LA TIGRESA Y EL ESCORPIÓN
2ª PARTE : ASTARTES HUMANUM EST
Por Aertes & Gabriel
Rómulus suspiró lentamente. Estaba en una terma, sumergido hasta la barbilla en agua templada. La estancia no era sino una gigantesca habitación con paredes de una peculiar piedra azul con vetas negras que en Baal sólo se encontraba a gran profundidad, bajo las entrañas de sus arenas de sangre. Se sumergió echándose para atrás su cabello corto y negro como el carbón.
Tras la exitosa campaña de Cralti V, el señor Dante de los Ángeles Sangrientos había recuperado la confianza en Rómulus y la 6º compañía y como primera medida les había hecho volver a la fortaleza-monasterio de Baal para esperar nuevas órdenes.
Rómulus emergió del agua como un coloso y se apoyó de espaldas en el borde de la piscina para seguir contemplando los reflejos del agua en el techo con sus ojos azules. Tras lo ocurrido en el mundo industrial de Cralti V, un descanso era lo que necesitaba pues su poderosa aunque joven mente de marine debía aceptar lo que había experimentado. Aertes; el comandante Aertes Dragmatio de la 6º Compañía, que fue quien encontró a Rómulus y su hermano Remus y los convirtió en marines espaciales, era ahora un siervo del Caos, un traidor de tiempos actuales, y ese era el acto más abominable que un marine podía cometer.
Todo comenzó durante la purga de Malevant II. Aertes lideró a su compañía en un asalto a los túneles mineros infestados de rebeldes y zombis de plaga junto a las tropas del gran inquisidor Nagash. Durante los terribles combates en la oscuridad y cercados por las estrecheces de las grutas, la compañía se escindió. Aquella fue la última vez que vieron a Aertes. Muchos Ángeles Sangrientos cayeron completamente desbordados por los zombies que surgían sin cesar de cada rincón.
Rómulus, al igual que todos, creyó que aquello había ocurrido de modo completamente fortuito, pero ahora lo veía con total claridad. Aertes lo había planeado. Les condujo a ciegas al corazón del complejo minero con la única intención de llegar hasta los caóticos para poder vender su alma a los Poderes Oscuros. Sin embargo, mientras que fue su propio comandante quien les guió hasta la ruina, fue uno a quien la inquisición llamaba traidor quien les salvó de ella. El llamado Gabriel, un bibliotecario de los Ángeles Oscuros tachado de renegado. Gabriel les encontró a tiempo de salvarles de una emboscada justo después de que Aertes desapareciera. Con sus poderes psíquicos les guió hasta el resto de Sangrientos, y permitió a Rómulus encontrar a su hermano y rescatar a su unidad de las hordas de muertos vivientes. La 6º Compañía se lo debía todo a aquel traidor.
Y fue durante la invasión de Cralti V que volvieron a encontrar a Aertes, ya al servicio del dios de la plaga Nurgle, con quien había hecho un trato para liberar su cuerpo de la Rabia Negra que hacía años le atormentaba con más fuerza que a ningún otro Sangriento. Aertes intentó atraer a Rómulus a su lado; le regaló los oídos con promesas de inmortalidad y libertad de las cadenas de la Sed de Sangre, del capítulo y del Imperio. Rómulus recordó aquello con lágrimas en sus ojos de fría piedra. Repudió a Aertes. Siempre había sentido respeto y admiración por su comandante, por su padre, pero aquello despedazó su alma con más contundencia que el más pesado de los martillos. Además, Aertes había sabido herirle en lo más hondo empleando como cebo a un miembro del capítulo matriarcal de los Tigres Nevados, alguien por quien Rómulus sentía mucho más que afecto: la joven Mau. Fue gracias a ella que logró vencer finalmente al traidor, y fue su mutuo amor lo que le salvó de la locura ahora que Aertes le había vociferado su blasfemia a la cara.
Rómulus y Mau se amaban. Dos miembros del adeptus astartes enamorados el uno del otro. Para el capítulo de Mau aquello no era algo ajeno a su idiosincrasia, pero para los Sangrientos estaba completamente prohibido amar a otros que no fuera Sanguinius y el Emperador. Por ello debían mantener su relación en secreto o ambos estarían condenados al exterminio. Sólo otro Sangriento conocía aquella situación, pero Rómulus tenía plena confianza en él ya que se trataba de su hermano de nacimiento, Remus.
Giró la cabeza vio a Remus ensayando prácticas de combate con otros marines del capítulo. Todos en las termas estaban completamente desnudos salvo por un taparrabo. Todos hombres altos, de musculatura bien cincelada y piel brillante por el sudor de la terma y el ejercicio de los combates. El caparazón negro resaltaba como una coraza llena de clavijas y conexiones inertes que perfilaba la caja torácica de cada uno de ellos. Remus trabó el brazo de su oponente, un marine de cabeza rapada y enormes hombros como montañas que debía de ser la mitad más ancho que él, se abalanzó por abajo y lo levantó sobre su espalda antes de enviarle al suelo de piedra lisa. El resto de marines aplaudieron su habilidad mientras el vencido se levantaba exigiendo una revancha.
Algo más allá, en otra de las termas, había un bibliotecario. No era Virgilio, el bibliotecario de la 6º compañía, pero se esforzó de todas formas en maximizar su percepción para saber en todo momento si le estaba leyendo la mente. No parecía que fuera así. El bibliotecario estaba sentado con las piernas cruzadas sobre el agua. La superficie no se movía a su alrededor a pesar del ocasional chapoteo que otros provocaban en el agua. Tenía los ojos cerrados, y el uso de sus poderes era perceptible por un erizamiento de los cabellos de la nuca. Rómulus pensó en Virgilio.
Tras saber que Aertes era el cabecilla de los ejércitos del Caos que invadieron Cralti V, Virgilio fue a quien informó de ese descubrimiento en primer lugar. Ni siquiera se lo había podido decir a su hermano, que aún guardaba la esperanza de encontrarle, ya que los altos mandos del capítulo ordenaron el máximo secreto en torno a aquel asunto. Si trascendía la noticia de que un Ángel Sangriento había vendido su alma al Caos con el pretexto de liberarse de la Rabia Negra, el capítulo podía enfrentarse a su disolución, incluso al exterminio, por parte de la inquisición. Por ahora, sólo Rómulus, Virgilio y los altos mandos estaban en el secreto, y así debía seguir siendo. Eso que el capítulo supiera porque Mau también lo sabía, para bien o para mal, por boca del propio Aertes.
Tras varias horas salió de la piscina con un salto. Tenía la mente mucho más despejada. Ahora estaba dispuesto para cualquier misión; incluso sintió deseos de entrar en combate cuanto antes mejor. Era un Ángel Sangriento a pleno rendimiento. Alzó los brazos y tensó cada músculo de su cuerpo hasta hacer crujir sus articulaciones. El agua resbaló por su piel con rapidez dejando un reguero en su camino hacia Remus, que ahora estaba solo practicando movimientos de la lucha del fuegorpión.
- ¡Vaya, tienes mucho mejor aspecto, Rómulus! –le dijo cuando le vio acercarse-. ¡Hasta se diría que hay vida en tus ojos!.
Rómulus rió. A pesar de ser prácticamente idéntico a él, su hermano gemelo siempre había tenido un rostro mucho más agradable y expresivo, mientras que él portaba una máscara de rígida tristeza que sólo se quitaba para estar junto a Mau.
- ¿Sabes que ese a quien acabas de dar toda una lección de combate era el sargento veterano Dholia de la 2º Compañía?.
- Sí –ahora fue Remus quien rio mientras proseguía sus lentos ejercicios-. Le falta humildad en su deber.
El bibliotecario se levantó y se dirigió a la salida caminando sobre el agua con toda normalidad. En cuanto sus pies dejaron de estar en contacto con la rígida superficie, el nivel del agua, falto del sustento que el poder del marine le proporcionaba, descendió hasta quedar sólo a la altura de la rodilla del resto de los que estaban en la piscina.
- Remus, ¿porqué no me permites ascenderte de una vez?. Mírate: das lecciones a todos los suboficiales del capítulo.
- ¿Podré emplear armas pesadas como sargento? –le cortó Remus pronunciando la pregunta como si fuera la enésima vez que la hacía.
- Sabes que el Index Astartes no lo permite.
- Exacto, y del mismo modo tú ya sabes mi respuesta.
- Pero Remus, tú podrías ser de un valor incalculable dirigiendo escuadras de armas pesadas.
- Hermano, soy el mejor artillero de la compañía, y eso es todo lo que soy: un artillero. Sin un arma pesada no soy nada; no soy tan genial como tú, capitán.
Rómulus percibió la hostilidad de su hermano aunque éste se esforzaba en disfrazarla en su combate contra un rival invisible. Suspiró, incapaz de elegir sus próximas palabras ya que conocía bien el humor de Remus cuando se ponía a la defensiva.
- ¿Cómo está tu Tigresa?.
- ¿Qué? –a Rómulus le sorprendió la pregunta por lo inapropiado del lugar. Cualquiera podría oirles.
- Ya sabes. Mau. Te pasaste dos días a su lado después de que la rescataras del líder de los marines de plaga. Y, como ésta ha sido la primera ocasión en que hemos coincidido tu y yo desde entonces, no he podido preguntarte.
- ¡Sabes que este no es el lugar, Remus! –rugió Rómulus por lo bajo.
- Me gustaría saber qué es lo que estuviste haciendo durante dos días en la nave orbital mientras el resto de nosotros barríamos la superficie del planeta en busca de los restos del enemigo. Si gozas de esos privilegios por ser el oficial al mando de la compañía, tal vez reconsidere ese ascenso.
Remus tenía una sonrisa maquiavélica. Si quería fastidiarle, había elegido el peor lugar. Rómulus esquivó un repentino puñetazo lanzado directamente a su cara.
- ¡Remus!. ¿Se puede saber qué es lo que te ocurre?. ¡Sabes bien que estuve dirigiendo las operaciones de nuestra fuerza de combate desde la nave!.
- Ocurre que he estado pensando mucho desde entonces y ardo en deseos de saber una cosa.
Remus siguió atacando a su hermano adrede con movimientos predecibles que Rómulus pudo esquivar o bloquear sin mayores problemas. Para su sorpresa, Rómulus le agarró por la muñeca y le dio un tirón a la vez que un codazo en la espalda le obligaba a alejarse varios pasos. Cuando se volvió, también su hermano estaba en posición de combate. Su expresión de medio enfado no había variado.
