LA TIGRESA Y EL ESCORPION
4ª PARTE : TISAR
por AERTES y GABRIEL
La ciudad estaba en llamas. Los edificios vomitaban bocanadas ardientes por sus ventanas y las calles se consumían entre riadas de fuego. Sin embargo, el largo desfile que huía de allí gritaba y celebraba con júbilo la victoria sobre la secta heretica allí sepultada.
La estatura de la mujer aventajaba en más de medio metro a la de la figura con hábito sacerdotal con quien mantenía una airada discusión. Su servoarmadura blanquiazul la hacía mucho más imponente que él, sin embargo el delegado de la eclesiarquía no medía en absoluto sus palabras.
Ordené barrer completamente esa ciudad, comandante Nephai. ¿Por qué veo prisioneros entre vuestras tropas?.
No son prisioneros sino refugiados. El culto rebelde que se ocultaba en esta ciudad ha sido ba...
¡Compasivo Emperador!, ¡yo doy las órdenes y yo doy los motivos!. ¡Todos esos civiles han sido expuestos a doctrinas subversivas y deben ser purgados por la salud espiritual del resto del planeta!.
¡Sandeces!. ¡Muchos de ellos nos han asistido informando de las posiciones y cuarteles enemigos!.
¡Vos y vuestras tropas estáis a las órdenes de su altísima excelencia el cardenal Akura a quien represento y os ordeno que hagáis ejecutar a esa gente de inmediato!. ¡Os lo advierto, no me obliguéis a invocar los textos sagrados del decreto pasivo!.
A una orden de la taciturna comandante, las marines espaciales se separaron de la columna de civiles demacrados y desnutridos pero que portaban el inconfundible y revitalizante halo de la victoria. Antes de que pudieran preguntarse qué estaba ocurriendo, sus salvadoras se volvieron contra ellos y la canción de muerte de los bólters inundó el aire ahogando los gritos de terror. Por primera vez en su vida, Nephai encontró tal canción abominable, mancillada por el mandanto del sacerdote.
Avanzó con paso lento y cuidadoso, controlando en todo momento el descenso de sus pies sobre la nieve y el movimiento de su cuerpo a través de la maleza y las ramas bajas que le arañaban los brazos imperceptiblemente. El bosque era su amigo; le brindaba cobijo, se adaptaba a él como una piel, podía moverse a través de él como si lo hiciera a través de las aguas de un lago tranquilo. Suavemente. Silenciosamente.
Su presa seguía sin moverse, inconsciente por completo de su presencia. Se acercó por detrás manteniendo siempre un árbol o un arbusto frondoso entre ellos. El viento soplaba en su contra, le azotaba la cara con su gélido y vigorizante tacto. Una sonrisa cargada de orgullosa malicia se le dibujó bajo el tupido bigote mientras estudiaba a su presa desde detrás de otro tronco. Era un alce, uno bastante grande. Sus cuatro formidables cuernos planos casi formaban una corona, un escudo con púas sobre su cabeza. Las palabras acudieron a su mente cuando puso su arco horizontal y echó mano a la nuca para tomar una flecha de jara de su carcaj: “Debes matar a los alces en el primer intento porque si te embisten con la cabeza gacha estarán protegidos por su cornamenta. Sea como sea, escóndete tras el primer disparo o te verá, y entonces será difícil que puedas hacer un segundo”.
El arco se tensó merced a la formidable fuerza de los brazos que se preparaban para el momento del disparo. Fue muy lento; la madera y la cuerda de tendón apenas crujieron y los pocos sonidos fueron inaudibles en el ulular del viento. Con el pulgar extendido para sostener la punta de la flecha, situó al alce justo sobre la línea de sus nudillos. El animal hozó en la nieve para desenterrar un poco más de hierba, soltó un bufido y una nube de vaho para calentarse el morro enfriado y siguió comiendo. Era enorme; su lomo se levantaba hasta la altura de un hombre y las puntas de sus cuernos parecían bien capaces de acribillarle el cuerpo de arriba abajo de una sola acometida. Se desplazó un poco al seguir hozando y le ofreció su costado. Reajustó su puntería... respiró hondamente sintiendo el aire enfriarle la garganta...
La flecha silbó hasta hundirse en el gran cuerpo del animal justo entre el costado y la paletilla. La presa berreó ensordecedoramente y se volvió de inmediato pero el cazador se ocultó tras el árbol a tiempo. Los papeles se habían intercambiado, bien lo sabía. Ahora, cuando el animal no lograra ver ni oler quién le había herido, apretaría a correr para ponerse a salvo. Así ocurrió, exactamente al mismo tiempo que lo pensaba. Le persiguió guiado por sus huellas y por un reguero de clara sangre roja sobre la nieve blanca. Le había acertado en el corazón, estaba seguro, pero el animal aún tardaría un poco en morir. Los alces de las montañas eran presas duras, dignos rivales para un cazador, y éste aún conservaba mucha fuerza; lo supo cuando se percató de que no le estaba dando alcance. Se movía a mayor velocidad que él; el alce era para el bosque un amigo mucho más íntimo que el cazador. Aún oía sus berridos; lo hacía para prevenir a toda criatura viviente del peligro. A oídos de los habitantes del bosque, gritaba: “¡He sido herido por un hombre!”.
Por fortuna sabía seguir la pista de una presa herida y al poco tiempo pudo oirla ya aplastar la nieve y los matojos bajo sus pezuñas. Conforme corría en pos de ella sentía cómo el bosque se ponía ahora en su contra por querer matar a otro de sus hijos. Las ramas le azotaban en lugar de acariciarle, el matorral intentaba hacerle tropezar en vez de darle cobijo, hasta el viento parecía querer derribarle con sus empujones. Saltó y se agachó para sortear todos los obstáculos con otra flecha ya preparada junto a su arco. Esquivó en su carrera a los arboles que se interponían en su camino para proteger al alce, pero todo ello era en vano. Era un cazador demasiado hábil y su presa estaba cada vez más cerca.
Los berridos cesaron. Su eco sobre las cercanas montañas se desvaneció poco a poco hasta que volvió a imperar el ulular del viento.
Se detuvo y se agazapó junto al reguero de sangre. Miró a su alrededor. Los árboles de largo tronco y corteza espesa y rugosa eran su única compañía bajo el azul del cielo que se entreveía entre las copas cargadas de nieve. A pesar de que no había bruma no se debía ser incauto cuando la presa dejaba de bramar tan repentinamente. Podía ser que hubiera muerto, o que algo la hubiera matado. Un oso, por ejemplo.
Al apartar una última rama vio al alce tendido en el suelo. La sangre empezaba a encharcarse bajo el punto en que la flecha aún sobresalía. Otra sonrisa le arqueó los labios; devolvió la flecha al carcaj y desnudó su ancho cuchillo de la vaina. Él mismo había fabricado aquel cuchillo empleando como mango un pedazo de cornamenta de su primera presa cuando apenas era un muchacho. La hoja de oscuro hierro, un tanto irregular, robó un destello ansioso al sol de la mañana antes de que el cazador degollara a la presa de un solo y preciso movimiento.
Estaba arrodillado concentrado en el destripe cuando oyó algo, un paso en la nieve a su parecer. Giró en redondo con el cuchillo ensangrentado en alto. Nada. Miró en todas direcciones dispuesto a defender su derecho sobre la pieza cobrada ante cualquier intruso, pero no vio intruso alguno y eso le crispó porque sólo significaba dos cosas: o no había sido nada, o se trataba de alguien o algo lo bastante hábil como para ocultarse de él. Entonces lo vio. Escondida tras una gran raíz vio una cara que apenas se levantaba tres palmos del suelo. Era un cachorro de tisar. Podía ver su pelaje blanco a rayas azuladas casi negras y unos ojos felinos y azules como el cielo que le estudiaban sin timidez. El cazador se levantó cautelosamente y rodeó el árbol para verlo mejor. Cuando finalmente distinguió lo que era su mente no habría podido quedar más confundida.
