1ª PARTE
Por Aertes & Gabriel
Rómulus IV y Remus. Dos
mundos bajo control imperial sin ninguna conexión entre sí. Ambos distantes y
con modos de vida distintos. Rómulus IV era un mundo aristocrático, mientras
que en Remus los combates gladiatoriales eran un modo de vida. Sin embargo,
cuando una rebelión en Rómulus IV forzó la intervención de la guardia imperial remusiana
y de los Ángeles Sangrientos, ambos nombres quedarían para siempre unidos y
plasmados en los anales históricos del capítulo de los hijos de Sanguinius.
Rómulus y Remus Devine, los divinos Rómulus y Remus. Ellos eran
romulianos de nacimiento; pero fueron acogidos por los Ángeles Sangrientos para
convertirse en marines espaciales, los paladines de la humanidad.
Rómulus, capitán Rómulus en realidad, estaba ahora al mando de toda
una compañía de Ángeles Sangrientos, la 6º Compañía. Su ascenso desde el grado
de sargento estaba marcado por una serie de desafortunadas casualidades. Cuando
el capitán Maneo cayó en combate ante los eldars, el anterior oficial al mando
de la compañía, Aertes Dragmatio, le eligió por sus dotes de mando para ser su
mano derecha. Cuando Aertes desapareció durante los conflictos mineros de
Malevant II, nuevamente fue a Rómulus a quien se eligió para suplirle.
A su jovencísima edad Rómulus era ya responsable de toda una compañía,
un peso que soportaba con enorme orgullo y gran habilidad. Como segundo al
mando de Aertes había sido un buen oficial, pero cuando asumió el mando de la
6º sus dotes se potenciaron de tal modo que nadie encontró explicación. De
repente era capaz de diseñar estrategias perfectas en muy poco tiempo y mostraba
una seguridad que a su edad faltaba en muchos sargentos y suboficiales.
Bien poco podían imaginar que no era sólo su lealtad al Emperador y la
memoria de Sanguinius lo que enardecía su alma para la batalla. En su corazón
había alguien más, cuya presencia era todo lo que Rómulus necesitaba, toda la
inspiración y el valor que podían faltarle los encontraba en la memoria de
ella, y en la esperanza de volverla a ver. Mau, del capítulo de los Tigres
Nevados. Una marine espacial a quien conoció poco después de su ascenso a
capitán. Luchó contra ella en una ocasión y desde entonces luchaba siempre por
ella en cada campaña, por volver a ver sus ojos azules de tigresa.
Remus, por el contrario, nunca se sintió atraído por la posición de
los oficiales. Tanto él como su hermano habían servido en la misma escuadra
como exploradores, pero cuando fueron iniciados en el capítulo como marines les
separaron: Rómulus fue asignado a una escuadra de asalto en la pronto llegó a
ser el sargento y Remus sirvió como marine devastador.
Desde entonces Remus seguía siendo marine raso. Manejaba todo tipo de
armas pesadas mejor que ningún otro miembro de la 6º Compañía y había recibido
varias veces el galardón al mejor tirador. Habiendo rechazado todos los
ascensos que se le habían propuesto, Remus era consciente de que no compartía
la inteligencia de su hermano. Su pasión era para con Sanguinius y el
Emperador; sólo anhelaba servir al capítulo haciendo lo que mejor sabía, y lo
hacía mejor que nadie.
-
¡Moveos!, ¡vamos,
avanzad!. ¡El enemigo está ahí delante!.
La base de operaciones de los Ángeles Sangrientos era realmente digna
de ver. Erigida en su exterior con mármol de sangre importado de las montañas
de Baal, con larguísimas hileras de columnas que decoran sus soportales y
enormes torres y estructuras emergiendo aquí y allá.
-
¡Vamos, si esto fuera una
batalla real habríais muerto treinta veces cada uno!. ¡Movéos!, ¡más deprisa!.
No lejos de allí podía verse mucha actividad.
Numerosos vehículos blindados de color rojo y cargados de emblemas
avanzaban y giraban, apuntaban y disparaban contra inertes blancos lanzando el
eco de sus detonaciones sobre las montañas bajo el cielo púrpura del anochecer.
Innumerables escuadras de marines ensayaban maniobras y practicaban
puntería y combate cuerpo a cuerpo para prepararse a los horrores que les
aguardarían durante el resto de sus vidas al servicio del Emperador y
-
¡Eso es! ¿Oís los disparos
o tengo que apuntar más cerca de vuestras cabezas de Grox?.
Sobre una torre de observación construida en duro plastocemento gris,
el capitán Rómulus observaba las evoluciones de un grupo de neófitos en
armadura de caparazón a medida que los veteranos sargentos les instruían.
Transmitía sus órdenes a voces, las cuales eran repetidas por los instructores
en un lenguaje mucho menos selecto que el que él empleaba.
El capitán estaba solo bajo el techo de la torre. Aún no había
nombrado a su segundo al mando y por alguna razón no se sentía obligado a ello.
Se encontraba en la base de operaciones Sangre de Sanguinius CXII, en un remoto
sistema escasamente habitado que los Ángeles Sangrientos empleaban como campo
de maniobras para sus naves estelares.
Rómulus se había esforzado en olvidar el nombre del mundo en el que se
encontraban. No soportaba tener que permanecer allí por orden del Señor del
Capítulo Dante a causa de las acusaciones que el gran inquisidor Nagash le había
lanzado a él y a la 6º Compañía.
Los exploradores de allá abajo respondían perfectamente al
entrenamiento. Las pistas de plastocemento plagadas de obstáculos de
arquitecturas irrealistas no suponían ningún impedimento a su avance, como
debía ser.
De vez en cuando, alguno de los sargentos tomaba un bólter o una
escopeta y empezaba a disparar sobre ellos sin previo aviso para ver su reacción.
Aparte de abrir agujeros las pistas, no conseguían otra cosa con ello. Algunos
de los neófitos incluso sonerían cada vez que un proyectil impactaba cerca.
-
¡Sargento Crasso! –gritó
Rómulus hacia un marine embutido como él en una servoarmadura roja que estaba
justo bajo al sombra de su torre-. ¡Formad dos equipos con los neófitos y que
hagan una demostración de cuerpo a cuerpo en la pista de los escombros!.
-
¡A vuestras órdenes,
capitan! –fue la seca e instantánea respuesta -. ¡Ya lo habéis oído, todos a la
pista de escombros!.
En aquel momento, los altavoces instalados en las altas columnas para
iluminación nocturna gritaron un reclamo metálico.
La llamada insistió varias veces, pero para cuando empezó la segunda
repetición Rómulus ya había saltado por encima de la baranda. Cayó a plomo los
siete metros de la altura de la torre y terminó en el suelo con un pesado
sonido de metal contra plastocemento.
-
Continuad, sargento –dijo
a Crasso antes de encaminarse hacia la fortaleza.
El interior era muy diferente al aspecto ancestral que ofrecía el
mármol de sangre de fuera. Los pasillos de oscuro rococemento sustituían al
rojo excepto en las capillas y salas de operaciones. Cuando llegó a su destino,
unas pesadas compuertas metálicas abrieron sus fauces para permitirle entrar.
Lo primero que saltaba a la vista en aquella capilla era una efigie en
oro macizo del hermano-capitán Tycho presidiendo la sala, quien cosechó grandes
victorias contra los orkos al mando de la 2º Compañía hasta que encontró su
desafortunado fin en Armageddon.
Lo segundo fue el propio Señor del Capítulo Dante. Estaba allí, aunque
no del todo. Se trataba de una imagen holográfica proyectada por el sistema de
comunicaciones interfásico; el verdadero Dante estaba en la
fortaleza-monasterio del capítulo, en Baal, observándole a través de su doble
proyectado. Su extraordinaria servoarmadura artesanal, que imitaba la del
propio Sanguinius, parpadeaba de vez en cuando.
Dante era más alto que Rómulus, pero sus facciones eran no menos
suaves y juveniles a pesar de tener ya un milenio y un siglo a sus espaldas. Su
cabello rubio, corto y dorado, se ensortijaba en su cabeza como en las estatuas
de querubines angelicales que podían verse en cada rincón de aquella sala.
-
Ah, capitán Rómulus.
Habéis sido rápido –le dijo uno de los numerosos sirvientes saludándole con un
asentimiento.
-
Tomé un atajo –afirmó
Rómulus devolviendo el saludo hacia la holoimagen de Dante-. Mi señor...