- ¿Qué es lo que ves en esa marine? –preguntó volviendo al ataque.
- ¿Qué? –inquirió Rómulus desviando su primer puñetazo.
- Ya sabes a qué me refiero. Has caido en la herejía, te has arriesgado a ti y a mí mismo, por no mencionar el peligro en que la has puesto a ella si lo vuestro llegara a saberse. ¿Por qué?.
Rómulus suspiró comprendiendo la pregunta. Acto seguido miró en derrendor.
- Tranquilo –dijo Remus anticipándose a sus temores-. El bibliotecario se ha ido y los demás no prestan atención.
Volvió la vista hacia Remus justo a tiempo de esquivar otro golpe. - ¡Tal vez sea porque sé que ella no me atacará a traición!.
- Hablo en serio, Rómulus. Quiero saber por qué ella es tan importante para ti. Si sigues acudiendo a verla sólo aumentarás las posibilidades de que os descubran. Tus viajes a Galatan no van a engañar al capítulo siempre. Me preocupas, hermano. Quiero saber qué ha sido de tus votos al capítulo y al Emperador.
- ¡Mis votos están intactos! –siseó Rómulus-. ¡No he renunciado a ningún juramento!.
- ¡Lo has hecho, ya que antepones a Mau a la memoria del propio Sanguinius!.
- ¡Yo honraré a Sanguinius y al Emperador hasta el fin de mis días!. ¡Lo que siento por Mau no tiene nada que ver con eso!.
- Hay quien no opina así.
- ¡No me importa lo que...!
Rómulus dejó la frase a medias.
- ¡Exacto! –dijo Remus como si hubiera descubierto un secreto oculto-. ¡No te importa lo que opine nadie acerca de vosotros dos!. ¿Qué clase de locura se ha apoderado de ti para que no te importe tu propia muerte y deshonor?.
Se detuvo al ver que su hermano dejaba de defenderse. Le estaba acuchillando con la mirada; odiándole por hacerle tales preguntas. – Dime Rómulus. ¿Qué es lo que te ha afectado de esa manera?.
- No lo se –el capitán bajó la cabeza un solo instante para luego volver a mirarle a los ojos-. Te aseguro que no lo se. A veces ni siquiera tengo nada que decirla. Sólo se que, cuando estoy a su lado, siento de veras que el Imperio es algo que merece ser protegido.
- ¿Qué estás diciendo? –Remus se acercó a a él para poder gritarle al oido sin alzar la voz-. ¿Acaso la conviertes a ella en tu única razón para luchar?.
- ¡No, claro que no! –negó Rómulus. Remus no le creyó-. Pero es difícil creer que el Imperio es merecedor de nuestra custodia cuando la práctica totalidad de las campañas que hemos realizado han sido contra rebeldes, traidores y renegados. ¡Hay traición por doquier dondequiera que se mire!.
- ¿Incluso aquí, entre las paredes de nuestra fortaleza?. ¿Acaso el capítulo no es un refugio de la traición?, ¿un motivo en sí mismo para luchar?.
Rómulus cayó durante un imperceptible instante. – Si, por supuesto –dijo al fin, pero Remus seguía sintiendo falsedad en sus palabras.
- ¡Entonces contesta de una vez! –Remus volvió a obligarle a defenderse de sus golpes-. ¿Porqué la necesitas a ella si no puede traerte más que la perdición?. ¿Es que te gustaría ser un proscrito como Gabriel?. ¿Te convertirías en proscrito por una...?
Rómulus restalló como una cobra. Su hermano no tuvo tiempo alguno de reaccionar cuando un poderoso brazo detuvo su golpe y otro se alargó hasta agarrarle por la garganta. Remus le miró a los ojos viendo con cierto alivio que no era la Rabia Negra lo que le había hecho reaccionar así.
- Cuidado con cómo te refieres a ella.
La voz de Rómulus era un siseo amenazante que no reconoció lazo de sangre alguno entre ellos. Aquello sólo sirvió para que Remus se convenciera aún más de lo que decía. Había insinuado a su hermano que era un traidor al capítulo, pero no había reaccionado más que para proteger el nombre de la Tigresa Nevada. Desvió la mirada hacia arriba, como si estudiara la sencilla arquitectura de la sala, y volvió a sus ojos.
- ¿No te he hablado de las termas de Tigrit IV?. Hay manantiales termales naturales cerca de la fortaleza de los Tigres Nevados. He visto a más mujeres de las que ninguno de los presentes habrá visto en toda su vida, y con menos ropa de la que ahora llevamos tú y yo. Cierto que resulta estimulante, pero nada que me impulsara a anteponer a ninguna de ellas a mis votos.
Sin previo aviso, Remus le torció la muñeca y le dobló el brazo a la espalda aplastándole de cara contra una columna.
- ¿Es acaso el cuerpo de Mau lo que te ofusca de esa manera?. Si es así no lo comprendo; las he visto mucho más excitantes que ella. Los Lobos Espaciales y los Cicatrices Blancas tienen concubinas pero no por ello olvidan su deber.
Rómulus montó en cólera. Su hermano le estaba llamando traidor, y si era un traidor, entonces era como el despreciable de Aertes. Lanzó un codazo hacia atrás con el otro brazo y, cuando su hermano lo detuvo, giró sobre sí mismo y Remus se vio apresado contra la columna del mismo modo que antes tenía a su hermano.
- ¡No te atrevas a hablar así de ella! –le rugió Rómulus en la oreja-. ¡Y no te atrevas a decirme que he olvidado mi deber!.
Remus empujó con su mera fuerza bruta haciendo retroceder a su hermano lo suficiente para apoyar un pie en la columna y dar un salto mortal por encima de él. Rómulus se volvió lanzando un puñetazo de revés, pero Remus le atrapó por la muñeca y le lanzó al suelo por encima del hombro. Rómulus le asestó un rodillazo en la frente apenas cayó de espaldas y rodó a un lado para levantarse de nuevo. Remus retrocedió por el golpe hasta volver a darse contra la columna.
Esta vez fue Rómulus quien atacó, lanzando una patada que sólo alcanzó la superficie de piedra azul-negra al apartarse Remus con un ágil giro. La tremenda patada había resquebrajado una de las losas aún con el pie desnudo, pero ninguno de los dos reparó en ello. Remus le agarró por los hombros, pero su rodilla fue detenida por las manos de su hermano antes de poder golpearle en el abdomen y Rómulus le respondió con un cabezazo, le tomó por la nuca y le lanzó rodando por el suelo hasta casi caer en una de las piscinas.
Sacó la pierna del agua al que había estado a punto de ir a parar y se levantó. Rómulus estaba realmente furioso con él; podía leerlo en su rostro. Y el único motivo era que había estado en un tris de insultar a Mau ante él. Eso le enfureció a él también. ¿Quién se creía su hermano que era para recibir estoicamente acusaciones de herejía y sin embargo defender a la que no era sino la causa de dicha herejía?. Los dos hermanos lucharon durante largo rato bajo la apariencia de un combate de prácticas a los ojos del resto de Ángeles Sangrientos. Ellos mismos desconocían el motivo de aquella lucha. Si bien ambos sabían que Mau tenía mucho que ver, sólo tenían claro que ya había comenzado y ahora uno de los dos había de imponerse sobre el otro.
El combate terminó de forma repentina e inesperada. Remus atrapó la pierna de su hermano cuando intentaba patearle el costado y giró para arrojarle al agua, pero Rómulus saltó y le pateó en la cara con la otra pierna haciéndole caer a él en su lugar. Remus levantó una explosión de agua con su poderoso cuerpo ante las risitas de los pocos asistentes mientras Rómulus caía casi a gatas en el suelo y se incorporaba en seguida.
Sonrió satisfecho. Aquella era una maniobra que había aprendido de Mau. Su hermano debía de conocerla ya que pasó varios meses de campaña junto a los Tigres Nevados, pero sin duda no se esperaba que él la emplearía. Vio la mancha borrosa de Remus en el fondo de la piscina, burbujeando inmóvil. Justo cuando estaba a punto de saltar en su busca, Remus emergió lentamente. Se aupó en el borde ignorando la mano que su hermano le tendía. Cuando se irguió sus ojos eran completamente rojos.
- ¡Rabia! –gritó Rómulus a dos marines cercanos.
No le dio tiempo de repetirlo. Remus le embistió con ambos puños sacándole el aire de los pulmones con una fuerza inesperada y lanzándolo cinco metros hacia atrás hasta rebotar contra la pared en un violento choque. Casi había caido de rodillas cuando Remus le dio alcance y le estampó el puño en la cara golpeándole la nuca de nuevo contra la pared. Un espumarajo surgió de su boca manchando la cara ensangrentada de su hermano.
- ¡Rabia!, ¡Rabia! –alertaba alguien-. ¡Llamad al capellán!.
Los dos marines, también quasidesnudos, inmovilizaron a Remus por los brazos. Éste no dejó de retorcerse y mirar a Rómulus con una expresión contraída que le hacía irreconocible. Sus pupilas no eran más que puntos negros entre dos pozos de sangre. Le hicieron retroceder para alejarle del capitán, que ahora sólo permanecía de rodillas porque la pared le impedía desplomarse, pero el rabioso Remus tardó sólo unos momentos en desembrazarse de ellos a cabezazos y patadas. Atrapó al marine de su derecha por el brazo y lo empleó para golpear al de la izquierda, enviándolos a los dos a la piscina de la que acababa de salir. El agudo lamento que surgió de su garganta fue audible en toda aquella zona de la fortaleza-monasterio.
Rómulus sacudió la cabeza alarmado por el aterrador grito e inmediatamente se agachó. El puño de Remus se incrustó en la piedra tras él, cosa que aprovechó para darse impulso y asestarle un cabezazo ascendente en la mandíbula seguido de un puñetazo al vientre. Los músculos de su hermano eran ahora como el metal templado; inmunes a sus golpes. Remus extrajo la mano del agujero que había abierto y rodeó el torso de Rómulus en un aplastante abrazo. Rómulus le puso ambas manos sobre la cara y empujó con toda la fuerza que pudo, pero le tenía firmemente sujeto y no consiguió hacele doblar el cuello ni un milímetro. Sintió cómo su caparazón negro crujía, cediendo poco a poco a la inconmensurable fuerza que la Rabia Negra había dado a un hermano que no parecía reconocerle. No podía respirar; emitir un quejido ahogado fue todo lo que pudo hacer mientras sentía la sangre bullendo en su cabeza, la ira expandiéndose por cada fibra de su cuerpo. Habría de herir a su hermano para quitárselo de encima y ese era un acto que cada vez le costaba menos asumir. La Rabia Negra empezaba a dominarle también a él.
