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Relatos, historias de warhammer 40,000



LA TIGRESA Y EL ESCORPIÓN IIII

TISAR

La ciudad estaba en llamas. Los edificios vomitaban bocanadas ardientes por sus ventanas y las calles se consumían entre riadas de fuego. Sin embargo, el largo desfile que huía de allí gritaba y celebraba con júbilo la victoria sobre la secta heretica allí sepultada.

La estatura de la mujer aventajaba en más de medio metro a la de la figura con hábito sacerdotal con quien mantenía una airada discusión. Su servoarmadura blanquiazul la hacía mucho más imponente que él, sin embargo el delegado de la eclesiarquía no medía en absoluto sus palabras.

Ordené barrer completamente esa ciudad, comandante Nephai. ¿Por qué veo prisioneros entre vuestras tropas?.

No son prisioneros sino refugiados. El culto rebelde que se ocultaba en esta ciudad ha sido ba...

¡Compasivo Emperador!, ¡yo doy las órdenes y yo doy los motivos!. ¡Todos esos civiles han sido expuestos a doctrinas subversivas y deben ser purgados por la salud espiritual del resto del planeta!.

¡Sandeces!. ¡Muchos de ellos nos han asistido informando de las posiciones y cuarteles enemigos!.

¡Vos y vuestras tropas estáis a las órdenes de su altísima excelencia el cardenal Akura a quien represento y os ordeno que hagáis ejecutar a esa gente de inmediato!. ¡Os lo advierto, no me obliguéis a invocar los textos sagrados del decreto pasivo!.

A una orden de la taciturna comandante, las marines espaciales se separaron de la columna de civiles demacrados y desnutridos pero que portaban el inconfundible y revitalizante halo de la victoria. Antes de que pudieran preguntarse qué estaba ocurriendo, sus salvadoras se volvieron contra ellos y la canción de muerte de los bólters inundó el aire ahogando los gritos de terror. Por primera vez en su vida, Nephai encontró tal canción abominable, mancillada por el mandanto del sacerdote.

Avanzó con paso lento y cuidadoso, controlando en todo momento el descenso de sus pies sobre la nieve y el movimiento de su cuerpo a través de la maleza y las ramas bajas que le arañaban los brazos imperceptiblemente. El bosque era su amigo; le brindaba cobijo, se adaptaba a él como una piel, podía moverse a través de él como si lo hiciera a través de las aguas de un lago tranquilo. Suavemente. Silenciosamente.

Su presa seguía sin moverse, inconsciente por completo de su presencia. Se acercó por detrás manteniendo siempre un árbol o un arbusto frondoso entre ellos. El viento soplaba en su contra, le azotaba la cara con su gélido y vigorizante tacto. Una sonrisa cargada de orgullosa malicia se le dibujó bajo el tupido bigote mientras estudiaba a su presa desde detrás de otro tronco. Era un alce, uno bastante grande. Sus cuatro formidables cuernos planos casi formaban una corona, un escudo con púas sobre su cabeza. Las palabras acudieron a su mente cuando puso su arco horizontal y echó mano a la nuca para tomar una flecha de jara de su carcaj: “Debes matar a los alces en el primer intento porque si te embisten con la cabeza gacha estarán protegidos por su cornamenta. Sea como sea, escóndete tras el primer disparo o te verá, y entonces será difícil que puedas hacer un segundo”.

El arco se tensó merced a la formidable fuerza de los brazos que se preparaban para el momento del disparo. Fue muy lento; la madera y la cuerda de tendón apenas crujieron y los pocos sonidos fueron inaudibles en el ulular del viento. Con el pulgar extendido para sostener la punta de la flecha, situó al alce justo sobre la línea de sus nudillos. El animal hozó en la nieve para desenterrar un poco más de hierba, soltó un bufido y una nube de vaho para calentarse el morro enfriado y siguió comiendo. Era enorme; su lomo se levantaba hasta la altura de un hombre y las puntas de sus cuernos parecían bien capaces de acribillarle el cuerpo de arriba abajo de una sola acometida. Se desplazó un poco al seguir hozando y le ofreció su costado. Reajustó su puntería... respiró hondamente sintiendo el aire enfriarle la garganta...

La flecha silbó hasta hundirse en el gran cuerpo del animal justo entre el costado y la paletilla. La presa berreó ensordecedoramente y se volvió de inmediato pero el cazador se ocultó tras el árbol a tiempo. Los papeles se habían intercambiado, bien lo sabía. Ahora, cuando el animal no lograra ver ni oler quién le había herido, apretaría a correr para ponerse a salvo. Así ocurrió, exactamente al mismo tiempo que lo pensaba. Le persiguió guiado por sus huellas y por un reguero de clara sangre roja sobre la nieve blanca. Le había acertado en el corazón, estaba seguro, pero el animal aún tardaría un poco en morir. Los alces de las montañas eran presas duras, dignos rivales para un cazador, y éste aún conservaba mucha fuerza; lo supo cuando se percató de que no le estaba dando alcance. Se movía a mayor velocidad que él; el alce era para el bosque un amigo mucho más íntimo que el cazador. Aún oía sus berridos; lo hacía para prevenir a toda criatura viviente del peligro. A oídos de los habitantes del bosque, gritaba: “¡He sido herido por un hombre!”.

Por fortuna sabía seguir la pista de una presa herida y al poco tiempo pudo oirla ya aplastar la nieve y los matojos bajo sus pezuñas. Conforme corría en pos de ella sentía cómo el bosque se ponía ahora en su contra por querer matar a otro de sus hijos. Las ramas le azotaban en lugar de acariciarle, el matorral intentaba hacerle tropezar en vez de darle cobijo, hasta el viento parecía querer derribarle con sus empujones. Saltó y se agachó para sortear todos los obstáculos con otra flecha ya preparada junto a su arco. Esquivó en su carrera a los arboles que se interponían en su camino para proteger al alce, pero todo ello era en vano. Era un cazador demasiado hábil y su presa estaba cada vez más cerca.

Los berridos cesaron. Su eco sobre las cercanas montañas se desvaneció poco a poco hasta que volvió a imperar el ulular del viento.

Se detuvo y se agazapó junto al reguero de sangre. Miró a su alrededor. Los árboles de largo tronco y corteza espesa y rugosa eran su única compañía bajo el azul del cielo que se entreveía entre las copas cargadas de nieve. A pesar de que no había bruma no se debía ser incauto cuando la presa dejaba de bramar tan repentinamente. Podía ser que hubiera muerto, o que algo la hubiera matado. Un oso, por ejemplo.

Al apartar una última rama vio al alce tendido en el suelo. La sangre empezaba a encharcarse bajo el punto en que la flecha aún sobresalía. Otra sonrisa le arqueó los labios; devolvió la flecha al carcaj y desnudó su ancho cuchillo de la vaina. Él mismo había fabricado aquel cuchillo empleando como mango un pedazo de cornamenta de su primera presa cuando apenas era un muchacho. La hoja de oscuro hierro, un tanto irregular, robó un destello ansioso al sol de la mañana antes de que el cazador degollara a la presa de un solo y preciso movimiento.

Estaba arrodillado concentrado en el destripe cuando oyó algo, un paso en la nieve a su parecer. Giró en redondo con el cuchillo ensangrentado en alto. Nada. Miró en todas direcciones dispuesto a defender su derecho sobre la pieza cobrada ante cualquier intruso, pero no vio intruso alguno y eso le crispó porque sólo significaba dos cosas: o no había sido nada, o se trataba de alguien o algo lo bastante hábil como para ocultarse de él. Entonces lo vio. Escondida tras una gran raíz vio una cara que apenas se levantaba tres palmos del suelo. Era un cachorro de tisar. Podía ver su pelaje blanco a rayas azuladas casi negras y unos ojos felinos y azules como el cielo que le estudiaban sin timidez. El cazador se levantó cautelosamente y rodeó el árbol para verlo mejor. Cuando finalmente distinguió lo que era su mente no habría podido quedar más confundida.

Lo que había tomado por un cachorro de tisar era un humano, un pequeño de un año o menos pero lo suficientemente astuto como para tomar la precaución de esconderse ante un extraño. Su piel era casi tan blanca como la nieve que pisaban sus pies desnudos. Estaba cubierto con una manta, una pequeña capa de pelaje blanco de tisar. El pelaje había resultado no ser suyo, pero los ojos sí lo eran. Dos ojos de pupila de aguja que aún le escrutaban. El pequeño estaba mirando al cuchillo.

¡Dioses de las montañas! –susurró preso de la emoción.

Había oído hablar de cosas así. Había oído antiguas historias de cazadores y leñadores que volvían de los bosques con niños extraviados. Tenía que comprobar...

Al acercarse el chico no se mostró asustado. No perdía el arma de vista, como si la reconociera sin temerla. Se acuclilló a su lado y alargó la mano lentamente para no sobresaltarle. Antes de poder tocar la capa fue el niño quien le agarró los dedos con sus pequeñas manos, suaves, blancas y frágiles en comparación con las curtidas manos del cazador. El bebé frunció el ceño. Él siseó en un intento de calmarle y dio un paso a un lado para poder ver su capa. Encontró lo que estaba buscando: la cara de un tisar grabada a fuego. Era un enviado de los guardianes de las montañas.

Desde los principios de los linajes de las tribus, los guardianes habían dejado niños en los bosques para que las tribus los criaran. Niños como aquel. Enchido de orgullo, el cazador dejó el cuchillo sobre la nieve y tendió ambos brazos para acogerlo. Encontrar a uno de los futuros guardianes de las montañas era todo un honor que inundó su espíritu humilde. El niño le ignoró, acercándose sólo para sentase en el suelo junto al cuchillo y tomarlo. El arma era como una espada en manos de la criatura y el cazador quedó sorprendido cuando empezó a chupar la hoja y mancharse los labios de la sangre del alce. Aquello sí que era algo de lo que nunca había oído hablar.

Sonriendo, el pequeño tendió el arma a su propietario como invitándole a algún juego. Era un cazador, se dijo a sí mismo. Un cazador nato.

¡Mirad! ¡mirad lo que he encontrado! –el cazador había empezado a vociferar apenas salió del bosque y divisó la ya cercana aldea-. ¡Un niño de los guardianes de las montañas!.

Los leñadores que se afanaban con sus hachas acudieron a su reclamo. El poblado de los Flechas Negras estaba oculto tras una alta empalizada pero la gente alborotada y expectante empezó a surgir de la puerta.

El primero de los leñadores se detuvo a su lado. El sudor se convertía rápidamente en escarcha sobre sus brazos desnudos. - ¿Es eso cierto, Absino? –preguntó ansioso y sonriente.

El cazador se desató la cuerda con la que traía arrastrando al alce tras de sí y ofreció la espalda al leñador. Su abrigo y los mantos que llevaba encima para guarecerse del frío formaban un bulto sobre sus hombros como una joroba. Hábilmente sujeto entre los pliegues de aquel bulto, un niño asomaba sólo la cabeza y miraba a su alrededor con ojos llenos de curiosidad y recelo.

¡Cógelo con cuidado, Regor! –dijo el cazador con presunción-. ¡Es un verdadero cazador!.

Regor ya tenía al niño en sus brazos envuelto en varias mantas que prácticamente formaban una blanda cuna. Absino lo recuperó rápidamente y enseñó su rostro a todos los que empezaban a congregarse a su alrededor.

¡Mirad sus labios!. Él mismo probó el sabor de la caza de mi cuchillo!. ¡Lo tomó con sus propias manos y bebió la sangre!. ¡Acudió al olor de la sangre del alce!.

¡Mirad su piel! –se sorprendió alguien.

¡Es blanco como un tisar! –dijo otra en respuesta.

¡Sus ojos...! ¡es un enviado de los guardianes sin duda!.

¡No sólo sus ojos! –Absino cogió el manto de tisar que envolvía al niño de un saco que levaba atado al cinto y mostró a todos los presentes la señal grabada en el pelaje-. ¿Quién de vosotros negará que ésta es la marca de los guardianes?.

Los niños de la tribu rodearon a Absino tendiendo las manos hacia arriba y pidiendo ver al niño. Todos querían tocar su piel y éste intentaba agarrar cada una de las manos que se le acercaban.

La gente se apartó de inmediato dejando paso a una mujer alta, de espalda ancha y larga melena castaña. Un báculo tallado con escritura rúnica y rematado en el extremo por el cráneo de un tisar la proclamaban como Neeri, la jefa de la tribu.

¡Jefa Neeri! –Absino se levantó al verla y le llevó su hallazgo-. ¡Ved lo que nos han traido los dioses! ¡un niño de los guardianes!.

La mujer miró desde arriba haciendo disimuladamente suyo el jolgorio del hombre. El niño cruzó de inmediato la mirada con ella y volvió a fruncir el ceño en respuesta a su gesto duro e impasible.

Es un varón –fueron las primeras palabras de la jefa.

Sí, Neeri –aceptó Absino- y un cazador. Él solo se acercó a mí y probó la sangre de mi cuchillo.

Neeri no desvió los ojos de los del niño, y parecía que fuera el pequeño quien estuviera ganando aquel pulso de voluntades porque al poco la mujer hizo un gesto a Absino y dio media vuelta hacia el poblado. Absino la siguió, y detrás de ellos vinieron todos los demás.

Absino tomó un cuenco con sangre obtenida del corazón del alce que acababa de traer a la aldea y sumergió la hoja de su cuchillo en él. Justo tras dejarlo sobre la mesa el niño, que habia sido colocado en el otro extremo, gateó hasta él y sorbió el fluido escarlata.

Se encontraban en la cabaña de Neeri; una estructura trapezoidal construida con esfuerzo y sudor por antepasados cuyas líneas se perdían en la distancia y el tiempo. Neeri estaba sentada en el suelo de piernas cruzadas sobre un gran montón de pieles de tisar como correspondía a su rango de jefa. Nadie más en la tribu tenía derecho a reposar en pieles de tisar.

Esto es algo para recordar –dijo una voz anciana y cansada-. Aún recuerdo la última vez que esta tribu fue bendecida con una niña de los guardianes.

Todos lo recordamos, Kilorne –dijo Neeri con alegre reverencia-. Tú fuiste quien la encontró.

Sentada a la izquierda de la jefa de la tribu sobre pieles de alce y ciervo, la anciana y arrugada Kilorne miraba con ojos vetustos cómo el niño chupeteaba la hoja del cuchillo. – Así es, y no ocurre a menudo que una persona viva lo suficiente como para ver a dos niños de los guardianes llegar a su tribu. ¿Dónde dices que lo encontraste?.

La anciana había dirigido una reverencia a Neeri pidiendo permiso para hacer la pregunta. Absino, sentado en el suelo de madera al otro lado de la mesa, respondió: - En el bosque grande no lejos de aquí; a media mañana de camino.

Se aferra al cuchillo como lo haría al pecho de una madre –observó Kilorne.

Absino sonrió. – Sí. Será un gran cazador. Y un gran guerrero.

¿Habías oído algo parecido? –preguntó Neeri.

La anciana responció con un cabeceo de cierta preocupación.

El resto de la aldea había vuelto a sus quehaceres aunque parte de ellos estaban reunidos a las puertas de la cabaña. Se les podía ver oteando por entre las rendijas de la madera.

El niño tendió el cuchillo aún ensangrentado a Absino y sonrió. El cazador lo tomó y limpió tanto la hoja como la boca del pequeño con ambas mujeres atendiendo a cada detalle de la escena.

Me devuelve el cuchillo –apuntó Absino desbordado aún por la alegría-. Siempre lo hace.

La anciana susurró al oído de Neeri mientras el cazador atendía al niño. – El empuñar un arma no es extraño en los que son traídos por los guardianes de las montañas. Pero beber sangre... nunca había oído nada parecido.

Absino, trae su manto –ordenó la jefa.

La orden se cumplió al momento. Kilorne se dirigió renqueante hacia un baúl mientras Neeri examinaba aquel rectángulo que sin duda alguna era piel de tisar. Cuando la anciana volvió a sentarse no sin esfuerzo de sus cansados huesos tenía en las manos otro pedazo similar aunque mucho más raído y menos lustroso; el manto con que estaba envuelta la niña que Kilorne encontró en los bosques hacía ya varias décadas. Comparando los emblemas grabados en ellos se hizo evidente que eran idénticos.

Durante el silencio que se hizo a continuación el niño siguió pasando la mirada por los tres presentes. Su ojos vivos y escrutadores resplandecieron como brasas al ser alcanzados por el resplandor de la rugiente hoguera de la chimenea. Hubo un sonido seco y áspero cuando la puerta se abrió y un animal entró haciendo crujir el suelo de madera bajo su considerable peso. Durante un momento Absino vio que el tumulto se hacía más grande fuera de la cabaña hasta que dos guerreras volvieron a cerrar. El animal, un felino de más de tres metros de largo cuyos colmillos superiores sobresalían como dos curvas estalactitas, se acercó directamente hacia la mesilla. Nadie le había llamado, nadie se interponía en su camino. La muchedumbre de fuera le había habierto paso y las guardias le habían permitido entrar obedeciendo a su autoridad legendaria. Era un tigre de las montañas, un tisar.

Desde sus asientos Neeri y Kilorne dedicaron una pronunciada reverencia al felino. Absino se apartó de delante de él antes de imitar el gesto. Avanzó con movimientos fluidos y majestuosos pero a la vez con una mansedumbre que se percibía más que verse. Sus verdes ojos sondaban profundamente en los del niño a medida que acortaba distancias. Sus músculos se movían poderosos bajo su pelaje, similar al de las pieles sobre las que Neeri se sentaba. Nadie mostró miedo a su presencia. Se detuvo a escasos centímetros del niño y este quedó completamente inmóvil. Se habría dicho que le temía hasta que frunció el ceño y tendió una mano para tocarle el morro, pero el tisar retrocedió como por casualidad y su cabeza quedó fuera de su alcance. Cuando el pequeño se levantó en la mesa e intentó tocar sus dientes de sable el animal retrocedió otro poco para evitarlo, siempre moviéndose con tranquilidad y sin perder de vista los ojos del niño. Fue entonces cuando Absino se dio cuenta de que el niño fruncía el ceño imitando a un tisar. Cuando el felino soltó un ronco gruñido el niño le respondió sin amedrentarse con su infantil voz, a lo cual tanto Neeri como Absino sonrieron fascinados.

