LA TIGRESA Y EL ESCORPION

3 ª PARTE : LA CAIDA DEL ANGEL

POR AERTES & GABRIEL



Soy un proscrito; perseguido por el Imperio que me dio a luz. Aquellos que me dieron la vida quieren ahora tomarla de nuevo. Pero quieren algo más. Quieren mi alma y eso no lo puedo entregar.

Dicen de mí que soy un traidor, un renegado sólo porque no fueron ellos quienes me revelaron la verdad. ¿Acaso la verdad no es única y cierta provenga de donde provenga?. Es así. Lo sé.

Los eldars me enseñaron la verdad y me enseñaron a reconocerla entre los múltiples futuros. El tiempo se abre ante mí como un libro y puedo leer en él las posibles consecuencias tanto de mis acciones como de las de otros.

No soy el más grande vidente, ni el más poderoso psíquico. No recuerdo mi pasado, no sé de dónde procedo ni qué era antes de convertirme en un hijo de Lion, pero no conservo esta armadura ni estos emblemas por cínica nostalgia. Soy un Ángel Oscuro en cuerpo y alma, y Ángel Oscuro moriré.



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El oficial pudo oír claramente los aullidos de dolor del capitán de Sentinel Tradinx llegando a través del micrófono del aparato por encima de una incontenida y malévola risa. Tradinx siguió gritando y pidiendo clemencia durante más de un minuto hasta que su voz desapareció del canal de comunicación y sólo quedó aquella carcajada escalofriante. Al oficial le pareció el minuto más largo de toda su vida.

El oportuno grito de uno de los veteranos hizo reaccionar a la escuadra de mando justo antes de que un misil de fragmentación impactara cerca de ellos y barriera todo el perímetro con una lluvia de metralla. Varios reclutas del cuarto pelotón fueron alcanzados y cayeron con horribles heridas que más bien parecían provocadas por las mordeduras de una bestia.

El oficial se horrorizó al contemplar la altísima estructura de aquella máquina de guerra. Se apoyaba en seis patas insectoides, de las cuales las dos delanteras tenían forma de pinzas grotescamente grandes. El cuerpo era como una torreta artillada con toda una plétora de armas que imitaban formas demoníacas con sus cañones. Un Profanador, un Profanador de oro y plata que en seguida disparó otra andanada de misiles desde su brazo izquierdo convirtiendo a la mitad de los reclutas en fuentes de sangre. Al volver la vista contempló cómo toda una horda de marines traidores vestidos con armaduras de oro asaltaba sus posiciones enarbolando en alto sus armas cargadas de iconos prohibidos.

Un poco más allá vio al que bien podía ser su señor. Era un marine traidor apostado en solitario sobre una colina. No dejaba de reír y de disparar con una gigantesca arma que emitía intensos haces de energía blanca. Los disparos de aquella arma impactaban con precisión milimétrica, atravesando a los guardias imperiales y dejando tan sólo agujeros en sus cuerpos.

La imagen se detuvo en ese punto y la marine espacial dio un paso al frente desde la penumbra.

Toda la sala permaneció en silencio mientras la holoimagen se centraba en el solitario marine de la colina y se amplificaba, pero la nitidez se perdió impidiendo cualquier identificación.

>> Parece que Nephausto ha llegado a alguna clase de alianza con los Esclavos de Calipso. La capitana Panter encontró el cadáver de la llamada Calipso, su antigua líder, lo cual nos hace suponer que Nephausto se deshizo de ella para así tomar las riendas de su legión. Todo apunta a que el nuevo líder de esta horda de herejes es este personaje aún no identificado al cual nos referiremos más adelante.

>> La fuerza combinada de Nephausto y los Esclavos de Calipso ha estado acosando a todas las tropas imperiales de los sectores Diaari y Xeavion durante los últimos meses. Sus incursiones son siempre fugaces y letales. No permanecen en un lugar de modo que no dan tiempo a las tropas de las bases estelares de acudir a las llamadas de auxilio. Si encuentran una resistencia inesperada, se retiran negando toda posibilidad de persecución. Estas tropas emplean en sus desplazamientos un acorazado estelar de clase desconocida perteneciente a la legión de Nephausto. Dicha nave fue la que efectuó el rescate de los Esclavos de Calipso, derribando al crucero Escudo Infernal de los Ángeles Sangrientos tras una feroz batalla contra la nave de los Esclavos de Calipso, la cual recibió su justa destrucción.

La marine se retiró fundiéndose al igual que todas las demás con las sombras al salir del cono de luz. Otra ocupó su lugar y la pantalla de holografías cambió, mostrando ristras de datos incomprensibles a medida que el cogitador cargaba las imágenes que los siervos le requerían desde la consola del rincón.

La sala estaba llena de figuras embutidas en servoarmaduras blanquiazules de los Tigres Nevados, todas ellas mujeres. Se sentaban en los escalones que, a modo de anfiteatro en miniatura, rodeaban la placa hololítica del centro de la sala. El único marine varón no portaba los colores de los Tigres; se trataba del joven aunque no inexperto capitán Rómulus de los Ángeles Sangrientos tal y como la primera exponente de la reunión había anunciado. Aquella clase de concilios aburría a Rómulus sobremanera, y estaba haciendo escaso esfuerzo por disimularlo.

La primera imagen era bien conocida por Rómulus. Era un hereje más a ojos del Imperio pero él conocía su verdadro origen; un origen tan deshonroso que era mantenido en el más alto secreto por los altos mandos del capítulo de los hijos de Sanguinius. Sin embargo los demás sólo veían una armadura demoníaca verde como el óxido de cobre y erizada de cuernos en todas las articulaciones. Portaba un largo báculo nudoso y una capa negra. Un recuadro inferior en la holopantalla mostraba registros de batallas pasadas en las que se le podía ver enarbolando una gran guadaña.

Hubo un parpadeo. Ahora la imagen era de un hombre calvo y gigantesco; más grande aún que el anterior a pesar de estar ataviado únicamente con una toga negra. Tenía músculos imponentes que asomaban en varios puntos por su piel verdosa y carcomida. En su toga había un dibujo de tres cráneos similar a los que el anterior portaba sobre el pecho. Las imágenes anexas le mostraban sobre un gran montículo de cadáveres pregonando algo a los cuatro vientos, seguramente blasfemias y herejías, mientras la muchedumbre en rebelión alababa sus palabras.

Cambio de imagen. Apareció una figura con servoarmadura de oro repleta de emblemas de Slaanesh en plata. Un faldón rojo le cubría las piernas y portaba dos espadas curvas envainadas a cada lado del cinto. Una especie de anteojos de cristal rojo ocultaban su mirada y su boca estaba torcida en una amplísima sonrisa casi irreal. Su calva estaba algo arrugada como si se hubiera arrancado hasta el último cabello. En las imágenes inferiores se le veía paseando tranquilamente por un cruento campo de batalla sin que las tropas imperiales le hicieran el más mínimo caso; ni siquiera le apuntaban cerca con sus disparos.

Cambio de imagen. Apareció el misterioso líder de los Esclavos de Calipso, pero ésta era una reconstrucción hololítica y no una imagen capturada, se notaba en su peor calidad. Su armadura dorada era demasiado angulosa y su rostro era una silueta negra. Las imágenes anexas eran similares a las que habían visto en aquella misma reunión un poco antes: aquella figura disparando contra el enemigo con armas extrañas y mortíferas. Siempre estaba demasiado lejos para poder verle bien.

Las siguientes palabras pasaron inadvertidas para Rómulus, quien salió a toda prisa de la sala apenas el concilio fue dado por concluido.

El aire cálido del exterior le trajo un lejano recuerdo de Baal pero el aspecto de aquel pequeño planeta no tenía nada que ver con los hermosos desiertos de arena roja de su hogar. El terreno era irregular y armónico a la vez: una sucesión de colinas y cerros que llegaba hasta donde abarcaba su vista de marine, con la superficie de tierra marrón y roca gris parcheada de hierba y árboles que nunca había visto y que ningún interés le merecían.