Un capellán ataviado con su barroca armadura negra irrumpió como una exhalación en las termas con un búho de plumaje negro y ardientes ojos anaranjados sobre la hombrera izquierda. Su veterana percepción sólo necesitó un segundo para concienciarse de lo que ocurría y actuar en consecuencia. La calavera alada de su Crozius Arcanum se estrelló contra la nuca de Remus en un poderoso mandoble. Rómulus le agarró por los brazos; la presa había perdido fuerza, pero aún le mantuvo sujeto hasta que un segundo golpe le hizo caer en redondo. Rómulus tosió apoyando las manos en las rodillas, recobrando el aliento con ásperas, dolorosas aspiraciones. Ya había reconocido al capellán sin necesidad siquiera de fijarse en su servoarmadura. Sólo Sagos Tempestos tenía una prótesis biónica en sustitución de su mano derecha y un búho negro que le acompañaba a todas partes; y sólo unos pocos habrían reducido de aquella forma a un afectado por la Rabia Negra aún a riesgo de romperle la base del cráneo.
- Estoy bien –dijo Rómulus carraspeando.
Al alzar la vista comprobó lo que había sospechado: Sagos aún tenía su cetro en alto y estaba preparado para aplicarle el mismo tratamiento que a su hermano. Una mano enguantada le agarró por la mandíbula sin miramientos y le acercó la cara a la máscara mortuoria. Desde su hombrera derecha, el búho pareció colabrorar con el capellán en el exámen de Rómulus taladrándole con sus enormes ojos como brasas. Aquella calavera expresamente diseñada para infundir terror le escrutó durante un solo momento y luego le dejó sin la más leve muestra de respeto por su rango de capitán. El búho desvió la mirada al suelo, al inmóvil Remus que yacía en una postura extraña a los pies de ambos. La figura blindada empequeñecía a Rómulus a pesar de su físico. Los otros dos marines salieron del agua cuando un grupo de sirvientes vestidos con túnicas negras llegaba para llevarse a Remus en volandas. Sagos se fue tras ellos tan silencioso como había aparecido dejando a Rómulus apoyado contra una maltrecha columna. El pájaro no perdía de vista a Remus ni un instante.
Aquello quedó olvidado con rapidez, al igual que los otros muchos similares que se sucedían frecuentemente en la fortaleza-monasterio. Pero Rómulus se sentía culpable de aquel ataque de La Rabia. Se había encrespado por las palabras de su hermano y era tan culpable cómo él de dar comienzo a aquella pelea absurda. Durante las semanas siguientes Remus sólo se dirigió a Rómulus por obligación, y siempre tratándole de capitán o señor. Rómulus supo que su hermano culpaba a Mau de todo; creía que ella estaba envenenando su juicio. Él, por el contrario, no podía siquiera imaginar la posibilidad de que Mau fuera culpable de aquel incidente. Remus estaba excesivamente preocupado por él, o quizá por la posibilidad existente de que su honor o su vida también fueran destruidos por conocer la relación entre Rómulus y Mau, y eso le estaba amargando y haciéndole comportarse como un cretino. Eso era lo que le parecía, al menos.
Mau se había sentado sobre la camilla acolchada. Su cuerpo de marine, cubierto tan sólo por una lona azul a rayas blancas, era más fibroso que musculado, pero aún así cada uno de sus músculos tenía la fuerza de tensión de un cable de acero, y una agilidad muy superior a la de cualquier marine corriente. Movía las piernas de modo pendular, atrás y adelante, mientras esperaba jugando a reconocer el contenido de varios frascos que había cerca de ella por su olor. La apotecaria, que lucía su servoarmadura atigrada, se le acercó revisando el soporte de datos que llevaba en las manos.
- Mau –dijo tras un carraspeo inicial-. ¿Qué hiciste durante esa última campaña?.
- ¿La de Cralti V? –Mau sonrió traviesa-. ¿Combatir, quizás?.
La apotecaria frunció el ceño sin dejar de mirar la tablilla. – No hablo de eso. Hablo de cuando fuiste rescatada.
- Eh... estar con quien ya sabes... –respondió ella desviando la mirada y perdiendo de golpe toda su jocosidad.
- ¿Te tomaste lo que te dí?.
- No... en la nave de los Sangrientos no había de eso.
Mau empezó a enredarse nerviosa uno de sus mechones grises con los dedos. La apotecaria resopló negándo con la cabeza.
- Ya no sé para qué os lo damos. Sin embargo es sorprendente que haya sobrevivido.
- ¿Sobrevivido?. ¿Quién?.
Mau se olió lo que la apotecaria quería decir. Ella pareció percibir su mirada y asintió a la vez que pasaba una página de la tablilla, lo cual dejó a Mau completamente estupefacta.
- Pon aquí tu huella.
Cogió la tablilla y la leyó en un microsegundo. - ¡Espera!, ¡esto es una orden de baja!.
- Así es. Lo siento hermana, pero ya conoces las normas a seguir en estos casos.
Dejó el escrito sobre la camilla y sus ojos de gata se perdieron en el infinito. Nada en el universo podría haberla preparado para algo así. Nunca creyó que algo así podría ocurrirle a ella, pero al pasar la hoja anterior y leerla vio que los datos eran irrefutables. Puso el pulgar en la pequeña placa de cristal de la esquina inferior del soporte y lo devolvió a su propietaria aún a sabiendas de lo que ello significaba.
- Por favor, llama a Nekoi. Tengo... un recado que darle...
Mau se llevó las manos al vientre cuando la apotecaria la dejó a solas. Sonrió mordiéndose el labio por puro nerviosismo, casi temerosa de tocar su propio cuerpo. Se abrazó a sus rodillas con lágrimas en los ojos.
El tiempo pasó con lentitud en Baal. El ambiente sosegado de la fortaleza empezó a pesar sobre los hombros de Rómulus del mismo modo que cuando estaba confinado en aquella base de operaciones remota. Sin embargo, el resto de la compañía parecían estar muy ocupados. El que más Virgilio, a quien apenas sí había visto desde que llegaron. Rómulus se sentía inútil, paseando como un fantasma por los interminables corredores y los áridos desiertos del exterior y siendo requerido una y otra vez en el Librarium para amplificar detalles sobre sus batallas. Los bibliotecarios semánticos quería aprovechar la rara ocasión que era tener al oficial al mando de una compañía de combate en la fortaleza para ampliar conocimientos, pero a Rómulus le resultaba exasperante. Era un guerrero y su lugar estaba en el campo de batalla.
Por fortuna, aquellas visitas al Librarium le daban la ocasión de ver a Caronte. Caronte era el niño que Gabriel llevaba en brazos la primera vez que le encontró, durante la limpieza de los túneles de Malevant II. Fue allí donde Gabriel le rogó que protegiera al niño, pues su supervivencia era de vital importancia. Rómulus le debía demasiado para negarse, y eso le costó un disparo accidental de un comando del inquisidor Nagash en pleno corazón secundario. Una vez terminada aquela misión con Aertes desaparecido, Rómulus herido, más de la cuarta parte de la fuerza de combate muerta y un inquisidor vertiendo acusaciones en contra de ellos, Dante destinó a Rómulus y sus hombres a la base remota Sangre de Sanguinius CXII, donde Caronte, habiendo sido ocultado a los ojos de Nagash, había iniciado el proceso para convertirse en un Ángel Sangriento. Todo cuanto hiciera Nagash ahora sería inútil; Caronte era ya parte del capítulo.
Frecuentemente le veía a lo lejos, entre interminables estanterías y escaleras que llevababan a más estanterías, manuscribiendo tomos de pergamino como era el deber de todo bibliotecario semático. Los codiciarios siempre informaban de Caronte con excelencia. Virgilio le había dicho alguna vez que ascendería con rapidez en el Librarium, y al parecer tenía razón. Sin embargo el capitán también fue informado de que se negaba a hablar con nadie; sólo practicaba sus habilidades telepáticas con sus superiores, y Rómulus y Remus eran los únicos a los que se dirigía empleando la verdadera voz de su garganta, los únicos por los que mostraba algún afecto adecuado a su infantil edad.
Una vez compilada gran parte de los escritos de su última campaña, fue llamado a una capilla de reunión en donde se dio parte oficial a los altos mandos de la existencia de un nuevo señor del Caos. Virgilio fue quien hizo toda la exposición. Aqulla fue una de las pocas veces que Rómulus pudo verle, pero ni siquiera cruzaron una sola palabra. Así era mejor, pensó Rómulus.
- Se hace llamar Nephausto, el No Sediento –relató Virgilio desde el cono de luz central de la oscura sala-. No tenemos ningún registro visual claro de él. Los únicos que pudieron verle cara a cara fueron el capitán Rómulus y ciertos miembros del capítulo de los Tigres Nevados, pero ninguna de las unidades de registro de sus armaduras ha podido ser recuperada en buen estado. Lo único que tenemos es esta grabación de la armadura del hermano devastador Doruh.
Virgilio se apartó del rayo luminoso para hacer sitio a la imagen holográfica que instantes después ocupó su lugar. Era un poliedro con múltiles pantallas, cada una mostrando una imagen extraña, parecía un edificio.
- El hermano Doruh cayó durante la última defensa de importancia que llevaron a cabo las fuerzas de la 6º compañía y los Tigres Nevados. En este momento está muerto, pero por mano del Emperador el visor quedó enfocado a la cúpula de la catedral profanada. Si invertimos...
El poliedro giró hasta colocarse boca abajo y la imagen cobró nuevo sentido. En efecto, era la cúpula superior de la catedral mayor de Cralti V, una forma semiesférica gris y verde recortada contra un cielo negruzco.
- La materia verde que recubre la estructura –prosiguió el bibliotecario- es la sustancia de origen demoníaco que, como expliqué anteriormente, aisló por completo toda la catedral cuando el capitán Rómulus se adentró en ella. Lo que nos interesa es esto.