Aquella noche el poblado entero de los Flechas Negras dio buena cuenta del alce. Como era costumbre, en el centro mismo del círculo de cabañas la mitad de la pieza daba vueltas sobre el fuego rodeada por los habitantes mientras se contaban historias, se lanzaban carcajadas al aire y se bebía el licor espeso y marrón destilado de bayas del bosque.

Sin embargo la atención de la mayoría estaba centrada en el nuevo miembro que elevaba el número de la tribu a cuarenta y tres. Eran conocidas las leyendas sobre aquellos niños, pero ninguna describía a niños como este. Todos conocían ya cómo Absino le encontró y su peculiar encuentro con el tisar que de vez en cuando se metía en la casa de Neeri.

La anciana Kilorne, envuelta por una cobertura de pieles mucho mayor que la del resto, se sentaba junto a la jefa de la tribu. Bebía de un gran tazón procurando ocultar su interés por el niño. Neeri alzó silenciosa su bebida cuando Absino lo levantó bien alto para que todos pudieran ver cómo sostenía el cuchillo provocando alegres risas en la mayoría de la gente.

El niño de los guardianes de las montañas creció entre los Flechas Negras. Todos los designios de Kilorne respecto a él se cumplieron: su crecimiento fue casi el doble de rápido del de un niño normal, aparentando doce o trece años cuando sólo había visto cinco inviernos entre ellos. Su fuerza y velocidad eran también soberbias tanto en cuerpo como en mente. A pesar de que Absino fue un maestro y padre exigente, bien poco tardó el niño en aprender a fabricar y disparar arcos y flechas, talar árboles, construir cabañas y buscar setas y bayas. Podía hacer cualquier cosa el doble de rápido y el doble de bien, sin embargo fueron sus ojos de tisar y su extraño gusto por la sangre lo que le dio nombre: Kar-Obis, el Tigre Sangriento.

Károbis nunca se alejaba de Absino. Entre los Flechas Negras todos los niños eran hijos de todos. Vivían, por designio de los dioses, como una manada de tisares. Todos juntos, todos se protegían y ayudaban, todos participaban de todo y compartían responsabilidades y deberes bajo el sabio liderazgo de Neeri sin cabida para el egoísmo o la ambición, conceptos que pese a todo ensombrecían el carácter de los más jóvenes. Sin embargo Absino fue a quien eligió como su padre protector. Aprendió a reverenciar a las mujeres, pues ellas eran quienes daban a luz nueva vida para la tribu y, aunque algunos hombres las superaban en fuerza, ellas aventajaban a la mayoría en astucia e ingenio. Pero no a él.

Absino le contó que los tisares les protegían de los malos espíritus. Tisar era una palabra extraña para ellos, enseñada a los ancestros de las tribus por los guardianes de las montañas sobre los que aprendería más tarde. Kar-Tebem, tigre de las montañas, era el término que ellos concían para tales animales, pero pocas veces lo empleaban. Nunca se debía cerrar la puerta a un tisar, si quiere entrar en tu casa es para ayudarte a limpiarla de mal de modo que se les debía tratar con el respeto que merecían por ello. Esto era lo que decían los mayores, pero los niños sólo alcanzaban a ver el carácter tranquilo y en muchas ocasiones juguetón de aquellas criaturas para con los humanos. Károbis se adentraba de vez en cuando en los bosques en busca de tisares pero nunca encontraba más que sus rugidos en la distancia, como si no fuera posible ver a los que no quisieran ser vistos por el hombre ni la mujer. Se sentía extrañamente atraído por ellos, pero no tanto como se sentía por la sangre.

Era el único rasgo que preocupaba a la vieja Kilorne, el gusto de Károbis por la sangre. Cada vez que alguien cobraba una presa, la sangre era conservada para él. En las temporadas en que las presas escaseaban y la tribu debía recurrir a sus reservas de alimentos, Károbis, sin sangre que beber, se tornaba irritable y solitario como si quisiera proteger a la tribu de sí mismo. No eran frecuentes los arrebatos de sed de sangre de Károbis, pero eran peligrosos cuando no podían ser satisfechos.

Un día, cuando Károbis debería haber cumplido seis años, Absino creyó que estaba más que preparado para su primera cacería.

Recitaba sus consejos en voz baja conforme ambos deambulaban por un espeso bosque en busca de un rastro. El vetusto cazador oía con condescencia los pasos de su protegido. – Debes avanzar siempre a contraviento, Károbis; todos los animales tienen un olfato muy superior al nuestro, sabrán exactamente dónde estamos con sólo una aspiración o un ruido. No intentes doblegar al bosque; nada por él. Sumérjete entre las ramas. No pises; baila con las rocas y los árboles. Sé uno con el bosque; él te ayudará.

A poco Absino fue incapaz de oír a Károbis. – Debes ser paciente. Habrá días que no encuentres ningún rastro, de modo que pon mucho cuidado cuando des con uno. Si la presa escapa habrás desperdiciado una valiosa oportunidad. Te debes a la gente de nuestra tribu, no lo olvides. El fallo de uno nos afecta a todos. Si no cazamos, es toda la tribu la que no come. No confíes en que los demás cazadores consigan comida; tienes un deber del que no puedes evadirte con excusas como esa.

Pero aquel no sería uno de esos días. Tras largo tiempo de caminata, sus pasos se cruzaron con un reguero de pequeñas huellas en la nieve.

Un venado –dijo rápidamente Absino.

Va a contraviento –observó Károbis.

Abino sonrió sin volverse. – Muy bien, chico. El rastro es reciente; vamos.

Durante otro largo tiempo siguieron las huellas a través de la maleza.

Absino ya no dijo nada más. Estaba completamente concentrado. Apretaba la mandíbula y fruncía el ceño blanqueado por algunos copos de nieve. Su bigote, levemente encanecido ya, se había combado hacia abajo arrastrado por la tensión de su rostro.

Bajo aquella copa, a unos treinta pasos –le sorprendió Károbis con su susurro.

Absino se detuvo e intentó ver algo entre los troncos pero las ramas bajas les tapaban la visión. Vio la copa del árbol que Károbis indicaba sobresaliendo entre las demás, pero nada que le indicase el paradero de la pieza. Momentos después descubrió que el chico había desaparecido. Sus huellas se alejaban de él dando un rodeo en la misma dirección que el rastro de la presa. “Demonio de chico” pensó entre furioso y sorprendido.

Hubo un ruido delante, como un costal cayendo sobre la nieve. Cuando avanzó para encontrarse a Károbis junto a un venado abatido de un certero disparo de flecha al corazón, Absino tuvo que realizar un enconado esfuerzo por mantener la boca cerrada.

Károbis era un chico alto y delgado aunque de poderosos hombros. Su cabello era negro como el carbón en constraste con su palidez y colgaba sobre su espalda recogido en dos coletas una bajo la otra. Se empeñaba en ir siempre con los brazos al descubierto por muy intenso que fuera el frío. Tenía un pie puesto sobre el cuello del animal y aguardaba la felicitación de Absino con una sonrisa y un brillo entusiasmado en sus ojos de felino mientras tensaba y destensaba su arco con un dedo.

¡Lo he olido! –explicó Károbis desde lo alto del venado-. ¡Lo he encontrado por el olor!.

Se acercó sin acabar de asumir aún lo que estaba viendo.

¡Justo en el corazón! –Károbis desclavó la flecha de la carne de la presa-, ¡como me enseñaste!.

Habiendo desistido hacía tiempo en comprender el aura casi mágica que envolvía a Károbis y que le hacía tan poderoso en todos los aspectos, Absino desenvainó su fiel cuchillo y lo tendió hacia él. - ¿Necesitas que te enseñe cómo destriparlo?.

Károbis recibió el arma. – No, te he visto hacerlo –respondió con una convicción, orgullo y excitación que le durarían hasta varios días después.

Primero cortó el cuello del venado para que el cuerpo empezara a desangrarse. La sangre caliente emitió vapor en el ambiente frío y fundió un pequeño hoyo en la nieve. Antes de despanzurrar la presa para aligerar su considerable peso, Károbis pasó ceremoniosamente la lengua por la hoja del cuchillo y quedó como absorto viendo el constante fluir carmesí y cómo se acumulaba junto al cuello del animal.

Regor tiró del hacha para desclavarla del tronco que estaba tratando de talar. Se detuvo al oír un extraño y áspero sonido. Era Károbis que venía a la carrera arrastrando tras de sí un venado que sin duda pesaba varias veces más que él aún sin entrañas.

¡Károbis!. ¿Tu primera pieza?.

¡Así es! –respondió el muchacho-. ¡De un solo flechazo!.

¡Bien hecho!, ¿pero dónde está Absino?.

Ahí viene.

Mirando en dirección al dedo de Károbis, el leñador vio venir a Absino completamente exhausto e incapaz de seguir el ritmo de su protegido. Károbis, sin embargo, estaba completamente descansado.

¿Quieres que te ayude con eso? –preguntó arrancando el hacha del tronco con una mano.

Regor carraspeó. – Claro.

Absino alcanzó por fin al chico justo cuando éste asestaba el último golpe de hacha que hacía caer un árbol con estruendo de ramas rotas, crujir de madera y el blando impacto del tronco sober la nieve. En cuanto se detuvo Károbis volvió a agarrar las cuerdas y echó a correr arrastrando al venado junto a la empalizada de la aldea.

¿Cuánto tiempo ha arrastrado a ese ciervo con ese ritmo? –quiso saber Regor.

Desde... que lo abatió... a mediodía... –Absino apenas podía hablar. Su respiración era un ronco y ahogado gemido.

¿Mediodía?, ¡de eso ya hace...!

¿Crees... que no lo sé...? ¡me ha traído... corriendo... desde entonces...!

Neeri salió por la puerta de la empalizada al oír la noticia de la primera caza de Károbis. Al verla, éste acudió a su presencia por propia iniciativa.

Para la aldea, jefa Neeri –dijo aún sonriente.

Neeri asintió. – Serás un gran guardián de las montañas, Károbis. Sabemos que nos harás sentir orgullosas.

Al oír aquello el chico disminuyó su alegría, pero Absino le rescató rápidamente y le guió hasta el venado puesto que tenía que empezar a descarnarlo.

¿Y por qué tengo que ir?.

Es tu sino, pequeño. Los guardianes de las montañas te confiaron a la aldea hasta el momento en que estuvieras preparado para ser uno de ellos. Falta ya poco para ese momento, tus progresos así lo anuncian.

Károbis y Kilorne estaban sentados a solas en el suelo de la cabaña de Neeri. El tisar estaba tumbado frente a la chimenea hecho un ovillo; un inmenso ovillo blanco a rayas azuladas. Hacía tiempo que el animal no pasaba por allí y su presencia en el mismo día en que Kilorne había decidido hablar a solas con Károbis por primera vez fue motivo de murmullos en todo el poblado.

La anciana estaba dando vueltas con un manubrio a un recipiente cilíndrico de hierro colocado sobre el fuego de la chimenea. Llevaba así mucho tiempo, entonces lo sacó del hogar con las manos protegidas por una piel, lo abrió y vertió su contenido en un mortero. Eran granos del bosque, blancos cuando fueron tomados, ahora negros al tostarse. Kilorne cogió una maja y empezó a aplastarlos formado una pasta marrón.

¿Quiénes son los guardianes? –preguntó Károbis.

La anciana rió por bajo como el crujir de un arco al tensarse. – De nosotros dos, tú serás el único que conozca la verdadera respuesta, pero estoy segura de que Absino te ha contado ya algunas historias.

Sí. Dicen que son protectores, como los tisares, pero ellos defienden un territorio que está más allá de las montañas y los mares de hielo.

Los tisares nos velan y salvaguardan de los malos espíritus –Kilorne estaba mirando al animal, que dormía sin hacer caso alguno-. Son poderosos, mucho más que cualquier hombre o mujer, incluso que tú, pero su poder sirve a un propósito: protegernos. Ya conoces nuestro dicho: nunca cierres tu puerta a un tisar.

Károbis asintió.

Por eso nuestra jefa tiene el derecho de cubrirse y sentarse sobre las pieles de los tisares que encontramos muertos en el bosque, porque ella también nos guía y protege. Nuestros ancestros decían que los guardianes son tisares de una tierra muchos más vasta que esta. Sus protegidos se extienden por tierras a las que nosotros no podríamos llegar aunque pasáramos toda la vida viajando.

¿Cómo pueden proteger un territorio tan grande?.

Kilorne volvió a reir, una risa que hacía que su joven dialogante sonriera a su vez con aquella expresión aviesa y maliciosa tomada de Absino. – Es otra de las cosas que podrás averiguar.

¿Cómo son?.

No lo sé. Nunca he visto a ninguno, pero los que sí los han visto dicen que son gente extraña. Como nosotros, pero mucho más grandes, de piel lisa y rostro duro e inexpresivo, como si fueran montañas que quisieron ser humanas. He oído que pintan sus cuerpos como las pieles de los tisares y que éstos les siguen. Dicen incluso que pueden doblegar a los tisares y hacerles cumplir su voluntad pero yo no lo creo. Si comparten con los tisares su misión de protegernos, estarán más cerca de su espíritu por esa misma razón.

La anciana abarcó los carrillos de Károbis con sus manos arrugadas y secas de tacto sincero y tranquilizador. – Lo único que sabemos con seguridad es que sus ojos son como los tuyos, como los de todos los niños que nos confían. Ojos protectores.

¿Y si no quiero ir con ellos? –había una clara advertencia en la mirada de Károbis.

Kilorne cabeceo. – Tal y como lo veo no tienes elección. Éste no es tu lugar y lo sabes –no había malicia en aquellas palabras, pero su verdad era igualmente dolorosa-. No fuiste traído aquí para dar de comer a los Flechas Negras. Mírate. Está claro que eres mejor, superior a todas nosotras. No puedes desperdiciarte aquí.

Károbis bajó una cabeza llena de dudas.

Sé cómo te sientes. No quieres dejar la tribu. Ésta es la única familia que has conocido.

Asentimiento.

Hace cincuenta años aconsejé a otra con tu mismo dilema. Károbis, ya que no sabes quién eres tienes que tomar conciencia de lo que eres. Eres un hijo de los guardianes de las montañas. Entre nosotros sólo aprenderías a cazar, cosa ya sabes ya que hace tres días comí gracias a ello.

Sonrisa forzada.

Una vez cada varios años, con la primera luna, los reclamos de los guardianes resuenan en el bosque de los colmillos de hielo.

Lo sé. Los he oído.

¿Y qué ocurre entonces?.

Todo el que cree ser digno de convertirse en un guardián de las montañas acude al bosque de los colmillos de hielo.

Continúa.

Muchos días después algunos de los que entraron en el bosque vuelven porque los guardianes les han rechazado. Casi siempre vuelven muy pocos o ninguno y muchas veces vuelven sólo los varones, pero nunca cuentan lo que han visto.

Y las que no vuelven se quedan con ellos para siempre. Los guardianes les enseñarán cosas maravillosas. Artes ante las cuales fabricar un arco o tejer una manta son simples niñerías –Kilorne sonrió ampliamente-. Y yo sé que tú quieres ir. Tu espíritu es demasiado grande para la empalizada de los Flechas Negras, quiere expandirse, ver la leyenda con sus propios ojos. Es por eso que vas al bosque ¿verdad?. Son venados y conejos astados lo que encuentras, pero lo que buscas son tisares y leyendas. Deberás renunciar a nosotros si quieres encontrarlos.

Eso sería ser egoísta –el tono de Károbis era más revelador que de culpabilidad.

¡Eso es!. ¡Debes ser egoísta!. ¡Estamos orgullosas de decir que eres un Flecha Negra!. ¡Sé tú mismo orgulloso!. ¡En la primera luna del año próximo ve al bosque de los colmillos de hielo y exige a los guardianes tu derecho a saber quién eres!.

El rostro de Károbis era un fiel reflejo de sus emociones. Kilorne pudo ver con sus expertos ojos cómo el entusiasmo del chico crecía ante aquella perspectiva.

Tú estás preparado desde el día en que naciste. Eres su hijo. Has vivido entre nosotros como un tisar más de la camada, pero allí está tu verdadera familia. Allí están las respuestas.

Volviendo la mirada hacia el tisar, Károbis adelantó el mentón y preparó su mente para el cambio que aquello operaría en su vida para siempre.

Recuerda, Károbis. Sé egoísta y orgulloso, pero por encima de todo mantente fiel al espíritu del tisar.

El espíritu del tisar... –repitió con un decidido asentimiento.

Nunca podré agradecerte lo bastante cuanto has hecho por mí, Absino.

Sí puedes: ve allí y demuestra que hemos hecho un buen trabajo contigo.

La despedida fue corta en todos los casos. Había llegado la primera luna del año y los jóvenes dispuestos a ir en busca de leyendas se habían congregado a la salida de la aldea. Nadie hizo esfuerzo alguno por desanimarles. Károbis estaba entre ellos, entre chicas y chicos de su estatura y con dos veces su edad. Él acaparaba una gran parte de la atención de los Flechas Negras ya que pronto sabrían si los guardianes apreciarían el modo en que le habían criado.

A modo de silenciosa despedida, Absino tomó su cuchillo de caza y lo tendió a Károbis como tantas veces había hecho. – Siempre hiciste buen uso de él. Que te siga sirviendo a donde quiera que vayas.

Con aquel cuchillo al cinto, Károbis inició su marcha. Partía para no volver, estaba decidido a ello. Si según Kilorne eran los guardianes quienes habían de darle respuestas, de ellos las obtendría. Debía ser orgulloso, debía ser egoísta. Con él marchaban dos chicos más y trece chicas que portaban el destino de generaciones y generaciones de Flechas Negras. Ser elegidos por los guardianes sería la perfecta culimación.