Paseó por la parte superior de las altas murallas blancas de la base de operaciones de los Tigres Nevados. Su armadura color sangre suponía un fuerte contraste con cuanto le rodeaba. Intentaba concentrarse, pero su mente no dejaba de descentrar su atención. Fijó la vista en el deslumbrante sol del amanecer, ya elevado en el cielo.

Sabía que pensaba demasiado. “Bendita sea la mente demasaido pequeña para albergar dudas”, recordó. Sabía también que se lamentaba en exceso, pero no podía sacudirse de encima el peso de sentirse en deuda con su hermano Remus.

Cuando Nephausto rescató a los Esclavos de Calipso, Remus se encontraba entre los prisioneros Ángeles Sangrientos que el enmigo se había cobrado. Cuando huyeron, se los llevaron consigo. Sin duda su hermano estaba ya muerto, al igual que el resto. Si Nephausto era ahora quien tiraba de las riendas de los Esclavos de Calipso sin duda se habría divertido con los que una vez fueron sus hermanos de capítulo. Pero la 6º Compañía no permitiría que aquello quedase impune. Hasta que los Ángeles Sangrientos pudieran enviarle una nueva nave, dada la pérdida de su crucero, había recibido orden de apoyar a los Tigres Nevados de aquella base de operaciones remota. Ahora su objetivo era Nephausto y le haría pagar por todas sus atrocidades. Desde su traición hasta la pérdida de su hermano.

Empleó su comunicador de muñeca para transmitir a su campamento el aviso de que permanecieran en alerta tal y como se había acordado en la reunión. Desde Tigrit IV, el mundo hogar de los Tigres Nevados, había llegado una orden expresa de la Señora del Capítulo Bastet de que los Ángeles Sangrientos montaran su campamento fuera de las murallas de la base. Rómulus sabía que aquel recelo por parte de Bastet era fruto del desafortunado incidente que ocurrió en su fortaleza principal de Tigrit IV, cuando Remus fue dominado temporalmente por la Rabia Negra e hirió a varios marines, él incluido. Aún sentía su cuello a punto de partirse cada vez que lo recordaba.

Su propio hermano había estado a punto de retorcerle el pescuezo cuando intentó contenerle en Tigrit IV, y fue sólo gracias a Mau que no lo consiguió. Aquello enfureció a Rómulus; tanto que las últimas palabras que había cruzado con su hermano fueron palabras de rabia. No podía soportar eso. Sentía necesidad de disculparse ante Remus pero la imposibilidad de hacerlo le devoraba.

Apoyó ambas manos en el parapeto de la muralla y dejó la cabeza colgando sin ánimos ya de mantenerla alta. – ¡Soy un marine espacial! –gruñó para sus adentros con los ojos fuertemente cerrados.

Sabía bien porqué este torbellino azotaba su mente. Conocía bien el origen de aquellas emociones incontroladas. Era su amor por Mau. El enamorarse había roto el férreo adoctrinamiento que le mantenía a salvo de sus propios sentimientos. Los Ángeles Sangrientos le habían despojado de su humanidad para protegerle de temores y peligros que podían doblegar a cualquier hombre. Al recobrar esa parte humana por el amor que profesaba a Mau, también había recobrado la vulnerabilidad mental de los hombres corrientes, algo que le habían enseñado a suprimir pero que no estaba preparado para afrontar.

Mientras bajaba las monstruosas escaleras hacia el patio central de la base que también hacía las veces de pista de aterrizaje sus ojos azules estaban perdidos en el suelo. Pensaba en lo extraño de las ideas que acudían a su mente: era por culpa de Remus que los Tigres Nevados se negaban a admitirles en el interior de su fortaleza y les hacían acampar fuera, y sin embargo aún daría el brazo derecho por una oportunidad de excusarse ante él. Pasó entre las naves blancas y las altas construcciones de aspecto liso y triangular como un fantasma rojo que vagara su pena.

Cruzando las murallas, se encaminó con paso poco marcial hacia el cercano cerro sobre el que podía distinguirse un grupo de formas rojas. El campamento de los Ángeles Sangrientos lo componían sus propias Thunderhawks a modo de barracones, el último rastro de la capacidad interestelar de su compañía después de que el acorazado de Nephausto destruyera el Escudo Infernal y lo desparramara por toda la órbita de Cralti IX. Dos transportes de tropas y un Predator Baal hacían las veces de torres de vigilancia permaneciendo como los vértices de un triángulo alrededor de la formación de naves. Cada vehículo tenía varios desperfectos en su blindaje y contaba con el apoyo de un grupo reducido de marines que permanecía ojo avizor aunque aquella fuera una zona bajo el control del capítulo de los Tigres Nevados. Rómulus pasó cerca del Predator sin devolver el saludo a ninguno de los marines. En un gran pergamino colgado del frontal del tanque podía leerse “FILO DE ARENA”.

Los marines hablaron entre sí por lo bajo al ver que la actitud de su capitán no había variado. Desde el desastre de Cralti IX y la pérdida de tantos de sus hombres, el capitán Rómulus se había vuelto frío como la roca. Nunca había sido especialmente animoso pero la pérdida de su decisión y vitalidad había dejado un vacío muy patente para aquellos bajo su mando.

Manphred, el paladín del Emperador de la compañía, le vio pasar entre los suyos con la cabeza gacha y entrar en una de las Thunderhawks. Manphred no había acusado en tal medida la desgracia por la que atravesaba la compañía. La victoria pírrica, la pérdida de su nave y su actual encadenamiento a un capítulo extranjero él los afrontaba con el estoicismo de los mártires a pesar de que su servormadura negra aún mostraba los daños de aquel fatídico día. Entró en la misma nave que Rómulus y lo encontró sentado en uno de los asientos de pasajeros. Parecía tener algo entre las manos pero cuando se acercó no vio nada. – Señor –se dirigió a él-. ¿Cuál es el estado de nuestros heridos?.

Los heridos más graves de los Ángeles Sangrientos eran los unicos que permanecían en el interior de la base de los Tigres Nevados debido a que necesitaban una atención que sus camaradas no podían proporcionarles en sus percarias naves. El que peor estado tenía era Marcus, sargento exterminador de una escuadra completamente aniquilada. A Marcus le habían arrancado todo el costado izquierdo de su torso incluido el brazo. Las apotecarias afirmaban que era una verdadera gracia del Emperador que hubiera sobrevivido hasta ahora, pero confiaban en poder salvarle.

Rómulus recitó a Manphred las palabras que la apotecaria le había dicho cuando hizo aquella misma pregunta. Lo dijo como si no le importara lo que decía, como si el estado de sus hombres heridos no fuera algo de su incumbencia y sólo lo hubiera averiguado para estar perparado para responder cuando alguien le preguntara.

Rómulus no había vuelto la mirada aún hacia Manphred. Estaba mirando algún punto entre sus dedos entrelazados.

Ahora Rómulus volvió lentamente la vista hacia él con evidente enojo, si bien el paladín no entendió la razón.

El capitán volvió a perder la vista en sus manos. – Manphred, si tenéis una alternativa que sugerir estoy dispuesto a oírla, pero hasta que el capítulo no nos proporcione nuestra propia nave o encontremos un modo de volver a Baal por nuestros propios medios nuestras ódenes son servir junto a los Tigres Nevados como tantas otras veces hemos hecho.

Manphred se sorpredió de que el capitán evocara a Remus, su hermano de nacimiento capturado, desaparecido, perdido. Decidió no arriesgarse a soliviantarle más de lo que evidentemente estaba. – Sí, señor –respondió con subordinación antes de marcharse.

Rómulus tomó de nuevo lo que había ocultado al oír acecarse a Manphred: la trenza de cabello gris de Mau. La conservaba a dondequiera que fuera pero ahora ni siquiera estaba seguro de querer tener a Mau a su lado, no hasta estar seguro de que no suponía una maldición para él y su compañía.