Virgilio hizo una señal al operario de la consola de mando tras él y la imagen estática adquirió movimiento, pero no sonido. Las nubes grisáceas se movieron en el cielo, disipándose cada vez más, y se sucedían estallidos de luz y tierra en el límite del campo visual de la imagen. De repente la cúpula estalló enviando cristales y fragmentos de la costra verde en todas direcciones y algo surgió del interior bratiendo dos grandes alas negras. La imagen era muy deficiente y sólo se podía ver una masa borrosa alejarse por los aires.
- Esta grabación no nos aporta nada por sí misma pero con ella y la descripción del capitán y de los Tigres hemos creado un retrato aproximado de Nephausto.
El polihedro desapareció y dejó paso a la imagen tridimensional de un marine del Caos a tamaño real. Rómulus vio que los visiosiervos habían hecho un gran trabajo reconstruyendo la imagen del traidor Aertes según sus indicaciones. Por supuesto, les había mentido diciéndoles que en ningún momento pudo verle la cara a causa de su casco. El mismo Virgilio fue quien le ordenó mentir a ese respecto, lo cual inquietó a Rómulus ya que se suponía que él era quien daba las órdenes. La imagen era tal y como recordaba; una figura alta, más alta que Virgilio, con una servoarmadura verdosa erizada de cuernos, una capa negra envolviendo su generador dorsal y un báculo de madera tosca y retorcida en la mano.
- Las tres calaveras agrupadas en triángulo sobre su coraza –el bibliotecario señaló en la imagen- y la naturaleza de los marines traidores que están a sus órdenes nos indican que este nuevo enemigo es un devoto servidor del impío demonio Nurgle. Sin embargo escapa a nuestro conocimiento cómo ha podido surgir tan de improviso un señor del Caos del poder de Nephausto sin que se tengan registros anteriores de sus movimientos.
Virgilio siguió hablando durante horas, relatando cada detalle de la batalla por la catedral y haciendo incapié de la importancia de detener lo antes posible aquella nueva amenaza. Hizo escasa mención a la incalculable ayuda que les prestaron los Tigres Nevados, sin la cual era provable que no hubieran salido de aquel lugar con vida. Cuando la reunión terminó Rómulus no había sido requerido para responder a ninguna pregunta; había estado allí sólo como un adorno, a su parecer. Mientras volvía hacia el exterior de la fortaleza, donde se encontraba antes de ser llamado, pensó que los altos mandos quizá habían advertido al resto de los presentes de la reunión que no hicieran ninguna pregunta para mantener el mayor secretismo posible alrededor de Nephausto y de su pasado.
Algunos días más tarde la 6º compañía fue puesta sobre aviso. El capitán fue informado de nuevos ataques por parte de fuerzas el Caos en el sector Cralti. Cuando llegara la próxima nave de suministros a Baal, la 6º compañía al completo se abastecería y esperaría la orden de partir.
El carguero era realmente grande, de unas seis o siete veces del tamaño de una Thunderhawk. Aterrizó en las pistas de ala norte como una ballena posándose en un fondo marino, pesada y torpe.
Rómulus se sintió obligado a acudir a las pistas y observar cómo los siervos y neófitos descargaban contenedores de carga en forma de ataúd y otros del tamaño de Rhinos, ya que su llegada significaba que su marcha era inminente. En poco tiempo se estableció una especie de cadena humana: los mimebros del capítulo iban y venían del rojizo vientre de la nave, sacando su cargamento y volviendo a por más en un ciclo casi mecánico, entrando y saliendo de las sombras de la nave y del muelle de carga adosado a la estructura de la fortaleza. El sol estaba en lo más alto, en la hora en la que el cielo rojo de Baal brillaba con tal intensidad que diríase que el planeta entero estaba cubierto por un manto de fuego.
No hacía viento, y Rómulus no atisbó ninguna señal de tormenta de modo que se encaminó hacia el desierto. Se sentía extrañamente atraido por la profundidad de los desiertos de su mundo. Paseando por ellos encontraba una extraña y cálida paz. El viento acariciaba su rostro cuando a cualquier humano normal se lo habría agrietado en cuestión de minutos. El sol, capaz de resecar incluso los cactus rojos que crecían débiles, le cubría con un agradable manto de calor mientras su piel se oscurecía en respuesta. A lo lejos pudo distinguir las estrañas formas de roca de las montañas Concata que las tormentas de arena habían esculpido a lo largo de miles de años.
Apenas se había alejado cincuenta pasos de las pistas de aterrizaje cuando oyó algo que no había oído desde hacía mucho tiempo, algo que era lo último que esperaba oír en Baal.
- ¡Capitán Rómulus!, ¡Capitán!.
Era una voz femenina. Una voz jovial que Rómulus conocía bien.
- ¡Nekoi! –exclamó al volverse, dejando que su pensamiento fluyera por sus labios.
Nekoi de los Tigres Nevados, en su armadura blanca a rayas azules, que ahora ofrecía un brillante contraste con el entorno rojo del desierto, venía corriendo hacia él. Su cabello rubio se le vino hacia atrás por la sorprendente velocidad que llevaba aunque no daba la impresión de estar dando más que una leve carrera.
- ¿Qué estás haciendo aquí? –inquirió el capitán devolviendo la mirada de sus ojos color miel.
Ella respiró hondo un par de veces. El ambiente tórrido de Baal supuso un contraste que su cuerpo tardó unos momentos en asimilar. Al instante se recuperó por completo, recuperando su aspecto radiante como una de aquellas rosas de las nieves de Tigrit IV.
- Traigo un mensaje para vos –dijo ella apresuradamente-. ¿Podemos hablar aquí?.
Rómulus miró hacia el muelle de carga. Las huellas de Nekoi salían directamente de la pista de rococemento, apuntando directamente a la recien llegada nave. Sería mejor que no permanecieran demasiado tiempo donde demasiada gente pudiera verles.
- Ven conmigo –respondió tras unos momentos encaminándose a la fortaleza-. ¿Cómo vienes en una nave de carga?.
Nekoi le respondió mientras le seguía enseñándole un pergamino con una sonrisa maliciosa. Se parecía a los pasajes que él y Remus habían empleado alguna vez para ir a pasar su semana de descanso en el mundo de recreo de Galatan. – El piloto de la nave no pudo poner reparos para traerme, y un de los neófitos que están sacando la carga me dijo por dónde te había visto.
Ambos entraron por una compuerta lateral en la gran fortaleza-monasterio. Sólo unos ojos les vieron. El capitán no sabía que desde hacía varias semanas alguien le había estado siguiendo como un chacal al acecho durante su constante vagar a la espera de órdenes. Unos ojos azules como los de Rómulus se entrecerraron de rabia.
Apenas entraron en uno de aquellos grandes corredores, Rómulus condujo a Nekoi al interior de una sala de guardia. Era un lugar no muy amplio, pero que sabía que estaría desocupado.
- ¿Y bien?. ¿Qué es lo que ocurre?.
Se temió lo peor. Cada vez que Nekoi contactaba con él solía darle malas noticias, y el presentarse ella misma allí, en Baal, no podía ser nada bueno. Nekoi suspiró mirando a un lado y a otro. La sala era un sencillo centro de monitorización. Había paneles llenos de pantallas por toda una pared y varias consolas con aspecto de ser unidades de control de los sistemas automatizados de defensa, pero allí no había entrado nadie en mucho tiempo. Ni siquiera tenían aspecto de funcionar.
- Bien. pero ante todo no os alteréis, ¿si?.
La entonación de infantil inocencia no había desaparecido de su voz, lo cual alivió por una parte a Rómulus, pero le inquietó por otra.
- ¿Por qué?, ¿qué es lo que te ha traido hasta aquí?.
- Em... Mau está recluida en Tigrit IV. De hecho, la han internado en la fortaleza principal...
- ¿Qué? –Rómulus se alertó durante un momento, pero luego recordó que en Tigrit IV no había de mantener lo suyo en secreto, por lo que no podía ser que la hubieran descubierto-. ¿Por qué?, ¿qué le ha pasado?.
Nekoi se mostró indecisa. Estaba buscando el modo de decir lo que tenía que decir, pero se sentía apabullada por la misma noticia. Rómulus se impacientó.
- ¡Nekoi, contesta! –la garró por las hombreras de su armadura, mucho más pequeñas que las suyas-. ¿Qué ocurre con Mau?.
En aquel momento Nekoi parecía tan indefensa como una niña en las manos del cada vez más nervioso Rómulus. Desvió la mirada de sus ojos para seguir hablando. – Ehm... es algo relacionado con vos, capitán... relacionado con... ¿recuerda lo que hicieron los dos cuando se llevó a Mau a la nave orbital para dirigir desde allí a vuestro ejército?.
Rómulus se apartó un poco de ella sin soltarla aún. Lo recordaba muy bien. Había sido la última vez que había estado con Mau. Cuando las Thunderhawk se llevaron a los heridos al crucero espacial, después de haber recuperado la catedral, él volvió también a la nave con el pretexto de dirigir desde la órbita los siguientes movimientos de la compañía. En realidad había vuelto porque no quiso separarse de Mau hasta estar seguro de que se recuperaría del combate que ambos sostuvieron con Aertes. Estuvo velándola durante todo el tiempo que estuvo inconsciente y, cuando se recuperó, ya no pudo moverse de su lado.
- Lo recuerdo –contestó bajando la cabeza en una especie de velada advertencia-. ¿Por qué es importante eso?.
- Porque ahora ella lleva en su interior el fruto de vuestra relación –Nekoi sonrió de repente-. ¡Felicidades, capitán!. ¡Váis a ser padre con la bendición de nuestras damas de las nieves!.
Rómulus abrió los ojos como platos. Retrocedió un rápido paso como si hubiera recibido un golpe y se dio de espaldas contra una de las consolas haciendo mucho ruido. Sus labios se movieron, pero ninguna palabra brotó de ellos. Nekoi se sorprendió un poco de su reacción. Se había esperado algo parecido puesto que comprendía que, si bien una noticia como esa era acogida con júbilo entre los Tigres Nevados, para Rómulus debía de ser algo completamente nuevo. La sonrisa se diluyó en su rostro, pero no desapareció. Rómulus estuvo varios minutos llevándose las manos a la cabeza, mirando en todas direcciones y de nuevo aferrándose la frente.
- ¿Dices que ella va a... que está... embarazada? –logró articular.