Neeri inició un hermoso cántico que fue haciéndose más y más inaudible en la distancia. Cantaba sobre el orgullo del tisar por sus cachorros y la valentía de éstos al separarse de su madre para crear su propia leyenda.

Tras varios días de camino se alejaron de las montañas y entraron en las llanuras boscosas azotadas por vientos capaces de helarte en el sitio mientras duermes y que congelaban el rocío en las altísimas ramas como hojas transparentes.

El bosque de los colmillos de hielo –dijo una de las chicas.

Ciertamente, los témpanos de hielo que pendían de los árboles parecían colmillos acechantes.

Será mejor no molestar a los árboles –susurró Károbis.

¿Por qué? –preguntó otro de los varones.

Ederea, la chica que había hablado en primer lugar, arrojó una piedra al árbol más cercano y los témpanos se desprendieron de sus ramas clavándose en la nieve a su alrededor como una mortal lluvia. – Por eso.

¡Detrás de nosotros! –se sobresaltó Károbis-. ¡Viene alguien!.

Todos aprestaron sus arcos y lanzas barriendo los alrededores con la vista. Károbis olfateó el aire.

¡Allí!.

No había nada donde Károbis señaló, no hasta que poco después un grupo de jóvenes apareció en la cresta de una loma y se dirigió hacia ellos. Eran aproximadamente de su misma edad y su aspecto no difería demasiado, pero no había ningún varón entre ellas.

Os saludamos. Somos de la tribu de las Garras Silbantes –dijo una joven.

Los Flechas Negras os saludan –respondió Ederea-. ¿Venís a lo mismo que nosotros?.

A esperar el reclamo de los guardianes, así es.

Hubo murullos entre las Garras Silbantes. Todas ellas miraban a los ojos de uno de ellos.

¿Tú eres el hijo de los guardianes?, ¿el que llaman Károbis?.

En efecto –respondió alzando la cabeza con arrogancia-. Vengo a reclamar mi puesto entre los guardianes y nadie me lo arrebatará.

Pasaron la primera noche allí, a las puertas del bosque. Durante el transcurso de la misma llegó otro grupo más, y por la mañana los jóvenes de otra tribu se les unieron en su espera. Károbis descubrió que la arrogancia era una especie de juego que gustaba de interpretar. Nunca se había detenido a considerar cuán superior era a todos los demás, empezando por el hecho de que había visto sólo cinco inviernos, pero Kilorne le había dicho que fuera orgulloso y no desoiría su consejo.

Pasaron varios días hasta que candidatos de todas las tribus se hubieron reunido allí. Entre tantos jóvenes y sin la sabiduría de adultos que refrenara su ímpetu se iniciaron no pocas rencillas. El espíritu de cazadores y leñadores se tornaba poco a poco en el espíritu de guerreros enardecidos por la impaciencia. Pero nadie se atrevió a entrar en el bosque.

Károbis se despertó el primero aquella mañana arropado bajo pieles de sus presas. Le había despertado un sonido particular, diferente, un largo y grave gemido. - ¡La llamada de los guardianes!.

A su voz varios más se despertaron y permanecieron en silencio con las miradas al cielo para oír mejor. Parecía el sonido de un cuerno de caza y sin duda venía del interior del bosque. Los guardianes les llamaban.

El camino era tortuoso y escalofriante. No había vereda ni paso a seguir y su única guía era el cuerno que seguía resonando. Cada grupo avanzó unido. La mayoría estaban asustados por aquel lugar. Buscar leyendas había perdido en aquel momento gran parte de su emoción pero la recuperaría con creces, nadie dudó de ello.

Károbis iba en cabeza de los Flechas Negras, bailando con los árboles como Absino le enseñó. Aquellas lecciones le eran especialmente útiles allí ya que...

Ederea vio a Károbis hacer un gesto hacia ella, tan rápido que lo único que distinguió fue aquella mano atrapando un témpano caído justo antes de que le diera en la cabeza.

Ten más cuidado –susurró enseñándole el afilado cono de hielo-. Estos colmillos pueden mordernos como los de un tisar a su presa.

Ella, aún sorprendida, asintió como pudo en agradecimiento tanto por su gesto como por su consejo. En aquel momento el viento arreció con molestas ráfagas que les azotaban de frente. Károbis pensó que estaban ya cerca y aquel vendaval era una especie de prueba de los guardianes para desalientarles, pero no harían retroceder al protegido de Absino con un poco de viento. Las ramas se agitaron furiosamente y dejaron caer sus puñales helados, que volaron como flechas casi en horizontal.

¡Cuidado!.

Un témpano se hundió en la carne del hombro de Naedali. Ella chilló y, dejando caer su arco, intentó sacárselo. Lorna se lanzó sobre ella y la apartó antes de que tres más de aquellos colmillos de hielo cruzaran el aire donde había estado instantes antes.

Otro grito de dolor; Okoi tenía un témpano clavado en el muslo. Ella y Amnotek iban en último lugar.

¡Amnotek, sácala de ahí! –gritó Ederea.

Pero el joven leñador no hizo caso. Okoi miraba arriba cegada por el viento, intentando prever el próximo puñal al tiempo que tiraba del que tenía en la pierna con un sollozo a punto de aflorar. Ederea estaba por retroceder para ir por ella cuando Károbis pasó a su lado como una exhalación esquivando árboles y Flechas Negras con movimientos tan ágiles como el propio viento. El Tigre Sangriento derrapó en la nieve junto a Okoi girando en redondo y levantándola del suelo. La dejó al pie de un arbol.

¡Resguardáos tras los árboles! –gritó a los demás-. ¡Debéis aguardar a que el vendaval amaine!.

Sin embargo, Károbis siguió avanzando.

¡Si tú continúas entonces yo también! –le gritó Ederea cuando volvió a pasar junto a ella-. ¡No tomarás la delantera tan fácilmente!.

No respondió a eso. Siguió adelante, avanzando desde detrás de un tronco hasta el siguiente contra el formidable muro etéreo. Poco después se dio cuenta de nadie se había detenido. Incluso Okoi y Naedali seguían adelante ayudadas por las demás. Más adelante empezaron a encontrar cadáveres. Eran de la tribu de los Lanzas Largas, que se habían dado demasiada prisa en atravesar aquel peligroso bosque y no habían podido evitar que los colmillos de hielo les mordieran. Károbis contó cuatro, tres de ellos heridos mortalmente en la cabeza y otro con un témpano clavado en el corazón.

Por la noche el bosque estaba mucho más tranquilo. Todas estaban exhaustas pero nadie quería permitir que Károbis, como de costumbre infatigable, siguiera adelante sin ellas. Él, por su parte, llevaba a Okoi cargada a la espalda. La chica estaba consciente pero la larga caminata la había agotado a ella y a Gai’dhan, quien la había ayudado desde que se hirió. Podía oler su sangre; le había forzado a contener su sed todo el camino.

Cuando la oscuridad era ya total Károbis se detuvo. El resto también pero fueron incapaces de mantenerse en pie. Con sumo cuidado recostó a Okoi contra un árbol y se alejó en busca de leña para un fuego. Nadie tuvo fuerzas para ir a ayudarle.

¿Por qué te detienes ahora? –oyó mientras partía algunas ramas con sus manos.

Ederea estaba tras él, apoyándose en un tronco, con su cansado aliento formando voluminosas nubes blancas desde su boca.

Deberías estar descansando –le respondió.

Pero tú no.

Sabes de sobra que no. Soy...

...un hijo de los guardianes. Por eso mi pregunta. Si no estás cansado, ¿a qué te detienes?.

Si no me detengo ninguna Flecha Negra lo hará y acabaréis muriendo de cansancio. Voy a pasar el resto de mi vida con los guardianes; ya tendré tiempo de ser egoísta.

Para cuando Károbis encendió la hoguera quedaban ya muy pocas de su tribu despiertas. Colocó sobre la ascuas dos conejos astados y un ave que ellos conocían como piquiblancos, que había cazado con su arco y que complementarían las viandas que cada una llevaba. El día había sido como una travesía por el infierno pero le había ayudado a descubrir realmente su poder, el poder que fluía por sus venas y que podría revelar por completo al final de aquel viaje. Poder de ayudar; poder de mantener; poder de salvar. Allí, cerrando un círculo alrededor de la fogata junto con sus hermanas y hermanos, Károbis se sentó. No quería dormir. Sentía un leve peso sobre hombros y muslos pero apenas podía reconocerlo como cansancio. Se quedó allí contemplando el brillante baile del fuego como si buscara ver algún retazo de su ansiado y desconocido futuro. Había miembros de otra tribu cerca; aún sin volver la vista podía identificarlas por el olfato. Eran las Garras Silbantes, habían usado ramas de pino para su hoguera. Olió también su miedo, era intenso y no entendía porqué le resultaba embriagador. También olía la sangre de Naedali y la de Okoi, que le había manchado la mano mientras la llevaba a cuestas.

Tres Flechas Negras ya no estaban con el grupo. Él sabía en qué momento se habían rendido y dado media vuelta: cuando los témpanos hirieron a sus dos camaradas. Las dos heridas, por el contrario, no habían dicho una sola palabra de rendirse ni de volver atrás. Okoi estaba tendida donde la había dejado con sólo su corta cabellera negra asomando de las pieles y mantas y Naedali estaba siendo atendida por su hermana mayor Lorna, quien sonrió al ver el estado de su hombro y volvió a vendarla dándole ánimos.

Ederea se había tumbado y luchaba por no dormirse, segura de que si lo hacía Károbis reanudaría la marcha. Por otra parte no tenía ni idea de qué esperaba conseguir con eso. Károbis no se dormiría antes que ella, de eso no había duda. Los ojos del joven cazador emitían un brillo animal ante el fuego, un fascinante fulgor casi mágico. Eran como los ojos del tigre de las montañas, inspiraban el mismo temor y respeto. Le vio tragar la sangre de los conejos del cuenco en que la había vertido antes de ponerlos a asar. Después su mirada se cruzó casualmente con la de Amnotek e inmediatamente se dio la vuelta con un gesto de desprecio.

¿Te has dado cuenta? –dijo Károbis al cercano Amnotek desviando su indeseada atención de Ederea-. El cuerno no ha dejado de oírse ni por un insante. Los guardianes deben de ser gente de gran fuerza, seguro que la utilizan para cuidar de los suyos, como hacemos nosotros.

Ante la clara acusación que se le hacía, Amnotek se giró y Károbis, sin haberle devuelto la mirada, mostró los enrojecidos dientes al fuego en una sonrisa.

A la mañana siguiente Amnotek alzó la cabeza y descubrió a Károbis sentado ante el fuego exactamente del mismo modo en que estaba la noche anterior, pero se había dormido. El sol ya había salido casi en su totalidad y su calor resultaba vivificante. Rápida y silenciosamente recogió sus cosas y se dispuso a reemprender la marcha.

Primero abandonas a Okoi a merced de la ventisca y ahora nos abandonas a los demás.

Károbis no estaba dormido.

Yo llegaré antes a los guardianes y me harán uno de los suyos –le respondió-. Tú eres estúpido caminando junto a las demás. Te retrasarán cuando podrías llegar antes que nadie. Vamos, Károbis, ven conmigo y...

Buena suerte, Amnotek.

Durante aquella mañana las Flechas Negras tuvieron que seguir atravesando bosque con un miembro menos. Algunas de ellas, especialmente Lorna, reprocharon a Károbis el haber dejado marcharse a Amnotek pero él sólo respondía con sonrisas mientras seguía caminando. Cuando reiniciaron la marcha las Garras Silbantes aún estaban dormidas.

El viento era ahora suave pero de vez en cuando arreciaba y el grupo entero se ponía en guardia atento a los colmillos de hielo. El suelo estaba lleno de huellas de otras tribus, y tambien de Amnotek. Károbis podía distinguir su rastro de los demás, aunque no tenía ni idea de cómo; sencillamente era capaz de resaltar sus huellas en su mente.

Vaya... –soltó Károbis con fastidio al ver lo que tenían delante.

El terreno caía en un altísimo precipicio. La pared era rocosa pero sin duda escalable porque allá abajo aún podían ver algunos que la habían bajado y continuaban adelante, aunque se les veía muy pequeños. También había algunos cadáveres despeñados.

¿Hemos de ir por ahí? –preguntó Okoi, a la espalda de Gai’dhan, con desaliento.

Me temo que sí –Károbis dirigió una preocupada mirada a Naedali y su hombro herido.

Entonces aquí termina mi camino –sentenció Okoi.

¿Por qué?.

¡No puedo bajar ahí con esta pierna, Károbis!.

Yo puedo bajar a una de vosotras pero dos me estorbaréis demasiado.

Yo llevaré a Naedali –declaró Lorna dando poca opción a una negativa.

Naedali, tímida como era, no se negaría, pero las demás no consentirían que Lorna se arriesgara a...

Yo puedo bajar por mí misma, Lorna –dijo Naedali con poca voz.

¿Con ese hombro?.

Si vas a bajar por tus medios átate a alguien –sugirió Károbis-. Así si te caes...

Arrastrará a alguien más a la muerte –cerró Lorna.

Entonces que se ate a dos.

¡Dejad de decir bobadas! ¡la bajaré yo!.

¡Puedo bajar por mí misma! –repitió Naedali-. ¡Nadie me va a bajar si aún puedo valerme sola!.

Lorna contuvo un gesto apretando los puños. – Muy bien, como quieras, pero entonces te ataremos entre Károbis y to.

Gauyon, el otro chico que quedaba, se adelantó. – Károbis ya tendrá suficiente llevando a Okoi. Yo me ataré a ella.

Lorna miró a Gauyon de arriba abajo como si no fuera aquel el chico con quien había jugado y crecido durante catorce inviernos. Sólo confiaba en la fuerza de Károbis para sostener a su hermana en caso de que cayera, pero lo que decía Gauyon también era cireto; no podían abusar del Tigre Sangriento así.

Bien –asintió Károbis-. Ya seréis dos para sostenerla si cae. ¿A qué esperamos?.

Sin dar tiempo a respuesta por parte de nadie, Károbis se metió el arco por la cabeza, se echó a Okoi a la espalda, ató sus cuerpos con cuerda, se sujetó al borde del precipicio y saltó arrancando un grito de la sorprendida Okoi. Las demás le vieron descender varios metros por la pared de roca hasta que Ederea empezó a arrojar su arco y cualquier otra cosa que pudiera entorpecerla por el precipicio. Si seguía enteros cuando llegaran abajo, los recogería. Naedali dejó caer todas sus cosas y se ató a la cintura los extremos que Gauyon y Lorna se anudaban a su vez.

Károbis descendió sin prisas, tanteando los posibles apoyos con un pie, afianzándolo, asegurándose de que no se desprendería al apoyar todo el peso y buscando el siguiente. La pared era sólida, había escaso peligro.

¿Tienes los ojos cerrados? –preguntó Okoi con horror.

Sólo quiero comprobar si puedo hacerlo sin ver.

¡Compruébalo cuando no tengas a nadie atado a tí!.

Tranquila; puedo hacerlo –respondió sonriendo-. Además así no tengo que esforzarme en mirar abajo.

Al oírle ella estrechó aún más sus brazos alrededor de Károbis con un juramento.

Despacio, Naedali –advirtió Gauyon-. No tenemos ninguna prisa por llegar abajo antes de tiempo.

Asegura bien los agarres –intervino Lorna.

La chica no respodió. Su rubia melena caía ocultando su rostro a los otros dos, que descendían a cada lado de ella más pendientes de los cabos que les unían que de sí mismos. No podía extender su brazo herido hacia arriba, pero sí hacia abajo.

Károbis empezó a hablar para tranquilizar a Okoi, quien había undido la frente en su hombro. – Ojalá alguien nos hubiera advertido de esto. Si lo hubiera sabido habría traído la cuerda suficiente para bajar.

No creo que haya cuerda suficiente en el mundo para bajar esto. Sólo concéntrate en lo que haces, por favor.

Tú ya estás lo bastante concentrada por los dos –Károbis rió.

Cuando llegaban a lo que debía ser el punto medio la pared empezó a inclinarse facilitando las cosas.

Károbis, ¿por qué haces esto?.

¿El qué?.

Bajarme. Te estoy muy agradecida, pero no entiendo porqué quieres seguir al ritmo de un grupo que es claramente inferior a tí y que además carga con dos heridas cuando a estas alturas podrías haber bajado ya y estar a media mañana de aquí.

Ayer Ederea me preguntó lo mismo. Te han venido las ganas de hablar de repente ¿eh?. Me alegro, empezaba a sentirme solo.

Sentirse solo descendiendo una pared casi vertical con una persona a la espalda. Okoi tuvo que sonreír.

Ya sabes que Kilorne habló conmigo la noche antes de salir. Dijo que debía mantenerme fiel al espíritu del tisar y el tisar cuida de los suyos cuando le necesitan.

Al menos Naedali no parece tener problemas...

Ha tenido más suerte. Sólo tiene una herida en un hombro.

Supongo que s...

Károbis perdió pie y quedó por un momento suspendido sólo de sus manos.

¡Károbis!.

He resbalado.

¡Ya veo que has resbalado! ¡ten más cuidado!.

¡Károbis! ¿estás bien? –preguntó Ederea desde arriba.

¡He resbalado! –respodió-. ¡Tened cuidado!.

Cuidado, Naedali, la pared está resbaladiza más abajo –advirtió Lorna.

¡Lo he oído, déjame en paz! ¡he dicho que puedo hacer esto yo sola!.

Gauyon rió disimuladamente.

Vaya, vaya. Mira quién está ahí.

Okoi alzó la vista al oír al Tigre Sangriento. Vio gente asomada al borde del precipicio. - ¿Son las Garras Silbantes?.

Ajá. Son perezosas, pero valientes.

