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Relatos, historias de warhammer 40,000



LA TIGRESA Y EL ESCORPIÓN III

LA CAÍDA DEL ÁNGEL

Soy un proscrito; perseguido por el Imperio que me dio a luz. Aquellos que me dieron la vida quieren ahora tomarla de nuevo. Pero quieren algo más. Quieren mi alma y eso no lo puedo entregar.icen de mí que soy un traidor, un renegado sólo porque no fueron ellos quienes me revelaron la verdad. ¿Acaso la verdad no es única y cierta provenga de donde provenga?. Es así. Lo sé.Los eldars me enseñaron la verdad y me enseñaron a reconocerla entre los múltiples futuros. El tiempo se abre ante mí como un libro y puedo leer en él las posibles consecuencias tanto de mis acciones como de las de otros.No soy el más grande vidente, ni el más poderoso psíquico. No recuerdo mi pasado, no sé de dónde procedo ni qué era antes de convertirme en un hijo de Lion, pero no conservo esta armadura ni estos emblemas por cínica nostalgia. Soy un Ángel Oscuro en cuerpo y alma, y Ángel Oscuro moriré.

  • ¡Emperador misericordioso! –gritó el hombre con uniforme de oficial mientras volvía la cabeza de un lado a otro-. ¿Pero de dónde han salido?.

  • ¡Comandante, hemos pedido contacto con el pelotón Delora! –dijo un enérgico vocooperador sin prestar atención a los desvaríos de su oficial-. ¡Y con el Phogos!. ¡Y con el Gassal también!.

  • ¿Y dónde demonios están esos refuerzos?.

  • ¡Lo ignoro, señor!. ¡Intento contactar con el escuadrón de Sentinels Tra...! –el vocooperador enmudeció-. Los... los he encontrado...

El oficial pudo oír claramente los aullidos de dolor del capitán de Sentinel Tradinx llegando a través del micrófono del aparato por encima de una incontenida y malévola risa. Tradinx siguió gritando y pidiendo clemencia durante más de un minuto hasta que su voz desapareció del canal de comunicación y sólo quedó aquella carcajada escalofriante. Al oficial le pareció el minuto más largo de toda su vida.

  • ¡Cuerpo a tierra!.

El oportuno grito de uno de los veteranos hizo reaccionar a la escuadra de mando justo antes de que un misil de fragmentación impactara cerca de ellos y barriera todo el perímetro con una lluvia de metralla. Varios reclutas del cuarto pelotón fueron alcanzados y cayeron con horribles heridas que más bien parecían provocadas por las mordeduras de una bestia.

  • ¡Oh... Emperador!.

El oficial se horrorizó al contemplar la altísima estructura de aquella máquina de guerra. Se apoyaba en seis patas insectoides, de las cuales las dos delanteras tenían forma de pinzas grotescamente grandes. El cuerpo era como una torreta artillada con toda una plétora de armas que imitaban formas demoníacas con sus cañones. Un Profanador, un Profanador de oro y plata que en seguida disparó otra andanada de misiles desde su brazo izquierdo convirtiendo a la mitad de los reclutas en fuentes de sangre. Al volver la vista contempló cómo toda una horda de marines traidores vestidos con armaduras de oro asaltaba sus posiciones enarbolando en alto sus armas cargadas de iconos prohibidos.

Un poco más allá vio al que bien podía ser su señor. Era un marine traidor apostado en solitario sobre una colina. No dejaba de reír y de disparar con una gigantesca arma que emitía intensos haces de energía blanca. Los disparos de aquella arma impactaban con precisión milimétrica, atravesando a los guardias imperiales y dejando tan sólo agujeros en sus cuerpos.

La imagen se detuvo en ese punto y la marine espacial dio un paso al frente desde la penumbra.

  • Como hemos visto en este registro, las tropas de la guardia badorita fueron sorprendidas mientras llevaban a cabo ejecicios de maniobras rutinarios. Es una suerte que el comandante Alemn tuviera la costumbre de registrar sus ejercicios para estudiar después los posibles puntos débiles de sus tropas.

Toda la sala permaneció en silencio mientras la holoimagen se centraba en el solitario marine de la colina y se amplificaba, pero la nitidez se perdió impidiendo cualquier identificación.

  • Éste parece ser el nuevo lugarteniente del señor del Caos Nephausto. Como bien saben la capitana Panter y el capitán de los Ángeles Sangrientos Rómulus, aquí presentes, la legión de marines traidores llamada los Esclavos de Calipso fue misteriosamente rescatada cuando ellos se disponían a asaltar la posición imperial que habían capturado. Bien, ahora podemos dar por seguro que los autores de tan vil rescate fueron las tropas de Nephausto el No Sediento, las cuales participaron también en el ataque que acabamos de ver impidiendo a los refuerzos socorrer al comandante Alemn y propiciando su aniquilación.

>> Parece que Nephausto ha llegado a alguna clase de alianza con los Esclavos de Calipso. La capitana Panter encontró el cadáver de la llamada Calipso, su antigua líder, lo cual nos hace suponer que Nephausto se deshizo de ella para así tomar las riendas de su legión. Todo apunta a que el nuevo líder de esta horda de herejes es este personaje aún no identificado al cual nos referiremos más adelante.

>> La fuerza combinada de Nephausto y los Esclavos de Calipso ha estado acosando a todas las tropas imperiales de los sectores Diaari y Xeavion durante los últimos meses. Sus incursiones son siempre fugaces y letales. No permanecen en un lugar de modo que no dan tiempo a las tropas de las bases estelares de acudir a las llamadas de auxilio. Si encuentran una resistencia inesperada, se retiran negando toda posibilidad de persecución. Estas tropas emplean en sus desplazamientos un acorazado estelar de clase desconocida perteneciente a la legión de Nephausto. Dicha nave fue la que efectuó el rescate de los Esclavos de Calipso, derribando al crucero Escudo Infernal de los Ángeles Sangrientos tras una feroz batalla contra la nave de los Esclavos de Calipso, la cual recibió su justa destrucción.

La marine se retiró fundiéndose al igual que todas las demás con las sombras al salir del cono de luz. Otra ocupó su lugar y la pantalla de holografías cambió, mostrando ristras de datos incomprensibles a medida que el cogitador cargaba las imágenes que los siervos le requerían desde la consola del rincón.

La sala estaba llena de figuras embutidas en servoarmaduras blanquiazules de los Tigres Nevados, todas ellas mujeres. Se sentaban en los escalones que, a modo de anfiteatro en miniatura, rodeaban la placa hololítica del centro de la sala. El único marine varón no portaba los colores de los Tigres; se trataba del joven aunque no inexperto capitán Rómulus de los Ángeles Sangrientos tal y como la primera exponente de la reunión había anunciado. Aquella clase de concilios aburría a Rómulus sobremanera, y estaba haciendo escaso esfuerzo por disimularlo.

  • Ahora –empezó a decir la Tigresa del centro con una voz mucho más suave que la anterior- expondremos toda la información que los Tigres Nevados, los Ángeles Sangrientos y la sagrada inquisición han reunido acerca de las cabezas visibles de esta nueva amenaza.

La primera imagen era bien conocida por Rómulus. Era un hereje más a ojos del Imperio pero él conocía su verdadro origen; un origen tan deshonroso que era mantenido en el más alto secreto por los altos mandos del capítulo de los hijos de Sanguinius. Sin embargo los demás sólo veían una armadura demoníaca verde como el óxido de cobre y erizada de cuernos en todas las articulaciones. Portaba un largo báculo nudoso y una capa negra. Un recuadro inferior en la holopantalla mostraba registros de batallas pasadas en las que se le podía ver enarbolando una gran guadaña.

  • Éste es Nephausto el No Sediento. Sabemos que adora al demonio del Caos Nurgle y lidera una legión de marines de plaga y adoradores de lo corrupto especialmente peligrosa. Su aparición es muy reciente, por lo que suponemos que se trata de un lugarteniente menor del antiguo amo de la legión que se ha alzado con el control. El capitán Rómulus le derrotó en Cralti V pero por desgracia su destrucción no llegó a ser efectiva. Durante los últimos meses ha dirigido a sus tropas de forma errática por varios sectores sembrando el terreno a su paso de enfermedad y miseria. Aquellos que le han visto sin yelmo dicen que no muestra grado alguno de putrefacción lo cual resulta increíble, ya que porta la marca de Nurgle, y nos hace preguntarnos qué clase de vínculo ha establecido con dicho demonio. Su poder ha crecido imparable durante sus impías campañas hasta el punto de ser capaz de anexionarse a los Esclavos de Calipso. Debe ser detenido de inmediato, antes de que se erija en el señor del Caos de todas las tropas de traidores que pululan por esta parte del espacio imperial. Se trata de un guerrero letal y un estratega brillante –a la marine pareció dolerle físicamente el reconocerle aquellos méritos al traidor-; su exterminación no será fácil.

Hubo un parpadeo. Ahora la imagen era de un hombre calvo y gigantesco; más grande aún que el anterior a pesar de estar ataviado únicamente con una toga negra. Tenía músculos imponentes que asomaban en varios puntos por su piel verdosa y carcomida. En su toga había un dibujo de tres cráneos similar a los que el anterior portaba sobre el pecho. Las imágenes anexas le mostraban sobre un gran montículo de cadáveres pregonando algo a los cuatro vientos, seguramente blasfemias y herejías, mientras la muchedumbre en rebelión alababa sus palabras.

  • Éste es Lacvediar, sumo sacerdote del culto de adoradores que sigue a Nephausto dondequiera que va. Las primeras noticias que se tuvieron de él fue cuando lideró la rebelión minera de Malevant II que fue sofocada por el Inquisidor Nagash y por tropas de la 6º Compañía de los Ángeles Sangrientos. Cómo escapó de Malevant II y se puso al servicio de Nephausto es un completo misterio. Su verdadero peligro no reside en su tamaño o fuerza: es un insidioso orador que en más de una ocasión ha persuadido a las poblaciones civiles de un planeta a unirse a su causa, por lo que las FDP debían hacer frente a los invasores de Nephausto y a sus propios conciudadanos. Aquellos que caen en la herejía de cantar sus alabanzas son contagiados por las enfermedades diabólicas de Nurgle. No ha sido visto desde hace varios meses; no sabemos si está muerto, oculto o si está cumpliendo algún propósito desconocido para su señor.

Cambio de imagen. Apareció una figura con servoarmadura de oro repleta de emblemas de Slaanesh en plata. Un faldón rojo le cubría las piernas y portaba dos espadas curvas envainadas a cada lado del cinto. Una especie de anteojos de cristal rojo ocultaban su mirada y su boca estaba torcida en una amplísima sonrisa casi irreal. Su calva estaba algo arrugada como si se hubiera arrancado hasta el último cabello. En las imágenes inferiores se le veía paseando tranquilamente por un cruento campo de batalla sin que las tropas imperiales le hicieran el más mínimo caso; ni siquiera le apuntaban cerca con sus disparos.

  • Herófocles. Un hechicero antiguamente al servicio de la señora del Caos Calipso, pero que parece haber aceptado el liderazgo de Nephausto al igual que el resto de su legión. Es un brujo muy peligroso. Como véis, emplea sus poderes de algún modo para evitar que sus enemigos se fijen en él durante la batalla. Todas nuestras tropas deben tener especial cuidado con él; no dejarse hechizar por sus conjuros y darle muerte lo antes posible.

Cambio de imagen. Apareció el misterioso líder de los Esclavos de Calipso, pero ésta era una reconstrucción hololítica y no una imagen capturada, se notaba en su peor calidad. Su armadura dorada era demasiado angulosa y su rostro era una silueta negra. Las imágenes anexas eran similares a las que habían visto en aquella misma reunión un poco antes: aquella figura disparando contra el enemigo con armas extrañas y mortíferas. Siempre estaba demasiado lejos para poder verle bien.

  • Como se ha dicho, el origen de este traidor está aún por confirmar. Porta la armadura de oro de los Esclavos, por lo que suponemos que se trataba de un lugarteniente no identificado de Calipso que rindió pleitesía a Nephausto para poder dirigir a la legión. En todos los registros se le ve solo; le gusta situarse en lugares elevados y emplea armas extrañas cuyo origen no puede ser sino demoníaco. No se ha observado escolta alguna custodiándole, lo cual podría ser una baza a nuestro favor; una vez localizado nuestras unidades de infiltración deberían darle caza en el acto. Sea quien sea es el líder efectivo de los Esclavos de Calipso y debe ser igualmente eliminado.

  • En resumen, hermanas –la primera Tigresa volvió la levantarse y sustituyó a la otra en el centro-; este ejército del Caos ha extendido la destrucción durante demasiado tiempo a nuestro alrededor. Es imperativo que estemos preparadas en todo momento y respondamos rápidamente a cualquier alerta de invasión; no podemos consentir que Nephausto y sus secuaces continúen su campaña de terror. Disponemos de cuatro naves en la órbita. Tres patrullarán en espacio según las instrucciones impartidas a los líderes de compañía y una permanecerá aquí en reserva.

Las siguientes palabras pasaron inadvertidas para Rómulus, quien salió a toda prisa de la sala apenas el concilio fue dado por concluido.

El aire cálido del exterior le trajo un lejano recuerdo de Baal pero el aspecto de aquel pequeño planeta no tenía nada que ver con los hermosos desiertos de arena roja de su hogar. El terreno era irregular y armónico a la vez: una sucesión de colinas y cerros que llegaba hasta donde abarcaba su vista de marine, con la superficie de tierra marrón y roca gris parcheada de hierba y árboles que nunca había visto y que ningún interés le merecían.

Paseó por la parte superior de las altas murallas blancas de la base de operaciones de los Tigres Nevados. Su armadura color sangre suponía un fuerte contraste con cuanto le rodeaba. Intentaba concentrarse, pero su mente no dejaba de descentrar su atención. Fijó la vista en el deslumbrante sol del amanecer, ya elevado en el cielo.

Sabía que pensaba demasiado. “Bendita sea la mente demasaido pequeña para albergar dudas”, recordó. Sabía también que se lamentaba en exceso, pero no podía sacudirse de encima el peso de sentirse en deuda con su hermano Remus.

Cuando Nephausto rescató a los Esclavos de Calipso, Remus se encontraba entre los prisioneros Ángeles Sangrientos que el enmigo se había cobrado. Cuando huyeron, se los llevaron consigo. Sin duda su hermano estaba ya muerto, al igual que el resto. Si Nephausto era ahora quien tiraba de las riendas de los Esclavos de Calipso sin duda se habría divertido con los que una vez fueron sus hermanos de capítulo. Pero la 6º Compañía no permitiría que aquello quedase impune. Hasta que los Ángeles Sangrientos pudieran enviarle una nueva nave, dada la pérdida de su crucero, había recibido orden de apoyar a los Tigres Nevados de aquella base de operaciones remota. Ahora su objetivo era Nephausto y le haría pagar por todas sus atrocidades. Desde su traición hasta la pérdida de su hermano.

Empleó su comunicador de muñeca para transmitir a su campamento el aviso de que permanecieran en alerta tal y como se había acordado en la reunión. Desde Tigrit IV, el mundo hogar de los Tigres Nevados, había llegado una orden expresa de la Señora del Capítulo Bastet de que los Ángeles Sangrientos montaran su campamento fuera de las murallas de la base. Rómulus sabía que aquel recelo por parte de Bastet era fruto del desafortunado incidente que ocurrió en su fortaleza principal de Tigrit IV, cuando Remus fue dominado temporalmente por la Rabia Negra e hirió a varios marines, él incluido. Aún sentía su cuello a punto de partirse cada vez que lo recordaba.

Su propio hermano había estado a punto de retorcerle el pescuezo cuando intentó contenerle en Tigrit IV, y fue sólo gracias a Mau que no lo consiguió. Aquello enfureció a Rómulus; tanto que las últimas palabras que había cruzado con su hermano fueron palabras de rabia. No podía soportar eso. Sentía necesidad de disculparse ante Remus pero la imposibilidad de hacerlo le devoraba.

Apoyó ambas manos en el parapeto de la muralla y dejó la cabeza colgando sin ánimos ya de mantenerla alta. – ¡Soy un marine espacial! –gruñó para sus adentros con los ojos fuertemente cerrados.

Sabía bien porqué este torbellino azotaba su mente. Conocía bien el origen de aquellas emociones incontroladas. Era su amor por Mau. El enamorarse había roto el férreo adoctrinamiento que le mantenía a salvo de sus propios sentimientos. Los Ángeles Sangrientos le habían despojado de su humanidad para protegerle de temores y peligros que podían doblegar a cualquier hombre. Al recobrar esa parte humana por el amor que profesaba a Mau, también había recobrado la vulnerabilidad mental de los hombres corrientes, algo que le habían enseñado a suprimir pero que no estaba preparado para afrontar.

Mientras bajaba las monstruosas escaleras hacia el patio central de la base que también hacía las veces de pista de aterrizaje sus ojos azules estaban perdidos en el suelo. Pensaba en lo extraño de las ideas que acudían a su mente: era por culpa de Remus que los Tigres Nevados se negaban a admitirles en el interior de su fortaleza y les hacían acampar fuera, y sin embargo aún daría el brazo derecho por una oportunidad de excusarse ante él. Pasó entre las naves blancas y las altas construcciones de aspecto liso y triangular como un fantasma rojo que vagara su pena.

Cruzando las murallas, se encaminó con paso poco marcial hacia el cercano cerro sobre el que podía distinguirse un grupo de formas rojas. El campamento de los Ángeles Sangrientos lo componían sus propias Thunderhawks a modo de barracones, el último rastro de la capacidad interestelar de su compañía después de que el acorazado de Nephausto destruyera el Escudo Infernal y lo desparramara por toda la órbita de Cralti IX. Dos transportes de tropas y un Predator Baal hacían las veces de torres de vigilancia permaneciendo como los vértices de un triángulo alrededor de la formación de naves. Cada vehículo tenía varios desperfectos en su blindaje y contaba con el apoyo de un grupo reducido de marines que permanecía ojo avizor aunque aquella fuera una zona bajo el control del capítulo de los Tigres Nevados. Rómulus pasó cerca del Predator sin devolver el saludo a ninguno de los marines. En un gran pergamino colgado del frontal del tanque podía leerse “FILO DE ARENA”.

Los marines hablaron entre sí por lo bajo al ver que la actitud de su capitán no había variado. Desde el desastre de Cralti IX y la pérdida de tantos de sus hombres, el capitán Rómulus se había vuelto frío como la roca. Nunca había sido especialmente animoso pero la pérdida de su decisión y vitalidad había dejado un vacío muy patente para aquellos bajo su mando.

Manphred, el paladín del Emperador de la compañía, le vio pasar entre los suyos con la cabeza gacha y entrar en una de las Thunderhawks. Manphred no había acusado en tal medida la desgracia por la que atravesaba la compañía. La victoria pírrica, la pérdida de su nave y su actual encadenamiento a un capítulo extranjero él los afrontaba con el estoicismo de los mártires a pesar de que su servormadura negra aún mostraba los daños de aquel fatídico día. Entró en la misma nave que Rómulus y lo encontró sentado en uno de los asientos de pasajeros. Parecía tener algo entre las manos pero cuando se acercó no vio nada. – Señor –se dirigió a él-. ¿Cuál es el estado de nuestros heridos?.

Los heridos más graves de los Ángeles Sangrientos eran los unicos que permanecían en el interior de la base de los Tigres Nevados debido a que necesitaban una atención que sus camaradas no podían proporcionarles en sus percarias naves. El que peor estado tenía era Marcus, sargento exterminador de una escuadra completamente aniquilada. A Marcus le habían arrancado todo el costado izquierdo de su torso incluido el brazo. Las apotecarias afirmaban que era una verdadera gracia del Emperador que hubiera sobrevivido hasta ahora, pero confiaban en poder salvarle.

Rómulus recitó a Manphred las palabras que la apotecaria le había dicho cuando hizo aquella misma pregunta. Lo dijo como si no le importara lo que decía, como si el estado de sus hombres heridos no fuera algo de su incumbencia y sólo lo hubiera averiguado para estar perparado para responder cuando alguien le preguntara.

  • ¿Qué órdenes tenemos, señor? –inquirió en seguida el paladín.

  • Los Tigres van a desplegarse por varios sectores para vigilar el avance de Nephausto y sus tropas. Una compañía quedará aquí en reserva, pero lo más seguro es que la 3º sea enviada al sector Obdulon, y nosotros con ella.

Rómulus no había vuelto la mirada aún hacia Manphred. Estaba mirando algún punto entre sus dedos entrelazados.

  • Capitán, ¿cuánto tiempo durará esta situación?.

Ahora Rómulus volvió lentamente la vista hacia él con evidente enojo, si bien el paladín no entendió la razón.

  • Señor, la compañía debe seguir su propio camino. Que nuestra historia se escriba como tropas de refuerzo de otro capítulo es...

  • ¿Deshonroso? –concluyó Rómulus.

  • Iba a decir inadecuado, señor.

El capitán volvió a perder la vista en sus manos. – Manphred, si tenéis una alternativa que sugerir estoy dispuesto a oírla, pero hasta que el capítulo no nos proporcione nuestra propia nave o encontremos un modo de volver a Baal por nuestros propios medios nuestras ódenes son servir junto a los Tigres Nevados como tantas otras veces hemos hecho.

  • Lo sé, capitán, pero...

  • El hermano Remus sirvió en la 3º Compañía de los Tigres durante un año estándar, y no tuve noticia de que se quejara tanto como el resto de esta fuerza de combate está haciendo.

Manphred se sorpredió de que el capitán evocara a Remus, su hermano de nacimiento capturado, desaparecido, perdido. Decidió no arriesgarse a soliviantarle más de lo que evidentemente estaba. – Sí, señor –respondió con subordinación antes de marcharse.

Rómulus tomó de nuevo lo que había ocultado al oír acecarse a Manphred: la trenza de cabello gris de Mau. La conservaba a dondequiera que fuera pero ahora ni siquiera estaba seguro de querer tener a Mau a su lado, no hasta estar seguro de que no suponía una maldición para él y su compañía.

Nekoi esperó acuclillada contra las murallas. Estaba esperando su turno para las prácticas de lucha sin armas con la capitana Panter, que estaba enviando a todas las Tigresas al suelo casi sin esforzarse. Cerca de ella, Ocelot y otras dos aguardaban igualmente su turno sentados y arrodillados en el suelo y jugando a tabas con pequeños pedazos de hueso; cada uno lanzaba un pedazo al aire y debía recoger sólo con dos dedos cuantos trozos más pudiese antes de recogerlo. Ocelot lanzó el trozo y recogió siete más con una sucesión de fugaces movimientos como de serpiente antes de que cayera en su mano abarrotada.

Nekoi simplemente estaba allí, como si no tuviera un propósito. Se abrazaba a sus rodillas blindadas y se mecía atrás y adelante con lentitud ocultado su tristeza tras sus brazos. Estaba recordando la primera vez que Remus embarcó con ellas en una misión. Llevaba la armadura pintada por completo con los colores de los Tigres Nevados salvo la hombrera derecha, que conservaba el rojo de los Sangrientos. Se adaptó de inmediato a sus tácticas; aprendió a esperar con ellos el momento oportuno para atacar y enseñó a los artilleros muchísimas cosas. Estuvo meses con ellos, y ni siquiera se atrevió a acercarse a él. Agradecía al destino que no hubieran sido asignados a la misma escuadra y a la vez lo maldecía porque no había sido así. Ahora que Remus se había ido, ahora que ya nunca tendría otra oportunidad de verle, lo que realmente sentía por él había inundado su mente como una riada. No podía pensar en otra cosa y, lo que era peor, tampoco quería.

Una de las marines que jugaba con Ocelot fue llamada por la capitana al interior del círculo delimitado por colmillos de tisar tallados con marcas rituales. La marine se agazapó mucho pero Panter se mantuvo erguida en su gran altura lo cual no le impidió en absoluto agacharse como un rayo cuando su rival saltó sobre su cuello. En seguida la levantó sobre su cabeza y la estrelló contra su rodilla antes de tirarla al suelo sin considerción alguna. La armadura impidió que le quebrara la espalda, pero el gruñido de dolor de la Tigresa fue audible por todo el patio.

  • ¡Ocelot, ahora tú! –ordenó la capitana al tiempo que la marine se retiraba.

El joven Tigre se preguntó si aquella demostración no había sido una advertencia para todo el que, como él, no estuviera prestando atención. Lo comprobó en seguida; Panter detuvo con facilidad su primer puñetazo y le sacudió tal revés que le hizo girar sobre sí mismo hasta caer de rodillas. Lejos de darse por vencido, rodó hacia delante sorprendiendo a su rival y la hizo también hincar la rodilla de una patada en la pierna. Lanzó otra patada a la cara pero ella le agarró la bota, de modo que pateó con la otra pierna haciéndola dar un salto atrás y se levantó de un brinco. El puño de la capitana se disparó hacia su cara, a lo que Ocelot respondió desviándolo con el antebrazo y apoyando un pie sobre su rodilla para dar una voltereta por encima de ella y apresarle el cuello con ambos brazos. Durante unos instantes Panter no supo qué hacer, o esa impresión es la que dio, golpeando con los codos inútilmente la coraza de Ocelot. El joven Tigre incluso se permitió una sonrisa confiada antes de que su oponente le doblara la muñeca obligándole a separar uno de sus brazos del cuello. Con un estudiado giro, Panter pasó bajo el brazo del marine y le dobló el brazo a la espalda a la vez que le atenazaba la garganta con la otra mano.

  • Acabo de arrancarte la nuez, Ocelot –dijo en tono de reproche-. ¡Tienes que luchar con toda tu alma!. ¡No te detengas hasta que tu enemigo esté bien muerto!.

Acto seguido sacó a Ocelot del círculo de un empujón y llamó a Nekoi. La chica reaccionó con lentitud, sin darse por aludida por la demostración de la capitana. Sus cabellos rubios le ocultaban los ojos mientras adoptaba una postura de combate lánguida y desganada. Panter se echó su trenza pelirroja hacia atrás con una sacudida de cabeza y aguardó con la misma pose erguida. Aguardó, pero Nekoi no decidió atacar. Estuvo en un tris de ordenarla que atacase irritada por su actitud pero supo refrenarse. ¿Qué clase de entrenamiento de combate sería aquel si los Tigres debían obedecer sus órdenes?. De modo que avanzó hacia ella. Un paso. Dos. Nekoi adelantó un brazo tan débilmente que ni siquiera podía considerarse un puñetazo. Panter la agarró por la muñeca y soltó una reprimenda, pero antes de que las palabras salieran de su boca el otro puño se la golpeó como una maza.

Los asombrados ojos felinos de los Tigres presenciaron cómo la otra mano de Nekoi se libraba de la de la capitana y la golpeaba por segunda vez en pleno rostro. Panter reaccionó a tiempo de esquivar el tercer puñetazo y agarró a Nekoi por la cadera para derribarla con un volteo, pero la marine apoyó una mano en el suelo y culminó su giro en pie antes de asestarle una patada en el abdomen. La capitana retrocedió evitando que otra patada le acertase en el mentón. Cuando Nekoi giró sobre sí misma previó a tiempo su intención de lanzar un puñetazo de revés y se agachó a tiempo de esquivarlo.

Nekoi tuvo que encajar un uppercut en la barbilla. Descubrió que sus sentimientos la hacían fuerte para la lucha de modo que siguió alimentando su rabia y frustración, su tristeza y su ira. Se agachó evitando un puñetazo y saltó para segar la cabeza de Panter de una patada. La capitana la esquivó, pero no pudo evitar que su otra pierna le golpeara el peto de su armadura. Al caer en pie, durante un instante, sus ojos aparecieron bajo el velo dorado de su cabello, dos ojos de tisar color miel que confudían belleza y odio. Cargó contra Panter gritando con todas sus fuerzas pero la veteranía de la capitana se hizo patente cuando se apartó a un lado y le estrelló su rodillera contra el vientre. La marine se detuvo en seco y su rival la agarró para estamparla de bruces contra el suelo.

  • ¡No ha estado mal, Nekoi! –dijo Panter sosteniéndola aún por el cuello-. ¡Pero permites que tus sentimientos te dominen!. ¡Sabes que nosotras...!

Panter no tuvo ocasió de terminar. Nekoi se revolvió para zafarse de la mano de la capitana, rodó hacia delante y se incorporó con la guardia alta.

Un hilo de sangre caía desde su nariz, y ella lo lamió, como había visto hacer a Remus tantas veces. El sabor de su sangre la estimuló, la impulsó a vengarse de Panter. Podía hacerlo. Podía vencerla y lo haría. Pero cuando volvió a atacar se dio cuenta de que la capitana aún no había estado luchando a pleno rendimiento; sólo estaba jugando con ellas. Todas pudieron verlo cuando Panter agarró el puño de Nekoi, la agarró también del hombro propinándola un cabezazo y saltó encogiéndose en el aire para descargar toda la fuerza de su cuerpo en una doble patada directamente contra el pecho de Nekoi, que salió despedida hacia atrás y cayó aparatosamente de espaldas. La capitana empleó el mismo impulso para dar una voltereta hacia atrás y caer en pie.

Nekoi sintió el dolor que le producía cada respiración. Tosió varias veces conforme intentaba levantarse, pero Panter la había expulsado del círculo; la había derrotado.

  • ¡Espero que todas hayáis aprendido algo de la hermana Nekoi! –bramó Panter-. ¡Emplead vuestra ira, pero no permitáis que ella os emplee a vosotras!. ¡Shani, ahora tú!.

Ocelot se acercó a Nekoi para ayudarla a levantarse, pero ella rechazó su mano y se incorporó por sí misma. Estaba furiosa, quería marcharse, pero ahora era su período de entrenamiento en combate y ausentarse sin motivo era una falta grave.

  • ¡Cómo deseo salir de aquí en misión de combate de una vez! –gruñó para sí.

Aertes... ¿qué has hecho?. Tú eras un gran guerrero. El comandante más capaz que la 6º Compañía de los Ángeles Sangrientos había tenido en muchos siglos. Tu fe era inamovible, tu lealtad para el Emperador inigualable, tu determinación, implacable.

Prueba de ello es que nunca pudimos ser amigos siendo yo un proscrito para el Imperio.

Me perseguiste mientras servías al Imperio y también despues de vender tu alma al enemigo a cambio de una cura irreal. Me maldigo por no haber logrado encauzar tu camino a tiempo. Sé que habría podido hacerlo pero en esa ocasión el destino jugó en contra mía y tuya.

Nuestros caminos discurren por separado ahora; pero un futuro se me ha revelado y lo que he visto me fuerza a actuar. Tu camino no es aún irreversible, Aertes. Todavía puedo ayudarte, quiero ayudarte.

La cuestión es si me permitirás hacerlo. También he visto ese futuro; y la respuesta no deja lugar a la esperanza.

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El sector Obdulon. Un sistema de apenas unos pocos planetas escasamente habitados por colonias humanas. Un lugar de escasa importancia estratégica y por consiguiente escasamente vigilado por el Imperio.

  • El lugar perfecto –se dijo Nephausto mientras lo contemplaba a través de la cristalera de su nave.

El Apocalipsis navegó con sus motores deformes arrastrando su aún más deforme masa por el espacio interestelar. Nephausto había “heredado” aquel acorazado corrompido por los poderes del Caos del anterior señor de los marines de plaga que ahora le servían. Una sonrisa de satisfacción arqueaba su barba y bigote, pues todo marchaba del mejor modo posible.

Su plan para ganarse la adhesión de los Esclavos de Calipso había resultado satisfactoriamente. Después de que Rómulus le derrotara en Cralti V, Nephausto se había dado cuenta de que necesitaría aliados, refuerzos, para hacerse poderoso como para enfrentarse a cualquier compañía de marines espaciales. Los Esclavos de Calipso parecían haber seguido el rastro de destrucción dejado por sus tropas en el sistema Cralti, lo cual le vino como anillo al dedo. Cuando los Sangrientos y los Tigres les acorralaron en Cralti IX fue el momento propicio para intervenir. Su plan era liquidar a su señora, Calipso, y obligar al resto a unirse a él o morir.

La mente de Nephausto divagó como si, al igual que su vista, se perdiera entre el mar de estrellas. Se vio a sí mismo portando la armadura roja, encontrando a Rómulus y Remus como dos niños, dos hermanos perdidos en la devastación, y llevándolos a Baal para hacer de ellos Ángeles Sangrientos. Vio también al hermano-capitán Tycho portando la armadura negra de los condenados, muerto y deshonrado por su propio capítulo. Recordó el momento en que pactó con Lacvediar durante la rebelión de Malevant II; el glorioso momento de su liberación de la Rabia Negra y de las rancias normas del capítulo de los Ángeles Sangrientos. Luego su mente viajó al combate a muerte que sostuvo con el antiguo señor de los marines de plaga; el propio Nurgle le había proporcionado la oportunidad de ganarse el mando de toda una legión, oportunidad que no desperdició en absoluto. Aplastar poblaciones enteras bajo el peso de su venganza contra el imperio había sido exquisito, lo recordaba muy bien. Tras eso vio a aquella extraña criatura en Cralti V, una mujer convertida en marine espacial; y no sólo una mujer, sino todo un capítulo prácticamente en su totalidad. Se vio frente a Rómulus, el que había sido su hijo pródigo. Intentaba convencerle de que se uniera a él, a su causa contra el veneno de la sangre de Sanguinius, pero Rómulus no quería salir de la embotadora prisión del imperio. Luchaba contra él, la marine le ayudaba y entre ambos le derrotaban y destrozaban su cuerpo obligándole a huir. La rabia que el rechazo de su propio ahijado le provocó tardó meses en apaciguarse.

Pero ahora habían cambiado las tornas, pensó mientras caminaba por los pasillos malolientes y llenos de estalactitas de óxido. Los Hijos de Calipso habían infligido un duro castigo a los Ángeles Sangrientos según las propias palabras de Herófocles. Ahora eran débiles y no había más que aguardar el momento preciso de exterminar por completo a la 6º Compañía. Los aniquilaría, los arrasaría, no dejaría rastro alguno de su existencia. Y Rómulus Devine sería el último en morir; le haría pagar el haberle rechazado y humillado. Rómulus sentiría el poder al que había renunciado, y no sería él quien se lo demostrara. Cuando la última compuerta se abrió, Nephausto vio con satisfacción al que sería el artífice de su venganza, de la de ambos.

  • ¡Padre! –se alegró Remus al verle.

Remus Devine estaba vestido con la armadura de oro y plata de los Esclavos de Calipso. No podía ser de otra forma puesto que ahora él era el líder de la legión y la comandaba para Nephausto. Herófocles también estaba allí; seguía a Remus a todas partes desde que se había erigido en su nuevo líder obligado por el código de la legión. Remus llevaba el lado izquierdo de su cara cubierto por una semimáscara de cuero negro para ocultar su ojo izquierdo, destruido por una fina cicatriz que se extendía hacia abajo por su mejilla; un latigazo que la propia Calipso le asestó al capturarle, pero Remus pudo pagarle con creces aquella herida estrangulándola con su propio látigo, el mismo que ahora se había fusionado con su brazal derecho como si fuera el relieve de una serpiente enroscada en su armadura. Colgando al cuello llevaba un colgante rojo en forma de escorpión.

Remus sabía bien la procedencia de aquel colgante. Nephausto, cuando se llamaba Aertes, se lo regaló a Rómulus al ascenderle a teninente de la 6º Compañía de los Sangrientos. Rómulus lo desdeñó dándoselo a aquella Tigresa Nevada una vez Aertes hubo desaparecido.

Mau. Cómo la odiaba. A ella y a Rómulus. La maldita había puesto al su propio hermano en su contra y el muy estúpido la había seguido a ciegas, lo suficiente como para disparar contra él. ¡Él era su hermano de sangre, de nacimiento!. ¿Cómo fue capaz Rómulus de empuñar un bólter y dispararle?. ¡Él habría dado su brazo izquierdo por su hermano!. ¡Encubrió durante años sus encuentros con Mau, prohibidos a ojos de los Sangrientos!, ¡y ese era el agradecimiento de Rómulus!.

Remus se encogió de repente, acusando algún dolor en el costado. Herófocles le atendió de inmediato escrutando su armadura, intacta al parecer.

  • ¿Qué es lo que le ocurre? –inquirió Nephausto culpando a Herófocles de antemano.

  • No... no es importante, mi señor Nephausto –respondió el hechicero no sin precaución-. El cuerpo del amo Remus aún se adapta a los fármacos.

  • ¿No es importante? –rugió el señor arrastrando a Herófocles por el cuello hasta tenerlo a pocos centímetros de su cara-. ¡Tus brebajes hacen daño a mi hijo!.

Remus sonrió divertido por cómo la mueca de Herófocles se tornaba en un gesto de arrepentido temor. Ni siquiera los anteojos del hechicero podían ocultar el miedo que la ira de Nephausto le provocaba.

  • ¡Pero son necesarios para...! –tartamudeó.

  • Cállate –ordenó Nephausto alejándole de ellos-. Lo sabemos.

Los fármacos que Herófocles destilaba con su siniestra alquimia purificaban el cuerpo de Remus eliminando poco a poco la simiente genética de Sanguinius de su sangre. Al menos eso era lo que aseguraba el hechicero, y por su propia superviviencia le convenía estar diciendo la verdad y hacerlo bien. Remus tenía ya una marca amoratada en el cuello de las veces que había sido inyectado con aquellas sustancias.

  • Ve a preparar a tus tropas, hijo. Pronto llegaremos a nuestro objetivo.

  • ¡Sí, padre! –respondió jubiloso Remus.

  • Herófocles, tú espera un momento.

Nephausto aguardó a que su hijo y lugarteniente hubiera abandonado la sala y se volvió hacia el hechicero, que retrocedió visiblemente ante él. – ¿Están teniendo esas pociones tuyas el resultado previsto?.

  • Sí y no, señor –a juzgar pos su voz, Herófocles aún no había superado su miedo al señor de Nurgle, pero eligió y pronunció bien sus palabras-. Aún no he encontrado el modo de eliminar la simiente genética del Primarca de su organismo, pero los psicofármacos mantienen la Rabia Negra a raya, haciéndole de paso más dócil e influneciable para una figura autoritaria como vos.

  • No creo que nunca logres drenar ese veneno de su sangre –rió burlándose de sus habilidades alquimágicas-. Se necesita el supremo poder de Padre Nurgle para lograr algo así. Un adorador de Slaanesh como tú no podría conseguirlo ni en mil años. Sin embargo tendrás la oportunidad de demostrar lo contrario siempre que no le ocurra nada a mi hijo. Porque sabes lo que haré contigo si tus experimentos le dañan de cualquier modo ¿verdad?.

Nephausto había acorralado a Herófocles contra la inmunda pared para dejar bien clara su intención.

  • S... sí, señor Nephausto, por supuesto. No permitiría que el amo Remus fuera perjudicado...