Ella asintió amplificando su sonrisa de nuevo ante lo irreverente de la pregunta.
- ¡Emperador bendito!. Yo... ¡voy a ser padre...!
Nekoi encogió los hombros y entrelazó las manos esperando a ver la evolución del Capitán. Éste aumentó su nerviosismo de repente.
- ¿Pero cómo está ella?, ¿está bien?.
- Sí, perfectamente. Las apotecarias siguen su evolución de forma constante. Es para eso que la han llevado a la fortaleza principal.
Suspiró aliviado, doblándose sobre sí mismo y casi sentándose en la consola que acababa de aplastar. permaneció con la mirada al suelo como si estuviera perdido y no supiera adónde ir – Por los dioses de Baal, esto me sobrepasa. Ni siqueira me está permitido estar con ella y ahora... un hijo.
- No os preocupéis, capitán. Nosotros cuidaremos de que nada se descubra. Nadie tiene porqué saber que el niño es vuestro –ahora Nekoi adoptó un gesto de traviesa complicidad.
- No me preocupo por eso. Sé que ella... ellos... están a salvo con vosotros. Pero no podía imaginar nada parecido a esto. Yo, padre de un niño.
- Así es –Nekoi le puso una mano sobre el hombro-.Y ahora nos han puesto al corriente de que dentro de poco volveremos al sistema Cralti para volver a luchar juntos. Karakal recomienda que primero la 6º compañía se reúna con nuestras fuerzas en Tigrit IV para planear nuestros siguientes movimientos.
Rómulus sonrió por fin, comprendiendo la buena intención de Karakal al reclamarle en Tigrit IV. – Karakal –repitió riendo entre dientes-, ese viejo tigre...
Nekoi hizo suya la felicidad de Rómulus acompañándole con una risa cantarina. Rómulus alzó la cabeza y la miró a los ojos, como si hubiera recordado que ella también estaba allí con él.
- ¿Has venido hasta aquí solo para decírmelo?.
Ella asintió. Rómulus se levantó de su improvisado asiento y volvió a tomarla por el hombro, pero de un modo mucho más suave que antes. Antes de poder imaginarse la siguiente acción del capitán, Nekoi sintió un beso amistoso en su mejilla.
- Gracias, Nekoi.
Se sorprendió. No se lo esperaba de Rómulus. Pero en aquel momento experimentó un atisbo del amor que el capitán le profesaba a Mau y eso la hizo sentirse muy especial.
- Gracias a ti –respondió sonriendo coqueta. Acto seguido se llevó la mano a la boca- ¡digo... a vos!, que hicísteis feliz a Mau. Ahora iré a la nave de carga para transmitir a Karakal, avisándole de que iremos hacia allí, ¿si?.
- Desde luego –ahora Rómulus sonreía alegremente-. Pero volverás con nosotros, supongo. ¡No quiero ni preguntar cómo has conseguido ese salvoconducto!.
- Eso es secreto. No te preocupes, encontraré el camino hasta la nave.
Nekoi le dedicó una última sonrisa de pícara y desapareció por la puerta. Rómulus se quedó allí solo un rato más, terminando de asimilar todo aquello. Era la primera vez que oía hablar de algo parecido: un Ángel Sangriento padre de una criatura. Un hijo de marines espaciales. Sería un ferviente servidor del imperio, se dijo autoimponiéndose esa misión. Pero ahora debía tener más cuidado que nunca. Supo que no le sería fácil apartar de su mente esa sensación de orgullo que ahora le inundaba y que fácilmente le delataría a ojos de un psíquico hábil. Por el mismo motivo decidió no decírselo a Remus. Había causado demasiados problemas a su hermano como para aumentar la carga que ya tenía que soportar.
El gigantesco crucero estelar surcó silencioso el inmenso y vacío mar del espacio. Atrás quedaba la esfera roja de Baal; por delante, una nueva campaña, la razón de ser de todo marine espacial. Esta vez la 6º compañía contaba con muchos más efectivos. El paladín sangriento Manphred, los exterminadores del sargento Marcus, los motoristas del sargento Messor, los marines de asalto de Duvald y un Predator modelo Baal, el Filo de Arena, se habían unido a la habitual fueza compuesta por las escuadras tácticas Crasso y Méranis, los exploradores de Karpla y Malenko, el Dreadnought Fulventos, el capellán Sagos, el Razorback Puño de Marfil y el Rhino Nefasturris.
Rómulus estaba en los camarotes para oficiales de la cubierta 12, donde había alojado también a Nekoi como huésped de honor de la compañía. El resto de Ángeles Sangrientos se mostraban reservados con Nekoi y evitaban encontrarse con ella, siempre dedicados a sus quehaceres con plena devoción, de modo que la mayoría de sus paseos por los corredores y enormes salas llenas de incomprensible maquinaria y trabajadores mugrientos, la mayoría presos que expiaban así sus delitos contra el imperio, había de darlos sola o en compañía de Rómulus. La única excepción era el paladín Manphred, que se mostraba curioso acerca de los orígenes del capítulo de los Tigres Nevados y mantuvo largas conversaciones con ella al respecto, pero Nekoi no era especialmente ducha en tales conocimientos y las conversaciones solían desviarse a otros campos como estrategia o armamento. Manphred tenía el peculiar hábito de mantenerse siempre alejado de ella aun cuando estaban conversando, pero la única vez que ella se lo hizo notar el paladín rechazó hablar de ello.
Nekoi también pasó mucho tiempo hablando con el capitán acerca de las costumbres de su capítulo, principalmente para los neonatos. Ahora Mau habría de pasar los próximos meses recluida en una celda con la única visita de las apotecarias. No se permitía ningún otro visitante, pero dio a entender que harían una excepción con Rómulus.
Los camarotes en los que Rómulus la había instalado, anexos a los suyos, eran inmensos, muy lejanos de la idea sencilla y espartana que se había hecho de ellos en un principio. Estancias de altísimos techos decorados con frescos de Ángeles Sangrientos en plena batalla, mobiliarios de madera noble finamente trabajados y alfombras de bellos e intrincados diseños. Pero lo más exquisito eran las esculturas que adornaban cada esquina; magníficas reproducciones policromadas que sólo necesitaban hablar para ser confundidas con hombres o ángeles.
Ahora estaba sentada junto al capitán en lo que debía de ser una sala de reuniones con forma esférica. Había una enorme mesa holográfica en el centro con la que Rómulus estaba estudiando planos estelares del sistema Cralti.
La puerta se abrió de golpe y Remus entró en la sala a zancadas sin importarle que fuera un marine raso invadiendo territorio de oficiales.
- ¡Remus! –se sorprendió el capitán levantándose de la mesa.
Nekoi se apartó de la ventana desde la que había estado contemplado las estrellas y se acercó a él con un saludo a punto de salirle de la boca.
- ¿Qué significa esto, hermano? –inquirió Remus con enfado entrecortando a Nekoi-. ¡Dicen que nos dirigimos a Tigrit IV!.
Rómulus pasó por alto toda aquella falta de respeto a un superior y se limitó a responder a la pregunta con el tono aséptico y objetivo de un oficial. – Así es. Nos reuniremos con los Tigres Nevados antes de volver a Cralti.
- ¿De quién ha sido esa idea? –Remus desvió la mirada hacia Nekoi durante un solo instante-. ¿Es que estás loco?, ¿no te basta ya con verla furtivamente que inventas excusas oficiales para visitarla en la propia fortaleza de su capítulo?. ¿Qué crees que hará Virgilio allí sino vigilarte?.
- Virgilio fue reclamado en el Librárium antes de nuestra partida. No está a bordo de esta nave, ni vendrá con nosotros a la campaña.
- ¡Vaya!, ¡te las has arreglado para librarte de él!.
- ¡Hey, Remus, calma! –Nekoi se interpuso entre ellos dos buscando desesperadamente la mirada del artillero-. Rómulus no hace nada malo.
- ¿No hace nada malo? –Remus bajó la vista hasta Nekoi y se encrespó aún más-. ¡Ha puesto su vida y la mía propia en peligro mortal!. ¡Aunque me hiciera caso de una vez y dejara de verla, algún psíquico podría extraerle su recuerdo y condenarnos a todos!. ¡Y ni siquiera harán falta psíquicos!, ¡cualquiera que les vea juntos puede sospechar...!
- ¡No! –negó ella enfadándose a su vez-. ¡No puede ser malo que dos marines, dos paladines de la humanidad, se demuestren el uno al otro su lado humano!. ¡Ni tampoco que den al Imperio una nueva vida que luchará con su misma devoción!.
- ¿Qué?, ¿de qué nueva vida estás hablando?.
Nekoi se tapó la boca con ambas manos consciente de que, en su afán por defender a Rómulus y Mau, acababa de cometer un terrible error. Ante la mirada desconcertada de Remus, su hermano tomó la palabra haciendo a un lado a la chica con suavidad.
- Mau lleva ahora a mi hijo en sus entrañas, hermano –dijo el capitán.
- Tu hijo –Remus bajó la cabeza mirándole justo por debajo de las cejas-. Dices que... que ella... ¡Esto es grandioso!, ¡sencillamente grandioso!. ¡¿Es que estás completamente loco?!.
- No ocurrirá nada –intervino Nekoi con mucha más prudencia-. Nadie que no queramos sabrá que es de Rómulus.
- Espera... espera Rómulus, ¿estás seguro de que es tuyo?. ¡Vete a saber con cuántos más a estado Mau!. ¡Puede...!
Rómulus se plantó ante su hermano de una zancada e hizo chocar su frente contra la de él. Era como ver a alguien pegado a un espejo. – ¡Te he advertido que cuides el modo en que hablas de ella! –le gritó a la cara.
Remus se matuvo firme apretando cada vez más la mandíbula. Más que defender sus palabras, parecía haber estado buscando la excusa para enzarzarse en una nueva pelea con su hermano y estar a punto de encontrarla. El silencio que se hizo a continuación era frío y amenazante como el espacio del exterior de la ventana.
- ¡Ya basta, los dos!.
Los gemelos volvieron la cabeza hacia Nekoi con idéntica expresión, una expresión que la agredía por inmiscuirse. Durante un momento, ella misma se replanteó callarse y salir de allí, pero se decidió a continuar procurando parecer tan furiosa como ellos.
- ¡Remus, Mau le es completamente fiel a Rómulus!. ¡Lo que a ti te pasa es que estás celoso de tu hermano!.