El descenso continuó. Las Garras Silbantes tuvieron la precaución de no descender justo encima de ellos.

Al menos si caen no arrastrarán a ninguna de nosotras –dijo Okoi.

Ya poco importa. Debemos de estar llegando ¿no?.

Sí, ya falta poco. ¿Cómo lo sabes con los ojos cerrados? ¿y cómo sabías que las Garras Silbantes estaban ahí?.

Supongo que calculando la distancia y observando la velocidad a la que bajamos. En cuanto a ellas, las oigo hablar.

¿Desde aquí?.

Sí, pero no tan bien como para entender lo que di...

De repente Lorna resbaló y cayó al vacío descubriendo la facilidad con que se podía perder todo contacto con la pared. La cuerda se tensó, Lorna se golpeó contra la roca y su peso hizo resbalar a Naedali un par de metros hasta que la cuerda que le unía a Gauyon la detuvo y ella volvió a afianzar su posición en la pared con su hermana colgando de ella.

¡Naedali, Lorna, agarráos! –gritó Gauyon descendiendo hacia la hermana menor.

Pero cuando Gauyon acortó la distancia Naedali volvió a resbalar. La cuerda era lo único que impedía que cayera.

¡Coged a Lorna! –clamó ella.

La hermana mayor colgaba a plomo. Su cabellera cobriza se había teñido con un mechón rojo y todo su cuerpo arrastraba a los otros dos hacia abajo. Gauyon empezó a sentir que sus dedos se lastimaban con la roca y eran incapaces de resistir.

¡Daos prisa!.

Dos Flechas Negras se movieron lateralmente a ambos lados de Lorna para cogerla. Demasiado tarde. En cuanto Gauyon cayó Naedali y Lorna también. Las demás se pegaron a la pared con todas sus fuerzas para evitar seguirles a la muerte. Las cuerdas pasaban muy cerca de ellas amenazando con lanzarlas al abismo. Okoi les vio venir desde arriba y ahogó un grito con la cerceza de, a la espalda de Károbis, sobresalía lo suficiente para ser arrastrada.

Károbis reaccionó separándose de la pared y siendo él quien recibiera en pleno pecho la cuerda que unía a Naedali y Gauyon. Su arco, atravesado como lo llevaba, se partió y él se deslizó hacia abajo con sus manos y piernas arañando sonoramente la roca. Apretó los dientes y un gruñido escapó entre ellos mientras forzaba sus manos al máximo posible. Se detuvo poco después con los otros tres colgando de él. Sus dedos y rodillas habían dejado un rastro de sangre por la pared, pero se habían afianzado de nuevo justo antes de que Lorna se estrellara contra el suelo.

Dioses... –susurró Ederea.

Colgados por la cintura por encima de Lorna, Gauyon y Naedali levantaron la cabeza hacia su salvador completamente incrédulos.

Cuando el resto llegaron abajo Naedali cuidaba de Lorna y de la brecha que se había abierto en la frente y Gauyon deshacía el nudo que unía a Károbis y Okoi mientras el Tigre Sangriento se miraba las manos absorto.

Mi sangre... –decía-. Nunca había visto derramar mi propia sangre.

Sus dedos se habían lacerado en incontables lugares y el fluido más rojo que Károbis había visto en su vida se derramaba por las heridas. Gauyon deshizo el nudo y Okoi cayó directamente sentada tras su voluntario porteador.

Es la sangre de un héroe –afirmó el joven con gran reverencia-. Nos has salvado de la muerte aún a riesgo de tu propia vida.

Y de la mía –añadió Okoi con molestia.

Károbis se lamió la palma de la mano. Gauyon le vió tragar y hacer una mueca extraña, sorprendida, luego se apresuró a vendarle ambas manos con tejido de lino. Examinó sus brazos y su pecho, donde la cuerda le había alcanzado, pero apenas tenía algunas magulladuras y astillas de su arco que se le habían clavado y que extrajo con celeridad. Károbis pareció despertar y asintió en agradecimiento.

Ederea puso los pies en tierra con evidente alivio y se quedó un momento mirando los cadáveres que había alli pensando que los de sus tres camaradas podrían haberse unido a ellos de no ser por el Tigre Sangriento.

Tras un respiro siguieron adelante por un terreno con mucha menos vegetación. Montañas coronadas de blanco habían empezado a surgir en el horizonte y el reclamo de los guardianes era ahora mucho más claro.

Gauyon había asumido ahora la tarea de llevar a la inconsciente Lorna a la espalda. Naedali ayudaba a Okoi quien había insistido en caminar, y de ese modo se apoyaban la una en la otra. Károbis seguía yendo a la cabeza seguido de Ederea. El vendaje de sus manos no estaba muy ensangrentado.

Para tener por nombre Károbis sangras muy poco –dijo Ederea.

Aquello le arrancó una risa.

Pero si algún Flecha Negra resulta digno de ser aceptado por los guardianes, Károbis será su nombre.

¿Cuánto crees que nos falta? –preguntó él.

No lo sé. Medio día de camino, un día, una semana...

No podemos estar tan alejados de ellos. ¿Cómo sería posible si no que oyéramos su cuerno?.

Si es que es un cuerno.

Károbis aspiró profundamente. – Amnotek no está lejos.

¿Puedes olerle?.

Asentimiento. – Y veo su rastro.

Ederea miró al suelo para sólo ver nieve pisoteada.

Károbis se detuvo de repente. – Aquí hay algo más... ¡quedáos aquí!.

Echó a correr. Ederea le llamó e intentó segurile, pero él era mucho más rápido.

¡Amnotek! ¡Amnotek! –gritaba él.

¡Károbis, espera!.

Cuando encontraron a Amnotek éste les estaba esperando con cara de sorpresa.

Vio aparecer primero a Károbis y luego a Ederea. Había oído los gritos de Károbis y se había detenido en el acto. - ¡Károbis! ¿has decidido al fin dejar atrás...?

¡A tu izquierda!.

Amnotek se volvió para ver una masa blanca acercarse con aterradora y silenciosa velocidad. Algo sesgó el aire y se sintió depedido con fuerza inusitada hasta quedar dolorosamente sentado al pie de un árbol. Su vestimenta estaba destrozada a la altura del pecho y se había vuelto roja. Poco despues comprendió que no todos los jirones que estaba viendo eran ropa.

El oso había aparecido de la nada. Se irguió a la altura de dos hombres sobre sus patas traseras y lanzó un rugido escalofriante a través de sus colmillos. Sus ojos eran pequeños y redondos como puntas de flecha y miraban con salvajismo a Károbis y Ederea sopesándolos como posibles intrusos en su caza.

¡Espíritu del tisar, protégenos! –murmuró Ederea sin atreverse a hacer nada más.

El oso avanzó hacia ellos y el miedo ciego e irracional que le tenía a aquellas bestias la forzó entonces a retroceder.

El oso era la criatura más temida de aquel mundo. Una fuerza brutal, depredadora e inmisericorde puesta allí por los dioses. Cazar a un oso era muestra de gran valor, pero se necesitaban muchos más de los que estaban allí para lograrlo. Károbis miró un momento a Amnotek y empuñó el cuchillo de Absino sintiendo cómo el dolor aumentaba al cerrarse sus dedos en torno a la empuñadura. Los apretó con fuerza hasta que su sangre empezó a supurar del tejido del vendaje y entonces se lo pasó por los labios.

¿Qué estás haciendo?.

A los dos nos atrae la sangre ¿verdad? –Károbis no se dirigía a ella.

El oso dirigió su atención inmediatamente hacia Károbis. Una presa herida le era mucho más atractiva. Más aún si la propia presa se acercaba a él como hacía aquella.

Sí... el olor de la sangre... apenas podemos resistirnos a él...

El tono del cazador se había vuelto lo bastante siseante como para sobresaltarla tanto como el propio oso pero Ederea se forzó a tensar su arco. Nunca el pulso le había fallado con tal brutalidad. Sus manos temblaban tanto que, a pesar del tamaño del oso, no se atrevió a soltar por miedo de herir a Károbis.

Gauyon y varias más aparecieron tras ella y, al ver la escena, quedaron tan petrificados como Ederea. Károbis estaba amenazando a un oso con un cuchillo de caza. Aquella lucha estaba decidida de antemano.

Dispara –ordenó el propio Károbis sin volverse.

Aguardó respuesta pero ella no la dio.

¡Ederea, dispara! –repitió furioso.

¡No... puedo hacerlo!

¿Por qué el oso no había atacado ya?. Aquella pregunta torturaba los ojos de las Flechas Negras. La bestia y Károbis parecían enzarzados en un duelo. El cazador causaba ese efecto siempre que lo quería entre los miembros de la tribu, pero aquella era una bestia salvaje.

El oso no quiso esperar más. Su carga fue atronadora, como una tormenta blanca rugiendo con sus truenos y azotando el aire con sus garras y colmillos a modo de relámpagos. Károbis aguardó agazapándose muy lentamente, de un modo casi imperceptible. Empuñaba el cuchillo con el filo hacia abajo como Absino le había enseñado. Siempre le habían enseñado a huir de los osos, sin embargo esa no era ahora una opción con Amnotek incapaz de moverse. Un tisar no abandona a los suyos.

Vieron a Károbis correr en una contracarga suicida. Gauyon preparó una lanza para arrojarla. Casi al mismo tiempo a Ederea se le escapó la flecha, enviándola directamente hacia la espalda de Károbis.

Oyó la flecha hendir el aire hacia él. Por fortuna aquella era una de las trayectorias que había pervisto.

La bestia trazó un arco por la izquierda con su garra del tamaño de la cabeza de un hombre y el cazador se revolcó hacia ese mismo lado pasando justo por debajo del brazo peludo. Al hacerlo esquivó también la flecha, que se clavó profundamente en el ancho pecho del animal. Károbis le asestó un tajo de revés a una de las piernas, un sesgo limpio que cortó la carne con una facilidad pasmosa y desató una pequeña cascada carmesí. El oso se volvió sin acusar ninguna de las heridas y su brazo del tamaño de un tronco le golpeó, apartándole brutalmente. Károbis hundió los talones en la nieve resistiéndose a caer y dejando dos surcos ante sí, pero su brazo estaba marcado por cuatro profundas hendiduras.

Cuando el oso hubo hecho a Károbis a un lado, Gauyon y otra Flecha Negra arrojaron sus lanzas a la vez que otras disparaban con sus arcos.

La bestia se quejó al recibir la andanada en el costado y entonces Károbis se lanzó sobre ella hundiendo su hoja en el cuello blanco. Apretó hasta que su mano hubo desaparecido en el interior de la herida y entonces tiró hacia fuera provocando una explosión de sangre y carne. El oso le había rodeado con sus brazos pero se aferró con la otra mano al pelaje y pasó ágilmente sobre su hombro, evitando sus fauces, para encaramarse a su espalda desde donde rebanó lo que quedaba del cuello de la gorgoteante bestia.

Otra flecha acertó en el vientre de aquel ser ya muerto que se desplomó hacia delante como un árbol talado. Aún subido a su espalda, Károbis le rodeó la cabeza con los brazos y pugnó por romperle el cuello. Nadie se le acercó. Las Flechas Negras acudieron junto al maltrecho Amnotek, pero Gauyon y Edrea quedaron atónitos viendo cómo el Tigre Sangriento peleaba aún con el cadáver de su oponente. El chico, sólo un poco menos aterrado que la chica, dio un paso adelante justo a la vez que la cabeza del monstruo se desgajaba merced a la fuerza de Károbis, quien la levantó lo más alto que pudo y lanzó un grito ensordcedor a lo largo de todo el valle bañándose en la cascada de sangre que caía. Sus azules ojos de tisar estaban inyectados en sangre. Su voz viajó como un torrente hasta las montañas; todos y cada uno de los grupos de aspirantes oyeron el pavoroso rugido y agacharon la cabeza temerosos de que un rayo les alcanzara.

La lucha había estado realmente decidida de antemano, pero no a favor del oso. Nada pudieron hacer por Amnotek. Le enterraron a un lado del camino, atención que ninguna otra tribu había tenido a juzgar por los cadáveres que habían encontrado y que encontrarían más adelante. Dejaron el cuerpo desollado del oso cerca de su tumba para que los depredadores la dejaran en paz. Károbis no diría ni una palabra; ni tan siquiera reclamaría para sí la piel del oso, que fue rápidamente repartida entre los demás; sólo quiso quedarse con el cráneo, que desde entonces pendió de su cinto como trofeo, y la sangre, que recogió en su odre. Desde entonces Károbis fue visto en todo momento con una sombra de miedo. Nadie se atrevió a acercársele. Encontraron más víctimas de los osos que al parecer habitaban aquel valle pero no volvieron a ver a ninguna de aquellas bestias, que seguramente se ocultaban del peligro de un ser que se había revelado más temible que ellos.

Al anochecer, al principio de un amplio claro, encontraron un gran grupo de varios jóvenes de las otras tribus. Eran muchísimos menos de los que habían empezado; el valle de los osos y los precipicios les habían diezmado.

Eran tres. Tenían brazos y piernas como ellos, pero no eran como ningún hombre o mujer que hubiera visto. No se apreciaban músculos bajo su piel ni rasgos en sus rostros, sus hombros eran como montañas y su altura era algo sobrecogedor. Estaban pintados de blanco y con rayas azuladas y les acompañaba una manada de tisares adultos. Estaban al otro lado del claro, completamente inmóviles y ninguno de ellos tenía un cuerno en las manos a pesar de que el sonido seguía oyéndose.

¿Son guardianes de las montañas? –preguntó Lorna, que ahora tenía la frente vendada con un retazo de la vestidura de su hermana.

¡Sí, tienen que serlo! –se alegró Gauyon sin alzar la voz-. ¡Lo hemos conseguido!.

Uno de los Lanzas Largas, de los que sólo quedaban cuatro chicos, se volvió hacia ellos con lentitud. - ¿Viene alguien detrás de vosotros?.

Se había dirgido a Károbis, pero no obtuvo respuesta.

Las Garras Silbantes –contestó Ederea.

Si es que logran pasar por ese valle infestado de...

Las palabras de la Flecha Negra fueron interrumpidas por el silencio. El cuerno había dejado de sonar. Una de las figuras del otro lado del claro estaba caminando hacia el centro en solitario. A pesar de parecer rígidos, sus miembros se movían como los de ellos. Los tisares se mantuvieron a su altura con su ostentoso paso. Se detuvieron en el centro del claro. El guardián se cubría con un manto de piel de tisar.

Ése debe de ser el jefe –susurró Naedali.

¿Pero qué son? ¿hombres, mujeres...? –inquirió su hermana confusa por su extraño aspecto.

Son enormes... –dijo otra.

Realmente, ahora que estaba más cerca pudieron hacerse una idea de sus verdaderas proporciones. Era una idea sencilla: el más alto de todos ellos apenas lograba alzar la cabeza a la altura del bajo vientre del guardián.

La boca del guardián estaba permanentemente abierta en una especie de triángulo oscuro. Sin embargo alzó los brazos ceremonioso y habló. – Habéis llegado hasta este lugar sagrado y eso demuestra que poseéis la valentía y la fuerza del tisar –dijo con voz de mujer y atronadora claridad-. Ahora se verá si estáis dotados también de su espíritu.

Hablaba con la dureza de una madre y sus palabras compensaban ya de por sí aquel penoso viaje. Todos dispusieron sus mentes a afrontar aquella última prueba, fuera cual fuera.

Todo aquel que se crea digno, que me siga. Si el espíritu del tisar están con él o ella, los tisares le permitirán el paso. Todo aquel que sea rechazado deberá volver a su tribu, pues sólo los fuertes de cuerpo, mente y espíritu pueden ser guardianes de la galaxia.

¿Guardianes de qué, ha dicho? –preguntó alguien entre susurros.

¿La galak’sia? –dijo otra-. ¿Qué significa?.

Habrá que seguir adelante si queremos averiguarlo –respondió Gauyon.

Dándose media vuelta con ceremoniosa lentitud, el guardián deshizo el camino hacia los otros dos y se hizo visible una extraña forma adosada a su espalda, como una mochila echa del mismo material rígido que el resto de su cuerpo. La manada de tisares permaneció donde estaba formando una línea ante ellos. El tisar siempre había sido una figra protectora y amigable pero en aquel momento había muchos que desconfiaban incluso de toda una vida de cultura e historias, embrutecidos por el penoso viaje.

Los Lanzas Largas fueron los primeros en adelantarse. Caminaron despacio pero firmemente. No aprestaron sus lanzas pues la idea de herir a un tisar no era concebible por sus mentes. Después de todo lo que habían pasado, era incluso reconfortante verlos. Sin embargo en cuanto el primero quiso pasar entre ellos éstos le cerraron el paso, y los otros tres fueron recibidos de igual manera. Los tigres no hicieron gesto amenazante alguno, simplemente les impidieron continuar. Todos se dieron cuenta de a qué se refería el guardián: ninguno de los Lanzas Largas era digno. Uno de ellos se adelantó aún más, pero el animal más cercano le interceptó y rechazó con un golpe de hocico de aspecto inocente pero que le hizo retroceder dos pasos. Miembros de otra tribu lo intentaron a su vez, pero los tisares sólo dejaron pasar a tres chicas de entre todos ellos y, en actitud de rendición, los Lanzas Largas se retiraron.

En una extraña procesión la tribus desfilaron por el claro sometiéndose al juicio de los tigres de las montañas. A muy pocos se les permitió continuar y casi siempre eran los varones los rechazados. Cuando les llegó el turno a los Flechas Negras, Károbis fue el primero en echar a andar. Mantuvo la cabeza alta al acercarse a los tisares y, para sorpresa de todas sus compañeras, éstos le cerraron el paso. Károbis bajó la mirada hasta los ojos del que tenía delante. No había sido entregado a su tribu, criado durante años, aprendido del más grande cazador, la más sabia anciana y la más valerosa jefa de tribu y llegado hasta allí a través de un camino lleno de peligros para ahora ser rechazado. Un rugido empezó a escucharse desde su garganta y sus ojos empezaron a teñirse de rojo una vez más. Entonces el tisar se apartó de él con movimientos de nobleza y serenidad, algunos incluso creyeron ver un asentimiento en la actitud del animal.