Después de sostener su mirada durante un segundo eterno, el señor del Caos se marchó. Herófocles apretó sus dientes de plata crispado por la humillación de tener que ser el lacayo de un siervo del dios de la putrefacción y de un Ángel Sangriento que había pasado de ser el prisionero de Calipso a ser el dueño de su legión. Ver el látigo de Calipso como un mero adorno en la armadura de Remus era algo que no soportaba. Aquella misma arma, el demonio que la habitaba, había traicionado a Calipso dejándose ser empleada para matarla y ahora servía a su asesino.

Desde hacía tiempo la sonrisa que antaño parecía perenne en el rostro del hechicero se había transformado en una amarga expresión de impotencia. Herófocles no era un líder, siempre había seguido las órdenes de Calipso, pero si algo tenía claro era que los Esclavos no debían estar bajo el mando del No Sediento ni de su perro tuerto. Prácticamente tenía a Remus en sus manos, pensó Herófocles. Recordó el dia en que Nephausto le abrió en canal como a un cordero y luego le desgarró el cuello para beber su sangre de hechicero. Nephausto encontró a Remus en el interior de la cámara de interrogatorios y, para su sorpresa, el Sangriento no atacó al señor de Nurgle. Herófocles había descubierto poco después que Nephausto había sido en realidad comandante de los Ángeles Sangrientos, y que aquel marine había sido criado e instruido por él. Estaba claro que no podía predisponer al uno contra el otro; se amaban como padre e hijo. Pero el hijo dependía de su alquimia por el momento y aquella era una baza de la que pretendía sacar provecho. Quizá antes de lo que ambos pudieran esperar.

Nephausto entró en una de las gigantescas bodegas. Aquel lugar parecía lo bastante grande como para albergar toda una catedral. Los dorados y brillantes Esclavos de Calipso se estaban reuniendo allí siguiendo las órdenes de su señor. Nephausto pudo ver a Tauros, un Profanador habitado por un demonio especialmente irritante que exigía tener siempre atado a su blindaje el cadáver de un esclavo sacrificado según un extraño ritual sobre el que él mismo daba instrucciones precisas. Tauros era demasaido exigente, habría que darle una lección de obediencia, pensó.

Las tropas doradas de su hijo formaron por escuadras en perfecto orden. Los escuadrones de motoristas nunca se separaban de sus monturas si podían evitarlo, incluso organizaban carreras por los corredores de la nave que le habían costado ya varios siervos de su legión, atropellados bajo sus ruedas, pero Nephausto estaba dispuesto a pagar aquel ridículo precio.

Se hacercó a Remus, quien les estaba contemplando desde una pasarela superior como si no pudiera creer que todos ellos estuvieran bajo su mando.

Eran suyos, pensó Remus viendo el resplandeciente fulgor de sus armaduras y armas. Todos ellos, desde los marines ruidosos al solitario y gigantesco arrasador de confusa y barroca armadura negra. Sus hermanos, su única familia. Suya. Aunque la mayoría de ellos portaban la marca de Slaanesh y él no, le seguirían a cualquier parte. Ya no tendría que ser él quien siguiera a ningún hermano pretencioso. Ahora tenía una legión que le acompañaba y no a la que acompañar.

  • Hijo mío –pronunció Nephausto con profundidad-, Rómulus nos ha decepcionado y torturado ya durante demasiado tiempo.

  • Ahora se lo haremos pagar todo –sonrió Remus con avidez alzando el puño, observando cómo el látigo de Calipso estaba embebido en su brazo-. A él y a la Tigresa. A ella... hace mucho que ansío arrancarle las entrañas.

  • Si –convino Nephausto-. Pero ten cuidado. Debemos ser los únicos que sepan que Rómulus ama a una de las Tigresas Nevadas. Es un arma que sólo nosotros debemos poseer y sé que Herófocles sospecha algo.

  • Lo sé, padre. Leyó parte de mi mente en Cralti IX, pero ese hechicero no seguirá vivo durante mucho tiempo más. Los Esclavos de Calipso me admiran. Cuando haya terminado su cometido conmigo no me será difícil quitarle de enmedio.

Nephausto rió abiertamente. – ¡Éste es mi hijo! –afirmó con orgullo-. Remus, tú siempre has sido el mejor de los dos. ¿Podras perdonarme alguna vez mi ceguera al anteponer a ese lerdo de Rómulus a ti?.

  • Padre... tú me liberaste. Me salvaste y pusiste a mis captores bajo mis órdenes. Me abriste los ojos y me hiciste ver cuán estúpido había sido permaneciendo amargado y temeroso durante tanto tiempo a causa de mi hermano. Y ahora me das la oportunidad de tomarme venganza contra él, contra esa amante suya y contra sus capítulos denigrantes. ¿Cómo no iba a perdonarte?.

Nephausto ofreció un abrazo que Remus estrechó de inmediato. Padre e hijo juntos. Primero aplastarían a Rómulus; luego... la galaxia estaría a sus pies.

  • Por cierto, hay algo que no te he dicho de Mau, padre. Algo que ni Herófocles podría llegar a imaginar.

Nephausto sonrió con complicidad aguardando las palabras de Remus. Su hijo sin embargo no dijo nada. En lugar de eso giró la cabeza rápidamente hacia sus tropas de abajo.

Había oído algo. Los velados regalos de Slaanesh transformaban poco a poco su cuerpo, amplificando el poder de sus sentidos mucho más allá de los de cualquier marine espacial, y ahora su oído había captado palabras irritantes de uno de los Esclavos. Fue cuestión de segundos que Remus localizara con precisión insuperable al marine del Caos que las había pronunciado. Había sido Lodugus, un paladín que no aceptaba que la legión estuviera subordinada a la de Nephausto. Remus se había ganado la admiración y el respeto de la mayoría de los Esclavos, pero había algunos que no veían con buenos ojos que su señor no fuera más que el lugarteniente de otro, y Lodugus era uno de los más cizañeros. Pudo ver en su expresión que no se ocultaba en absoluto. Cuando cruzó su mirada con la suya, Lodugus alzó la cabeza con enojado orgullo.

Nephausto sintió de inmediato las emociones que flotaban en el aire rancio. Habiendo asimilado parte de los poderes de Herófocles, Nephausto ahora poseía cierta capacidad de leer en los sentimientos de quienes le rodeaban lo cual, unido a las habilidades que recibía de Padre Nurgle, le convertía en un peligroso hechicero. El choque de egos era para él tan perceptible como el olor de la sangre que llevaba en el odre de su cinto. No hizo nada por intervenir; Remus debía consolidar su estatus por sí mismo, cosa de la que sabía era perfectamente capaz. Despues de todo, él le había enseñado.

Remus descendió las escaleras oxidadas envuelto en un silencio sepulcral. Todos los Esclavos habían callado, incluso los motoristas habían silenciado sus monturas. Nadie rompió la formación, se quedaron todos firmes y a la espera, demostrando su lealtad unos y fingiendo magníficamente otros. Remus distinguía perfectamente los primeros de los segundos.

  • ¿Tienes algo que decirme, Lodugus? –dijo Remus en una extrañamente amable invitación conforme descendía los últimos peldaños.

  • Lo que tengo que decir no es asunto de él –respondió el paladín desde donde estaba y señalando con un dedo hacia Nephausto.

Hubo algunos Esclavos que demostraron su aprovación con asentimientos de cabeza. En lo alto de la pasarela, el señor de Nurgle encogió su ojo izquierdo en un tic de enfado.

  • Puedes hablar, Lodugus –repitió Remus acercándose a la escuadra del paladín-. Nephausto es nuestro señor; no hay nada que ocultarle. ¿Es que le tienes miedo?.

Lodugus aguardó a que Remus estuviera justo frente a él para contestarle. Los Esclavos se habían girado al paso del lugarteniente ya que no quería perderse ningún detalle.

  • ¿O me tienes miedo a mí? –siseó Remus antes de que el paladín pudiera hablar.

  • ¡Yo no temo a nada!.

  • Gran error. Lodugus, tal vez no te has percatado de cómo funciona ahora esta legión. Vosotros sóis como mis hermanos. Juntos traemos la destrucción al Falso Imperio del Hombre; juntos aplastamos sus ejércitos, derribamos sus catedrales... ¡y nos llevamos a su gente!, ¿no es así?.

La pregunta de Remus fue correspondida con gritos y afirmaciones de gran parte de los guerreros de oro que fueron repetidos por el eco de la enorme bodega. Había quedado claro a quién seguían los Esclavos de Calipso, pero Lodugus se matuvo impasible si bien su orgullo empezaba a tornarse en nerviosismo. La escuadra del paladín tampoco se unió al jolgorio.

  • ¡Eso es! –Remus alzó los brazos animando a sus hombres-. ¡Sí!. ¡Somos hermanos!, ¡una familia unida por nuestro común odio al imperio!. Pero toda familia ha de tener un cabeza, un guía, si lo prefieres, y ese soy yo. Yo velo por el bien de nuestra legión, y para el bien de nuestra legión debéis hacerme caso. De lo contrario nuestra familia podría peligrar, y todo aquel que ponga en peligro a mi familia lo pagará... muy caro.

Lodugus no se mostró impresionado. Remus elegía, a su parecer, curiosas palabras para amenazarle. Incluso había dicho “hacerme caso” en lugar de “obedecerme”. O bien quería confundirle, o bien era cierto que les consideraba como a sus hermanos. – ¡Qué tiene que ver todo eso con lo que tú llamas “gran error”? –preguntó con todo el sarcasmo que pudo espupir.

Remus amplió un poco más su sonrisa, pero su carrillo izquierdo parecía paralizado antes de perderse bajo la semimáscara. – Sencillo, hermano. Me has llamado “perro”. “Ahí están Nephausto y su perro” han sido tus palabras. No me respetas, Lodugus. Si no me respetas, como yo te respeto a tí, no confiarás en mí en el campo de batalla. Eso podría poner en peligro al resto de nuestros hermanos... no hace falta que repita el resto ¿verdad?.

  • Tienes una lengua ágil, pero no logras asustarme.

  • Bien, ¿por qué no intentas asustarme tú?.

  • ¡Esta legión siempre ha seguido su propio camino y nunca órdenes de nadie!. ¡No tenemos deuda alguna con ese siervo de Nurgle y ningún motivo para seguir obedeciéndole!.

  • No le obedecéis a él, me seguís a mí.

  • ¿Qué diferencia hay?. ¡Tú no haces más que lamerle sus oxidadas botas!.

  • Es mi padre. Le debo mucho más que mi vida y por ello le muestro respeto. Y puesto que también salvó las vuestras...

  • ¡Estoy harto de esta conversación!. ¡Los Esclavos de Calipso no os necesitan a ninguno de los dos!.

  • ¿Quieres combatir conmigo por el señorío de la legión?. ¡Bien!, ¡es bueno que uno haga lo que quiere!. Es lo que nos diferencia de los que sirven al Falso Emperador...

Los esclavos se retiraron de inmediato formando un vago círculo en torno a ellos.

Desde la pasarela, Nephausto observó cómo ambos se preparaban para una lucha a muerte bajo la atenta mirada de los que serían los siervos de uno u otro. Ciertamente, su hijo había adquirido la costumbre de jugar con ellos, de hablarles como si realmente no fueran sus inferiores sino sus mismos hermanos. Sabía que lo hacía a causa de la profunda mella que la traición de Rómulus había dejado en él. La confianza de Remus durante toda una vida fue destruida de un solo golpe y ahora había hecho de sus tropas sus nuevos hermanos. Por eso todo aquel que intentara traicionarle sufriría su ira de igual modo que Rómulus la sufriría cuando llegara el momento. Nephausto sonrió y entrecruzó las manos sobre la barandilla.

Lodugus se ajustó su casco y desenvainó una preciosa espada de plata. Su hoja era lisa y pura, reflejaba belleza y perfección desde la guarda hasta su graciosa curvatura hacia atrás. Lodugus estaba enormemente enfadado. La charla estúpida de Remus le había sacado de quicio y estaba dispuesto a partirle en pedazos por haber puesto a la legión bajo el apestoso pie de ese Nephausto.

Remus únicamente tomó una daga de hoja ondulada de una vaina de su muslo. Aquella daga había tomado forma de la punta del látigo de Calipso, era un regalo del demonio que lo habitaba en agradecimiento por liberarle de la señora del Caos. Su rostro era una sonrisa cuya placidez solo era comparable a su inescrutabilidad.

Se hizo de nuevo el silencio. Muchos aspiraron con fuerza para oler la muerte que acechaba a ambos aspirantes. Remus se puso en guardia jugando hábilmente con la daga entre sus dedos mientras Lodugus acariciaba su hoja y veía su reflejo en ella. Siempre hacía eso antes de cada batalla, pensó Remus, y era un gran combatiente.

El primer golpe surcó el aire con un agudo zumbido y los Esclavos de Calipos prorrumpieron en ánimos a uno y otro. Remus dio un paso atrás evitando el tajo, oyendo con satisfacción cómo su nombre era mucho más audible en las gargantas de los Esclavos. Lodugus hizo girar la espada en su mano para empuñarla del revés y lanzar un nuevo golpe que Remus desvió con su pequeña hoja. Armado con tan sólo una daga, Remus sabía que no podía realizar bloqueos directos, pero una de las cosas que había aprendido con su nueva familia era que la potencia tenía su momento al igual que la sutileza. Y eso le gustaba.

Nephausto vio cómo Remus esquivaba la espada del paladín y le hacia una herida después de cada intento. Su hijo acertaba magíficamente en las juntas de la servoarmadura de su rival, explotando con maestría sus puntos débiles.

Las articuaciones de los brazos de Lodugus habían recibido ya varios pinchazos y cortes y su sangre empezaba a desmerecer el brillo del oro de su superficie. El paladín sentía el veneno de la hoja de Remus extenderse por sus venas, pero era neutralizado por sus propias drogas y no le causaba efecto.

La espada cargó en una estocada directa al pecho dorado de Remus. El lugarteniente volvió a desviar el golpe con su daga y, al no ver oportunidad de atacar a un punto vulnerable, simplemente esperó al siguiente ataque tras propinarle un puñetazo de revés en el casco. Lodugus lanzó un tajo horizontal, que Remus esquivó agachándose, y acto seguido giró sobre sí mismo para dar fuerza a su siguiente golpe que cayó en oblicuo sobre el que era su señor. Remus rodó a un lado evitando el sesgo con soltura y hundió su cuchillo en la junta de la corva del paladín. Lodugus cayó incapaz de seguir apoyándose en su pierna desjarretada y afectada por los venenos de la hoja de Remus, pero siguió luchando durante dos golpes más, antes de que su señor le agarrara por la muñeca y le cortara también los tendones del brazo a través de la junta del codo. La espada cayó al suelo con un tintineo precioso, casi cristalino, y Remus la recogió paladeando los gritos de dolor y furia de su vencido rival y las alabanzas de los Esclavos, que ahora le apoyaban en su totalidad.

  • Es una magnífica espada, Lodugus –dijo el vencedor jugando con el arma, haciéndola bailar en su mano y comprobando su filo y equilibrio-. Y puedo dar fe de que supiste darle buen uso.

Lodugus se aferró el brazo sintiendo cómo sus tendones se contraían inútilmente en su interior cuando intentaba levantarlo. Remus ya no hablaba en aquel tono meloso sino que parecía apenado, triste por lo que su honor le obligaba a hacer. Sabía que iba a morir bajo el filo de su propia espada. Había intentado liberar a su legión y había fallado. Había subestimado a Remus... un gran error...

  • Adiós, hermano –dijo Remus con rapidez.

Remus cercenó la cabeza del paladín de un solo tajo, haciéndola rodar por el suelo aún en el interior de su casco y negándole así el delicioso dolor de una muerte lenta. Una lágrima clara como el agua cayó desde su ojo mientras veía caer el cuerpo de Lodugus y su sangre se deslizaba sobre la espada para caer en un insistente goteo. Alzó la vista hasta otro de los Esclavos; vio que se trataba de Isaar, le reconoció por la estrella del Caos dibujada sobre el visor derecho de su casco. – ¿Porqué todos mis hermanos se rebelan contra mí, Isaar? –le preguntó.

Remus conocía el nombre de todos sus hombres, por lo que Isaar no pudo saber si se había dirigido a él por mero azar o tenía alguna retorcida idea en mente. Siempe le había servido bien, no habia motivo para que ahora... Su recelo se calmó al ver que las lágrimas de la mejilla de su señor eran contrastadas por una sonrisa. Una sonrisa feroz que parecía buscar aprovación.

Remus empezó a reír. Lanzó la espada a Isaar de modo que éste pudiera tomarla y se carcajeó del cuerpo de Lodugus, estirándose hacia él para que aquel desgraciado le oyera bien claro desde el infierno. Sólo Isaar y unos pocos se unieron a sus risas, pero poco despues fueron todos los que se burlaban abiertamente de la estupidez de Lodugus.

  • ¡No ha estado mal para un perro!, ¿no creéis?.

Las risas aumentaron de golpe tras el comentario del lugarteniente.

  • ¡Viva por siempre nuestro amo y señor Remus! –gritó Isaar, siendo secundado por todos.

Remus negó alegremente. – No, Isaar. Os lo he dicho, somos como hermanos, una familia bajo la protección de Nephausto. ¡Y si alguien vuelve a ponerlo en entredicho le enviaré a visitar a Lodugus para que nos cuente cómo se está en el infierno!.

De nuevo las carcajadas subieron de tono; sobreponiendo sus ecos hasta que parecía haber la población de todo un planeta en aquella bodega.

A Nephausto aquella actitud de los Esclavos le parecía extraña. Incluso cuando su ama era Calipso, ellos se trataban entre sí como iguales. Eran realmente como una enfermiza familia dedicada a la lujuria y la depravación, pero con una marcialidad y efectividad impresionante en la batalla. Remus había sabido amoldarse a la perfección a aquel extraño sistema de jerarquía, si se le podía llamar así; ellos habían llenado el vacío de su hermano, y él había encontrado en ellos aprendices y maestros a los que enseñar su dominio de las armas y de los que aprender a caminar por aquella maravillosa senda de libertad y placer sin límites.

El rígido señor del Caos no aprobaba aquella camaradería ni aquellas bromas acerca de un intento de matar al líder de la legión. Él lideraba a sus marines de plaga con puño de hierro y un reto como el que acababa de presenciar él lo habría resuelto con una muerte rápida para el paladín y todos los que no se hubieran opuesto categóricamente a él, pero los Esclavos parecían sentirse a gusto con aquel modo de ser. Sin duda haber recuperado a aquel ahijado suyo era una bendición de Padre Nurgle. A través de él los Esclavos de Calipso estaban a sus órdenes, y con él a su lado ya nada le detendría en su búsqueda de venganza.

Remus hizo callar a sus tropas agitando las manos. – ¡Muy bien, mis hermanos!. ¡Ahora estad preparados, porque muy pronto volveréis a enfrentaros a los Ángeles Sangrientos y a esas mujeres marines que os acorralaron en Cralti IX.

Los jubileos de los guerreros de oro le interrumpieron.

  • ¡Sí, volveremos a por ellos y esta vez les erradicaremos por completo!. ¡Y qué demonios, las mujeres marines irán a parar a nuestros harenes!, ¿no es así?.

Un rotundo y atronador “sí” reververó por todo el lugar seguido de inmediato de alabanzas a Remus.

El destino quiso que mi camino y los de Rómulus y Remus Devine se cruzasen en una ocasión. Rómulus y Remus son fieles amigos, les confié mi vida y ellos no me decepcionaron. Les admiro y aprecio como a mis hermanos.

Pero ahora alguien ha truncado el destino de los hermanos y sus caminos les llevan a luchar el uno contra el otro. Ha sido aquel que puede ser llamado el padre de ambos. Aquel a quien fallé en ayudar. El terrible futuro que auguro me estremece. No podré intervenir cuando estalle el conflicto pues los caminos de los hermanos no se cruzan con el mío.

Hermano leal y hermano traidor. Rómulus no sabe cuál de los dos es pero deberá tener seguridad y confianza en sí mismo si quiere sobrevivir a lo que se avecina. Debe sobrevivir, sé que es de vital importancia y para ello necesita una vez más de mi guía.

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Rómulus cayó de rodillas. Estaba mareado y le dolían el brazo y el cuello enormemente. Apenas podía respirar y veía puntos de color por todas partes. Oyó un tremendo golpe, gritos, lucha, pero no podía reaccionar; su cuerpo no le respondía. Todo lo que podía hacer era ver por sus ojos. Tras un largo rato de impotencia pudo volverse aún de rodillas y alzar la vista. Vio a Remus ante él. Tenía a Mau atrapada por el brazo y no la soltaba a pesar de los intentos de ella. También vio a alguien sentado inconsciente contra la pared; era Gabriel, el bibliotecario de los Ángeles Oscuros, declarado proscrito, que tantas veces le había ayudado; pero que ahora no se movía.

Remus echó un brazo haca atrás preparándose para ensartar a Mau con su mano extendida. Mau no llevaba su servoarmadura, sólo un vestido blanco y azul de aspecto primitivo que no la daría protección alguna.

  • ¡Remus! –clamó-. ¡No lo hagas!.

Remus le miró. Sus ojos eran completamente rojos. Rabia Negra, pensó Rómulus alarmado. Sin embargo el rostro de Remus no estaba deformado por una expresión de brutalidad como había visto en los Sangrientos afectados por la Rabia. De hecho, estaba sonriendo. Gabriel se levantó tras él, pero no se apresuró a contenerle.

  • ¡Gabriel, detenle!.

No se movió. Rómulus hizo acopio de todas sus fuerzas, pero no logró siquiera tensar uno de sus músculos.

  • ¡Gabriel maldita sea, detenle!. ¡Remus!.

Lo único que Gabriel hizo fue caminar lentamente hacia él. Mau hincó las uñas de sus dedos en la cara de Remus sin que éste se inmutara; seguía sonriendo a Rómulus, una sonrisa que le heló la sangre y le sumergió en el mayor pozo de terror de toda su vida. Rómulus miró a Mau sin conseguir levantarse del suelo. Ella le devolvió la mirada sin temor, con una despedida en sus azules ojos de gata.

  • ¡No! –aulló Rómulus.

La mano de Remus se enterró en el vientre de Mau con un golpe seco. Ella acusó el golpe; todo su cuerpo se estremeció y sus ojos se entrecerraron sin dejar de mirarle.

  • ¡Mau!.

Su hermano sacó el puño de su cuerpo y la dejó caer ante él. Mau se desplomó con martirizadora lentitud, y Rómulus gateó hasta ella sólo a tiempo de ver cómo la vida se extinguía en su rostro tan palpablemente como la luz de una vela en la suave brisa. – ¡Mau, no! –lloró levantándola, abrazándola y negando lo que ya había ocurrido-. ¡No, no, no!.

Entonces oyó el llanto de un bebé. Lo oyó con inconfundible claridad. Era un lloro desconsolado y descorazonador. Provenía del puño ensangrentado de Remus.

El capitán de la 6º Compañía de los Ángeles Sangrientos se levantó de un brinco desgarrando la oscuridad de la noche con un largo aullido de desesperación. Parpadeó varias veces hasta darse cuenta de que se encontraba en el interior de una de sus Thunderhawks. Había varios Ángeles Sangrientos a su alrededor que se habían despertado alarmados por sus gritos.

  • ¡Capitán! –dijo alguno de ellos-. ¿Os encontráis bien?. ¡Avisad al Capellán!.

De inmediato Manphred entró por la rampa de carga seguido por el capellán Sagos y varios hombres más con las armas preparadas. – ¿Qué es lo que ocurre? –inquirió el severo paladín.

  • Nada –dijo finalmente Rómulus-. Yo he... no ocurre nada.

  • ¿Habeis tenido el sueño de Sanguinius? –preguntó Sagos.

Rómulus tardó unos instantes en responder. – Sí. Pero ha sido leve... ya ha pasado.

Sagos se escamó tras su máscara mortuoria. Su mascota, un búho negro con grandes ojos brillantes como brasas, reposaba tranquilo sobre su hombrera sin prestar atención a aquella escena.

  • ¡No es nada! –insistió el capitán cuado Sagos hizo amago de acercarse a él-. ¡Volved a vuestros puestos!.

  • Sí, señor –respondió Manphred-. Tendremos que avisar a los Tigres que no ocurre nada. Vuestros gritos sin duda han debido de oírse hasta en su base.

  • No ha sido más que un sueño –se repitió Rómulus con forzado alivio sentándose en su camastro improvisado-. Sólo un sueño.

El resto de Sangrientos volvieron a sus puestos de guardia en el perímetro de las naves o a recostarse para proseguir su descanso. Rómulus aún tenía los puños fuertemente apretados. Se levantó de nuevo y salió al exterior. Aquella pesadilla le había horrorizado, no le importaba reconocérselo a sí mismo, hasta tal punto que su estado de agitación le impedía siquiera activar su nodo catalepsiano. Se alegró de que Virgilio aún estuviera en Baal; el bibliotecario habría sabido en el acto lo que le ocurria.

Las noches eran cálidas en aquel planeta, más que los días; o quizá era el contraste del frío interior de la Thunderhawk. Se alejó del campamento, de nuevo pasando entre los centinelas sin dirigirles una sola mirada. Necesitaba estar solo ahora, tranquilizar su mente, o la Rabia Negra le dominaría. – Mau... –susurró.

Caminó durante horas sin relajar los puños. La pesadilla, el horror que le había provocado, le hicieron darse cuenta de que era inútil negarlo; amaba a Mau. No le importaba si ello le acarreaba la maldición del mismísimo Emperador. Y ello le obligó a caer de rodillas suplicante. – Mi señor Emperador... –dijo mirando al cielo estrellado-. Yo la amo... la amo más que a Sanguinius... más que a vos mismo. Sé que eso me condena, pero que sea a mí solo. No lancéis vuestra maldición sobre quienes son vuestros dignos siervos, os lo ruego. Sólo mía es la culpa; dejadla caer sobre mis hombros...

Dos lágrimas cayeron por su rostro, dos luces brillantes como la miríada de puntos luminosos que adornaban el cielo negro. Cuando se llevó las manos a la cara, se dio cuenta de que tenía algo en el puño derecho. Era un pequeño pergamino, una carta. ¿Qué era aquello?, pensó confuso. Se levantó y empezó a leerla. Se percibía delicadeza y quietud en cada uno de los bellos trazos de la pluma que lo había escrito.

Joven Rómulus



Hay recuerdos que no pueden olvidarse por mucho que ardan en el interior del alma.



En estos últimos días puedo sentir como las tenues líneas trazadas por las ruedas del destino se cierran en torno a mi, sellando mi destino en un camino cada vez más marcado. No temo a la muerte, no temo a la Inquisición, aunque aun huyo de ella, solo temo a lo que dentro de mi se hace fuerte y con lo que no puedo pactar.



La bestia interior que todos tememos, mi joven amigo, no es más que producto de nuestra mente y alma, de nuestras inquietudes y dudas, de nuestro odio y nuestros más apasionados sentimientos. En mis largos estudios y meditaciones puedo ir comprobando teorías que podrían ser de utilidad para hacer que esa oscura forma, que en todos arde en fuego de sombras, sea en cierto modo domada. No se si puedes entenderme.



No podemos negarla, ni contenerla ni dominarla en el amplio sentido de la palabra, sino llegar a una meta común en la que ambas partes satisfagan sus necesidades. Y eso significaría dejar salir a la "oscura realidad" cada cierto tiempo, para que trabajemos en equipo, pues ambos somos uno, y ese uno no puede negarse a si mismo.



Pero caigo en desgracia, pues la oscura semilla que reina en mi no es parte de mi alma, ni parte de mi ser, sino que ha sido inoculada por una fuerza corrupta. Mi destino esta sellado, soy cosciente de ello, aunque tambien se que existe una minima posibilidad de expulsar esa semilla definitivamente. Purificarme sin llegar a morir.



Pronto volveremos a vernos.

Gabriel

¡Gabriel!. ¿Pero cómo había llegado aquel mensaje a su mano?. Era imposible que alguien hubiera entrado en la nave y se lo hubiera dejado. Aunque él estaba durmiendo el resto de marines sólo estaban en reposo catalepsiano y se habrían dado cuenta. Sin embargo, recordó con un bufido sonriente, con Gabriel cualquier cosa era posible.

Rómulus entrevió preocupación en aquellas líneas, especialmente en el último párrafo, si bien en aquel momento no entendió su significado. Si Gabriel le necesitaba estaba más que dispuesto pues tenía con él una deuda insaldable; pero las intenciones y los movimientos de aquel proscrito eran tan imprevisibles que no podía estar seguro de que le pediría ayuda.

La bestia interior... producto de nuestras dudas y sentimientos. Sin duda tenía un significado que hubiera recibido un mensaje como aquel en un momento así. Incluso pasó por su mente que el mismo Emperador, en su inescrutable voluntad, podría haberse valido de Gabriel para hacerle ver algo. En su caso, pensó Rómulus conforme releía la carta en su mente y paseaba en círculos en medio de la noche, podía distinguir con claridad dos cabezas en su bestia interior. La sombra de la Rabia Negra era una. La otra eran sus miedos en torno a Mau; miedo de perderla, de enfurecer al Emperador por ella, de ser decubierto su amor entre los Ángeles Sangrientos. Como Gabriel decía, aquella bestia no podía ser negada ni dominaba; acababa de sufrirlo, su pesadilla había sido la máxima expresión de sus miedos. Sin embargo la carta hablaba de pactar con la bestia.

¿Pactar con sus miedos?. Como Ángel Sangriento le habían enseñado a no tener miedo, a no temer a nada. Sus miedos eran un elemento extraño en él, algo imprevisto por sus instructores y contra lo que no había sido preparado: miedo no por sí mismo, sino por Mau. No veía modo alguno en el que “pactar” con eso, ningún provecho que obtener. Sin embargo estaba seguro Gabriel sabía de lo que hablaba, y confió en que comprendería aquellas palabras algún día. De pronto se dio cuenta de que se encontraba mucho mejor; con frecuencia las palabras del bibliotecario proscrito tenían aquel efecto tranquilizador en su alma que ahora sentía con profundidad, como si la vida volviera a él tras un largo período de abandono. Gabriel tendría razón; siempre la tenía.

Un mazazo golpeó en su mente al darse cuenta de que no era así. Gabriel había cometido un error: le dijo que Remus volvería, que le perdería un tiempo para después recuperarle, pero Remus estaba muerto. Rómulus se sintió tan confuso que no supo qué pensar ni en qué creer. ¿Creer en el capítulo, en el Emperador?; no podía permitirse tal grado de cinismo a sabiendas de que había roto su juramento de adorar al Emperador y Sanguinius y sólo a ellos. Tampoco podía confiar ciegamente en Gabriel ya que si el bibliotecario proscrito se había equivocado respecto a su hermano, ¿cuantos más de sus consejos estarían errados?.

  • ¿En qué creeré? –se preguntó como si esperara oír la respuesta en el viento-. Soy un marine sin fe... un ángel que ha perdido a su dios... Y, aunque ello me avegüenza a ojos de mis señores, sólo puedo pensar en una cosa en la que creer.

Levantando la mano, Rómulus alzó lo que había tomado de su generador dorsal. La trenza de Mau. Sólo una cosa le hacía sentirse con la fuerza necesaria para no caer en la desesperación: su amor por ella. ¿Pero cómo podría seguir viviendo con el peso de un amor prohibido sobre su conciencia?.

De repente la angustia de su rostro se dispersó como un puñado de arena en medio de un huracán. – ¡Ya basta! –clamó decidido a enfrentarse a sí mismo-. ¡Ya basta de lamentarse!. ¡Soy Rómulus Devine, capitán al mando de la 6º Compañía de los Ángeles Sangrientos!. ¡Sirvo al Emperador y a la memoria de Sanguinius, nunca dejaré de hacerlo mientras quede un álito de vida en mi cuerpo!. ¡Y amo a Mau del Capítulo de los Tigres Nevados!, ¡una digna sierva del Emperador!. ¡La amo con toda mi alma, pero eso no merma en absoluto mi devoción a mi capítulo!. ¡Malditos sean los infiernos, que el Emperador abata sobre mí la más deshonrosa y horrible de las muertes si eso le desagrada!.

A la mañana siguiente los Sangrientos recibieron aviso de la base de los Tigres. La 3º compañía de los Tigres Nevados recibía en aquel día suministros de una narve de carga, tras lo cual procederían a embarcar en la Feline hacia el sector Obdulon tal y como Rómulus había dicho.

La 6º Compañía formó ante sus Thunderhawks y Rómulus vio que, aunque su número había sido diezmado y sus escuadras unidas para suplir las bajas, aunque sus armaduras estaban demacradas y reparadas, abolladas y vueltas a dar forma, no habian un solo rostro que no mostrara orgullo y dedicación. Eran hijos de Sanguinius y todos y cada uno de ellos soportarían el peso de cien infiernos sobre sus hombros con tal de mantenerse fieles y dignos de su capítulo.

Rómulus les observó completamente inmóvil, sin decir una palabra. Se sintió igualmente orgulloso y afortunado de que aquellos fueran sus hombres. Se sintió poderoso por tenerlos a su lado, por contar con su fuerza y confianza, aunque Sagos se había mostrado extraño con él aquella mañana. Ahora que el capellán había perdido a todos los miembros de la compañía de la muerte los Sangrientos acudían a él como guía espiritual, pero su característica sordidez era ahora más marcada que nunca. Su búho saltó desde su generador dorsal a su hombrera derecha volviendo la cabeza en todas direcciones cada cierto tiempo, sin fijarse en nada en particular.

Manphred en cambio se mostraba más altivo que ninguno. Rómulus había oído historias sobre un suceso horrible vivido por el paladín del Emperador, pero sólo él y Sagos estaban en ese secreto. Fuera lo que fuera, Manphred era un hombre que crecía inconmensurablemente ante la adversidad. En condiciones adversas se convertía en un verdadero coloso, un ejemplo a seguir, un pilar en el que sostenerse. De hecho le sorprendió bastante que Manphred expresara su descontento con la situación actual de la compañía; sin duda hablaba por la compañía y no por sí mismo.

  • Manphred –le llamó Rómulus casi sin poder sostener el orgullo que ahora le inundaba-. Quedáis al mando. Yo he de ir con la capitana Panter. Esperad órdenes de la torre de control de la base para subir a la órbita. Nos reuniremos en la Feline.

Manphred asintió con dinamismo. – A la orden, capitán.

El capitán no pudo reprimir una última mirada a sus hombres antes de marchar. Tenían un aspecto demacrado, pero su espíritu estaba intacto a pesar de la desgracia que parecía perseguirles desde hacía meses. De mismo modo reharía el suyo, pensó. Debía mantenerse digno de sus hombres y digno de su capítulo.

Una vez en la base de los Tigres Rómulus pasó breves minutos en la sala de estrategia 2 que tan bien conocía con la capitana Panter y los sargentos Karakal y Tigrit. Únicamente hicieron una revisión de la ruta espacial que seguiría la Feline por el sector Obdulon. Puesto que iban en mision de patrulla de búsqueda no había planes trazados ni planeta objetivo que atacar, por lo que la reunión fue fugaz.

Tras aquello estuvo presenciando la maniobra de aterrizaje de la nave de carga y cómo los siervos del capítulo, primordialmente hombres ataviados con túnicas blanquiazules, procedían a descargar sus bodegas en una escena no muy diferente a la que había visto ya cientos de veces en Baal. De hecho, pensó Rómulus con cierto divertimiento, la única diferencia importante era el paisaje de fondo. Aquellas sucesiones interminables de colinas redondeadas no podían compararse con la suave belleza de las dunas de Baal.

Poco después del aterrizaje una larga fila de Tigres Nevados con su servoarmadura y equipo al completo descendió de la nave para reforzar las fuerzas que pronto partirían. Rómulus pensó que era lógico que muchos de los siervos del capítulo fueran hombres, ya que debido a su rara semilla genética eran los que menos probabilidades tenían de superar las pruebas para convertirse en marines espaciales. Realmente, aquellos debían de ser afortunados porque había oido decir a Mau alguna vez que muchos de los aspirantes varones morían de modo horrible al serles implantada la simiente genética de los Tigres. No se suponía que Mau debiera decir aquello a un extraño para el capítulo, pero Rómulus no lo era en absoluto para ella.

El capitán sonrió dejando de prestar atención a la escena. Pensaba en la maravillosa inocencia de Mau. El modo en que parecía tan infantil, tan vulnerable, y cómo en el campo de batalla se convertía en una guerrera tan mortífera como cualquier otro marine. Era algo intrínseco del capítulo sin duda, ya que había visto otros muchos ejemplos. Incluso en gran Karakal era un gigante despreocupado y burlón antes de pasar a ser una verdadera bestia de destrucción frente al enemigo. Le vio azotando la espalda de uno de los siervos en una palmada cuya potencia diluyó la amistosidad del gesto y gritándole que trabajara más deprisa con una sonrisa abierta entre sus barbas rojizas.

Eran un capítulo muy distinto de lo habitual. Mau le había contado que estaban vinculados con los Lobos Espaciales, pero en un modo que ella desconocía. Aquello tenía sentido, los Lobos Espaciales también eran gente extravagantemente afable e informal cuando no se encontraban en la batalla, ¿pero qué clase de vínculo les uniría a los Tigres?. No dedicó ni un segundo de su tiempo a escudriñar aquella pregunta.

Entonces sintió algo, no sabía qué. Era una presencia, una sensación de familiaridad. Sin motivo alguno su cabeza se volvió en una dirección y sus ojos se fijaron en otros. Vio una servoarmadura tisarina, más compacta de lo habitual, que por alguna razón destacaba entre todas las de su alrededor. Vio un cabello gris... lacio y suave como una cascada. Unos ojos... atigrados como los de los demás marines pero muy diferentes.

Mau le devolvió la mirada. Una serena sonrisa afianzaba sus suaves rasgos y la daban un aspecto confiado. No se detuvo mucho tiempo. Cuando el resto de las tropas que habían llegado con ella terminaron la leve presentación formal a los oficiales de guardia de los hangares, se unió al grupo que desapareció por una puerta. Ella fue la última en entrar en el edificio. Su cola biónica hizo un gracioso bucle en el aire antes de desaparecer tras la puerta que Rómulus sólo pudo interpretar como un “sígueme”.

Rómulus no sonrió.

El encuentro se produjo en un rincón solitario de un pasillo auxiliar destinado únicamente a los siervos del capítulo. Ambos habían acudido a aquel lugar guiados por la nada, como si no fueran dueños de sus acciones, como si no tuviera sentido estar allí. No hubo palabras. No hubo preguntas ni afirmaciones. Ambos se fundieron como gotas de agua en un lento, suave, prohibido abrazo mientras el resto del universo se congelaba a su alrededor.