Nekoi esperó acuclillada contra las murallas. Estaba esperando su turno para las prácticas de lucha sin armas con la capitana Panter, que estaba enviando a todas las Tigresas al suelo casi sin esforzarse. Cerca de ella, Ocelot y otras dos aguardaban igualmente su turno sentados y arrodillados en el suelo y jugando a tabas con pequeños pedazos de hueso; cada uno lanzaba un pedazo al aire y debía recoger sólo con dos dedos cuantos trozos más pudiese antes de recogerlo. Ocelot lanzó el trozo y recogió siete más con una sucesión de fugaces movimientos como de serpiente antes de que cayera en su mano abarrotada.

Nekoi simplemente estaba allí, como si no tuviera un propósito. Se abrazaba a sus rodillas blindadas y se mecía atrás y adelante con lentitud ocultado su tristeza tras sus brazos. Estaba recordando la primera vez que Remus embarcó con ellas en una misión. Llevaba la armadura pintada por completo con los colores de los Tigres Nevados salvo la hombrera derecha, que conservaba el rojo de los Sangrientos. Se adaptó de inmediato a sus tácticas; aprendió a esperar con ellos el momento oportuno para atacar y enseñó a los artilleros muchísimas cosas. Estuvo meses con ellos, y ni siquiera se atrevió a acercarse a él. Agradecía al destino que no hubieran sido asignados a la misma escuadra y a la vez lo maldecía porque no había sido así. Ahora que Remus se había ido, ahora que ya nunca tendría otra oportunidad de verle, lo que realmente sentía por él había inundado su mente como una riada. No podía pensar en otra cosa y, lo que era peor, tampoco quería.

Una de las marines que jugaba con Ocelot fue llamada por la capitana al interior del círculo delimitado por colmillos de tisar tallados con marcas rituales. La marine se agazapó mucho pero Panter se mantuvo erguida en su gran altura lo cual no le impidió en absoluto agacharse como un rayo cuando su rival saltó sobre su cuello. En seguida la levantó sobre su cabeza y la estrelló contra su rodilla antes de tirarla al suelo sin considerción alguna. La armadura impidió que le quebrara la espalda, pero el gruñido de dolor de la Tigresa fue audible por todo el patio.

El joven Tigre se preguntó si aquella demostración no había sido una advertencia para todo el que, como él, no estuviera prestando atención. Lo comprobó en seguida; Panter detuvo con facilidad su primer puñetazo y le sacudió tal revés que le hizo girar sobre sí mismo hasta caer de rodillas. Lejos de darse por vencido, rodó hacia delante sorprendiendo a su rival y la hizo también hincar la rodilla de una patada en la pierna. Lanzó otra patada a la cara pero ella le agarró la bota, de modo que pateó con la otra pierna haciéndola dar un salto atrás y se levantó de un brinco. El puño de la capitana se disparó hacia su cara, a lo que Ocelot respondió desviándolo con el antebrazo y apoyando un pie sobre su rodilla para dar una voltereta por encima de ella y apresarle el cuello con ambos brazos. Durante unos instantes Panter no supo qué hacer, o esa impresión es la que dio, golpeando con los codos inútilmente la coraza de Ocelot. El joven Tigre incluso se permitió una sonrisa confiada antes de que su oponente le doblara la muñeca obligándole a separar uno de sus brazos del cuello. Con un estudiado giro, Panter pasó bajo el brazo del marine y le dobló el brazo a la espalda a la vez que le atenazaba la garganta con la otra mano.

Acto seguido sacó a Ocelot del círculo de un empujón y llamó a Nekoi. La chica reaccionó con lentitud, sin darse por aludida por la demostración de la capitana. Sus cabellos rubios le ocultaban los ojos mientras adoptaba una postura de combate lánguida y desganada. Panter se echó su trenza pelirroja hacia atrás con una sacudida de cabeza y aguardó con la misma pose erguida. Aguardó, pero Nekoi no decidió atacar. Estuvo en un tris de ordenarla que atacase irritada por su actitud pero supo refrenarse. ¿Qué clase de entrenamiento de combate sería aquel si los Tigres debían obedecer sus órdenes?. De modo que avanzó hacia ella. Un paso. Dos. Nekoi adelantó un brazo tan débilmente que ni siquiera podía considerarse un puñetazo. Panter la agarró por la muñeca y soltó una reprimenda, pero antes de que las palabras salieran de su boca el otro puño se la golpeó como una maza.

Los asombrados ojos felinos de los Tigres presenciaron cómo la otra mano de Nekoi se libraba de la de la capitana y la golpeaba por segunda vez en pleno rostro. Panter reaccionó a tiempo de esquivar el tercer puñetazo y agarró a Nekoi por la cadera para derribarla con un volteo, pero la marine apoyó una mano en el suelo y culminó su giro en pie antes de asestarle una patada en el abdomen. La capitana retrocedió evitando que otra patada le acertase en el mentón. Cuando Nekoi giró sobre sí misma previó a tiempo su intención de lanzar un puñetazo de revés y se agachó a tiempo de esquivarlo.

Nekoi tuvo que encajar un uppercut en la barbilla. Descubrió que sus sentimientos la hacían fuerte para la lucha de modo que siguió alimentando su rabia y frustración, su tristeza y su ira. Se agachó evitando un puñetazo y saltó para segar la cabeza de Panter de una patada. La capitana la esquivó, pero no pudo evitar que su otra pierna le golpeara el peto de su armadura. Al caer en pie, durante un instante, sus ojos aparecieron bajo el velo dorado de su cabello, dos ojos de tisar color miel que confudían belleza y odio. Cargó contra Panter gritando con todas sus fuerzas pero la veteranía de la capitana se hizo patente cuando se apartó a un lado y le estrelló su rodillera contra el vientre. La marine se detuvo en seco y su rival la agarró para estamparla de bruces contra el suelo.

Panter no tuvo ocasió de terminar. Nekoi se revolvió para zafarse de la mano de la capitana, rodó hacia delante y se incorporó con la guardia alta.

Un hilo de sangre caía desde su nariz, y ella lo lamió, como había visto hacer a Remus tantas veces. El sabor de su sangre la estimuló, la impulsó a vengarse de Panter. Podía hacerlo. Podía vencerla y lo haría. Pero cuando volvió a atacar se dio cuenta de que la capitana aún no había estado luchando a pleno rendimiento; sólo estaba jugando con ellas. Todas pudieron verlo cuando Panter agarró el puño de Nekoi, la agarró también del hombro propinándola un cabezazo y saltó encogiéndose en el aire para descargar toda la fuerza de su cuerpo en una doble patada directamente contra el pecho de Nekoi, que salió despedida hacia atrás y cayó aparatosamente de espaldas. La capitana empleó el mismo impulso para dar una voltereta hacia atrás y caer en pie.

Nekoi sintió el dolor que le producía cada respiración. Tosió varias veces conforme intentaba levantarse, pero Panter la había expulsado del círculo; la había derrotado.

Ocelot se acercó a Nekoi para ayudarla a levantarse, pero ella rechazó su mano y se incorporó por sí misma. Estaba furiosa, quería marcharse, pero ahora era su período de entrenamiento en combate y ausentarse sin motivo era una falta grave.



Aertes... ¿qué has hecho?. Tú eras un gran guerrero. El comandante más capaz que la 6º Compañía de los Ángeles Sangrientos había tenido en muchos siglos. Tu fe era inamovible, tu lealtad para el Emperador inigualable, tu determinación, implacable.

Prueba de ello es que nunca pudimos ser amigos siendo yo un proscrito para el Imperio.

Me perseguiste mientras servías al Imperio y también despues de vender tu alma al enemigo a cambio de una cura irreal. Me maldigo por no haber logrado encauzar tu camino a tiempo. Sé que habría podido hacerlo pero en esa ocasión el destino jugó en contra mía y tuya.