-
Saludos, Capitán –Dante
era mucho más seco y su voz no provenía de la boca de la imagen, sino del
altavoz de una de las consolas.
En el resto de la amplia sala con aspecto de catedral en miniatura los
sirvientes siguieron atendiendo sus quehaceres en los cogitadores y consolas
distribuidos por la pared. Rómulus se acercó al grupo formado por Dante y tres
servidores más en el centro de la sala junto a una enorme mesa de holomapas y
transmisiones.
El sirviente más alto, el que le había hablado, fue el primero en
informar: - Capitán, acabamos de recibir esta transmisión desde el sistema
Nelo. Como bien sabéis ese sistema no está lejos, en términos estelares, de
nuestra base de operaciones. Está codificado como solicitud de apoyo inmediato
por parte de marines espaciales, pero el emisor no sigue las pautas estándar
del Codex Astartes.
-
Tampoco nosotros lo
hacemos –puntualizó Rómulus.
-
Lo sé, no es vuestra
sabiduría en ese campo lo que nos ha impulsado a reclamaros, capitán. Escuchad.
El sirviente pulsó unas runas y sobre la mesa de cristal apareció una
pantalla holográfica. Sólo mostraba una representación visual de un
osciloscopio de reconocimiento de voz: apenas una línea verde sobre fondo negro
que se alteraba con los sonidos del mensaje.
¡Este es un mensaje para el capitán Rómulus Devine de los Ángeles
Sangrientos!. ¡Capitán, marine Nekoi de los Tigres Nevados al habla!.
¡Necesitamos refuerzos lo antes posible en el mundo industrial de Cralti V!.
¡Las fuerzas del Caos nos han rodeado y han aislado a muchas de nuestras
fuerzas por todo el sector Gamma-14!. ¡Karakal y toda su escuadra, repito: toda
su escuadra, se dan por desaparecidos!... ¡Necesitamos su ayuda!. ¡Nekoi
fuera!.
-
Confío en que comprendáis nuestra
sorpresa, Capitán –dijo el falso Dante cruzándose de brazos-. No tenemos trato
alguno con el capítulo de los Tigres Nevados. Yo mismo ignoraba su existencia
hasta hace unos minutos. Sin embargo quien ha enviado este mensaje se ha
dirigido expresamente a vos; su dialecto de batalla dista bastante del
habitual; y corregidme si me equivoco pero esa era una voz femenina. Nos
gustaría que nos concediérais oír alguna explicación.
-
Hemos analizado la trasmisión
–intervino el sirviente- y no hay duda: quien habla es una mujer y, sin
embargo, afirma ser un marine espacial.
Dante no obtuvo respuesta del capitán.
Rómulus había quedado congelado mirando la imagen
osciloscópica, que ahora estaba fija y parpadeante. Nekoi le había querido
decir algo muy concreto: Karakal y toda su escuadra desaparecida... “Mau”, se
dijo en su mente, “Mau... desaparecida”.
-
Capitán...
-
...
-
¡Capitán!
-
¡Señor, la 6º Compañía solicita
permiso para partir de inmediato en misión de rescate!.
-
No tan deprisa. Antes queremos
saber quienes son los Tigres Nevados y cómo es que parecen conoceros lo
suficiente como para ignorar los protocolos estándar de comunicación.
-
¡No tenemos tiempo para esto, mi
señor!.
-
¡Yo decidiré el tiempo de que
disponemos, Rómulus!. ¡Ya le habéis costado al capítulo un enfrentamiento con
la inquisición!, ¡no penséis que os permitiremos salir de esa base sin estar al
tanto de todos los detalles!.
Rómulus suspiró molesto. Sus siguientes palabras
brotaron rápidas e insípidas: - Los Tigres Nevados son un capítulo de marines
espaciales leales, señor. Su mundo natal está en Tigrit IV, un planeta clase salvaje
muy parecido al mundo de Fenris. Su patrón progenogenético y los implantes de
biomaquinaria que emplean muestran mucha mayor compatibilidad con el
metabolismo femenino humano que con el masculino; lo cual, unido al patrón
fuertemente matriarcal de sus sociedades tribales, provoca que la gran mayoría
de los marines del capítulo sean mujeres.
Los tres sirvientes se miraron entre sí en silencio
antes de empezar a cuchichear por lo bajo. Dante arqueó una ceja de oro en
gesto de sospecha ante la rápida exposición de Rómulus acerca de un capítulo
del cual él mismo no había tenido noticias en sus mil cien años de vida.
Obviando muchas preguntas sin importancia que acudieron a su mente, el Señor
del Capítulo saltó a la siguiente cuestión que consideraba importante: -
¿Habéis tratado con anterioridad con astartes de ese capítulo?.
-
Así es, mi señor –a Rómulus le
estaba devorando la impaciencia, pero Dante no aceleró su tono por ello-. Quien
transmite el mensaje es una conocida mía.
-
¿Podemos saber en qué circunstancia?.
-
Durante una de mis semanas de
permiso, señor, coincidí con algunos miembros de los Tigres en el mundo de
recreo de Galatan, en el sector...
-
Sé dónde se encuentra Galatan. ¿Os
acompañaba algún otro Ángel Sangriento durante ese encuentro?.
-
Sí, señor. Mi her... el marine
devastador Remus estuvo conmigo. Precisamente el marine Remus solicitó un
traspaso temporal al capítulo de los Tigres que le fue concedido y a su vuelta
entregó un informe en el que relataba las semanas que pasó aprendiendo sus modos
de batalla. Si me permitís la sugerencia, consultar dicho informe será más
clarificador para vos.
-
¿Informe?. No recuerdo informe
alguno a este respecto.
Dante se volvió hacia alguien detrás de él,
dirigiéndose a los siervos que debían de acompañarle en Baal.
-
Eh... quizá se extravió en el
Librárium, mi señor –se oyó por el altavoz-. Haré que lo lleven a vuestros
aposentos en seguida.
-
Eso espero –Dante cerró un puño
irritado antes de volverse hacia los presentes.
-
Mi señor... –Rómulus imprimió más
impaciencia a su voz.
-
De acuerdo, capitán Rómulus. Tenéis
permiso para acudir a esa señal de socorro. Pero os ordeno extremar la cautela.
La 6º Compañía ha perdido a demasiados buenos oficiales en poco tiempo.
Dante rodeó la holomesa y posó una enérgica mano en
la hombrera de Rómulus en un gesto paternal como solía hacer Aertes. La mano
holográfica era completamente intangible, pero Rómulus pudo sentir la
emotividad del gesto. – No podemos permitirnos perder a ningún buen oficial
más.
-
Cumpliré vuestra orden, mi señor
–Rómulus le devolvió la mirada desde abajo con una sombra de satisfacción y
orgullo.
Las compuertas de la armería parecieron abrirse con
más furia de lo normal. El marine que entró podría ser perfectamente confundido
con el capitán Rómulus. Sus jóvenes rasgos eran idénticos a los de él; ojos
azules y cabello muy corto y rizado, pero el casco azul que colgaba de su cinto
y sus hombreras desprovistas de galones le delataban como el devastador Remus,
su hermano gemelo.
El enorme complejo de la armería tenía el aspecto de
un arcanomuseo. El techo se elevaba más de cincuenta metros y las paredes no
eran sino una vitrina de cristal tras otra que contenían las reverenciadas
armas de los Ángeles Sangrientos. La 6º Compañía casi al completo se encontraba
allí preparando sus armas y equipos en una bullente actividad. Los bólters eran
configurados y comprobados, las espadas sierra engrasadas, los generadores
dorsales limpiados, todo bajo la perenne mirada de los sargentos.
Remus pasó a rápidas zancadas a la sección de armas
pesadas y abrió su taquilla. Cogió un kit de reparaciones de emergencia para
armas y algo envuelto en un paño de seda blanca. Acto seguido se presentó ante
uno de los servidores de suministros que pululaban por allí y pidió su bólter
pesado, su fiel compañero de batalla.