Lo que había tomado por un cachorro de tisar era un humano, un pequeño de un año o menos pero lo suficientemente astuto como para tomar la precaución de esconderse ante un extraño. Su piel era casi tan blanca como la nieve que pisaban sus pies desnudos. Estaba cubierto con una manta, una pequeña capa de pelaje blanco de tisar. El pelaje había resultado no ser suyo, pero los ojos sí lo eran. Dos ojos de pupila de aguja que aún le escrutaban. El pequeño estaba mirando al cuchillo.
¡Dioses de las montañas! –susurró preso de la emoción.
Había oído hablar de cosas así. Había oído antiguas historias de cazadores y leñadores que volvían de los bosques con niños extraviados. Tenía que comprobar...
Al acercarse el chico no se mostró asustado. No perdía el arma de vista, como si la reconociera sin temerla. Se acuclilló a su lado y alargó la mano lentamente para no sobresaltarle. Antes de poder tocar la capa fue el niño quien le agarró los dedos con sus pequeñas manos, suaves, blancas y frágiles en comparación con las curtidas manos del cazador. El bebé frunció el ceño. Él siseó en un intento de calmarle y dio un paso a un lado para poder ver su capa. Encontró lo que estaba buscando: la cara de un tisar grabada a fuego. Era un enviado de los guardianes de las montañas.
Desde los principios de los linajes de las tribus, los guardianes habían dejado niños en los bosques para que las tribus los criaran. Niños como aquel. Enchido de orgullo, el cazador dejó el cuchillo sobre la nieve y tendió ambos brazos para acogerlo. Encontrar a uno de los futuros guardianes de las montañas era todo un honor que inundó su espíritu humilde. El niño le ignoró, acercándose sólo para sentase en el suelo junto al cuchillo y tomarlo. El arma era como una espada en manos de la criatura y el cazador quedó sorprendido cuando empezó a chupar la hoja y mancharse los labios de la sangre del alce. Aquello sí que era algo de lo que nunca había oído hablar.
Sonriendo, el pequeño tendió el arma a su propietario como invitándole a algún juego. Era un cazador, se dijo a sí mismo. Un cazador nato.
¡Mirad! ¡mirad lo que he encontrado! –el cazador había empezado a vociferar apenas salió del bosque y divisó la ya cercana aldea-. ¡Un niño de los guardianes de las montañas!.
Los leñadores que se afanaban con sus hachas acudieron a su reclamo. El poblado de los Flechas Negras estaba oculto tras una alta empalizada pero la gente alborotada y expectante empezó a surgir de la puerta.
El primero de los leñadores se detuvo a su lado. El sudor se convertía rápidamente en escarcha sobre sus brazos desnudos. - ¿Es eso cierto, Absino? –preguntó ansioso y sonriente.
El cazador se desató la cuerda con la que traía arrastrando al alce tras de sí y ofreció la espalda al leñador. Su abrigo y los mantos que llevaba encima para guarecerse del frío formaban un bulto sobre sus hombros como una joroba. Hábilmente sujeto entre los pliegues de aquel bulto, un niño asomaba sólo la cabeza y miraba a su alrededor con ojos llenos de curiosidad y recelo.
¡Cógelo con cuidado, Regor! –dijo el cazador con presunción-. ¡Es un verdadero cazador!.
Regor ya tenía al niño en sus brazos envuelto en varias mantas que prácticamente formaban una blanda cuna. Absino lo recuperó rápidamente y enseñó su rostro a todos los que empezaban a congregarse a su alrededor.
¡Mirad sus labios!. Él mismo probó el sabor de la caza de mi cuchillo!. ¡Lo tomó con sus propias manos y bebió la sangre!. ¡Acudió al olor de la sangre del alce!.
¡Mirad su piel! –se sorprendió alguien.
¡Es blanco como un tisar! –dijo otra en respuesta.
¡Sus ojos...! ¡es un enviado de los guardianes sin duda!.
¡No sólo sus ojos! –Absino cogió el manto de tisar que envolvía al niño de un saco que levaba atado al cinto y mostró a todos los presentes la señal grabada en el pelaje-. ¿Quién de vosotros negará que ésta es la marca de los guardianes?.
Los niños de la tribu rodearon a Absino tendiendo las manos hacia arriba y pidiendo ver al niño. Todos querían tocar su piel y éste intentaba agarrar cada una de las manos que se le acercaban.
La gente se apartó de inmediato dejando paso a una mujer alta, de espalda ancha y larga melena castaña. Un báculo tallado con escritura rúnica y rematado en el extremo por el cráneo de un tisar la proclamaban como Neeri, la jefa de la tribu.
¡Jefa Neeri! –Absino se levantó al verla y le llevó su hallazgo-. ¡Ved lo que nos han traido los dioses! ¡un niño de los guardianes!.
La mujer miró desde arriba haciendo disimuladamente suyo el jolgorio del hombre. El niño cruzó de inmediato la mirada con ella y volvió a fruncir el ceño en respuesta a su gesto duro e impasible.
Es un varón –fueron las primeras palabras de la jefa.
Sí, Neeri –aceptó Absino- y un cazador. Él solo se acercó a mí y probó la sangre de mi cuchillo.
Neeri no desvió los ojos de los del niño, y parecía que fuera el pequeño quien estuviera ganando aquel pulso de voluntades porque al poco la mujer hizo un gesto a Absino y dio media vuelta hacia el poblado. Absino la siguió, y detrás de ellos vinieron todos los demás.
Absino tomó un cuenco con sangre obtenida del corazón del alce que acababa de traer a la aldea y sumergió la hoja de su cuchillo en él. Justo tras dejarlo sobre la mesa el niño, que habia sido colocado en el otro extremo, gateó hasta él y sorbió el fluido escarlata.
Se encontraban en la cabaña de Neeri; una estructura trapezoidal construida con esfuerzo y sudor por antepasados cuyas líneas se perdían en la distancia y el tiempo. Neeri estaba sentada en el suelo de piernas cruzadas sobre un gran montón de pieles de tisar como correspondía a su rango de jefa. Nadie más en la tribu tenía derecho a reposar en pieles de tisar.
Esto es algo para recordar –dijo una voz anciana y cansada-. Aún recuerdo la última vez que esta tribu fue bendecida con una niña de los guardianes.
Todos lo recordamos, Kilorne –dijo Neeri con alegre reverencia-. Tú fuiste quien la encontró.
Sentada a la izquierda de la jefa de la tribu sobre pieles de alce y ciervo, la anciana y arrugada Kilorne miraba con ojos vetustos cómo el niño chupeteaba la hoja del cuchillo. – Así es, y no ocurre a menudo que una persona viva lo suficiente como para ver a dos niños de los guardianes llegar a su tribu. ¿Dónde dices que lo encontraste?.
La anciana había dirigido una reverencia a Neeri pidiendo permiso para hacer la pregunta. Absino, sentado en el suelo de madera al otro lado de la mesa, respondió: - En el bosque grande no lejos de aquí; a media mañana de camino.
Se aferra al cuchillo como lo haría al pecho de una madre –observó Kilorne.
Absino sonrió. – Sí. Será un gran cazador. Y un gran guerrero.
¿Habías oído algo parecido? –preguntó Neeri.
La anciana responció con un cabeceo de cierta preocupación.
El resto de la aldea había vuelto a sus quehaceres aunque parte de ellos estaban reunidos a las puertas de la cabaña. Se les podía ver oteando por entre las rendijas de la madera.
El niño tendió el cuchillo aún ensangrentado a Absino y sonrió. El cazador lo tomó y limpió tanto la hoja como la boca del pequeño con ambas mujeres atendiendo a cada detalle de la escena.
Me devuelve el cuchillo –apuntó Absino desbordado aún por la alegría-. Siempre lo hace.
La anciana susurró al oído de Neeri mientras el cazador atendía al niño. – El empuñar un arma no es extraño en los que son traídos por los guardianes de las montañas. Pero beber sangre... nunca había oído nada parecido.