Nuestros caminos discurren por separado ahora; pero un futuro se me ha revelado y lo que he visto me fuerza a actuar. Tu camino no es aún irreversible, Aertes. Todavía puedo ayudarte, quiero ayudarte.

La cuestión es si me permitirás hacerlo. También he visto ese futuro; y la respuesta no deja lugar a la esperanza.



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El sector Obdulon. Un sistema de apenas unos pocos planetas escasamente habitados por colonias humanas. Un lugar de escasa importancia estratégica y por consiguiente escasamente vigilado por el Imperio.

El Apocalipsis navegó con sus motores deformes arrastrando su aún más deforme masa por el espacio interestelar. Nephausto había “heredado” aquel acorazado corrompido por los poderes del Caos del anterior señor de los marines de plaga que ahora le servían. Una sonrisa de satisfacción arqueaba su barba y bigote, pues todo marchaba del mejor modo posible.

Su plan para ganarse la adhesión de los Esclavos de Calipso había resultado satisfactoriamente. Después de que Rómulus le derrotara en Cralti V, Nephausto se había dado cuenta de que necesitaría aliados, refuerzos, para hacerse poderoso como para enfrentarse a cualquier compañía de marines espaciales. Los Esclavos de Calipso parecían haber seguido el rastro de destrucción dejado por sus tropas en el sistema Cralti, lo cual le vino como anillo al dedo. Cuando los Sangrientos y los Tigres les acorralaron en Cralti IX fue el momento propicio para intervenir. Su plan era liquidar a su señora, Calipso, y obligar al resto a unirse a él o morir.

La mente de Nephausto divagó como si, al igual que su vista, se perdiera entre el mar de estrellas. Se vio a sí mismo portando la armadura roja, encontrando a Rómulus y Remus como dos niños, dos hermanos perdidos en la devastación, y llevándolos a Baal para hacer de ellos Ángeles Sangrientos. Vio también al hermano-capitán Tycho portando la armadura negra de los condenados, muerto y deshonrado por su propio capítulo. Recordó el momento en que pactó con Lacvediar durante la rebelión de Malevant II; el glorioso momento de su liberación de la Rabia Negra y de las rancias normas del capítulo de los Ángeles Sangrientos. Luego su mente viajó al combate a muerte que sostuvo con el antiguo señor de los marines de plaga; el propio Nurgle le había proporcionado la oportunidad de ganarse el mando de toda una legión, oportunidad que no desperdició en absoluto. Aplastar poblaciones enteras bajo el peso de su venganza contra el imperio había sido exquisito, lo recordaba muy bien. Tras eso vio a aquella extraña criatura en Cralti V, una mujer convertida en marine espacial; y no sólo una mujer, sino todo un capítulo prácticamente en su totalidad. Se vio frente a Rómulus, el que había sido su hijo pródigo. Intentaba convencerle de que se uniera a él, a su causa contra el veneno de la sangre de Sanguinius, pero Rómulus no quería salir de la embotadora prisión del imperio. Luchaba contra él, la marine le ayudaba y entre ambos le derrotaban y destrozaban su cuerpo obligándole a huir. La rabia que el rechazo de su propio ahijado le provocó tardó meses en apaciguarse.

Pero ahora habían cambiado las tornas, pensó mientras caminaba por los pasillos malolientes y llenos de estalactitas de óxido. Los Hijos de Calipso habían infligido un duro castigo a los Ángeles Sangrientos según las propias palabras de Herófocles. Ahora eran débiles y no había más que aguardar el momento preciso de exterminar por completo a la 6º Compañía. Los aniquilaría, los arrasaría, no dejaría rastro alguno de su existencia. Y Rómulus Devine sería el último en morir; le haría pagar el haberle rechazado y humillado. Rómulus sentiría el poder al que había renunciado, y no sería él quien se lo demostrara. Cuando la última compuerta se abrió, Nephausto vio con satisfacción al que sería el artífice de su venganza, de la de ambos.

Remus Devine estaba vestido con la armadura de oro y plata de los Esclavos de Calipso. No podía ser de otra forma puesto que ahora él era el líder de la legión y la comandaba para Nephausto. Herófocles también estaba allí; seguía a Remus a todas partes desde que se había erigido en su nuevo líder obligado por el código de la legión. Remus llevaba el lado izquierdo de su cara cubierto por una semimáscara de cuero negro para ocultar su ojo izquierdo, destruido por una fina cicatriz que se extendía hacia abajo por su mejilla; un latigazo que la propia Calipso le asestó al capturarle, pero Remus pudo pagarle con creces aquella herida estrangulándola con su propio látigo, el mismo que ahora se había fusionado con su brazal derecho como si fuera el relieve de una serpiente enroscada en su armadura. Colgando al cuello llevaba un colgante rojo en forma de escorpión.

Remus sabía bien la procedencia de aquel colgante. Nephausto, cuando se llamaba Aertes, se lo regaló a Rómulus al ascenderle a teninente de la 6º Compañía de los Sangrientos. Rómulus lo desdeñó dándoselo a aquella Tigresa Nevada una vez Aertes hubo desaparecido.

Mau. Cómo la odiaba. A ella y a Rómulus. La maldita había puesto al su propio hermano en su contra y el muy estúpido la había seguido a ciegas, lo suficiente como para disparar contra él. ¡Él era su hermano de sangre, de nacimiento!. ¿Cómo fue capaz Rómulus de empuñar un bólter y dispararle?. ¡Él habría dado su brazo izquierdo por su hermano!. ¡Encubrió durante años sus encuentros con Mau, prohibidos a ojos de los Sangrientos!, ¡y ese era el agradecimiento de Rómulus!.

Remus se encogió de repente, acusando algún dolor en el costado. Herófocles le atendió de inmediato escrutando su armadura, intacta al parecer.

Remus sonrió divertido por cómo la mueca de Herófocles se tornaba en un gesto de arrepentido temor. Ni siquiera los anteojos del hechicero podían ocultar el miedo que la ira de Nephausto le provocaba.

Los fármacos que Herófocles destilaba con su siniestra alquimia purificaban el cuerpo de Remus eliminando poco a poco la simiente genética de Sanguinius de su sangre. Al menos eso era lo que aseguraba el hechicero, y por su propia superviviencia le convenía estar diciendo la verdad y hacerlo bien. Remus tenía ya una marca amoratada en el cuello de las veces que había sido inyectado con aquellas sustancias.

Nephausto aguardó a que su hijo y lugarteniente hubiera abandonado la sala y se volvió hacia el hechicero, que retrocedió visiblemente ante él. – ¿Están teniendo esas pociones tuyas el resultado previsto?.

Nephausto había acorralado a Herófocles contra la inmunda pared para dejar bien clara su intención.

Después de sostener su mirada durante un segundo eterno, el señor del Caos se marchó. Herófocles apretó sus dientes de plata crispado por la humillación de tener que ser el lacayo de un siervo del dios de la putrefacción y de un Ángel Sangriento que había pasado de ser el prisionero de Calipso a ser el dueño de su legión. Ver el látigo de Calipso como un mero adorno en la armadura de Remus era algo que no soportaba. Aquella misma arma, el demonio que la habitaba, había traicionado a Calipso dejándose ser empleada para matarla y ahora servía a su asesino.

Desde hacía tiempo la sonrisa que antaño parecía perenne en el rostro del hechicero se había transformado en una amarga expresión de impotencia. Herófocles no era un líder, siempre había seguido las órdenes de Calipso, pero si algo tenía claro era que los Esclavos no debían estar bajo el mando del No Sediento ni de su perro tuerto. Prácticamente tenía a Remus en sus manos, pensó Herófocles. Recordó el dia en que Nephausto le abrió en canal como a un cordero y luego le desgarró el cuello para beber su sangre de hechicero. Nephausto encontró a Remus en el interior de la cámara de interrogatorios y, para su sorpresa, el Sangriento no atacó al señor de Nurgle. Herófocles había descubierto poco después que Nephausto había sido en realidad comandante de los Ángeles Sangrientos, y que aquel marine había sido criado e instruido por él. Estaba claro que no podía predisponer al uno contra el otro; se amaban como padre e hijo. Pero el hijo dependía de su alquimia por el momento y aquella era una baza de la que pretendía sacar provecho. Quizá antes de lo que ambos pudieran esperar.