Remus sentía una mezcolanza de emociones que apartó
de su mente para concentrarse en su tarea. Alzó el objeto y retiró el suave
envoltorio para evocar los recuerdos de su mente. Era un colmillo de tisar del
largo de un antebrazo cuya superficie había sido tallada con la escritura
rúnica de Tigrit IV. Remus no podía leer los signos pero le habían dicho su
significado. Los Tigres le obsequiaron con aquel trofeo en memoria de su
servicio con ellos y el devastador lo conservaba como un tesoro. En el extremo
más ancho se había colocado una placa y una cadena, de modo que pudo colgar el
gran colmillo de su bólter pesado con facilidad. Siempre había creído que un
Ángel Sangriento había de ser un humilde y fiel servidor del Imperio. Era por ello
que seguía fiel a su bólter pesado aunque era ya casi tan veterano como su
propio sargento. Le bastaba saber que estaba cumpliendo con su deber y que
servía al capítulo haciendo lo que mejor sabía. Los ascensos no significaban
mucho para él, pues era consciente de que no gozaba de las dotes de mando de
Rómulus.
Ya equipado y armado, Remus formó junto a sus
compañeros de escuadra ante el sargento devastador Dálcabo para revista.
Dálcabo confiaba plenamente en ellos; eran los cuatro
mejores artilleros de la compañía. Tras una rápida comprobación de cada uno en
la que pasó por alto el adorno que colgaba del arma de Remus, el sargento
ordenó marchar hacia los hangares.
Dos Thunderhawk estaban ya dispuestas para salir a la
agonizante luz del crepúsculo. Estaban en las pistas de despegue, fuera de los
enormes hangares, con las fauces mecánicas abiertas hacia los mismos para
permitir el inminente embarco.
Las tropas disponibles de la 6º Compañía empezaron a
formar ante ellas. La escuadra táctica Méranis fue la primera en abandonar la
sombra del hangar. Eran diez hombres, dos de ellos equipados con un rifle de
plasma y un cañón láser. El sargento Méranis llevaba su espada sierra de
precisión incrustada en oro.
Tras ellos, dos escuadras de exploradores hicieron su
aparición con sus armaduras ya camufladas con tonos grises y azules para la
urbe. Al mando de una de ellas, el sargento Karpla seguido por sus neófitos
equipados para el asalto y corto alcance con sus escopetas y pistolas bólter.
Al lado de éstos, la escuadra Malenko portando rifles de rancotirador, bólters
y un largo cañón automático que era llevado por un único hombre.
La escuadra Crasso venía inmediatamente detrás de
éstos, seguida por un chirriante y anciano Razorback en cuyo frontal podía
leerse Puño de Marfil. La torreta posterior, aún del
modelo Tarántula que había de ser operado por un artillero, estaba armada con
dos bólters pesados paralelos.
Los galardonados exterminadores del sargento Marcus
llegaron después encabezados por el bibliotecario Virgilio Wolgiston. Los
devastadores de Dálcabo no tardaron en aparecer tras ellos.
Poco después vino el gran sarcófago caminante del
Dreadnought Fulventos. Fulventos había sido un prestigioso sargento devastador
hasta que cayó ante las fuerzas orkas del caudillo Rorkrat. Ahora podía emplear
su cañón de plasma para seguir propiciando apoyo pesado a sus compañeros y
hermanos.
El último fue el capellán Sagos Tempestos, que hizo
una aparición subido de rodillas al techo de un Rhino negro como la noche, el
Nefasturris. El Rhino estaba decorado con multitud de incensarios colgando por sus
laterales y pergaminos y sellos que rezaban la muerte para todos los enemigos
del Emperador. Para la mayoría de los Ángeles Sangrientos de la 6º Compañía, el
único terror de sus vidas era tener que marchar a la batalla a bordo del
Nefasturris. En el interior de éste, cuatro marines estaban arrodillados,
encadenados a las paredes como de catedral del habitáculo de pasajeros a la luz
de un permanente foco rojo.
Rómulus no estaba cerca de allí. Estaba a más de un
centenar de metros de las naves, en el oscuro desierto, mirando al horizonte.
Acariciaba un mechón trenzado de cabello gris. Era de Mau; ella misma se lo
regaló. Mientras la compañía terminaba de reunirse, al capitán le vino a la
mente la primera vez que se econtró con los Tigres Nevados.
Cuando Aertes desapareció, Rómulus y Remus decidieron
visitar Galatan. Allí fue donde conocio a Mau, su tigresa. Si bien el amor
estaba prohibido para un Ángel Sangriento, mucho más grave era el amor hacia
otro marine espacial. La primera vez que la vio quedó perplejo por su belleza
infantil. Ojos azules con pupila de aguja; suave cabello gris; y aquella cola
biónica de su armadura que la daba aquel aspecto tan encantador, aunque su
verdadera función fuera equilibrar su cuerpo en aquellos movientos tan rápidos
y arriesgados que a ella le encantaba realizar.
Podía recordarlo con toda perfección. Primero sus
miradas se cruzaron. Se acercó a ella sólo para rescatarla de la soledad, pero
pronto estuvieron charlando alegremente. Luego, por algún motivo que ya no
recordaba, empezaron a pelear; una lucha que no fue sino un divertido juego
entre cazadores, entre depredadores. Tigresa y escorpión danzando en el
peligroso baile del combate hasta que sus labios quedaron unidos. Poco después
apareció Karakal, el oficial superior de Mau y del resto de Tigres Nevados que
habían acudido al bar en busca de diversión y paz. Karakal, el Tigre de Fuego,
venía para llevárselas de nuevo al combate sin dejarlas disfrutar del permiso
impuesto por el Codex Astartes. Rómulus luchó contra él apostándose un permiso
completo de una semana para Mau y las demás Tigresas. Tras el combate, todo lo
que quedaba de Rómulus era un despojo herido, agotado, aunque victorioso. Aquel
fue el combate más doloroso de toda su vida, y nunca se arrepentirá de haberlo
librado.
Oyó pasos tras él. Pasos firmes y seguros que hacían
crujir la arena.
-
Capitán Rómulus, la 6º Compañía
está formada y a la espera –dijo la voz del bibliotecario Virgilio.
-
Inicien el embarque. Iré en unos
segundos.
Mientras el bibliotecario se alejaba, Rómulus apretó
la trenza con los dedos.
“Voy en tu busca, amor mío. Juro, por mi sangre, que
te encontraré”.
Bombardeado por las luces intermitentes de los
indicadores, Rómulus se sentó en uno de los lugares reservados para oficiales
de la segunda Thunderhawk, justo detrás de los pilotos. A su lado Virgilio
estaba como durmiendo, con la cabeza baja casi asomando fuera de la cúpula
blindada de su capucha psíquica. Por detrás de él, la escuadra Crasso y la
escuadra Dálcabo se habían acomodado en la sección de pasajeros. Por debajo de
los pilotos, el Razorback Puño de Marfil y el hermano-Dreadnought Fulventos
reposaban en el compartimento de carga.
Virgilio sonrió para segundos después alzar la cabeza
y abrir los ojos como si despertara. – El neófito Caronte nos desea buena
suerte desde el Librarium de la base, capitán –dijo sin volver la vista.
Rómulus bufó una risita. - ¿Cómo van sus progresos?
–preguntó.
-
Es un niño muy dotado. Con el
adecuado entrenamiento será un poderoso Ángel Sangriento. Una vez sea llevado a
Baal para su iniciación, no creo que tarde mucho en superar el rango de
semántico.
-
Capitán Rómulus –llamó el piloto
por el intercomunicador a pesar de encontrarse a apenas dos metros de él-.
Tenemos permiso para despegar.
-
Adelante –ordenó escuetamente el
aludido.
Las dos cañoneras efectuaron simultáneamente la
ignición de sus motores principales lanzando chorros de ondulante aire
hipercalentado sobre la pista de despegue. Se elevaron verticalmente como
pesados buitres para después iniciar un rápido vuelo como dos puntos
centelleantes hacia el crucero de combate que les llevaría a Cralti V.
Dante se encontraba en la sala de comunicaciones
principal de la fortaleza-monasterio. El Señor del Capítulo percibía algo
inquietante en torno a aquel asunto. Durante las revueltas mineras de Malevant
II, que costaron la desaparición del Comandante Aertes, Rómulus provocó que el
gran inquisidor Nagash solicitara una investigación en el capítulo en busca de
un supuesto psíquico no autorizado.
Tal vez fuera un recelo instintivo hacia el joven
capitán, o el sorprendente descubrimiento que había supuesto saber que existían
mujeres marines, pero algo no estaba bien.