Károbis siguió caminando. Lorna, Naedali, Gauyon, Okoi, Lekara y Gai’dhan le siguieron sin ser molestadas, pero Ederea y las demás no pudieron seguir. Fueron dejadas atrás en doloroso silencio y, junto con aquellos que no lo lograron, tuvieron que ver cómo sus camaradas se perdían en una repentina niebla con los guardianes ante ellos y los tisares detrás.

El Lanza Larga se volvió hacia Ederea y contempló el camino que se le haría ahora doblemente infernal. Comprendió entonces porqué ninguno de los que regresaban decían palabra alguna sobre lo que había vivido y porqué él tampoco lo haría. Había fallado. Su orgullo personal estaba ahora destruido y tardaría tiempo en reconstruirse. - ¿Por qué? –se preguntó en voz alta con las cejas encogidas por la tristeza-. ¿En qué hemos fallado?. Los Lanzas Largas fuimos los primeros en llegar...

Ederea negó en un sollozo. – No se trataba de llegar en primer lugar...

Caminaron durante un tiempo por detrás de los guardianes. No habían vuelto a dirigirse a ellos, pero qué importaba. Les habían aceptado. Ahora tendrían el honor de ser guardianes de las montañas, de compartir con el tisar su misión de protector.

Los miembros del grupo cuchicheaban entre sí. Alguien se preguntaba qué había sido de las Garras Silbantes ya que eran las únicas que no habían llegado al claro. Otras hacían sorprendidas menciones uno de los Flechas Negras, al cráneo de oso que llevaba y a sus ropas casi completamente cubiertas de sangre seca.

Creéis que esos guardianes fueron en su día miembros de alguna tribu? –preguntó Gauyon-. ¿Cómo se habrán convertido en eso?.

Estamos a punto de averiguarlo –respondió Károbis.

Luego el Tigre Sangriento se detuvo unos instantes y siguió caminando una vez sus camaradas le hubieron alcanzado. – No os dí las gracias por vuestra ayuda... –dijo acariciando su trofeo.

Todos los Flechas Negras sonrieron contentos.

Tú no necesitaste ayuda alguna –dijo Gauyon-. Le arrancaste la garganta tú solo.

El oso no sintió nuestras lanzas ni nuestras flechas, fue tu cuchillo lo que acabó con él. –dijo Lekara aferrada a sus largas trenzas cobrizas.

Al principio apenas pude moverme –Károbis llevaba la mirada fija en el suelo-. Había olido al oso, sabía que andaba cerca y que iba tras Amnotek, pero no pude acercarme a él a tiempo... tuve miedo. Cuando le ví allí tendido con el pecho desgarrado y su... sangre... no sé; fue como si mi espíritu saliera de mi cuerpo para dejar paso a otra cosa. Me veía a mí mismo frente al oso sin ser yo quien controlaba mi cuerpo ni mi voz la que salía por mi boca. Pero no quería luchar por volver a ser yo quien moviera mis músculos... creo que quería que esa cosa me guiara.

¿Qué cosa?.

Károbis cabeceó de un modo que a todos recordó a Kilorne. – Algo... dentro de mí.

De un modo que nadie pudo percibir, los tres guardianes se miraron entre sí.

Llegaron a otro claro donde todos vieron las tres cabañas más extrañas que ningún ojo había visto. No eran especialmente grandes, pero lo primero que acudió a la mente de la mayoría era que parecían pájaros de cabeza grande y con las alas detrás. No estaban hechas de madera o piedra y estaban pintadas igual que los cuerpos de los guardianes. Sus líneas eran angulosas pero precisas. Tenían una forma redonda sobre cada ala y otra más en lo alto del lomo, pero más larga, como un tronco liso y hueco. Se apoyaban sobre tres patas que habían hundido la nieve y en cada costado habían un rostro de tisar formado por rayas azuladas.

¿Cómo imaginar que cuando los guardianes les hubieron llevado al interior aquellas cabañas se levantarían en el aire?.

Cuando Károbis despertó se encontraba tumbado en el interior de otra rara cabaña. Las paredes eran lisas y blancas, tanto que sus ojos no se acostumbraron inmediatamente. Había luces flotando sobre él, las vio como soles blancos rodeados por una aureola de metal. Más cerca, a contraluz, había alguien; dos o tres personas. Tenía mucho sueño pero se forzó a permanecer despierto. Aquellos debían de ser guardianes y quería verles. Al intentar hablar se ahogó, había algo en su garganta que le hizo convulsionarse en busca de aire.

Estate quieto y no respires. No contengas el aliento, sólo deja de respirar.

Aquella voz femenina sonaba muy lejana, pero al obedecer sintió que no se ahogaba. Estaba atado de pies y manos y también le habían inmovilzado la cabeza y aunque no hubiera sido así se sentía demasiado débil para debatirse.

Estamos preparadas para la fase uno, señora –dijo la voz, pero no la entendió, no hablaba de un modo que pudiera comprender-. Fases dos y tres a la espera.

Más que hablar, aquello era una sucesión de sonidos sin orden a sus oídos.

Traedlo –contestó otra mucho más recia.

En el límite inferior de su visión vio que algo cambiaba de manos. Algo rojizo y carnoso.

¿Esperamos alguna complicación? –la segunda voz habló en tono interrogativo.

Las pruebas de compatibilidad han dado luz verde, señora –dijo la primera-. Debería ser viable aún siendo varón.

Es hijo de una de las nuestras y su nivel de desarrollo es el idóneo –apuntó alguien más asomando su oscuro rostro a sus ojos-. Presenta vestigios semifuncionales de hemastamen, biscopea, neuroglotis, órgano de Larraman, nodo catalepsiano, osmódula y, como podéis ver, su ocuglobo ha alterado la forma de la pupila pero su percepción visual no es mucho mejor que la de un humano corriente. Una vez determinemos cuáles de estos órganos deben ser reemplazados por versiones completas y llevemos a cabo el resto de implantes no prevemos problema alguno, señora.

Eso no es una garantía –reprendió la “señora”.

No logró comprender una sola palabra pero el siguiente silencio hizo que Károbis se pusiera aún más nervioso. Sólo permaneció despierto el tiempo suficiente para ver una mano alzando un pequeño cuchillo sobre su cuerpo.

Volvió a despertarse. Ahora estaba en pie, inmovilizado con los brazos en cruz. Había una ventana ante él a través de la cual veía pasar a mucha gente, pero una especie de lámina de hielo transparente aislaba los sonidos. La gente vestía túnicas blanquiazules. No eran tan gigantescos como los guardianes de las montañas pero era evidente su superior musculatura respecto a la gente normal.

Tenía la garganta libre, pero al intentar hablar tuvo que toser violentamente y escupir un par de veces. La sala era muy pequeña, apenas lo suficientemente ancha para mantenerle allí con los brazos extendidos. Su pecho tenía ahora dos cicatrices cruzadas ya cosidas y se dio cuenta de que un taparrabo blanco era la única vestimenta que le quedaba. Había un olor extraño y algo clavado en sus muñecas, como pequeñas serpientes transparentes por las que veía circular fluídos de varios colores hacia sus venas. Su corazón le golpeaba con fuerza en los oídos pero al poco se dio cuenta de que no sonaba normalmente. Tardó un poco en percatarse de que estaba oyendo dos latidos superpuestos.

Vociferó durante mucho tiempo con la seguridad de que ni siquiera la gente que pasaba a escasos dos pasos de él le oía. No sentía hambre ni sed, ni molestias. Uno de los individuos con túnica se había detenido para observarle y luego se había marchado tras dirigirle una sonrisa. Poco después vio a otro de ellos, un guardián de las montañas con su cuerpo liso y gigantesco. Sin embargo éste tenía cara, pelo y ojos; una cara de curtido cazador, un pelo y barba rojos como el fuego y unos ojos de tisar como los suyos pero amarillentos como resina de árbol. El guardián le sonrió afablemente, se señaló con un dedo y asintió un par de veces. Apareció otro junto al primero, también con cara humana y cuerpo de guardián, pero esta tenía el aspecto de una joven de cabello rubio y ojos más ocuros, como la miel, y le miraba a través de una sombría y profunda máscara de emociones contradictorias. Sonrieron y movieron la boca como si le hablaran. ¿Quiénes eran?, ¿qué era aquel lugar?, ¿se burlaban de él o era cierta la impresión que le daba de que aquellos seres le conocían?. Así se lo preguntó, pero poco después se fueron.

Pasado un rato más Károbis se sobresaltó ya que toda la pared que había frente a él desapareció hundiéndose en el suelo y dos de los hombres con túnica entraron.

¡Eh, eh! ¿quiénes sóis?, ¿qué me habéis hecho?, ¿qué es este lugar?.

Tranquilízate –le dijo uno de modo que pudo entenderle.

De repente el soporte al que le habían atado empezó a moverse como un pequeño carro; debía de tener ruedas.

¡Espera! ¿sabes hablar?. ¡Dime qué está pasando!, ¿porqué tengo estas heridas en el pecho?.

Todos saben hablar aquí, pequeño, pero lo hacen en una lengua que no conoces.

¿Una lengua que no conozco?, ¿qué significa eso?. ¿A dónde me lleváis?.

Tranquilízate –repitió-. Ahora estás en casa.

Le condujeron por una cueva blanca. A los lados podía ver a más gente crucificada a través de ventanas de hielo. Reconoció a varios que habían acudido también al reclamo de los guardianes.

¡Gauyon! –gritó. Poco después reconoció a varias más-. ¡Okoi! ¡Lorna! ¿qué les estáis haciendo?. ¿Qué nos váis a hacer?. ¡Hablad!.

La gente se apartaba a su paso. A un lado del camino vio a otra guardiana de las montañas. Había algo en ella que le resultaba familiar. Ambos se miraron intensamente al cruzarse como buscando su propio reflejo. Aquella guardiana tenía sus mismos ojos. Al cruzarse con ella se esforzó en memorizar aquel rostro. Tenía los carrillos levemente abultados de un felino y una mirada seria velada por su cabello gris. Ella siguió caminando devolviéndole la mirada por el rabillo del ojo y justo antes de que desapareciera de su campo visual volvió la cabeza con los ojos estrechados como si esperara algo de él.

Estuvo varios días, o al menos eso le pareció, retenido en una enorme habitación vacía. El resto de los Flechas Negras habían sido confinados con él. Ahora todos ellos tenían cicatrices similares en el pecho. Ya no estaban atados a nada, pero no podían salir de allí. Una ventana de hielo permitía a la gente de las túnicas mantenerles vigilados. Károbis se había dado cuenta de que aquello no era hielo, ya que no estaba frío ni se rompía. Lo había intentado varias veces en vano.

Me siento extraña –comentó Lorna.

Los guardianes habían curado sus heridas. Tanto las de Lorna como las de Naedali, Okoi y las suyas propias.

Yo también –dijo Károbis con un dedo sobre la vena del cuello-. Nos han hecho algo. Ahora siento dos latidos en mí.

Es cierto, yo también lo noto. ¿Por qué curan nuestras heridas y nos hacen otras?.

¿Os habéis fijado en los guardianes de aquí? –Gauyon estaba tendido en uno de los camastros.

Tienen cara –asintió Károbis.

No sólo eso, tienen ojos como los tuyos.

Károbis recorrió la gran habitación con la mirada. Era tan blanca y luminosa como las demás.

Al pasar las primeras semanas tuvieron lugar cambios sorprendentes en ellos. Todos estaban creciendo; tanto su altura como su desarrollo muscular se aceleraron, incluso en Károbis. Fue entonces cuando comprendieron lo que les estaban haciendo, el motivo de las cicatrices que cada uno presentaba al volver a la habitación. Les estaban convirtiendo en guardianes. De vez en cuando se llevaban a uno de ellos y luego lo traían de vuelta. Cuando se llevaron a Károbis, descubrió que lo que hacían era controlar sus progresos; le hacían levantar objetos pesados y correr sobre un extraño suelo que se movía en dirección contraria. Los hombres con túnica sonreían contínuamente y les felicitaban en su idioma, al que llamaban “la lengua tigrina”.

Un día Károbis se despertó de repente y se encontró de nuevo tendido e inmovilizado con aquellas luces cegadoras volando encima de él. Cómo eran capaces de reducirle y postrarle de aquel modo sin que él siquiera se diera cuenta era algo que escapaba a su comprensión. Volvió a oír la desalentadora voz de la “señora” hablando de modo incomprensible.

Las pruebas indican que el hemastamen y el órgano Larraman del sujeto no están convenientemente desarrollados. Los extirparemos e implantaremos órganos sanos según el proceso habitual. Preparadas para iniciar fase cuatro, fase cinco a la espera.

Fase cinco a la espera, señora.

En aquella ocasión se sentía mucho mejor y más confiado, incluso pudo levantar la cabeza y ver un poco más de aquella habitación; era igual que las demás salvo por innumerables muebles de metal e instrumentos dispuestos sobre ellos, y ventanas en el techo por las que se veían cosas extrañas. Vio tambien que entraban en la sala un pequeño barril transparente en el que flotaba una pequeña forma. Había una etiqueta sobre la superficie con una escritura que no pudo leer y el símbolo “4”.

Una luz roja entró de repente desde la habitación contigua. A través de la ventana Károbis vio que el personal de aquella sala se alarmaba y movía mucho los brazos sobre quien fuera que estuviera en el camastro. Miraban a las ventanas del techo de la sala y agarraban los instrumentos con desesperación. Un violento chorro de sangre surgió desde abajo y manchó a una de las mujeres, pero ella siguió con lo que fuera que estaba haciendo sin distraerse. Forzando la vista pudo ver una cara reflejada en el metal de un mueble. La cara de alguien dormido, o inconsciente, o... ¡Gauyon!. ¿Qué estaban haciéndole?.

De repente se volvió a ahogar con aquella cosa en su garganta. Intentó liberarse, pero le sujetaron la frente al camastro y ya no hubo más.

Se despertó en la pequeña sala en la que era mantenido con los brazos en cruz y luego llevado a la habitación sin que nadie respondiera esta vez a sus preguntas. Las demás estaban allí, todas al igual que él con nuevas y similares cicatrices en el torso y el abdomen, pero por mucho que esperaran Gauyon ya no volvería. Károbis estuvo aporreando la ventana durante horas exigiendo ver a su camarada, pero los hombres del otro lado no estaban.

Le han matado –dijo al fin desistiendo-. Le han matado... he visto lo que nos hacen. Nos abren en canal como piezas de caza y luego vuelven a cerrarnos.

Todas se miraron las cicatrices.

Eso es imposible. Si hicieran eso... moriríamos.

Károbis habló con sus ojos y todas le entendieron en el acto. - ¿Qué le había ocurrido a Gauyon si no?. Lo he visto, Lorna. He visto a Gauyon destripado sobre una mesa y cómo metían las manos en su cuerpo.

Naedali se horrorizó y se abrazó a su cuerpo cayendo en cuclillas contra la pared.

Las palabras de Lorna no sonaron, ni las de ninguna otra.

Quiero volver a casa... –sollozó Naedali.

¿Es eso lo que van a hacer? –Okoi se había sentado y se aferraba a sus rodillas-. ¿Nos han traído aquí para matarnos?.

No para matarnos –dijo Károbis sentándose en un camastro-, para despedazarnos.

Un trozo de pared se abrió de repente. Un guardián entró con paso lento pero ello no evitó que todas retrocedieran ante él. Lorna y Károbis fueron los únicos que se mantuvieron firmes.

Aquel guardián no tenía rostro al principio, pero luego se quitó la cabeza provocando un suspiro en los Flechas Negras y descubrió una cabeza humana.

¡No te acerques! –advirtió Lorna con más miedo que ira.

Reconoció en aquella cara los rasgos de la que llamaban “señora”. Ahora pudo ver su cara llena de pequeñas cicatrices y su cabello castaño y muy corto. Por sus facciones debía de ser una mujer muy robusta.

Atendieron a las palabras firmes y decididas de la mujer durante horas y horas. Su nombre era Maitadana y lo primero que les reveló les dejó en un estado de aturdimiento imposible de prever. Aquel lugar, el mundo en que habían vivido, era sólo uno de los muchos planetas existentes, un copo de nieve en la inmensidad de la llanura.

Durante mucho tiempo otros les instruirían en cuanto necesitaban saber. El nombre que daban a su mundo era Tigrit IV y el que daban a sus habitantes, tigrinos. Pero existían tantos que los números de su lengua no bastaban para contarlos, porque el modo en que habían aprendido a hablar desde pequeños no era sino un idioma entre otros tantos. La galaxia era el mar en el que flotaban esos mundos. La galaxia era el territorio que habrían de proteger.

A lo largo de los siguientes años Károbis y todas las demás aprendieron que los guardianes de las montañas no eran sino una verdad a medias empleada para reclutar futuros guerreros. A través de complejas máquinas llamadas hipnómatas les introdujeron el conocimiento en la mente sin necesidad de esfuerzo alguno por su parte. Simplemente les sentaban en un asiento en el interior de un enrejado de metal, les ponían una máscara en los ojos y les hacían dormir. Al despertar habían aprendido en unas horas más de lo que nunca habrían imaginado.

Las cicatrices resultaron no ser lo que habían imaginado. Les implantarían la simiente genética del capítulo en forma de órganos creados artificialmente para alterar sus cuerpos y sus mentes. El capítulo era el colectivo al que pertenecían ahora. Tigres Nevados era su nombre. Extendían su domino por todo el planeta mediante varias fortalezas en las montañas, ocultas de los ojos de las tribus, y también dominaban una parte del espacio imperial con bases de operaciones remotas.