Las naves de los Tigres despegaron poco después para atracar en la Feline, que les aguardaba en órbita. Su cargamento de Ángeles Sangrientos y Tigres Nevados tenía como misión patrullar el sistema Obdulon a la espera de que Nephausto y su contingente apareciera por allí o por cualquiera de los otros tres sistemas que serían vigilados por la garra blanca de los Tigres.

Los Sangrientos viajaron en sus propias Thunderhawks, y una vez en la Feline se mantuvieron recluidos en la sección de la nave que se les había asignado. Todos excepto dos de ellos: El paladín Manphred, que fue destinado por Rómulus al puente de mando para mantener a los Sangrientos informados por su propia palabra, y el mismo Rómulus, cuya presencia entre los Tigres parecía ya tan ortodoxa como si vistiera sus mismos colores.

En realidad, Rómulus estuvo a solas con Mau la mayor parte de ese tiempo, en el que pudo comprobar el cambio que se había operado en la joven marine. Conforme iba contando todo lo ocurrido en Cralti V con sus porpias palabras al margen de los informes que ella había leído, Rómulus veía que aquella inocencia que siempre había percibido en Mau seguía patente, pero ahora estaba canalizada por una nueva impresión de madurez y serenidad.

  • ¿Es un niño?.

  • Así es –Mau no dejaba de sonreir.

Estaban en una enorme sala que se había construido alrededor de una enorme máquina en forma de estalagmita enorme y cubierta de engranajes y cadenas en constante movimiento. Los siervos del capítulo, varones en su totalidad, la atendían, engrasaban y bendecían sin prestar atención a otra cosa.

Los dos estaban frente a un ventanal viendo cómo el planetucho se alejaba. Él la mantenía abrazada por el talle.

  • ¿Es... normal?.

  • Ya le verás a nuestro regreso.

La inocencia había vuelto a emerger en Mau. Nada les hacía asegurar que volverían a Tigrit IV con vida ni que él podría acompañarlas. Estrechó su abrazo y bendijo a Mau en sus adentros ya que aquella especie de broma él la entendió como una afirmación.

  • ¿Y qué nombre...?

  • Aún no he pensado un nombre.

Rómulus vio en el reflejo de Mau sobre el cristacero la felicidad grabada en su rostro. Sus ojos estaban mirando al espacio pero veía en ellos que su atención estaba centrada en el menguante planeta. Después amplió su visión para verse abrazado a ella. No sintió malestar, deshonor ni vergüenza alguna. El hecho de sentirse igual de feliz a su lado ya no disparaba su condicionamiento hipnomático ni las doctrinas de su capítulo como si fueran ensordecedoras alarmas en su cerebro. Ambos eran marines y se dirigían a luchar contra el enemigo del Imperio; un enemigo que les había hecho sufrir a ambos... y que ahora conocería la ira de Rómulus Devine.

Mau apoyó la cabeza sobre la hombrera de Rómulus. El planeta era ya un impeceptible punto perdido en mitad del espacio cuando el ventanal fue sellado por una compuerta blindada, señal de que la nave se preparaba para entrar en la disformidad. En ese momento vio el reflejo de Rómulus y que éste también la estaba mirando en aquel precario espejo. Su recuperación despues del parto, pensó volviendo la mente atrás, fue extremadamente rápida permitiéndola a última hora formar parte del refuerzo de tropas para la 3º Compañía de los Tigres Nevados, donde sabía que podría encontrar a Rómulus y el resto de los Sangrientos. La noticia de las graves pérdidas sufridas por Rómulus y su 6º Compañía fueron recibidas con amargura en Tigrit IV principalmente debido a la desaparición del hermano Remus. Incluso se decía que en realidad Remus había sido captado por el capellán para formar su Compañía de la Muerte, pero esa clase de rumores tenía escasa vida y menos efecto entre marines espaciales y la pérdida de Remus fue asumida con rapidez. El respeto que los Tigres profesaban al artillero fue demostrado en varios oficios extraordinarios dirigidos a los caídos de los Sangrientos en la fortaleza en la que sirvió. Remus llegó desde los Ángeles Sangrientos para ser un vínculo entre ambos capítulos; ahora se había convertido en mártir de ambos.

  • ¿Cómo desapareció Remus? –preguntó Mau de improviso.

El rostro de ambos volvió a la cruda realidad perdiendo rápidamente cualquier rastro de sonrisa.

  • Igual que tantos otros. Aquella batalla fue un verdadero revés para la compañía. Tanto que...

Rómulus se detuvo en seco. Mau buscó su mirada pero él no la devolvió, incluso miró al otro lado para evitarla. Como si hubiera estado reuniendo valor, el Sangriento la miró a los ojos de repente.

  • Tanto que llegué a creer que nuestro amor había traido la maldición sobre mí y sobre todos bajo mi mando –dijo con rapidez.

El rechazo de Mau a aquella idea se hizo patente en forma de una expresión entre sorprendida y agresiva.

  • Incluso sobre mi propio hermano –prosiguió Rómulus-. Cuando desapareció el aire entre nosotros aún estaba cargado de rencor. No puedo soportar haberle perdido así.

  • Rómulus... –ella sostuvo una de sus manos entre las suyas-. No sabéis lo que ha sido de él.

  • ¿Cuánto podría sobrevivir un Ángel Sangriento como prisionero de marines traidores?. Además sabemos que Aertes fue quien los rescató. Dime, ¿qué crees que hizo él cuando vio a Remus, si es que seguía vivo en ese momento?.

  • Intentaría atraerle hacia él, como intentó contigo.

  • Y cuando él se negara...

Mau asintió pesarosa.

  • Remus está muerto y ya nunca podré reconciliarme con él. Pero aún puedo tomarme venganza de sus asesinos y por mi sangre que es lo que haré.

  • También yo. Remus era también parte de la 3º Compañía de los Tiges Nevados. Su pérdida es en parte nuestra y nos vengaremos del causante.

Rómulus agradeció aquellas palabras con un triste asentimiento y lágrimas en sus ojos. Los siervos de los Tigres Nevadas desviaron de inmediato la vista cuando ambos se besaron.

Es monstruoso lo que puede llegar a hacer una mente liberada de toda ley con tal de alcanzar sus siniestros objetivos.

Los pecados de Aertes son innumerables y muchos de ellos innombrables. He hecho frente y he absuelto a otros como él, pero no con su espíritu. No se arrepentirá, no se dejará convencer porque no alberga dudas en su alma. No siente que haya error alguno en sus obras pasadas o futuras.

Pero debo intentar ayudarle. Su camino debe girar o una grave amenaza se ceñirá sobre todo el Imperio. Debo intentar ayudarle... o detenerle.

Mis inconscientes anfitriones me llevan ahora hacia él. Los caminos están a punto de cruzarse y debo tener cuidado si quiero separarlos o se fundirán como afluentes de un mismo río.

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Desde lo alto de aquel monte se podían ver dos ciudades, cada una al pie de sendas montañas. Una de ellas estaba en ruinas y se estremecía contínuamente víctima de las explosiones y los tiroteos. Una nube negra se extendía sobre ella y se unía a otra masa nubosa mucho mayor que se extendía desde el horizonte como heraldo de la llegada de los adoradores del señor de las plagas. El repiqueteo de los bólters, música celestial para los oídos de Remus, se entremezclaba con los excitantes impactos megasónicos de las armas de los Esclavos de Calipso. Fijando la vista, podía verlos; una fuerza combinada de resplandecientes armaduras doradas y de guerreros oxidados y putrefactos. Los marines de plaga y los marines ruidosos se complementaban con perfección insospechada a pesar de sus radicales diferencias. Mientras los primeros avanzaban con lentitud y sin dejar de disparar su cacofónico armamento, los segundos se lanzaban al asalto absorviendo la escasa potencia de fuego enemiga con sus cuerpos purulentos. Era una perfección sencilla y eficaz aunque contra aquellos enemigos, pensó Remus, tanto daría enviar a la batalla a sus esclavas en lugar de a sus guerreros.

El enemigo no era más que los pocos oficiales de seguridad ciudadana que seguían vivos. Les apoyaban unos cientos de milicianos voluntarios equipados con armas y equipo de contrabando. El resto de la población estaba huyendo en aquel momento en dirección a la otra ciudad, mucho más grande. La caravana era acosada sin descanso por los motoristas de los Esclavos de Calipso, quienes capturaban a sus presas con garfios y cadenas de plata como quien recoge la cosecha.

  • ¿Cuánto tiempo llevamos arrasando esta repugnante roca? –preguntó Remus refiriéndose al planeta.

  • Una semana y dos días, amo Remus –respondió Herófocles a su espalda. El hechicero tenía los hombros encogidos y los brazos colgantes y pegados al cuerpo inmóvil.

  • Una semana, padre... –Remus dejó la frase a medias esperando las palabras de Nephausto.

A la izquierda de Remus, el No Sediento inspiró sonriente. – Paciencia, Remus. Aquellos a quienes esperamos vendrán aquí. Este es el punto en el que nuestros caminos se cruzan... y en el cual los suyos terminan.

  • Padre... no entiendo cómo puedes estar tan seguro de...

La risa de Nephausto interrumpió a Remus, quien sólo cayó respetuoso para no sobreponer su voz a la de él. – No puedes comprender lo que significa estar bajo la protección de un verdadero dios, hijo. Padre Nurgle me cuida y fortalece. Bajo su manto mis poderes aumentan y se extienden abarcándolo todo a mi alrededor, incluso el propio tiempo.

Remus se giró desinteresado. Nephausto sabía que Remus no sentía curiosidad alguna por las bendiciones del Caos. Sólo veía en ellas un método de castigar al imperio protegido por Rómulus. Mientras que la mayoría de los Esclavos de Calipso portaban la marca de Slaanesh, Herófocles inclusive, Remus no había querido entrar a formar parte de esta mayoría si bien sus tendencias a la lujuria eran cada vez mayores. Llegaría el día, tal vez cuando su hermano estuviera finalmente muerto y su sed de venganza saciada, en el que se doblegaría finalmente. Por el momento parecían bastarle los placeres que degustaba, escuetos y efímeros en comparación con las prácticas que llevaban a cabo algunos de los Esclavos de Calipso.

En la ciudad, la caída de los defensores era ya un hecho y sin embargo se negaban obstinadamente a abandonar sus posiciones. Los rifles láser y armas de cazador no detenían a sus agresores, quienes con una sola ráfaga de sus bólters acribillaban a varios de ellos entre explosiones sanguinolentas.

Isaar emergió desde una esquina seguido por su escuadra y les ordenó abrir fuego sobre un puñado de infelices atrincherados tras los restos de un vehículo sepultado por los escombros. Los destructores y amplificadores sónicos levantaron oleadas de polvo del suelo entre ellos y el objetivo. El vehículo fue desenterrado y lanzado violentamente por los aires al igual que los pequeños humanos escondidos tras él. La escuadra entera se detuvo para carcajearse y siguió avanzando. Isaar empuñaba la espada de plata de Lodugus que Remus le entregó tras su duelo. La hoja aún estaba limpia ya que nadie se había acercado aún lo suficiente a él como para recurrir a ella. Apuntó con su pistola bólter sin dejar de correr y disparó sobre un par de enemigos que se retorcían en el suelo.

Otro paladín ruidoso ordenó a su escuadra de marines ruidosos asaltar la barricada erigida frente a ellos. Fue fácil; los amplificadores sónicos obligaron a los humanos a mantener la cabeza gacha hasta que pudieron tomar la posición al asalto. Las garras demoníacas del paladín, que exageraban sus manos fusionadas con sus guanteletes de oro, desgarraron la carne y el hueso destripando a un enemigo tras otro sin darles ninguna oportunidad de reacción. Sus constantes chillidos obligaban a sus enemigos a aferrarse la cabeza lo cual les dejaba patéticamente indefensos ante él.

Los marines de plaga luchaban silenciosos como la misma muerte. No vociferaban himnos de guerra, ni reían con cada enemigo abatido. Ellos se dedicaban sin distracciones a su cometido de extender la enfermedad y la miseria a su paso. Un enjambre de moscas precedía siempre a la aparición de estos guerreros de la corrupción. Los lugareños habían aprendido pronto a predecir su llegada gracias a las moscas; tanto que algunos huían nada más verlas aparecer.

Una escuadra de estos marines de plaga avanzó por el centro de una avenida. La escuadra era encabezada por un paladín excepcionalmente abotargado que empuñaba una tosca espada de hueso amarillento. Todos sus integrantes portaban una armadura desgastada y llena de conchas de óxido adaptada a sus vientres hinchados. Un francotirador disparó desde una ventana provocando una reacción relampagueante en toda la escuadra, que devolvió el fuego con una brutalidad tal que los bólters le desintegraron en una nube roja. Siguieron adelante hasta que de repente su camino se vio obstaculizado por una muchedumbre apostada tras vehículos volcados y otras defensas de aspecto enclenque. Los marines de plaga permanecieron parados durante un rato en medio de la calle frente a aquella defensa sin que nadie efectuara el primer disparo. Los defensores estaban tan asustados que el mero hecho de que los caóticos no avanzaran era acogido como una pequeña victoria y no querían tentar a su ira.

Otra escuadra se unió a la primera y quedó igualmente inmóvil ante las defensas imperiales haciendo un total de diecisiete marines de plaga frente a un contingente aún muy superior en número pero evidentemente inferior en poder y valor. Sonó el primer disparo entre los defensores. Alguien había abatido a su propio oficial imperial de un tiro en la nuca. Inmediatamente hubo un tiroteo y las tropas imperiales empezaron a atacarse entre sí. Los marines del Caos cargaron ya que esa era exactamente la señal que aguardaban.

Lacvediar, habiendo extendido el culto a Nurgle por todas las ciudades, había encontrado tremendamente fácil infiltrar a sus adoradores entre las tropas de defensa. A la vista de las tropas de los Dioses Oscuros, aquellos que seguían su doctrina volvían sus armas contra todo siervo del Imperio a su alcance. Los marines de Plaga alcanzaron el combate y se unieron a los sectarios de Lacvediar en su lucha. El resultado fue desastroso para sus enemigos.

El propio Lacvediar surgió con uno de ellos levantado por encima de su cabeza por sus poderosos brazos. Le partió la espalda sobre la nuca y lo zarandeó a modo de maza para derribar a otro puñado de imperiales. Su mano apresó un cuello con fuerza suficiente para romperlo y arrancó aquella cabeza de cuajo, levantándola y adorando a Nephausto a voz en grito.

Una vez todo oponente fue pasado a cuchillo y pistola láser, Lacvediar y sus adoradores se reunieron ante los marines de plaga rindiéndoles silencioso tributo con los despojos de los vencidos. Un Rhino dorado llegó con el traqueteo de sus cadenas y se detuvo cerca de ellos. Remus fue el primero en emerger de él seguido de inmediato por Herófocles siendo ambos ampliamente ignorados. Cuando Nephausto descendió del cielo con sus alas negras completamente desplegadas los adoradores se arrodillaron de inmediato, besando de hecho el asfalto, y los marines se retiraron para recibirle.

  • Has hecho un excelente trabajo, Lacvediar –dijo el señor del Caos tomando tierra con un último aleteo antes de que sus alas formaran la acostumbrada capa negra alrededor de su generador dorsal.

El aludido levantó la cabeza del suelo para responder. – Sólo te sirvo, mi señor.

Nephausto le hizo señas para que se levantara y Lacvediar obedeció al momento. – Reúne a los fieles. La hora está cerca.

  • Sí, mi señor. Que Nurgle permita que la hora de tu venganza sea la más gloriosa de...

  • Lacvediar.

  • ¿Mi señor?.

  • Cállate.

  • Lo siento, mi señor.

Nephausto se volvió hacia Remus y Herófocles. – Hemos hecho ruido por toda la superficie del planeta, lo suficiente para que los marines sean atraidos. Cuando lleguen aquí...

  • Les daremos un digno recibimiento –interrumpió Remus.

Tanto los marines de plaga como los adoradores taladraron con la mirada a Remus por interrumpir a su señor pero Nephausto, lejos de parecer contrariado, convino con él con un sonriente asentimiento.

  • Amo Remus –Herófocles se mantuvo a distancia sosteniendo en alto un inyector-. Vuestro tratamiento espera...

Remus resopló fastidado y ofreció su cuello. La aguja perforó fácilmente su piel en la zona ya amoratada y el líquido contenido incoloro e iridiscente entró en su corriente sanguínea con un siseo y un agradable hormigueo que le hizo estremcerse y sonreir como un bobo. Nephausto supo que tanto los marines como los adoradores y el propio Lacvediar consideraban decadentes a los Esclavos de Calipso por sus prácticas y continuas inyecciones de drogas, pero ay de aquel que levantara la voz en contra de Remus.

Herófocles limpió la aguja y la guardó entre los pliegues de su faldón. Había un extraño brillo de satisfacción en sus lentes que lograba ocultar a los demás.

La Feline llegó al planeta Obdulon Delta. Su salida del espacio disforme provocó una leve distorsión en la realidad que hizo que el telón de fondo de las estrellas ondulase levemente antes de volver a afianzarse. La nave apareció entonces y maniobró iniciando la aproximación a una órbita estándar.

En el puente de mando, Manphred presenció sin intervenir cómo la capitana Panter daba las órdenes oportunas a la almirante de la nave, la cual las transmitía a las oficiales que poblaban las consolas rúnicas. De nuevo él era el único varón; las tropas de Rómulus estaban en situación de alerta, dispuestas a iniciar un desembarco en cápsulas, en Thunderhawks o defender la nave de posibles asaltos. El planeta que podía verse en los enormes monitores no era más que otra esfera insulsa para el paladín.

  • Tengo comunicación, almirante –informó una de las oficiales-. Gobernador Junai Tebana.

  • En pantalla –ordenó la almirante desde su sillón de mando.

Un hombre con un extraño peinado atravesado por agujas apareció en uno de los monitoes auxiliares a la derecha del que mostraba al planeta pero de inmediato ambos monitores intercambiaron sus imágenes.

  • ¡Gracias al Dios que han llegado!. ¡Las tropas del Caos han destruido más de la mitad de mis ciudades en cuatro sectores!.

  • Gobernador, soy la capitana Panter al mando de la 3º Compañía de los Tigres Nevados. ¿Dónde están los traidores ahora?.

  • ¡Se marcharon del planeta no hace ni dos horas!. ¡Deben darse prisa para alcanzarles y hacerles pagar lo que han hecho a mi planeta!.

  • ¿Sensores? –llamó la almirante.

Otra oficial ya había empezado a pulsar runas y mover clavijas con veloces movimientos de sus manos. – Ampliando el radio de búsqueda, señora –respondió.

  • ¿Llegamos tarde de nuevo? –preguntó Manphred.

Panter ordenó cortar la comunicación con Tebana y lanzó una mirada de enojo que no surtió el menor efecto en el rostro del Paladín Sangriento. Cerca de él, Tigrit le indicó que guardara silencio pero tampoco ella pareció merecer la atención de Manphred. Sin embargo no dijo nada más.

  • ¡Los tengo! –la oficial de sensores casi saltó en su consola-. ¡Acorazado aproximándose por babor!.

  • ¡Maniobra de combate! –ordenó la almirante.

  • ¡Solicitad refuerzos al resto de los Tigres! –intervino Panter.

Todos los monitores cobraron nueva vida sustituyendo sus proyecciones de datos y estadísticas de los motores por imágenes del acorazado herrumbroso que se dirigía hacia ellos siguiendo una órbita sobre el planeta. Era tan enorme que la Feline parecía sentenciada de antemano.

  • He enviado mensaje al resto de naves, capitana Panter –informó la oficial de comunicaciones-. Acudirán lo antes posible.

Manphred conectó con rapidez su comunicador de muñeca. – Señor, la nave enemiga está ante nosotros.

  • ¿Se trata de Nephausto?.

  • Sin duda alguna, señor –Manphred examinó bien el monitor principal para estar seguro de que se trataba de la misma nave que derribó al Escudo Infernal.

Hubo un leve silencio rápidamente atestado por las órdenes de la almirante. El acorazado tenía aspecto de abandonado. Lo que habían confundido con herrumbre en su superficie no era sino polvo espacial adherido y que había permanecido sin limpiar durante muchos años. Pudieron distinguir pedazos más grandes de naves fusionados con el casco como si lo hubieran adornado con los restos de sus víctimas de modo que su silueta era confusa e irreconocible. Maniobró con rapidez saliendo de la órbita, acorralando a la Feline entre él mismo y el planeta.

  • ¡Salimos!. ¡Dencenso en treinta grados a tres cuartos!.

La orden de la almirante provocó una momentánea fluctuación en la gravedad artificial de la nave debido al repentino acelerón para salir de la órbita e internarse en el espacio exterior donde su maniobrabilidad podría ser aprovechada por completo.

El comunicador de Manphred volvió a llevarle la voz de Rómulus. – Voy a preparar a los Sangrientos para un asalto a su nave. Manphred, acudid a...

Panter agarró violentamente a Manphred por el antebrazo y se lo hacercó a la cara. - ¡No he dado esa orden, capitán!. ¡No olvidéis que ésta no es vuestra nave!.

  • Esa es la razón por la que voy a llevar a cabo un asalto –respondió el brazo. La transmisión estaba acompañada por otros sonidos, entre ellos pasos metálicos y el inconfundible sonido de un bólter al amartillarse-. La Feline es una nave de ataque; lo único que podrá hacer frente a un acorazado es maniobrar para evitar ser destruida y mientras lo hace nosotros les atacaremos desde el interior.

Manphred se deshizo de la Tigresa evidentemente molesto. Panter también estaba furiosa por la actitud de los Sangrientos. Algunos de los siervos y oficiales se habían vuelto hacia ellos mientras la almirante seguía haciendo su trabajo.

  • Manphred, reuníos conmigo en el subnivel dos de la armería.

El paladín aún estaba sosteniendo un pulso con los ojos felinos y amenazadores de Panter. - ¡A la orden, señor!.

Justo antes de que Manhpred abandonara el puente, la capitana Panter impartió alguna orden en su propia lengua y le siguió. – ¡Si los Sangrientos luchan nosotras también iremos! –dijo.

  • Están escapando para no quedar entre nosotros y el planeta. Al menos esas marines tienen nociones básicas de combate interestelar.

El comentario de Nephausto provocó risitas en el puente de mando del Apocalipsis, del doble del tamaño del de la Feline. Los oficiales tecleaban con dedos famélicos, casi insectoides, las runas de las consolas mugrientas. El que debía de ser el oficial al mando de la nave no tenía asiento. Su cuerpo no tenía piernas ni cadera y estaba suspendido por una telaraña de cables que penetraban su cuerpo desde todas diercciones. Su columna vertebral se le salía y conectaba con un gran conducto que se perdía en un agujero del suelo. Otro tubo conectaba con una especie de bozal que le cubría la mandíbula. Sus manos manipulaban de forma mecánica las holopantallas que flotaban a su alrededor.

  • Démosles un susto. Abrid fuego sobre su sección de popa.

El cuerpo asintió y de inmediato los demás imprimieron más frenetismo a sus teclados.

  • ¡Nos están fijando! –chilló la oficial de sensores de la Feline.

Uno de los monitores mostró los datos recopilados por la oficial y la almirante los interpretó en el acto.

  • ¡Adelante diez!.

El monitor principal del Apocalipsis mostró a la nave de los Tigres Nevados acelerando repentinamente y evitando la lluvia incandescente de sus baterías.

  • Mantenedla a nuestra proa –ordenó Nephausto.

El Apocalipsis viró como un inmenso tiburón siguiendo el movimiento de su presa.

  • Es demasiado rápida –advirtió el cuerpo con una voz salida de los altavoces del puente.

  • Preparad baterías de estribor. Lanzad a los cazas y bombarderos a mi orden.

Aguardó. La Feline siguió su giro alrededor de ellos manteniéndose a distancia.

  • Fuego baterías de estribor.

La tranquila orden de Nephausto obtuvo un intenso sonido repiqueteante por respuesta. Una vez más la nave evadió cuantos disparos intentaron alcanzarla siguiendo su rumbo por la parte interior de la curva trazada por el Apocalipsis.

  • ¡Disminuid el tiempo de reacción! –ordenó el cuerpo a su tripulación.

  • Viro de noventa grados a babor. Aceleración máxima a mi señal.

El señor del Caos acarició su báculo paciente mientras la maniobra que había ordenado era ejecutada. El monitor de popa mostró a la Feline deteniendo su amplio giro para colocarse tras ellos.

  • Fuego torpedos de popa. Viro a babor. Fuego con las baterías laterales en cuanto estén a tiro.

  • Estamos en su cola, almirante.

  • Bien. Torpedos de proa. Vamos a destrozar sus motores.

  • ¡Torpedos enemigos!. ¡Detecto dos... tres lanzamientos directos a nosotros!.

  • ¡Maniobra evasiva a babor!, ¡tres cuartos de potencia!.

  • ¡La nave enemiga también gira a babor!. ¡Vuelven a fijarnos!.

  • ¡Descenso de cuarenta grados a toda potencia!. ¡Fuego con todas las baterías!.

La Feline esquivó sin dificultad los torpedos lanzados pero las maniobras de ambas naves la obligaron a pasar por debajo de la Apocalipsis y tuvo lugar un tiroteo en el que la mayor parte de los impactos fue absorvida por los escudos de las naves.

  • Seguidla –ordenó Nephausto en cuanto al nave les hubo adelantado-. Lanzad a los bombarderos con orden de inutilizar sus motores. Quiero capturar esa nave.

  • ¡Mi señor!. ¡Hay tropas enemigas a bordo!.

  • ¿Dónde?.

El cuerpo apartó una holopantalla centrando su atención en otra. - ¡Confirmo!. ¡Ha sido teleportada una fuerza importante!. ¡Sección –las palabras pronunciadas fueron ininteligibles salvo para aquellos que comprendieran aquella jerga blasfema-, mi señor!.

  • ¿Cómo han podido evitar los escudos?.

  • Se han internado durante el período de regeneración, pero no comprendo cómo han podido hacerlo.

Nephausto sonrió. – Vaya, sí que tienen recursos. Remus, responde.

  • Aquí Remus.

  • Nuestros invitados han subido a bordo antes de lo esperado. Procurad atenderles, yo iré enseguida.

Rómulus miró en todas direcciones asimilando rápidamente el entorno. Había sido teletransportado junto con un contingente mixto de Sangrientos y Tigres. Dos escuadras tácticas y una de asalto, ahora sin sus retrorreactores, eran la única presencia de los Ángeles Sangrientos además de Rómulus, el paladín Manphred y el Capellán Sagos, cada uno de los cuales se hizo cargo de una escuadra. El resto eran tropas de élite de los Tigres Nevados equipadas para el combate de corto alcance. Varias de las marines portaban sus temibles garras tisarinas, y algunas estaban armadas con cuchillas relámpago.

Toda la fuerza de combate estaban en una gran sala completamente vacía de función inimaginable. Un almacén vacío, tal vez, si no fuera por los alarmantes grilletes dispuestos a lo largo de las paredes, suelo y techo. Aquel era el único lugar lo bastante grande como para que la fuerza pudiera seer transportada en su totalidad y lo bastante cerca de una de las fuentes de energía del grotesco acorazado de Nephausto.

Rómulus, al mando de los marines de asalto, se reunió con Panter, Tigrit y Karakal mientras sus respectivas tropas aseguraban la estancia.

  • Por ahí –indicó Karakal comprobando las lecturas del auspex de uno de los suyos-. La fuente de energía no está lejos.

  • Abrid la marcha –dijo Rómulus-. Los Sangrientos cubriremos la retaguardia.

Avanzaron. Todas las compuertas estaban selladas y hubieron de ser voladas con cargas de fusión. Los amplios corredores de la nave eran repugnantes; cubiertos de una porquería verdosa que se pegaba a sus armaduras y pequeñas criaturas que escapaban de los haces de luz de sus focos. Todos llevaban puestos sus cascos en previsión de cualquier posible contagio en aquel aire pero los sensores olfativos les transmitían el hedor del lugar provocándoles una desagradable sensación de mareo. Las dos fuerzas se separaron ligeramente; los Tigres avanzaban en primer lugar y los Sangrientos se aseguraban de que nadie les atacaría desde donde habían llegado. No encontraron ninguna resistencia.

La Feline se alejó del Apocalipsis tanto que los bombarderos dejaron de perseguirla para reunirse en torno al acorazado como una nube de diminutas partículas orbitando a su alrededor. Segundos después la nave imperial había dado media vuelta y se dirigía directamente hacia su gigantesco oponente a velocidad de embestida.

  • ¡Viene hacia nuestro costado! –se alarmó uno de los pilotos de la Apocalipsis-. ¡Vamos a colisionar!.

  • ¡Mantened la posición! –ordenó el cuerpo-. ¡Fuego todas las baterías!.

  • ¡Ahora! –gritó la almirante de la Feline-. ¡Torpedos de proa!. ¡Maniobra Felis-4 a estribor!.

Cuatro torpedos abandonaron los tubos de proa de la Feline y a continuación la nave efectuó un viro a estribor manteniendo al acorazado a tiro de sus baterías laterales. La nave pasó junto a la popa del Apocalipsis y disparó contra los motores provocando una sucesión de explosiones por detrás del chisporroteo del escudo de la nave traidora. Los torpedos impactaron de lleno en el costado anunciando su éxito con detonaciones mucho mayores que no dejaban de parecer ridículas en comparación con el tamaño total de su objetivo. La Feline escapó una vez más a las andanadas enemigas y sólo sufrió algunos impactos superficiales en el casco pero el enjambre que rodeaba al acorazado la siguió de nuevo sembarndo el espacio detrás de ella de explosiones de plasma y disparos de cañón láser.

El puente de mando del Apocalipsis reververó violentamente y algunas de las estalactitas de óxido del techo desprendieron nubecillas rojizas.

  • ¡Informe de daños!.

  • ¡Impacto en estribor, cubiertas treinta y siete a sesenta!. ¡Sección de motores ha sufrido daños, el motor uno ha perdido un doce por ciento de potencia!.

  • Nos atacan lejos de donde han dejado a sus incursores –se percató el cuerpo al estudiar la holopantalla invocada por el oficial de armamento-. ¡noventa grados a babor y mantenedla ahí!.

  • ¿Lanzas de proa, señor?.

  • Nephausto quiere capturar esa nave.

El oficial que había sugerido el ataque de lanzas sufrió una descarga eléctrica suministrada por el cuerpo a través de sus conexiones a modo de advertencia. – Sí... señor.

  • ¡Señor, he perdido a los intrusos!.

Otra holopantalla apareció ante el cuerpo en respuesta al informe de su oficial. La pantalla etérea mostraba un esquema de la nave con la última posición de los imperiales remarcada en rojo.

  • Informad a Nephausto.

  • ¡Bombarderos enemigos, almirante!.

  • ¡Que salgan nuestros cazas!. ¡Cuarenta y seis grados a estribor!.

Los Ángeles Sangrientos se replegaron, retrocediendo bajo la cobertura que sus hermanos les proporcionaban apostados en esquinas y compuertas.

  • Esto me huele muy mal –susurró Manphred.

  • Sé a qué os referís –respondió Rómulus-. Ni un solo enemigo en nuestro camino, pero debemos cumplir nuestro objetivo. La Feline no podrá causar verdaderos daños a esta nave mientras conserve su operatividad y un sabotaje en los motores es exactamente lo que necesita.

Manphred llevaba su arcanas espadas sierra, reliquias recuperadas de una nave a a deriva, dispuestas para el combate. Caminaba cautelosamente junto a Rómulus a la cabeza del grupo de Ángeles Sangrientos, viendo cómo los Tigres avanzaban sin encontrar defensa enemiga.

  • Estamos llegando –advirtió Karakal por el comunicador.

Rómulus respondió con un escueto “Recibido”.

La última compuerta fue abierta gracias a la pericia de una de las Tigres al manipuar el panel de control y se deslizó hacia un lado silenciosa. Karakal fue el primero en echar una ojeada al interior.

La sala era tan inmensa que podría haber alojado varios titanes. Las paredes estaba recorridas por varios niveles de pasarelas y al fondo estaba su objetivo; uno de los inductores de energía. La máquina era un cilindro de cincuenta metros de diámetro embebido en la pared que conectaba con el reactor de uno de los motores. A pesar de su tamaño era un elemento frágil, vulnerable a una acción como la que los marines espaciales estaban a apunto de llevar a cabo. Los repugantes siervos pútridos y sin carne no se percataron de la apertura de la compuerta.

Rómulus llegó a la vanguardia de los Tigres y se asomó junto con Karakal. – ¡Demonios!. Este sitio es una ratonera.

Karakal dirigía su mirada a lo alto. – En cuanto demos un paso esas pasarelas se llenarán de enemigos.

Rómulus observó a los siervos. Seguían atendiendo a sus quehaceres.

  • No parecen darse cuenta de nuestra presencia.

  • No me fío. Sin duda esa es su intención...

  • Mirad.

Rómulus señaló a un siervo que pasó no muy lejos de ellos atravesando el vacío central de la estancia cargado con un barril. Todos pudieron ver con precisión que aquel humano no tenía ojos al igual que todos los que estaban a la distancia suficiente para apreciar este detalle. El siervo trastabilló hasta la pared opuesta y buscó a tientas llamando a alguien. Otro de aquellos esclavos le respondió y recibió en las manos el barril con cuyo contenido empezó a frotar una conducción de acero.

  • Están ciegos. Y con este hedor es imposible que puedan olernos.

  • ¿Estás a punto de sugerir lo que yo creo, Rómulus? –Karakal volvió la vista hacia el capitán Sangriento.

Rómulus asintió. – Un grupo reducido debería ser capaz de llegar al otro lado y situar las cargas sin que esos...

  • No será tan sencillo –interrumpió Tigrit-. Mirad allí.

Marines de plaga. Había unos cuantos en varias de las pasarelas.

  • Apuesto que esos no son ciegos –añadió Panter.

  • Capitán –llamó el comunicador de Rómulus-. Aquí Crasso. Tenemos movimiento. Creo que ya vienen por nosotros.

Los cuatro oficiales se miraron unos a otros durante unos segundos.

  • ¡Bah, al infieno! –sentenció el Tigre de Fuego-. ¿Quién quiere vivir eternamente?.

Rómulus miró atrás, hacia una de las escuadras tisarinas que aguardaban agazapadas. A pesar de que todos los rostros no eran sino las máscaras inexpresivas de sus cascos supo distinguir al momento cuál de ellas era Mau. También reconoció a Ocelot y Nekoi por las runas pintadas en sus hombreras.

  • Adelante.

El puente de mando de la Feline sufrió tal sacudida que muchas de las oficiales, incluida la almirante, cayeron de sus asientos.

  • ¡Hemos perdido dos torretas más en babor, almirante!.

  • La nave enemiga pierde muchas torretas por babor, señor.

  • Ordenad a los bombarderos que intensifiquen sus ataques en ese flanco. Comunicad con ellos en un canal estándar.

  • Señor, detecto una configuración anómala en algunos de los cazas enemigos.

  • Especificad.

  • Son Thunderhawks, señor. El enemigo tiene varias Thunderhawks formando parte de su anillo defensivo.

Un monitor mostró que, en efecto, varias Thunderhawks de los Ángeles Sangrientos luchaban junto a los cazas de los Tigres Nevados para detener a las naves del Apocalipsis. Las Thunderhawks empleaban sus numerosos bólters y su cañón principal para abatir una nave tras otra en mitad de sus maniobras.

  • Enviad al escuadrón Sepulcro contra esas cañoneras.

  • La nave enemiga evita la comunicación, señor.

  • Preparad un ataque con las lanzas de proa al sesenta por ciento.

El marine de plaga paseó por aquel andamio de aspecto enclenque haciendo mucho ruido con sus pisadas. Era enorme, con el cuerpo y su coraza hinflados y su respiración era trabajosa a través del tubo que conectaba su respirador con su abdomen. Estaba viendo a algunos de los esclavos allá abajo manoseando una conducción cuando se dio cuenta.

Los intrusos contra los que toda la nave había sido prevenida estaban entrando en la sala. Avanzaban en dos filas paralelas, pegados a las paredes y utilizando los escasos recovecos y nichos llenos de tuberías como cobertura.

  • ¡Alarma!.

El primer disparo provino de un bólter imperial para atravesar el suelo de rejilla de la pasarela e impactar en el vientre abotargado del marine de plaga. El traidor se quejó, pero permaneció en pie y devolvió el fuego junto con sus camaradas haciendo caer una dispersa lluvia cruzada de proyectiles explosivos sobre los imperiales.

Mau se parapetó tras el codo descendente de un canalón y disparó varias veces su pistola bólter. Los marines de plaga permanecían erguidos y arrogantes sobre sus andamios disparando sus bólters deformados, cosa que les haría pagar cara. Afinó la puntería y acertó a uno de ellos en plena ingle. El marine se había situado justo sobre ella y disparaba contra los Tigres del otro lado de la habitación. Sin duda sólo se había percatado de su presencia al sentir la explosión del proyectil, dolorosa a juzgar por el sonoro grito de dolor que soltó mientras caía de la pasarela.

Los siervos ciegos y carcomidos caían a diestro y siniestro víctimas de ambos bandos sin saber siquiera de cuál de ellos les llegaban los disparos.

Karakal efectuó un par de disparos con su pistola bólter y avanzó posiciones. Nekoi ocupó su lugar lanzando gritos con cada pulsación del gatillo. La Tigresa imprimía toda su rabia en cada proyectil. Se levantó para seguir pero una ráfaga repiqueteó en la pared cerca de ella y su instinto la forzó a cubrirse justo a tiempo. Apuntó al marine que había centrado su atención en ella e inmediatamente le llegó fuego enemigo desde otro ángulo haciéndola encogerse más aún en el nicho. Tomó aire y salió corriendo y disparando hacia la siguiente posición que Karakal ya había abandonado. Los disparos rebotaron contra su armadura y la hicieron trastabillar. Se cayó, pero siguió avanzando a rastras hacia el grupo de cañerías verticales que tenía delante con el suelo hirviendo a su alrededor por las detonaciones de bólter. Recibió más impactos que la hicieron rodar hasta darse contra la pared, pero siguió adelante hasta ponerse finalmente a cubierto tras uno de aquellos troncos de metal.

La totalidad de los Tigres había entrado y ahora los Sangrientos estaban efectuando fuego de cobertura desde la entrada. Los enemigos apostados en las alturas no eran numerosos pero estaban en una posición elevada tácticamente superior y resultaban difíciles de abatir. Todo el espacio de la sala estaba saturado por líneas ascendentes y descendentes de proyectiles trazadores.

Los Tigres alcanzaron la mitad de su recorrido. Varios habían caido pero muchos más seguían adelante.

Nekoi volvió a apuntar pero su objetivo fue derribado por disparos procedentes de la entrada, de los Sangrientos, de modo que avanzó.

  • ¡Capitán!.