CRALTI V
La noche se cernía sobre los ruinosos monumentos al
Imperio, sobre aquellos que aún tenían fé, fé que sin duda no les ayudaría a
seguir vivos para ver un nuevo amanecer. Entre las ruinas se oyeron dos cortos
silbidos, como el melódico canto de un ave al morir al que le respondieron dos
golpes en una tubería abierta y desgarrada. Nekoi asomó su cuerpo lentamente
entre las sombras hacia un torrente de luz de la luna del mortecino planeta, a
su lado Ocelot caminaba sigilosamente. Atravesaron la fuente de luz como dos
gatos en la media noche y se agazaparon tras un vehículo carbonizado.
Un
par de gestos con la mano sirvieron para que Nekoi hiciera entender a su
compañero el siguiente paso a dar. Ocelot se adelantó dos, tres, cuatro pasos
hasta situarse detrás de un muro semiderruido que le ofrecía un buen
escondite. Sus enemigos andaban cerca,
podía sentirlo en su fino olfato, sentía el hedor de la muerte en sus fosas
nasales hasta casi sentir una arcada. Aguantó un momento la respiración para
calmarse y después siguió su camino.
Nekoi
se deslizó detrás de su compañero, paso a paso, alerta a cualquier movimiento
en las sombras de terciopelo muerto. En unos minutos se hallaban en el alzado
de un montículo de ruinas desmenuzadas por el paso de vehículos pesados.
Estaban tumbados observando desde la linea de visión que les ofrecía su
posición privilegiada. Por delante de ellos se extendía lo que parecía ser una
zona de reagrupamiento de las fuerzas del Caos. Algunos Sentinels de las
fuerzas de adoradores estaban desocupados, colocados en hilera a la espera de
órdenes mientras sus repugnantes pilotos se reunían en torno a las hogueras.
Algo más allá pudieron ver una escuadra de marines de plaga, criaturas
carcomidas cuya putrefacción y decaimiento parecía haberse propagado a sus armaduras
oxidadas y cubiertas de limo. Estaban junto a un Rhino que enarbolaba un
cadáver crucificado sobre el techo a modo de estandarte.
-
Estan muy confiados o es una trampa... –susurró Ocelot.
-
Estan muy confiados, mirales... completamente relajados... si fuera una
trampa no se moverían con tanta calma –le contestó su compañera felina.
-
Bien... yo me encargo del Rhino y tu de los Sentinels. –comentó Ocelot
sin quitar vista del campamento enemigo que se hallaba por debajo de ellos.
-
¡A ti siempre te toca lo más fácil! –protestó malhumorada Nekoi.
-
Se siente, yo escogí primero –sonrió de oreja a oreja Ocelot poniéndose
en pie agachado.
Deslizándose
entre las cochambrosas ruinas, los dos tigrinos se separaron. Ocelot caminó con
pies de plomo, sin un mero ruido que le delatase, hasta el Rhino y su compañera
felina hacia los desprotegidos Sentinels. La joven Tigresa se deslizó por
debajo de cada bípode y sacó un par de extraños artilugios rectangulares con un
contador, que colocó y puso a dos minutos en cada uno, luego se retiró veloz en
dirección contraria a la que había venido. Ocelot por su parte logró evitar la
guardia de marines y deslizarse a la parte trasera del Rhino. Allí abajo
apestaba de verdad, de modo que aguantó la respiración mientras instalaba tres
cajas rectangulares en la zona de la panza del vehículo y la configuraba a dos
minutos. Una de las abubndantes grietas supuró un gran grumo gelatinoso que fue
a caer a pocos centímetros de la cabeza de Ocelot haciéndole gesticular una
madición. Cuando salió de debajo del Rhino, corrió a reunirse con su compañera.
Pasó
un minuto de calma. Ocelot y Nekoi se pusieron a cubierto.
Pasaron
los dos minutos. Las cajas instaladas en los vehículos estallaron en un mar de
fuego que convirtió la noche en día por breves instantes mientras Ocelot y
Nekoi ahogaban sus risitas por haber dado tan duro golpe a su enemigo. Casi la
mitad de los marines de plaga fueron devorados por la tremenda explosión del
Rhino.
Antes
de que el enemigo supiera que había pasado se oyó un rugido estremecedor por
encima del montículo donde había estado observando los dos Tisarinos. Cinco
motos de flamante color blanco, que a la
luna se reflejaba con un aura de fantasmagórica presencia se alzaron en el
cielo a plena potencia. La escuadra Cheeta había llegado. Se abalanzaron sorbe
sus indefensas y confusas presas devorándolas al son del rugido de los Bolter y
de las espadas sierra sesgando cabezas y cuerpos decadentes. Una de las Tigresas
en su emoción se llevó a dos de sus enemigos por delante con un grito de guerra
y euforismo.
Dos
minutos después no quedaba nada salvo llamas incoherentes desperdigadas por el
claro que fue el campamento de sus podridos enemigos, quienes no habían tenido
una sola oportunidad de hacer nada.
De
la moto principal, que mostraba una elegante cola biónica, se desmontó una
joven de ojos verdes y cabello rubio, aquella de quien su escuadra había
adquirido el nombre, Cheeta,
Cheeta
avanzó hasta Ocelot y Rekoi, su rostro estaba medio tapado por un manto azul de
rayas blancas sujetado por cuero chapado a su armadura.
-
Buen trabajo, chicos –susurró-, estoy orgullosa de vosotros, los Tigres
vamos ganando terreno.
-
Pero... hemos perdido contacto con Karakal y los Tisarinos –susurró
apenado Ocelot, este muchacho era uno de los pocos que había en todo el
capitulo y su inocencia era notable.
Demasiado
notable.
Cheeta
asintió –Hemos recibido un mensaje de los Ángeles sangrientos, vendrán a
aportarnos su inestimable ayuda. Buen trabajo, Nekoi –saludo marcialmente y se
marchó hacia su moto.
-
Solo cabe esperar... –suspiró Nekoi.
La joven Nekoi se sentó en una roca a
descansar del ajetreado dia-noche que habían tenido. Desde que llegaron al
planeta no habían tenido ni un momento de descanso bajo el asedio continuo de
las tropas de Nurgle. Parecía que todo avance era inútil y que nunca lograrian
ganar esa batalla, sin embargo no perdían la esperanza. Las Damas de las Nieves
con sus Tisares se encargaban de ello, de alentarles a seguir, a no perecer
como no perecen las flores de las nieves que crecen en su patria. La flor de
hielo... una flor que crecía en las tormentas de nieve, que se convertía en
cristal y que se decía que si se sumergía en un cuenco de agua helada mostraba
a quien deseabas ver... Nekoi deseaba tener esa flor en esos momentos... para
saber como estaba Mau. Como estaba y donde estaba... aunque también le gustaría
poder ver a alguien que había picado la curiosidad del corazón de la joven.
Ese muchacho, que estuvo una temporada con
ellas, luchando codo con codo... nunca había llegado a hablar con él... solo le
observaba en sombras. Tenía miedo de que fuera rechazada y además... no quería
meterle en problemas... como lo estaban ya Romulus y Mau por la extraña
relación que tenían. O Panter y ese lobo del que se había quedado prendada y
del que todo el día hablaba. Echaba de
menos el Bar del Lobo y a Remus... no podía evitarlo, no sabía que le pasaba.
Ocelot caminó entra las ruinas, pateando
alguna que otra roca pensativo. Se sentía cada vez más solo, pero no debería
serlo.. echaba de menos las juergas y los juegos de entrenamiento con sus
hermanos neófitos.. había conocido algun chico que otro que no estaba nada
mal... pero ya se sabe... como Ocelot había pocos... por no decir... ninguno.
CAPTURADOS
La luna era la única fuente de luz en aquella
noche de nubes bajas y un montañoso mar de escombros y edificios derruidos eran
lo único que iluminaba.
Las interminables ciudades del sector
Gamma-14 habían quedado reducidas a la nada como por la mano de un dios
enfurecido. Chorros de fuego, agua y gas escapaban de las conducciones
subterráneas destruidas. La mayoría de los edificios que quedaban en pie habían
sido reducidos a su mero esqueleto y el horrible olor a putrefacción inundaba
por completo aquel lugar.
En lo que había sido una gran plaza, una
multitud estaba reunida en torno a una estatua de verdoso cobre oxidado. Era la
efigie indigna de un marine del Caos, la imagen del líder de los seguidores de
Nurgle que habían asolado todo el sector, y que pronto se disponían a extender
la peste y la enfermedad por todo el planeta.
La estatua estaba erguida en toda su altura.