El Emperador, el Imperio, los Primarcas, los marines espaciales, la simiente genética, La Sagrada Terra, las amenazas alienígenas, la sociedad imperial y sus traiciones, la inquisición, la eclesiarquía, las armas, servoarmaduras, equipo, rangos, protocolos, cómo explotar al máximo el potencial de cada nueva habilidad que les habían metido bajo la piel. Conocimientos que no podrían ser transcritos en varias vidas fueron aprendidos en dos años. Károbis rió abiertamente al descubrir qué eran realmente las armaduras y los cascos de los marines, que él creía se trataba de sus cuerpos desnudos.

De todo lo que les enseñaron hubo tres cosas que sorprendieron a Károbis. La primera era cómo la percepción de la naturaleza de los tisares de los Tigres Nevados coincidía con la que él aprendió. Aquellos felinos se paseaban por la fortaleza del mismo modo que hacían por su aldea y los miembros del capítulo les respetaban como ellos. A fin de cuentas, todos tenían su origen en las tribus de Tigrit IV. Incluso se había dado su nombre a las armas más características del capítulo: las garras tisarinas; versiones cortas y anchas de las cuchillas relámpago, más ligeras y asequibles por la ausencia de generador de campo disruptor y que en manos de alguien que supiera utilizarlas podían destrozar a cualquier enemigo. La segunda, que tenía un nombre desde su nacimiento. No era una práctica corriente que en los raros casos en que una Tigresa Nevada tuviera un hijo se le diera un nombre, porque era cierto, era el hijo de una de ellas. Lo normal era que el nombre lo impusiera la tribu a la que era confiado, pero las circunstancias relativas a su nacimiento y a la identidad de su padre eran aún más raras según le habían dicho. Esos detalles se le darían más adelante, cuando su mente estuviera completamente preparada y, por ahora, Károbis prefirió seguir llamándose así. La tercera, que los Tigres Nevados conocían y satisfacían, si bien no compartían en absoluto, su esporádica necesidad de beber sangre.

Al final del segundo año sólo Károbis, Lekara y las hermanas Lorna y Naedali seguían volviendo a aquella habitación. Las demás habían dado muestras de incompatibilidad genética o fallado en alguna de las pruebas que, en cualquier caso, las descalificaban como futuras marines espaciales. Su destino sería ahora convertirse en otras de tantas sirvientas del capítulo, un papel poco o nada deshonroso según les habían dado a entender ya que dependían tanto de ellos como de los que eran realmente marines completos. Aprendieron también qué era lo que le había pasado a Gauyon. A pesar de que las fases iniciales no dieron problemas, el hemastamen provocó una reacción imprevista y fatal en su sangre. Los Tigres Nevados eran el único capítulo conocido que incluyera a mujeres entre sus efectivos debido a una semilla genética que provocaba defectos de compatibilidad entre la casi totalidad de los iniciados varones, razón de más por la que Károbis se sintió muy afortunado de estar allí.

Los Tigres Nevados, capítulo de marines espaciales fieles a la sagrada voluntad del Emperador, defensores como el tisar de su Imperio. Esta era su nueva, su verdadera familia.

EN ALGÚN LUGAR DEL OJO DEL TERROR

- dos años después (cómputo de Terra) -

El bisturí se deslizó sobre aquella piel con deliciosa suavidad trazando una finísima línea roja justo por el centro del pecho y descendiendo hacia el vientre. Cruzó el ombligo y luego trazó otros dos delicados cortes uno hacia cada costado. Dos pinzas mecánicas se deslizaron con precisión milimétrica bajo el corte central y separaron la piel poco a poco descubriendo la gran musculatura pectoral y el entramado de venas y arterias del cadáver. Hubo muy poca sangre, que se deslizó como pequeñas gotas hacia los sumideros de la camilla metálica.

Proyecto Metatrón, sujeto 064, análisis estructural básico –recitó una voz en la oscuridad-. A simple vista la musculatura ha sido incrementada entre un cuarenta y cinco y un cincuenta por ciento respecto a la de un marine normal. La estructura anatómica se ha visto alterada a causa de ello. Se observa la aparición de músculos abdominales adicionales y sobre el esternón. Los vasos sanguíneos presentan el esperado aumento de capacidad.

La figura calló a la vez que reanudaba su actividad. En la negrura de la sala, únicamente rota por las luces que iluminaban el cadáver, podía vérsele como una gran silueta acorazada que a pesar de lo voluminoso de su armadura era claramente más pequeña que el cuerpo desnudo sobre el que se encorvaba como un buitre mientras dos brazos mecánicos que emergían de su espalda evolucionaban con agilidad arácnida por encima de sus hombros para practicar cortes y apartar tejidos en perfecta coordinación con sus manos humanas. Hubo un quejido hidráulico.

La resistencia de esta carne es superior a la prevista. El costillar del sujeto parece un caparazón sólido. La división entre costillas es apenas perceptible a simple vista; se han fundido formando una cápsula que impide cualquier acceso directo a los pulmones o el corazón primario, una coraza más efectiva incluso que la del costillar de un marine normal.

Uno de los brazos mecánicos tomó un pequeño frasco y el otro introdujo en él un fragmento de carne roja, poco después se repetía el proceso con una astilla de hueso ensangrentada.

Los músculos adicionales protegen eficientemente la cavidad abdominal. Todos los órganos presentan un aumento de tamaño en mayor o menor medida. Identifico el melanocromo, el riñón olítico y el órgano mucranoide, también altamente desarrollados. Hasta el momento los efectos son los deseados. Procedo a abrir la cavidad torácica.

Uno de los brazos se retrajo con un chasquido mecánico, se dio la vuelta y desplegó una serie de hojas metálicas en redondo. Cuando la sierra circular estuvo completa, empezó a girar con un agudo chirrido. Su primer contacto con lo que debía de ser el esternón en aquella carcasa hizo saltar chispas. Se detuvo, examinó el punto de corte y volvió a empezar.

La caja torácica ha sido abierta en... 7.36 minutos. Nota personal: reparar el brazo-sierra. Los órganos internos están más o menos intactos, ha sido imposible conservarlos en perfecto estado, la apertura de la cápsula torácica ha sido demasiado costosa para ello. Corazón primario excelente, pulmón múltiple...

Estuvo un largo rato recitando todo lo que veía, centrándose únicamente en los implantes adicionales del marine espacial, examinando sus progresos y encerrándolos en frascos y probetas. Horas después la voz había pasado de un tono aséptico a uno desilusionado.

Proyecto Metatrón, sujeto 064, análisis de órganos, conclusión final. Todos y cada uno de los 18 órganos progenoides del sujeto han sido incrementados tanto en masa como en funcionalidad tal y como se perseguía. De haber implantado también una interfaz, aventuro que el acceso a la caja torácica habría llevado el doble o quizá el triple de tiempo. A pesar de la perfección alcanzada en el cuerpo, la cavidad craneana presentaba graves daños que sin duda provocaron el estado esquizoide del sujeto en vida y su repentina muerte. El aumento de rendimiento de los órganos progenoides implantados en la masa encefálica y la sección superior de la médula acarrea cambios drásticos en el cerebro que provocan un estado de furia espontánea e incontrolada. La siguiente meta es encontrar el motivo de esos cambios o procurar la desaparición de sus efectos. Fin de la entrada.

Con un leve pitido el registrador de voz sobre la mesa indicó el cese de la función grabadora. La figura se quedó allí de pie contemplando el gigante diseccionado, desmontando distraídamente los instrumentos de sus miembros mecánicos y dejándolos en frascos de soluciones asépticas y efervescentes que enrojecieron en el acto. Murmuró en voz inaudible mientras se lavaba las manos en una palagana y se colocaba los guantes de su armadura.

Con sus brazos artificiales ya provistos de instrumentos de repuesto colocó un portaobjetos con una muestra de tejido muscular y la estudió en un microscopio de aspecto arcaico que reposaba en la mesa pegada a la pared. Entonces oyó un carraspeo en la sala. Había alguien allí.

Mis disculpas. No he querido interrumpir la... operación.

Hablaba con gran teatro y lentitud, con un respeto que resultaba burlón. Era un marine, pero no era uno de los Legionarios Negros que le servían de guardia en aquella fortaleza. Levantó la vista y dos ideas acudieron a su ocupada mente tan rápido que las soltó una detrás de otra con extremo desinterés. - ¿Cómo has entrado aquí?, ¡fuera! –acto seguido volvió a acomodar sus ojos en el visor del instrumento.

Supongo que hablo con el gran Fabius Bilis el Progenitor.

Reajustó levemente una rueda dentada en el aparato.

Tomaré eso como un sí. Celebro haberte encontrado. Llevo mucho tiempo tratando de dar con tu paradero.

Bilis suspiró y echó mano del comunicador. – ¿Guardias? –llamó.

¿Sí, señor Bilis? –respondió el aparato.

De modo que seguís vivos. ¿Entonces por qué habéis dejado entrar aquí a este imbécil?

Eh... señor... –la voz se asustó y parecía exigir respeto de Bilis-. Nuestro señor Gardeler se presentó con impaciencia de ver vuestros progresos.

Lentamente, Bilis centró vista por primera vez en el intruso. Le veía perfectamente en la oscuridad y aquel tipo distaba muchísimo de ser el amo de aquella fortaleza.

¿Señor Bilis? –dijo el comunicador.

¡El que ha entrado no es Gardeler, estúpidos!.

¿Quién es Gardeler? –preguntó el extraño-. Oh, ya lo supongo. Debe de ser el señor de esta fortaleza y de las tropas de la Legión Negra que la custodian; el cacique de turno que os mantiene a cambio de vuestra ciencia. Sé lo que es eso, yo también me veo obligado a ello ahora pero no es un estilo de vida que me atraiga.

El brazo de Bilis se levantó apuntando con una pistola de lo más extraño en forma de gran inyector. El intruso alzó también la mano pero sólo para tocar un interruptor de energía en la pared. Todas las lámparas del laboratorio se encendieron. Los ojos de Bilis, mejorados por él mismo, se ajustaron instantáneamente sin sensación de deslumbramiento.

Se trataba de una sala amplia y de techo alto, con aspecto de haber sido un garaje de blindados modificado. A intervalos regulares se disponía una camilla de metal y una pequeña mesa. La mayoría de aquellas camillas estaban cubiertas de sangre seca y en algunas había enormes cadáveres humanos a medio destripar. Las paredes estaban saturadas de equipos y máquinas con soportes de probetas, precipitadores y todo tipo de material médico que muchos mundos imperiales pagarían verdaderas fortunas por poseer.

El intruso llevaba una servoarmadura de oro y plata y un faldón rojo. Sonreía como un loco mostrando una dentadura de plata bajo las lentes que le ocultaban los ojos. No había cabello en su cabeza y sus manos reposaban sobre las empuñaduras de dos espadas envainadas. La compuerta se abrió y dos marines de la Legión Negra entraron sin provocar en el desconocido la más leve reacción.

Un adorador de Slaanesh –dijo Bilis con desdén señalando sus emblemas-. Muy bien, mi interpretativo amigo. Antes de que saquen tus despojos a rastras dime quién eres y cómo has entrado en mi laboratorio –recalcó muy bien la palabra “mi”.

El intruso se volvió hacia los guardias. – Retiráos.

El rostro de Bilis reflejó sorpresa como un estallido cuando aquellos dos ineptos obedecieron sin discusión alguna.

Mi nombre es Herófocles –respondió con su propia voz una vez volvieron a estar solos-, y he entrado por la puerta. Soy un gran admirador de tu obra desde hace tiempo, Bilis. He estudiado tus trabajos con gran interés y he aprendido mucho de ellos. Pero ahora necesito de destrezas tuyas que yo no domino.

¿Dices que has estudado mis trabajos?, ¿dónde has conseguido es información?.

Bueno, desde luego no es nada fácil conseguir un ejemplar de tu fascinante ciencia, no debes preocuparte de que vaya a haber muchos capaces de entenderla. Yo, modestia aparte, soy un alquimista y científico de bastante categoría y los mutantes y supersoldados que he ido encontrando en diversos mundos mientras te seguía el rastro han sido muy instructivos, aunque realmente difíciles de adquirir.

Bilis bajó su arma complacido por el modo en que la palabra “adquirir” había sonado como “abatir”. Ladeó la cabeza como queriendo descubrir algún parecido en él. – De modo que tú eres realmente Herófocles el Vacío.

El aludido avanzó lentamente hasta situarse al otro lado del cadáver abierto en canal y se quedó allí mirando el contenido de aquella carcasa.

De los Esclavos de Calipso. Dicen que os acorralaron junto a Nephausto en vuestra madriguera y os exterminaron como a chinches –se burló Bilis.

Algo así ocurrió –Herófocles no se mostró ofendido-, pero en nuestra defensa debo decir que nos lideraban unos majaderos que no buscaban más que una absurda venganza personal –Se inclinó un poco más hacia el cadáver-. A pesar de todo unos cuantos logramos escapar y hemos estado disfrutando de un período de retiro.

Puedo imaginarme perfectamente la clase de retiro que unos adoradores de Slaanesh...

No me cabe duda –interrumpió Herófocles-, siendo como eres uno de los primeros Hijos del Emperador.

Hace milenios que dejé de tener nada que ver con ellos.

Oh, no debes confundir a los Esclavos de Calipso con una especie de legión adepta de los Hijos del Emperador. Nuestra adoración a Slaanesh y nuestra interpretación de su credo es algo diferente. De hecho tú y nosotros tenemos algo en común: todos buscamos la perfección de alguna forma.

Bilis expresaba a las claras su completa incredulidad. Herófocles seguía mirando a las entrañas del cadáver.

Bueno, no negaré que algunos de los nuestros sentía una gran predilección por el coleccionismo. Coleccionismo de mutaciones, de esclavos... en fin.

Esclavos que se encargaban del mantenimiento del equipo y las tareas inferiores –conjeturó Bilis sabiendo ya lo erróneo de sus palabras.

No, creo que ya te haces una idea de la finalidad de esas colecciones. Ahora los que quedan echan de menos las cacerías y la batalla. La vida en el Ojo del Terror no es muy divertida si no se ostenta verdadero poder y, ahora que no somos más que sesenta y cinco, buscarnos la enemistad de una legión más poderosa por un puñado de esclavos sería un suicidio.

Bilis se acercó a su lado de la camilla mirando detenidamente que Herófocles no tocase nada. Sus cuatro brazos mecánicos asomaban por encima de él de un modo amenazador. – Sólo hablas de ellos. ¿Acaso no compartes las ambiciones de tu propia legión? –farfulló sarcástico.

No, en realidad no. Desde que perdimos a Calipso no he vuelto a sentir necesidad alguna de matar. Es más, desde que fuimos libres de Nephausto he estado meditando profundamente acerca de mis motivaciones y las de las de los grandes señores del Caos en general y me he hecho un par de preguntas bastante interesantes. Por ejemplo...

¿Vienes aquí a interrumpir mis trabajos con el convencimiento de que tengo tiempo o interés para escuchar tus cuestiones filosóficas?.

Herófocles se irguió con su sonrisa ampliada. – Verás, las ambiciones de mi legión abarcan también a la mía propia. Si algo hemos aprendido de nuestra catástrofe es que sólo nuestra querida ama era capaz y digna de liderarnos. Un trabajo es lo que vengo a proponeros. Queremos recuperar a Calipso y sólo el maestro de la clonación –alzó los brazos un poco en una glorificadora reverencia- puede sernos de utilidad a este respecto.

De modo que quieres que haga un clon para vosotros.

Así es. Un clon de Calipso. Pero debe ser el clon más perfecto que hayas realizado nunca, completamente exacta.

Una sonrisa desconsiderada que más bien era una agria muestra de dientes cruzó el rostro de anciano de Bilis mientras cubría el cadáver con una sábana. - ¿Y por qué habría de abandonar mis investigaciones para satisfacerte?. Gárdeler me paga magníficamente por mis servicios.

Seguro que podrás hacer un hueco en tu apretada agenda para cumplir con este requisito.

El rostro de Bilis se amargó más aún de lo que era habitual en él. ¿Cómo se atrevía a presuponer que iba a dar algo parecido a una aceptación?. Estuvieron unos momentos mirándose fijamente. Como quien tiende una mano en espera de estrechar la del otro, Herófocles indicó un recipiente cúbico parecido a las unidades de estasis que él mismo empleaba, pero que no estaba sobre aquella mesa antes.

La cabeza de Calipso. Tuve ciertas dificultades en conservarla pero debería ser más que suficiente para clonarla si no me equivoco. En cuanto al pago, no dudo que podemos llegar a un acuerdo.

¿Qué clase de acuerdo?.

Di un precio.

Bilis le dio la espalda pero Herófocles sabía que estaba meditando la oferta. Intuyó que lo siguiente que haría sería poner trabas para desanimarle y que le dejara en paz.

Los clones son completos descerebrados –habló sin volverse, como si se despidiera-. Pueden ser programados para ser soldados, pero un clon de vuestra líder no tendría ningún don para el mando si es que ella lo tenía de modo que...

Di un precio –insistió el hechicero.

Detuvo sus manos justo antes de volver a tocar el microscopio. ¿Acaso aquel sujeto sabía algo que él no?. Le miró. Seguía allí con aquella brillante y estúpida sonrisa que ya empezaba a ser más molesta que cómica. Sin embargo pudo ver que tenía, o creía tener, un recurso oculto. Justo en ese momento una idea, una oportunidad llamó a su mente. – Dicen que el capítulo de marines espaciales que os aniquiló es único. Dicen... que utilizan mujeres en lugar de hombres para crear a sus guerreros.