El artillero encogió el ojo izquierdo. – ¿Celoso de él?.
- ¡Sï, estás celoso porque él ha encontrado a alguien y tú no!. ¿Acaso me equivoco?.
Remus se encaró otra vez con el capitán. El argumento de Nekoi le pareció tan infantil y absurdo que casi le hizo gracia que ella fuera una marine espacial. Se vio reflejado en los ojos azules de su hermano y, al ver que su rostro era idéntico al suyo, por primera vez en su vida sintió disgusto. – Estáis todos locos.
Dicho esto se dirigió hacia la puerta.
- ¡No, Remus, por favor! –rogó Nekoi cogiéndole de la mano e impidiéndole salir-. ¡No estamos locos, escúchame!.
Remus se volvió con un puño preparado para estrellarse en la cara de la marine.
- ¡Remus...! –empezó a quejarse su hermano dando un paso hacia él.
- Adelante, hazlo...
Nekoi no hizo ademán alguno de defenderse. Sus ojos ni siquiera parpadearon, ni se desviaron de los del artillero para ver el sólido puño que amenazaba como la cola de un escorpión.
- Vamos, Remus. Golpéame. Libera tu furia.
Remus encogió el puño un instante, pero se detuvo al ver que Nekoi se sobresaltaba. Nekoi no tenía la culpa de aquello, ella, al igual que él, se había visto mezclada sin poder evitarlo. Que ella sí lo aceptara no era motivo para guardarla rencor. Se relajó mirando al verdadero culpable, que permanecía allí de pie a la espera de su reacción. Seguro que se temía que le volviera a afectar la Rabia Negra, un temor que en aquel momento debía de ser la única cosa que compartía con su hermano.
- Remus –Nekoi le acarició la mano con un áspero raspar entre metales-, tu hermano va a tener a su hijo contra los dictámentes de vuestro capítulo. Ahora te necesita más que nunca y así sólo le haces daño.
Separó la mano de las de ella. Sin delicadeza ni brusquedad. Nekoi no intentó retenerle. – El daño ya se lo ha hecho él mismo. Ahora yo sólo puedo intentar que no se lo haga a nadie más de la compañía, ni del capítulo.
Remus se marchó dejando una escasa sensación de culpabilidad sobre la frente de Rómulus. El capitán caminó lentamente y cerró la puerta que había quedado abierta. Al volverse sintió más que vio la desolación de Nekoi y apoyó una mano en su hombro en silencioso agradecimiento por su intento de apaciguar a Remus. Ella asintió y se quedó mirando al suelo.
- A Remus le resulta imposible aceptar esta situación –se disculpó el capitán-. Desde nuestra iniciación en el capítulo mis insubordinaciones nos han costado a ambos más de una absolución. Ahora es mucho más grave. Si me descubrieran sería mi muerte inmediata y los Ángeles Sangrientos podrían entrar en conflicto con los Tigres Nevados acusándoles de hacerme caer en la herejía. Y nada de lo que yo dijera les convencería de lo contrario.
Nekoi se quedó rígida, sin saber qué decir o hacer. Delatar lo del hijo de Rómulus había sido una estupidez y lo sabía. Rómulus se dirigió de vuelta a la holomesa.
- Será mejor evitar a Remus durante un tiempo –recomendó el capitán al sentarse-. Es algo que me hace pensar: me prepararon para enfrentarme a cualquier situación de combate, pero no para enfrentarme a mi propia humanidad. Nuestra humanidad la inhibimos bajo la disciplina y el entrenamiento, pero cuando me plantó cara, no pude sino doblegarme.
- A nosotros nos enseñan a aceptar nuestra humanidad, y a vivir con ella –respondió ella en un susurro.
Rómulus meditó un momento y luego encendió la holopantalla sin mucha predisposición a continuar con su análisis. Tal vez, pensó, lo que percibía en los Tigres Nevados como inocencia no era sino la parte humana que a los Ángeles Sangrientos les era arrancada para endurecer sus mentes ante los peligros que les aguardaban y los envites de la Rabia Negra. Pero esa parte humana que había resurgido en él no podía ser herética ni blasfema; negó por completo esa idea puesto que era parte de él mismo y él nunca sería ningún hereje, ni un traidor al Imperio. Sólo era humano.
La fortaleza de los Tigres Nevados apareció por fin a la vista tras la última de un mar de montañas escarpadas y cubiertas de nieve. La Thunderhawk roja realizó un lento giro de aproximación mientras el piloto se identificaba y solicitaba permiso para aterrizar, dando así tiempo a su pasaje de contemplar la fortaleza a través de los monitores. En comparación con la fortaleza-monasterio de la que había partido aquella misma nave, el complejo era mucho menos extenso. No daba la impresión de ser suficiente para albergar a la totalidad del capítulo, por lo que debían de haber más fortalezas. Se erguía en medio de un inmenso valle blanco, apenas unas pocas estructuras trapezoidales que parecían enormes versiones de las tiendas de tela que habían visto al sobrevolar algunos poblados indígenas. La superficie de los edificios, así como las murallas que los cercaban, tenían un aspecto liso y puro como la misma nieve que lo rodeaba hasta donde alcanzaba la vista. Todo parecía tranquilo; aquel lugar invitaba a los visitantes con su quietud y armonía. Incluso podían distinguirse chimeneas de piedra aflorando de los costados inclinados de los edificios.
La nave aterrizó en una pista situada entre dos de los edificios más grandes. La primera figura que descendió por la rampa fue el mismo Rómulus seguido de cerca por Nekoi. Tras ellos bajó una pequeña comitiva a modo de guardia de honor formada por el capellán Sagos, quien no estaba allí para observar el protocolo precisamente, el paladín Manphred y los sargentos Marcus, Crasso, Duvald y Dálcabo. Remus fue el último en abandonar la nave. Había insistido al capitán en que se le permitiera acompañarle ya que había sostenido más contacto con los Tigres Nevados que ningún otro hombre de la compañía. Rómulus aceptó a regañadientes, dada que su conducta había sido muy cuestionable en los últimos meses. Se reunieron al pie de la rampa, todos llevando sus cascos bajo el brazo.
Crasso bajó la rampa cojeando ligeramente. El implante cibernético respondía con más lentitud de lo que el sargento estaba acostumbrado, pero le servía bien después de que un cuchillo de plaga obligara a los sacerdotes sangrientos a amputarle la pierna derecha. Tras él venía Duvald, con una cresta de cabello castaño cruzándole la cabeza por la mitad. Duvald era sargento de una escuadra de asalto, pero no llevaba los retrorreactores en aquel momento.
Manphred era especialmente alto. Su armadura negra de paladín del Emperador se alzaba media cabeza por encima del resto de Sangrientos y estaba decorada con joyas rojas y relieves de laureles. De su cinto colgaban dos espadas sierra de riquísima factura. Relucían pálidamente como la plata en medio de un aura de antigüedad y poder. Llevaba la cabeza rapada y le faltaba la oreja izquierda a juzgar por el implante en forma de rejilla que ocupaba su lugar. El aire aniñado de su rostro no podría haberse ocultado ni con la más feroz de las expresiones. Caminaba alejado del resto de Sangrientos, manteniendo siempre un par de metros entre él y los demás como si huyera de su proximidad.
Sagos, por el contrario, tenía un aspecto consumido. Los pómulos se marcaban claramente en su cara, sus labios eran escasos y estaban agrietados como si tuviera la manía de mordérselos, y cuando giró la cabeza pudo percibirse una enorme cicatriz entre los canosos mechones de su cabello. Su inseparable búho venía posado sobre su generador dorsal, pero no hizo ningún ademán de alzar el vuelo; su instinto animal parecía no existir, tenía una mirada calculadora e inquietante.
Cuando el grupo alzó la vista, fue consciente del engaño óptico por el que acababan de pasar. Los edificios que desde el aire les habían parecido pequeños se alzaban ante ellos como montañas. Rómulus y Remus ya estaban acostumbrados a aquel efecto y Sagos no prestó la suficiente atención, pero el resto quedaron claramente impresionados.
A su encuentro vino un pequeño comité de recepción de marines en la servoarmadura blanca de los Tigres encabezado por un hombre que rivalizaba en altura con Manphred y cuyo tamaño resultaba tan atemorizante como el de la armadura de exterminador que portaba Marcus. Karakal, el colosal Tigre de Fuego, se mesó su cabello y barba rojizos.
- Karakal... –saludó Rómulus dejando que él dijera las siguientes palabras.
- Hola, muchacho –respondió estrechándole los hombros con su gran fuerza-. Me alegro de volver a verte. Saludos a todos.
La voz de Karakal era un grave y contínuo rugido cargado de afabilidad. Su rostro portaba la misma simpatía, pero era perfectamente capaz de cambiar a un gesto feroz capaz de atemorizar a cualquiera de los presentes. Los Sangrientos, concretamente Manphred, Marcus y Duvald, alzaron las cejas al no estar acostumbrados a un comportamiento tan informal.
- Lamento haber tenido que enviar a Nekoi de un modo tan poco ortodoxo, pero el tiempo apremia ¿no es así?.
Con aquella frase Karakal disipó las dudas que pudieran existir entre los Sangrientos sobre la presencia de la Tigresa Nevada en Baal y a bordo del crucero del capítulo. Una mirada de complicidad cruzó los ojos amarillos del Tigre de Fuego.
- Bien... Karakal, te presento a Manphred Ironblood, paladín del Emperador de la 6º, compañía; el sargento exterminador Marcus Hengsk y el sargento Duvald Maedalus, al mando de nuestra sección de asalto.
- Es un honor –afirmó Manphred estrechándole la mano-. He oído cosas fascinantes de vosotros.
- Sí, supongo que así las llamarían fuera de aquí –Karakal les devolvió el gesto con los carrillos hinchados por una sonrisa-. ¿Dónde está Remus?. ¡Estás ahí!, ¿es que no vas a saludar a tus excamaradas?.
- Hola, Karakal –Remus se adelantó desde el último lugar y recibió el apretón de manos con una sonrisa forzada.
- Tienes buen aspecto. ¿Aún eres tan bueno disparando?.
- Haz la prueba –Remus sonrió por primera vez en muchas semanas.