Rómulus miró atrás. Crasso y su escuadra abrieron fuego contra varios enemigos que les atacaban desde el pasillo. Más armaduras roñosas e hinchadas empezaban a acosar la retaguardia de su fuerza de combate, pero éstos estaban acompañados por fanáticos adoradores del Caos, sensiblemente más bajos y de musculatura tan imponente como putrefacta.

  • ¡Contenedles!. ¡Crasso, Duvald, que no avancen!. ¡Méranis y yo seguimos apoyando a los Tigres!.

  • ¡A por ellos, por la sangre de Sanguinius! –clamó Manphred activando sus espadas y cargando contra las tropas del pasillo junto con la escuadra de asalto y el capellán Sagos.

El corredor se llenó de disparos bólter. El paladín del Emperador cargó abiertamente con su aura de hierro despidiendo destellos azules en torno a su cuerpo a medida que los proyectiles se estrellaban contra ella. Dos cortes y dos enemigos cayeron derramando su sangre negra. Los dientes de sus espadas sierra brillaban y giraban como si Manphred portara dos relámpagos en sus manos, dos relámpagos que acababan con cuantos marines de plaga se ponían a su alcance dando con tierra con la legendaria resistencia de aquellos siervos de Nurgle. Alguien intentó defenderse con un cuchillo pero la hoja se quebró al paso de una de las espadas y el marine resultó decapitado.

La anchura del corredor, aunque amplia, permitió a los Sangrientos detener a las fuerzas del Caos incapaces de avanzar. Incluso el capellán Sagos y varios de los marines de asalto de los Sangrientos tuvieron que permanecer detrás del combate al ver obstaculizado su camino por sus propios camaradas. Crasso, veterano luchador contra las fuerzas de Nurgle como atestiguaban su pierna y mano biónicas, enfundó su pistola bólter para combatir. El sargento agarró por la muñeca a un enemigo y le golpeó por tres veces en el vientre con su espada destripándole a cada sesgo sin que el cuchillo de plaga lograra tocarle. El siguiente manipuló su bólter a modo de garrote y le golpeó en el casco para inmediatamente después deslizarle su cuchillo por la garganta; Crasso agachó la cabeza para recibir el golpe en la cima del casco, donde apenas sí lo sintió, y cortó el brazo que intentaba degollarle en una explosión de icor repugnante. Acto seguido le propinó un mandoble en la cabeza para hacerle comprender cuán diferente era el impacto de un bólter del de una espada sierra. La espada mordió el casco traidor tan hondo que se encalló al llegar al collarín de la coraza y Crasso la arrancó con un ensordecedor quejido mecánico.

Lacvediar alcanzó a los Ángeles Sangrientos junto con los marines de plaga. Era tan alto como los siervos blindados de Nephausto y su cuerpo mediodescubierto no parecía precisar armadura alguna ya que ningún arma lograba tocarle. Un marine de asalto le apuntó con su pistola bólter; Lacvediar agarró a otro de los adoradores alzándole con una sola mano y empleando su cuerpo a modo de escudo. El adorador estalló al recibir el impacto y Lacvediar arrojó sus restos sobre el marine distrayéndole el tiempo suficiente para acercarse a él. Por dificil que pareciera mover una musculatura como la suya a tal velocidad, Lacvediar esquivó dos tajos de la espada sierra y detuvo el tercero agarrando el brazo del Sangriento. Atrajo al marine hacia sí deteniendo con la otra mano su intento de dispararle y le rompió ambas muñecas a la vez con una simple torsión fruto de una vida de maestría en combate y de la fuerza demoníaca que corría por sus venas. Lo último que el Sangriento vio fue cómo aquel enorme siervo de su enemigo le rodeaba el cuello con sus manazas.

Rómulus vio que las pasarelas se llenaban de nuevos enemigos que obedecían a una señal imprevista e invisible. Reconoció aquellas armaduras de oro y plata. Eran los Esclavos de Calipso.

Más al frente, la vanguardia de los Tigres Nevados detuvo su avance cuando el camino hacia el inductor fue bloqueado por una barrera de marines de plaga encabezada por el mismísimo Nephausto. Era fácil reconocer al señor del Caos dueño de aquella nave y de todas aquellas tropas traidoras. El báculo de madera, la capa negra envolviendo el generador de su armadura como un sudario, la armadura cargada de cuernos y colmillos. Su rostro estaba oculto bajo un yelmo de aspecto arcano.

Los disparos se detuvieron a una orden de Nephausto y se hizo una tregua cuya brevedad amenazaba con ser más corta aún de lo que cabía esperar. Sólo quedaron los ruidos de lucha provinientes del corredor.

  • Él... –susurró Rómulus desde el otro lado de la estancia.

Desde su posición a cubierto, Mau apretó los puños deslizando sus cuchillas tisarinas unas sobre otras.

En medio del silencio, Nephausto empezó a aplaudir en solitario . Se detuvo al segundo golpe de sus palmas. – Resulta patético –dijo en voz bien alta-. Una nave de ataque haciendo frente al Apocalipsis... y los gloriosos marines espaciales creen que no sé que su única esperanza es reducir de algún modo su operatividad. Puesto que esta nave no se parece a nada de lo que anteriormente habéis visto y no conocéis nada de su estructura interna, lo más probable era que atacárais los motores. Después de teleportaros aquí vuestra nave ataca una sección de motores para que nosotros creamos que no es allí donde estáis sabiéndoos a salvo en el otro costado de la nave. ¿He olvidado algo?.

Panter tomó aire para dar la orden de disparar pero unos pasos a su espalda la hicieron detener las palabras. Rómulus venía desde la puerta caminando justo por el centro de la sala en dirección a Nephausto. - ¿Pero qué demonios hace?.

  • ¿Pero qué demonios hace? –se preguntó Manphred.

Los Esclavos de Calipso siguieron desde las alturas el avance del Sangriento. Los estrambóticos cañones de sus armas parecían impacientes aunque no más que sus portadores.

Nephausto echó a andar. Los marines de plaga formados tras él no le siguieron. – Si algo se ha de alabar es vuestra habilidad y atrevimiento en contraste con vuestra mema astucia. Las incursiones y la infiltración son firma de los Tigres Nevados, pero un atrevimiento como éste me huele más a... Rómulus Devine.

  • Esto es lo que quieres ¿no es así? –Rómulus se detuvo y Nephausto también quedando ambos separados por quince metros de aire cargado de sed de venganza desde ambos lados-. Bien, aquí estoy.

La cuchilla relámpago de Rómulus se desplegó con un destello eléctrico al mismo tiempo que Nephausto adelantaba su báculo transformándolo en una guadaña en medio de una nube negra.

  • Rómulus... Quiero presentarte a alguien.

Nephausto señaló a una pasarela sobre la que se encontraban los Esclavos de Calipso. Uno de ellos se adelantó. Su yelmo tenía dos mitades: la derecha era como cualquiera de los cascos de los marines traidores pero la izquierda estaba decorada como el bello rostro dorado de una estatua. El Esclavo tenía una enorme arma apoyada contra el hombro, como un bólter pesado pero había cinta de munición ni ranura en la que insertarla. Una gran hoja afilada recorría la parte inferior del arma desde la bocacha a la empuñadura. El brazo que la asía estaba decorado con relieves de serpientes enroscadas o esa era la impresión que daba.

Sin previo aviso aquel marine saltó la baranda directamente sobre Rómulus. Blandiendo su arma como una espada, el traidor cayó lanzando un tajo sobre su presa pero Rómulus detuvo el golpe con su cuchilla relámpago provocando una explosión energética al contacto con aquella arma infernal.

Desde detrás de donde el marine había saltado, Herófocles observó el combate con las manos sobre sus empuñaduras y evidente predisposición a no intervenir.

Los Tigres Nevados reiniciaron el tiroteo. Los marines de plaga que acompañaban a Nephausto cargaron contra ellos obligándoles a retroceder ya que divididos en dos filas a lo largo de las paredes estaban en la peor situación para recibir una carga frontal. Sólo retrocedieron hasta poder reorganizarse en un frente que recibiera con toda la crudeza necesaria el asalto de los siervos de Nurgle, un frente que fue diezmado de inmediato por los disparos sónicos de los Esclavos desde sus posiciones elevadas.

Los Sangrientos aparecieron en la sala empujados por el ataque de los demás marines de plaga desde el corredor exterior y se reunieron con los Tigres Nevados en el centro disparando a los excesivamente numerosos blancos disponibles. Estaban cercados por los marines de plaga mientras los marines ruidosos les acribillaban a placer.

Manphred caminó de espaldas abrumado por la superioridad numérica del enemigo. Le dolían los brazos por el esfuerzo de la lucha y tenía una herida en el costado que no dejaba de sangrar. Se encontró formando un círculo con los Tigres Nevados, rodeado por delante y por detrás por marines putrefactos y acosado desde lo alto por marines de oro.

Lacvediar admiró la brillantez de la trampa de su señor y alzó sus brazos como troncos carcomidos en una alabanza.

Rómulus intentó unirse a los Tigres Nevados pero Nephausto le cerró el paso sin atacarle, dejando ese cometido al Esclavo.

  • ¡Tú debes de ser el nuevo lacayo de este traidor! –le gritó mientras le obligaba a defenderse de sus ataques.

El Esclavo manejaba su arma con una habilidad sorprendente. No parecía pensada para el combate a pesar de la hoja que la decoraba y sin embargo así era usada, y de un modo extremadamente peligroso. Bloqueó otro golpe de Rómulus y le apuntó al cuerpo con el cañón.

Rómulus se apartó justo a tiempo, justo antes de que un haz de luz blanca fuera disparado e impactase a uno de los marines de plaga matándole al instante. De inmediato el capitán Sangriento aferró el arma para evitar que volviera a apuntarle y le lanzó un zarpazo a la cara que fue detenido por el brazo de serpientes doradas. En ese momento se dio cuenta de que no eran relieves de serpiente en el brazo de la armadura sino una simple rosca que la recorría desde la muñeca al hombro. El traidor forcejeó; el arma estaba ahora apuntada al suelo y efectuó varios disparos fortuitos mientras ambos luchaban por ella.

Karakal luchó con sus garras tisarinas, lanzando los brazos a un lado y a otro y desgarrando a un enemigo cada vez, pero los marines de plaga se negaban sencillamente a caer. Aún cuando cualquier otro traidor habría caído aquellos enemigos se negaban obstinadamente a morir obligando al Tigre de Fuego a descuartizarlos. Uno de ellos vino hacia él. Detener el golpe del cuchillo oxidado fue fácil para alguien de su habilidad en armas; clavarle una de sus garras en el vientre y rajarlo con un áspero sonido metálico tampoco fue problema para su extraordinaria fuerza. El marine reaccionó apuntándole con su bólter a la cara pero perdió aquella mano con otro zarpazo de Karakal, quien hundió sus dos garras a la vez en su cuerpo y lo levantó del suelo antes de cruzar los brazos por completo partiendo al traidor en dos. - ¡Nekoi, Ocelot! –rugió-. ¿A qué estais esperando? ¡tenéis un cometido que cumplir!.

De repente los Esclavos de Calipso dejaron de disparar.

  • ¿Alto el fuego? –chilló Isaar fuera de sí-. ¡¿Por qué, en el nombre de los dioses?!.

  • Los marines de plaga están en la línea de tiro –respondió Herófocles como vaga justificación a su orden-. Déjales que se diviertan si tan superiores a nosotros se creen.

  • ¿Estás demente?. ¡El amo Remus...!

Herófocles se volvió a mirar al paladín. Algo en el reflejo de las lentes del hechicero advirtió a Isaar de un peligro demasiado importante como para ser rebatido, de modo que calló y bajó su pistola bólter.

La almirante de la Feline estudió el diagrama de daños durante un instante y después envió aquella holopantalla a un lado de un manotazo para concentrarse en la que le mostraba la evolución del combate entre cazas con el planeta y el espacio como telón de fondo.

  • ¡Detecto una acumulación de energía muy importante en el morro de la nave enemiga!. ¡Creo que preparan un ataque con lanzas!.

  • ¡Virad a babor!, ¡alejémonos de su ángulo frontal!.

  • ¡A la orden!.

  • ¡Bombarderos enemigos eluden el combate y se aproximan en punto-2.

  • ¡Los veo, torretas preparadas!.

En su holopantalla la almirante pudo ver cómo un escuadrón compuesto por las Thunderhawks de los Sangrientos interceptaba a las naves enemigas y las ejecutaba una por una. Aunque más pesadas que un caza, las Thunderhawk con su mayor blindaje, sus baterías bólter y su potente cañón eran perfectas cazadoras de bombarderos.

  • ¡Almirante!. ¡Teletransporte no autorizado!.

  • ¿Intrusos?. ¡Eso es...!

  • Negativo, almirante. El teletransporte se ha producido desde nuestra nave.

  • ¿A la nave enemiga?

  • Sí, señora.

  • ¿Hay brechas en el escudo?.

  • Negativo. Los bombarderos enemigos no logran penetrar los...

  • ¿Cómo es posible entonces?. ¿Y quién o qué se ha teleportado?.

  • No lo sé, almirante.

  • Nuestros bombarderos no logran causar daños importantes a la nave enemiga, señor.

  • Sus cazas empiezan a dominar el combate –informó otro con voz especialmente inexpresiva.

  • Enviad a las naves de reserva –respondió el cuerpo-. A todas. No consentiré que ese puñado de moscas derrote a las naves de Nephausto.

  • Lanzas al cuarenta por ciento, señor.

Nephausto se quedó admirando el combate de Rómulus mientras los marines de plaga pasaban a su alrededor para enfrascarse en el combate sostenido contra los Tigres y Sangrientos. Los marines tenían orden de no interferir pero aunque no la hubiera dado sabía que pocos de los suyos moverían un dedo por ayudar a uno de los Esclavos de Calipso. De repente sintió una presencia extraña peligrosamente cerca de él y se volvió lanzando un sesgo con su guadaña. Una Tigresa Nevada había estado a punto de emboscarle saltó a tiempo de evitar ser partida por la mitad. Medio segundo después su lectura del aura de aquella marine era lo bastante profunda para reconocerla. – ¡Mau!, ¡estás aquí!. ¡Eres la primera sorpresa que recibo hoy!.

  • ¡Entonces no te sorprendas cuando te encuentres sin cuerpo y con la cabeza debajo de mi bota!.

  • Yo también me alegro de volver a verte.

De inmediato Nephausto intentó decapitar a Mau pero falló y ella contraatacó con sus garras tisarinas. Evitó la primera acometida dando un paso atrás y las siguientes se estrellaron contra el asta de su guadaña. al señor del Caos no le costó mucho encontrar un hueco en su defensa pero sólo logró asestarle un puñetazo de revés en el casco.

Rómulus siguió forcejeando para arrebatarle al Esclavo su arma demoníaca pero éste había desenvainado una daga y tenía que evitar al mismo tiempo sus intentos de herirle con ella. Cada disparo resonaba como un trueno y hacía otro agujero en el suelo. De repente se sintió hundido; la sección en la que se encontraban los dos estaban tan dañada por los disparos del arma que empezó a desgajarse y a ceder. Rómulus empujó a su rival para deshacerse de él y saltar a suelo firme.

Demasiado tarde. El suelo cayó al nivel inferior y él también. En su caída rebotó contra un enorme conducto, luego sobre una gran máquina de aspecto cúbico y finalmente cayó boca abajo.

  • ¡Rómulus! –gritó Mau al ver que el capitán desaparecía por el agujero.

Nephausto le impidió acudir en su ayuda.

  • ¡Aparta de mi camino, engendro!.

Nephausto sonrió, apenas una leve curvatura en sus labios que resultó imperceptible a través de su yelmo. – No, quédate a jugar un poco más.

La guadaña giró en su mano hasta lanzar un tajo ascendente que Mau esquivó haciéndose a un lado como un rayo. – Sólo mientras esos dos se van conociendo.

  • ¡Si así lo quieres por mí perfecto!. ¡Ese traidor morirá a manos de Rómulus y tú a las mías!.

  • Mau... nunca cambiarás.

Rómulus levantó la cabeza. Sintió los alrededores sorprendentemente silenciosos aunque el fragor de la batalla aún le llegaba a través del agujero del techo. Había caído unos veintisiete metros pero por fortuna los sucesivos choques habían amortiguado de algún modo el impacto. Recogió su pistola bólter y, al mirar a un lado, vio al lugarteniente dorado de Nephausto tendido de espaldas. Aún no le había dado tiempo de preguntarse si la mano del Emperador había hecho que se partiera el pescuezo en su caída cuando él también se volvió para mirarle y levantó de nuevo su arma lanzándole un sesgo en vertical. Tumbado como estaba Rómulus solo pudo detener el golpe con su cuchilla. Quiso dispararle pero el otro apartó la pistola y le lanzó una patada. Rómulus también había lanzado una patada tras el intento de disparar de modo que ambos se apoyaron en el pie del otro y se alejaron resbalando por el suelo con el impulso. Rodaron y se pusieron en pie de modo casi simétrico. El Esclavo asió la empuñadura secundaria de su arma y abrió fuego obligando a Rómulus a buscar refugio tras la máquina cúbica.

Un rayo blanco como una enorme flecha atravesó la pared de la máquina justo entre su brazo y su pierna derechas dejando un agujero del tamaño de un puño. Rómulus se hizo a un lado y otro disparo emergió donde había tenido su cuerpo un instante antes. Previendo el siguiente impacto se echó cuerpo a tierra y, en efecto, varios haces más atravesaron la máquina demasiado altos para alcanzarle.

El Esclavo se acercó a la máquina, que había empezado a traquetear y echar humo por la fila de boquetes que le había practicado. Mantuvo en todo momento la esquina cubierta con la bocacha del arma pero cuando la rodeó como una exhalación no había nadie al otro lado.

Rómulus saltó desde lo alto del cubo, apareciendo de entre la nube de humo que empezaba a acumularse como una columna y derribando al Esclavo de Calipso. Se colocó sobre él para hundirle su cuchilla en el yelmo pero el otro interpuso el brazo grabado, que resistió el campo disruptor de sus hojas y acto seguido se estrelló contra él en un puñetazo que le hizo caer de espaldas. Encogió las piernas y rodó hacia atrás con el mismo impulso para ponerse en pie y cargar de nuevo en una temeraria acometida. El otro le recibió descargando un tremendo golpe por la derecha; le acertó de lleno en el costado enviándolo de nuevo contra la máquina cuyo lateral se averió un poco más debido al impacto del marine. Su armadura le había protegido, bendita fuera, pensó Rómulus, pero se había formado una brecha en ella.

El Esclavo rió y acometió de nuevo lanzando mandobles. Rómulus detuvo el golpe pero el peso del arma de su rival casi el arrancó el brazo y su rival le pateó en la otra mano haciéndole perder la pistola. Siguió defendiéndose agarrado a su cuchilla relámpago.

Lacvediar se encontró de repente frente a un marine con armadura negra y máscara de calavera que enarbolaba un báculo crepitante a dos manos. - ¡Un capellán! –dijo gritando sus pensamientos-. ¡Un emisario del Falso Dios que pregona sus mentiras durante la batalla!.

Sagos intentó abatir a aquel musculoso gigante pero le esquivó con rapidez.

  • ¡Jah!, ¡tus habilidades son tan falsas como tus creencias!. ¡Necesitas un arma para atestiguar el supuesto poder de tu Emperador!.

El Crozius Arcanum giró en un molinete por la izquierda y siguió su trayectoria en un sesgo por la derecha. Lacvediar se echó atrás y esquivó el golpe para inmediatamente después adelantarse y aporrear el yelmo de Sagos como un púgil.

  • ¡Yo soy el humilde testimonio del poder de Padre Nurgle!. ¡No necesito arma alguna pues él es mi arma y mi poder!.

Sagos trastabilló desorientado. El líder de los adoradores era un luchador experimentado, bien claro quedó cuando le agarró por el brazo y le arrebató su santificado cetro antes de derribarle.

  • ¡Tu símbolo de poder es mío ahora! –clamó Lacvediar alzando el Crozius bien alto para jolgorio de sus adeptos-. ¡Arrodíllate y reconoce la superioridad de aquel que sirve a Padre Nurgle!.

Sin aguardar a la reacción del capellán, Lacvediar destruyó el arma doblándola hasta dejarla inservible. El generador de campo de impacto chisporroteó agonizante en su empuñadura y luego quedó silencioso. Todo el Crozius Arcanum pareció oscurecerse en las manos del hereje.

Sagos cayó sobre él como una rugiente bestia. Lacvediar recibió la brutal y torpe acometida tomándole por los hombros y lanzándole al suelo de nuevo pero se levantó de un modo casi automático para volver a por él. Le placó por bajo rodeando la ancha cintura con sus brazos y levantándolo en el aire cuan grande era su tamaño.

  • ¡Siente ahora la fuerza sagrada de mi Primarca! –le increpó Sagos a modo de despedida a la vez que estrechaba su presa-. ¡Y recibe la merecida recompensa a tus blasfemias!. ¡Mi fe es mi armadura y mi arma más poderosa!.

Lacvediar deslizó ambas manos entre su cuerpo y los brazos blindados del capellán en una hábil maniobra de luchador para zafarse del abrazo que amenazaba con aplastarle. Logró introducir los brazos hasta los codos obligando a Sagos a aflojar su presa y le asestó un cabezazo en el yelmo. Cuando Sagos aflojó aún más le tomó por un brazo y se lo retorció pero el capellán giró sobre sí mismo liberando la presión ejercida, le estampó el otro codo en la nariz y le hizo hincar una rodilla de una patada. Antes de que poder levantarse su cuello de toro fue apresado por una de las manos enguanteladas. Lacvediar no iba a consentir que un falso profeta como aquel le hiciera arrodillarse de modo que se puso en pie. A pesar de la presión ejercida sobre su garganta y sobre su brazo, que el capellán había trabado con intención de dificultar sus movimientos, se levantó bufando con gran esfuerzo hasta que su altura volvió a sobrepasar a todos los que le rodeaban. Justo entonces un disparo perdido acertó a Sagos en la hombrera.

Sagos sintió una explosión en su hombro derecho; un proyectil bólter se había enterrado en la ceramita y había detonado hiriendole. Perdió fuerzas en el brazo con el que sostenía al hereje, lo cual permitió a éste manipulárselo como si fuera el de un niño. La llave de Lacvediar fue compleja y rápida hasta el punto en que no logró discernir un modo de liberarse a tiempo. El hereje le abrazó prácticamente el antebrazo y se lo dislocó de una busca sacudida.

Nekoi y Ocelot permanecían tras Karakal disparando contra el enemigo por entre los huecos de la barrera formada por sus hermanas de los Tigres. La chica estaba buscando al mismo tiempo el modo de llegar hasta el gigantesco cilindro del fondo pero el camino estaba obstruido por decenas de marines de plaga. Oyó cómo Karakal les metía más prisa aún y entonces vio que la pasarela más baja de la pared de la izquierda estaba desocupada.

Ocelot disparó contra la membrana respiratoria de otro marine de plaga y otra cabeza más reventó en el interior de su repugante casco. El joven Tigre había perfeccionado hasta límites insospechados su habilidad para alcanzar el punto vulnerable de una servoarmadura, incluso una servoarmadura traidora, con su fiel pistola bólter. Se lo debía en parte a la instrucción de Remus cuando luchó junto a los Tigres, pero también a su propia pericia como tirador.

  • ¡Ocelot, vamos! –oyó de repente.

Nekoi se estaba desplazando hacia la pared saliendo del circulo defensivo. La siguió sin dudar aprestando su espada sierra.

  • ¡Arriba!.

El gesto y la orden de Nekoi le bastaron. Corrió, se impulsó en las manos que Nekoi había preparado para recibir su pie y fue catapultado hasta la pasarela que había sobre ellos. Mientras aún estaba en el aire sintió momentáneamente una infantil euforia.

Un marine de plaga cargó contra Nekoi, quien había enfundado sus armas, y fue interceptado por Karakal. El Tigre de Fuego destrozó al traidor con varios zarpazos, primero el brazo, luego la cadera y finalmente el pecho y la cabeza mientras Nekoi subía también a la pasarela ayudad por Ocelot.

  • ¡Vamos, corre! –gritó la chica.

La pareja de Tigres Nevados corrió a todo lo largo de aquel precario andamio. Varios marines de plaga les vieron y dirigieron inmediatamente sus disparos creando una sucesión de impactos de bólter que cuarteaba la pared tras ellos.

Ni uno solo de los Esclavos de Calipso miró aquella pequeña escapada. Sólo uno de ellos les siguió con la mirada de unos lentes rojizos que brillaban con una leve chispa de satisfacción, precisamente desde la pasarela superior. El resto sólo contemplaban impacientes cómo los marines espaciales se defendían.

Nephausto rechazó otro golpe de Mau y la alejó de sí empujándola con el mango. – Bien, ha sido muy divertido. Tú y yo saldaremos cuentas más tarde, ahora es momento de que atienda a mi hijo.

  • ¡Rómulus no es tu hijo, no te atrevas a llamarle así!.

El señor del Caos se carcajeó antes de desaparecer por el agujero que su lugarteniente había abierto en el suelo a base de disparos. Mau intentó seguirle pero los marines de plaga, ante la ida de su señor, fueron a por ella. Su escuadra de tisarinas apareció y entablaron un frenético combate.

Nephausto descendió quince metros de caida libre y en el último momento se detuvo en el aire al desplegar sus alas. El ruido hizo que Rómulus y su contendiente detuvieran el combate durante un breve instante y se separaran inmediatamente después. El Esclavo de Calipso se echó su arma al hombro desplazándose hacia su señor y el Sangriento les rodeó con lentos pasos.

El señor del Caos se quedó flotando a dos palmos del suelo. – Rómulus... tu osadía al intentar una maniobra como ésta no me resulta inesperada. Olvidas quién fue quien te enseñó cuanto sabes. Sé sanguinario, atrevido y decidido; valor y decisión...

  • ¡No te atrevas a mancillar esas nobles frases con tu lengua de traidor, Aertes!.

  • ¡Nephausto!. Aertes no existe desde hace mucho.

  • No importa cuántos nombres te impongas. Sigues siendo Aertes, un traidor a los Ángeles Sangrientos y al Imperio.

  • No has venido aquí a retomar esa discusión, sino a conocer a mi mano derecha. Hijo mío. –Nephausto tocó la hombrera de oro del Esclavo.

  • ¡No soy tu hijo, pedazo de...!

  • No me refiero a tí, Rómulus.

El Esclavo de Calipso se quitó el yelmo.

  • Hola, hermano –saludó un sonriente Remus agitando el yelmo en su mano.

Estaba tuerto u ocultaba su ojo izquierdo bajo una semimáscara por alguna otra razón. Pero era dolorosamente Remus. Había sido tan evidente durante todo el tiempo que Rómulus se dio cuenta de ello con la misma velocidad y rotundidad con la que un martillo aplasta una nuez. La manera de luchar con un arma de fuego pesado, el modo de echárselo al hombro, sus movimientos de combate, las grabaciones que había visionado tantas veces hasta el aburrimiento en la fortaleza de los Tigres Nevados... todo lo evidenciaba ahora.

  • ¡Por el gran Sanguinius, Remus...! ¿qué has hecho?.

  • ¿Has oído hablar de los herreros de la Máquina de Kai? –le respondió él-. Su galaxia fue absorvida por una tormenta de disformidad hace milenios. Ellos murieron bajo los ataques del Caos pero durante su permanencia en el Inmaterium fueron capaces de crear armas que iban más allá de toda lógica para defenderse. ¿Qué te parece?.

Remus enseñó a Rómulus la especie de bólter pesado plateado armado con una hoja de espada con el que había estado luchando. – Yo la llamo la Espada Paracelsus.

De repente Remus le apuntó y disparó sin intención de darle. Rómulus se apartó de un salto y se refugió tras unas cañerías aún a sabiendas de que poca protección le darían contra aquella monstruosidad.

Nephausto detuvo a Remus desviándole el arma con su guadaña. – Deja de disparar eso aquí antes de que causes algún daño en la nave.

  • Bien. Nosotros nunca hemos necesitado armas para resolver nuestras rencillas. ¿No es así, hermano?.

Rómulus no se mostró. Hubo algunos ruidos cuando cambió su posición tras otra máquina cúbica que de momento estaba intacta.

Remus rió abiertamente. - ¿Es que ahora huyes de mí?. Vamos, Rómulus. Tú eres el capitán, el hermano listo, ¡era yo el que tenía que someterse!.

Acompañó sus palabras con una carrera en pos de su hermano. Una vez más no le encontró al rodear la posición en la que le suponía. Apuntó arriba, pero tampoco estaba sobre la maquinaria.

  • Se te escapa, Remus –avisó Nephuasto con toda tranquilidad.

Al volver otra esquina vio cómo Rómulus desaparecía por una compuerta. Nephausto vio con gran satisfacción cómo su hijo verdadero perseguía al falso. Entonces un ruido le hizo alzar la vista y vio una armadura blanca descolgarse desde el agujero por los canalones con la agilidad de un trapecista. - ¡Mau!. ¿Cómo te has librado de mis marines?.

La Tigresa llegó al suelo suavemente y se preparó para retomar el combate contra Nephausto. - ¿Es esta tu segunda sorpresa de hoy?.

Rió con el comedimiento de un aristócrata mientras sus pies se posaban en el suelo y sus alas se encogían transformándose en la capa. – Así es.

Mau miró a su alrededor con fugaces cabeceos.

  • Rómulus acaba de irse pero tranquilizate. Se está cuidando muy bien de él.

  • ¡Rómulus!.

  • Ahorra tus fuerzas –Nephausto asumió su propia postura de combate-. Ahora estamos solos, niña. Sólo por curiosidad: ¿has reconsiderado mi oferta?.

Mau odiaba el sonido de aquella voz con más intensidad aún de lo que odiaba el resto del ser de Nephausto. Amagó un paso adelante y disparó de inmediato su pistola bólter.

Nephausto recibió el disparo en plena frente, o así habría sido si no hubiera interpuesto la hoja de su guadaña en el momento preciso. Un relámpago negro brotó de la hoja de la guadaña y arrancó la pistola de la mano de Mau. El señor del Caos se acercó girando sobre sí mismo y haciendo molinetes con su arma en un confuso torbellino pero Mau logró detener con precisión el primer golpe con sus garras. El segundo fue un barrido con el mango que la Tigresa evitó con un salto culminado en una patada al pecho. La guadaña descendió sobre ella siendo detenida una vez más por las garras tisarinas y Mau lanzó otra patada que esta vez Nephausto detuvo con la pierna.

Durante varios segundos ambos lucharon a patadas con las armas trabadas en lo alto, deteniendo las del oponente con grebas y rodilleras e interponiendo el pie antes de recibir los golpes. Mau aprovechó un descuido para apoyar el pie en la rodilla de Nephausto y saltar por encima de él en una voltereta pero en cuanto puso pie en el suelo Nephausto también saltó por encima de ella con un salto mortal hacia atrás quedando él a su espalda. De inmediato la estranguló con el mango de la guadaña y ella lo agarró para evitarlo.

Mau intentó escapar agachándose pero su propio casco se lo impedía encallándose por el respirador. Sostuvo aquel pulso con ambas manos pues sabía que de lo contrario Nephausto tenía la fuerza suficiente para romperle el cuello. La presión aumentó y empezó a tener problemas para respirar.

  • Rómulus –llamó Remus teatralmente-. Sé que estás aquí, hermano. Te oigo. Te huelo.

Remus había seguido al capitán Sangriento hasta otra sala llena de vibrantes conductos que iban del suelo al techo como lisos árboles de bronce de más de un metro de diámetro. Un verdadero bosque de metal.

  • No jugábamos a esto desde que éramos neófitos, ¿recuerdas?.

  • Remus... ¿por qué?.

Las voces retumbaban en todo aquel lugar haciendo muy difícil saber de dónde provenían. Remus giró ciento ochenta grados por si su hermano esperaba sorprenderle por la espalda. En todo momento mantenía la Espada Paracelsus dispuesta para abrir fuego.

  • ¿Te niegas a luchar conmigo?. ¿Huyes, mi glorioso y admirable hermano?. Tus hombres están muriendo ahí arriba...

  • Dime por qué.

  • Ooooh... ya sé –Remus se relamió saboreando lo que iba a decir. Una carcajada le sobrevino antes de poder continuar-. Tus temores son acertados, Rómulus. Me uní a padre... para darte caza a tí. A tí y a esa Tigresa con la que tanto te has divertido. ¿Dónde está, por cierto?. ¿Aún está en su acogedora celda con ese engendro mestizo al que llamáis hijo?. Ya debería haber nacido ¿no es así?. ¿Has podido verle?. Dime, ¿qué aspecto tiene?.

Siguió caminando, siguiendo el rastro de Rómulus a través de las columnas. Remus empezó a respirar con dificultad. Algo en aquel lugar le alteraba. O quizá no fuera del lugar. Quizá era la excitación de dar caza por fin al que veía como único causante de todos sus pesares. Percibió el olor de Rómulus con más fuerza.

  • Te estoy oliendo, hermano. Esa brecha en tu armadura es más profunda de lo que parece. Huelo tu sangre –aspiró con fuerza y ruidosamente-. Debe de ser más exquisita de lo que ningún licor de Baal lo sería jamás. Tu sangre es el licor de la venganza... y será mío.

  • ¡¿Tú, vengarte de mí?!.

Rómulus apareció tras él apuntandole con su pistola bólter. Remus se volvió en un parpadeo al oir su grito y disparó. Acertó en el conducto de su izquierda envolviendo a Rómulus en una nube de vapor. Siguió disparando, pero su hermano ya no estaba allí.

  • ¿Por qué, Remus? –increpó la voz de Rómulus-. ¿Es que no hay límite para la maldad del Caos?. ¡Primero Aertes y ahora tú mismo!.

  • Tu padre y tu hermano –asintió Remus-. Padre me contó lo ocurrido en aquella catedral. Te ofreció ser su mano derecha como siempre habías sido y tú le rechazaste por ella.

  • ¡Le rechazé porque no quería ser un traidor como tú!.

  • ¡Un traidor!. ¡Tú, te atreves a juzgarme despues de todo lo que he hecho por tí!.

  • ¡Has destruido todo eso vistiendo esa armadura!. ¡Has luchado junto a Aertes!, ¡has atacado ciudades imperiales, matado ciudadanos y tropas del Imperio!.

  • Sí... y sólo para atraerte hasta mí. Todas esas muertes, todos esos soldados aniquilados, esas mujeres entregadas a mis hombres... toda esa campaña no era más que un reclamo y tú has acudido.

  • ¿Por qué, Remus?.

Remus volvió a reir. – Siempre has hablado demasiado. Siempre estás preguntando, siempre pensando. El Emperador bendice las mentes demasiado pequeñas para albergar dudas, lo sabes. Bien, ese debo ser yo ¿no?. Siempre he sido el hermano estúpido.

Rómulus emergió disparando a discreción. Remus salió de su cobertura y cruzó un espacio abierto enviando la energía demoníaca de su arma en forma de aquellos disparos de luz y se refugió de nuevo. Los disparos de ambos abrieron salidas en los conductos por las que el vapor escapó con furiosos siseos. Ninguno hizo blanco.

  • ¿Por qué me uní a padre, preguntas?.

  • ¡Por qué vendiste tu alma!.

  • ¡Yo no he vendido nada!. ¡No he firmado pacto alguno con ningún demonio!. Esto no son más que regalos –se miró a sí mismo haciendo especial hincapié en su arma y el brazo decorado de su armadura-. ¿Cuánto más creías que estaba dispuesto a seguir junto a ti?. ¡Me ocultaste que padre seguía vivo!. ¡Después de la catedral... me mantuviste engañado todo ese tiempo!.

  • ¡Aertes no es nuestro padre!. ¡Es un traidor!.

  • ¡Nephausto!. ¡Su nombre es Nephausto y tú eres el unico traidor!.

Abrió fuego. Los rayos atravesaron varios tubos extendiendo aún más la neblina blancuzca que empezaba a acumularse en el suelo.

  • ¡Desde que desapareciste he estado reconcomiéndome!, ¡creyendo que te había perdido sin la oportunidad de decirte lo mucho que te admiraba!, ¡sin haber podido agradecerte todo lo que habías hecho, lo que me habías enseñado!.

  • ¡Ahora es tarde para eso, Rómulus!. ¡Esto es como ha sido siempre!. ¡La pelea ha empezado y ahora uno de nosotros deberá ser el vencedor!. ¡Sólo que esta vez el otro morirá!.

  • ¡Entonces muere!.

Un disparo bólter sorprendió a Remus impactando a muy poca distancia de su cabeza. El chorro de vapor le cegó durante un momento en el que procuró mantenerse a cubierto. Ese era el noveno. - ¡Te queda un proyectil, hermano!. ¡Aprovéchalo y no lo desperdicies otra vez como cuando tuve a tu preciosa Mau en mis manos!.

Mau sintió que sus fuerzas empezaban a mermar y el respirar era ya casi imposible.

  • Se acabó, niña –oyó.

Se revolvió como pudo pero sólo lograba hacer que el señor del Caos diera un paso a un lado o a otro antes de volver a afianzarse. Al no ver otra salida, Mau ordenó al espíritu de su armadura que liberase el cierre de su casco y lo perdió, aunque pudo escapar.

Mau se le escurrió prácticamente de entre los dedos para saltar propinándole una coz que le estrelló contra una pared mientras ella caía en pie. – Eso ha sido muy ingenioso –dijo Nephausto.

  • Siempre has pecado de infravalorar a tus adversarios, Aertes.

Ambos se detuvieron ante la aparición de una voz.

  • Sólo dos personas me llaman Aertes ahora –Nephausto no buscó el origen.

Desde las sombras, silenciosamente, una figura caminó hacia la luz con movimientos etéreos. Portaba una servoarmadura de marine espacial con los colores y heráldica de los Ángeles Oscuros, pero también recorrida por símbolos de procedencia eldar. Su túnica le cubría casi por completo y aunque la capucha ensombrecía su rostro se la quitó enseguida dejando resplandecer dos ojos grisáceos y centelleantes como el acero. Su cabello era oscuro y estaba surcado por dos mechones blancos.

  • ¡Gabriel! –se sorprendió Mau-. ¿Qué estás haciendo aquí?.

  • Mau, si alguna vez has de hacerme caso cuando te digo que te marches, que sea ahora.

El rostro de Gabriel era distinto. Tan joven y suave como ella recordaba pero con la dureza propia de un frío asesino.

Nephausto se relajó y sostuvo la penetrante mirada del bibliotecario Ángel Oscuro con gesto confiado. – Ha pasado mucho tiempo, Gabriel. Aunque debo confesar que no el suficiente para mí.

Gabriel no respondió inmediatamente; antes miró a Mau e indicó una salida de un cabeceo. Ella obedeció de inmediato y abandonó la sala.

  • ¿Cuándo fue la última vez?. Nuestros destinos se han cruzado tantas veces que no lo recuerdo. Desde que era un Ángel Sangriento te he encontrado a cada recodo de mi camino.