Herófocles rió y ahora fue él quien le dio la espalda para dirigirse a una estantería llena de grandes frascos. Supo a dónde quería llegar Bilis, pudo sentir sus emociones creciendo en torno a una curiosidad y sabía cómo convertir ese sentimiento en necesidad. – Sin duda eso es algo que martirizaría la curiosidad de una mente científica... –le miró de reojo-. Es algo que hace pensar, ¿verdad?. ¿Por qué crean mujeres marines?, ¿qué simiente genética han empleado para ello y cómo han logrado modificarla para que el metabolismo femenino la soporte?. Y lo más importante ¿qué aplicaciones tendrían esos conocimientos a fines menos... imperialistas?. Hm... ¿qué tenemos aquí?... un biscopea... y aquí una membrana an-sus... magníficos, ¡qué obras de arte!... vaya, esto nunca lo había visto ¿qué puede ser?...

Herófocles había pronunciado las preguntas expresando en su voz todo el desinterés que le provocaban. Mientras examinaba el contenido de cada frasco volvió la cabeza hacia Bilis, quien le estaba mirando con ansia enloquecida y furiosa ambición de sus analíticos, certeros e intensamente siniestros ojos.

Grandes figuras humanas semidesnudas y en su mayoría horriblemente mutadas y deformadas paseaban tranquilamente por el enorme claustro de varios cientos de metros cuadrados. El palacio de mármol rosado que rodeaba aquel patio era poco menos que monstruoso y sus altas torres erizadas de cadenas y estacas que se alzaban hacia un cielo rojo como la sangre ofrecerían una visión espeluznante a cualquier ser humano.

Herófocles entró a aquel patio siendo recibido inmediatamente por uno de aquellos hombres que resultó, al igual que el resto, ser tan alto como él. El sujeto no tenía ojos sino que sus cuencas estaban ocupadas por esferas de acero que miraban ciega y fríamente al Esclavo de Calipso. Su servoarmadura púrpura estaba cubierta por completo de relieves y llevaba un cónico yelmo eldar colgado de uno de los respiraderos de su generador dorsal.

Herófocles –le saludó desde el bozal de acero que, enterrado en la carne de sus carrillos y cuello entre rebordes de piel, cubría por completo su mandíbula dando a su voz un tono mecánico, sin emoción y lleno de estática.

¿Dónde están los Esclavos de Calipso?.

Algunos están allí, cerca de la estatua de Fulgrim, el resto están fuera en los campos, probando las motocicletas que mi señor se ha dignado regalaros. Tu largo amigo ha matado a tres de mis hombres. Escúchame bien, mi señor me ha ordenado ofrecerte hospitalidad pero el próximo de tus muñecos de oro que toque a uno de los míos...

¿Qué? ¿eh?. ¿Qué pasará?.

El hechicero se había adelantado hasta que los rostros de ambos quedaban casi en contacto. El paladín le devolvía la mirada directamente con sus lisos ojos de metal.

Tómatelo con calma, Desgarrador. ¿Crees que a tu amo le gustaría perder mis talentos porque me has hecho enfadar?. Tres de tus hombres no le importan en absoluto. Ni a mí tampoco. Prepara dos de tus naves ligeras, nos las llevaremos.

¿Dos? ¡apenas sóis suficientes para llenar una!.

Nos llevaremos dos y quiero una tripulación para cada una.

Herófocles asintió repetidamente y se alejó de él. Conocía de tiempo a Desgarrador y sabía que aquello le había enfurecido.

El marine de los ojos metálicos gruñó como un perro y el suelo retumbó a su alrededor. Aquella fortaleza le había sido confiada por su amo Náyatros, uno de los señores del Caos a quien más había de temer entre todos los que adoran a Slaanesh. Náyatros había encontrado las drogas y pociones de Herófocles muy de su gusto y había ordenado a Desgarrador que mantuviera a los restos de los Esclavos de Calipso magníficamente atendidos a cambio de una entrega regular de aquellos productos de alquimia prohibida y demoníaca. A Desgarrador no le gustaba en absoluto tener que ejercer de anfitrión para los Esclavos de Calipso, principalmente desde que algunos de sus propios hombres empezaron también a negociar con Herófocles para conseguir aquellas drogas.

No pasó desapercibida para el hechicero la fuerte corriente mágica que el viento arrastraba por todo aquel lugar en forma de una liviana y rosada niebla. En aquel santuario del desenfreno y la depravación se sentía más poderoso y despierto que nunca. Caminó por los paseos entre jardines de plantas carmesí y azuladas que más le recordaban manojos de tentáculos babosos. Ni uno solo de los marines del Caos que había por allí se encontraba sin la debida compañía de dos o tres esclavas la mayoría de las cuales aceptaban lujuriosas el tacto de los tentáculos, las pieles escamosas y las largas lenguas de sus amos, pero había otras, más recientes supuso, que chillaban e intentaban zafarse para risa de aquellos a quienes pertenecían. Oyó el meloso canto de alguna esclava intentando agradar a su señor y vio a otras que bailaban, se contoneaban, a su ritmo.

A Herófocles no le gustaba tener que lidiar de nuevo con los Tigres Nevados, aunque la belleza de una mujer convertida en marine espacial le resultaba casi tan arrebatadora como la de la propia Calipso. Se permitió un margen para dejar volar su rápida mente, a la que tan a menudo debía poner freno para concentrarse, mientras caminaba. Calipso fue en un principio un marine espacial como los demás, alterado por los regalos de Slaanesh hasta convertirse completamente en el súmmun de la hermosura. Para un dios era un juego de niños conseguir algo así. Bilis, por el contrario, perseguía sus metas alejado de la senda demoníaca, buscando y descifrando los secretos de la genética, leyendo en cadenas de ADN la costitución del organismo, replicando, alterando, mejorando. Un hombre transformado por los poderes demoníacos no tenía interés para Bilis; una mujer alterada por la simiente genética de un Primarca, inicialmente concebida sólo para ser implantada en varones, era algo cuyo estudio no podía dejar escapar. Herófocles no sentía deseo alguno de venganza contra los Tigres Nevados pero lo cierto era que, si bien él mismo encontraba ya escasa satisfacción en la lucha, la perspectiva de una batalla después de tantos años le era atractiva...

Agarró con fuerza los pomos de sus espadas. No tuvo más que seguir las miradas de rencorosa envidia de los marines para encontrar a diez de los Esclavos de Calipso precisamente a la sombra de una gigantesca estatua de diez metros que representaba la serpentina efigie de Fulgrim, Primarca de los Hijos del Emperador, que Náyatros decidió conservar después de arrebatar aquella fortaleza a sus anteriores propietarios. Ninguno de ellos llevaba puesta la servoarmadura y la mayoría ni siquiera vestía ropa alguna delatando una belleza y perfección anatómica que contrastaba ampliamente con las mutaciones de los señores de aquel palacio. Ni siquiera había rastro del caparazón negro en sus cuerpos habiendo preferido todos ellos injertar piel sobre la superficie rígida para que nada ocultara su belleza física; sólo las conexiones destinadas a alojar las de la servoarmadura quedaban a flor de piel. También ellos contaban con esclavas; el pago de los hombres de Desgarrador a cambio de las pociones de Herófocles.

¿Ni siquiera conserváis un arma a mano, Atlas? –llamó a uno que estaba haciendo ejercicio tumbado de espaldas sobre un banco y rodeado por unas doce esclavas.

Aquel marine era un gigante entre los suyos. El ejercicio que estaba haciendo consistía en levantar sobre su pecho una columna de dos metros de mármol que había arrancado de un soportal. Debía de pesar poco menos de media tonelada, pero él la seguía subiendo y bajando entre esforzados resoplidos, inflando su prominente y musculado pecho y tensando sus brazos temblorosos como troncos. Dos de sus esclavas estaban sentadas a horcajadas sobre su abdomen y jugaban a apoyarse sobre la improvisada pesa intentando inútilmente impedir que se levantarla; las otras atendían cada parte del cuerpo de su amo enjugando su sudor con las manos o los labios. Sin embargo y con todo su sobrecogedor tamaño, Atlas no igualaba el de los cadáveres que había visto en el laboratorio del Progenitor.

Hasta la masacre de los Esclavos de Calipso, Atlas no había sobresalido de entre los demás; no era más que otro de los miembros de la escuadra del paladín Lodugus antes de que Remus le decapitara con su propia espada ganándose con ello el respeto y la ira, a partes iguales, de él y del resto de la escuadra. Desde que escapó junto a Herófocles y los demás de la destrucción a manos de los Tigres Nevados su estatura y su masa muscular habían crecido hasta convertirle en un verdadero monstruo. Nadie recordaba haber visto nunca un tamaño así en alguien que no perteneciera al culto de los arrasadores y que conservara la perfección de su cuerpo humano. Herófocles podía sentir que se debía a un pacto demoníaco pero no percibía que Atlas fuera objeto de una posesión; algún ente le había otorgado aquella fuerza... ¿a cambio de qué?. No importaba realmente. Ahora tanto Atlas como el resto de lo que fue la escuadra de Lodugus le servían como escolta personal cuando no estaba realizando sus propios y solitarios viajes.

Atlas –repitió Herófocles, con cantarina dulzura esta vez.

¡Herófocles!. No te he visto llegar, claro que a tí nunca se te ve llegar si no lo deseas.

El resto de marines rieron. La columa cayó con un estruendo a los pies de la estatua del Primarca destruyendo el enlosado y el marine se sentó en el banco. Las esclavas resbalaron hasta quedar sentadas sobre sus poderosos muslos. Atlas tenía un rosto liso como la piedra por el desarrollo de sus músculos faciales pero aún así no podía negarse que era un hombre hermoso. Se recogía el extremo de su larga melena rubia con una cinta roja y no había día en que sus esclavas no se pelearan entre ellas por ser la elegida para anudarla.

Veo que no has tardado en procurarte tu propia compañía.

Todos agradecemos las esclavas que consigues comerciando con tus drogas, pero yo prefiero ganarme su corazón a comprarlo.

El gran dedo de Atlas acarició la barbilla de una de sus esclavas, que se dejó hacer con los ojos cerrados mientras las demás pugnaban por su otra mano.

Nuestro anfitrión me dice que has matado a tres de los suyos.

Ah sí, esos. ¿Es culpa mía que sus esclavas me prefirieran a mí? –replicó volviendo sus ojos almendrados al cielo.

¿Y?.

Ellas acudieron a mí y esos advenedizos pretendieron recuperarlas –Atlas habló con toda sencillez.

Atlas nos trata mucho mejor que nuestros anteriores amos –intervino una de las esclavas desde el otro lado del coloso.

Herófocles inclinó la cabeza en una advertencia pero la insolente esclava sonrió a su vez y se refugió tras la cara de Atlas confiando en su protección. Uno de los Esclavos de Calipso, cuyas pupilas sin iris ocupaban la casi totalidad de sus ojos, contrajo los labios en un mudo beso mientras se daba aire suavemente con un abanico de hojas metálicas.

Tanto lujo y ocio le están echando a perder –dijo el del abanico, divertido.

Nosotras no creemos eso –contestó una esclava de ojos verdes acariciando el perfecto abdomen de Atlas y provocando más risas.

¡Jajaja! ¡una de mis niñas se basta para responderte, Adalers! –respondió el gigante como un hermano mayor burlándose del menor.

Y bien, ¿lo encontraste? –preguntó el del abanico a Herófocles sosteniendo la cabeza arrogantemente echada hacia atrás.

Sí, dí con Bilis.

El interés de todos los Esclavos de Calipso aumentó hasta la avidez junto con un sentimiento de estupidez por no haber echo aquella pregunta en primer lugar.

Adalers cerró su abanico con un raspear metálico. - ¿Y lo hará?.

Lo hará –vítores y aclamaciones. Las esclavas se molestaron con Atlas por su alegría al oír la noticia-. Pero no lo hará por caridad.

Tranquilízate –dijo Atlas mirando a los ojos verdes de la esclava que tenía frente a su gran rostro-. Sabemos recompensar los favores que se nos hacen, ¿no es cierto?.

Sí, Atlas sabe bien cómo recompensar los favores –respondió ella lamiendo el sudor de su frente.

Durante un momento no quedó claro quién era esclavo y quien amo.

Intenta tratar a Fabius Bilis igual que a tus esclavas y meterá tu cabeza viva y conservada en un frasco para que contemples cómo tus genitales flotan a tu alrededor, Atlas –ahora fue el del abanico quien provocó las risas.

Necesitará un frasco muy grande –repuso ella insolente.

Atlas miró a Adalers con una sonrisa sardónica mientras su harén le rodeaba protector. – No le hagáis caso, mis niñas. Adalers me envidia porque él no sabría qué hacer con vosotras.

Sabría mejor que tú cómo tratarlas –el del abanico giñó un ojo a Atlas e imitó en el aire el anterior movimiento de la lengua de la esclava-. Y a tí también.

Adalers, al igual que los demás, era a Atlas lo que un humano razonablemente alto sería a un marine espacial. Se pasaba una mano continuamente por su cabello castaño y rizado y mantenía entrecerrados sus oscuros ojos, enmarcados por un rostro angelical de curvas delicadas a la vez que seductoras. Su cuerpo era mucho más delgado que el de los demás marines pero irradiaba un aura carismática de cuyo efecto nadie podía negarse afectado. Durante el dominio de Remus, Adalers fue uno de los que más fervorosamente le adoró como líder; ahora el paladín de ojos negros tenía la inteligente precaución de no mencionar nada en absoluto sobre aquel pasado.

Lo que Bilis quiere son especímenes, muchachos.

¿Especímenes? ¿qué clase de especímenes, hechicero?.

Las lentes de Herófocles reflejaron los pálidos soles de un modo particular cuando pronunció: – Tigresas Nevadas.

Supo dar la entonación exacta a sus palabras. Un poco de ansia, un poco de rencor... la mezcla que desencadenara la respuesta precisa. Todos los Esclavos de Calipso entrecerraron o abrieron los ojos, contrajeron puños, esbozaron sonrisas y muecas y alzaron miradas con un acérrimo odio común.

Altas respondió exactamente como esperaba. - ¡Bien! –exclamó en un gemido-. ¡Estaba deseando volver a verme las caras con esas gatitas!.

Tú no Atlas, tengo una misión especial para tí. Una armadura espera hace tiempo el regreso de Calipso pero necesitamos un arma digna de sus manos y durante mi búsqueda de Bilis he descubierto el paradero de una que será perfecta para ella.

Atlas rebufó desilusionado pero conocía los sentimientos de Herófocles hacia Calipso, sentimiento mucho más fuertes de lo que cualquiera de ellos podría experimentar nunca. El hechicero no toleraría que nadie se negara a acatar una orden cuyo fin era servir a Calipso. – Por agradar a Calipso yo haré cualquier cosa –respondió- pero ¿por qué tengo que ser yo quien vaya a buscarla mientras los demás os divertís?.

Sólo tú puedes llevar a cabo esta misión, mi colosal Atlas –respodió Herófocles haciendo gala de sus dotes aduladoras-. Te aseguro que no te aburrirás.

¿Qué significa eso exactamente? –Adalers se puso en pie claramente ofendido-. Yo podría llevar a cabo esa misión en la mitad de tiempo que ese bruto montón de músculos.

Bien, en ese caso iréis ambos –decidió el hechicero-. Por cierto, Atlas, hazme el favor de no matar a nadie más en esta fortaleza ¿quieres?

Atlas se abarcó fastidiado la frente con una de sus manos.

Permaneció en medio de la ventisca sin inmutarse a pesar de que todos los árboles a su alrededor se sacudían como si vivieran e intentaran arrancar sus propias raices del suelo. Centró su atención en el sonido del viento y lo eliminó de su mente, luego el crujir y cimbrear de la maleza también quedó en un segundo plano.

Allí, sentado de piernas cruzadas y con los ojos cerrados, inamovible como una roca, inició un cántico que emergía de lo más profundo de su garganta en forma de un grave y monótono lamento. Aquel cavernoso sonido se extendió por todo el bosque fundiéndose poco a poco con el silbar del viento. En algún lugar un tisar le respondió con un largo rugido y él entonó otro canto mucho más potente.

Pasos a su izquierda, pasos que se desplazaban hacia su ángulo frontal. Quien los daba mantenía la suficiente distancia como para no ser visto en la tormenta incluso por sus ojos modificados, esto supo discernirlo sin necesidad de abrirlos, pero también estaba haciendo deliberadamente el suficiente ruido como para ser oído. Silencio. La ventisca seguía azotando continua e incansablemente. Sentía su melena, recogida como siempre en dos largas coletas una bajo la otra, ondeando como una bandera; los copos posándose en su cara con el contínuo empuje del viento sobre su armadura de caparazón del Adeptus Astartes. El tisar volvió a rugir y él le respondió una vez más.

Le oyó una milésima antes de lo que su oponente había previsto, lo supo porque también le oyó titubear ante su reacción. Se le había abalanzado por detrás de modo que utilizó sus piernas encogidas como un resorte que le hizo saltar lanzando una amplia patada por la derecha pero el golpe se estrelló secamente contra un antebrazo blindado. Un gran pie de metal atravesó la ventisca hacia su vientre, Károbis pudo hacerse a un lado a tiempo y lanzó un codazo que encontró el formidable escudo de una hombrera. Girando sobre sí mismo pasó junto a su rival hasta situarse a su espalda. Se agachó previendo un puñetazo de revés, pero sólo acertó a medias con su movimiento porque lo que hizo el otro fue lanzar una coz hacia atrás que le acertó en el hombro, derribándole.

El coloso acorazado se volvió con lentitud demostrando con una sonrisa que había controlado cada uno de sus movimientos. Incluso lo que había interpretado como un titubeo era sin duda parte de la treta. La figura se sacudió un poco de nieve de su servoarmadura y aspiró fuertemente por la nariz. – ¡Levanta! –ordenó socarronamente al aprendiz.

Károbis había alcanzado el rango de cachorro, el equivalente de los neófitos o exploradores de otros capítulos, lo que significaba que su cuerpo había aceptado la simiente genética del capítulo y que su mente era lo bastante fuerte para partir en misión de combate. Cuando lo hiciera no sería formando parte de una escuadra junto con otros neófitos, sino acompañanando a su mentor. Ya le había visto antes, durante su primer día en la fortaleza a través de la ventana de la cápsula de observación. Su nombre tenía también reminiscencias de los pueblos de Tigrit IV al igual que los de muchos otros. Se llamaba Karakal; el Tigre de Fuego. Capitán Karakal, segundo al mando de la 3º Compañía de los Tigres Nevados, lo que suponía para Károbis un enorme honor. Pero no era casualidad que Karakal le hubiera elegido a él para ser su cachorro, eso lo descubriría después.