Absino, trae su manto –ordenó la jefa.
La orden se cumplió al momento. Kilorne se dirigió renqueante hacia un baúl mientras Neeri examinaba aquel rectángulo que sin duda alguna era piel de tisar. Cuando la anciana volvió a sentarse no sin esfuerzo de sus cansados huesos tenía en las manos otro pedazo similar aunque mucho más raído y menos lustroso; el manto con que estaba envuelta la niña que Kilorne encontró en los bosques hacía ya varias décadas. Comparando los emblemas grabados en ellos se hizo evidente que eran idénticos.
Durante el silencio que se hizo a continuación el niño siguió pasando la mirada por los tres presentes. Su ojos vivos y escrutadores resplandecieron como brasas al ser alcanzados por el resplandor de la rugiente hoguera de la chimenea. Hubo un sonido seco y áspero cuando la puerta se abrió y un animal entró haciendo crujir el suelo de madera bajo su considerable peso. Durante un momento Absino vio que el tumulto se hacía más grande fuera de la cabaña hasta que dos guerreras volvieron a cerrar. El animal, un felino de más de tres metros de largo cuyos colmillos superiores sobresalían como dos curvas estalactitas, se acercó directamente hacia la mesilla. Nadie le había llamado, nadie se interponía en su camino. La muchedumbre de fuera le había habierto paso y las guardias le habían permitido entrar obedeciendo a su autoridad legendaria. Era un tigre de las montañas, un tisar.
Desde sus asientos Neeri y Kilorne dedicaron una pronunciada reverencia al felino. Absino se apartó de delante de él antes de imitar el gesto. Avanzó con movimientos fluidos y majestuosos pero a la vez con una mansedumbre que se percibía más que verse. Sus verdes ojos sondaban profundamente en los del niño a medida que acortaba distancias. Sus músculos se movían poderosos bajo su pelaje, similar al de las pieles sobre las que Neeri se sentaba. Nadie mostró miedo a su presencia. Se detuvo a escasos centímetros del niño y este quedó completamente inmóvil. Se habría dicho que le temía hasta que frunció el ceño y tendió una mano para tocarle el morro, pero el tisar retrocedió como por casualidad y su cabeza quedó fuera de su alcance. Cuando el pequeño se levantó en la mesa e intentó tocar sus dientes de sable el animal retrocedió otro poco para evitarlo, siempre moviéndose con tranquilidad y sin perder de vista los ojos del niño. Fue entonces cuando Absino se dio cuenta de que el niño fruncía el ceño imitando a un tisar. Cuando el felino soltó un ronco gruñido el niño le respondió sin amedrentarse con su infantil voz, a lo cual tanto Neeri como Absino sonrieron fascinados.
Aquella noche el poblado entero de los Flechas Negras dio buena cuenta del alce. Como era costumbre, en el centro mismo del círculo de cabañas la mitad de la pieza daba vueltas sobre el fuego rodeada por los habitantes mientras se contaban historias, se lanzaban carcajadas al aire y se bebía el licor espeso y marrón destilado de bayas del bosque.
Sin embargo la atención de la mayoría estaba centrada en el nuevo miembro que elevaba el número de la tribu a cuarenta y tres. Eran conocidas las leyendas sobre aquellos niños, pero ninguna describía a niños como este. Todos conocían ya cómo Absino le encontró y su peculiar encuentro con el tisar que de vez en cuando se metía en la casa de Neeri.
La anciana Kilorne, envuelta por una cobertura de pieles mucho mayor que la del resto, se sentaba junto a la jefa de la tribu. Bebía de un gran tazón procurando ocultar su interés por el niño. Neeri alzó silenciosa su bebida cuando Absino lo levantó bien alto para que todos pudieran ver cómo sostenía el cuchillo provocando alegres risas en la mayoría de la gente.
El niño de los guardianes de las montañas creció entre los Flechas Negras. Todos los designios de Kilorne respecto a él se cumplieron: su crecimiento fue casi el doble de rápido del de un niño normal, aparentando doce o trece años cuando sólo había visto cinco inviernos entre ellos. Su fuerza y velocidad eran también soberbias tanto en cuerpo como en mente. A pesar de que Absino fue un maestro y padre exigente, bien poco tardó el niño en aprender a fabricar y disparar arcos y flechas, talar árboles, construir cabañas y buscar setas y bayas. Podía hacer cualquier cosa el doble de rápido y el doble de bien, sin embargo fueron sus ojos de tisar y su extraño gusto por la sangre lo que le dio nombre: Kar-Obis, el Tigre Sangriento.
Károbis nunca se alejaba de Absino. Entre los Flechas Negras todos los niños eran hijos de todos. Vivían, por designio de los dioses, como una manada de tisares. Todos juntos, todos se protegían y ayudaban, todos participaban de todo y compartían responsabilidades y deberes bajo el sabio liderazgo de Neeri sin cabida para el egoísmo o la ambición, conceptos que pese a todo ensombrecían el carácter de los más jóvenes. Sin embargo Absino fue a quien eligió como su padre protector. Aprendió a reverenciar a las mujeres, pues ellas eran quienes daban a luz nueva vida para la tribu y, aunque algunos hombres las superaban en fuerza, ellas aventajaban a la mayoría en astucia e ingenio. Pero no a él.
Absino le contó que los tisares les protegían de los malos espíritus. Tisar era una palabra extraña para ellos, enseñada a los ancestros de las tribus por los guardianes de las montañas sobre los que aprendería más tarde. Kar-Tebem, tigre de las montañas, era el término que ellos concían para tales animales, pero pocas veces lo empleaban. Nunca se debía cerrar la puerta a un tisar, si quiere entrar en tu casa es para ayudarte a limpiarla de mal de modo que se les debía tratar con el respeto que merecían por ello. Esto era lo que decían los mayores, pero los niños sólo alcanzaban a ver el carácter tranquilo y en muchas ocasiones juguetón de aquellas criaturas para con los humanos. Károbis se adentraba de vez en cuando en los bosques en busca de tisares pero nunca encontraba más que sus rugidos en la distancia, como si no fuera posible ver a los que no quisieran ser vistos por el hombre ni la mujer. Se sentía extrañamente atraído por ellos, pero no tanto como se sentía por la sangre.
Era el único rasgo que preocupaba a la vieja Kilorne, el gusto de Károbis por la sangre. Cada vez que alguien cobraba una presa, la sangre era conservada para él. En las temporadas en que las presas escaseaban y la tribu debía recurrir a sus reservas de alimentos, Károbis, sin sangre que beber, se tornaba irritable y solitario como si quisiera proteger a la tribu de sí mismo. No eran frecuentes los arrebatos de sed de sangre de Károbis, pero eran peligrosos cuando no podían ser satisfechos.
Un día, cuando Károbis debería haber cumplido seis años, Absino creyó que estaba más que preparado para su primera cacería.
Recitaba sus consejos en voz baja conforme ambos deambulaban por un espeso bosque en busca de un rastro. El vetusto cazador oía con condescencia los pasos de su protegido. – Debes avanzar siempre a contraviento, Károbis; todos los animales tienen un olfato muy superior al nuestro, sabrán exactamente dónde estamos con sólo una aspiración o un ruido. No intentes doblegar al bosque; nada por él. Sumérjete entre las ramas. No pises; baila con las rocas y los árboles. Sé uno con el bosque; él te ayudará.
A poco Absino fue incapaz de oír a Károbis. – Debes ser paciente. Habrá días que no encuentres ningún rastro, de modo que pon mucho cuidado cuando des con uno. Si la presa escapa habrás desperdiciado una valiosa oportunidad. Te debes a la gente de nuestra tribu, no lo olvides. El fallo de uno nos afecta a todos. Si no cazamos, es toda la tribu la que no come. No confíes en que los demás cazadores consigan comida; tienes un deber del que no puedes evadirte con excusas como esa.