Con una carcajada que hizo temblar la propia tierra, Karakal cogió el bólter de uno de los Tigres y se lo arrojó a Remus, quien lo atrapó por la empuñadura al vuelo y buscó de inmediato un objetivo. No lo encontró con la vista, sino con el oído. Un halcón de las nieves chilló a setenta metros por encima de sus cabezas. Remus apuntó recitando una plegaria al espíritu del arma para que le permitiera utilizarla. Los Tigres Nevados y la propia Nekoi estuvieron en un tris de impedirle disparar contra el ave, pero Karakal les detuvo con un gesto. Los Sangrientos enseñaron los dientes, confiados de la probada pericia de Remus con las armas de fuego. Tres disparos resonaron por el valle y tres casquillos cayeron fundiendo la nieve a su alrededor. El halcón se alejó ileso tomando cada vez más velocidad, pero los ojos de marine de los presentes distinguieron tres plumas de la cola que descendían empujadas por el viento. Karakal alzó los brazos atronando con sus risotadas, que esta vez fueron acompañadas por las del resto de Tigres y algunos de los Sangrientos.
En la sala de estrategia a la que les hicieron pasar poco después Karakal cambió su semblante amigable por otro mucho más atento y adecuado a las circunstancias. La holomesa, de un diseño distinto a las que Rómulus estaba acostumbrado a manejar, era lo más sofisticado que había en la sala. Había sillones de madera, que nadie empleó, y una crepitante chimenea construida de forma primitiva; con piedras y una especie de argamasa. Toda la fortaleza tenía un aspecto muy hogareño; incluso había una estantería con varios frascos junto a la chimenea cuya función en una sala de estrategia ninguno de los Sangrientos pudo comprender.
Allí se habían reunido con los Sangrientos tres de los oficiales de la 3º compañía de los Tigres nevados que les acompañarían a Cralti. La sargento Cheetah, al mando de la sección de motoristas, estaba allí, con la cara tapada como de costumbre tras un embozo atigrado que únicamente permitía ver sus ojos de esmeralda. A su lado estaban dos de las oficiales que Rómulus sólo conocía de vista, de cuando acompañaban a Mau en Galatan durante su semana de reposo, pero no habían participado en la anterior lucha por Cralti V. La que se presentó como capitana Panter tenía unos ojos verdes que infundían respeto. Se recogía su melena rojiza en una coleta trenzada pero tenía un aspecto mucho menos juvenil que la mayoría de Tigresas Nevadas; por el contrario, su rostro era duro, alargado y poco amistoso y daba la impresión de estar deseando acabar con aquello cuanto antes. La otra era la sargento Tigrit, líder de un grupo de guerreras equipadas para el asalto con retrorreactores. Ella misma llevaba su equipo retrroreactor acoplado a la servoarmadura, dispuesta para entrar en acción en cualquier momento. Tigrit era claramente una veterana de los campos de batalla, una mujer curtida por la experiencia y adiestrada por la misma guerra. Se había cortado su cabello rubio muy corto. Sus ardientes ojos anaranjados pasaban de una proyección holográfica a otra, asimilando rápidamente toda la información expuesta sobre el sistema planetario de Cralti y el mundo de Cralti IX, a donde debían dirigirse.
Conforme pasó el tiempo Rómulus se impacientó más y más. Ardía en deseos de ver a Mau, pero primero habían de salvar las apariencias trazando un primer plan de aproximación a Cralti. Karakal, que sabía bien de aquello, apresuró las planificaciones para darle la oportunidad de visitarla.
Mau pasó otra página del manuscrito y tomó otro sorbo del chocolate tigrino que se había preparado. Estaba tranquila ahora, tarareando una de las muchas caniones que conocía, cada una narrando una historia distinta. La celda en la que llevababa ya varias semanas tenía un aspecto acogedor. Allí no tenía conocimiento alguno de lo que ocurría en el capítulo, aunque una apotecaria le había dicho que posiblemente dentro de poco recibirían a unos oficiales de otro capítulo. Un enorme tisar de dos metros de largo, un cachorro que había constituido su única compañía permanente durante todo ese tiempo, descansaba tumbado en el suelo junto a la chimenea. Mau estaba cerca del tigre de las nieves sentada en un butacón de piel y madera. Estaba ataviada con un sencillo vestido tejido a mano por las tribus de las colinas y botas de cálida piel de tisar atadas con correas ya que no se le permitiría vestir su servoarmadura en mucho tiempo, y dentro de algunos meses, pensó con una sonrisa, ni siquiera podría ponersela.
Oyó ruido al otro lado de la única puerta. Alguien se presentó a las dos Tigresas Nevadas que la custodiaban como el capitán Rómulus Devine de los Ángeles Sangrientos, lo cual activó un resorte en Mau que la hizo levantarse de inmediato.
- ¡Ya está aquí! –le dijo al tisar con ojos chispeantes de impaciencia.
El animal alzó la cabeza perezoso durante un leve momento para luego volverse a acostar. La puerta se abrió girando pesadamente sobre sus goznes y entró un hombre con servoarmadura roja que cerró de inmediato. Se quedó quieta en medio de la sala, esperándole, pero cuando el hombre alzó la mirada reconoció las imperceptibles diferencias en su expresión. No era quien había dicho ser.
- ¿Remus?, ¿eres tú?.
- Así es –Remus dio sólo un par de pasos hacia ella y se quitó los galones de su hombrera-. Son de mi hermano. Él está ocupado con sus planes y estrategias y los tomé prestados para venir a verte. He tenido suerte de que esas marines que montan guardia ahí fuera no me conozcan. ¿Cómo estás?.
El modo en que Remus pronunció la palabra “prestados” fue suficiente para hacerla comprender que se trataba de un eufemismo.
- Vaya... eres muy amable tomándote esa molestia por visitarme, pero sabes que no puedes estar aquí. Si las guardianas se dan cuenta de que les has engañado...
- ¿Prefieres que me vaya?.
- ¡No, no!, ¡por supuesto que no! –negó Mau con la cabeza-. Me agrada mucho que estés aquí. Lamento no poder ofrecerte asiento, pero éstos no están pensados para soportar una servoarmadura.
Remus rió y se acercó un poco más. – Dime, ¿cómo estáis?.
- ¿Nosotros?.
- Tú y el niño –Remus bajó la vista hasta el vientre de Mau, pero miró demasiado arriba al no saber bien dónde se gestan los niños-. Nekoi me lo dijo.
- Oh... estamos bien. Las apotecarias creen que será una niña. ¿Pero cómo estás tú?, ¿nos echas de menos?. Sabes que puedes solicitar cuando te plazca otro periodo para luchar entre nuestras filas.
- Bien, bien...
- ¿Te apetece? –Mau alzó la humenate taza de la mesita.
- No.
Rómulus salió por la puerta en solitario. Ahora sólo restaba esperar a que los Tigres se organizaran para partir, pero mientras tanto iría a verla. Panter había salido por otra puerta con la misma prisa que él apenas se dieron por terminadas las planificaciones, Cheeath y Dálcabo estaban recordando anteriores batallas y Tigrit se había quedado hablando con Manphred acerca de sus magníficas espadas sierra.
Siguiendo las indicaciones que le habían dado, Rómulus giró a la derecha en la segunda bifurcación de aquellos pasillos blancos. Ninguno de sus sentidos aumentados le advirtió del peligro cuando una puerta se abrió a su paso y unas manos tiraron de él hasta el interior de una sala a oscuras sin poder evitarlo.
- Mau, sabes que ese niño supone un nuevo problema para mi hermano. Otra espada pendiendo sobre su cabeza.
Mau pareció avergonzarse al reconocer, sólo en parte, la razón en las palabras de Remus. – No hay por qué preocuparse. El capítulo cuidará de que nada se sepa.
- Oh si. Y desde luego ha hecho un gran trabajo hasta ahora. Pero como sin duda sabes, nuestro capítulo es especialmente receloso en cuanto a la pureza del alma de sus hermanos. Si consideran que el alma de Rómulus está mancillada, tomarán medidas. Y a ojos del capítulo, ese niño supone una mancha tan grave que dudo que exista un castigo para ello. Los Ángeles Sangrientos podrían entrar en guerra con los Tigres Nevados por esto.
- Sí, sí, sé cuáles son los riesgos. Pero los Tigres Nevados llevan muchos siglos manejando asuntos como éste...
- Pero no con los Ángeles Sangrientos por medio. Porque, no se si te lo has preguntado pero, ¿tienes idea de lo que la simiente genética de Sanguinius puede hacerle a ese niño?.
Mau calló. Realmente no se había planteado ninguno de los aspectos negativos de que aquel fuera hijo de Rómulus.
- Suponía que no –se contestó el mismo Remus-. Dime, ¿qué ocurrirá cuando la Rabia Negra le afecte?. ¿crees de verdad que podréis mantener en secreto que un marine ajeno a nuestro capítulo sufra de Rabia Negra?. ¡Ni siquiera es posible saber cómo afectará a su desarrollo!.
- ¡Cállate, Remus! –instó Mau mirando hacia otro sitio-. ¡No me importa nada de todo eso!. ¡Es el hijo de Rómulus, no quiero ni necesito saber nada más!.
Remus, que no había variado su expresión desde que entró, asintió. – Eso es, eso es exactamente lo que cree mi hermano. A él tampoco le importa ninguna consecuencia. Estar a tu lado, ser tu amor, es todo cuanto precisa desde que te conocimos.
Rómulus se revolvió. Las manos le soltaron y se puso en guardia activando la cuchilla relámpago en forma de pinza de su antebrazo. Su agresor estaba allí, podía verle en las sombras como si fuera de día. Más bajo que él, ocultaba su rostro bajo una holgada capucha. Portaba una servoarmadura cubierta por una especie de hábito, pero no parecía dispuesto a atacar.
- Te saludo, Capitán Rómulus –entonó una voz suave y melosa, susurrante como las aguas de un tranquilo río.
- ¿Quién sóis?. ¿Qué significa esto?.
- ¿Ya te has olvidado de mí?.
El intruso alzó un poco la cabeza y dos ojos grises como el acero brillaron en la oscuridad.
- ¿Gabriel?. ¿Eres Gabriel?.
El otro rió. De repente se hizo la luz y Rómulus pudo ver que, en efecto, se trataba de Gabriel, el bibliotecario renegado de los Ángeles Oscuros, con su armadura cubierta de los símbolos eldars que le costaron el exilio y la persecución.
- Sí que te ha costado reconocerme –dijo alzándose la capucha para descubrir su rostro.