Una de sus manos sostenía un alto báculo y la otra agarraba majestuosa la capa
que colgaba tras él. En el pedestal alguien había escrito “NEPHAUSTO EL NO
SEDIENTO” con una pringosa sustancia de aspecto desagradable.
Los adoradores arrodillados alrededor de la
imagen vestían largos faldones negros. Llevaban el torso al descubierto,
mostrando una piel pálida que recubría una impresionante y corpulenta
musculatura nada propia del aspecto enfermizo de aquella gente.
Cerca de allí media cara asomó por detrás de
lo que había sido una esquina. Era un rostro curtido y duro, enmarcado por una
barba y una melena rojas como el fuego.
Karakal el Tigre de Fuego, que así se le
conocía, hizo un gesto a los otros cuatro marines de los Tigres Nevados que
estaban ocultos a la vista por detrás de él, indicándoles que se retiraran.
Moviendo su servoarmadura con antinatural
sigilo, el Tigre de Fuego se reunió con su escuadra, de la que él era el único
varón. – Son demasiados –explicó en susurros-. Están ahí, admirando como
borregos una estatua del cabecilla de los marines de plaga. ¡Podríamos
barrerlos como la hierba... si pudiéramos pedir refuerzos!.
-
Están justo en medio de
nuestro camino, sargento –apuntó una de las Tigresas-. Según las últimas
informaciones, antes de perder contacto, debemos ir en esa dirección para
encontrarnos con los demás.
La escuadra de Karakal había sido una de las
fuerzas de Tigres Nevados fragmentadas durante el primer enfrentamiento con los
seguidores del Caos. Un ejército combinado de marines de plaga y adoradores
atacaró sin piedad a los marines tigrinos cuando aún no habían tenido timpo de
reorganizarse tras su aterrizaje en cápsulas de desembarco, dispersándoles por
todo el sector. Ahora el ejército de los Tigres se habían convertido en un
puñado de guerrilleros incomunicados entre sí que pugnaba por hacer el mayor
daño posible al enemigo.
-
¡Vamos! –dijo Karakal-.
¡Hay que alejarse de aquí antes de que terminen sus rezos heréticos y se
dispersen, o nos encontrarán!.
-
¡Que nos encuentren!
–farfulló otra de las Tigresas restregando sus garras unas contra otras-.
¡Estamos preparadas!.
-
¡Magnífico, Dharr! –le
reprendió irónico el Tigre de Fuego-, ¡Cinco de nosotros contra unos sesenta de
ellos!. ¿Lo has olvidado?, ¡tu vida pertenece al Imperio, no puedes
desperdiciarla como te plazca!. ¡Cállate y obedece!.
La escuadra rodeó la plaza por el perímetro
exterior, siempre manteniéndose fuera de la vista. Se movían como albos
fantasmas. Ni un ruido de más, ni un movimiento de menos. Cada paso era dado
con cautela y sigilo inconscientes, fruto del efectivo adoctrinamiento y el
instinto depredador inculcado por la hélice Felis.
Justo por detrás de Karakal, Mau avanzaba
casi a gatas con movimientos suaves; fluidos y rígidos al mismo tiempo. Sus
azulados ojos ajustándose a los mínimos cambios de luz causados por las nubes
en movimiento.
Desde el centro de la plaza, hasta ahora en
silencio, les llegó un discurso.
-
¡Alabado sea por siempre
Padre Nurgle!. ¡Y alabado sea por siempre su hijo Nephausto el No Sediento,
pues él porta consigo la hermosura de la muerte!.
-
¡Alabado sea por siempre!
–respondió la multitud al unísono.
-
¡Que sus enfermedades se
extiendan por toda la galaxia, pues él es enviado por el propio padre de la
enfermedad!. ¡Que él, quien en su humildad se mantiene incorrupto regalándonos
a nosotros los dones de la putrefacción, sea por siempre protegido por Padre
Nurgle!.
-
¡Alabado sea por siempre!.
El discurso prosiguió, siempre respondido por
las mismas palabras. El hedor del ambiente se hizo perceptiblemente más fuerte
y nauseabundo mientras aquellas blasfemias eran lanzadas al aire impunemente.
-
¡Me encantaría tener a ese
Nephausto al alcance de mis garras –gruñó Mau para sí.
-
¡Silencio! –la hizo callar
Karakal.
De repente hubo un estruendoso ruido por
detrás de ellos dos. El último de los Tigres Nevados había pisado una piedra
suelta y caía resbalando por una loma de escombros arrastando todos los
cascotes a su paso. El orador de la plaza enmudeció, siendo sustituido por el
murmullo de docenas de gargantas hablando entre sí.
Los Tigres quedaron inmóviles como estatuas,
pero aún se oían caer pedazos de plastocemento.
Mau se asomó lo mínimo imprescindible para
descubrir que un grupo de adoradores venían en su dirección a investigar. Les
habían oído, y así se lo indicó a Karakal con otro gesto.
Seis hombres llegaron al lugar en el que
antes estaban los marines, pero no vieron nada. Vistos de cerca, su aspecto era
mucho más preocupante. Su piel estaba ajada y les faltaban pedazos aquí y allá
que descubrían una carne blancuzca y compacta. Deambularon unos momentos por
allí buscando algún rastro de intrusos. Uno de ellos se encaminó hacia un
enorme pilar de sustentación caído.
Desde detrás de su escondite, Mau pudo oír
que unos pasos, acompañados por un aumento del olor, que se dirigían hacia
ella. Apretó los puños, preparando sus Garras Tisarinas para atacar si fuera
necesario.
El adorador se detuvo junto a la columna y
miró en derrendor sin encontrar nada alarmante. Acto seguido se asomó al otro
lado del pilar. Segundos después su cuerpo decapitado se desplomaba hacia
atrás.
El resto de adoradores se alarmaron al grito
de “infieles”, pero lo único que fue escuchado por el resto de los congregados
en la plaza fueron algunos disparos bólter.
-
¡Salgamos de aquí! –gritó
Karakal sobre los restos de un hereje destripado por sus garras.
Los marines emprendieron una rauda carrera
bajando por las cuestas de escombros a grandes saltos. Cuando los herejes les
descubrieron, empezaron a dispararles con primitivas armas de proyectiles a la
vez que les perseguían. Vociferaban histéricos y abrían fuego sin ton ni son,
cegados por un fanatismo irracional.
-
¡Tenemos un problema,
sargento! –gritó una de ellas a medida que los disparos silbaban e impactaban a
su alrededor.
Acto seguido
Karakal se detuvo de inmediato a pesar de que
ella gritaba que la dejaran allí. Sin un momento que perder se la cargó al
hombro y siguió huyendo.
Los Tigres hicieron varios disparos hacia
atrás sin dejar de correr, abatiendo a algún que otro adorador, pero la mayoría
volvía a levantarse ignorando las grandes heridas abiertas en sus cuerpos
purulentos.
Mirando al frente, Mau vio que otro
contingente de adoradores les salía al paso. Atradidos por el ruido de sus
camaradas, los siervos de lo caótico de todos los alrededores les negaron la
escapatoria en todos los ángulos. Estaban rodeados.
ÁNGELES ALADOS
Rómulus sintió el acelerón cuando el ataúd en
forma de bala en el que había sido introducido abandonó el tubo lanzatorpedos
del costado del crucero de ataque ligero en dirección a Cralti V. Una pantalla
ocular proyectada directamente en su retina le mostró la trayectoria de su
cápsula. El rumbo era perfecto, directos al sector Gamma-14.
Nada más ponerse en órbita sobre el planeta,
Rómulus intentó comunicar con las fuerzas de los Tigres Nevados, pero las nubes
que ahora cubrían el sector Gamma-14 tenían alguna clase de carga
electroestática que impedía toda transmisión de modo que, haciendo caso omiso
del consejo del capitán de navío Olten, ordenó un asalto de emergencia en
cápsulas de desembarco.
La ocupantalla cambió para mostrarle un
perfil de la superficie del planeta y el enjambre de cápsulas que caían sobre
ella. Hubo una violenta sacudida cuando se activaron los retropropulsores de
deceleración.
El impacto era inminente.
Nekoi se aferró a la cintura de la motorista
procurando no caerse a causa de los constantes traqueteos de la motocicleta
rodando a gran velocidad por aquel campo de escombros y basura.
El escuadrón de motoristas Cheetah estaba
huyendo de dos Rhinos enemigos que les habían sorprendido durante su errático
avance por el sector en busca del resto de Tigres Nevados. Esta vez las
emboscadas habían sido ellas.
