hubo acabado observó que más allá un profundo agujero descendía hacia el
subsuelo. La escuadra Crasso bajó para reconocerlo. Durante la espera se oyó un
disparo y unos gritos de dolor.
- Es una mina, señor
-informaron a su regreso- las paredes están cubiertas de metales y minerales.
Parece que los orkos los estaban extrayendo, hay herramientas y vagonetas allá
abajo, y varios faroles aún encendidos. Por cierto, un orko joven, de esos que
ellos llaman niñatos, estaba escondiéndose allá abajo -añadió mientras un
pielverde bastante menos musculoso que la mayoría a los que se habían
enfrentado subía por las escaleras encañonado por el Marine. El hombro del
joven orko estaba atravesado de un disparo y su sangre, de un rojo vivo,
chorreaba por el brazo.
- Quizá descubrieron este yacimiento
con sus Garrapatos Sabuesos y montaron esta base para defenderlo -supuso el
Capitán antes de dirigirse al orko-. Veamos, pequeña muestra de alienígena, vas
a empezar a contarme todo lo que sepas y hayas oído decir sobre esta base
vuestra -le dijo al orko. Sus ojos rojos se clavaron en los del humano con una
expresión desafiante llena de rabia.
Uno de los rabiosos negros
estaba jadeando profundamente, pero comenzó a calmarse mientras el capellán
continuaba con sus rezos. Poco después los Ángeles Sangrientos habían
amontonado a todos los orkos en el claro al norte de la base y les habían
prendido fuego con los lanzallamas. Una gran pirámide verde de más de veinte
metros se consumía entre lenguas de fuego mientras los Ángeles Sangrientos
utilizaban la base para sanar a los heridos, antes de inmolarla como a los
orkos. El explorador Karpla, ahora repuesto gracias al sacerdote sangriento
Várem, se dirigía de vuelta a la base para contactar con el cuartel imperial.
Ahora que el sigilo era innecesario, los tanques podían empezar a hacer
carreteras arrasando los árboles y los Dreadnoughts, Land Speeders, escuadrones
de motocicletas y exterminadores podrían encontrarse con ellos allí para seguir
explorando la zona norte hasta que llegaran las tropas de jungla de la guardia
imperial. Mientras tanto graves rugidos de dolor salían de uno de los
barracones mientras Aertes intentaba convencer al niñato de que le contara todo
lo que sabía. Aertes aprendió técnicas de interrogación de un capellán Ángel
Oscuro que él mismo rescató de un ataque eldar a una de sus bases en el sistema
Harimok. A pesar de que el Ángel Oscuro no dejó de reprocharle su acción ni de
decirle que nadie le había pedido auxilio durante un largo rato, más tarde le
permitió presenciar el interrogatorio de un eldar capturado.
PLEGARIAS
ESCUCHADAS
Algunos meses después, en el
planeta Baal, hogar del capítulo de los Ángeles Sangrientos, el Hermano Capitán
Tycho, comandante de la 3ª Compañía de los Ángeles Sangrientos, se encontraba
postrado de rodillas ante la imponente imagen dorada de su Primarca situada al
final de
- Mi señor Sanguinius, padre
los Ángeles Sangrientos, salvador del Emperador, os suplico que extendáis
vuestras santas alas sobre mí. Bendecidme con una nueva misión de combate antes
de que esta rabia acabe conmigo. Os pido que me otorguéis un medio de
desencadenar esta ansia de combate defendiendo todo lo que vos defendisteis, a
costa de mi vida si también es necesario, al igual que vos disteis la
vuestra...
Como siempre que no era
reclamado a un campo de batalla, Tycho estaba rezando a Sanguínius para que le
fuera asignada una nueva misión. Desde la segunda batalla de Armageddon contra
los orkos, su estado de ánimo empeoraba semana tras semana, y cada vez era más
difícil aguantar su sed de sangre enemiga. Al levantar su rubia cabeza, se hizo
visible la semimáscara dorada que llevaba en el lado derecho de su cara,
cortesía de un señor de la guerra orko que por poco no le partió la cabeza en
dos, pero que le dejó una imborrable cicatriz. La expresión de su cara era
seria, pero humilde a la vez.
Varios Ángeles Sangrientos más,
oficiales a juzgar por los ornamentos dorados de sus servoarmaduras, ocupaban
otros bancos también de rodillas, rezando a su Primarca.
El sonido de una gran puerta al
abrirse se oyó tras él. Un sirviente vestido con una túnica blanca y marrón con
el símbolo de la gota alada entró en
- Disculpadme por interrumpir
vuestras plegarias, señor, pero ha llegado esto para vos con carácter muy
urgente -el hombrecillo le mostró un disco de datos- su contenido no nos ha
sido revelado. Puede que vuestras plegarias hayan obtenido respuesta.
La faz de Tycho no mostró
cambio alguno. Permaneció unos minutos más absorto en sus oraciones mientras el
siervo le aguardaba. Por fin, el Comandante de la 3ª Compañía del Capítulo de
los Ángeles Sangrientos se incorporó. Su gran cuerpo ataviado con su armadura
artesanal de color bronce dorado le hacía parecer un titán al lado del
sirviente. Nunca se la quitaba, para no perder un sólo segundo cuando le
llamasen a una misión. Tycho tomó el disco.
- Esto también es para vos
-continuó el siervo moviendo ligeramente la gran caja- lo envía el Capitán
Aertes, que ya ha regresado a nuestra base en Horamnis tras su campaña contra
los orkos. El capitán ordenó que no se os interrumpiera durante vuestras
plegarias para que esto os fuera entregado.