Nephausto entró en una de las gigantescas bodegas. Aquel lugar parecía lo bastante grande como para albergar toda una catedral. Los dorados y brillantes Esclavos de Calipso se estaban reuniendo allí siguiendo las órdenes de su señor. Nephausto pudo ver a Tauros, un Profanador habitado por un demonio especialmente irritante que exigía tener siempre atado a su blindaje el cadáver de un esclavo sacrificado según un extraño ritual sobre el que él mismo daba instrucciones precisas. Tauros era demasaido exigente, habría que darle una lección de obediencia, pensó.

Las tropas doradas de su hijo formaron por escuadras en perfecto orden. Los escuadrones de motoristas nunca se separaban de sus monturas si podían evitarlo, incluso organizaban carreras por los corredores de la nave que le habían costado ya varios siervos de su legión, atropellados bajo sus ruedas, pero Nephausto estaba dispuesto a pagar aquel ridículo precio.

Se hacercó a Remus, quien les estaba contemplando desde una pasarela superior como si no pudiera creer que todos ellos estuvieran bajo su mando.

Eran suyos, pensó Remus viendo el resplandeciente fulgor de sus armaduras y armas. Todos ellos, desde los marines ruidosos al solitario y gigantesco arrasador de confusa y barroca armadura negra. Sus hermanos, su única familia. Suya. Aunque la mayoría de ellos portaban la marca de Slaanesh y él no, le seguirían a cualquier parte. Ya no tendría que ser él quien siguiera a ningún hermano pretencioso. Ahora tenía una legión que le acompañaba y no a la que acompañar.

Nephausto rió abiertamente. – ¡Éste es mi hijo! –afirmó con orgullo-. Remus, tú siempre has sido el mejor de los dos. ¿Podras perdonarme alguna vez mi ceguera al anteponer a ese lerdo de Rómulus a ti?.

Nephausto ofreció un abrazo que Remus estrechó de inmediato. Padre e hijo juntos. Primero aplastarían a Rómulus; luego... la galaxia estaría a sus pies.

Nephausto sonrió con complicidad aguardando las palabras de Remus. Su hijo sin embargo no dijo nada. En lugar de eso giró la cabeza rápidamente hacia sus tropas de abajo.

Había oído algo. Los velados regalos de Slaanesh transformaban poco a poco su cuerpo, amplificando el poder de sus sentidos mucho más allá de los de cualquier marine espacial, y ahora su oído había captado palabras irritantes de uno de los Esclavos. Fue cuestión de segundos que Remus localizara con precisión insuperable al marine del Caos que las había pronunciado. Había sido Lodugus, un paladín que no aceptaba que la legión estuviera subordinada a la de Nephausto. Remus se había ganado la admiración y el respeto de la mayoría de los Esclavos, pero había algunos que no veían con buenos ojos que su señor no fuera más que el lugarteniente de otro, y Lodugus era uno de los más cizañeros. Pudo ver en su expresión que no se ocultaba en absoluto. Cuando cruzó su mirada con la suya, Lodugus alzó la cabeza con enojado orgullo.

Nephausto sintió de inmediato las emociones que flotaban en el aire rancio. Habiendo asimilado parte de los poderes de Herófocles, Nephausto ahora poseía cierta capacidad de leer en los sentimientos de quienes le rodeaban lo cual, unido a las habilidades que recibía de Padre Nurgle, le convertía en un peligroso hechicero. El choque de egos era para él tan perceptible como el olor de la sangre que llevaba en el odre de su cinto. No hizo nada por intervenir; Remus debía consolidar su estatus por sí mismo, cosa de la que sabía era perfectamente capaz. Despues de todo, él le había enseñado.

Remus descendió las escaleras oxidadas envuelto en un silencio sepulcral. Todos los Esclavos habían callado, incluso los motoristas habían silenciado sus monturas. Nadie rompió la formación, se quedaron todos firmes y a la espera, demostrando su lealtad unos y fingiendo magníficamente otros. Remus distinguía perfectamente los primeros de los segundos.

Hubo algunos Esclavos que demostraron su aprovación con asentimientos de cabeza. En lo alto de la pasarela, el señor de Nurgle encogió su ojo izquierdo en un tic de enfado.

Lodugus aguardó a que Remus estuviera justo frente a él para contestarle. Los Esclavos se habían girado al paso del lugarteniente ya que no quería perderse ningún detalle.

La pregunta de Remus fue correspondida con gritos y afirmaciones de gran parte de los guerreros de oro que fueron repetidos por el eco de la enorme bodega. Había quedado claro a quién seguían los Esclavos de Calipso, pero Lodugus se matuvo impasible si bien su orgullo empezaba a tornarse en nerviosismo. La escuadra del paladín tampoco se unió al jolgorio.

Lodugus no se mostró impresionado. Remus elegía, a su parecer, curiosas palabras para amenazarle. Incluso había dicho “hacerme caso” en lugar de “obedecerme”. O bien quería confundirle, o bien era cierto que les consideraba como a sus hermanos. – ¡Qué tiene que ver todo eso con lo que tú llamas “gran error”? –preguntó con todo el sarcasmo que pudo espupir.

Remus amplió un poco más su sonrisa, pero su carrillo izquierdo parecía paralizado antes de perderse bajo la semimáscara. – Sencillo, hermano. Me has llamado “perro”. “Ahí están Nephausto y su perro” han sido tus palabras. No me respetas, Lodugus. Si no me respetas, como yo te respeto a tí, no confiarás en mí en el campo de batalla. Eso podría poner en peligro al resto de nuestros hermanos... no hace falta que repita el resto ¿verdad?.

Los esclavos se retiraron de inmediato formando un vago círculo en torno a ellos.

Desde la pasarela, Nephausto observó cómo ambos se preparaban para una lucha a muerte bajo la atenta mirada de los que serían los siervos de uno u otro. Ciertamente, su hijo había adquirido la costumbre de jugar con ellos, de hablarles como si realmente no fueran sus inferiores sino sus mismos hermanos. Sabía que lo hacía a causa de la profunda mella que la traición de Rómulus había dejado en él. La confianza de Remus durante toda una vida fue destruida de un solo golpe y ahora había hecho de sus tropas sus nuevos hermanos. Por eso todo aquel que intentara traicionarle sufriría su ira de igual modo que Rómulus la sufriría cuando llegara el momento. Nephausto sonrió y entrecruzó las manos sobre la barandilla.

Lodugus se ajustó su casco y desenvainó una preciosa espada de plata. Su hoja era lisa y pura, reflejaba belleza y perfección desde la guarda hasta su graciosa curvatura hacia atrás. Lodugus estaba enormemente enfadado. La charla estúpida de Remus le había sacado de quicio y estaba dispuesto a partirle en pedazos por haber puesto a la legión bajo el apestoso pie de ese Nephausto.

Remus únicamente tomó una daga de hoja ondulada de una vaina de su muslo. Aquella daga había tomado forma de la punta del látigo de Calipso, era un regalo del demonio que lo habitaba en agradecimiento por liberarle de la señora del Caos. Su rostro era una sonrisa cuya placidez solo era comparable a su inescrutabilidad.

Se hizo de nuevo el silencio. Muchos aspiraron con fuerza para oler la muerte que acechaba a ambos aspirantes. Remus se puso en guardia jugando hábilmente con la daga entre sus dedos mientras Lodugus acariciaba su hoja y veía su reflejo en ella. Siempre hacía eso antes de cada batalla, pensó Remus, y era un gran combatiente.