Pero aquel no sería uno de esos días. Tras largo tiempo de caminata, sus pasos se cruzaron con un reguero de pequeñas huellas en la nieve.
Un venado –dijo rápidamente Absino.
Va a contraviento –observó Károbis.
Abino sonrió sin volverse. – Muy bien, chico. El rastro es reciente; vamos.
Durante otro largo tiempo siguieron las huellas a través de la maleza.
Absino ya no dijo nada más. Estaba completamente concentrado. Apretaba la mandíbula y fruncía el ceño blanqueado por algunos copos de nieve. Su bigote, levemente encanecido ya, se había combado hacia abajo arrastrado por la tensión de su rostro.
Bajo aquella copa, a unos treinta pasos –le sorprendió Károbis con su susurro.
Absino se detuvo e intentó ver algo entre los troncos pero las ramas bajas les tapaban la visión. Vio la copa del árbol que Károbis indicaba sobresaliendo entre las demás, pero nada que le indicase el paradero de la pieza. Momentos después descubrió que el chico había desaparecido. Sus huellas se alejaban de él dando un rodeo en la misma dirección que el rastro de la presa. “Demonio de chico” pensó entre furioso y sorprendido.
Hubo un ruido delante, como un costal cayendo sobre la nieve. Cuando avanzó para encontrarse a Károbis junto a un venado abatido de un certero disparo de flecha al corazón, Absino tuvo que realizar un enconado esfuerzo por mantener la boca cerrada.
Károbis era un chico alto y delgado aunque de poderosos hombros. Su cabello era negro como el carbón en constraste con su palidez y colgaba sobre su espalda recogido en dos coletas una bajo la otra. Se empeñaba en ir siempre con los brazos al descubierto por muy intenso que fuera el frío. Tenía un pie puesto sobre el cuello del animal y aguardaba la felicitación de Absino con una sonrisa y un brillo entusiasmado en sus ojos de felino mientras tensaba y destensaba su arco con un dedo.
¡Lo he olido! –explicó Károbis desde lo alto del venado-. ¡Lo he encontrado por el olor!.
Se acercó sin acabar de asumir aún lo que estaba viendo.
¡Justo en el corazón! –Károbis desclavó la flecha de la carne de la presa-, ¡como me enseñaste!.
Habiendo desistido hacía tiempo en comprender el aura casi mágica que envolvía a Károbis y que le hacía tan poderoso en todos los aspectos, Absino desenvainó su fiel cuchillo y lo tendió hacia él. - ¿Necesitas que te enseñe cómo destriparlo?.
Károbis recibió el arma. – No, te he visto hacerlo –respondió con una convicción, orgullo y excitación que le durarían hasta varios días después.
Primero cortó el cuello del venado para que el cuerpo empezara a desangrarse. La sangre caliente emitió vapor en el ambiente frío y fundió un pequeño hoyo en la nieve. Antes de despanzurrar la presa para aligerar su considerable peso, Károbis pasó ceremoniosamente la lengua por la hoja del cuchillo y quedó como absorto viendo el constante fluir carmesí y cómo se acumulaba junto al cuello del animal.
Regor tiró del hacha para desclavarla del tronco que estaba tratando de talar. Se detuvo al oír un extraño y áspero sonido. Era Károbis que venía a la carrera arrastrando tras de sí un venado que sin duda pesaba varias veces más que él aún sin entrañas.
¡Károbis!. ¿Tu primera pieza?.
¡Así es! –respondió el muchacho-. ¡De un solo flechazo!.
¡Bien hecho!, ¿pero dónde está Absino?.
Ahí viene.
Mirando en dirección al dedo de Károbis, el leñador vio venir a Absino completamente exhausto e incapaz de seguir el ritmo de su protegido. Károbis, sin embargo, estaba completamente descansado.
¿Quieres que te ayude con eso? –preguntó arrancando el hacha del tronco con una mano.
Regor carraspeó. – Claro.
Absino alcanzó por fin al chico justo cuando éste asestaba el último golpe de hacha que hacía caer un árbol con estruendo de ramas rotas, crujir de madera y el blando impacto del tronco sober la nieve. En cuanto se detuvo Károbis volvió a agarrar las cuerdas y echó a correr arrastrando al venado junto a la empalizada de la aldea.
¿Cuánto tiempo ha arrastrado a ese ciervo con ese ritmo? –quiso saber Regor.
Desde... que lo abatió... a mediodía... –Absino apenas podía hablar. Su respiración era un ronco y ahogado gemido.
¿Mediodía?, ¡de eso ya hace...!
¿Crees... que no lo sé...? ¡me ha traído... corriendo... desde entonces...!
Neeri salió por la puerta de la empalizada al oír la noticia de la primera caza de Károbis. Al verla, éste acudió a su presencia por propia iniciativa.
Para la aldea, jefa Neeri –dijo aún sonriente.
Neeri asintió. – Serás un gran guardián de las montañas, Károbis. Sabemos que nos harás sentir orgullosas.
Al oír aquello el chico disminuyó su alegría, pero Absino le rescató rápidamente y le guió hasta el venado puesto que tenía que empezar a descarnarlo.
¿Y por qué tengo que ir?.
Es tu sino, pequeño. Los guardianes de las montañas te confiaron a la aldea hasta el momento en que estuvieras preparado para ser uno de ellos. Falta ya poco para ese momento, tus progresos así lo anuncian.
Károbis y Kilorne estaban sentados a solas en el suelo de la cabaña de Neeri. El tisar estaba tumbado frente a la chimenea hecho un ovillo; un inmenso ovillo blanco a rayas azuladas. Hacía tiempo que el animal no pasaba por allí y su presencia en el mismo día en que Kilorne había decidido hablar a solas con Károbis por primera vez fue motivo de murmullos en todo el poblado.
La anciana estaba dando vueltas con un manubrio a un recipiente cilíndrico de hierro colocado sobre el fuego de la chimenea. Llevaba así mucho tiempo, entonces lo sacó del hogar con las manos protegidas por una piel, lo abrió y vertió su contenido en un mortero. Eran granos del bosque, blancos cuando fueron tomados, ahora negros al tostarse. Kilorne cogió una maja y empezó a aplastarlos formado una pasta marrón.
¿Quiénes son los guardianes? –preguntó Károbis.
La anciana rió por bajo como el crujir de un arco al tensarse. – De nosotros dos, tú serás el único que conozca la verdadera respuesta, pero estoy segura de que Absino te ha contado ya algunas historias.
Sí. Dicen que son protectores, como los tisares, pero ellos defienden un territorio que está más allá de las montañas y los mares de hielo.
Los tisares nos velan y salvaguardan de los malos espíritus –Kilorne estaba mirando al animal, que dormía sin hacer caso alguno-. Son poderosos, mucho más que cualquier hombre o mujer, incluso que tú, pero su poder sirve a un propósito: protegernos. Ya conoces nuestro dicho: nunca cierres tu puerta a un tisar.
Károbis asintió.
Por eso nuestra jefa tiene el derecho de cubrirse y sentarse sobre las pieles de los tisares que encontramos muertos en el bosque, porque ella también nos guía y protege. Nuestros ancestros decían que los guardianes son tisares de una tierra muchos más vasta que esta. Sus protegidos se extienden por tierras a las que nosotros no podríamos llegar aunque pasáramos toda la vida viajando.
¿Cómo pueden proteger un territorio tan grande?.
Kilorne volvió a reir, una risa que hacía que su joven dialogante sonriera a su vez con aquella expresión aviesa y maliciosa tomada de Absino. – Es otra de las cosas que podrás averiguar.
¿Cómo son?.
No lo sé. Nunca he visto a ninguno, pero los que sí los han visto dicen que son gente extraña. Como nosotros, pero mucho más grandes, de piel lisa y rostro duro e inexpresivo, como si fueran montañas que quisieron ser humanas. He oído que pintan sus cuerpos como las pieles de los tisares y que éstos les siguen. Dicen incluso que pueden doblegar a los tisares y hacerles cumplir su voluntad pero yo no lo creo. Si comparten con los tisares su misión de protegernos, estarán más cerca de su espíritu por esa misma razón.