Nephausto sintió que el bibliotecario reunía sus poderes. El humo que manaba de la máquina averiada se agitó, los ocasionales chisporroteos del resto de instrumentos de toda la sala se intensificaron y el cabello de su nuca empezó a erizarse. - ¿Qué es lo que pretendes? –preguntó sin impresionarse.

  • Intento apartarte del camino de la condenación.

  • ¡Por favor! –a pesar del notable recrudecimiento de su carácter, Gabriel parecía mantener sus absurdas motivaciones-. Gabriel, no tengo tiempo ahora para tus acertijos ni para tu palabrería enrevesada. No se cómo demonios has abordado este navío pero será mejor que...

  • No puedo hacer eso.

Entonces fue cuando Nephausto se percató. - ¿Hablas en serio?. ¿Has venido aquí para matarme?.

  • No. Pero lo haré si no hay otro modo

  • No tengo tiempo para esto y, por si no lo has notado, tengo cierto asunto que atender en mi nave.

El señor del Caos se volvió siguiendo los pasos de Mau pero al volverse Gabriel ya estaba en su camino con su espada de obsidiana en la mano. La empuñadura se conectaba con su muñeca por medio de un cable y la hoja reflejaba los chispazos de un panel cercano de un modo amenazador.

  • Aparta, proscrito.

  • No.

  • Veo que has ganado en tus habilidades pero este truco no te bastará para impresionarme.

  • Aertes... Este pecado es con mucho el más abominable que has cometido. Has vuelto a hermano contra hermano como hiciera el mismísimo Horus. Rómulus y Remus luchan a muerte como producto de tus manipulaciones.

  • ¡Jajajajaja!. No hago esto por emular a Horus. Y esos dos tienen sus propios motivos para matarse. Yo sólo he dispuesto su encuentro.

  • ¡Por el amor del Emperador!. ¡Convertiste a Remus en un siervo del Caos!.

  • Gabriel, no voy a discutir esto contigo. Si estás dispuesto a detenerme... –culminó su frase afianzando sus manos sobre la guadaña.

  • ¡No tiene porqué ser así!. ¡No quiero matarte, ni que Rómulus y Remus se maten entre sí!.

  • Jah. Sigues siendo el mismo crío. ¡Me lo pones muy fácil!.

Cargó. Gabriel le recibió con un mandoble; Nephausto interpuso su guadaña a tiempo pero la espada la atravesó como si nada y se hundió profundamente en su armadura. No le causó ninguna herida y el asta del arma estaba intacta. Comprendiendo con rapidez lo que ocurría, Nephausto giró en redondo a tiempo de bloquear un tajo que el verdadero Gabriel le había lanzado a su espalda mientras el falso se desvanecía en el aire. El bibliotecario le pateó la pierna con la que él intentaba darle una patada y le lanzó otro tajo vertical. Lo detuvo y le respondió con un sesgo de su guadaña seguido de varios más que chocaron inocuos contra la negra espada.

Nekoi llegó hasta el capacitador a la carrera. Saltó la baranda del andamio y se enganchó a un saliente de la superficie del cilindro con una mano mientras con la otra preparaba la carga explosiva especialmente diseñada para destruir estructuras de gran tamaño. Ocelot permaneció en la pasarela cubriendo a Nekoi con su pistola bólter. El avance de los Tigres Nevados dejaba a pocos marines de plaga libres para dirigir su atención hacia ellos. Los Esclavos de Calipso siguieron sin moverse.

Karakal pudo ver a Nekoi cumpliendo el objetivo de aquella incursión y redobló sus esfuerzos lanzando atemorizantes rugidos. Varios enemigos abrían fuego sobre ella y sobre Ocelot, pero ni uno solo de sus disparos les acertaba.

Herófocles vio a la pareja de marines imperiales saboteando el capacitador y en ese momento, despues de largo tiempo, su boca se entreabrió en una sonrisa mostrando su dentadura de plata.

Lacvediar emergió sosteniendo al capellán de los Ángeles Sangrientos sobre su cabeza como una pieza de caza. - ¡Mirad la falsa fuerza de vuestra fe!. ¡Vuestros profetas son débiles porque su fe es falsa y sirven a un falso dios!.

Méranis acudió en ayuda de su capellán blandiendo su espada sierra ricamente ornamentada. Lacvediar le lanzó a su presa pero en lugar de recibir al capellán, el Sangriento lo esquivó y prosiguió su carga directamente hacia él. Esquivó el primer tajo pero el segundo fue demasido rápido y le hirió en el antebrazo. La visión de su predicador derrotado parecía haber dado nuevas fuerzas a los Sangrientos. Cambiando el sentido de su golpe, el sargento logró herirle de nuevo, esta vez en el abdomen. No manó sangre de sus heridas.

Un corro de marines de roja armadura rodeó de inmediato al capellán caído para protegerle.

Panter y su escuadra tisarina eran la única unidad que aún no había perdido ningún marine. Su extraordinaria habilidad para combinar sus movimientos como una jauría de depredadores de caza resultaba extraña para los marines de plaga e imposible de igualar. La capitana seccionó el pecho de un enemigo con su arma de energía, bloqueó el ataque de otro y una de las tisarinas acudió para desgarrarle el brazo con sus garras. Cuando fue la tisarina quien detuvo a un marine que intentaba acuchillarla, Panter descargó su arma en un tajo a la pierna. El marine cayó a merced de la Tigresa Nevada quien le desgarró la garganta.

El combate se había vuelto mucho más confuso ahora. Los marines imperiales habían perdido la formación de círculo defensivo y ahora habían formado pequeños grupos que pugnaban por sobrevivir y aniquilar a cuantos enemigos les fuera posible. No había llegado ningún enemigo más, ya que el resto de cubiertas del Apocalipsis debían permanecer vigiladas, y el combate parecía igualado si bien se decantaba cada vez más claramente a favor de las tropas de Nephausto.

Isaar perdió la paciencia por completo. - ¡Al infierno contigo, hechicero!. ¡No pienso dejar que esos repugnantes cadáveres con armadura nos arrebaten la presa!.

El paladín eligió un blanco. Observó a uno de los Tigres Nevados especialmente corpulento que no dejaba de bramar y desgarrar a los marines de plaga con sus garras y le apuntó directamente a la cabeza con su pistola. Los siervos de Nurgle se interponían en su linea de tiro intermitentemente pero eso le dio igual.

  • He dicho que no disparéis.

El paladín no hizo caso. La reacción de Herófocles fue desenvainar una de sus espadas y colocársela en la garganta con un gracioso movimiento tan fugaz que la hoja fue invisible hasta detenerse bajo la nuez de Isaar. – Soy el segundo al mando de los Esclavos de Calipso, paladín –dijo enfatizando la palabra “paladín” con cierto menosprecio-. Y digo que no disparéis.

La escuadra de Isaar aprestó sus armas contra el hechicero en silenciosa y atemorizante protesta por su actuar. Tras Herófocles se formó otro grupo de Esclavos que se dispusieron a defenderle; eran la antigua escuadra de Lodugus, que el hechicero había emplazado astutamente cerca de él.

  • Entiendo tu decisión, Isaar –dijo Herófocles extrañamente comprensivo, aunque nada era de extrañar en aquel personaje-. Eres leal para con Remus pero ello no tiene porqué llevarte a ser leal para con el amo de éste.

Sin decir una palabra, Isaar enfundó la pistola y se marchó de allí seguido inmediatamente por su escuadra. Herófocles sabía a dónde iba y no tenía motivo alguno para detenerle. Su plan evolucionaba tal y como había previsto; ahora sólo debía esperar. Además, debía mantener su concentración en su actual cometido. Volvió a mirar a los Tigres del capacitador siendo el único Esclavo que se había percatado de su presencia.

Nekoi adhirió la segunda carga y pulsó la clave de activación recitando al mismo tiempo la Letanía del Tisar Durmiente de su capítulo. - ¡Segunda carga lista! –gritó por el intercomunicador antes de seguir escalando la superficie del Capacitador para colocar la siguiente.

Panter asintió en sus adentros a oirla y se alejó levemente del enemigo para buscar a Karakal. Le encontró batallando contra varios adoradores, de hecho estaba haciéndolos trizas uno tras otro, que habían rodeado a los Sangrientos. - ¡Karakal!.

Cuando el Tigre de Fuego se volvió hacia ella le hizo una serie de gestos. Karakal dio de inmediato orden de reagruparse y se dirigió hacia los Sangrientos siendo su camino defendido por sus hermanas marines.

Méranis siguió atacando al gigante a pesar de las heridas en el torso que le había causado la pistola láser de uno de sus sicarios. Por más golpes de espada sierra que lograra encajarle no parecía posible traspasarle más allá de la piel. Méranis sabía que la Rabia Negra estaba empezando a dominarle y había observado los síntomas en algunos de los suyos. Bien, se dijo; el espíritu de Sanguinius acudía en su ayuda.

Lacvediar mantenía la distancia de los mandobles del Sangriento. La mano enfermiza de Nurgle había querido que uno de sus fieles seguidores acertara un disparo láser en pleno pecho del marine pero éste seguía defendiéndose y revolviéndose como un loco. Su señor Nephausto le había hablado de eso; Rabia Negra lo llamaban. Una enfermedad horrenda que volvía a los Sangrientos prácticamente inmunes a sus propias heridas y les convertía en viles bestias ávidas de sangre. Deseó que fuera eso lo que le pasaba al Sangriento; esperaba poder medirse con un rival así.

Mau entró en una sala llena de grandes tuberías que ascendían en vertical. Varias de ellas estaban rotas; reconoció impactos de bólter y se agazapó. La neblina que brotaba de los agujeros de los conductos era más pesada que el aire y se había convertido en un blanco y etéreo manto que tapaba hasta casi la cintura. Aguzó el olfato e inmediatamente percibió el olor de Rómulus y el de otro más. El olor del otro era muy extraño; una mezcolanza artifical fruto de las drogas y psicofármacos que debían de correr por sus venas decadentes. También recibió el olor de la sangre pero no pudo distinguir de cual de los dos era. Deseó con todas sus fuerzas que no fuera la de Rómulus.

Avanzó a gatas manteniendo únicamente los ojos por encima de la niebla. Su tercer pulmón no la advirtió de toxicidad alguna de modo que siguió adelante. Hubo un movimiento en algún lugar a la derecha. Se ocultó silenciosa y alguien pasó muy cerca para tomar posición dos columnas más allá. Era Rómulus. Estaba también agazapado de modo que sólo le veía la cabeza. Estaba buscando a su rival.

Mau silbó muy suavemente y Rómulus volvió la vista hacia ella. Entonces se dio cuenta de su error. Rómulus no llevaba ningún parche en el ojo izquierdo.

La vio. Era ella. El destino se la había traído por fin.

Aquel marine se incorporó descubriendo su armadura de Esclavo de Calipso.

Rómulus apareció de improviso lanzándose sobre Mau, apartándola de en medio justo cuando la Espada Paracelsus disparaba sobre ella y el haz de energía trazaba su letal camino.

Falló. Remus redirigió su puntería. Ahora los tenía a ambos a tiro; acabaría con ellos de una sola vez y podrían morir juntos, del mismo modo que le habían torturado.

Rómulus se irguió con su pistola bólter preparada y, con un desgarrador grito de culpabilidad, disparó.

El proyectil entró en el cañón de la Espada Paracelsus como una luciérnaga y el arma estalló en una cegadora explosión de luz blanca. Remus salió despedido hacia atrás, derribó uno de los conductos y se perdió entre la niebla y el humo. Los visores del casco de Rómulus se colapsaron incapaces de adaptarse a una energía luminosa de tal magnitud y tanto él como Mau chillaron tapándose al mismo tiempo los ojos.

Cuando se recuperó lo primero que hizo fue quitarse el casco pues no veía nada. El cristal de las lentes estaba quemado debido a un cortocircuito e incluso su vista estaba llena de formas de color aún impresas en su retina. - ¿Estás bien? –preguntó a Mau.

Ella estaba aferrada a él. Se había aferrado a él inconscientemente cuando el arma de Remus explotó. Abrió los ojos y parpadeó varias veces pero no logró fijarlos en ningún punto concreto.

  • ¡No veo! –se alarmó en su aturdimiento-. ¡No veo nada!.

De inmediato examinó sus ojos centrándose en sus pupilas de aguja.

  • Ese fogonazo te ha cegado pero se te pasará –dijo sin ocultar su alivio.

Si su casco, aunque le había protegido, había quedado en aquel estado, el destello debía de haber causado estragos en los nervios ópticos de Mau. La abrazó posando sus labios sobre la frente de ella.

  • ¿Era Remus? –preguntó Mau sin soltarle.

  • Sí...

  • ¿Cómo...?

  • No lo sé... no lo sé. ¿Cómo has...? ¿dónde está Aertes?.

  • Gabriel.

  • ¿Qué?.

  • Gabriel está aquí.

Oyeron pasos. Pasos metálicos, de varios hombres. Se acercaban directamente.

Gabriel se hizo a un lado y la guadaña abrió una larga raja en la pared. Nephausto le hizo retroceder por toda la estancia a base de golpes bien dirigidos que Gabriel apenas sí podía contener.

  • ¡Aertes, esto no te servirá de nada! –Gabriel se agachó esquivando un tajo-. ¿Qué crees que ganarás con esta matanza?. ¿Qué conseguirás haciendo que los hermanos se aniquilen?.

Nephausto giró hacia el otro lado y golpeó al bibliotecario con el mango. – Mucho, mi joven y estúpido amigo. Sé que sabes lo que Remus sufrió por culpa de Rómulus y de su furcia marine.

Gabriel había recibido el golpe en plena cara pero se mantuvo firme para bloquear la siguiente acometida de la hoja de su rival. - ¡También sé que no haces esto por Remus!. ¡Él no es más que una víctima, tu cebo y a la vez tu perro de presa para destruir a Rómulus porque él humilló al gran Nephausto el No Sediento!.

Nephausto fue sensiblemente ofendido por aquel comentario. Sus golpes se volvieron más brutales, menos habilidosos.

  • Mantienes a Remus bajo tu control gracias a la alquimia demoníaca del hechicero de los Esclavos de Calipso. Le habéis mantenido bajo los efectos de sus drogas para manipularle y hacer de él el instrumento de la muerte de su hermano.

Nephausto le obligó a levantar la espada y le asestó otro golpe de mango en el costado. La armadura del bibliotecario se abolló y él trastabilló hasta caer.

  • Una vez más compruebo tu molesta omnisciencia.

Ciertamente eso le irritaba. ¿Cómo era posible que Gabriel supiera no sólo todo lo que había hecho sino sus propios y ocultos motivos para hacerlo?. – Y eso te supone un problema. No me importan tus visiones mientras te mantengas alejado de mi camino. Pero si te interpones en él no tendré más remedio que quitarte de en medio para siempre.

La hoja del señor del Caos descendió lentamente sobre el bibliotecario, quien le miraba desde abajo sin amedrentarse, manteniendo su espada entre ellos.

De repente el señor del Caos sintió que el tiempo se ralentizaba. Su consciencia permanecía inalterada pero sus movimientos se volvieron más lentos. Incluso los chisporroteos de los paneles cercanos se producían más lentamente y las chispas caían como plumas. Intentó ensartar a Gabriel contra el suelo como si se estuviera moviendo bajo el agua y falló por mucho. El bibliotecario se levantó girando en un salto espectacular, lanzando al mismo tiempo un golpe que acertó de improviso en la hombrera de Nephausto.

  • ¡Me has herido, Gabriel! –dijo viendo la sangre que corría por su brazo-. Bien. Si esto es lo que quieres...

Durante un momento la realidad se combó formando una burbuja alrededor de Nephausto como si quisiera alejare de él, como si su poder no pudiera ser contenido por el universo material.

  • No es esto lo que quiero, Aertes. Pero es a lo que nuestros caminos nos conducen. Yo no puedo permitirte seguir el tuyo.

Una chispa de emoción encendió a Nephausto como una tea. Si Gabriel estaba tan empeñado en detenerle ¿qué era lo que el joven Ángel Oscuro había visto en su futuro?.

Así se lo preguntó, pero Gabriel guardó silencio de repente.

  • ¿Qué, Gabriel? –preguntó otra vez-. ¿Por qué es tan importante para ti detenerme ahora?. Tampoco tú estás aquí por Rómulus ni por ninguno de los otros. Te mueven tus propias motivaciones, proscrito, y éstas siempre tienen como prioridad la defensa de tu amado Imperio.

Ambos caminaron en círculos, rodeándose mutuamente sin perderse de vista. La hoja de Nephausto había empezado a supurar una fina niebla negra que dejaba un vaporoso rastro tras de él mientras que la espada de Gabriel era recorrida por relámpagos azulados.

  • Tu camino no puede continuar –dijo Gabriel-. Aún puedo ayudarte, debes renegar de tus actos o...

  • ¿O qué?.

  • Te crees bendito, Aertes, pero no lo estás. Tu cuerpo incorrupto no es más que una ilusión. No haces más que retrasar el efecto de la mano de Nurgle y cuando ya no puedas contenerlo deberás afrontar las consecuencias de tus actos.

  • ¿Y qué pasará entonces?.

El bibliotecario no respondió.

  • ¿Porqué sigues con esto, Gabriel? –Nephausto sacudió la cabeza-. Sabes que no quiero tu ayuda ni la de ningún siervo del Imperio, ya sea un proscrito o no.

  • Porque tambien yo cargo con tu misma maldición. Yo también fui tocado por la mano de Nurgle y detener el avance de la infección demoníaca en mi cuerpo me exige un tributo al igual que a tí.

Nephausto no pareció creerle. - ¿Y cómo logras evitar ser consumido por esa infección?.

  • La fe, Aertes. No hay otro camino recto salvo la fe.

  • Ya me has ofrecido ese camino. Y conoces mi respuesta.

  • Entonces la alternativa será inevitable.

  • Sea pues.

Nephausto soltó su guadaña y ésta empezó a girar a su alrededor trazando espirales de niebla negra como una mortífera aspa hasta volver a sus mano. Gabriel atacó con un tajo vertical que convirtió rápidamente en una estocada. El señor del Caos no se sorprendió por el cambio de ataque y desvió la hoja sin dificultad, pero recibió un puñetazo en el yelmo. Se separó de él lazando un sesgo oblícuo pero Gabriel volvió a ralentizar el flujo del tiempo y sintió como si el aire ofreciera una tremenda resistencia a ser surcado.

El bibliotecario se agachó a un lado esquivando el lento sesgo. El movimiento de Nephausto le llevó a ofrecer la espalda y Gabriel le golpeó en el generador dorsal rasgando la capa negra. Gabriel también se veía afectado por su propia manipulación del flujo temporal; su mal interior le obligaba a mantener un control constante y le impedía desplegar todo su potencial contra su enemigo, potencial del que se sabía necesitado. Nephausto gritó de dolor. El tiempo volvió a transcurrir con normalidad haciéndole dar un traspiés y darse de bruces contra una pared. La única herida la había sufrido su mochila pero la zona rasgada de la capa estaba sangrando.

El señor del Caos volvió a la carga con su guadaña en alto.

Vio que Nephausto venía a por él a la carrera. Cuando estuvo a su alcance volvió a entorpecer el flujo del tiempo, lo cual le dio la oportunidad de apartarse de la dirección de su hoja y atacarle por el flanco pero de repente Nephausto devolvió dicho flujo a su transcurrir normal; su guadaña descendió antes de poder hacerse a un lado totalmente y le hirió en el hombro.

Acertó al Ángel Oscuro en el hombro y de inmediato invirtió el sentido del golpe para rebanarle de abajo arriba, obligándole a lanzarse rodando por el suelo para evitarlo. Volvió a invertir el golpe pero Gabriel siguió rodando y la hoja de la guadaña se clavó en el suelo. Nephausto canalizó entonces un rayo negro que brotó de la hoja y serpenteó por el suelo hacia Gabriel hasta impactarle con un estallido que le levantó en el aire.

Nephausto le había sorprendido con su capacidad para manipular el tiempo. Volviendo a emplear este poder, Gabriel giró a cámara lenta hasta caer arrodillado en actitud desafiante.

  • ¿Sigues decidido a detenerme? –preguntó el señor del Caos.

Gabriel sólo asintió.

  • ¿Por qué?. ¿Qué hay en mi futuro que según tú debe evitarse a toda costa?.

La respuesta fue una explosión cegadora, una luz blanca que brotó de la mano de Gabriel seguida de un relámpago azulado de energía irresistible que envió a Nephausto al suelo con su armadura chisporroteando.

Habían empezado a sentir la magia psíquica. Les hormigueaba la nuca y de vez en cuando el vello se les erizaba de un modo casi molesto. Rómulus llevaba a Mau de la mano a través del bosque de tuberías. La niebla y los siseos de vapor ejercían un efecto desorientador pero encontró el camino y finalmente vio la pared y la compuerta por la que había entrado.

  • Veo la salida, Mau. Vamos.

Con su pistola bólter realimentada con un cargador de Mau, Rómulus encañonó el oscuro espacio tras ellos mientras desaparecían por la abertura.

Remus sacudió la cabeza. Su único ojo estaba cegado por la propia explosión de la Espada Paracelsus pero oía pasos acercándose a toda velocidad.

  • ¡Amo Remus! –oyó. Sin duda era Isaar.

Los pasos aumentaron de ritmo y pronto Remus se sintió cogido por una manos.

  • ¡Amo Remus!, ¿estáis herido?.

  • ¿Dónde está mi arma?.

Alguien le puso la Espada Paracelsus en las manos. Rápidamente encontró un agujero en el lateral; sin duda la brecha por la que había escapado el demonio de su interior provocando aquel estallido de luz. - ¡Maldito sea!.

  • ¡Desplegaos! –ordenó Isaar furioso-. ¡Buscad al que ha hecho esto y...!

  • No están aquí –le calló Remus-. Si estuvieran aquí ya me habrían matado.

  • ¿Por dónde han huido, amo?.

  • ¡Estoy ciego, estúpido!, ¡no puedo orientarme y mucho menos saber por dónde han huido!.

Remus se levantó ayudado por dos Esclavos. “Muy bien Rómulus” pensó, “has ganado este asalto pero no tendrás tanta suerte la próxima vez”.

  • Lanzas preparadas al sesenta por ciento, señor –informó el oficial-. El Apocalipsis está preparado para disparar

  • Adquisición de objetivo en modo manual –respondió el cuerpo atrayendo hacia sí una de las holopantallas-. Yo apuntaré.

  • ¡Dispositivo de adquisición de objetivos sobre nosotros, almirante!. ¡Están apuntando sus lanzas!.

  • ¡Maniobra Tormenta-Omega a estribor!. ¡Evitemos su proa!. ¿Algún contacto con la fuerza de invasión?.

  • Negativo, almirante –respondió la oficial de comunicaciones.

  • Será mejor que terminen cuanto antes. La Feline no resistirá mucho tiempo frente a una potencia de fuego así.

Nadie en el puente hizo recordatorio alguno a la posibilidad de que todos los que habían sido teleportados a la nave enemiga estuvieran muertos.

Nephausto blandió su guadaña a una mano haciendo molinetes que cortaron el aire hacia Gabriel. El tiempo se ralentizaba, se aceleraba y volvía a la normalidad víctima de las manipulaciones de ambos guerreros. Gabriel utilizaba sus éxtasis temporales para efectuar saltos y movimientos de agilidad imposible que le sacaran del alcance de los tajos de Nephausto, pero poco a poco sentía que el tiempo se le acababa; Nephausto se lo estaba arrebatando.

  • No lograrás nada con esto –dijo el Ángel Oscuro-. Sólo caer más aún en la podredumbre.

  • En el don del poder de padre nurgle, querrás decir –respondió su rival.

  • Lo que tú llamas don no es eterno, Aertes. Los favores de Nurgle serán tu perdición.

  • Puesto que tan interesado estás en detenerme, asumo que mi actual camino es exactamente el que debo seguir.

Nephausto bloqueó otro golpe de espada y giró rodeando a Gabriel para culminar su movimiento con un veloz tajo, pero Gabriel aún mantenía suficiente control sobre el flujo temporal para esquivarle. Antes de poder atacar de nuevo Gabriel desencadenó un impulso psíquico que le obligó a retroceder como una onda de choque.

  • Tu camino termina aquí, Aertes. Debe ser detenido, de uno u otro modo.

Le lanzó un tajo a la cabeza que Gabriel contrarrestó alzando su espada. Cuando las armas estuvieron a punto de entrechocar Nephausto varió su movimiento y golpeó con el mango del arma la mano de su rival haciéndole perder la espada al romperese el cable conector. Sin darle tiempo a reaccionar se adelantó con la hoja de la guadaña por delante, atravesando el vientre del bibliotecario y haciendo surgir el extremo por su espalda.

Rómulus y Mau se detuvieron en el corredor. Desde más adelante les llegó un grito inhumano, un torturado lamento de dolor y agonía.

  • ¡Gabriel!.

  • ¡Rómulus, ve!.

  • ¡No pienso dejarte sola y ciega!.

  • ¡Gabriel te necesita! –Mau se deshizo de la mano de Rómulus-. ¡Rápido!.

La espada de obsidiana giró libremente hasta clavarse en el suelo.

Nephausto le sostuvo en pie, su cuerpo aún colgando de la guadaña. - ¡Qué estúpido eres! –le espetó en la cara-. ¡Mi camino es infinito, ya que padre Nurgle es quien lo traza, y ahora yo también lo soy!.

El señor del Caos sonrió y levantó el arma rajando aún más el cuerpo de Gabriel, quien había quedado petrificado con su mirada de acero fija en los ojos de halcón de Nephausto.

  • Soy infinito, Gabriel. Pero tú no.

Un hilo de sangre cayó entre los labios del Ángel Oscuro, que intentaba llenar inútilmente de aire sus pulmones. Su mirada era triste; casi parecía compadecerse de Nephausto en su propia agonía.

  • ¡Gabriel!.

Nephausto miró atrás y vio a Rómulus en el umbral de la puerta. Retiró la hoja con un movimiento seco y se apartó de Gabriel un par de pasos haciendo girar el arma en sus manos.

Gabriel cayó de rodillas. Su túnica se había teñido de rojo y algo asomaba por la herida abierta. Vio a Rómulus y trazó una sonrisa al reconocerle antes de caer de bruces sobre un charco de su propia sangre.

  • No debió meterse donde nadie le llamaba –dijo Nephausto quitándose el yelmo, descubriendo su rostro surcado por una sonrisa de satisfacción.

El señor del Caos pasó un dedo lenta y sutilmente a lo largo de su hoja y lamió la sangre del bibliotecario.

Rómulus acudió de inmediato arrodillándose a su lado e ignorando el hecho de que Nephausto estaba a dos pasos de él. Sin embargo el señor del Caos no hizo ademán de atacar. - ¡Gabriel...! –le llamó desesperadamente- ¡Gabriel...! ¡Gabriel...!

Gabriel ya había cerrado los ojos. Su cabello blanco y negro se le ensortijaba sobre el rosto inerte.

El Ángel Sangriento alzó su voz en una larga y ensordecedora queja al destino que había causado aquella muerte.

  • Qué lástima me das, Sangriento. ¿Acaso los marines espaciales no permanecen impertérritos ante la adversidad?.

Cuando Rómulus alzó la vista, sus ojos se habían vuelto completamente rojos.

  • Oh, Rómulus... finalmente ha ocurrido. La Rabia Negra te ha consumido. Ése es el camino que has elegido: convertirte en una bestia salvaje.

  • Así es –respondió Rómulus.

Nephausto dio un paso atrás. ¿Cómo era posible que Rómulus hubiera logrado articular aquellas palabras?.

  • ¿Qué ocurre, Aertes? –dijo Rómulus mientras se levantaba aprentando el puño y haciendo que su cuchilla relámpago se sobrecargara de energía-. ¿Me tienes miedo?.

No era Rabia Negra lo que veía en aquel rostro aunque sus ojos así lo anunciaran. No era el abismo de locura y salvajismo propios de la bestia en que se convertía los afectados por aquel mal. Nadie consumido por la Rabia no lograba articular mas que lastimosos y salvajes bramidos. Rómulus le estaba mirando a los ojos, y lo que veía no era sino determinación. - ¿Qué brujería es esta?.

Funcionaba. Lo estaba logrando. Gabriel tenía razón. Utilizar a la bestia; no luchar con ella ni intentar dominarla, sino colaborar con ella. Estaba curado. ¡Por el Emperador, estaba curado!. ¡La Rabia Negra ya no era su mal ni su enfermedad!. Podía sentirlo en el fondo de su ser, ya nunca más tendría que luchar contra ella. Ahora eran hermanos.

Nephausto siguió retrocediendo repelido de alguna forma por lo que estaba viendo.

  • Has traicionado a los Ángeles Sangrientos y has convertido a mi propio hermano en un traidor. Vendiste tu alma porque según tu la Rabia Negra era una enfermedad. Bien, mírame ahora, Aertes. Mírame y verás lo que pudiste llegar a ser. Gabriel te ofreció su ayuda muchas veces; mira lo que podrías haber conseguido si hubieras oido sus sabias palabras. La Rabia no es ninguna enfermedad. Ahora puedes verlo.

Nephausto no respondió.

  • Has vendido tu alma por nada. Tuviste la oportunidad al alcance de tu mano pero has preferido matar a aquel que podía ayudarte. ¿Quién es el que actúa como una bestia salvaje?.

  • ¡No te atrevas a hablarme así!.

La guadaña restalló en las manos de Nephausto en un furioso sesgo que Rómulus detuvo con su cuchilla, con una sola mano, en seco, como si fuera una estatua.

  • La fuerza de Sanguinius está conmigo, Aertes. ¿Quién te acompaña a ti?, ¿tu putrefacto dios de la peste?.

Nephausto volvió a blandir su arma a dos manos descargando otro golpe. Rómulus apartó el arma a un lado con tal fuerza que el señor del Caos tuvo que pasar por su lado dando trompicones.

  • ¿Tus marines de plaga?.

Se volvió trazando un arco a la altura de la cintura. Rómulus atrapó el asta de la guadaña con su otra mano deteniéndole otra vez con una fuerza inaudita.

  • ¿Tu lacayo de las minas de Malevant II y su secta de descerebrados?.

Intentó separarse pero la mano de Rómulus era una pinza de acero inamovible. Fue el propio Sangriento quien soltó haciéndole dar algunos traspiés hacia atrás.

  • ¿O quizá Remus y sus traidores vestidos de oro y plata?.

Nephausto lanzó una descarga de energía oscura a través de su guadaña. Rómulus esquivó el rayo y se acercó con un fugaz movimiento. Ralentizó el tiempo sabiéndose incapaz de reaccionar adecuadamente ante tal despliegue de velocidad pero aún así no pudo evitar que el primer tajo de la cuchilla de Rómulus le hiriera en el torso. Logró golpearle con el mango y alejarle. No insistió en sus ataques.

  • ¿Por qué te detienes, Aertes? –los ojos rojos de Rómulus mostraban ahora algo más que determinación. Era cruel sarcasmo-. ¿No era esto lo que querías, medirte conmigo de igual a igual para demostrar de una vez por todas cuán superior eres ahora a los Ángeles Sangrientos y su sangre envenenada?.

  • ¡Esto es imposible!. ¡Yo poseo la fuerza de padre Nurgle!, ¡no eres rival para mí!. ¡Tú no posees más que una estúpida creencia hacia un cadáver!.

  • ¡Te diré lo que yo poseo!. ¡Fe absoluta en el Emperador de la Humanidad!. ¡Lealtad irrompible hacia mi Primarca!. ¡Devoción interminable en mi deber!.

Rómulus sonrió. Una sonrisa aterradora enmarcada por un rostro de demonio con ojos de sangre. – Y el amor de alguien que me recuerda que no soy más que un humilde hombre al servicio del Imperio.

Se acercó a Nephausto y éste tuvo visibles dudas, como si no quisiera trabarse en combate con él. Sin embargo no tuvo opción cuando la cuchilla en forma de pinza empezó a trazar relampagueantes arcos.

Nekoi situó la última carga y la activó - ¡Cargas emplazadas! –gritó por el comunicador antes de dar un respingo por un proyectil bólter que impactó muy cerca de ella-. ¡Capitana Panter, las cargas están emplazadas y armadas!.

Panter retrocedió al oír el mensaje para que sus tisarinas la protegieran mientras manipulaba los controles del aparato que llevaba acoplado al antebrazo.

  • ¡Vamos Nekoi, sal de ahí! –gritó Ocelot.

Nekoi cayó junto al joven tigre haciendo mucho ruido con sus botas sobre la pasarela. Ocelot seguía disparando; ninguno de los dos había recibido un solo impacto.

  • ¡Volvamos con los demás!. ¡Ya no hay nada que pueda detener esas cargas!.

Corrieron a todo lo largo del andamiaje con sus pisadas enmudecidas por los disparos que los marines de plaga les dirigían y el estruendo del combate cuerpo a cuerpo. Los Esclavos de Calipso aún no se habían percatado de su presencia.

Los marines imperiales empezaron a retroceder agrupándose en un gran círculo cerrado.

  • ¡Almirante, es la señal!. ¡La capitana Panter ha cumplido el objetivo!.

  • Excelente. Ahora tenemos que transportarlos de vuelta a bordo. Fijen rumbo 347.9 a mi señal y preparen todas las baterías. Sólo tendremos una oportunidad y hemos de hacerlo.

  • La nave enemiga vira hacia nosotros.

  • Intentan ponernos al alcance de sus lanzas. Viro descendente a proa a toda potencia.

Mau caminó a tientas por el pasillo, manteniendo una mano sobre la pared y la otra tanteando el aire. Sentía el material rugoso bajo su guantelente y a veces se desprendía una capa que podía ser de óxido, suciedad o cualquier otra cosa aún más repugnante, pero oía sonido de lucha más adelante y ya podía oler a Rómulus, de modo que continuó. El dispositivo adosado a su brazo se activó, pudo sentirlo en el espíritu de su armadura. Estaban intentando fijar su señal para teleportarla pero los escudos del Apocalipsis estaban activos ahora.

Nephausto tuvo que hacer uso de toda su maestría para detener los golpes. Le llovían por un lado y por otro; caían sobre él o atacaban en peligrosas estocadas. Rómulus era como un tornado lanzando un sesgo tras otro y no le dio ni una sola oportunidad de atacar.

  • ¡Vamos, Aertes!. ¡Sabes hacerlo mucho mejor!, ¡tú me enseñaste estos movimientos!.

Era verdad. Estaba siendo derrotado en su propio terreno y por su propio discípulo y no podía hacer nada por cambiar las tornas. Era como luchar contra una tormenta de arena. Bloqueó un golpe muy cerca de su cara y esquivó el siguiente, pero una patada giratoria le acertó en la brecha de su coraza acentuando el dolor.

  • ¡La cola del escorpión, Aertes!. ¿Has olvidado tus propias lecciones?.

Intentó atacar pero Rómulus asió su guadaña con ambas manos impidiéndoselo. Nephausto no pudo evitar que Rómulus levantara la guadaña, obligándole a alzar los brazos.

  • Aquí tienes algo nuevo: ¡la sonrisa del Tisar!.

Cuando su torso estuvo desprotegido, el Sangriento saltó en el aire y se impulsó en él asestándole una doble patada que le envió de espaldas al suelo con la herida ardiendo de puro dolor. La guadaña había quedado en manos de Rómulus, quien cayó en pie tras ejecutar una voltereta hacia atrás y la desdeñó enseguida.

  • Mírate. Eres un despojo.

  • ¡Maldito...!

Nephausto echó mano de su vial de sangre pero Rómulus se lo arrebató de una patada.

  • Empiezas a apestar, Aertes. Parece que has aprendido a mantenerte incorrupto pero necesitas la sangre para curarte o de lo contrario ocurrirá lo que tanto odias, ¿no es así?. Tu hermoso rostro se desencajará, tu carne se infectará con las enfermedades que tan forzosamente mantienes apartadas...

  • ¡Cállate!.

  • Has perdido, Aertes. Has comprobado que la Rabia no es ninguna enfermedad sino la bendición de Sanguinius. Dicen que no hay mayor satisfacción para un maestro que verse superado por su discípulo. Siéntete orgulloso pues, Aertes, pues tu discípulo será quien termine con tu vida de herejía.

  • ¡Tú no eres superior a mí, enclenque mortal!. ¡Yo soy Nephausto el No Sediento!. ¡Sirvo a un dios verdadero y no a una momia envuelta en oro!.

La pistola bólter de Rómulus abandonó su funda y apuntó a la cabeza de Nephausto.

De repente se oyó algo, como una tos. Al volverse Rómulus descubrió que Gabriel seguía vivo. Se agitaba convulsivamente en el suelo con la cabeza levemente levantanda y la boca aún unida al charco rojo por un hilillo de sangre.

Nephausto actuó con rapidez. Obedeciendo las órdenes de su mano extendida, su guadaña se levantó en el aire y voló hacia el bibliotecario.

  • ¡Gabriel!.

Rómulus se lanzó sobre Gabriel e interpuso su cuchilla haciendo rebotar el arma antes de que le tocara. La guadaña voló entonces hacia Nephausto. Rómulus disparó sobre él pero su arma empezó a girar formando un escudo que detenía todos los proyectiles mientras el señor del Caos se levantaba.

  • Rómulus... olvídate de mí.

  • ¡Gabriel!, ¡sigues con vida!.

  • Aertes... mata a Aertes... ahora...

El Sangriento se puso en pie y agotó el cargador. Ni un solo disparo logró llegar más allá de la guadaña que giraba como una hélice y que se detuvo para permitir a Nephausto empuñarla.

  • Vaya... Gabriel sigue vivo –dijo el señor del Caos con renovada ironía-. Esto supone un reto interesante para ti. ¿Cómo vas a luchar teniendo que proteger a un moribundo... y a una Tigresa ciega?.

Siguiendo el gesto de Nephausto, Rómulus vio a Mau acercarse por el corredor.

  • ¡Mau, quieta!.

La magia de Nephausto se materializó una vez más en un rayo negro que abandonó su hoja en dirección a la Tigresa Nevada. Rómulus lo interceptó con su propio cuerpo, recibiendo el doloroso impacto y cayendo de rodillas al ser incapaz de soportarlo.

  • Bien, bien, bien –Nephausto recogió su vial y consumió su contenido a largos tragos. Sus heridas empezaron a cerrarse casi en el acto-. Si los dos estáis aquí significa que habéis derrotado a Remus. Pero ahora os tengo justo donde quería.

El capitán se puso en pie. – Espero que eso no sea lo mejor que puedes hacer –dijo sin parecer afectado en absoluto.

Se lanzó sobre Nephausto pero su cuchilla se trabó con el arma de éste y no pudo alcancarle en el cuello como pretendía. Ambos quedaron enzarzados, aferrado el uno al cuello del otro en un duelo que duraba ya demasiado tiempo; demasiados años siendo cada uno un vergonzoso recordatorio para el otro de sus ideales traicionados.