El primer golpe surcó el aire con un agudo zumbido y los Esclavos de Calipos prorrumpieron en ánimos a uno y otro. Remus dio un paso atrás evitando el tajo, oyendo con satisfacción cómo su nombre era mucho más audible en las gargantas de los Esclavos. Lodugus hizo girar la espada en su mano para empuñarla del revés y lanzar un nuevo golpe que Remus desvió con su pequeña hoja. Armado con tan sólo una daga, Remus sabía que no podía realizar bloqueos directos, pero una de las cosas que había aprendido con su nueva familia era que la potencia tenía su momento al igual que la sutileza. Y eso le gustaba.

Nephausto vio cómo Remus esquivaba la espada del paladín y le hacia una herida después de cada intento. Su hijo acertaba magíficamente en las juntas de la servoarmadura de su rival, explotando con maestría sus puntos débiles.

Las articuaciones de los brazos de Lodugus habían recibido ya varios pinchazos y cortes y su sangre empezaba a desmerecer el brillo del oro de su superficie. El paladín sentía el veneno de la hoja de Remus extenderse por sus venas, pero era neutralizado por sus propias drogas y no le causaba efecto.

La espada cargó en una estocada directa al pecho dorado de Remus. El lugarteniente volvió a desviar el golpe con su daga y, al no ver oportunidad de atacar a un punto vulnerable, simplemente esperó al siguiente ataque tras propinarle un puñetazo de revés en el casco. Lodugus lanzó un tajo horizontal, que Remus esquivó agachándose, y acto seguido giró sobre sí mismo para dar fuerza a su siguiente golpe que cayó en oblicuo sobre el que era su señor. Remus rodó a un lado evitando el sesgo con soltura y hundió su cuchillo en la junta de la corva del paladín. Lodugus cayó incapaz de seguir apoyándose en su pierna desjarretada y afectada por los venenos de la hoja de Remus, pero siguió luchando durante dos golpes más, antes de que su señor le agarrara por la muñeca y le cortara también los tendones del brazo a través de la junta del codo. La espada cayó al suelo con un tintineo precioso, casi cristalino, y Remus la recogió paladeando los gritos de dolor y furia de su vencido rival y las alabanzas de los Esclavos, que ahora le apoyaban en su totalidad.

Lodugus se aferró el brazo sintiendo cómo sus tendones se contraían inútilmente en su interior cuando intentaba levantarlo. Remus ya no hablaba en aquel tono meloso sino que parecía apenado, triste por lo que su honor le obligaba a hacer. Sabía que iba a morir bajo el filo de su propia espada. Había intentado liberar a su legión y había fallado. Había subestimado a Remus... un gran error...

Remus cercenó la cabeza del paladín de un solo tajo, haciéndola rodar por el suelo aún en el interior de su casco y negándole así el delicioso dolor de una muerte lenta. Una lágrima clara como el agua cayó desde su ojo mientras veía caer el cuerpo de Lodugus y su sangre se deslizaba sobre la espada para caer en un insistente goteo. Alzó la vista hasta otro de los Esclavos; vio que se trataba de Isaar, le reconoció por la estrella del Caos dibujada sobre el visor derecho de su casco. – ¿Porqué todos mis hermanos se rebelan contra mí, Isaar? –le preguntó.

Remus conocía el nombre de todos sus hombres, por lo que Isaar no pudo saber si se había dirigido a él por mero azar o tenía alguna retorcida idea en mente. Siempe le había servido bien, no habia motivo para que ahora... Su recelo se calmó al ver que las lágrimas de la mejilla de su señor eran contrastadas por una sonrisa. Una sonrisa feroz que parecía buscar aprovación.

Remus empezó a reír. Lanzó la espada a Isaar de modo que éste pudiera tomarla y se carcajeó del cuerpo de Lodugus, estirándose hacia él para que aquel desgraciado le oyera bien claro desde el infierno. Sólo Isaar y unos pocos se unieron a sus risas, pero poco despues fueron todos los que se burlaban abiertamente de la estupidez de Lodugus.

Las risas aumentaron de golpe tras el comentario del lugarteniente.

Remus negó alegremente. – No, Isaar. Os lo he dicho, somos como hermanos, una familia bajo la protección de Nephausto. ¡Y si alguien vuelve a ponerlo en entredicho le enviaré a visitar a Lodugus para que nos cuente cómo se está en el infierno!.

De nuevo las carcajadas subieron de tono; sobreponiendo sus ecos hasta que parecía haber la población de todo un planeta en aquella bodega.

A Nephausto aquella actitud de los Esclavos le parecía extraña. Incluso cuando su ama era Calipso, ellos se trataban entre sí como iguales. Eran realmente como una enfermiza familia dedicada a la lujuria y la depravación, pero con una marcialidad y efectividad impresionante en la batalla. Remus había sabido amoldarse a la perfección a aquel extraño sistema de jerarquía, si se le podía llamar así; ellos habían llenado el vacío de su hermano, y él había encontrado en ellos aprendices y maestros a los que enseñar su dominio de las armas y de los que aprender a caminar por aquella maravillosa senda de libertad y placer sin límites.

El rígido señor del Caos no aprobaba aquella camaradería ni aquellas bromas acerca de un intento de matar al líder de la legión. Él lideraba a sus marines de plaga con puño de hierro y un reto como el que acababa de presenciar él lo habría resuelto con una muerte rápida para el paladín y todos los que no se hubieran opuesto categóricamente a él, pero los Esclavos parecían sentirse a gusto con aquel modo de ser. Sin duda haber recuperado a aquel ahijado suyo era una bendición de Padre Nurgle. A través de él los Esclavos de Calipso estaban a sus órdenes, y con él a su lado ya nada le detendría en su búsqueda de venganza.

Remus hizo callar a sus tropas agitando las manos. – ¡Muy bien, mis hermanos!. ¡Ahora estad preparados, porque muy pronto volveréis a enfrentaros a los Ángeles Sangrientos y a esas mujeres marines que os acorralaron en Cralti IX.

Los jubileos de los guerreros de oro le interrumpieron.

Un rotundo y atronador “sí” reververó por todo el lugar seguido de inmediato de alabanzas a Remus.

El destino quiso que mi camino y los de Rómulus y Remus Devine se cruzasen en una ocasión. Rómulus y Remus son fieles amigos, les confié mi vida y ellos no me decepcionaron. Les admiro y aprecio como a mis hermanos.

Pero ahora alguien ha truncado el destino de los hermanos y sus caminos les llevan a luchar el uno contra el otro. Ha sido aquel que puede ser llamado el padre de ambos. Aquel a quien fallé en ayudar. El terrible futuro que auguro me estremece. No podré intervenir cuando estalle el conflicto pues los caminos de los hermanos no se cruzan con el mío.

Hermano leal y hermano traidor. Rómulus no sabe cuál de los dos es pero deberá tener seguridad y confianza en sí mismo si quiere sobrevivir a lo que se avecina. Debe sobrevivir, sé que es de vital importancia y para ello necesita una vez más de mi guía.



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Rómulus cayó de rodillas. Estaba mareado y le dolían el brazo y el cuello enormemente. Apenas podía respirar y veía puntos de color por todas partes. Oyó un tremendo golpe, gritos, lucha, pero no podía reaccionar; su cuerpo no le respondía. Todo lo que podía hacer era ver por sus ojos. Tras un largo rato de impotencia pudo volverse aún de rodillas y alzar la vista. Vio a Remus ante él. Tenía a Mau atrapada por el brazo y no la soltaba a pesar de los intentos de ella. También vio a alguien sentado inconsciente contra la pared; era Gabriel, el bibliotecario de los Ángeles Oscuros, declarado proscrito, que tantas veces le había ayudado; pero que ahora no se movía.

Remus echó un brazo haca atrás preparándose para ensartar a Mau con su mano extendida. Mau no llevaba su servoarmadura, sólo un vestido blanco y azul de aspecto primitivo que no la daría protección alguna.