- ¡Gabriel!. ¡Proscrito bendito!.
El capitán le abrazó en un efusivo choque mientras las cuchillas volvían a ocultarse en el soporte de su brazo. Ambos rieron mientras Gabriel le tomaba por la nuca con la misma alegría. Se separaron un momento para cruzar sus miradas y se volvieron a abrazar.
- ¿Cómo estás?. Sabía que te aguardaba un gran futuro –dijo el bibliotecario señalando los galones de capitán.
- ¿Cómo estoy?. ¡Eres tú quien debería preocuparme!. ¿Dónde has estado?.
- Huyendo, como parece ser mi destino. Mis visiones me dijeron que Tigrit IV sería un lugar seguro en el que refugiarse durante un tiempo. Conozco a los Tigres Nevados desde hace mucho, pero sólo unos pocos saben que estoy aquí. Así debe ser, por su propio bien. Ya conoces los métodos de la inquisición...
- Sí –Rómulus se palpó el pecho donde, bajo su coraza y la superficie de su caparazón negro, portaba un implante cardiobiónico de cuando interceptó un disparo destinado a Gabriel de las paranoicas tropas del inquisidor Nagash-, los conozco.
- Mau está muy bien. Mis visiones también me hablaron de ella y de ti, de una nueva vida que habría de venir.
- ¡Demonio de hombre! –se carcajeó el capitán-. ¡Como siempre, lo sabes todo antes siquiera de tener intención de decírtelo!.
- Así es –Gabriel soltó otra risa.
Remus empezó a pasear por la celda aumentando con ello la incomodidad de Mau. Tenía una mirada extraña, enajenada, que no había visto antes en ninguno de los dos gemelos. - ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos tú y yo, en Galatan?.
Mau asintió. Hacía rato que había dejado de mirarle.
- Me confundiste con Rómulus. Pero aquella fue la primera y única vez que te ocurrió. Después ya fuiste capaz de distinguirnos. Me he preguntado muchas veces: ¿qué es lo que hay entre mi hermano y tú?. ¿Qué es tan importante para vosotros como para ignorar el universo que os rodea y los peligros que comporta que sigáis juntos?. Dímelo, Mau, por favor –La voz acusatoria de Remus se tornó en una petición-. Tengo que saberlo.
La Tigresa le miró al sentir el cambio de actitud. La cara de Remus era un fiel reflejo de lo que su voz expresaba. – Yo no sé explicarlo, Remus –dijo sintiendo un impulso cada vez mayor de pedirle que se marchara-. Es... no se... es algo especial que ambos compartimos...
- Sí, no dudo que es algo muy especial –Remus empezó a acariciarle el cuello con los dedos-. Sabes, hace poco Nekoi me dijo que estaba celoso de Rómulus. Lo negué en aquel momento, pero ahora no estoy tan seguro. Por eso estoy aquí, para averiguarlo. Y esperaba que tú me ayudases. No importa si no sabes explicarlo con palabras.
Siguió acercándose a ella como un doble perverso de Rómulus. Mau no aguantó ni un instante más.
- ¡Ya he oído bastante! –sentenció ella-. ¡Sal de aquí!.
Se volvió de inmediato hacia su escritorio, absteniéndose de forma consciente de llamar a las guardias. Ahora se sentaría, pensó, y le ignoraría hasta que se...
- ¿Qué es lo que ocurre? –Remus la agarró del brazo y la arrastró de nuevo junto a él-. ¿No soy lo bastante bueno para ti?. ¿Acaso mi...?
Mau se deshizo de Remus agarrándole la muñeca. Ambos quedaron allí mirándose en un silencioso desafío. Remus intentó agarrarla de nuevo, pero ella no permitió que su brazo avanzase ni un milímetro a pesar de no disponer de su servoarmadura. Aumentó su esfuerzo sin dejar de mirarla, sin dejar de estudiar aquellos ojos que se habían vuelto salvajes. Sintió también que su propio salvajismo, su rabia, empezaba a desatarse. Mau pudo percibirlo, al tiempo que se percató de que los ojos del artillero empezaban a enrojecerse. Sin previo aviso, Remus alzó un puño. El tisar de la chimenea reaccionó como un rugiente relámpago en defensa de Mau, saltando sobre Remus y aplastándole contra el suelo con su inesperado envite.
Remus maldijo al animal y bregó por sacárselo de encima, pero el tisar le sostuvo contra el suelo con una enorme zarpa y le golpeó con la otra al tiempo que le lanzanba dentelladas a la cara. Sostuvo al tisar por el cuello evitando por poco que le alcanzaran aquellos dientes de sable. Cuando el primer zarpazo se estrelló en su hombrera, alzó la otra mano para agarrarle la pata libre. Antes de que Mau pudiera intervenir las dos guardianas entraron alarmadas por los rugidos y encañonaron a Remus con sus bólters.
- ¡No te muevas! –gritó una de ellas.
El tisar siguió en su empeño obligando a una Tigresa Nevada a agarrarle por el morrillo, pero no logró refrenarle. Remus le cruzó el antebrazo en la boca y la bestia sacudió la cabeza violentamente.
- ¡Rash, quieto! –ordenaba la marine sin éxito.
Los ojos de aquel animal se fijaron en los suyos. Fue mucho más que una furia salvaje lo que vio en ellos. Vio una advertencia, un aviso de que no volviera a intentar hacerla daño o le despedazaría como a un cervatillo. Casi pudo oír aquellas mismas palabras en su mente.
La guardiana siguió tirando del tisar para quitárselo de encima y, de pronto, el mismo animal saltó y salió corriendo por la puerta como si su instinto le hubiera advertido del peligro. El sangriento seguía en el suelo. Se retorcía de un lado a otro y se agarraba la cara defendiéndose aún del tisar. Arqueó la espalda soltando un gemido entrecortado y se relajó, yaciendo como un cadáver entre los objetos que habían caído de mesas y estantes durante la lucha.
- ¿Remus? –llamó Mau temerosa de que el tisar le hubiera herido gravemente.
No hubo respuesta.
- ¿Cómo está Caronte? –preguntó Gabriel sentado sobre una mesa metálica.
Hasta hacía un momento Rómulus no se había dado cuenta de que aquella sala era un almacén de algún tipo lleno de cajas de ceramita firmemente selladas.
- Está muy bien. Los bibliotecarios dicen que tienen un gran potencial, tal y como dijiste –Rómulus le dio un golpe en la hombera-. Dijeron que lo retendrían por poco tiempo en el rango de semántico para facilitar el desarrollo de sus habilidades.
El bibliotecario se llevó las manos a las sienes en un respingo. Abrió los ojos al máximo, desvelando unas pupilas tan contraídas que apenas eran meros puntos en el centro de sus iris acerados. Su frente se perló de sudor y el cabello empezó a erizársele levemente. - ¡Mau...! –balbuceó-. ¡Salid de ahí ahora!.
- ¿Mau?. Gabriel, ¿qué...?.
- ¡Están en peligro! –gritó Gabriel saliendo al pasillo.
Rómulus no necesitó oír nada más. Siguió a Gabriel en una desesperada carrera por los corredores. Recordando en un microsegundo el camino que le habían indicado para llegar a la celda de Mau, comprobó alarmado que Gabriel se dirigía directamente hacia allí.
- ¿Qué ha pasado, Mau? –preguntó la Tigre Nevada mientras su compañera se arrodillaba junto al inerte Remus para comprobar las heridas de su cara-. ¿Qué es lo que ha hecho?, ¿por qué le ha atacado Rash?.
- ¡Eso no importa ahora! –gritó Mau mientras su camarada la alejaba de él-. ¡Remus!, ¿puedes oírme?.
- ¿Remus? –la otra Tigresa miró a Mau-. ¡Se identificó como el Capitán Rómulus!.
- ¡No, vosotras no le conocéis pero éste es el Ángel Sangriento que estuvo trasladado aquí con nosotros durante algunos meses!. ¡Es hermano del capitán Rómulus!.
La mano de Remus se alzó con vida propia y atrapó a la Tigresa por el cuello, aplastándole el collar que fijaba el casco de la armadura y cortándole en seco la respiración. Cuando abrió los ojos sólo pudieron verse dos orbes de sangre en sus cuencas. Encogió las piernas y se puso en pie en un extraño ejercicio levantando a la marine, que aún vivía a juzgar por los espasmos de sus piernas, hasta que sus botas blindadas no tocaron el suelo.
- ¡Emperador! –exclamó la otra marine apuntando directamente a la cabeza de Remus-. ¡Soltadla ahora mismo o disparo!.
Gabriel alcanzó la puerta de la celda de Mau y vio cómo Remus, tal y como le indicaron sus poderes, había caido en la Rabia Negra y estaba estrangulando a una de las guardianas. Remus reaccionó lanzando a la marine contra él. El bibliotecario se agachó fugazmente a la vez que entraba en la sala provocando, sin poder evitarlo, que fuera Rómulus quien recibiera el golpe y cayera de espaldas.
Mau vio cómo el rostro de Remus se desfiguraba bajo un gesto de infinito odio y salvajismo. Empezó a convulsionarse otra vez y su altura pareció aumentar levemente, aunque no sabía si era real o se trataba de algún extraño espasmo. Sus ojos rojos le daban un aspecto monstruoso e irreconocible. La otra Tigresa empleó su bólter para estrangularle por detrás en un intento de refrenarle. Mau le inmovilizó el brazo derecho con una complicada traba.
- ¡No, Mau! –gritó Gabriel al tiempo que llegaba para atraparle el otro brazo-. ¡Fuera!, ¡vete!.
Al sentirse atrapado, Remus gritó histérico aún cuando la Tigresa le estaba aplastando la garganta. Alzó el brazo derecho hasta que Mau tuvo que permanecer de puntillas y entonces la impulsó contra el bibliotecario.
- ¡No!.
La súplica de Gabriel no sirvió de nada. Remus utilizó a Mau como arma y la estampó contra Gabriel lanzándoles a los dos hacia atrás. El Ángel Oscuro se golpeó de espaldas contra la pared, abollando ligeramente su superficie, pero protegiendo a la Tigresa del impacto.
Tras haber depositado a la marine inconsciente en el suelo, Rómulus entró sólo para ver cómo Remus agarraba a la otra guardiana por las muñecas y la hacía abrirse de brazos de golpe, arrancando los brazales de su armadur