La anciana abarcó los carrillos de Károbis con sus manos arrugadas y secas de tacto sincero y tranquilizador. – Lo único que sabemos con seguridad es que sus ojos son como los tuyos, como los de todos los niños que nos confían. Ojos protectores.
¿Y si no quiero ir con ellos? –había una clara advertencia en la mirada de Károbis.
Kilorne cabeceo. – Tal y como lo veo no tienes elección. Éste no es tu lugar y lo sabes –no había malicia en aquellas palabras, pero su verdad era igualmente dolorosa-. No fuiste traído aquí para dar de comer a los Flechas Negras. Mírate. Está claro que eres mejor, superior a todas nosotras. No puedes desperdiciarte aquí.
Károbis bajó una cabeza llena de dudas.
Sé cómo te sientes. No quieres dejar la tribu. Ésta es la única familia que has conocido.
Asentimiento.
Hace cincuenta años aconsejé a otra con tu mismo dilema. Károbis, ya que no sabes quién eres tienes que tomar conciencia de lo que eres. Eres un hijo de los guardianes de las montañas. Entre nosotros sólo aprenderías a cazar, cosa ya sabes ya que hace tres días comí gracias a ello.
Sonrisa forzada.
Una vez cada varios años, con la primera luna, los reclamos de los guardianes resuenan en el bosque de los colmillos de hielo.
Lo sé. Los he oído.
¿Y qué ocurre entonces?.
Todo el que cree ser digno de convertirse en un guardián de las montañas acude al bosque de los colmillos de hielo.
Continúa.
Muchos días después algunos de los que entraron en el bosque vuelven porque los guardianes les han rechazado. Casi siempre vuelven muy pocos o ninguno y muchas veces vuelven sólo los varones, pero nunca cuentan lo que han visto.
Y las que no vuelven se quedan con ellos para siempre. Los guardianes les enseñarán cosas maravillosas. Artes ante las cuales fabricar un arco o tejer una manta son simples niñerías –Kilorne sonrió ampliamente-. Y yo sé que tú quieres ir. Tu espíritu es demasiado grande para la empalizada de los Flechas Negras, quiere expandirse, ver la leyenda con sus propios ojos. Es por eso que vas al bosque ¿verdad?. Son venados y conejos astados lo que encuentras, pero lo que buscas son tisares y leyendas. Deberás renunciar a nosotros si quieres encontrarlos.
Eso sería ser egoísta –el tono de Károbis era más revelador que de culpabilidad.
¡Eso es!. ¡Debes ser egoísta!. ¡Estamos orgullosas de decir que eres un Flecha Negra!. ¡Sé tú mismo orgulloso!. ¡En la primera luna del año próximo ve al bosque de los colmillos de hielo y exige a los guardianes tu derecho a saber quién eres!.
El rostro de Károbis era un fiel reflejo de sus emociones. Kilorne pudo ver con sus expertos ojos cómo el entusiasmo del chico crecía ante aquella perspectiva.
Tú estás preparado desde el día en que naciste. Eres su hijo. Has vivido entre nosotros como un tisar más de la camada, pero allí está tu verdadera familia. Allí están las respuestas.
Volviendo la mirada hacia el tisar, Károbis adelantó el mentón y preparó su mente para el cambio que aquello operaría en su vida para siempre.
Recuerda, Károbis. Sé egoísta y orgulloso, pero por encima de todo mantente fiel al espíritu del tisar.
El espíritu del tisar... –repitió con un decidido asentimiento.
Nunca podré agradecerte lo bastante cuanto has hecho por mí, Absino.
Sí puedes: ve allí y demuestra que hemos hecho un buen trabajo contigo.
La despedida fue corta en todos los casos. Había llegado la primera luna del año y los jóvenes dispuestos a ir en busca de leyendas se habían congregado a la salida de la aldea. Nadie hizo esfuerzo alguno por desanimarles. Károbis estaba entre ellos, entre chicas y chicos de su estatura y con dos veces su edad. Él acaparaba una gran parte de la atención de los Flechas Negras ya que pronto sabrían si los guardianes apreciarían el modo en que le habían criado.
A modo de silenciosa despedida, Absino tomó su cuchillo de caza y lo tendió a Károbis como tantas veces había hecho. – Siempre hiciste buen uso de él. Que te siga sirviendo a donde quiera que vayas.
Con aquel cuchillo al cinto, Károbis inició su marcha. Partía para no volver, estaba decidido a ello. Si según Kilorne eran los guardianes quienes habían de darle respuestas, de ellos las obtendría. Debía ser orgulloso, debía ser egoísta. Con él marchaban dos chicos más y trece chicas que portaban el destino de generaciones y generaciones de Flechas Negras. Ser elegidos por los guardianes sería la perfecta culimación.
Neeri inició un hermoso cántico que fue haciéndose más y más inaudible en la distancia. Cantaba sobre el orgullo del tisar por sus cachorros y la valentía de éstos al separarse de su madre para crear su propia leyenda.
Tras varios días de camino se alejaron de las montañas y entraron en las llanuras boscosas azotadas por vientos capaces de helarte en el sitio mientras duermes y que congelaban el rocío en las altísimas ramas como hojas transparentes.
El bosque de los colmillos de hielo –dijo una de las chicas.
Ciertamente, los témpanos de hielo que pendían de los árboles parecían colmillos acechantes.
Será mejor no molestar a los árboles –susurró Károbis.
¿Por qué? –preguntó otro de los varones.
Ederea, la chica que había hablado en primer lugar, arrojó una piedra al árbol más cercano y los témpanos se desprendieron de sus ramas clavándose en la nieve a su alrededor como una mortal lluvia. – Por eso.
¡Detrás de nosotros! –se sobresaltó Károbis-. ¡Viene alguien!.
Todos aprestaron sus arcos y lanzas barriendo los alrededores con la vista. Károbis olfateó el aire.
¡Allí!.
No había nada donde Károbis señaló, no hasta que poco después un grupo de jóvenes apareció en la cresta de una loma y se dirigió hacia ellos. Eran aproximadamente de su misma edad y su aspecto no difería demasiado, pero no había ningún varón entre ellas.
Os saludamos. Somos de la tribu de las Garras Silbantes –dijo una joven.
Los Flechas Negras os saludan –respondió Ederea-. ¿Venís a lo mismo que nosotros?.
A esperar el reclamo de los guardianes, así es.
Hubo murullos entre las Garras Silbantes. Todas ellas miraban a los ojos de uno de ellos.
¿Tú eres el hijo de los guardianes?, ¿el que llaman Károbis?.
En efecto –respondió alzando la cabeza con arrogancia-. Vengo a reclamar mi puesto entre los guardianes y nadie me lo arrebatará.
Pasaron la primera noche allí, a las puertas del bosque. Durante el transcurso de la misma llegó otro grupo más, y por la mañana los jóvenes de otra tribu se les unieron en su espera. Károbis descubrió que la arrogancia era una especie de juego que gustaba de interpretar. Nunca se había detenido a considerar cuán superior era a todos los demás, empezando por el hecho de que había visto sólo cinco inviernos, pero Kilorne le había dicho que fuera orgulloso y no desoiría su consejo.
Pasaron varios días hasta que candidatos de todas las tribus se hubieron reunido allí. Entre tantos jóvenes y sin la sabiduría de adultos que refrenara su ímpetu se iniciaron no pocas rencillas. El espíritu de cazadores y leñadores se tornaba poco a poco en el espíritu de guerreros enardecidos por la impaciencia. Pero nadie se atrevió a entrar en el bosque.
Károbis se despertó el primero aquella mañana arropado bajo pieles de sus presas. Le había despertado un sonido particular, diferente, un largo y grave gemido. - ¡La llamada de los guardianes!.
A su voz varios más se despertaron y permanecieron en silencio con las miradas al cielo para oír mejor. Parecía el sonido de un cuerno de caza y sin duda venía del interior del bosque. Los guardianes les llamaban.