Mau siguió avanzando siguiendo el olor de Gabriel y tropezó de improviso con él. Estaba boca abajo y el olor de la sangre le envolvía. Le dio la vuela, le hizo sentarse apoyado sobre su regazo y esperó a que lo que debía ocurrir ocurriera.

  • Mi espada... –pidió Gabriel.

Mau tanteó el suelo.

  • Más... a tu izquierda...

La encontró. Estaba clavada en el suelo. Siguió la hoja hasta encontrar el mango, la recuperó y la entregó a Gabriel.

  • Estamos en posición, almirante.

  • Vamos allá. Rumbo 347.9. Fuego de baterías.

  • ¡La nave enemiga en nuestra panza, señor!.

  • ¡Fuego de baterías!.

  • ¡Es demasiado rápida!.

  • ¡Nuestras baterías hacen mella, almirante!. ¡Los escudos del acorazado fallan!.

  • ¡Transporte!. ¡Sáquenlos de ahí!.

Panter fue la primera en sentirlo. Un brusco cambio de presión que le sacó el aire de la caja torácica seguido por un súbito resplandor que borró toda imagen de su campo visual.

Ante los ojos de los marines de plaga, los Tigres Nevados se desvanecieron uno a uno en una sucesión de resplandecientes fulgores. Nekoi y Ocelot se esfumaron también del andamiaje al mismo tiempo que los disparos de bólter destrozaban su anterior posición.

Herófocles sonrió como solía hacerlo antaño al verlos desaparecer.

Un destello hizo volver la vista a Nephausto y Rómulus. Mau y Gabriel ya no estaban allí.

  • ¡Parece que tu tiempo aquí ha terminado, Rómulus! –dijo Nephausto aún agarrado a él.

  • ¡Aún no hemos acabado!.

  • ¡Ya lo creo que no!. ¡Doscientos sesenta parsecs al suroeste espacial de Fereonor Tercius!. ¡Te espero!.

Rómulus intentó decir algo pero le faltó aire. Inmediatamente después su cuerpo se cubrió de un manto de luz blanca y empezó a desintegrarse molécula a molécula. Apenas medio segundo después ya no quedaba rastro de él.

Nephausto bajó los brazos oyendo cómo los sonidos de lucha de arriba cesaron rápidamente.

Lacvediar vio con frustración cómo sus enemigos eran teleportados fuera de su alcance. Incluso los muertos les fueron arrebatados de modo que cuando todo acabó la única prueba de la presencia de los marines espaciales en aquella nave era la sangre derramada y los daños causados por toda la sala. Eso, y también los pequeños dispositivos adheridos sobre la superficie del inductor.

La primera detonación abrió un boquete de dos metros en el cilindro por el cual escapó de inmediato un chorro de gas hipercalentado que fundió las armaduras de cuantos marines de plaga encontró a su paso. De inmediato los inactivos Esclavos de Calipso se retiraron del lugar y Lacvediar y sus adoradores deshicieron su camino hacia la entrada principal.

La segunda detonación agrandó la brecha al triple de su tamaño. El suelo y las paredes brillaron incandescentes para luego derretirse como melaza. Nephausto se lanzó hacia una salida a tiempo de evitar que el techo cayera sobre él como una lluvia de metal fundido.

La Feline terminó de pasar por debajo del Apocalpisis y aumentó la distancia entre ellos lo más que pudo. Los cazas blancos abandonaron el combate siguiendo a su nave nodriza. El tremendo acorazado viró de inmediato apuntanto su morro hacia la nave en fuga.

  • ¡Objetivo adquirido! –gritó el cuerpo triunfal-. ¡Fuego ataque de lanzas!.

De repente todo el puente de mando se estremeció como si la nave entera estuviera siendo zarandeada por un enorme puño. El cuerpo se balanceó colgando por sus cables; los oficiales que no estaban unidos a sus consolas cayeron al suelo y la energía se cortó dejándolos a oscuras.

  • ¡Energía de emergencia!. ¡Energía de Emergencia!.

Las lámparas volvieron a iluminar pasados unos segundos. Los paneles de control volvieron a brillar con las joyas de sus runas y las holopantallas aparecieron flotando otra vez alrededor del cuerpo.

  • ¡Informe de daños!.

  • ¡Dioses!. ¡Motor seis en estado crítico!.

  • ¡Aisladlo!. ¡Disparad las lanzas ahora!.

La maraña de cañones láser como agujas que decoraba el morro del Apocalipsis escupió toda una serie de haces láser que se fundieron en un solo y devastador rayo. La Feline esquivó aquel mortífero haz por muy poco. Sus escudos exteriores fluctuaron con destellos verdosos por la proximidad a una energía tan intensa, pero el disparo fue evitado.

  • ¡Las lanzas han fallado, señor! –informó un oficial que a duras penas se sostenía en su puesto.

Hubo otra sacudida. Las luces se debilitaron y volvieron a brillar.

  • ¡El motor cinco está afectado!.

  • ¡El motor seis va a explotar!.

Esta vez el temblor fue tal que varios de los cables que suspendía al cuerpo se soltaron. El apagón duró casi un minuto.

  • ¡Hemos perdido los motores cinco y seis!. ¡Daños moderados en el cuatro!.

En el puente de mando de la Feline todos pudieron ver en el monitor principal cómo la sección de popa del navío enemigo era víctima de una explosión tras otra que lanzaba plasma y metal fundido al espacio en forma de palpitantes glóbulos incandescentes.

  • ¡La nave disminuye su velocidad un tercio, almirante! –logró informar una de las oficiales entre los vítores generalizados.

  • ¡Que regresen todos nuestros cazas! –ordenó la aludida con escasamente disimulada satisfacción-. ¡Preparen torpedos de proa!.

La sala de transportes era enorme. Una gran habitación redonda rodeada de plataformas teleportadoras como capillas recubiertas de cristal. Los marines espaciales no cesaban de materializarse en estas capillas siendo su aparición precedida siempre por un destello blanquecino y un penetrante olor a ozono. Los heridos eran atendidos de inmediato por las apotecarias y sus siervos y los demás se reunían en el centro de la sala a la espera de noticias.

Panter se hacercó a un paner adosado a una de las blancas paredes y manipuló las runas de control. – Capitana Panter a puente. Informe, almirante.

  • ¡Su misión ha sido un éxito, capitana! –respondió el altavoz-. ¡La nave enemiga ha reducido su velocidad en un tercio y sigue descendiendo!.

Tanto los Tigres como los Sangrientos celebraron aquella noticia por todo lo alto. Nekoi y Ocelot fueron ensalzados por sus camaradas e incluso por algunos de los hijos de Saguinius. El propio Manphred se acercó también para felicitarles.

El capellán Sagos rechazó con las pocas fuerzas que tenía el intento de los siervos de los Tigres de atender su brazo herido; pero perdió el conocimiento poco después.

La Feline maniobró hasta encarar al acorazado, que aún era víctima de visibles detonaciones en su sección de popa, y vomitó cuatro torpedos de alta velocidad desde sus lanzaderas de proa. Con su maniobrabilidad seriamente mermada el Apocalipsis no pudo eludir el impacto, que se produjo casi en el mismo centro de su costado. El navío traidor respondió con el fuego de sus baterías pero la Feline trazó un giro descendente y los pocos disparos que recibió murieron entre chisporroteos de sus escudos. Viendo su autonomía amenazada, los cazas del Apocalipsis regresaron.

Los impactos de los torpedos tuvieron efectos catastróficos en el navío traidor. Los marines de plaga y los siervos murieron en sus pasillos y estancias sin apenas tiempo de darse cuenta de qué eran las llamaradas y explosiones que les consumían hasta convertirlos en cenizas y que abrían gigantescas brechas en el casco por las que eran succionados irremisiblemente hacia el vacío intersestelar. Sin embargo, el daño causado era pequeño en comparación con la masa total del acorazado.

  • ¡Impacto directo, señor!. ¡Sección central, cubiertas...!

  • ¡Podemos resistir muchos más como ese! –interrumpió el cuerpo-. ¡Preparen ataque de lanzas y disparen cuando estén a tiro!. ¡Quiero todas las baterías disparando sin tregua!.

  • ¡Señor, detecto un contacto en los sensores de largo alcance!. ¡Es una nave imperial!. ¡Configuración: nave de ataque!.

  • ¡Les llegan refuerzos!.

  • ¡Corrijo, señor!. ¡Son dos naves imperiales. ¡La segunda es un crucero estelar!. ¡Salen de la disformidad a setecientos clics a estribor!.

  • Nephausto a puente –dijeron de pronto los altavoces-. Informe.

El cuerpo detalló alarmado todo cuanto había sucedido antes y después de la explosión de dos de los motores.

  • Sacad la nave de aquí. Nos retiramos.

  • A la orden, mi señor –respondió el cuerpo-. ¡Motores de disformidad!. ¡Trazad rumbo a la base primaria!.

  • ¡Almirante, detecto fluctiaciones disformes en el interior de la nave enemiga!.

  • ¡Están cargando un motor de disformidad!.

  • ¡No les permitiremos huir! –respondió la almirante-. ¡Disparen una salva de torpedos al origen de las fluctuaciones!.

Dos navíos blanquiazules se acercaron a toda velocidad desde el espacio profundo. Uno de ellos era similar a la Feline; el otro era varias veces superior en tamaño aunque aún más pequeño que el navío de Nephausto. Llegaron a tiempo de presenciar cómo su nave hermana habría fuego con sus baterías y torpedos, martirizando al gigantesco acorazado que se movía lento como una ballena agonizante.

  • ¡Señor, el crucero imperial está preparando un ataque de lanzas sobre nosotros!.

  • ¡Salto disforme!, ¡ahora!.

Ocurrió tan rápidamente que parecía imposible para algo de aquel tamaño. El negro manto de estrellas se combó alrededor de su casco provocando torbellinos multicolor por toda la superficie y, de repente, el Apocalipsis ya no estaba allí.

Los torpedos de la Feline atravesaron el espacio que antes ocupaba el acorazado y siguieron su camino con el zumbar de sus propulsores.

  • La nave ha saltado a la disformidad.

  • ¡Maldición! –la almirante acompañó su quejido con un golpe sobre el brazo de su silla de mando-. Contacten con los astrópatas, ¿tienen su rastro?.

  • Negativo, señora. Informan que no han logrado seguirles.

Con aire de resignación, la almirante se recostó. Era poco provable que los astrópatas hubieran podido averiguar el destino de la nave pero un poco más de suerte les habría venido muy bien.

  • El Cazador y el Ghal Takar por el canal dos, almirante –dijo la oficial de comunicaciones.

El monitor principal se activó a pantalla partida mostrando a las dos oficiales al mando de las naves que habían acudido.

  • Aquí almirante Debraím al mando del crucero Ghal Takar. Parece que han hecho huir a ese monstruo –dijo el rostro de la derecha, una mujer con varias cicatrices y antiguas quemaduras en la mejilla y un implante biónico en el mismo ojo.

  • Almirante Shiara de la Feline. Lamento no haber podido contener a la presa, señora.

Resultaba un tato divertido. Al mando de una nave de ataque Shiara había logrado resisitir un combate contra un acorazado espacial gracias a unas insuperables maniobras y un instinto táctico casi inigualable y aún se quejaba del resultado.

  • ¿Dónde está el capitán? –preguntó Manphred aún sonriente por el éxito de la misión.

  • Lo estamos transportando, señor –respondió el siervo limpiándose el sudor de las manos en su túnica blanca antes de seguir manipulando la consola-. Los tenemos a él y a la hermana Mau suspendidos en el haz de partículas. Fijando coordenadas de retorno en la plataforma nueve.

Mientras recitaba el procedimiento en voz alta para que Manphred lo entendiera, puesto que el baalita era incapaz de comprender las runas tigrinas del panel de control, el siervo hizo una mueca.

  • Algo va mal –dijo otro siervo desde el panel contiguo.

  • Hay una distorsión en el haz –convino el primero.

  • ¡Las coordenadas de retorno están siendo redirigidas!.

  • ¡Maldición, la nave enemiga los ha interceptado con su transportador!.

  • ¡Eso no es posible! –intervino Panter interesándose por la situación-, ¡puente informa que la nave enemiga ha huido a la disformidad!.

  • ¿Entonces qué es lo que interfiere? –el primer siervo miró al segundo en busca de una respuesta.

  • ¡Creo que la fluctuación disforme causada por el salto de la nave enemiga está creándonos complicaciones!.

  • ¡Por el Emperador les he perdido!.

  • ¡Yo también!. ¡He perdido sus coordenadas!.

  • ¿Qué demonios significa eso? –tronó Manphred temiéndose la respuesta.

En el sombrío y solitario almacén, una esfera de luz apareció de la nada expandiéndose en una lenta explosión. Cuando se disipó y la penumbra volvió a reinar, Rómulus estaba allí en pie junto a un Gabriel malherido recostado sobre el regazo de Mau. El capitán estudió rápidamente el entorno hasta reconocer aliviado el emblema de los Tigres Nevados en los contenedores que atestaban el lugar. Su siguiente reacción fue caer junto a sus compañeros. Sus ojos volvieron lentamenet a la normalidad; el rojo se dividió definiendo cada vez más los capilares hasta que desapareció por completo y sus iris azules volvieron a ser visibles.

  • Disculpadme –dijo Gabriel con las palabras ahogándole-. He tenido que variar mi destino y el vuestro. Es mejor para todos que nadie más sepa que estoy aquí.

  • ¡Gabriel!. ¿Cómo es posible?.

  • En realidad es sencillo. He utilizado el haz de transporte que os había fijado a vosotros para transportarme a mí mismo...

Rómulus rió abiertamente acunando el rostro de Gabriel entre sus manos. El bibliotecario entreabría los ojos con aquel brillo acerado asomando entre sus párpados agotados. – Rómulus... –logró sisear-. Has logrado hermanarte con tu bestia interior...

  • Sí, gracias a ti, amigo mío.

Gabriel sonrió levemente. – Ya nunca más volveréis a estar enfrentados. Ahora sóis uno.

  • ¿Cómo está? –preguntó Mau.

Gabriel aferraba fuertemente las manos de la Tigresa pero su rostro reflejaba escaso sufrir. La herida de su vientre se estaba cerrando mucho más lentamente de lo normal.

  • Se pondrá bien –respondió Rómulus forzando una sonrisa-. Le he visto salir de situaciones mucho peores.

La risa de Gabriel sonó torturada y agónica.

  • Gabriel, ¿por qué estas aquí?. ¿Qué es lo que...?

  • Aertes...

  • ¿Aertes?.

  • Aertes... debe ser detenido.

  • ¡Y lo será!. ¡Pero ese es mi deber, tú no tenías que...!

  • Tú no lo comprendes. Nadie puede comprender lo que he visto... hasta que lo vea por sí mismo.

El bibliotecario alzó las manos para abarcar la cabeza de Rómulus. El Sangriento se sintió de repente arrastrado de aquel lugar. Como en un sueño vio pasar una tras otra escenas de Nephausto, sus marines de plaga, los Esclavos de Calipso y muchas otras legiones traidoras atacando sin tregua poblaciones y bases militares por todo el Imperio. Reconoció en una de las visiones la fortaleza-monasterio de los Ángeles Sangrientos devastada, reducida a escombros de mármol rojo. Vio a Abaddon, el archiereje, el azote del Imperio. Estaba muerto y decapitado. Nephausto tenía un pie sobre él sosteniendo en alto su cabeza muerta ante un mar de tanques, monstruosos titanes y marines del Caos de todas las legiones que se extendía hasta donde alcanzaba la vista bajo un cielo ardiente y saturado de navíos y acorazados de guerra.

  • Ahora lo ves.

Las palabras de Gabriel le devolvieron a donde estaba.

  • Si Aertes no es detenido es su destino destronar a Abaddon como principal cabeza de mando de las tropas del Caos. Muchas otras legiones se sumarán a la suya como ya ha ocurrido con los Esclavos de Calipso. Su poder se hará inigualable. Unirá a todas las tropas del Caos bajo un mismo estandarte y los dirigirá en una marea de destrucción hasta la misma Terra. Nada se interpondrá en su camino.

Rómulus guardó comprensivo silencio. Mau aguardó a oír las siguientes palabras reprimiendo sus preguntas.

  • ¿Estás seguro de ese futuro?.

Gabriel asintió con su rostro ceniciento. – Sé que ocurrirá.

  • Pero puede evitarse.

El herido volvió a asentir. – Es el destino de Aertes. Pero el Emperador ha querido que éste pueda ser truncado.

Su batalla personal con Nephausto se había convertido de repente en la clave para el futuro de todo el Imperio. Durante un momento Rómulus se sintió abrumado por aquel conocimiento. Luego recordó algo... – Gabriel, ¿estás seguro de esto?. Es posible que estés equivocado.

  • Ojalá así fuera, amigo mío. Pero es mi maldición estar en lo cierto.

  • Ya has cometido errores antes. Dijiste que Remus volvería a nuestro lado pero...

  • Sí... ahora sirve a Aertes como él quería que tú le sirvieses. Puede que confundiera alguno de los signos, pero en esto estoy absolutamente seguro. Aertes debe ser detenido.

  • ¿Qué haremos con él? –preguntó Mau.

Era una buena pregunta. Gabriel estaba herido pero no podían llevarle al apotecarion de la nave.

  • Dejadme aquí –respondió él mismo-. Aquí puedo permanecer oculto hasta que me haya recuperado.

  • ¿Estás...?

  • Sï, estoy seguro. Vamos. Os estarán buscando. Lo mejor que podéis hacer por mí ahora es alejaros, amigos míos.

Mau le recostó sobre uno de los contenedores con toda la delicadeza que pudo. Cuando ambos estaban a punto de salir, volvieron la mirada y le vieron allí, abrazado a su espada de obsidiana y empezando a reparar el cable roto. Uno de los escasos focos que estaban encendidos le iluminaba situándole en el centro del círculo luminoso de su haz.

  • ¿Qué quiere decir que les han perdido? –repitió Manphred.

  • No... no lo entiendo –respondió uno de los siervos cada vez más temeroso de la ira del paladín-. Es como si hubieran sustraído su materia del haz transportador... pero eso es imposible.

  • ¡Encuéntrenlos, en el nombre del Emperador!.

  • Aquí capitán Rómulus –dijo de repente el panel comunicador de la pared-. Informo que tanto yo como la hermana Mau estamos bien y a salvo a bordo.

Los marines espaciales volvieron a prorrumpir envítores y alabanzas al Emperador.

  • ¡Es cierto! –se sorprendió el siervo-. ¡Recibo sus transpondedores a bordo!. ¡Sección nueve, almacén de víveres cuatro!.

  • ¿Cómo en nombre de todo lo sagrado han llegado ahí? –quiso saber Panter.

  • ¡Es un milagro del Emperador, capitana!. ¡Podian haber aparecido en cualquier lugar o haberse dispersado en el espacio, pero Su mano los ha depositado sanos y salvos en la Feline!.

  • ¡Está a salvo! –gritó Manphed riendo y alzando sus espadas entre la algarabía-. ¡El capitán está a salvo!.

Durante las horas siguientes los principales oficiales al mando de las tropas imperiales se reunieron a bordo del crucero Ghal Takar mientras la Feline era reparada de los daños sufridos. Sólo había altos rangos en aquella estancia y Rómulus y Manphred eran los únicos Ángeles Sangrientos presentes. Nekoi y Ocelot, a pesar de no ostentar rango superior alguno, también estaban allí como reconocidos autores del éxito de la misión de abordaje. Aquellos oficiales que habían viajado a bordo del Cazador y de aquel crucero se mostraban orgullosos y sanamente envidiosos hacia todos ellos.

La estancia era un pequeño anfiteatro blanco similar a las salas de operaciones de las bases de los Tigres Nevados. Rómulus se percató de la similitud. Incluso muchos de los Tigres Nevados le eran familiares de anteriores reuniones.

Cada uno de los oficiales que participó en la operación detalló su percepción de lo ocurrido o sencillamente corroboró lo que otro había dicho antes que él. Cuando le llegó el turno a Rómulus, describió lo que había pasado omitiendo debidamente la identidad del señor del Caos y de su lugarteniente así como la presencia de un bibliotecario proscrito de los Ángeles Oscuros. Tampoco hizo mención alguna a su descubrimiento de cómo convertir la Rabia Negra en su aliado de batalla; aquello era algo que sólo incumbía a los Ángeles Sangrientos y aún debía buscar el modo de informar de ello. Intentaría entrar en contacto con el bibliotecario jefe Mephiston en Baal, con quien había tratado en alguna ocasión, ya que su caso era el más similar que conocía al suyo propio. Pero todo eso sería más adelante.

  • ¿Los Esclavos de Calipso no hicieron nada por apoyar a los marines de plaga? –preguntó una oficial, la líder de las tropas transportadas en el Ghal Takar.

  • No –respondió Tigrit-. Parecían más interesados en contemplar nuestro combate que en intervenir.

  • Incluso mientras Nekoi colocaba las cargas fuimos ignorados por ellos –intervino Ocelot-. O quizá no nos vieron.

  • Eso es poco provable –rebatió Nekoi-. Tuvieron que ver a los marines de plaga abrir fuego sobre nosotros; tuvieron que ser avisados de algún modo.

  • En cualquier caso el Apocalipsis ha sufrido daños severos –dijo Panter a todos los presentes cambiando de asunto-. Su maniobrabilidad en el espacio material es ahora mucho más reducida y eso le convierte en una presa ideal. Si sólo supiéramos dónde encontrarlo...

  • Lo sabemos, capitana –Rómulus se levantó de su sitio-. Antes de ser rescatado, Nephausto me desafió a acudir a unas coordenadas espaciales.

Hubo un silencio pero Rómulus no se sintió incómodo. Los Tigres Nevados que le conocían parecieron tomarse sus palabras muy en serio; los que no simplemente se mostraron indiferentes.

  • Capitán –intervino una de las oficiales del Cazador-, esa clase de información es absolutamente inviable como bien sabéis. Ese traidor puede haberos indicado el camino a una trampa o simplemente haberos engañado.

  • No es tan sencillo, capitana Rasil –dijo Cheetah desde detrás de su acostumbrado embozo-. El capitán Rómulus sigue desde hace tiempo la pista de Nephausto. Entre ellos hay una rivalidad mucho más encarnizada de lo que podéis imaginar y sabemos que Nephausto es orgulloso y vengativo.

Rómulus intentó hablar pero otro de los Tigres salió en su defensa.

Era Karakal. – Así es. Rómulus ha humillado ya por dos veces a ese despreciable. No sería de extrañar que Nephausto quisiera resolver de una vez por todas su duelo a cualquier precio.

  • ¿Y cuáles son esas coordenadas? –preguntó Rasil.

  • Doscientos sesenta parsecs al suroeste espacial de Fereonor Tercius –contestó Rómulus.

Hubo un silencio mientras los siervos introducían las coordenadas en el cogitador y se formaban imágenes tridimensionales en la placa hololítica del centro de la sala. Apareció flotando el sistema planetario Fereonor acompañado por gran cantidad de datos que no fueron leídos por nadie. El tercer planeta fue resaltado por un círculo verdoso y de inmediato la imagen cambió; los planetas y el sol desaparecieron y sólo quedó una imagen de un cielo estrellado. Las coordenadas exactas aparecieron en la parte inferior de la proyección en runas tigrinas de color verde. Un icono conocido por todos indicaba que aquella zona se encontraba fuera del espacio imperial.

  • ¿Son esas las coordenadas?.

Los siervos asintieron a la pregunta de la capitana Risel.

  • Ahí no hay nada –dijo otra de las oficiales del Cazador a la vista de lo evidente.

  • Nada que esté registrado en los archivos –puntualizó Cheetah.

  • Nephausto está ahí –afirmó Rómulus.

  • Espero que tengáis algo más en qué basaros que en las palabras de ese traidor –la hostilidad de Rasil era cada vez menos encubierta.

  • Rómulus... –Karakal buscó la mirada del Sangriento-. ¿Crees de veras que es ahí donde está?.

Rómulus sostuvo la mirada de aquellos ojos de tigre y asintió sin dudas aunque tampoco dio motivo alguno.

  • Es suficiente para mí –declaró el Tigre de Fuego a toda la sala.

  • Y para mí –convino Cheetah.

  • Y para nosotros –dijeron Nekoi y Ocelot a la vez.

  • La 3º Compañía está con el capitán Rómulus –se unió Panter.

  • La Feline también –cerró Shiara el círculo.

  • Vamos a reconocer esas coordenadas –Panter parecía completamente dispuesta-. ¿Alguien viene con nosotros?.

Las oficiales al mando del Cazador y el Ghal Takar se levantaron.

  • Qué diablos –dijo Rasil-. Siempre es mejor que patrullar un sistema abandonado de la mano del Emperador.

La hora final está próxima. Nos dirigimos a la guarida del enemigo. Es dolorosamente irónico que sea un hijo de Sanguinius, el mártir entre los mártires, quien está destinado a convertirse en el más grande traidor. Es un ángel caído, y de su absolución depende el futuro del Imperio.

El viejo Nurgle me hirió una vez y la herida fue tan profunda que mi alma nunca ha podido curarse del todo. Ahora su siervo Aertes ha herido mi cuerpo y la miasma oscura de mi alma sabe que ahora soy vulnerable pero no puedo echarme atrás. Aunque Rómulus ya no me necesite, debo ver el fin de Aertes con mis propios ojos y hacer cuanto pueda por truncar su destino. La fe me sustentará.

Y sin embargo, en esta hora oscura, tengo el extraño presentimieto de que el destino está de nuestro lado.

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El Apocalipsis apareció de improviso entre un tornado esférico de realidad y disformidad y puso rumbo a un pequeño planeta cercano, un planeta de aspecto completamente demencial ya que los remolinos y masas nubosas eran de diversos y brillantes colores.

  • Mi señor Nephausto, hemos llegado a nuestro destino –se oyó en la sala.

  • Recibido. Estableced órbita estándar e iniciad de inmediato las labores de reparación. Quiero las naves de desembarco listas en quince minutos.

  • A la orden, mi señor.

Nephausto y todos aquellos con una posición de poder entre los marines del Caos de ambas legiones habían sido convocados a reunión. Los marines de plaga acusaban a los Esclavos de Calipso de haber permitido impunemente el sabotaje del inductor de energía. Ambos grupos estaban uno frente al otro en una sala que mostraba la omnipresente capa de óxido del resto de la nave.

  • ¡Yo mismo lo ví, mi señor! –clamó furibundo un paladín de plaga cuyo nombre Nephausto ni siquiera conocía-. ¡Dos de aquellos Tigres Nevados accedieron al inductor por los andamiajes de mantenimiento, justo por debajos de donde estaba esta sarta de...!

  • ¡Vigila tus palabras, marine de plaga! –le advirtió Remus con su visión ya restaurada.

La tensión podía cortarse con un cuchillo. Los marines de plaga y los Esclavos de Calipso se odiaban mutuamente pero siendo sus respectivos señores como padre e hijo aquellos rencores reprimidos amenazaban con estallar en cualquier momento.

Isaar estaba allí también justo a la espalda de Remus y evidentemente preparado para defenderle ante la menor señal de hostilidad. Los marines de plaga, que en ningún momento mostraron sus rostros ocultos bajo las máscaras respiratorias de sus cascos, hablaban siempre desde detrás de Nephausto, acompañado por el gigantesco Lacvediar. Herófocles mantenía una posición más o menos neutral entre ambos pero cuidando de no interponerse en el cruce de miradas.

Nephausto se había mostrado ausente desde el ataque y no parecía prestar atención a lo que allí se estaba diciendo.

  • ¡No hicieron nada por detener a los imperiales, mi señor! –prosiguió el paladín con sus acusaciones-. ¡Durante todo el tiempo sólo observaron como buitres desde las pasarelas!.

  • Y si vosotros sí vísteis a esos saboteadores, ¿cómo es que lograron cumplir su objetivo? –preguntó Remus con sorna.

Remus defendía a su legión de todas las acusaciones más por haber sido formuadas por los marines de plaga que por ser o no falsas. El paladín no respondió.

  • Se ta ha hecho una pregunta –recalcó Nephausto sin volverse a mirarle.

  • Yo... intentamos abatirlos, mi señor... pero fallamos.

  • Fallásteis.

  • ¡Jah! –Remus alzó la cabeza con aire triunfal y arrogante-. ¡Si los hubiérais eliminado el Apocalipsis podría haber despedazado esa nave!.

  • ¡Tus hombres los tenían mucho más a tiro!. ¡Si no hubieran tenido la cabeza entre las piernas durante todo el tiempo habrían podido matarles!.

Isaar desenvainó su espada y su pistola bólter y el paladín que tenía al lado levantó sus guanteletes ungulados. Todos los Esclavos de Calipso aprestaron las armas dispuestos a hacer pagar caro el atrevimiento del paladín, quien tomó una espada de hueso amarillento uniéndose a la amenazadora respuesta de los marines de plaga. Tanto Nephausto como Remus ordenaron el alto.

  • Ya basta –dijo el señor del Caos-. La suerte ha acompañado a los imperiales esta vez.

  • ¡Mi señor, esos...!

El paladín cayó el redondo al recibir un revés de su propio señor. La espada resbaló por el suelo dejando un rastro gelatinoso.

  • He dicho basta. Ahora aguardaremos a que el Apocalipsis esté reparado.

Había algo en aquellas palabras que no gustó a ninguno de los presentes excepto a uno. Nephausto hablaba sin la habitual autoridad y altiva confianza y cuando se marchó dejó una sensación desoncertante en el aire.

Las naves de desembarco posaron sus abultadas y deformes barrigas sobre el suelo rocoso de aquel planeta bajo un cielo que era un mar de pinturas y destellos en constante mezcla. Los Esclavos de Calipso salieron en primer lugar y aspiraron con fuerza las embriagadoras emanaciones de aquel su planeta, que se les antojaban irresistibles despues de haberse visto obligados a viajar en las naves cubiertas de limo y podredumbre. Ante ellos su palacio dorado se erguía en su gargantuélica magificencia con su enorme y engañosa arquitectura saturada de torres, columas, soportales y estatuas que parecía haber sido concebida por el más demente o genial de los arcanoarquitectos. No había murallas exteriores ni defensas perceptibles. Mas que una fortaleza parecía la mansión de un aristócrata. Una mansión a escala descomunal erigida al borde de un gran precipicio.

Los interiores estaban igualmente recargados. Los techos eran altos y abovedados, como diseñados para el paso de titanes y siempre, se mirase donde se mirase, todo parecía hecho de oro macizo. Al igual que las armaduras de oro y plata ofrecían un chocante contraste en los corredores verdosos y mugrientos del Apocalipsis, los marines de plaga parecían totalmente fuera de lugar en aquel palacio. Su ascenso por las escalinatas de entrada, altísimas y con un amplio rellano cada diez peldaños, era una escena extraña y descorazonadora para los Esclavos.

Remus entró en en salón del trono donde antaño Calipso se había sentado a disfrutar de su posición de poder. Aquel trono era suyo ahora y se sentó en él rabioso por su derrota ante Rómulus. El muy despreciable había tenido mucha suerte de que aquel último disparo suyo liberara al demonio contenido en su arma. De no haber sido así ahora tanto él como Mau estarían muertos y a sus pies.

La pared enfrente del trono era toda un gran ventanal por el que se podía ver la yerma superficie del planeta bajo el manto del cielo multicolor, obra de Herófocles seguramente durante la construcción de aquel lugar. Había una amplia terraza por el exterior y, bajo ella, una caída incalculable por el precipicio. La pared de la derecha había sido dispuesta como la de un museo de armas de fuego. Destructores sónicos y toda clase de armas pesadas, algunas de aspecto completamente desconocido, estaban dispuestas hasta dos metros de altura por toda aquella pared para que Remus tuviera dónde elegir. La pérdida de la Espada Paracelsus parecía ahora insignificante. A la derecha, collares y grilletes de plata decoraban la pared opuesta donde Calipso tuvo alguna vez su colección personal de esclavos. Ahora colgaban vacíos de sus cadenas.

Nephausto alzó el vuelo con el batir de sus alas hasta posarse en lo más alto del palacio, que reflejaba la luminosidad del cielo como un amarillento espejo dorado. Desde allí se podía percibir incluso la curvatura del planeta en el horizonte ya que, aparte de aquella construcción, no había nada más aparte de cañones y desfiladeros. Ni siquiera la más leve montaña; el terreno siempre parecía querer descender como si el mismo infierno intentara atraerlo hacia sus abismos. Estuvo paseando por tejados acristalados y áticos con balcones de plata hasta que se detuvo sobre una estrecha torre y se acuclilló como un cuervo espectante con su capa al viento.

Las palabras de Rómulus no dejaban de darle vueltas en la cabeza. ¿Había vendido realmente su alma por nada?. Él sabía que no era así. Cierto era que en un principio su entrega a Nurgle tuvo como único fin hallar una cura para la Rabia Negra, pero ahora era un fiel siervo del señor de las plagas. Era como si Rómulus estuviera destinado a humillarle. Le venció en Cralti V, ahora le había demostrado que tuvo una alternativa al camino del Caos, que Gabriel siempre había estado en lo cierto.

Pero todo eso ahora no importaba. Debería hacer acopio de todo su poder para demostrar de una vez por todas quién era el mejor y no dar cuartel alguno. La próxima vez se alzaría vencedor y, si conocía bien a Rómulus, eso no tardaría en ocurrir.

A bordo del Apocalipsis, el puente de mando era escenario de una actividad monótona. Los oficiales contactaban con los equipos de reparación de las cubiertas dañadas informando de los progresos que podían ver en sus pantallas. El cuerpo parecía dormido; la telaraña de cables había sido reconectada y ahora colgaba inerte de ella como medio cadáver repugnante.

  • ¡Dioses! –chilló uno de los oficiales.

  • ¿Qué ocurre? –preguntó otro.

  • ¡No es posible!.

El otro miró a un monitor secundario y vio la causa de aquel pavor. - ¡Señor! –gritó en dirección al cuerpo-. ¡Señor!.

Lacvediar y sus fieles habían permanecido a bordo para acelerar las reparaciones. El gigante estaba transportando sobre el hombro una sección de tubería que debería haber aplastado incluso a alguien de su tamaño cuando la señal de alarma inundó el corredor.

Herófocles estaba en sus aposentos contemplando una estatua de Calipso en el centro de la sala cuando los siervos de la sala de comunicaciones contactaron con él.

  • ¡Recibo una transmisión del Apocalipsis, señor! –dijo el siervo-. ¡Dice que las naves imperiales les han seguido hasta aquí!. ¡Tres contactos confirmados; un crucero y dos naves de ataque en rumbo directo hacia nosotros!.

  • Informa al amo Remus y a Nephausto –respondió el hechicero antes de cortar la comunicación.

Su rostro recuperó su sonrisa de loco.

El Ghal Takar disparó el haz láser de sus lanzas combinadas contra la popa del acorazado mientras las dos naves de ataque lo envolvían por los flancos martilleándolo con sus baterías. Los escudos se resistieron a ser atravesados por el haz pero cuando cedieron la sección de motores del Apocalipsis detonó en una burbuja incandescente que arrancó un gigantesco bocado de la nave y se expandió rápidamente en el vacío. La Feline y el Cazador utilizaron sus torpedos de proa para seguir torturando a la presa moribunda, inmóvil e incapaz de reaccionar.

El cuerpo estaba muerto. Una sobrecarga le había frito el cerebro y sus ojos eran ahora dos cuencas chamuscadas y humeantes. El puente estaba desierto ya que el pánico cundía por doquier y los marines de plaga que había a bordo intentaban imponer su autoridad a disparos de bólter.

Lacvediar murió cuando el corredor en el que estaba se inundó de fuego producto de una explosión. La oleada ardiente le tiró al suelo y abrasó su cuerpo lentamente, con su propia resistencia convertida en una tortura al ralentizar la acción purificadora del fuego. Los fieles que le acompañaban murieron casi en el acto; él estuvo gritando y revolcándose durante mucho tiempo.

Las explosiones se sucedieron por todo el casco del Apocalipsis como momentáneos y brillantes parásitos. Nubes formadas por sus propios pedazos empezaron a desprenderse de él y su órbita alrededor del planeta empezó a decaer. Las naves de ataque se alejaron y el crucero disparó una última y triunfal descarga de lanzas que partió al maltrecho acorazado en dos.

Desde el puente de la Feline, Panter, Karakal, Manphred y Rómulus asistieron a la ejecución del navío traidor con especial satisfacción personal. La capitana Rasil debía de estar tragándose su desconfianza, aunque ¿cómo pensar que en aquellas coordenadas podía haber todo un planeta desconocido?.

  • El Apocalipsis es atraído hacia el planeta –informó alguien-. Emisiones energéticas negativas. Es un pecio a la deriva.

  • Que arda en la atmósfera y se purifique su corrupción –dijo Shiara solemnemente-. Inicien un escaneado de todo el planeta.

  • Nos es imposible, almirante. La atmósfera interfiere con todos nuestros instrumentos.

  • Deriven energía de emergencia a los escáners.

  • Es inútil. Esa especie de cobertura multicolor es impenetrable a los sensores.

  • ¿Qué es lo que pueden decirnos los sensores? –preguntó Panter.

  • Perímetro estimado en veinticuatro millares de kilómetros. No puedo definir una órbita; parece flotar simplemente en el espacio. Los astrópatas afirman que la cobertura multicolor es obra de brujería herética.

  • ¿Obra de hechiceros del Caos?.

Hubo un a pausa mientras la oficial transmitía la pregunta a los astrópatas, recluidos en una sala especial lejos del puente.

  • No pueden precisar, capitana. Dicen que el propio planeta parece ser obra de brujería.

  • ¿Hay algo que pueda precisarse acerca de ese planeta? –preguntó Shiara con fastidio.

  • Que debe ser purgado –respondió Rómulus.

  • Almirante, detecto una anomalía en la cobertura del planeta.

La oficial hizo que un monitor mostrara la zona del planeta en la que se centraba dicha anomalía. Una nube negra se estaba extendiendo, consumiendo y apagando los colores.

Nephausto estaba en pie sobre el punto más alto del palacio. Levantaba su guadaña sobre él e invocaba al dios Nurgle a voz en grito. En respuesta a sus plegarias el cielo se volvía negro y crepitaba con relámpagos oscuros que no dejaba de descargar a todo su alrededor. El aire giraba y vibraba trayendo una miasma pestilente y una sustancia verdosa empezó a deslizarse sobre los tejados de oro y plata.

Remus y Herófocles le vieron a través del techo acristalado de una sala. Se habían reunido tras la noticia de la destrucción del Apocalipsis y ahora veían a Nephausto allí, sobre una de las estilizadas torres que coronaban el palacio como agujas.