Remus le miró. Sus ojos eran completamente rojos. Rabia Negra, pensó Rómulus alarmado. Sin embargo el rostro de Remus no estaba deformado por una expresión de brutalidad como había visto en los Sangrientos afectados por la Rabia. De hecho, estaba sonriendo. Gabriel se levantó tras él, pero no se apresuró a contenerle.

No se movió. Rómulus hizo acopio de todas sus fuerzas, pero no logró siquiera tensar uno de sus músculos.

Lo único que Gabriel hizo fue caminar lentamente hacia él. Mau hincó las uñas de sus dedos en la cara de Remus sin que éste se inmutara; seguía sonriendo a Rómulus, una sonrisa que le heló la sangre y le sumergió en el mayor pozo de terror de toda su vida. Rómulus miró a Mau sin conseguir levantarse del suelo. Ella le devolvió la mirada sin temor, con una despedida en sus azules ojos de gata.

La mano de Remus se enterró en el vientre de Mau con un golpe seco. Ella acusó el golpe; todo su cuerpo se estremeció y sus ojos se entrecerraron sin dejar de mirarle.

Su hermano sacó el puño de su cuerpo y la dejó caer ante él. Mau se desplomó con martirizadora lentitud, y Rómulus gateó hasta ella sólo a tiempo de ver cómo la vida se extinguía en su rostro tan palpablemente como la luz de una vela en la suave brisa. – ¡Mau, no! –lloró levantándola, abrazándola y negando lo que ya había ocurrido-. ¡No, no, no!.

Entonces oyó el llanto de un bebé. Lo oyó con inconfundible claridad. Era un lloro desconsolado y descorazonador. Provenía del puño ensangrentado de Remus.

El capitán de la 6º Compañía de los Ángeles Sangrientos se levantó de un brinco desgarrando la oscuridad de la noche con un largo aullido de desesperación. Parpadeó varias veces hasta darse cuenta de que se encontraba en el interior de una de sus Thunderhawks. Había varios Ángeles Sangrientos a su alrededor que se habían despertado alarmados por sus gritos.

De inmediato Manphred entró por la rampa de carga seguido por el capellán Sagos y varios hombres más con las armas preparadas. – ¿Qué es lo que ocurre? –inquirió el severo paladín.

Rómulus tardó unos instantes en responder. – Sí. Pero ha sido leve... ya ha pasado.

Sagos se escamó tras su máscara mortuoria. Su mascota, un búho negro con grandes ojos brillantes como brasas, reposaba tranquilo sobre su hombrera sin prestar atención a aquella escena.

El resto de Sangrientos volvieron a sus puestos de guardia en el perímetro de las naves o a recostarse para proseguir su descanso. Rómulus aún tenía los puños fuertemente apretados. Se levantó de nuevo y salió al exterior. Aquella pesadilla le había horrorizado, no le importaba reconocérselo a sí mismo, hasta tal punto que su estado de agitación le impedía siquiera activar su nodo catalepsiano. Se alegró de que Virgilio aún estuviera en Baal; el bibliotecario habría sabido en el acto lo que le ocurria.

Las noches eran cálidas en aquel planeta, más que los días; o quizá era el contraste del frío interior de la Thunderhawk. Se alejó del campamento, de nuevo pasando entre los centinelas sin dirigirles una sola mirada. Necesitaba estar solo ahora, tranquilizar su mente, o la Rabia Negra le dominaría. – Mau... –susurró.

Caminó durante horas sin relajar los puños. La pesadilla, el horror que le había provocado, le hicieron darse cuenta de que era inútil negarlo; amaba a Mau. No le importaba si ello le acarreaba la maldición del mismísimo Emperador. Y ello le obligó a caer de rodillas suplicante. – Mi señor Emperador... –dijo mirando al cielo estrellado-. Yo la amo... la amo más que a Sanguinius... más que a vos mismo. Sé que eso me condena, pero que sea a mí solo. No lancéis vuestra maldición sobre quienes son vuestros dignos siervos, os lo ruego. Sólo mía es la culpa; dejadla caer sobre mis hombros...

Dos lágrimas cayeron por su rostro, dos luces brillantes como la miríada de puntos luminosos que adornaban el cielo negro. Cuando se llevó las manos a la cara, se dio cuenta de que tenía algo en el puño derecho. Era un pequeño pergamino, una carta. ¿Qué era aquello?, pensó confuso. Se levantó y empezó a leerla. Se percibía delicadeza y quietud en cada uno de los bellos trazos de la pluma que lo había escrito.



Joven Rómulus



Hay recuerdos que no pueden olvidarse por mucho que ardan en el interior del alma.



En estos últimos días puedo sentir como las tenues líneas trazadas por las ruedas del destino se cierran en torno a mi, sellando mi destino en un camino cada vez más marcado. No temo a la muerte, no temo a la Inquisición, aunque aun huyo de ella, solo temo a lo que dentro de mi se hace fuerte y con lo que no puedo pactar.



La bestia interior que todos tememos, mi joven amigo, no es más que producto de nuestra mente y alma, de nuestras inquietudes y dudas, de nuestro odio y nuestros más apasionados sentimientos. En mis largos estudios y meditaciones puedo ir comprobando teorías que podrían ser de utilidad para hacer que esa oscura forma, que en todos arde en fuego de sombras, sea en cierto modo domada. No se si puedes entenderme.



No podemos negarla, ni contenerla ni dominarla en el amplio sentido de la palabra, sino llegar a una meta común en la que ambas partes satisfagan sus necesidades. Y eso significaría dejar salir a la "oscura realidad" cada cierto tiempo, para que trabajemos en equipo, pues ambos somos uno, y ese uno no puede negarse a si mismo.



Pero caigo en desgracia, pues la oscura semilla que reina en mi no es parte de mi alma, ni parte de mi ser, sino que ha sido inoculada por una fuerza corrupta. Mi destino esta sellado, soy cosciente de ello, aunque tambien se que existe una minima posibilidad de expulsar esa semilla definitivamente. Purificarme sin llegar a morir.



Pronto volveremos a vernos.

Gabriel



¡Gabriel!. ¿Pero cómo había llegado aquel mensaje a su mano?. Era imposible que alguien hubiera entrado en la nave y se lo hubiera dejado. Aunque él estaba durmiendo el resto de marines sólo estaban en reposo catalepsiano y se habrían dado cuenta. Sin embargo, recordó con un bufido sonriente, con Gabriel cualquier cosa era posible.

Rómulus entrevió preocupación en aquellas líneas, especialmente en el último párrafo, si bien en aquel momento no entendió su significado. Si Gabriel le necesitaba estaba más que dispuesto pues tenía con él una deuda insaldable; pero las intenciones y los movimientos de aquel proscrito eran tan imprevisibles que no podía estar seguro de que le pediría ayuda.

La bestia interior... producto de nuestras dudas y sentimientos. Sin duda tenía un significado que hubiera recibido un mensaje como aquel en un momento así. Incluso pasó por su mente que el mismo Emperador, en su inescrutable voluntad, podría haberse valido de Gabriel para hacerle ver algo. En su caso, pensó Rómulus conforme releía la carta en su mente y paseaba en círculos en medio de la noche, podía distinguir con claridad dos cabezas en su bestia interior. La sombra de la Rabia Negra era una. La otra eran sus miedos en torno a Mau; miedo de perderla, de enfurecer al Emperador por ella, de ser decubierto su amor entre los Ángeles Sangrientos. Como Gabriel decía, aquella bestia no podía ser negada ni dominaba; acababa de sufrirlo, su pesadilla había sido la máxima expresión de sus miedos. Sin embargo la carta hablaba de pactar con la bestia.