El camino era tortuoso y escalofriante. No había vereda ni paso a seguir y su única guía era el cuerno que seguía resonando. Cada grupo avanzó unido. La mayoría estaban asustados por aquel lugar. Buscar leyendas había perdido en aquel momento gran parte de su emoción pero la recuperaría con creces, nadie dudó de ello.
Károbis iba en cabeza de los Flechas Negras, bailando con los árboles como Absino le enseñó. Aquellas lecciones le eran especialmente útiles allí ya que...
Ederea vio a Károbis hacer un gesto hacia ella, tan rápido que lo único que distinguió fue aquella mano atrapando un témpano caído justo antes de que le diera en la cabeza.
Ten más cuidado –susurró enseñándole el afilado cono de hielo-. Estos colmillos pueden mordernos como los de un tisar a su presa.
Ella, aún sorprendida, asintió como pudo en agradecimiento tanto por su gesto como por su consejo. En aquel momento el viento arreció con molestas ráfagas que les azotaban de frente. Károbis pensó que estaban ya cerca y aquel vendaval era una especie de prueba de los guardianes para desalientarles, pero no harían retroceder al protegido de Absino con un poco de viento. Las ramas se agitaron furiosamente y dejaron caer sus puñales helados, que volaron como flechas casi en horizontal.
¡Cuidado!.
Un témpano se hundió en la carne del hombro de Naedali. Ella chilló y, dejando caer su arco, intentó sacárselo. Lorna se lanzó sobre ella y la apartó antes de que tres más de aquellos colmillos de hielo cruzaran el aire donde había estado instantes antes.
Otro grito de dolor; Okoi tenía un témpano clavado en el muslo. Ella y Amnotek iban en último lugar.
¡Amnotek, sácala de ahí! –gritó Ederea.
Pero el joven leñador no hizo caso. Okoi miraba arriba cegada por el viento, intentando prever el próximo puñal al tiempo que tiraba del que tenía en la pierna con un sollozo a punto de aflorar. Ederea estaba por retroceder para ir por ella cuando Károbis pasó a su lado como una exhalación esquivando árboles y Flechas Negras con movimientos tan ágiles como el propio viento. El Tigre Sangriento derrapó en la nieve junto a Okoi girando en redondo y levantándola del suelo. La dejó al pie de un arbol.
¡Resguardáos tras los árboles! –gritó a los demás-. ¡Debéis aguardar a que el vendaval amaine!.
Sin embargo, Károbis siguió avanzando.
¡Si tú continúas entonces yo también! –le gritó Ederea cuando volvió a pasar junto a ella-. ¡No tomarás la delantera tan fácilmente!.
No respondió a eso. Siguió adelante, avanzando desde detrás de un tronco hasta el siguiente contra el formidable muro etéreo. Poco después se dio cuenta de nadie se había detenido. Incluso Okoi y Naedali seguían adelante ayudadas por las demás. Más adelante empezaron a encontrar cadáveres. Eran de la tribu de los Lanzas Largas, que se habían dado demasiada prisa en atravesar aquel peligroso bosque y no habían podido evitar que los colmillos de hielo les mordieran. Károbis contó cuatro, tres de ellos heridos mortalmente en la cabeza y otro con un témpano clavado en el corazón.
Por la noche el bosque estaba mucho más tranquilo. Todas estaban exhaustas pero nadie quería permitir que Károbis, como de costumbre infatigable, siguiera adelante sin ellas. Él, por su parte, llevaba a Okoi cargada a la espalda. La chica estaba consciente pero la larga caminata la había agotado a ella y a Gai’dhan, quien la había ayudado desde que se hirió. Podía oler su sangre; le había forzado a contener su sed todo el camino.
Cuando la oscuridad era ya total Károbis se detuvo. El resto también pero fueron incapaces de mantenerse en pie. Con sumo cuidado recostó a Okoi contra un árbol y se alejó en busca de leña para un fuego. Nadie tuvo fuerzas para ir a ayudarle.
¿Por qué te detienes ahora? –oyó mientras partía algunas ramas con sus manos.
Ederea estaba tras él, apoyándose en un tronco, con su cansado aliento formando voluminosas nubes blancas desde su boca.
Deberías estar descansando –le respondió.
Pero tú no.
Sabes de sobra que no. Soy...
...un hijo de los guardianes. Por eso mi pregunta. Si no estás cansado, ¿a qué te detienes?.
Si no me detengo ninguna Flecha Negra lo hará y acabaréis muriendo de cansancio. Voy a pasar el resto de mi vida con los guardianes; ya tendré tiempo de ser egoísta.
Para cuando Károbis encendió la hoguera quedaban ya muy pocas de su tribu despiertas. Colocó sobre la ascuas dos conejos astados y un ave que ellos conocían como piquiblancos, que había cazado con su arco y que complementarían las viandas que cada una llevaba. El día había sido como una travesía por el infierno pero le había ayudado a descubrir realmente su poder, el poder que fluía por sus venas y que podría revelar por completo al final de aquel viaje. Poder de ayudar; poder de mantener; poder de salvar. Allí, cerrando un círculo alrededor de la fogata junto con sus hermanas y hermanos, Károbis se sentó. No quería dormir. Sentía un leve peso sobre hombros y muslos pero apenas podía reconocerlo como cansancio. Se quedó allí contemplando el brillante baile del fuego como si buscara ver algún retazo de su ansiado y desconocido futuro. Había miembros de otra tribu cerca; aún sin volver la vista podía identificarlas por el olfato. Eran las Garras Silbantes, habían usado ramas de pino para su hoguera. Olió también su miedo, era intenso y no entendía porqué le resultaba embriagador. También olía la sangre de Naedali y la de Okoi, que le había manchado la mano mientras la llevaba a cuestas.
Tres Flechas Negras ya no estaban con el grupo. Él sabía en qué momento se habían rendido y dado media vuelta: cuando los témpanos hirieron a sus dos camaradas. Las dos heridas, por el contrario, no habían dicho una sola palabra de rendirse ni de volver atrás. Okoi estaba tendida donde la había dejado con sólo su corta cabellera negra asomando de las pieles y mantas y Naedali estaba siendo atendida por su hermana mayor Lorna, quien sonrió al ver el estado de su hombro y volvió a vendarla dándole ánimos.
Ederea se había tumbado y luchaba por no dormirse, segura de que si lo hacía Károbis reanudaría la marcha. Por otra parte no tenía ni idea de qué esperaba conseguir con eso. Károbis no se dormiría antes que ella, de eso no había duda. Los ojos del joven cazador emitían un brillo animal ante el fuego, un fascinante fulgor casi mágico. Eran como los ojos del tigre de las montañas, inspiraban el mismo temor y respeto. Le vio tragar la sangre de los conejos del cuenco en que la había vertido antes de ponerlos a asar. Después su mirada se cruzó casualmente con la de Amnotek e inmediatamente se dio la vuelta con un gesto de desprecio.
¿Te has dado cuenta? –dijo Károbis al cercano Amnotek desviando su indeseada atención de Ederea-. El cuerno no ha dejado de oírse ni por un insante. Los guardianes deben de ser gente de gran fuerza, seguro que la utilizan para cuidar de los suyos, como hacemos nosotros.
Ante la clara acusación que se le hacía, Amnotek se giró y Károbis, sin haberle devuelto la mirada, mostró los enrojecidos dientes al fuego en una sonrisa.
A la mañana siguiente Amnotek alzó la cabeza y descubrió a Károbis sentado ante el fuego exactamente del mismo modo en que estaba la noche anterior, pero se había dormido. El sol ya había salido casi en su totalidad y su calor resultaba vivificante. Rápida y silenciosamente recogió sus cosas y se dispuso a reemprender la marcha.
Primero abandonas a Okoi a merced de la ventisca y ahora nos abandonas a los demás.
Károbis no estaba dormido.