  • ¿Qué está haciendo? –inquirió Remus.

  • Lo ignoro, amo –mintió el hechicero-. Pero si continúa las naves enemigas nos encontrarán.

  • ¿Y cómo nos han encontrado? –quiso saber Isaar-. ¡Este lugar aparece vacío en los mapas del Imperio y aunque no fuera así, ¿cómo supieron dónde buscarnos?. ¡Apuesto a que es por su causa! –añadió mirando a Nephausto-. ¡Les ha atraído hacia nosotros, eso es lo que está haciendo!.

  • Es él –dijo Rómulus sombrío.

Todas las miradas del puente de mando se volvieron hacia el capitán.

  • Es Nephausto. Nos desafía a ir en su busca.

  • El planeta es aún impenetrable a los sensores –dijo Shiara manipulando sus holopantallas-. Si descienden ahí lo harán a ciegas.

  • Es allí donde hemos de ir –Rómulus señalo la mancha-. Allí es donde nos espera.

  • No será la primera ni la última vez que nos lancemos sobre una posición a ciegas –dijo Karakal.

  • Un bombardeo orbital es mejor opción –sugirió la almirante.

Karakal fue quien respondió. – Un bombardeo orbital es impreciso aún cuando el blanco está perfectamente identificado y fijado. Que dé en el blanco en esa nube negra será cuestión de azar.

  • Pero no saben qué es lo que les espera ahí abajo.

  • Sí lo sabemos: nuestras presas.

Aquel planeta no orbitaba alrededor de ningún sol pero el mismo cielo iluminaba su superficie como si fuera de día, un día surcado por interminables auroras boreales de color.

Las Thunderhawk descendieron a través de las nebulosas arrancando girones que quedaban prendidos de sus cañones como etéreos pedazos de tela que se disolvían rápidamente. Eran muchas; las fuerzas combinadas de los Tigres Nevados que viajaban en las tres astronaves aunque entre su formación se distinguían unas pocas Thunderhawks de los Ángeles Sangrientos.

Aterrizaron no lejos del palacio e inmediatamente sus fuerzas desembarcaron organizándose por escuadras. Varios Rhinos y Predators atigrados, incluso dos Land Raiders, giraron para encarar el palacio de los Esclavos de Calipso; su objetivo.

Los Ángeles Sangrientos formaron junto con las tropas de la 3º Compañía de los Tigres Nevados. Eran todo lo que quedaba de las tropas bajo el mando de Rómulus. Un Dreadnought, un Razorback, un Rhino, un Predator Baal y unos cuarenta hombres reorganizados en una escuadra de asalto, una de motocicletas y dos escuadras tácticas.

Sagos descendió la rampa preparado para la batalla. El adorador del Caos le había destrozado el brazo pero por fortuna aquel brazo biónico pudo ser reparado aunque ahora tenía una especie de tic que le hacía encoger los dedos constantemente. Tras él, el Nefasturris rodó sobre sus cadenas conteniendo en su interior una nueva compañía de la muerte formada de entre aquellos Sangrientos que habían sucumbido a la Rabia Negra a bordo de la nave de Nephausto. El sargento Méranis estaba entre ellos con su armadura negra encadenada a las paredes interiores. Sagos trepó al techo del Rhino y se arrodilló lanzando plegarias en lengua baalita a pleno pulmón. Llevaba a Plutonia, una de las espadas sierra de Manphred que el propio paladín del Emperador le había entregado para suplir temporalmente su Crozius Arcanum perdido. El capellán había aceptado el arma y expresado el honor que significaba para él blandirla.

Manphred conservaba la otra, Mercuria, asiéndola con ambas manos y sintiendo cómo los arcanos dientes de energía de su filo clamaban la sangre del enemigo. Se puso su yelmo coronado de laureles decidido a encontrar a todos y cada uno de los campeones enemigos y ajusticiarlos en persona.

Panter vio semejanza en aquella situación con la ocurrida en Cralti IX. Pero aquella vez nadie vendría a rescatar a los traidores. Tropas de tres compañías de su capítulo estaban a punto de caer sobre ellos, y estaba segura de que los Ángeles Sangrientos buscarían su venganza con más frenesí que nunca.

Al frente de su escuadra de veteranas, Mau se sentía algo extraña si bien nada que turbase su buen juicio. Descubrir la traición de Remus la había aturdido y, aunque ahora estaba bien, no podía dejar de pensar que se dirigían a exterminarle. Prácticamente todos a los que conocía apreciaban a Remus y habían asistido a los oficios en su memoria en Tigrit IV. Rómulus le había advertido que no podía revelar aquello pero el conocimiento era opresivo. Si aquello le preocupaba, pensó, la preocupación de Rómulus debía de ser inimaginable.

Manphred activó su comunicador de muñeca. – Estamos preparados, capitán.

  • Bien. Ahora estáis al mando, paladín del Emperador Manphred. Valor y decisión.

  • Valor y decisión, señor. Que Sanguinius os acompañe.

La batalla fue cruenta hasta lo indecible. Las tropas de Nephausto hicieron una salida y aguardaron la embestida de los imperiales en la llanura que se extendía ante el palacio mientras los Esclavos de Calipso tomaban posiciones en los lujosos balcones y ventanas. Los imperiales avanzaron en un frente amplio tras la cobertura de los tanques que se acercaban lentos e inexorables descargando su armamento cargado de ira y ardiente redención.

Los marines de plaga habían formado delante en una barrera de cuerpos y bólters. Eran muy numerosos; debían de ser el total de las tropas restantes de Nephausto. Los cañones automáticos, cañones láser y lanzamisiles de tanques y Dreadnoughts empezaron a dar cuenta de ellos a larga distancia. Cuando estuvieron más cerca el Predator Baal de los Sangrientos hizo cantar sus cañones de asalto y bólters pesados enviando una verdadera tormenta de proyectiles contra ellos que se unió a la vomitada por los bólters de los marines. Ni siquiera los tocados por la mano de Nurgle pudieron resistir un castigo de tal magnitud y cayeron a docenas mientras cedían terreno ante las filas imperiales.

Los Esclavos de Calipso disparaban una y otra vez con sus armas demenciales. Los impactos sónicos hacían escasa mella en los vehículos blindados pero por la puerta del palacio había empezado a salir un dorado Profanador. La criatura medio demonio medio máquina bajó los escalones con pasos de araña y disparó su cañón principal despedazando uno de los Rhinos blanquiazules en una sonora explosión. Un segundo Profanador apareció por la puerta seguido de un tercero multiplicando en pocos momentos la potencia de fuego del Caos. El tercer profanador disparó los cañones láser acoplados a su brazo izquierdo impactando de lleno a uno de los Land Raiders, pero el bendito blindaje se resistió a ser perforado por aquel engendro de la mecánica y sólo sufrió un recalentamiento que eliminó la pintura del punto de impacto. El propio Land Raider respondió al fuego láser con fuego láser; su barquilla derecha apuntó hacia su objetivo y disparó amputando con el impacto una de las patas anteriores de la bestia, que gimió y aulló enfurecida mientras recuperaba el equilibrio.

Nephausto observaba la batalla desde lo alto de la torre. Había estado acumulando sus poderes para el duelo final con Rómulus. Ahora que su ahijado era capaz de utilizar la Rabia Negra de un modo consciente y pleno se había convertido en un oponente formidable y necesitaría toda la atención de padre Nurgle para hacerle frente. A pesar de que su aspecto seguía siendo el mismo, su entorno estaba acusando el incremento de su poder; el palacio se estaba cubriendo de limo, el aire hedía y la nube negra seguía creciendo confinando cada vez más al cielo multicolor. – Ven a mí, Rómulus. Estoy preparado.

Ahora eran cinco los Profanadores dispuestos en hilera ante el palacio y el sexto podía ser visto acercándose desde el interior. Los cañones de batalla dispararon una salva y tres Rhinos fueron detendidos en seco por las devastadoras explosiones. Fue entonces cuando las cañoneras Thunderhawk llegaron volando como halcones y disparando su amplio arsenal. Los Esclavos de Calipso y tres de sus Profanadores desviaron su atención hacia ellas saturando el cielo con impulsos megasónicos y haces láser que lograron derribar a varias de ellas pero su respuesta fue rápida y demoledora. Sus bólters pesados barrieron toda la fachada aniquilando a los marines ruidosos en sus posiciones y las naves de los Sangrientos dispararon sus cañones de artillería sobre los Profanadores reduciendo a dos de aquellos seres chatarra de oro diseminada por todas partes. Una de las naves, covertida en una bola de humo y llamas, maniobró directamente hacia un Profanador alejado de la puerta para estrellarse con él pero el engendro logró apartarse a tiempo aunque la explosión resultante del impacto contra el palacio lo envolvió con una nube de fuego.

Las Thunderhawk ganaron altura al pasar por encima del palacio, momento en el que abrieron sus bocas para lanzar su carga. Los marines de asalto asomaron a las rampas suspendidas en el aire y saltaron sobre el palacio con sus retrorreactores lanzando fuego para detener la caída. Incluso las Thunderhawk de los Ángeles Sangrientos transportaban tropas de los Tigres Nevados. Todas excepto una.

Rómulus salió a la luz desde las sombras de la nave con un retrorreactor acoplado a su armadura. Llevaba su fiel cuchilla relámpago en forma de inmóvil pinza de escorpión, pero ahora su otro antebrazo estaba también armado con una cuchilla relámpago en forma de garra tomada de la armería de los Tigres Nevados y pintada con los colores de los Ángeles Sangrientos. – Esta vez no escaparás –se juró a sí mismo.

El capitán saltó al vacío seguido por la escuadra de asalto que le acompañaba con el viento azotándole furisamente. En su caída reconoció a Tigrit y su escuadra entre los Tigres Nevados. La sargento le saludó con un gesto y ambos activaron sus retrorreactores para direccionar el aterrizaje. La parte superior del palacio no mostraba defensa alguna. Había cristaleras y claustros a cielo abierto por doquier, cualquiera de ellos lugares perfectos para un asalto. Aquella construcción no se había erigido con la idea de ser una fortaleza sino más bien un lujoso lugar de reposo.

Tigrit y su escuadra atravesaron un techo acristalado y cayeron entre una lluvia de cristales en una habitación por cuyas ventanas los marines ruidosos bombardeaban el exterior. Las garras de la sargento dieron buena cuenta del primer enemigo antes incluso de que se hubiera repuesto de su impresionante entrada.

Rómulus y los Sangrientos repitieron aquella misma escena en la habitación contigua. Casi había esperado encontrarse de cara con Remus al caer, pero no era ninguno de los que abatió con sus cuchillas relámago.

Las tropas del exterior dejaron de apuntar sus disparos a las posiciones más elevadas del palacio cuando vieron a sus camaradas lanzarse con alas de fuego. Las naves eran tantas que los escuadrones tardaron varios segundos en sobrevolar la posición enemiga y cada Thunderhawk soltaba un grupo de marines de asalto aunque otras eran alcanzadas y explotaban en el aire o se estrellaban contra la fachada dorada.

El último Profanador emergió por la puerta siendo inmediatamente seguido por una oleada de Esclavos de Calipso que tomó inmediatamente posiciones por toda la escalinata. Los marines de plaga dejaron de retroceder cuando llegaron a la línea de Profanadores y se prepararon para detener el avance imperial. Los Tigres Nevados se parapetaron tras los tanques y dio comienzo un intenso tiroteo a corto alcance. El Predator Baal de los Sangrientos demostró rápidamente su superior efectividad en aquella clase de combates derribando filas enteras de traidores de los cuales pocos volvían a levantarse. Por detrás de los marines de plaga, los Esclavos pasaron entre las patas de los Profanadores y se unieron a su frente mientras más y más de ellos bajaban las escaleras. Utilizaron a los propios marines de plaga como cobertura, ya fuera amontonando sus cadáveres o situándose tras los que quedaban en pie.

El cielo se había oscurecido por completo. Relámpagos negros azotaban el aire como látigos e iluminaban el escenario del conflicto con sus destellos antinaturales conviertiendo esporádicamente aquella noche artificial en día.

Un Land Raider enfocó sus cuatro cañones láser hacia otro de los Profanadores haciendo converger sus rayos en el centro del cuerpo en forma de torreta. La explosión fue espectacular; desintegró por completo a la criatura, acabó con todos los Esclavos en un radio de seis metros y derribó al resto en un radio de veinte. Como represalia, otro Profanador disparó su cañón de batalla y un Predator de los Tigres Nevados desapareció en una bola de fuego. Cuando ésta se disipó el tanque aún estaba entero; sin torreta, pero operativo y devolviendo la lluvia de muerte con los cañones láser de sus barquillas.

Alguien entre los Esclavos de la escalera disparó una esfera de energía. Parecía el disparo de un cañón de plasma pero era púrpura y emitía un zumbido extraño en su fugaz vuelo hacia las tropas imperiales. Aquel disparo provocó un vórtice que levantó a los Tigres Nevados por el aire como un pequeño aunque potente tornado. Remus acarició su nueva arma Kai tomada de la pared de su sala del trono, un cañón de bochacha ancha y tan lleno de runas en relieve que resultaba irreconocible, y disparó otra vez apuntando al Rhino negro de los Ángeles Sangrientos que tan bien conocía. El impacto desplazó al Rhino varios metros hacia atrás derrapando sobre sus cadenas y obligando a los marines a apartarse de su camino, pero no perforó el blindaje.

Karakal vio cómo un arma portada por un solo hombre había empujado un tanque de varias toneladas. Debía de tratarse del lugarteniente de Nephausto, el líder de los Esclavos de Calipso. Nadie más empleaba un arma así.

Rómulus perdió a un hombre pero él y su escuadra acabaron con todo rastro de traidores en aquella sala y acto seguido se apostaron en el balcón para disparar sus pistolas y lanzar granadas de fragmentación sobre la masa de Esclavos de allá abajo. Los disparos bólter rebotaron en las armaduras doradas pero las dos pistolas de plasma de la unidad y las explosiones de las granadas se cobraron varias víctimas antes de que una oleada de impulsos megasónicos les obligara a refugiarse en el interior. Los impactos despedazaron el balcón y buena parte de la pared arrancando pedazos de los metales preciosos con los que estaba construida. Rómulus sintió que se le vaciaba el estómago y se le combaban los tímpanos a causa de las ondas de choque pero ninguno de ellos resultó herido. Varios marines de asalto más cayeron a través del tragaluz y, tras comprobar la identidad de los Sangrientos con un rápido vistazo y encañonarles por un leve momento, se internaron en los pasillos en busca de enemigos que aniquilar. Rómulus dirigió a su escuadra a la siguiente habitación que diera al exterior, pero aquella también había sido ya tomada por los Tigres Nevados.

Tigrit irrumpió en otra habitación. La mampostería y el mobiliario de aquel lugar eran exageradamente ostentosos pero su atención estaba dirigida hacia los marines ruidosos que la ocupaban. Les sorprendió por detrás mientras aún dirigían sus disparos sobre sus camaradas en el exterior. Degolló al primero con un movimiento de sus garras. Tres más fueron sencillamente embestidos por sus compañeras y cayeron fachada abajo gritando. El último derribó a su rival golpeándola con su arma y la aplastó contra el suelo de un disparo sónico antes de que tres golpes de espada sierra de otras tantas Tigres Nevadas pusieran fin a sus andanzas. Tigrit intentó atenderla pero no había nada que hacer. De repente otra puerta quedó despedazada al atravesarla un Esclavo de Calipso que cayó muerto cerca de ella. En la otra sala tenía lugar un encarnizado combate y ni ella ni su escuadra iban a quedarse impasibles. Durante un leve parpadeo, a Tigrit le pareció ver una armadura verde oscura y una espada negra que descargaba sobre los traidores entre la confusión de cuerpos del combate. Al instante siguiente otro relámpago filtró su luz por los cristales rotos del techado y la figura ya no estaba, pero sí sus víctimas muertas sobre la alfombra con sus armaduras de oro destrozadas a tajos y cubiertas de sangre.

En varias de las posiciones superiores del palacio los marines ruidosos fueron sustituidos por Tigres Nevados que hacían llover fuego sobre las tropas del Caos. Éstas devolvían los disparos aliviando la presión sobre el frente que seguía ganando terreno poco a poco. Entonces las Thunderhawks hicieron una nueva pasada, pero esta vez centraron todos sus esfuerzos en aniquilar enemigos ya que ahora no tenían tropas que lanzar. El escuadrón de los Ángeles Sangrientos fue el primero, sembrando todo el largo de la fila de los marines de plaga con proyectiles bólter que levantaban hileras intermitentes de detonaciones entre los cuerpos putrefactos. Varias Thunderhawk más fueron derribadas durante su segundo ataque pero se cobraron un percio mucho mayor. Tanto fue así que una vez terminó y las naves pusieron rumbo a la órbita para rearmarse en sus respectivas naves nodriza sólo quedaban dos Profanadores completamente operativos y otro más que había perdido todas sus patas y estaba postrado en el suelo sacudiéndose como un animal herido. Los marines de plaga habían sido diezmados.

En aquel momento de debilidad para las tropas del Caos, los transportes imperiales arrancaron lanzándose sobre sus posiciones. Con el Nefasturris a la cabeza, Rhinos, Razorbacks y Land Raiders se cernieron como depredadores. Los Dreadnoughts equipados para el combate cuerpo a cuerpo, entre ellos el hermano Fulventos de los Ángeles Sangrientos, les siguieron junto a la infantería mientras el resto proporcionaba fuego de apoyo con todo lo que tenía.

La compañía de la muerte desembarcó de su transporte y embistió, penetrando hondamente en las filas enemigas a sangre y fuego. Desde los transportes blanquiazules llegaron marines armadas con garras tisarinas y cuchillas relámpago y los Dreadnoughts, aunque algo retrasados, se acercaban peligrosamente.

Remus se había quedado solo en el rellano más alto de la escalera. Los Esclavos la habían descendido o habían vuelto al interior del palacio para, según ellos, buscar mejores posiciones de tiro. Ni lo uno ni lo otro le importó. Estaba enloquecido, riendo escandalosamente y con su único ojo completamente abierto. Sólo pensaba en aniquilar a cuantos Ángeles Sangrientos pudiera y cuando el dreadnought Fulventos se le puso a tiro no lo dudó ni un instante; disparó sobre él. La esfera de energía dio en el blanco y el gran mausoleo andante giró en el vórtice hasta que, incapaz de conservar el equilibrio, calló de costado. Su cañón de plasma le había sido arrancado de cuajo por el impacto pero aún seguía en condiciones de luchar y, ayudado por varios marines de ambos capítulos, se puso en pie. Por delante de él, casi al pie de las escaleras, los tiroteos se convertían rápidamente en combates cuerpo a cuerpo.

Mau fue de las primeras Tigresas Nevadas en alcanzar al enemigo en cuerpo a cuerpo. Se lanzó sobre el primer enemigo, que recibió sin poder evitarlo sus garras en el pecho y fue derribado de espaldas por la fuerza de su empuje. Mau cayó en cuclillas sobre él y saltó por encima de otro Esclavo que pretendía apuntarle con su arma, le pateó la nuca obligándole a dar un paso al frente y otra de sus camaradas le acuchilló con sus garras. Nada más caer a tierra agazapada como un tisar Mau barrió las piernas de otro de una patada giratoria y le abrió la garganta antes de que pudiera levantarse.

Remus sabía cuan letales podían ser los Tigres Nevados en corta distancia y los Ángeles Sangrientos, aún en su mínimo número, ya habían abierto brecha.

  • ¡Amo Remus, entrad! –le llamaron.

Algunos marines ruidosos estaban cerrando las puertas de plata. Sólo habían dejado una abertura mínima para permitirle pasar, pero el lugarteniente les dio la espalda y volvió a abrir fuego desde donde estaba. Un Land Raider vino directamente hacia él a toda velocidad. Dos marines de plaga permanecieron firmes mientras el resto se apartaban de su camino y dispararon sus rifles de fusión a quemarropa en un intento de detenerlo. Uno de ellos logró destruir la torreta superior artillada con bólters pesados y el otro abrió un agujero fundido en la rampa frontal; ambos murieron aplastados horriblemente convirtiéndose en grasientas huellas a su paso. El Land Raider subió las escaleras destrozando los escalones con sus cadenas decoradas con el águila imperial. Remus le disparó pero aquella máquina de guerra era imparable y no acusó el impacto, de modo que saltó la baranda para apartarse de su camino.

Las tripulaciones de los tanques de apoyo y las escuadras de devastadores gritaron cuando uno de sus Land Raiders derribó las puertas del palacio embistiéndolas como un tremendo ariete e internándose en él. Varias escuadras de los Tigres Nevados le siguieron aprovechando el hueco abierto en las defensas por los Sagrientos y el palacio fue invadido, si bien la batalla en el exterior parecía lejos de estar resuelta todavía.

Isaar bloqueó una espada sierra por alto y disparó su pistola bólter tres veces en el vientre de la Tigresa Nevada. Balanceó su espada y desvió de un golpe la acometida de otra de ellas permitiendo que fuera otro de los Esclavos quien la rematara. Alguien le aferró por la espalda y le tiró boca abajo al suelo. Intentó levantarse pero la marine estaba encima de él. Una espada sierra apareció frente a su cara para rebanarle el cuello pero un marine ruidoso vino en su ayuda y le quitó a la enemiga de encima de una patada en la cabeza. Isaar se arrodilló y ensartó a la Tigresa Nevada contra el suelo, hundiéndole su espada hasta la empuñadura. Mientras se levantaba vio a un marine de plaga cerca de él enzarzado con una enemiga, pero no quiso ayudarle.

A pesar de tener un enemigo común, los Esclavos de Calipso y los marines de plaga luchaban por separado. No unían sus fuerzas para detener al enemigo. Aunque no se atacaran entre sí, tal parecía que fueran tan enemigos entre ellos como de los marines imperiales.

Herófocles estaba de brazos cruzados en uno de los balcones cercanos a la puerta. La fachada a su alrededor era uno de los pocos puntos que no habían recibido un solo impacto. Tras él, la antigua escuadra de Lodugus asistía al espectáculo igualmente inactiva. Estaba mirando abajo; no a los Tigres Nevados que se adentraban en el que había sido el palacio de su ama durante siglos, sino un poco más abajo, en el suelo, en el hueco entre las escaleras y la pared. Una escuadra de Tigres Nevados se dirigía hacia Remus.

Remus se levantó. Había evitado que el Land Raider le atropellase saltando los doce metros que la escalera se alzaba sobre el suelo en su punto más alto.

Karakal hizo una señal a su escuadra para rodear al Esclavo. Se habían escabullido del combate para ir en busca del infame señor de aquella legión traidora. Ahora le tenían literalmente entre la espada y la pared. Parecía aturdido; tenían la oportunidad de capturarle antes de que se recuperase y así decidió a hacerlo. A otra señal suya la escuadra apuntó con sus armas. El traidor les oyó y se volvió hacia ellos casi cayéndose.

El interior del palacio era escenario de luchas tan violentas como el exterior. Los marines de asalto se movían por todas partes. Se sucedían luchas en cuerpo a cuerpo en los salones, los pasillos se agrietaban con los tiroteos, los angustiosos chillidos de los marines ruidosos reververaban contínuamente sobreponiéndose a las alabanzas al Emperador.

Rómulus sorprendió a un grupo numeroso que estaba intercambiando disparos con los Tigres Nevados a lo largo de un ancho corredor. - ¡Eh! –les llamó.

Esperó a que el primero le mirase para cruzarle el pecho con un crepitar energético. Giró sobre sí mismo decapitando al siguiente y pateó a otro más lanzándolo directamente a la línea de fuego de los Tigres, quienes lo cosieron a balazos y cargaron para unirse al combate. La escuadra de Sangrientos se enzarzó con los enemigos pero Rómulus se detuvo. Había visto algo durante el último resplandor causado por los relámpagos; una sombra proyectada desde arriba. Al alzar la vista vio a Nephausto. Estaba allí, sobre el palacio, al borde de la cristalera rota. Le miraba con rostro de piedra en un claro desafío que no estaba dispuesto a rechazar.

Utilizó la Rabia Negra como había aprendido. Su furia impregnó de fuerza sus músculos pero no turbó su raciocinio. Mientras sus ojos se convertían en orbes rojos, vio a Nephausto dibujar una palabra son sus labios.

  • Vamos.

Los Tigres Nevados llegaron para aplastar al enemigo junto a los Sangrientos pero Rómulus ya no prestaba atención a eso.

  • ¡Vamos!.

Esta vez no había escapatoria para Nephausto ni límite alguno para sí mismo. Aquella sería su última batalla.

  • ¡Vamooos!.

Rómulus salió disparado como un vociferante misil con su retrorreactor al rojo, agarró a Nephausto y ambos se elevaron hacia el cielo saturado por la magia del traidor. Describieron una brillante parábola para descender sobre el palacio en picado. Ambos se gruñeron a la cara, debatiéndose y lanzándose su mutuo desprecio. Rómulus aferró al señor del Caos de modo que fuera él quien recibiera el impacto, pero Nephausto desató una especie de onda expansiva y se separaron antes de la caída. El capitán desactivó su retrorreactor, giró en el aire para caer en pie y volvió a activarlo justo a tiempo de amortiguar su aterrizaje; el techo de cristal no soportó el choque y cayó al interior de un inmenso salón deteniéndose antes de tocar el suelo. Al mirar hacia arriba vio al señor del Caos lanzarse sobre él con sus alas desplegadas.

Haciendo suya la insana furia de la compañía de la muerte, Sagos abatía enemigos a diestro y siniestro con Plutonia haciéndole un excelente servicio. Las armaduras roñosas y la carne putrefacta de los seguidores de Nurgle eran presa de los dientes de la ancestral espada que no parecía haber olvidado su propósito a pesar de su larga vida.

No lejos de ellos, Manphred vio a otro paladín del Caos. - ¡Mídete conmigo, siervo de lo herético! –le increpó.

El paladín, un marine de plaga que portaba una espada de hueso, vino hacia él a la carrera. Manphred también corrió hacia él enarbolando en alto su espada y, cuando se produjo el choque, ambas armas rechinaron emitiendo chispas y una voluta de humo. La espada del paladín del Caos se había astillado y la del paladín del Emperador permanecía intacta con sus energodientes circulando por su filo como un brillante ciclo de destellos azulados. La mayoría de las espadas sierra chirriaban ruidosamente, pero aquella pieza de arcanotecnología emitía un suave y terrorífico zumbido. Ambos lucharon empuñado sus armas a dos manos como dos antiguos campeones de eras pasadas. Manphred bloqueó un golpe bajo, atacó a la cabeza siendo su sesgo detenido por la hoja repugnante de su rival y giró sobre sí mismo trazando un brillante arco a media altura. El paladín del Caos detuvo también aquella maniobra y le lanzó varios golpes que Manphred supo detener con magistrales paradas.

Mau esquivó el trayecto de una espada sierra y quedó encarada con un paladín de los Esclavos de Calipso que poseía zarpas doradas en lugar de manos. El combate que se produjo entre ellos más parecía tener lugar entre dos fieras salvajes que entre marines espaciales. Ambos utilizaron sus garras para detener los zarpazos del rival con movimientos, esquivas y giros tan rápidos que eran como una danza.

  • ¡Dios Emperador de Terra! –farfulló Ocelot-. ¿Remus?.

Nekoi quedó boquiabierta al reconocer a Remus en aquel traidor. Toda la escuadra del Tigre de Fuego le reconoció y quedó momentáneamente desconcertada. Las armas vacilaron en apuntarle pero no se desviaron aún.

  • ¿Qué...? ¿dónde... dónde estoy?.

Era él, sin duda. Tal y como le recordaban salvo que vestía la armadura de una legión traidora y había estado luchando contra ellos.

Karakal se mantuvo firme. – Suelta esa arma, traidor. Eres nuestro prisionero.

  • ¡Karakal...! ¿prisionero, de qué estás hablando? –Remus miró a su alrededor estupefacto y alzó la vista a ver la inmensidad del palacio que se levantaba a escasos metros de él-. ¿Qué es este lugar?.

Nekoi bajó su arma y se adelantó. - ¿Realmente no recuerdas nada?.

Ocelot también dejó de apuntarle.

  • ¡Nekoi, atrás! –reprendió Karakal.

  • No –respondió Remus-. Os estoy engañando.

Remus disparó su cañón demoníaco directamente sobre el Tigre de Fuego y tanto él como tres miembros más de su escuadra salieron despedidos entre un torbellino púrpura. Karakal cayó pesadamente cuan grande era. Intentó levantarse, pero se sintió incapaz de despegar sus miembros del suelo.

Remus apuntó sobre los cuatro que quedaban, la marine más cercana le hizo perder el arma de una patada y le atacó con una espada sierra pero él esquivó el sesgo vertical y la hirió en la parte interior del codo con su estilete ondulado haciéndola caer paralizada entre temblores. Otra más le disparó con su pistola bólter; Remus giró a un lado dejando que el proyectil impactara en la fachada y le dobló el brazo a la espalda amenazándole la garganta con su cuchillo. Nekoi y Ocelot se detuvieron.

  • La velocidad de salida de un proyectil bólter es muy lenta –dijo al oído de la Tigresa Nevada como un instructor impartiendo lecciones-. Es una vez ha abandonado el ánima cuando el propelente hace ignición y lo propulsa hacia delante, lo cual da al enemigo un mínimo lapso de tiempo para esquivar el disparo si sabe aprovecharlo. El propelente del casquillo, como bien sabes, sólo sirve para que el proyectil abandone el cañón.

  • ¡Remus, basta! –gritó Nekoi.

  • ¿Basta de qué?. Tranquila, Nekoi, esto no la matará.

Remus hizo una herida en el cuello de su presa y la dejó caer. No parecía una herida letal pero la Tigresa se convulsionaba incapaz de moverse.

Ocelot le apuntó sin atreverse a disparar por si Remus repetía aquel truco. No vio que Nekoi se pusiera a su lado y tampoco quiso perder de vista al traidor.

Remus sonrió. – Sabes que sólo tienes una oportunidad, Ocelot. Si fallas el tiro el retroceso no te permitirá intentarlo de nuevo antes de que yo te rompa la muñeca. Sin embargo, eras un gran tirador la última vez que nos vimos.

  • Nekoi, ¿qué estás haciendo?. ¡Vamos!.

  • No reacciona. Creo que no quiere luchar conmigo.

  • ¡Nekoi!.

Nekoi no se movió. Tenía los brazos encogidos en una postura poco adecuada para empuñar sus armas y el rostro completamente consternado de dolor y tristeza. Remus hizo ademán de moverse y Ocelot dio un respingo a punto de apretar el gatillo.

  • ¡Quieto!.

  • Deberías apuntarme al cuerpo. Es posible que el proyectil no perfore mi armadura pero tendrás más posibilidades de acertar y sin duda la explosión me detendrá aunque sea por unos instantes.

Ocelot no hizo caso y mantuvo la mirilla sobre la cara de Remus. Le estaba tapando el parche con la pistola pero podía verle el ojo sano y no podía creer que estuviera encañonando al mismo Remus que luchó a su lado en Cralti V y en tantos otros lugares.

  • ¿Y bien, Ocelot?. ¿Qué vas a hacer?.

Se mostró indeciso. Había estado a punto de decir que le retendría allí para ser juzgado como traidor pero aún le era imposible asimilar que fuera a Remus a quien le iba a decir una cosa así.

  • Se acabó tu tiempo.

Remus dio un paso a la izquierda y se deslizó a la derecha en una ágil esquiva. Ocelot disparó y falló su intento de darle en la cabeza tal y como Remus había dicho. También tal y como había dicho, el traidor atrapó su mano y se la retorció hasta rompérsela por la muñeca, lo cual despejó completamente las dudas del joven Tigre sobre él al tiempo que gemía de dolor. Remus empuñó su pistola bólter para volvera contra él pero Nekoi se lanzó a detenerle apartándole de Ocelot y tirándolo al suelo.

  • ¡Remus, basta! –le gritó Nekoi separándose de él-. ¡No sabes lo que estás haciendo!.

  • Lo sé perfectamente –respondió levantándose y jugando con la daga entre sus dedos.

  • ¡No, no puedes saberlo!.

  • ¿Por qué si así fuera significaría que soy un traidor?. Será mejor que lo aceptes, Nekoi. La gente como yo somos traidores al Imperio. Todo aquel que despierta a la luz y la libertad, todo aquel que rompe sus cadenas es un traidor y tu deber es capturarme o matarme.

Remus atacó y Nekoi dio un paso atrás evitándo el combate. Tenía una pistola bólter en una mano y una espada sierra en la otra pero ninguna de las dos estaban preparadas para luchar.

  • ¿Pero por qué has hecho esto?. ¡Nos has dado la espalda, te has alejado de nosotros!.

  • Ojalá hubieran enviado a cualesquiera otros para detenernos. No hago más que oír esas mismas sandeces.

Los marines de asalto despedazaron a los traidores miembro a miembro. Uno de los Sangrientos miró en derrendor pero no encontró a quien buscaba.

  • ¿A dónde ha ido el capitán Rómulus?.

No había palabras en el combate que Rómulus y Nephausto sostenían. El amplísimo salón en el que cayeron se había convertido en su particular campo de batalla. Un ventanal de varios metros permitía ver los relámpagos, que les iluminaban cada cierto tiempo dándoles aspectos sombríos y fantasmagóricos al contraluz. Cómo relámpagos negros podían producir destellos blancos como si fueran del todo normales era un fenómeno concebible sólo mediante el uso de la magia y la disformidad.

La guadaña humeante le acosaba tanto con la hoja como con el mango pero Rómulus evitaba su roce con una cuchilla relámpago u otra según por dónde viniera el golpe. Retrocedió un par de pasos y avanzó otro lanzando un zarpazo que se encontró con el bloqueo de Nephausto; su otra cuchilla intentó hendir su vientre pero la guadaña también se interpuso y fue golpeado en la cara con el mango. Nephausto tenía mucha más fuerza que antes; la suficiente para hacerle retroceder. El inexplicable cambio del tiempo debía de ser una respuesta de aquel planeta saturado de magia caótica al aumento de los poderes del señor del Caos. La guadaña descendió sobre él. La detuvo cruzando sus garras sobre su cabeza, le obligó a bajarla e intentó acertarle con la garra de escorpión.

Nephausto se echó hacia atrás antes de que la cuchilla atravesara el espacio de aire que había ocupado su cabeza pero sintió su sangre fluir por su mejilla y supo que había sido rozado por la hoja del Sangriento. Se lamió las gotas que alcanzaron sus labios sin dejar de mirar a los ojos rojos de su enemigo y volvió a atacar. Volteó la guadaña entre sus manos lanzando un golpe ascendente al estómago. Falló y tuvo que bloquear el contragolpe de Rómulus, quien le agarró la guadaña para impedirle defenderse de su siguiente cuchillada.

El capitán Sangriento sintió un dolor insufrible cuando Nephausto canalizó su energía impía a través de la guadaña y de su brazo. Sus poderes demoníacos también eran ahora mucho más potentes; así pudo comprobarlo cuando el señor del Caos le hizo salir despedido con otra onda expansiva. Voló hacia atrás varios metros hasta caer rodando por el suelo y se levantó justo a tiempo de ver a Nephausto alzarse en el aire con sus alas extendidas como un ángel negro y caer sobre él. Saltó a un lado. La guadaña le alcanzó en una de sus grebas pero sólo el metal fue dañado dejando su carne intacta por esta vez.

Vio a Rómulus activar su retrorreactor y lanzarse hacia él. Trazó un sesgo oblícuo para partirle en dos pero el hábil Sangriento no le atacó con sus cuchillas. En lugar de eso las empleó para bloquear su golpe y le pateó el pecho con toda la inercia que su reactor le había proporcionado. Ahora fue Nephausto quien salió despedido hacia atrás. La guadaña había caído de sus manos pero volvió inmediatamente a ellas movida por sus poderes.

Volvió al ataque. Nephausto detuvo su cuchilla, de modo que giró para atacarle de revés con la otra. El señor del Caos supo cómo defenderse y Rómulus siguió girando y atancado con ambos brazos armados. Invirtió el sentido de sus giros; su siguiente golpe fue más bajo de lo que Nephausto había previsto.

Una de las cuchillas le desgarró el costado con un estallido de lacerante dolor pero Nephausto apretó los dientes y siguió concentado en el combate. Cuando su guadaña volvió a ser impactada agarró a Rómulus por la muñeca y éste tuvo que defenderse de sus siguientes intentos de atravesarle casi colgando de un brazo, pero se defendió magníficamente deteniendo la guadaña con patadas y bloqueos de su otra cuchilla. Relámpagos negros envolvieron el cuerpo de Rómulus cuando desató su castigo psíquico sobre él. El Sangriento gritó y se estremeció hasta caer de rodillas. Sosteniéndolo aún del brazo, Nephausto hizo caer su hoja sobre él pero Rómulus volvió a detenerla, a lo que respondió haciendo que su poder recorriera su cuerpo de nuevo.

Rómulus bramó incapaz de resistirse a un tormento así.

Manphred volvió a encarar al paladín de Nurgle tras otro giro y una vez más sus espadas se cruzaron. Las mantuvieron así durante unos segundos mientras se estudiaban mutuamente y se rodeaban con lentos pasos. El paladín del Emperador apartó el arma de su rival pero éste se agachó esquivando su tajo. Logró evitar el contacto de aquella espada enfermiza en el último momento con un rápido bloqueo por lo bajo y empujó al caótico para desestabilizarle. Cuando el marine de plaga se cubrió de otro mandoble Mercuria quebró su espada de hueso por la mitad y del siguiente tajo su cuerpo quedó en el mismo estado que su espada. El paladín del Emperador proclamó su victoria entre el cadáver partido del marine de plaga para de inmediato buscar al siguiente enemigo.

Mau sintió que el Esclavo cerraba sus garras sobre las suyas. La obligó a darse media vuelta y la sostuvo de brazos cruzados para que otro de los traidores acabara con ella. Isaar, al ver que el paladín llamado Golurba tenía inmovilizada a una de las Tigresas Nevadas, se acercó con su espada de plata preparada pero la marine le rechazó pateándole con ambas piernas. Isaar chocó bruscamente con alguien y cayó por un pequeño terraplén. Mau echó la cabeza atrás aplastando la nariz del otro paladín y éste aflojó las garras. Antes de darle tiempo de afianzarlas se liberó y le clavó la suyas una y otra vez en los costados hasta que aquel cuerpo cayó inerte a sus pies.

Isaar se levantó siendo ignorado por todos los combatientes a su alrededor. Mientras recuperaba sus armas vio a su señor cerca de las escalinatas enfrentándose a dos Tigres Nevados.