Los transportes de tropas rodaban aplastando
pedruscos y lazando ráfagas de combibólter. Cheetah y su escuadra lograban
mantener la distancia con ellos, pero no estaba segura de por cuánto tiempo. La
sargento llevaba a Ocelot agarrado a su generador dorsal. El chico se mostraba
algo asustado, pero lograba controlarse.
Una de las motoristas se colocó junto a Nekoi
y le lanzó su rifle de fusión con un mudo gesto para que lo empleara. Nekoi lo
atrapó al vuelo, se soltó de su camarada y giró hacia atrás para apuntar.
El marine de plaga que se asomaba por la
escotilla disparó de nuevo el combibólter del vehículo alcanzando de lleno a la
motorista que le acababa de pasar el rifle de fusión. Apenas un aullido de
dolor y la montura de metal detonó en una bola de combustible incendiado.
La explosión agitó la moto en la que estaba
Nekoi. La moto se autoequilibró empleando la cola robótica que llevaba sobre la
rueda trasera y Nekoi logró conservar el arma, pero lo que quedaba de su
compañera fue aplastado bajo las orugas de uno de los Rhinos.
El escuadrón maniobró para rodear un enorme
vehículo de transporte civil atravesado en el camino y entró en lo que parecía
una antigua autopista. Los Rhinos pasaron a través del transporte abandonado
aplastándolo y destruyéndolo con perceptible crueldad. En aquel terreno mucho
más llano la persecución adquirió velocidad con el creciente zumbido de los
motores.
Otra ráfaga trazó una línea de agujeros en el
pavimento al lado de Nekoi, quien se volvió de nuevo en su asiento con el rifle
de fusión preparado. Entornó los ojos ajustando su puntería a la velocidad y
los contínuos botes de la moto y apretó el gatillo. Emitiendo un rugido como el
de un reactor, el arma lanzó una onda de choque incolora y abrió un boquete
fundido en el escudo anterior del Rhino más cercano.
-
¡Agárrate, Nekoi! –oyó.
El escuadrón de motoristas tuvo que esquivar
un edificio que se había derruido sobre la carretera. La salvaje oscilación
hizo bambolearse a Nekoi, a punto de caer del asiento. Cuando logró
equilibrarse, vio cómo el agujero que acababa de producir se cubría de limo
viscoso y cómo el blindaje se regeneraba. El vehículo no perdió velocidad; ni
siquiera parecía haber sufrido daño alguno.
Los marines de plaga concentraron su fuego
inmediatamente sobre la moto de Nekoi, conscientes de que portaba un arma capaz
de dañar a los Rhinos.
-
¡Maniobra evasiva! –gritó
ella a la motorista-. ¡Muévete, vamos!.
La motorista reaccionó de inmediato
zigzagueando sin parar por todo el ancho de la carretera justo antes de que el
fuego cruzado de ambos Rhinos convergiera en la posición que ocupaba momentos
antes. Lograron convertirse en un blanco difícil, pero a causa de ello
perdieron velocidad permitiendo a los vehículos acercarse peligrosamente.
Ocelot se giró y advirtió la precaria
situación de Nekoi y su camarada. Sin pensárselo dos veces tomó su pistola
bólter. Tal y como le había enseñado Remus, apuntó un poco alto para bajar el
punto de mira sobre su objetivo y, en el momento preciso, disparó. El proyectil
voló como un rayo, alojándose en la cuenca ocular del marine de plaga de la
derecha y reventádole el casco y la cabeza. El propio Ocelot se sorprendió de
aquel soberbio disparo mirando su pistola con incredulidad.
El marine muerto fue empujado desde abajo
hasta caer por el costado del Rhino y otro ocupó su lugar tras el combibólter
del afuste. Durante el lapso en que el arma había dejado de disparar Nekoi tuvo
tiempo suficiente de apuntar y disparar de nuevo. Ahora que se encontraban a
mucha menor distancia el impacto del rifle de fusión fue devastador,
atravesando completamente el blindaje frontal y el costado del otro transporte
convirtiéndolo en una carcasa llena de metal fundido que giró sin control hasta
volcar dando pesadas vueltas de campana y desparramando a los marines de plaga
que iban en su interior por todo el suelo.
-
¡Sí, buen disparo, Nekoi!
–le gritó Ocelot.
Nekoi sonrió sin volverse y accionó la
recarga del rifle para aplicar el mismo tratamiento al segundo, pero antes de
poder hacerlo el artillero disparó sobre ellas alzanzando a la motorista en una
pierna.
La moto perdió el control e inició un
peligroso giro cerrado a la derecha antes de que la cola volviera a
enderezarla.
Nekoi no pudo sostener el arma, que escapó de
sus manos hasta ir a parar bajo una de las orugas del tanque. – ¡Maldita
sea...! ¿estás bien? –preguntó a voces.
-
¡Sólo es un rasguño!
–respondió la motorista adquiriendo velocidad de nuevo-. ¡Destrúyelos de una
vez!.
-
¡No puedo, he perdido el
arma!.
Sin nada más potente a mano, Nekoi empuñó su
pistola bólter y la de la motorista y abrió fuego contra el marine que las
disparaba. Por detrás de éste, pudo ver cómo el escotillón superior del Rhino
se abría y cómo varios marines más se encaramaban al techo con sus roñosos
bólters preparados.
-
¡Hay que salir de aquí!,
¡hemos de ir más rápido!.
-
¡No puedo ir más rápido!.
Con dos marines a bordo, la motocicleta no
podía aumentar las distancias a pesar de que ahora el terreno era mucho más
propicio para la velocidad. Nekoi disparó una y otra vez obligando a los
marines de plaga a permanecer a cubierto.
Uno de ellos se enderezó para disparar pero
cuatro disparos le hicieron caer rodando del vehículo. Cuando sus siguientes
disparos no produjeron más que sonoros clics
indicando que había agotado los cargadores,
Dos marines más se irguieron encañonándolas.
Casi pudo ver sus rostros de satisfacción a través de sus cascos deformados.
Pero no sería aquella la ocasión en la que encontrara su fin Nekoi; lo supo
cuando una ráfaga de bólter pesado llegó desde algún punto elevado abriendo a
ambos enemigos como frutas putrefactas. Siguiendo la trayectoria de los
proyectiles trazadores
-
¡Los Ángeles Sangrientos
están aquí! –Ocelot señaló con su pistola bólter hacia la derecha, a lo alto de
otra montaña de escombros.
Los otros tres devastadores apuntaron dos
cañones láser y un lanzamisiles contra el vehículo enemigo haciéndolo reventar
en mil pedazos con la mortífera potencia de sus impactos.
En consonancia con la deceleración de la
sargento Cheetah, el escuadrón aminoró la marcha y se dirigió hacia los
Sangrientos. El marine con bólter pesado se echó el arma al hombro, luego se
quitó el casco y lo utilizó para saludar. Era Remus.
Las motocicletas salieron de la carretera
para reunirse con los Sangrientos. Conforme se acercaban y rodeaban los
obstáculos fueron descubriendo que en realidad se trataba de una enorme fuerza
de combate, reunida en un terreno algo despejado.
Cheetah vio a un Dreadnought inmóvil a un
lado del improvisado campamento. Varios marines de roja servoarmadura estaban
revisando sus armas, que por el olor habían sido empleadas recientemente.
Acercándose un poco más vio también algo que la alegró enormemente, pero su
sereno rostro no se conmovió ni un ápice. Eran Tigres Nevados; estaban allí,
entre los Sangrientos; los Ángeles debían de haberles encontrado y reunido.
Detuvo la motocicleta y echó a andar hacia
dos oficiales que les estaban esperando. Uno de ellos parecía un bibliotecario
a juzgar por la capucha blindada y las marcas azules de su armadura. El otro
llevaba galones de capitán en la hombrera. Haciendo gala de una disciplina y
seriedad como pocas, se dirigió a él sin demostrar la alegría que le causaba
verles.
Rómulus esperó junto a Virgilio mientras las
motoristas desmontaban de sus corceles. Reconoció a Nekoi y a Ocelot viajando
de pasajeros. Cuando se presentaron ante él, sólo la primera se acercó; dejando
al resto formados tras de ella. Era una sargento de cabello rubio. Llevaba una
lona blanca con rayas atigradas azules tapándole la cara de nariz para abajo;
dejando a la vista sólo sus ojos verdosos.