- Bien.
La voz de Tycho sonó grave e
imponente incluso cuando había hablado bajo por respeto al lugar donde estaban.
El Capitán salió de
Al llegar a sus aposentos; una gran
habitación cuyas paredes, techo y suelo mantenía en monótono color gris del
plastiacero de los pasillos de la zona de dormitorios, dejó la caja sobre el
escritorio de madera que utilizaba para escribir sus informes de batalla y sus
memorias de vez en cuando. Después introdujo el disco en una ranura que había
bajo una gran pantalla empotrada en la pared y pulsó un botón. Mientras la
imagen tomaba forma tomó la butaca del escritorio para sentarse frente a la
pantalla.
La imagen al fin mostró a un
Ángel Sangriento ataviado con su servoarmadura roja. Los detalles y decorados
en oro de la misma le proclamaban como alguien importante.
- Saludos hermano capitán
Tycho, soy el comandante de ejército Epsanon, líder de nuestras fuerzas en la
galaxia Branam nombrado por nuestro ilustre señor, Dante. Vos tenéis una larga
experiencia de combate contra pielesverdes, no cabe duda, y por ello habéis
sido recomendado y elegido para dirigir un ataque masivo al sistema Huna. Dicho
sistema está casi totalmente invadido por orkos, pero aún quedan algunos focos
de resistencia de la guardia imperial en dos de sus planetas. Os ruego os
presentéis lo antes posible con vuestra compañía en la base espacial Macharius
VI, desde donde lanzaremos una ofensiva a estos dos planetas combinando
nuestras fuerzas con el 24º regimiento de rifles de Cadia la guardia imperial
que nos aguarda allí y varios oficiales de otros Capítulos que están en camino
con sus tropas. Hasta pronto Capitán. Que el Emperador y Sanguinius guíen
nuestros pasos.
La imagen se extinguió. Tycho
se dirigió rápidamente a un panel en la pared con varios botones y un
comunicador que le podía poner en contacto con cualquier lugar de la base o con
toda ella en caso necesario. Su estado de agitación era evidente. El capitán tecleó
el código que le permitiría ser escuchado hasta en el último rincón de Baal.
- ¡Atención! ¡Atención! ¡A los
hermanos marines pertenecientes a la 3ª Compañía, misión de emergencia!
¡Repito! ¡Misión de emergencia para los hermanos marines pertenecientes a la 3ª
Compañía! ¡Esto no es un simulacro! ¡Que la 3ª Compañía al completo se presente
de la zona de despegue con el equipo dentro de veinte minutos, incluidos
vehículos y tropas de apoyo!
Antes de salir, Tycho miró a la
caja y la abrió apresuradamente. Dentro había algo tapado con un paño blanco
con una nota encima que decía:
SÉ QUE VUESTRO ANIVERSARIO PASÓ
HACE MESES HERMANO TYCHO, PERO AQUÍ OS ENVÍO MI PRESENTE PARA VUESTRA COLECCIÓN
CAPITÁN
AERTES
Al quitar el lienzo apareció la
enorme cabeza disecada de un orko. Tycho la cogió por la nuca y la sacó de la
caja. Al sacarla vio que estaba fijada a una peana de madera con una pequeña placa
dorada en la que había grabado: “SEÑOR DE
Una leve sonrisa apareció en
los labios del Hermano Capitán Tycho. Aertes era un buen amigo además de un
camarada inestimable en la batalla.
Sin perder un segundo Tycho
pulsó un interruptor y una de las paredes de seis metros de largo y cuatro de
alto se deslizó hacia arriba, dejando al descubierto enormes repisas de color
rojo sangre que soportaban el peso de docenas de cabezas de algunos de los
señores de la guerra orkos más temidos. El color rojo de aquella zona
contrastaba fuertemente con el gris de las paredes. El capitán colocó
rápidamente su nueva pieza en un lugar vacío, volvió a cerrar la pared y salió
rápidamente de sus aposentos en dirección a la armería.
La armería tenía siete plantas
conectadas con enormes escaleras. Sus paredes estaban cubiertas de taquillas y
vitrinas que contenían las bendecidas armas de los Ángeles Sangrientos. Algunos
Ángeles Sangrientos de su compañía estaban haciendo las comprobaciones finales
de sus armas pesadas mientras algunos Exterminadores salían por otra puerta con
pesados pasos de sus armaduras. Tycho pasó entre los devastadores en dirección
a su taquilla.
- Saludos, Capitán Tycho -dijo
uno con un gesto marcial antes de amartillar su bolter pesado- ¿Podéis decirnos
cual es la misión, señor?
Tycho no respondió. Abrió su
taquilla, se quitó los guanteletes ornamentales que llevaba y se puso sus
guantes de láseres digitales. A continuación sacó su combiarma bolter-rifle de
fusión y empezó a comprobarla descargada y cargada.
Una vez con todo su equipo
preparado, volvió la cabeza en dirección al marine Devastador.
- ¿Qué importa eso mientras
haya enemigos que aplastar? –fue su cortante respuesta.
Al instante siguiente salió por
la puerta por la que se habían ido los Exterminadores. Los Devastadores se
apresuraron en preparar sus equipos y salieron tras él a paso ligero. Uno de
ellos dijo con aflicción:
- Ya ni siquiera le importa el
objetivo de las misiones. Temo que
Uno de ellos asintió y le
respondió:
- Nos consumirá a todos. Pero
hasta que ocurra, he incluso cuando ocurra, tenemos un deber que cumplir. Y el
Hermano Capitán Tycho nunca lo olvidará.