La compañía de la muerte rodeaba a Sagos como un halo de destrucción vestida con armaduras negras que despedazaban y mutilaban desmereciendo en todo momento la disciplina que regía las acciones de sus hermanos marines. El propio capellán pudo ver a uno de los miembros de su rebaño, el que había sido el sargento Méranis, arrancar ambos brazos a un marine de plaga con sendos desgarros brutales de su puño de combate y luego aplastarle el costado de un golpe. Aquel traidor aún no había tocado el suelo cuando Méranis acabó con su siguiente adversario atravesándole su hinflada coraza y sacando un puñado de tripas oscuras de su cuerpo que luego le arrojó sobre la cara cuando aún seguía vivo.

Un inesperado rugir de motores avisó a Sagos de la carga de los motoristas de los Esclavos de Calipso. Estos adoradores de los excesos arrasaron a la compañía de la muerte haciéndoles caer y rodar por el suelo al embestirles con los escudos frontales de sus motocicletas. Uno de ellos manipuló una cadena erizada de cuchillas a modo de látigo sobre Sagos; la cadena rebotó contra el escudo de fuerza del Rosarius desviándose en el aire con un chispazo azulado y el capellán apeó bruscamente al marine traidor de su montura con un mandoblazo en cuanto pasó por su lado. Méranis esquivó a un motorista ruidoso que pretendía atropellarle y le arrancó la cabeza de cuajo, pero no pudo evitar que otro le enganchara por el peto con un garfio y le arrastrara tras de sí alejándole del resto de la escuadra. Varios compañeros de la muerte más habían sido apresados del mismo modo, otros perecieron con los garfios y cadenas enrollados al cuello.

  • ¡Disfruta del paseo Ángel Sangriento! –gritó el motorista, aunque apenas sí pudo oírle por encima del bramido del motor.

El suelo rocoso le azotaba como un verdugo inmisericorde que le habría despedazado en pocos segundos de no ser por su armadura. Sin la más mínima vacilación, Méranis tomó dos granadas de fragmentación de su mochila y quitó los seguros. La explosión lanzó la motocicleta hacia delante dando vueltas de campana para poco después incendiarse con su propio combustible. Envuelto en llamas, el Esclavo de Calipso ni siquiera tuvo fuerzas para debatirse tras su aparatosa caída.

Sagos se distrajo un solo momento viendo cómo Méranis se sacrificaba a sí mismo para llevarse a un último enemigo; ese era el único final honroso para un miembro de la compañía de la muerte. Los motoristas se alejaron, pero una escuadra de marines de plaga sorprendió al capellán y a los supervivientes. Uno de le ellos apresó por detrás inmovilizándole los brazos y otro acometió con su cuchillo. El escudo de fuerza rechazó al que intentaba ensartarle con su daga pero no alcanzó al que tenía por detrás; de ese tuvo que zafarse él mismo empleando toda la fuerza de su brazo biónico para liberarlo y sacudirle un codazo en plena cara. Cuando el del cuchillo volvió a por él Sagos le lanzó a su sucio camarada derribándolos a ambos. Plutonia se elevó para descargar su furia sobre aquellos apóstatas y Sagos se sintió repetidamente golpeado. Un tercer marine de plaga le había clavado su cuchillo en el costado. Los dos del suelo no tuvieron tiempo de levantarse antes de que los rabiosos negros cayeran sobre ellos, y el que había logrado herirle cayó de inmediato cuando se volvió para encararle a la vez que movía la espada en un sesgo que despedazó por completo el pecho del traidor, pero Sagos se sintió mal de inmediato.

  • ¿Realmente no piensas atacar? –preguntó Remus instigando con su puñal y haciendo retroceder a Nekoi con cada movimiento-. Así te será difícil matarme.

  • ¡Remus, yo no quiero matarte! –repuso ella.

  • Entonces te mataré yo.

A su espalda, Ocelot intentó hundirle una espada sierra en el cráneo pero antes de poder completar el golpe Remus lanzó una patada hacia atrás que le estrelló contra las escaleras. Nekoi siguió sin moverse.

  • ¡Nekoi! –instó Ocelot-. ¿Qué estás haciendo?. ¡Él ya no es Remus!.

Remus rió ante aquellas palabras. – Me encanta este chico –añadió.

  • Remus... ¿cómo has podido hacernos esto?. ¿Cómo has podido hacerme esto?.

  • ¿Hacerte?.

  • ¿Cómo has podido alejarte de mí?. Remus... yo te quería...

  • Si intentas confundirme no está funcionando, Nekoi. Ahora defiéndete.

No lo hizo.

  • Como quieras.

Remus alzó su puñal, pero la mano de Ocelot le impidió en el último momento hundirlo en la cara de Nekoi.

  • ¡Nekoi, en el nombre del Emperador, no seas estúpida!.

Remus le pateó en la pierna haciéndole perder el equilibrio; le trabó el brazo y lo aplastó contra el suelo en una llave que Ocelot fue incapaz de resistir con una mano inservible.

Esta vez Nekoi reaccionó, pero lo hizo desarmada: había dejado caer sus armas. Volvió a apartar a Remus de su camarada y ambos se revolcaron varios metros por el suelo intentando sobreponerse. Apoyó un pie sobre ella y la apartó. Al levantarse Nekoi le agarró, sosteniéndole contra la pared del palacio en un intento de inmovilizarle. Logró zafar la mano que sostenía el puñal y se lo hincó en el vientre.

No llegó a tocarla, porque antes de hacerlo la Tigresa le sorprendió con algo que nunca habría esperado: le besó. Cerrando los ojos con amargura, Nekoi unió sus labios a los suyos. En aquel momento no supo qué pensar ni cómo reaccionar. Aquello era lo que había querido conocer desde que su hermano le confesó su idilio con Mau; sentir qué era lo que, a sus ojos, hacía que Rómulus perdiera la razón. Dejó de forcejear y la daga resbaló entre sus dedos.

Tendido en el suelo, un asombrado Ocelot vio cómo Remus alzaba lentamente las manos para abrazar a Nekoi.

Su mente se llenó de dudas en aquel momento. Dudó de porqué había odiado a su hermano y a Mau durante todo aquel tiempo, de porqué había accedido a unirse a Neph... a Aertes contra él. ¿Había sido por las manipulaciones de Herófocles?. No... sabía que no había sido sólo por eso y ahora se sentía sucio. Sucio y traidor. Ahora lo veía. Pero ¿cómo saber que lo que había estado buscando se encontraba en la persona que menos podía haber sospechado?. Él no podía saberlo, no podía saber que...

De repente ambos se estremecieron. Un proyectil bólter había explotado entre sus cuerpos y eso trajo a Remus recuerdos de Tigrit IV, pero no era a él a quien había impactado.

Ocelot vio que Nekoi tenía un agujero en el costado, casi en la espalda. Al volverse vio a un Esclavo de Calipso acercarse con una espada curva de plata y una pistola bólter aún humeando. Intentó alcanzar su arma pero el marine le asestó tal patada en la cara que le hizo rodar lejos de ella.

Sintió el sabor de la sange de Nekoi en la boca. Conocía sobradamente el sabor de la sangre humana. La había consumido de los cálices, de los enemigos en batalla; lo que le llegó no era comparable a nada de eso. Vio que había entreabierto sus ojos color miel y le miraba fijamente. Aceleró el movimiento de sus manos para sostenerla pero ella empezó a deslizarse sobre su cuerpo, cayendo más y más con angustiosa lentitud. Vio una lágrima caer desde sus ojos. – ¡Nekoi...! –logró gritar, pero la voz apenas sí le llegó a salir.

  • ¿Estáis bien amo Remus? –dijo la voz de Isaar.

Ella siguió cayendo interminablemente hasta que por fin su cabeza se apoyó en el suelo rocoso. La sangre de su boca se había extendido por toda la armadura de Remus en su descenso. Él aún sentía su sabor en los labios. Tras dar un paso como su llevara el peso de la galaxia sobre los hombros, Remus cayó de rodillas a su lado. - ¿Nekoi? –la llamó con voz temblorosa.

  • ¡Apártate de ella! –gritó Ocelot.

Isaar volvió a patearle. Pareció coger el gusto a aquello y le pateó otra vez más.

Parecía dormida. La acarició con ternura acunando aquel rostro angelical entre sus manos casi sin atreverse a rozarla. – Nekoi... Nekoi despierta... yo no... no podía saberlo... –desesperado, Remus dejó que su frente cayera sobre Nekoi-. Por favor no te mueras... Emperador, no dejes que muera... te lo suplico...

  • ¿Re... remus?.

Levantó la cabeza de inmediato. Había entreabierto los ojos y le estaba buscando entre las tinieblas. Le había escuchado, ¡el Emperador le había escuchado!.

  • ¡Sí!. ¡Estoy aquí!.

  • ¿Eres... eres...?

  • ¡Soy yo!, ¡sí, soy yo!.

Ella sonrió a duras penas.

  • ¡Oh, por todo lo sagrado!, ¿cómo he podido estar tan ciego?. ¿Cómo es posible que mi odio me impidera ver que... que tú...?

  • Que yo te amaba... te amé desde el primer momento en que te ví... pero estabas tan repugnado por Rómulus y Mau que nunca me atreví a decirtelo...

Un rayo tronó en el cielo y Remus sintió que se le partía el alma. – Culpa mía... todo... todo esto es... culpa mía...

Nekoi ya no se movía.

  • ¡No, Nekoi!, ¡vuelve conmigo!. ¡Vamos, no puedes dejarme ahora!. ¡Te amo!. ¿Me oyes Nekoi?. ¡Te amo!.

No hubo respuesta. Se acurrucó sobre ella sollozando y abrazándola con todas sus fuerzas. Al levantarse vio el reguero de sangre sobre su coraza y su vista se fijó sobre el colgante de escorpión que pendía de su cuello; el que Rómulus regaló a Mau como prueba de amor. Se lo arrancó y lo depositó sobre el pecho de Nekoi. A partir de aquel momento su mente empezó a extraviarse cada vez más.

Isaar tenía un pie sobre la cabeza del Tigre Nevado y lo estaba restregando sobre él. Ocelot no podía sino contener sus gritos e intentar liberarse con la mano que le quedaba... sin éxito.

  • Ha sido muy divertido –le dijo el paladín levantando la bota y apuntándole con la pistola bólter-. Casi tengo la tentación de dejarte con vida para seguir con esto más tarde.

Alguien le arrebató la espada de la mano y de repente Isaar se encontró en el suelo contemplando su propio cuerpo decapitado. Ocelot vio a Remus ante él. Empuñaba la espada del paladín, tenía el ojo completamente rojo y un reguero de sangre manaba del parche del otro lado de su cara. Sólo pudo observarle durante un momento ya que al instante siguiente se alejó hacia los marines que combatían cerca de allí.

Completamente preso de la Rabia, Remus alcanzó al primer Esclavo por la espalda, le rodeó la cabeza con un brazo y le retorció el pescuezo. El que estaba al lado se dio cuenta de que se trataba de su propio señor pero no tuvo tiempo de pensar nada más cuando la espada de plata le partió la cabeza en dos hasta hundírsele en el pecho. El siguiente casi logró llamarle por su nombre antes de que Remus le destrozara la armadura de un solo puñetazo y le arrancara un sanguinolento pedazo de caja torácica.

Desde su balcón, Herófocles volvió a sonreír. – Preparadlo todo –ordenó a su escolta mientras se retiraban al interior-. Yo iré en seguida.

Postrado de rodillas, Rómulus tuvo que soportar otra descarga de energía oscura que hizo que los músculos le palpitaran dolorosamente. Cuando cesó tuvo que defenderse de la guadaña que iba y volvía chocando una y otra vez contra su cuchilla y acercándose cada vez más a él. Al no conseguir alcanzarle, Nephausto reanudó la tortura psíquica y Rómulus se retorció involuntariamente. La situación se prolongó durante interminables, agónicos, insufribles minutos.

  • Eres fuerte, Rómulus –oyó entre sus propios gritos-. Mau resistió mucho menos.

Le devolvió la mirada con el odio reflejado en cada fibra de su cara; ¡aquel pedazo de escoria aún se atrevía a poner el nombre de Mau en sus labios!. Estaba muy debilitado. Sentía su cuerpo entumecido y lento por no decir destrozado, incluso el mismo espíritu de su armadura se resentía, pero aún así empezó a levantarse soportando la red de rayos que le mantenía preso. Cuando logró ponerse a la altura de Nephausto estaba completamente exahusto y comprendió que eso era lo que el traidor quería. El tormento psíquico cesó y logró liberar el brazo; bloqueó un golpe y le estocó el pecho con su otra cuchilla pero Nephausto le esquivó girando a la derecha y le barrió las piernas con la guadaña. Rómulus cayó de bruces, rodó para evadirse del siguiente sesgo y apoyó pie para levantarse. Se cayó de nuevo. Ya no tenía pierna izquierda; Nephausto se la había rebanado por debajo de la rodillera.

El señor del Caos alzó su arma con un rugido triunfal y la guadaña se detuvo en el aire al chocar con una espada; una espada de obsidiana.

Gabriel estaba allí; Rómulus le vio enzarzarse en un intecambio de tajos y estocadas con el señor del Caos sin ser capaz de acudir en su ayuda.

  • Vas a lamentar haber vuelto –juró Nephausto.

  • Nada de lo que hagas logrará que lo lamente.

Dando un paso al frente, Nephausto trazó un arco para cercenar la cabeza de Gabriel. Éste bloqueó el movimiento; el señor del Caos empleó la guadaña como gancho para atraerle hacia sí por la espada y le pateó el vientre. Gabriel se encogió de inmediato ahogando un quejido y dio varios pasos atrás hasta caer de rodillas. La sangre del bibliotecario fluyó a través de la hendidura de su coraza.

  • Eres completamente inútil en ese estado. Has vuelto ante mí sólo para morir, estúpido proscrito.

Nephausto giró para dirigirse hacia Rómulus. – Pero antes...

Gabriel lanzó un pulso cinético que le obligó a alejarse de ellos. Respondió con otro ataque psíquico en forma de un rayo negro que resquebrajó el suelo hacia Gabriel y las runas eldar de su armadura brillaron con un fulgor rojizo que dispersó el relámpago antes de que le alcanzara.

Gabriel se levantó alzando su espada cargada de energía y disparó un recto rayo de luz sobre el traidor. Éste se alzó en el aire batiendo sus alas y haciéndole errar; le sobrevoló y desató una verdadera lluvia de impía hechicería desde su hoja que obligó al proscrito a retroceder hacia la ventana a medida que esquivaba y detenía los relámpagos oscuros con su espada.

Al esquivar el siguiente Gabriel disparó su propia energía en forma de un crepitante haz blanco. Nephausto revoloteó a un lado y el rayo atravesó el techo perdiéndose en la negrura del cielo.

  • ¡Voy a acabar contigo de una vez por todas!.

Conforme Nephausto hablaba su guadaña se tornaba cada vez más oscura y rebosante de energía demoníaca.

  • Inténtalo.

La espada de obsidiana empezó a brillar. las runas que la recubrían emitieron una luz roja que rápidamente se convirtió en blanca y se extendió al resto de la hoja. Gabriel estaba sonriendo. Sus ojos acerados estaban fijos en él y llenos de confianza. Flotando a varios metros del suelo, Nephausto desencadenó un tremendo haz negro al mismo tiempo que el bibliotecario lanzaba un rayo de luz blanca. Las energías chocaron, trabándose en un conflicto como extensiones de las armas de ambos contendientes y provocando una especie de distorsión, una burbuja translúcida que deformaba la realidad al mirar a través de ella y que inmediatamente explotó. Ráfagas de energía barrieron todo el salón; los muebles se hicieron añicos, los cristales del ventanal y los que quedaban en el techo saltaron. Rómulus giró en el aire y fue a parar a un rincón, Nephausto se dio de espaldas contra el techo y Gabriel salió despedido.

La pierna había dejado de sangrarle pero el dolor seguía vivo en cada rincón de su cuerpo. Rómulus aclaró la cabeza y vio a Nephausto descender lentamente hasta el como si nada hubiera ocurrido. Apartó los restos de una mesa que habían caído sobre él y buscó a Gabriel, pero no había ni rastro del bibliotecario.

Aferrándose como podía al borde del ventanal, Gabriel bregó por auparse. Su espada había quedado colgando del cable de energía psíquica que la conectaba a su muñeca y amenazaba con caer de un momento a otro. La mano izquierda le resbaló y al volver a alzarla la herida de su estómago pareció desgarrarse. Intentó afianzarla de nuevo en el borde pero el dolor no se lo permitió. Al mirar abajo se vio colgando sobre un abismo de oscuridad insondable; una grieta que podía extenderse cientos o miles de metros y cuyas paredes rocosas daban la impresión de ser horrendas mandíbulas ansiosas de su caída cada vez que los relámpagos las iluminaban. - ¡Emperador, dame fuerzas!.

  • Tu Emperador no te puede ayudar.

Nephausto estaba sobre él, con las botas peligrosamente cerca de su mano. Desde aquella perspectiva el señor del Caos tenía el aspecto atemorizante de un coloso.

Rómulus activó su retrorreactor. Su armadura no le respondió; lo intentó de nuevo pero el espíritu había callado. Su armadura estaba muerta, inutilizada por la descarga de energía psíquica al haber sido incapaz de escudarse de ella.

Nephausto siguió mirando a Gabriel, saboreando aquel momento. – Me va a encantar ver cómo tu fe te saca de esta. Tal vez, si te concentras, tengas tiempo de ver tu futuro ¡en tu descenso al infierno!.

Dicho esto el señor del Caos le pateó la mano y Gabriel se sintió caer.

  • ¡Gabriel nooo!.

Nephausto esperó a ver la silueta del proscrito ser devorada por la oscuridad del abismo antes de volverse hacia Rómulus. Sus ojos habían vuelto a la normalidad y buscaban angustiados algún rastro del bibliotecario.

La sensación de descenso era lo único que Gabriel sentía en la oscuridad. Supo que la fe no le salvaría esta vez. Portaba una mancha en su alma que le apartaba de la gracia del Emperador. Cuando Nurgle le contaminó fueron los eldars quienes le enseñaron a suprimir esa parte oscura, esa bestia durmiente, y ello provocó su excomunión de los Ángeles Oscuros.

No podía hermanarse con aquella bestia interior pues no era parte de sí mismo. No había nada en comun entre ellos; era una fuerza extraña en su alma y ya era demasiado tarde.

  • ¡Morirás lentamente por esto!.

Nephausto blandió su guadaña golpeando a Rómulus en la cabeza con el mango y levantándolo del suelo por la fuerza del golpe. – Tú sin embargo vas a morir rápidamente –agarró al Sangriento por el pie que le quedaba y lo arrastró hacia el enorme hueco ventanal con sus cuchillas relámpago arañando el suelo-. Y ya que tanto apego tenías a Gabriel, puedes morir del mismo modo.

Rómulus fue incapaz de impedir ser arrojado pataleando al vacío. El grito mientras caía fue oido por Nephausto como un himno glorioso.

  • ¡Sí!. ¡Al fin he vencido!.

Una carcajada se alzó en el cielo y los relámpagos cayeron con mucha mayor furia e intensidad como si anunciaran que el fin de aquel mundo estuviera ya próximo. Los marines espaciales proseguían su lucha bajo tan sobrecogedor espectáculo. El cielo se quebraba y escupía rayos como lenguas que se reflejaban sobre los ojos de los combatientes arrancándoles chispas de odio.

La almirante Shiara vio que la mancha negra en la atmósfera había empezado ahora a centellear. Las descargas de energía debían de ser imposiblemente potentes para que sus fulgores pudieran ser vistos desde la órbita.

La espera se antojaba ya exasperante a ordo de la Feline. Lejos de disminuir, las interferencias atmosféricas iban en aumento manteniéndoles ciegos a lo que ocurría en la superficie.

  • ¿Están viendo eso? –la oficial de comunicaciones parecía estupefacta mientras analizaba los datos de su panel-. Esa cosa supera casi veinte veces la tormenta eléctrica natural más violenta registrada en los archivos. Nunca he visto una cosa así.

  • Almirante, los astrópatas confirman que es obra del señor del Caos.

  • Nephausto –dijo Shiara recordando su nombre para todos los presentes-. El Emperador nos asista.

Algunos relámpagos atravesaron las vidrieras rotas y dieron en la guadaña de Nephausto pero éste seguía con los brazos alzados y riendo su victoria. Se serenó levemente y dio media vuelta encarando la salida de la habitación. Conforme andaba su armadura era recorrida por pequeñas descargas producto de la energía psíquica acumulada en su cuerpo. Era un ser superior; alguien que no podía ser comparado ni siquiera con el más poderoso marine espacial. Un maestro entre hechiceros, príncipe entre guerreros, y había llegado el momento de que la galaxia temblara ante la mención de su nombre. Pero... ¿de dónde venía aquella luz?.

Apareció ascendiendo del abismo como el héroe de una exagerada historia mitológica. Se detuvo flotando por fuera del palacio con su figura enmarcada por el ventanal. Era Gabriel. Por imposible que fuera, allí estaba.

Nephausto entrecerró los ojos cegado por la luz. - ¿Pero... qué... demonios...?

El resplandor provenía de las alas de Gabriel. Dos alas de un blanco tan puro que agredía los sentidos del señor del Caos. Se extendían desde su espalda grandes y radiantes. Las puntas de sus suaves plumas eran negras como el azabache y se mecían con cada lenta batida acariciando el aire. Traía a Rómulus cogido por la cintura con un solo brazo. El capitán le estaba mirado con rostro petrificado.

Cuando el bibliotecario entró en la habitación el mismo suelo pareció recibir sus pisadas. Mantuvo sus alas abiertas mientras depositaba al estupefacto Rómulus en el suelo y mientras se adelantaba en pos de su enemigo. Su rostro era una balsa de tranquilidad, pero sus ojos agredían como flechas. El señor del Caos sintió al instante que el poder de Gabriel se había multiplicado, habría sido evidente aún sin sus dotes de hechicero.

  • ¡Eso es imposible! –negó.

Pero lo imposible siguió caminando hacia él con su túnica ondeando sobre su armadura.

  • ¿Qué eres?. Sólo los dioses pueden...

  • Te dije que fui tocado por Nurgle hace mucho tiempo –la voz de Gabriel resonaba como si estuviera en una caverna; incluso logró hacer callar a Nephausto-. He portado su infección durante años; mi bestia interior. Ahora, gracias a tí, he conseguido suprimirla. Me has hecho ver que cuando un hombre de fe se siente acosado por la desesperación, cuando su fe en el Emperador no le puede ayudar –se volvió un momento para dirigir una mirada a Rómulus; sus ojos reflejaban el resplandor de sus alas de un modo celestial-, siempre le queda la fe en sí mismo.

Sin dejarse impresionar, Nephausto frunció el ceño mirándole de lado con aire despectivo.

Gabriel se estaba mirando a sí mismo prestando especial atención a sus alas. – Mi fe ha forjado un sello bajo el que encerrar el mal de mi alma. Ahora soy libre de emplear mi poder, y lo emplearé como siempre, al servicio del Emperador. ¿Preguntas qué soy?, yo mismo ignoro gran parte de la respuesta pero, aquí y ahora, soy tu redentor. ¿Estás preparado para responder por tus pecados?.

El señor del Caos desplegó sus negras alas y ambos ascendieron rápidamente hasta alcanzar el cielo abierto. Nunca en su vida se había sentido Rómulus tan indigno.

Se alzaron sobre el palacio como ángeles en apoteósica batalla. El rayo y el trueno les acompañaban en cada uno de sus golpes. Lucharon como representanes del bien y del mal; de la lealtad y de la traición. Pureza y corrupción enfrentadas, espada y guadaña cruzándose y hendiendo el aire dejando tras de sí rastros de sus inconmensurables energías, ridiculizando la tormenta sobre ellos. Se elevaban sin cesar y sin separarse en ningún momento. No había tregua ni cuartel. Sus respectivos destinos les habían conducido hasta este momento convirtiéndoles en arcángeles de sus ideales. Uno de los dos habría de caer.

Rómulus sintió una mirada sobre él. Entró en el salón uno de los Esclavos de Calipso; uno que cubría sus piernas con un faldón y sus ojos con unos lentes rojos. - ¡El hechicero!.

El combate se aceleró. Ambos ángeles se movían cada vez más aprisa trascendiendo el mismo tiempo. Cuando ocurrió el desenlace todos y cada uno de los marines de plaga, los Esclavos de Calipso, los Tigres Nevados y los Ángeles Sangrientos pudieron oír el aullido del vencido.

Nephausto cayó con un ala cercenada. Batió la otra en un desesperado intento de frenar su descenso pero fue inútil y su cuerpo quedó empalado en la aguja de una de las torres con un chasquido de su armadura al ser perforada.

Se debatió vociferando su agonía. Aferró la estaca que le sobresalía por el estómago queriendo romperla o levantar su cuerpo por ella. Sus gritos se ahogaron cuando empezó a vomitar su propia sangre, que se volvía negra por momentos. Arqueó la espalda atrás y adelante, movió las piernas en el aire, nada de eso sirvió.

Gabriel descendió poniéndose a su altura. – Pobre Aertes –pronunció con compasión-. Tu trágico destino se trunca al fin.

Nephausto consiguió romper la espina en la que se había ensartado y cayó rodando por el techo de la torre con un agujero enorme en su cuerpo. Aún tuvo fuerzas para retroceder a rastras ante la imagen de Gabriel dejando tras de sí un gran rastro de ícor negro.

  • Aertes...

  • ¡Aléjate de mí!. ¡No te acerques!.

Nephausto reptó hasta que se le acabó el palacio y sólo encontró precipicio. - ¡Debes de estar disfruando esto!. ¡Al fin me tienes en tus manos, Gabriel!. ¿Qué vas a hacer ahora?. ¿Me darás el golpe de gracia tú mismo?. ¿O quizá me ofrecerás una última oportunidad de ir contigo para purgar los errores de mi pasado?.

  • No vendrás conmigo –Gabriel levantó su espada dejando bien clara su intención-. Pero puedes morir en paz si abrazas al Emperador ahora.

Aertes Dragmatio, comandante de la 6º Compañía de los Ángeles Sangrientos, escupió a aquellas palabras y se arrojó él mismo al vacío invocando la protección del dios Nurgle.

Herófocles pudo verle caer desde el ventanal. – Nunca ví hazaña parecida –dijo desplazándose a un lado-. Para un siervo del Imperio, quiero decir.

El Sangriento se levantó apoyándose en un palo que había sido parte de un mueble. Herófocles le escrutó el rostro. Le miró alternativamente a ambos ojos y siguió las curvas de sus rasgos con extraño interés. – Es cierto que Remus y tú tenéis el mismo rostro, pero no te pareces en nada a él. No te preocupes por mi presencia aquí; sólo quería asistir personalmente al final de Nephausto. Llegué a temer que no pudiérais acabar con él pero –señaló hacia arriba y luego imitó el batir de unas alas con sus manos- no cabe duda de que los caminos de vuestro Emperador son inescrutables.

  • ¿Tú querías que él muriera?.

El hechicero se inclinó hacia delante. – Desde el primer momento en que me crucé con él. He planeado durante mucho tiempo la manera de sacar a los Esclavos de Calipso de su sombra. Y Quizá te alegre saber que tu hermano ha tenido mucho que ver.

  • ¿Remus?.

  • Verás; la decisión de unirse a nosotros no la tomó de un modo completamente consciente. Nephausto quería anexionarse a los Esclavos de Calipso a su ejército, sin embargo el destino quiso que tu hermano se le adelantara y cuando dio con nosotros me prometió conservarme con vida si lograba que Remus se uniera a él. Tu hermano sentía un rencor acérrimo hacia tí, pero se resistió a mi alquimia durante semanas. No estaba dispuesto a traicionarte.

Rómulus escuchó con atención mientras su mente viajaba a través de todos los momentos que pasaron juntos.

  • No obstante, modestia aparte, soy un excelente alquimago...

  • Manipulador –corrigió el capitán.

Herófocles asintió. – Gracias. Y para cuando Nephausto presentó a Remus como nuestro nuevo señor, éste ya estaba completamente obcecado por su deseo de destruirte. Aquel que mate al líder de nuestra legión puede reclamar su puesto siempre que nos lidere en la lucha contra el Imperio; un pequeño pedazo de información que te ofrezco aunque ahora que estamos extinguidos no te será de mucha utilidad. Una vez el trato fue cumplido y mi vida estuvo temporalmente a salvo empecé a trazar un plan para librarme de ellos dos.

  • ¿No cumplían satisfactoriamente tu requisito de luchar contra el Imperio?. ¿O es que no soportabas recibir órdenes de ellos?.

El hechicero perdió la sonrisa para decir sus siguientes palabras. – Eso es asunto mío. Pero deberías estar contento. Os he ayudado a poner fin a vuestro agravio con Nephausto.

  • ¿Tú nos has ayudado? –repuso Rómulus incrédulo.

  • Fui yo quien permitió que los saboteadores de los Tigres Nevados volaran el inductor de energía. He sembrado rencillas entre los Esclavos y los marines de plaga de Nephausto durante meses y, eventualmente, e ido sustituyendo las drogas que mantenían a Remus controlado y a salvo de los efectos de la Rabia Negra por meros estimulantes.

  • ¿Dónde está ahora?.

  • La última vez que le ví estaba fuera rebanando las cabezas de cuantos Esclavos de Calipso se le ponían al alcance. Creo que finalmente ha vuelto a ser el que era. Bien, ha sido un verdadero privilegio conocer marines espaciales tan extraordinarios como vosotros. Ojalá dispusiera de más tiempo pero... así es la guerra. Espero sinceramente que no volvamos a encontrarnos jamás. He decidido tomarme un muy largo período de meditación, tal vez para el resto de la eternidad. Todo este batallar por la galaxia ha conseguido aburrirme.

El hechicero se marchó sin más. La idea de intentar detenerle no pasó por la mente de Rómulus hasta mucho después. En aquel momento lo único que acertó a hacer fue levantar la vista. Gabriel había desaparecido.

En el exterior del palacio ya no quedaban marines de plaga y los Esclavos caían por todas partes. La tormenta amainaba y el cielo recuperaba sus extraños colores y formas. Victoriosas consignas eran coreadas por los Tigres y los Sangrientos. e incluso los artilleros de los vehículos disparaban salvas al cielo para celebrar la derrota de sus enemigos.

Sagos jadeaba al límite de sus fuerzas. Plutonia estaba hundida en el torso de un enemigo bajo sus pies. Levantó las manos para deshacerse de su casco pero se desplomó antes de poder hacerlo entre los cadáveres del resto de la compañía de la muerte.

Remus había recorrido más de doscientos metros a lo largo de toda la fachada del palacio matando a los Esclavos de Calipso a diestro y siniestro. Se encontraba ahora en el extremo más al este, con un reguero de cadáveres vestidos de oro tras de sí. Su sangre se derramaba por varias heridas devolviendo a su armadura el color que nunca debió quitarle. Aún empuñaba la espada.

Se levantó del suelo poniéndose de rodillas. Había sido dado por muerto por las tropas imperiales, que ahora se reunían frente a la puerta del palacio para asaltarlo. Con una idea fija e inamovible en mente metió los dedos por una de las hendiduras de su coraza, se arrancó un pedazo del blindaje y apuntó la espada contra su pecho desnudo.

Su ojo azul estaba fijo en el cielo, viendo cómo la negrura se disipaba. – Cómo me gustaría... poder ver a mi sobrino –declaró al cielo con una sonrisa nerviosa antes de bajar la vista hasta la hoja que sostenía con ambas manos-. Nekoi...

Una mano se posó sobre su hombro.

  • No –negó una voz.

Remus le reconoció pero no quiso volverse a mirar. – Márchate, Gabriel.

  • No puedo permitirte hacer eso. Te debes al Emperador hasta el último día de tu vida.

  • He traicionado al Emperador. Y éste es el mi último día.

  • También dicen de mí que soy un traidor.

  • Tú no has matado gente inocente. No te has deleitado con sus lloros y gritos. No tienes idea de las cosas que he hecho. Les... les obligaba a gritar más fuerte... les decía “quiero que mi hermano te oiga desde el otro extremo de la galaxia”... ¿qué razón tenía para matar a aquellos pobres diablos?.

  • Ese no fuiste tú. Ese Remus ha muerto en este campo de batalla. El verdadero merece otra oportunidad. Dásela; ven conmigo.

  • No... no, no podría soportar seguir viviendo con mi culpa.

  • Yo te enseñaré.

  • ¿Por qué...?

Remus giró la cabeza y, al ver el aspecto de Gabriel, enmudeció. Gabriel le tomó por el antebrazo con una sonrisa, le quitó suavemente la espada de las manos y la dejó caer. Sus pies abandonaron la tierra pero apenas fue consciente de ello. - ¿Eres un ángel? –le preguntó extasiado.

  • No más que tú, amigo mío. No más que cualquier proscrito.

Herófocles atravesó los pasillos del palacio en un apresurado paseo. Se cruzó con una escuadra de asalto de los Tigres Nevados que le rodeó sin hacerle caso alguno. Reconoció a la líder de aquella escuadra; era la misma Tigresa rubia y de ojos anaranjados con la que estuvo a punto de enfrentarse durante su batalla en Cralti IX.

Caminó a lo largo de un corredor con disparos silbando por todas partes. Los Esclavos que había enviado por delante estaban defendiendo la entrada de una habitación al final del pasillo. Los Tigres Nevados se habían apostado en las esquinas de un cruce cercano y les enviaban una ráfaga bólter tras otra pero el hechicero pasó entre las armaduras blanquiazules y entró en la sala sin recibir ni un rasguño. Después de que hubo entrado los marines ruidosos dejaron de disparar. Tras un leve titubeo la sargento ordenó preparar granadas y tomaron la posición al asalto. La habitación en la que entraron estaba completamente vacía.

Los informes nunca dijeron nada de una figura angelical debatiéndose con el señor del Caos sobre el palacio de oro. Oficialmente Nephausto fue arrojado por un precipicio por el capitán Rómulus Devine, quien entregaría su ala cercenada en Baal como trofeo y sería ascendido a comandante con todos los honores. La recien adquirida facultad de Rómulus para canalizar la Rabia Negra a voluntad resultó ser muy superior a la del jefe bibliotecario Mephiston. Los sacerdotes sangrientos han iniciado un examen comparativo de la sangre de Rómulus y Mephiston para intentar aislar el factor que les proporciona tan codiciada habilidad. No ha habido ningún progreso hasta ahora.

El ala de Nephausto el No Sediento fue encerrada en un campo de estasis y confinada en las cámaras más profundas de la fortaleza monasterio de los Ángeles Sangrientos. Todas las peticiones del Ordo Malleus para su estudio han sido rechazadas.

Se encontró el cañón demoníaco del misterioso lugarteniente que lideraba a los Esclavos de Calipso junto a un cadáver sin cabeza a las puertas del palacio. Fue consumido junto con los restos de su legión en el Exterminatus llevado a cabo sobre aquel planeta por la flota imperial.

El hechicero Herófocles no ha vuelto a ser visto ni se han tenido noticias de su paradero desde aquel día. Las órdenes militantes del Ordo Heréticus buscan afanosamente cualquier pista que pueda conducirles hasta él.

El capellán Sagos Tempestos murió poco después de la victoria imperial por emponzoñamiento de la sangre causado por la única herida que sufrió. El paladín del Emperador Manphred Ironblood dirigió personalmente el funeral; uno de los más sentidos que se recuerdan en la historia reciente del capítulo. Manphred pintó una pequeña gota alada en Plutonia en honor a quien la había blandido con rectitud insuperable contra los enemigos del Imperio.

Karakal, Nekoi y Ocelot se recuperaron de sus heridas y actualmente son los expertos en infiltración y demoliciones más renombrados de todo el Adeptus Astartes. Nekoi aún conserva el colgante en forma de escorpión que encontró sobre su pecho al ser reanimada por una hermana apotecaria.

El brillante despliegue estratégico de Panter le valió el reconocimiento personal del propio Dante, Señor del Capítulo de los Ángeles Sangrientos, por su inestimable apoyo a su 6º Compañía durante todo el periodo en que ambas fuerzas lucharon unidas.

Mau recibió cinco colmillos de tisar por su demostrada habilidad en combate durante la batalla. Desde la fundación del capítulo hasta aquel momento los únicos Tigres Nevados que habían obtenido más de tres colmillos por su valía en una sola acción de combate habían sido las que eventualmente se convertirían en Señoras del Capítulo.

El Imperio nunca sabrá el peligro que ha pendido sobre él pero estoy acostumbrado a que mis acciones transcurran en la penumbra. Así es como debe ser.

Me he convertido en algo que no merezco ser, pero si el Emperador así lo ha querido no seré yo quien discuta su supremo juicio.

Ahora me llaman Arcángel Gabriel, pero sigo siendo el mismo: un siervo del Imperio.

También yo. Arcángel me ha devuelto a la vida y me ha dado una nueva oportunidad de demostrar lo que soy. No me importa que el Emperador me hunda en el infierno a mi muerte si sé que he empleado mi vida a su servicio. Vuelvo a ser un Ángel Sangriento en cuerpo y alma, y Ángel Sangriento moriré.

Soy un marine espacial, Remus Devine es mi nombre, y amo a una mujer. Se llama Nekoi.

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Las compuertas se abrieron desvelando una blanca habitación llena de cunas de piel de tisar. Los siervos del capítulo atendían cuidadosamente a los bebés; se trataba de futuros miembros del capítulo y debían ser reverenciados como tales. Mau reconoció a su hijo sin siquiera buscarlo con la vista.

  • Alguien ha venido a verte, pequeño.

Rómulus se asomó al interior de la cuna. Tanto él como Mau estaban ataviados con las sencillas vestiduras que los Tigres empleaban durante los escasos momentos del día en que se deshacían de sus servoarmaduras. La pierna izquierda del Sangriento había sido sustituida por un implante ortomecánico.

Vio a un niño de sólo unos meses de aspecto radiante y despierto que era sensiblemente más grande que el resto. Tenía los ojos de su madre, no cabía duda, pero su piel era pálida, más aún que la de Rómulus, hasta el punto en que casi parecía albino. Padre e hijo sonrieron a la vez y de inmediato se hizo evidente su mutuo parecido. Era como si se hubieran reconocido entre sí.

Mau estaba cautivada por los rostros de felicidad del padre y el hijo. – Los siervos dicen que hacía mucho tiempo que no veían a un niño con la piel blanca como un tisar. Se considera un buen signo entre nosotros.

Rómulus tendió una mano hacia él y el niño le respondió como la imagen de un espejo agarrándole el dedo anular.

  • Y bien. ¿Qué nombre le pondrás?.

  • Tiene tus mismos ojos, Mau. Tu misma mirada –extendió la otra mano y el niño también se la agarró en cuanto estuvo a su alcance-. Y tu misma astucia –añadió tras una risa.

Mau se abrazó a él y ambos estuvieron viendo a su hijo durante largo rato.

  • Turel –decidió Rómulus-. Te llamarás Turel.

El niño rió y pataleó al oír su nombre.

 

 

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