Una diluida sombra de sorpresa pasó por los
ojos de Cheetah cuando vio que aquel marine era idéntico a Remus, quien hacía
algún tiempo pasó unas semanas sirviendo junto los Tigres. Acto seguido recobró
el semblante de acero que parecía normal en ella.
-
Capitán... –dijo escueta
dejando la frase a medias.
-
Rómulus Devine –concluyó
él mismo- al mando de esta fuerza de rescate. 6º Compañía de los Ángeles
Sangrientos.
-
Sargento Veterana Cheetah
al mando de la sección Guepardina.
Rómulus dirigió un par de sonrisas hacia
Nekoi y Ocelot sin perder la compostura, se alegraba de verles en pie. – Es un
honor –respondió a Cheetah-. Hemos encontrado a varios grupos aislados de los
Tigres por todo el sector, ¿qué es lo que ha ocurrido aquí?.
-
Nuestra sección se
fragmentó durante el primer enfrentamiento, pero el enemigo no tuvo en cuenta
que divididos es como trabajamos mejor.
Remus se acercó corriendo sin dejar de agitar
su casco. - ¡Sargento Cheetah, Nekoi, Ocelot!, ¡estáis bien!.
Nekoi sonrió alegremente. - ¡Remus!, ¡estás
aquí!. Sí, estamos enteros, pero a Ocelot resultó herido durante esa
persecución...
Era cierto. El chico había recibido un impacto
agrietando la sección del costado de su armadura, pero se mantenía en pie por
sí solo, Saludó con la mano despejando cualquier temor acerca de su estado de
salud con una mirada confiada. Rómulus tenía la impresión de que Ocelot había
crecido desde la última vez que lo vio.
Cheetah carraspeó ruidosamente en un intento
de devolver el protocolo a aquel encuentro y saludó en silencio a Remus con un
cabeceo.
-
¿Dónde están Karakal y...
los demás? –preguntó Rómulus de improviso-. Están con vosotras, ¿no?. El resto
de Tigres dicen que vosotras y el grupo de Karakal son los únicos que faltan.
El silencio que se hizo a continuación
resultó molesto en extremo. Remus perdió poco a poco su sonrisa al ver la cara
de preocupación y los suspiros de Nekoi.
-
Karakal ha desaparcido
–dijo sombría Nekoi anticipandose a su sargento-. Él... Mau... y tres tisarinas
más. No sabemos dónde están.
El capitán tensó la postura y casi quedó con
la boca abierta. Ahora que ya casi la había encontrado... - ¡¿Qué?! –escupió
preso de la ira-. ¡No!. ¡¿Dónde?!.
-
No lo sabemos –le
respondió Cheetah sin variar el tono, señalando el camino por el que habían
llegado-. Creemos que antes de perder contacto con ellos estaban en aquella
dirección; rastreábamos la zona buscándoles cuando fuimos sorprendidas por los
marines de plaga. Si ellos estaban allí... es que nuestros camaradas...
Sölo en aquel momento, el silencioso
bibliotecario Virgilio pudo sentir aflicción en la sargento. Podía sentir que
su férreo carácter era una carcasa bajo la que ocultaba un gran pesar por la
pérdida de sus camaradas, que ella daba por cierta. Nekoi se mordió el labio y
bajó la vista como si tampoco tuviera esperanza de encontrarlos.
Ante aquella actitud, Rómulus se enfureció en
lo más profundo de su alma. No había viajado hasta aquel sector destruido para
que le dijeran que Mau había desaparecido, ni que estaba muerta. Había jurado
por su sangre que velaría por ella, y por Sanguinius que eso era lo que iba a
hacer. Se ajustó el casco tapando su cara de pura determinación. – Habéis dicho
que su última posición se estimaba por allí ¿no es así?.
-
Eh... sí –se sorprendió
Cheetah ante la repentina severidad del Sangriento.
-
¿Y a qué esperáis para
indicarnos el camino, sargento?. ¡Movéos!.
-
¡Pero no sabemos dónde
están!. ¡Ni siquiera sabemos si siguen vivos!, ¡y esa zona debe de estar
infestada de enemigos!.
-
Nosotros podemos
encargarnos de eso –intervino por vez primera el bibliotecario-. Si están
vivos, quizá pueda seguirles la pista.
-
¡El capitán tiene razón,
sargento! –Nekoi unió su entusiasmo a la determinación de los Sangrientos-. ¿A
qué estamos esperando?.
Remus empuñó su bólter pesado y lo amartilló
con un ruido seco. - ¡Vamos a por ellos!.
Cheetah trazó una media sonrisa y asintió con
energía. - ¡Será un honor!. ¡Vamos a recuperar a nuestros hermanos!.
Un estruendoso rugido, como un largo trueno,
les llegó desde lo alto. Todos alzaron la vista para ver cómo dos Thundehawks
descendían por una sección de cielo despejada de nubes.
-
¡Ya era hora! –se quejó
Rómulus-. Esas nubes destrozaban los instrumentos de navegación de las sondas.
-
Sí –convino Nekoi-. Por
eso tuvimos que efectuar un desembarco en cápsulas de asalto.
-
Igual que nosotros –dijo
Remus contemplando la pareja de naves-, pero parece que han encontrado un
hueco.
Las naves no hicieron maniobra alguna.
Simplemente perdieron altura a una velocidad cada vez menor hasta posarse en la
parte más plana de terreno que pudieron encontrar lanzado remolinos de basura a
su alrededor. Sin perder un momento, las bodegas de carga en forma de fauces se
abrieron hasta apoyarse en el suelo y un vehículo bajó de cada Thundehawk
resquebrajando cascotes; un Razorback y un ornamentado Rhino negro con una
estatua arrodillada encima, y acto seguido volvieron a elevarse hasta salir de
la vista por el mismo agujero de nubes.
Rómulus sonrió satisfecho. Los transportes
parecían en óptimas condiciones. - ¡En marcha!. ¡Escuadra Crasso, dentro del
Puño de Marfil!. ¡Nos adelantaremos, el resto seguidnos tan pronto como
podáis!.
-
¡Capitán, permiso para
unirme a la escuadra Crasso! –dijo Remus cuadrándose ante su hermano.
-
Concedido –respondió éste
asintiendo.
Los Sangrientos se subieron, tantos como les
fue posible, al techo de los transportes para aumetar su capacidad. Aquellos
que se encaramaron al Rhino negro lo hicieron con suma y respetuosa lentitud.
Cheetah descubrió que aquella estatua no era
tal; era un capellán ataviado con su barroca servoarmadura negra, que
permanecía inmóvil en actitud penitente aferrando su Crozius Arcanum con ambas
manos. Luego vio que Rómulus le hacía señales asomado por una de las escotillas
del otro vehículo. El bibliotecario asomaba por la otra escotilla.
-
¡Vos guiáis, sargento! –le
gritó con insistencia.
-
¡Bien!, ¡Escuadrón
Cheetah, a las motocicletas!.
FIERA ACORRALADA
El pasillo estaba sumido en la penumbra. La escasa luz
proviniente de antorchas y quemadores colgados del techo apenas sí llegaba a
iluminar las sucias baldosas.
A ambos lados del corredor, una tras otra, las celdas de
la catedral no eran sino pozos de oscuridad. Sus barrotes no eran de metal,
sino que se componían de una maraña de alguna sustacia verdosa y reseca. En el
interior de estas jaulas, los prisioneros de las fuerzas del Caos están
intranquilos. Los Tigres Nevados fueron rodeados y capturados por los adoradores
de las fuerzas del general enemigo, no sin antes haber pagado en sangre el
altísimo coste de hacer prisioneros vivos de entre los marines espaciales.
El rítmico golpeteo de unos pasos contundentes se acercó
desde la oscuridad lejana del corredor. Nephausto el No Sediento, el propio
señor del Caos responsable del asalto a aquel planeta, se dirigía a comprobar
algo de lo que sus adoradores le habían informado, pero que no podía creer. El
báculo de roñosa y nudosa madera que portaba con aire majestuoso hacía un
sonido característico al golpear el suelo de piedra. Vestía una servoarmadura
verdosa de la que surgían cuernos y colmillos por doquier, pero que no mostraba
signo alguno de corrupción salvo tres calaveras formando la marca de Nurgle
sobre su pecho. Una especie de capa negra envolvía el generador dorsal de su
armadura.