Yo llegaré antes a los guardianes y me harán uno de los suyos –le respondió-. Tú eres estúpido caminando junto a las demás. Te retrasarán cuando podrías llegar antes que nadie. Vamos, Károbis, ven conmigo y...
Buena suerte, Amnotek.
Durante aquella mañana las Flechas Negras tuvieron que seguir atravesando bosque con un miembro menos. Algunas de ellas, especialmente Lorna, reprocharon a Károbis el haber dejado marcharse a Amnotek pero él sólo respondía con sonrisas mientras seguía caminando. Cuando reiniciaron la marcha las Garras Silbantes aún estaban dormidas.
El viento era ahora suave pero de vez en cuando arreciaba y el grupo entero se ponía en guardia atento a los colmillos de hielo. El suelo estaba lleno de huellas de otras tribus, y tambien de Amnotek. Károbis podía distinguir su rastro de los demás, aunque no tenía ni idea de cómo; sencillamente era capaz de resaltar sus huellas en su mente.
Vaya... –soltó Károbis con fastidio al ver lo que tenían delante.
El terreno caía en un altísimo precipicio. La pared era rocosa pero sin duda escalable porque allá abajo aún podían ver algunos que la habían bajado y continuaban adelante, aunque se les veía muy pequeños. También había algunos cadáveres despeñados.
¿Hemos de ir por ahí? –preguntó Okoi, a la espalda de Gai’dhan, con desaliento.
Me temo que sí –Károbis dirigió una preocupada mirada a Naedali y su hombro herido.
Entonces aquí termina mi camino –sentenció Okoi.
¿Por qué?.
¡No puedo bajar ahí con esta pierna, Károbis!.
Yo puedo bajar a una de vosotras pero dos me estorbaréis demasiado.
Yo llevaré a Naedali –declaró Lorna dando poca opción a una negativa.
Naedali, tímida como era, no se negaría, pero las demás no consentirían que Lorna se arriesgara a...
Yo puedo bajar por mí misma, Lorna –dijo Naedali con poca voz.
¿Con ese hombro?.
Si vas a bajar por tus medios átate a alguien –sugirió Károbis-. Así si te caes...
Arrastrará a alguien más a la muerte –cerró Lorna.
Entonces que se ate a dos.
¡Dejad de decir bobadas! ¡la bajaré yo!.
¡Puedo bajar por mí misma! –repitió Naedali-. ¡Nadie me va a bajar si aún puedo valerme sola!.
Lorna contuvo un gesto apretando los puños. – Muy bien, como quieras, pero entonces te ataremos entre Károbis y to.
Gauyon, el otro chico que quedaba, se adelantó. – Károbis ya tendrá suficiente llevando a Okoi. Yo me ataré a ella.
Lorna miró a Gauyon de arriba abajo como si no fuera aquel el chico con quien había jugado y crecido durante catorce inviernos. Sólo confiaba en la fuerza de Károbis para sostener a su hermana en caso de que cayera, pero lo que decía Gauyon también era cireto; no podían abusar del Tigre Sangriento así.
Bien –asintió Károbis-. Ya seréis dos para sostenerla si cae. ¿A qué esperamos?.
Sin dar tiempo a respuesta por parte de nadie, Károbis se metió el arco por la cabeza, se echó a Okoi a la espalda, ató sus cuerpos con cuerda, se sujetó al borde del precipicio y saltó arrancando un grito de la sorprendida Okoi. Las demás le vieron descender varios metros por la pared de roca hasta que Ederea empezó a arrojar su arco y cualquier otra cosa que pudiera entorpecerla por el precipicio. Si seguía enteros cuando llegaran abajo, los recogería. Naedali dejó caer todas sus cosas y se ató a la cintura los extremos que Gauyon y Lorna se anudaban a su vez.
Károbis descendió sin prisas, tanteando los posibles apoyos con un pie, afianzándolo, asegurándose de que no se desprendería al apoyar todo el peso y buscando el siguiente. La pared era sólida, había escaso peligro.
¿Tienes los ojos cerrados? –preguntó Okoi con horror.
Sólo quiero comprobar si puedo hacerlo sin ver.
¡Compruébalo cuando no tengas a nadie atado a tí!.
Tranquila; puedo hacerlo –respondió sonriendo-. Además así no tengo que esforzarme en mirar abajo.
Al oírle ella estrechó aún más sus brazos alrededor de Károbis con un juramento.
Despacio, Naedali –advirtió Gauyon-. No tenemos ninguna prisa por llegar abajo antes de tiempo.
Asegura bien los agarres –intervino Lorna.
La chica no respodió. Su rubia melena caía ocultando su rostro a los otros dos, que descendían a cada lado de ella más pendientes de los cabos que les unían que de sí mismos. No podía extender su brazo herido hacia arriba, pero sí hacia abajo.
Károbis empezó a hablar para tranquilizar a Okoi, quien había undido la frente en su hombro. – Ojalá alguien nos hubiera advertido de esto. Si lo hubiera sabido habría traído la cuerda suficiente para bajar.
No creo que haya cuerda suficiente en el mundo para bajar esto. Sólo concéntrate en lo que haces, por favor.
Tú ya estás lo bastante concentrada por los dos –Károbis rió.
Cuando llegaban a lo que debía ser el punto medio la pared empezó a inclinarse facilitando las cosas.
Károbis, ¿por qué haces esto?.
¿El qué?.
Bajarme. Te estoy muy agradecida, pero no entiendo porqué quieres seguir al ritmo de un grupo que es claramente inferior a tí y que además carga con dos heridas cuando a estas alturas podrías haber bajado ya y estar a media mañana de aquí.
Ayer Ederea me preguntó lo mismo. Te han venido las ganas de hablar de repente ¿eh?. Me alegro, empezaba a sentirme solo.
Sentirse solo descendiendo una pared casi vertical con una persona a la espalda. Okoi tuvo que sonreír.
Ya sabes que Kilorne habló conmigo la noche antes de salir. Dijo que debía mantenerme fiel al espíritu del tisar y el tisar cuida de los suyos cuando le necesitan.
Al menos Naedali no parece tener problemas...
Ha tenido más suerte. Sólo tiene una herida en un hombro.
Supongo que s...
Károbis perdió pie y quedó por un momento suspendido sólo de sus manos.
¡Károbis!.
He resbalado.
¡Ya veo que has resbalado! ¡ten más cuidado!.
¡Károbis! ¿estás bien? –preguntó Ederea desde arriba.
¡He resbalado! –respodió-. ¡Tened cuidado!.
Cuidado, Naedali, la pared está resbaladiza más abajo –advirtió Lorna.
¡Lo he oído, déjame en paz! ¡he dicho que puedo hacer esto yo sola!.
Gauyon rió disimuladamente.
Vaya, vaya. Mira quién está ahí.
Okoi alzó la vista al oír al Tigre Sangriento. Vio gente asomada al borde del precipicio. - ¿Son las Garras Silbantes?.
Ajá. Son perezosas, pero valientes.
El descenso continuó. Las Garras Silbantes tuvieron la precaución de no descender justo encima de ellos.
Al menos si caen no arrastrarán a ninguna de nosotras –dijo Okoi.
Ya poco importa. Debemos de estar llegando ¿no?.
Sí, ya falta poco. ¿Cómo lo sabes con los ojos cerrados? ¿y cómo sabías que las Garras Silbantes estaban ahí?.
Supongo que calculando la distancia y observando la velocidad a la que bajamos. En cuanto a ellas, las oigo hablar.
¿Desde aquí?.
Sí, pero no tan bien como para entender lo que di...
De repente Lorna resbaló y cayó al vacío descubriendo la facilidad con que se podía perder todo contacto con la pared. La cuerda se tensó, Lorna se golpeó contra la roca y su peso hizo resbalar a Naedali un par de metros hasta que la cuerda que le unía a Gauyon la detuvo y ella volvió a afianzar su posición en la pared con su hermana colgando de ella.
¡Naedali, Lorna, agarráos! –gritó Gauyon descendiendo hacia la hermana menor.