¿Pactar con sus miedos?. Como Ángel Sangriento le habían enseñado a no tener miedo, a no temer a nada. Sus miedos eran un elemento extraño en él, algo imprevisto por sus instructores y contra lo que no había sido preparado: miedo no por sí mismo, sino por Mau. No veía modo alguno en el que “pactar” con eso, ningún provecho que obtener. Sin embargo estaba seguro Gabriel sabía de lo que hablaba, y confió en que comprendería aquellas palabras algún día. De pronto se dio cuenta de que se encontraba mucho mejor; con frecuencia las palabras del bibliotecario proscrito tenían aquel efecto tranquilizador en su alma que ahora sentía con profundidad, como si la vida volviera a él tras un largo período de abandono. Gabriel tendría razón; siempre la tenía.

Un mazazo golpeó en su mente al darse cuenta de que no era así. Gabriel había cometido un error: le dijo que Remus volvería, que le perdería un tiempo para después recuperarle, pero Remus estaba muerto. Rómulus se sintió tan confuso que no supo qué pensar ni en qué creer. ¿Creer en el capítulo, en el Emperador?; no podía permitirse tal grado de cinismo a sabiendas de que había roto su juramento de adorar al Emperador y Sanguinius y sólo a ellos. Tampoco podía confiar ciegamente en Gabriel ya que si el bibliotecario proscrito se había equivocado respecto a su hermano, ¿cuantos más de sus consejos estarían errados?.

Levantando la mano, Rómulus alzó lo que había tomado de su generador dorsal. La trenza de Mau. Sólo una cosa le hacía sentirse con la fuerza necesaria para no caer en la desesperación: su amor por ella. ¿Pero cómo podría seguir viviendo con el peso de un amor prohibido sobre su conciencia?.

De repente la angustia de su rostro se dispersó como un puñado de arena en medio de un huracán. – ¡Ya basta! –clamó decidido a enfrentarse a sí mismo-. ¡Ya basta de lamentarse!. ¡Soy Rómulus Devine, capitán al mando de la 6º Compañía de los Ángeles Sangrientos!. ¡Sirvo al Emperador y a la memoria de Sanguinius, nunca dejaré de hacerlo mientras quede un álito de vida en mi cuerpo!. ¡Y amo a Mau del Capítulo de los Tigres Nevados!, ¡una digna sierva del Emperador!. ¡La amo con toda mi alma, pero eso no merma en absoluto mi devoción a mi capítulo!. ¡Malditos sean los infiernos, que el Emperador abata sobre mí la más deshonrosa y horrible de las muertes si eso le desagrada!.



A la mañana siguiente los Sangrientos recibieron aviso de la base de los Tigres. La 3º compañía de los Tigres Nevados recibía en aquel día suministros de una narve de carga, tras lo cual procederían a embarcar en la Feline hacia el sector Obdulon tal y como Rómulus había dicho.

La 6º Compañía formó ante sus Thunderhawks y Rómulus vio que, aunque su número había sido diezmado y sus escuadras unidas para suplir las bajas, aunque sus armaduras estaban demacradas y reparadas, abolladas y vueltas a dar forma, no habian un solo rostro que no mostrara orgullo y dedicación. Eran hijos de Sanguinius y todos y cada uno de ellos soportarían el peso de cien infiernos sobre sus hombros con tal de mantenerse fieles y dignos de su capítulo.

Rómulus les observó completamente inmóvil, sin decir una palabra. Se sintió igualmente orgulloso y afortunado de que aquellos fueran sus hombres. Se sintió poderoso por tenerlos a su lado, por contar con su fuerza y confianza, aunque Sagos se había mostrado extraño con él aquella mañana. Ahora que el capellán había perdido a todos los miembros de la compañía de la muerte los Sangrientos acudían a él como guía espiritual, pero su característica sordidez era ahora más marcada que nunca. Su búho saltó desde su generador dorsal a su hombrera derecha volviendo la cabeza en todas direcciones cada cierto tiempo, sin fijarse en nada en particular.

Manphred en cambio se mostraba más altivo que ninguno. Rómulus había oído historias sobre un suceso horrible vivido por el paladín del Emperador, pero sólo él y Sagos estaban en ese secreto. Fuera lo que fuera, Manphred era un hombre que crecía inconmensurablemente ante la adversidad. En condiciones adversas se convertía en un verdadero coloso, un ejemplo a seguir, un pilar en el que sostenerse. De hecho le sorprendió bastante que Manphred expresara su descontento con la situación actual de la compañía; sin duda hablaba por la compañía y no por sí mismo.

Manphred asintió con dinamismo. – A la orden, capitán.

El capitán no pudo reprimir una última mirada a sus hombres antes de marchar. Tenían un aspecto demacrado, pero su espíritu estaba intacto a pesar de la desgracia que parecía perseguirles desde hacía meses. De mismo modo reharía el suyo, pensó. Debía mantenerse digno de sus hombres y digno de su capítulo.



Una vez en la base de los Tigres Rómulus pasó breves minutos en la sala de estrategia 2 que tan bien conocía con la capitana Panter y los sargentos Karakal y Tigrit. Únicamente hicieron una revisión de la ruta espacial que seguiría la Feline por el sector Obdulon. Puesto que iban en mision de patrulla de búsqueda no había planes trazados ni planeta objetivo que atacar, por lo que la reunión fue fugaz.

Tras aquello estuvo presenciando la maniobra de aterrizaje de la nave de carga y cómo los siervos del capítulo, primordialmente hombres ataviados con túnicas blanquiazules, procedían a descargar sus bodegas en una escena no muy diferente a la que había visto ya cientos de veces en Baal. De hecho, pensó Rómulus con cierto divertimiento, la única diferencia importante era el paisaje de fondo. Aquellas sucesiones interminables de colinas redondeadas no podían compararse con la suave belleza de las dunas de Baal.

Poco después del aterrizaje una larga fila de Tigres Nevados con su servoarmadura y equipo al completo descendió de la nave para reforzar las fuerzas que pronto partirían. Rómulus pensó que era lógico que muchos de los siervos del capítulo fueran hombres, ya que debido a su rara semilla genética eran los que menos probabilidades tenían de superar las pruebas para convertirse en marines espaciales. Realmente, aquellos debían de ser afortunados porque había oido decir a Mau alguna vez que muchos de los aspirantes varones morían de modo horrible al serles implantada la simiente genética de los Tigres. No se suponía que Mau debiera decir aquello a un extraño para el capítulo, pero Rómulus no lo era en absoluto para ella.

El capitán sonrió dejando de prestar atención a la escena. Pensaba en la maravillosa inocencia de Mau. El modo en que parecía tan infantil, tan vulnerable, y cómo en el campo de batalla se convertía en una guerrera tan mortífera como cualquier otro marine. Era algo intrínseco del capítulo sin duda, ya que había visto otros muchos ejemplos. Incluso en gran Karakal era un gigante despreocupado y burlón antes de pasar a ser una verdadera bestia de destrucción frente al enemigo. Le vio azotando la espalda de uno de los siervos en una palmada cuya potencia diluyó la amistosidad del gesto y gritándole que trabajara más deprisa con una sonrisa abierta entre sus barbas rojizas.

Eran un capítulo muy distinto de lo habitual. Mau le había contado que estaban vinculados con los Lobos Espaciales, pero en un modo que ella desconocía. Aquello tenía sentido, los Lobos Espaciales también eran gente extravagantemente afable e informal cuando no se encontraban en la batalla, ¿pero qué clase de vínculo les uniría a los Tigres?. No dedicó ni un segundo de su tiempo a escudriñar aquella pregunta.

Entonces sintió algo, no sabía qué. Era una presencia, una sensación de familiaridad. Sin motivo alguno su cabeza se volvió en una dirección y sus ojos se fijaron en otros. Vio una servoarmadura tisarina, más compacta de lo habitual, que por alguna razón destacaba entre todas las de su alrededor. Vio un cabello gris... lacio y suave como una cascada. Unos ojos... atigrados como los de los demás marines pero muy diferentes.

Mau le devolvió la mirada. Una serena sonrisa afianzaba sus suaves rasgos y la daban un aspecto confiado. No se detuvo mucho tiempo. Cuando el resto de las tropas que habían llegado con ella