Al señor del Caos le seguían dos de sus sirvientes, uno
de los cuales era más alto aún que él y tenía una musculatura imponente bajo su
piel mortecina. Ése era Lacvediar, un peligroso fanático que una vez dirigió su
propia rebelión en un mundo imperial y ahora servía a Nephausto. La extraña
relación de casi amistad entre Lacvediar y su amo era un misterio para todos
los demás sirvientes del No Sediento.
Nephausto llegó a una celda ocupada por dos prisioneros.
Había tres más en la celda contigua, pero uno de estos estaba herido en una
pierna. Todos ellos llevaban puesta su servoarmadura, pintada a rayas azules
sobre manto blanco como el pelaje de un tigre, pero a todos se les habían
retirado las armas. Nephausto había insistido en que se les permitiera
conservar sus generadores dorsales, confiado en que las celdas impregnadas de
magia demoníaca serían capaces de contenerles.
-
¡Por los dioses,
Lacvediar! –soltó de pronto el sorprendido Nephausto al fijarse en las
facciones de los prisioneros-. ¡Tenías razón!.
-
Os lo dije, mi señor
–Lacvediar señaló con un gesto hacia la celda.
Nephausto los escrutó minuciosamente de uno en uno. –
Marines mujeres...
El paladín de Nurgle estuvo un rato viendo a las cuatro
mujeres ataviadas con armadura de marine espacial. Todas ellas le miraban con
odio, al igual que el único marine varón. Se mantenían dignas y orgullosas aún
en su cautiverio, algo que Nephausto valoraba mucho en sus prisioneros.
Le gustaba que sus víctimas conservaran el orgullo para
poder arrancárselo del cuerpo con sus enfermizas distracciones.
Desde la primera celda, un corpulento marine con cabello
y barba del color del fuego le estacó con una furiosa mirada de sus ojos de
tigre y le lanzó un insulto enseñándole los dientes en una mueca. Junto con él,
otra de aquellas mujeres marine también le transmitía su desprecio, pero fue
ésta la que más le llamó la atención. Su rostro joven irradiaba una salvaje
belleza felina.
Nephausto se detuvo. - ¡Mira a esa!, ¡apenas es una
niña! –dijo a Lacvediar.
Los siervos rieron por acompañar al tono burlón de su
señor, quien aún estaba mirándola a sus ojos azules de gata.
-
Resulta encantadora...
–afirmó ensimismado y mostrando un molesto interés.
Su visión se vió obstaculizada por el otro prisionero
cuando éste se interpuso protector entre Nephausto y la marine. – No la vas a
tocar –amenazó el Tigre.
El paladín pasó la vista rápidamente a los ojos del
marine. – No te atrevas a decirme lo que puedo o no puedo hacer...
Acto seguido adelantó su báculo. La magia negra de
Nephausto se materializó en forma de relámpagos negros que brotaron de la
madera e impactaron de lleno en el pecho del Tigre suspendiéndolo en el aire.
Con solo un gesto, el prisionero fue arrojado contra la pared con fuerza
increíble, desplomándose tras el brutal impacto que recibió en la cabeza.
-
¡Nunca! –terminó de decir
Nephausto.
La chica reaccionó de inmediato lanzándole un puñetazo a
través de los barrotes orgánicos, pero éstos se movieron como serpientes
enroscándole la muñeca antes de poder alcanzarle.
Nephausto alargó la mano y la apresó por el cuello. El
marine intentó ayudarla, pero aún estaba de rodillas, gruñendo aturdido. Cuando
tiró de ella, los barrotes se apartaron permitiéndole sacarla fuera de la celda
y acto seguido retomaron su forma para impedir que el Tigre pudiera escapar.
-
Realmente, resulta
increíble.
Nephausto miró curioso el gesto torcido de la marine
mientras, poco a poco, a obligaba a arquear la espalda manteniendo aún la otra
mano sobre su báculo. Lacvediar y el otro siervo se limitaron a sostenerla por
los brazos y hombros.
-
Mira su cara, Lacvediar,
sus ojos azules de gata. La belleza de la agonía se refleja en ella de un modo
especial, ¿no crees?. Y fíjate en cómo sigue luchando; ¡sí que tiene algo de
marine espacial después de todo!.
Los ojos de
Nephausto la soltó de inmediato, dejándola tumbada de
lado en la oscuridad del suelo del pasillo.
-
¡Mau! –gritó el Tigre de
la celda golpeando inútilmente los barrotes.
-
Mau... –susurró el
paladín-. Es un nombre precioso.
-
¡Asqueroso y podrido
traidor!, ¡te arrancaré tus negras entrañas...!
Ignorando los insultos y rugidos del resto de
prisioneros, Nephausto sólo se quedó mirando a su presa. Era muy hermosa, con
su cabello gris caído sobre el rostro como dormido.
Había algo en ella; lo había percibido en cuanto la vio.
No era su extrema juventud, sino una extraña sensación de haberla conocido
antes. Ella irradiaba un aura familiar para él. Interesado por esto, decidió
estudiarla más a fondo.
-
Lleváosla –ordenó el
paladín a sus adoradores.
Lacvediar y el otro se la llevaron a hombros de las
mazmorras entre una lluvia de improperios y escupitajos de los camaradas de
Mau.
Mau se despertó. Le dolía el cuello.
Se mantuvo inmóvil un rato más sintiendo el entorno.
Podía oler al señor del Caos cerca de ella. Olía también a viejo, a moho, a
madera húmeda y podrida, a polvo y telarañas. Oyó también una respiración lenta
y suave, y el eco que producía le indicó que se encontraba en un lugar grande.
Al abrir los ojos, Mau vio que había sido cuidadosamente
tumbada de costado sobre el altar de una catedral imperial. Sus brazaletes
armados con Cuchillas Tisarinas estaban allí, a su lado sobre la losa de
obsidiana. Las estatuas del colosal retablo parecían devolverle la mirada.
Algo más allá pudo ver al señor del Caos. Estaba en pie,
contemplado la destrucción de la ciudad a través de una vidirera destruida.
“¿Qué es lo que pretende?” se preguntó.
Pero luego olvidó aquella pregunta. Con movimientos
silenciosos que ni siquiera removieron el polvo del altar, deslizó ambos
brazaletes sobre los guantes de su armadura hasta ensamblarlos en su sitio. Se
puso en pie con la misma habilidad que un tigre al acecho, sin un solo ruido.
Ahora era el momento.
-
¡Bastardo! –le gritó con
todas sus fuerzas.
Mau cubrió la distancia entre el altar y Nephausto en un
salto, con las Garras Tisarinas dispuestas para despedazarle. Nephausto siguió
mirando al exterior como si no la hubiera oído. En el último momento, el
paladín evitó la acometida con una sorprendente voltereta hacia atrás.
Mau cayó haciendo temblar el suelo bajo el peso de su,
en comparación con la de Nephausto, ligera armadura. Acto seguido blandió sus
garras lanzando un zarpazo tras otro sobre su oponente con fugaces y hábiles
movimientos que éste detuvo empleando su báculo. El paladín apenas parecía
necesitar leves cambios de postura para detener los complejos giros de muñeca,
las patadas aéreas y los magníficos movimientos de gracia felina que convertían
a Mau en un vórtice de destrucción.
Nephausto retrocedía trazando circulos alrededor del
altar y evitando cada golpe con soberbios giros y paradas a dos manos, jugando
con su rival. – Eres una luchadora extraordianria –le dijo en mitad del
combate.
Mau entornó sus ojos de gata ajustándolos a los cambios
de luz. Calculando cuidadosamente la distancia entre ella y Nephausto, se
acercó rápidamente intentando trabarle el báculo con sus garras. Nephausto sonrió
en el interior de su casco y, previendo la inteción de
-
Extraordinaria... una
marine espacial...
El paladín la atrapó por las muñecas evitando que
aquellas garras le alcanzasen.
“Ya te tengo”, pensó Mau. Con una velocidad y agilidad
sobrenaturales, se encogió como un muelle y pateó con ambos pies el pecho de
Nephausto con toda la fuerza de su cuerpo de marine. Nephausto retrocedió
acusando el tremendo golpe.
Cuando Mau giró hacia atrás en el aire dispuesta a caer
en pie se encontró con que el paladín de Nurgle había saltado tras ella con su
capa desplegada de un modo extraño. Aún en el aire Nephausto la pateó por dos
veces con sendos movimientos de cadera, la primera en el costado y la segunda
en la sien.