Pero cuando Gauyon acortó la distancia Naedali volvió a resbalar. La cuerda era lo único que impedía que cayera.
¡Coged a Lorna! –clamó ella.
La hermana mayor colgaba a plomo. Su cabellera cobriza se había teñido con un mechón rojo y todo su cuerpo arrastraba a los otros dos hacia abajo. Gauyon empezó a sentir que sus dedos se lastimaban con la roca y eran incapaces de resistir.
¡Daos prisa!.
Dos Flechas Negras se movieron lateralmente a ambos lados de Lorna para cogerla. Demasiado tarde. En cuanto Gauyon cayó Naedali y Lorna también. Las demás se pegaron a la pared con todas sus fuerzas para evitar seguirles a la muerte. Las cuerdas pasaban muy cerca de ellas amenazando con lanzarlas al abismo. Okoi les vio venir desde arriba y ahogó un grito con la cerceza de, a la espalda de Károbis, sobresalía lo suficiente para ser arrastrada.
Károbis reaccionó separándose de la pared y siendo él quien recibiera en pleno pecho la cuerda que unía a Naedali y Gauyon. Su arco, atravesado como lo llevaba, se partió y él se deslizó hacia abajo con sus manos y piernas arañando sonoramente la roca. Apretó los dientes y un gruñido escapó entre ellos mientras forzaba sus manos al máximo posible. Se detuvo poco después con los otros tres colgando de él. Sus dedos y rodillas habían dejado un rastro de sangre por la pared, pero se habían afianzado de nuevo justo antes de que Lorna se estrellara contra el suelo.
Dioses... –susurró Ederea.
Colgados por la cintura por encima de Lorna, Gauyon y Naedali levantaron la cabeza hacia su salvador completamente incrédulos.
Cuando el resto llegaron abajo Naedali cuidaba de Lorna y de la brecha que se había abierto en la frente y Gauyon deshacía el nudo que unía a Károbis y Okoi mientras el Tigre Sangriento se miraba las manos absorto.
Mi sangre... –decía-. Nunca había visto derramar mi propia sangre.
Sus dedos se habían lacerado en incontables lugares y el fluido más rojo que Károbis había visto en su vida se derramaba por las heridas. Gauyon deshizo el nudo y Okoi cayó directamente sentada tras su voluntario porteador.
Es la sangre de un héroe –afirmó el joven con gran reverencia-. Nos has salvado de la muerte aún a riesgo de tu propia vida.
Y de la mía –añadió Okoi con molestia.
Károbis se lamió la palma de la mano. Gauyon le vió tragar y hacer una mueca extraña, sorprendida, luego se apresuró a vendarle ambas manos con tejido de lino. Examinó sus brazos y su pecho, donde la cuerda le había alcanzado, pero apenas tenía algunas magulladuras y astillas de su arco que se le habían clavado y que extrajo con celeridad. Károbis pareció despertar y asintió en agradecimiento.
Ederea puso los pies en tierra con evidente alivio y se quedó un momento mirando los cadáveres que había alli pensando que los de sus tres camaradas podrían haberse unido a ellos de no ser por el Tigre Sangriento.
Tras un respiro siguieron adelante por un terreno con mucha menos vegetación. Montañas coronadas de blanco habían empezado a surgir en el horizonte y el reclamo de los guardianes era ahora mucho más claro.
Gauyon había asumido ahora la tarea de llevar a la inconsciente Lorna a la espalda. Naedali ayudaba a Okoi quien había insistido en caminar, y de ese modo se apoyaban la una en la otra. Károbis seguía yendo a la cabeza seguido de Ederea. El vendaje de sus manos no estaba muy ensangrentado.
Para tener por nombre Károbis sangras muy poco –dijo Ederea.
Aquello le arrancó una risa.
Pero si algún Flecha Negra resulta digno de ser aceptado por los guardianes, Károbis será su nombre.
¿Cuánto crees que nos falta? –preguntó él.
No lo sé. Medio día de camino, un día, una semana...
No podemos estar tan alejados de ellos. ¿Cómo sería posible si no que oyéramos su cuerno?.
Si es que es un cuerno.
Károbis aspiró profundamente. – Amnotek no está lejos.
¿Puedes olerle?.
Asentimiento. – Y veo su rastro.
Ederea miró al suelo para sólo ver nieve pisoteada.
Károbis se detuvo de repente. – Aquí hay algo más... ¡quedáos aquí!.
Echó a correr. Ederea le llamó e intentó segurile, pero él era mucho más rápido.
¡Amnotek! ¡Amnotek! –gritaba él.
¡Károbis, espera!.
Cuando encontraron a Amnotek éste les estaba esperando con cara de sorpresa.
Vio aparecer primero a Károbis y luego a Ederea. Había oído los gritos de Károbis y se había detenido en el acto. - ¡Károbis! ¿has decidido al fin dejar atrás...?
¡A tu izquierda!.
Amnotek se volvió para ver una masa blanca acercarse con aterradora y silenciosa velocidad. Algo sesgó el aire y se sintió depedido con fuerza inusitada hasta quedar dolorosamente sentado al pie de un árbol. Su vestimenta estaba destrozada a la altura del pecho y se había vuelto roja. Poco despues comprendió que no todos los jirones que estaba viendo eran ropa.
El oso había aparecido de la nada. Se irguió a la altura de dos hombres sobre sus patas traseras y lanzó un rugido escalofriante a través de sus colmillos. Sus ojos eran pequeños y redondos como puntas de flecha y miraban con salvajismo a Károbis y Ederea sopesándolos como posibles intrusos en su caza.
¡Espíritu del tisar, protégenos! –murmuró Ederea sin atreverse a hacer nada más.
El oso avanzó hacia ellos y el miedo ciego e irracional que le tenía a aquellas bestias la forzó entonces a retroceder.
El oso era la criatura más temida de aquel mundo. Una fuerza brutal, depredadora e inmisericorde puesta allí por los dioses. Cazar a un oso era muestra de gran valor, pero se necesitaban muchos más de los que estaban allí para lograrlo. Károbis miró un momento a Amnotek y empuñó el cuchillo de Absino sintiendo cómo el dolor aumentaba al cerrarse sus dedos en torno a la empuñadura. Los apretó con fuerza hasta que su sangre empezó a supurar del tejido del vendaje y entonces se lo pasó por los labios.
¿Qué estás haciendo?.
A los dos nos atrae la sangre ¿verdad? –Károbis no se dirigía a ella.
El oso dirigió su atención inmediatamente hacia Károbis. Una presa herida le era mucho más atractiva. Más aún si la propia presa se acercaba a él como hacía aquella.
Sí... el olor de la sangre... apenas podemos resistirnos a él...
El tono del cazador se había vuelto lo bastante siseante como para sobresaltarla tanto como el propio oso pero Ederea se forzó a tensar su arco. Nunca el pulso le había fallado con tal brutalidad. Sus manos temblaban tanto que, a pesar del tamaño del oso, no se atrevió a soltar por miedo de herir a Károbis.
Gauyon y varias más aparecieron tras ella y, al ver la escena, quedaron tan petrificados como Ederea. Károbis estaba amenazando a un oso con un cuchillo de caza. Aquella lucha estaba decidida de antemano.
Dispara –ordenó el propio Károbis sin volverse.
Aguardó respuesta pero ella no la dio.
¡Ederea, dispara! –repitió furioso.
¡No... puedo hacerlo!
¿Por qué el oso no había atacado ya?. Aquella pregunta torturaba los ojos de las Flechas Negras. La bestia y Károbis parecían enzarzados en un duelo. El cazador causaba ese efecto siempre que lo quería entre los miembros de la tribu, pero aquella era una bestia salvaje.
El oso no quiso esperar más. Su carga fue atronadora, como una tormenta blanca rugiendo con sus truenos y azotando el aire con sus garras y colmillos a modo de relámpagos. Károbis aguardó agazapándose muy lentamente, de un modo casi imp