El Tigre de Fuego era, a su modo, una fiel representación del espíritu del tisar. Durante la mayor parte del día su voz tronaba afablemente impartiendo órdenes entre carcajadas, se burlaba de aquellos que cometían faltas mientras les reprendía e impartía los castigos a cumplir para al día siguiente advetirles con una sonrisa que esperaba una mejora en su conducta.

El cuerpo de Károbis había cambiado enormemente desde la primera vez que puso sus pies en el interior de la fortaleza en la que servía. Si bien había crecido más aprisa que un humano normal, la simiente genética delc apítulo le había hecho crecer muchísimo más en todos los sentidos, aunque Karakal aún alzaba su cabeza por encima de la suya.

No luchas mal del todo, Turel, pero aún tienes que desarrollar tu instinto –dijo Karakal.

Károbis respondió a eso con una sonrisa. “Turel” era el nombre que le había sido impuesto a su nacimiento. Decían que fue su padre quien le bautizó así, pero aún no se le había revelado quién era. Fuera como fuera prefería el nombre que él sentía como su verdadero nombre. Karakal le llamaba así sólo para irritarle.

El Tigre Sangriento era un excelente contrincante para el Tigre de Fuego, pero bien claro estaba quién poseía la superioridad en combate. Karakal superaba a su aprendiz en todos los aspectos pero Károbis nunca se daba por vencido por muy maltrecho que se encontrara. Karakal solía decirle que en eso era igual que su padre.

El entrenamiento duró aún varias horas. Karakal recitaba sus consejos y lecciones al mismo tiempo que combatían sin que ello mermara su concentración, si es que necesitaba concentrarse para tirar a Károbis al suelo una y otra vez. Károbis se dio cuenta de que no lograría superar a aquel maestro en una semana como sí logró con Absino. Necesitaría algo más de tiempo, se dijo levantándose otra vez con una de sus aviesas sonrisas y sacudiéndose la nieve de la cabeza con un aspaviento.

¿Me hablarás ahora de mi padre? –inquirió alzando los puños.

Derrótame y te contaré cuanto quieras saber –respondió Karakal.

Avanzó un paso amagando una primera patada de tanteo. Karakal ni se movió. Empezó a pensar en cómo evadir su defensa para alcanzar los escasos puntos vulnerables de aquella piel de ceramita y plastiacero. La cabeza sin casco parecía el blanco más obvio, pero debía desconfiar de los poderosos brazos de su rival de modo que empezó a centrarse en las piernas.

Karakal vio que el cachorro preparaba un puñetazo directamente hacia su rostro. Avanzó un paso con una mano en alto para bloquearlo y un puño bajo para estrellárselo en el vientre, pero en el úlitmo momento Károbis se agachó colocándose a su costado, pasó un brazo bajo el suyo y le pateó la corva hundiendo hábilmente la puntera de su bota en la débil junta.

Logró hacer que Karakal doblara la rodilla. Mantuvo un pie sobre su pierna intentando hacérsela hincar en la nieve y le rodeó el cuello con el brazo. Con una rapidez y facilidad tal que Károbis no se habría dado cuenta de haber sido un mero humano, Karakal se levantó alzándolo en alto y lo estrelló de cabeza contra el albo suelo. Enterrado cabeza abajo hasta el estómago, Károbis pudo ver en su mente el brazo de Karakal librándose de su presa como si de un niño se tratara, agarrarle por el cuello y por la pierna con que lo sujetaba, levantarle por encima de su cabeza pelirroja y dejarle en su actual y humillante situación. De un tirón se sintió izado por un tobillo. Karakal lo mantuvo colgando con una sola mano.

Esta vez Károbis no sonrió. Le pateó la cara con la pierna libre y, cuando Karakal lo dejó caer, saltó propinándole un rodillazo en pleno rostro. Utilizando su propio impulso y el freno del golpe dio una vuelta de campana para caer en pie tras él y volvió a rodearle el cuello esta vez con ambos brazos. El Tigre de Fuego no pudo deshacer la traba esta vez. Es más, sintió que se estaba ahogando. Aquellos brazos formaron un asfixiante candado que no pudo abrir. Károbis yiró hacia arriba con todas sus fuerzas decidido a arrancar aquella cabeza de su tronco. Sintió el familiar sabor metálico de la sangre en su boca y ello le impulsó a imprimir toda la fuerza que pudiera ejercer. De repente su presa le agarró la cabeza con ambas manos y se lanzó hacia delante violentamente ara estrellársela contra un árbol. Acto seguido se revolvió para zafarse aprovechando su aturdimiento y trazó un círculo casi en el sitio barriéndole ambas piernas de un puñetazo de revés. Károbis cayó de espaldas y, al verle los ojos, Karakal vio que eran rojos completamente.

Károbis se despertó. Tigrit IV se bamboleaba bajo él y su brazo y pierna derechas colgaban en el vacío. - ¿Qué... que ha pasado? –dijo débilmente mientras era transportado a hombros de Karakal. Tenía todo el cuerpo dolorido, especialmente el brazo por el que Karakal lo llevaba agarrado. Intentó cerrar el puño y supo que tenía la muñeca rota. Era tal su estado que el sabor de su sangre no bastó para excitarle. Y era un sabor bastante intenso.

Te ha ocurrido otra vez.

Suspiró con comprensión. Entonces se dio cuenta de la brecha que Karakal tenía ahora en la sien.

¿Te lo he hecho yo?.

Karakal giró la cabeza descubriéndole su otro ojo completamente amoratado y sonrió a pesar de que también tenía un labio partido. – Deberías verte cuando te ocurre eso, Turel. Eres mucho mejor luchador entonces.

La risa del Tigre de Fuego le hizo preguntarse hasta dónde alcanzaba su poder. Recordaba perfectamente la vez que descabezó a un oso durante uno de sus ataques de locura; sin embargo Karakal siempre era capaz de reducirle cuando ocurrían. Otra de las cosas que había aprendido con los Tigres Nevados era el motivo de su gusto por la sangre. Era algo que su padre le había transmitido, pero en tanto que aún no le había sido desvelada siquiera su identidad aquello seguía siendo un misterio para él, pero un misterio tenue como el velo de una gasa que estaba decidido a traspasar en aquel preciso momento. - ¿Quién es mi padre, Karakal? –preguntó.

Karakal siguió caminando.

Karakal, basta de juegos. Tienes que decirme quién es. Y qué es este mal que padezco.

No es ningún mal –respodió Karakal rápidamente-. No vuelvas a llamarlo así, cachorro.

Guardó un respetuoso silencio antes de insistir. – Es el legado de un Primarca. Del Primarca de los Ángeles Sangrientos ¿verdad?.

El Tigre de Fuego se detuvo dándose cuenta demasiado tarde de que si bien superaba ampliamente a su discípulo en combate, la astucia era un arma que él dominaba mejor. Con un leve insulto había logrado hacerle soltar la lengua.

He estudiado todos los archivos de los capítulos progenitores –explicó Károbis-. Es la Rabia Negra, ese rumor que corre sobre los Ángeles Sangrientos, ¿verdad?. Mi padre es un Ángel Sangriento.

Karakal asintió.

¿Pero quién es?.

El comandante Rómulus Devine, al mando de la 6º Compañía de los Ángeles Sangrientos –la voz de Mau se llenó de orgullo al pronunciar aquel nombre y rango.

Una Tigresa Nevada se lo había llevado a dar un paseo por los corredores de la fortaleza. Era aquella de ojos como los suyos y cabellos grises que había visto la primera vez que se despertó allí. Era su madre, su verdadera madre. Se llamaba Mau y era sargento de las tropas de élite tisarinas de la 3º Compañía, mortales infiltradoras y expertas en operaciones de sigilo. El día en que se presentó ante él no pudo evitar una oleada de alegría y un fuerte abrazo al darse cuenta de que definitivamente había encontrado su lugar, tal como Kilorne le dijo.

Károbis siguió a su madre con la curiosidad agitándole todo el cuerpo. - ¿Es un buen oficial?.

Es un gran oficial. El propio señor de su capítulo le ha condecorado ya varias veces.

¿Qué edad tiene?.

Treinta y siete años en el cómputo de Terra.

¿Qué?, ¿es más joven que Karakal y es comandante de compañía?.

Mau sonrió.

Llegaron a unas puertas que Károbis no había franqueado antes. Al abrirlas entraron en un corredor mucho más amplio con elaborados tapices en las paredes que relataban historias antiguas y recientes. Károbis supo reconocer la mayoría de ellas por los relatos que había memorizado durante su aprendizaje hipnomático. La conquista de Mor, el asalto al palacio del hereje Dórcataz, incluso vio a un victorioso Karakal en medio de un torbellino rojo destruyendo con sus garras a los Legionarios Negros de las hordas de Alu Sact. Las pinturas de aquellos gigantescos lienzos eran magníficas, perfectas en todos sus detalles. La ferocidad de Karakal había sido captada completamente al igual que los rostros de los demás héroes y herínas de los Tigres Nevados.

Mau guardó silencio permitiéndole contemplar las obras, pero Károbis no supo identificar la siguiente. Mostraba a la propia Mau luchando junto a un marine de roja armadura en el interior de una cateral. Su oponente era una figura verdosa y oscura que sostenía una guadaña en sus manos. Su ágil mente concluyó de inmediato la razón por la que le estaba enseñando aquello.

Es él, ¿verdad? –dijo en voz alta.

El que luchaba junto a Mau era un Ángel Sangriento que portaba una única cuchilla relámpago en forma de pinza. Realmente había algo en su rostro que le resultaba familiar pero según su opinión no se le parecía. Le miró largamente. Sus ojos tenían una expresión odiosa y despreciativa que hizo a Károbis desviar los suyos hacia el adversario, a la derecha del conjunto, en quien los tenía clavados. La cara de aquel personaje quedaba fuera del tapiz y su capa negra ocultaba su espalda casi por completo pero pudo ver unos guanteletes blindados y el costado y la pierna de una armadura enfermiza que daba la impresión de hendir el suelo con poder y autoridad innegables. Deshechando rápidamente tal concesión a un siervo del Caos pasó a la imagen de Mau. Estaba junto a Rómulus, algo más alejada del enemigo. Su postura era agotada y persistente; sus brazos parecían colgados del aire pero ella los sostenía en alto y con las garras tisarinas preparadas para atacar. No tenía las gos garras; una de sus manos estaba sin guantelete ni brazal, desnuda y ensangrentada pero aún dispuesta. Había una mancha roja en el suelo de la catedral justo debajo de su mano herida y de algún modo intuyó que aquel charco tenía cierta importancia en la escena, o quizá era su propia sed. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la actitud de Rómulus no era la de alguien preparado para saltar y destruir. El Ángel la estaba protegiendo. No estaba encogido en una postura de combate, al contrario, se erguía mostrando su cuerpo como un muro rojo que se interponía entre el enemigo y Mau; sus brazos levemente abiertos, las piernas asentadas e inamovibles y sobre todo aquella mirada cargada de furia y amenazas. Advirtió los mismos sentimientos en el rostro de Mau quien, ahora que veía el tapiz bajo una nueva perspectiva, permanecía junto a él rechazando y aceptando al mismo tiempo su protección. Era un tapiz lleno de sentimientos, lleno de valor y que sin duda tenía una larga historia tras él.

En otro tapiz vio al mismo Sangriento, esta vez llevaba en la armadura los colores de los Tigres Nevados excepto en la hombrera derecha. Un bólter pesado escupía fuego desde sus manos y su posición en el cuadro era mucho menos céntrica.

Ése es Remus, su hermano –aclaró Mau.

¡Hermano!, ¿entonces tengo un tío? –Károbis rió sorpresivamente-. ¿Pero por qué porta nuestros colores?.

Este lienzo detalla los combates urbanos de Saller. Por aquel entonces Remus había sido trasladado a nuestro capítulo y luchaba con nosotras. Has de saber que era un gran guerrero. Ningún enemigo logró hacer retroceder la posición que él defendiera. Aprendió a deslizarse tras las líneas enemigas como los Tigres Nevados, aunque esos conocimientos no le sirvieron de mucho cuando volvió a su capítulo porque los Ángeles Sangrientos no luchan de ese modo. Era además el más certero artillero de su compañía. Muchas de las nuestras agradecen aún lo que él les enseñó.

No pasó desapercibido para Károbis el profundo respeto que despertaba en Mau el recuerdo de aquel hombre. Ciertamente, estudiando a fondo el tapiz podía verse que Remus ocupaba un lugar importante en el corazón de los Tigres Nevados. Era una sutil aura que el artista había sabido imbuir en su retrato, pero que requería conocerle para ser percibida. - ¿Cómo murió? –inquirió habiéndose dado cuenta de que Mau hablaba de él en pasado.

En seguida el rostro de la Tigresa quedó ensombrecido. – Desapareció durante la reconquista de Cralti IX. Capturado por marines del Caos. Nunca volvió a saberse de él.

Károbis sintió algo extraño en ella. Normalmente ella hablaba con orgullo de los héroes del pasado, incluso sus muertes eran relatadas con toda la gloria de que era capaz, pero parecía triste por la muerte de este último. Sólo pudo imaginar una razón para ello: había algo más respecto a Remus que no le estaba contando.

¿Qué ocurrirá conmigo cuando la Rabia Negra me consuma?.

Mau se sorprendió por el tranquilo estoicismo con que Károbis habló de su propio futuro, debido quizá a que no había sido educado en el ambiente de los Ángeles Sangrientos.

Seguiré teniendo ataques cada vez más frecuentes hasta que resulte un peligro mayor para el capítulo que para los enemigos de éste.

Eso no ocurrirá –no había desesperada autoconvicción en las palabras de Mau. Sólo seguridad. Seguridad rotunda-. Te enseñarán a evitarlo.

Károbis la miró con la pregunta en su mirada, pero ella no la contestaría aún. En aquel momento un tisar pasó por el corredor junto a ellos procurando acercarse lo menos posible a Károbis. Aquel noble animal se llamaba Rash, y por alguna razón había reuído al Tigre Sangriento desde el primer momento en que lo vio. Siempre le miraba de reojo y se alejaba cuando él se acercaba, como si desconfiara de él aunque Károbis no recordaba haber dado nunca motivo alguno a un tisar para ello.

Meses después varios miembros de la 3º Compañía que se encontraban en la fortaleza fueron elegidas entre otras para formar el comité de recepción de un visitante. Se decía que era un inquisidor. La visita de uno de estos personajes solía tener el objetivo de reclutar fuerzas para alguna misión. Los cachorros hablaban todo el tiempo de eso, expresando sus deseos o presunciones de que sus maestros fueran elegidos y, por extensión, ellos también. Por las noches el barracón era todo menos silencioso con los jóvenes charlando desde sus literas, preguntándose en voz alta si partirían por fin en su primera misión, a dónde y cómo sería. La primera misión era causa de intentas emociones para los neófitos; en poco tiempo descubirían que no era más que la misión anterior.

A Károbis fue advertido que tendría que poner en práctica las técnicas de bloqueo mental que había aprendido. Algunos inquisidores podían leer la mente y si descubrían que él había sido concebido por quien lo había sido las cosecuencias serían graves. Se le había enseñado a revereciar a los representantes de la justicia imperial, pero también que los inquisidores y ellos tenían peligrosas diferencias a la hora de interpretar dicha justicia y que para evitar roces era mejor ocultarles ciertas cosas.

No había vuelto a ver a ninguna de las Flechas Negras desde su entrada en el capítulo. Habían sido destinadas a otras compañías, otras fortalezas. Lo cierto es que apenas pensaba en ellas. Había demasiado en que centrar la mente para dedicar el tiempo a melancolías. El rostro de Rómulus se le había quedado grabado. A veces tenía que hacer un verdadero esfuerzo para quitárselo de la vista. Se preguntó si era alegría por haberle visto al fin, por haberle conocido aunque sólo hubiera sido por un retrato. No podía negar que se sentía orgulloso de que fuera señor de una compañía, era como ser hijo de la misma Panter. Había preguntado a Mau qué circunstancias podían haber unido a miembros de diferentes capítulos, pero ella le respondió con una simple evasiva que él no quiso discutir ya que en realidad no importaba.

La nave llegó al amanecer. Formando una doble fila desde la entrada principal hasta la pista de aterrizaje, los Tigres Nevados siguieron su trayectoria conforme se hacía más y más grande. Era una versión arcaica de thunderhawk, pero nadie había visto nunca un diseño parecido fuera de una holopantalla. Era como una pequeña ermita volante, una verdadera antigüedad, un pedazo de tecnología de eras pasadas mantenido en funcionamiento el Emperador sabía cómo. Los laterales estaban decorados con falsos ventanales de catedral pintados sobre el fuselaje negro y la torreta con el cañón principal había sido sustituida por un pedestal que sostenía un gran símbolo de la inquisición. Otras dos thunderhawk de los Tigres Nevados las seguían a modo de escolta, pero se desviaron hacia el norte mientras la nave inquisitorial llevaba a cabo una maniobra de aterrizaje estándar entre las largas estructuras triangulares. Aquella mañana no hacía apenas viento y el cielo estaba azul y sin nubes como si el mismo planteta coincidiera en dar la bienvenida.

Cuando la rampa de embarque empezó a descender Panter y Karakal estaban aguardando plantados justo delante de la nave. También estaban Tigrit y Cheetah. Esta última y Karakal eran los únicos que habían asumido la tutela de un cachorro, quienes aguardaban tras ellos en actitud de firmes. Lo primero que salió de la nave fue una doble fila de soldados armados en un corto desfile hasta tierra firme. Llevaban el uniforme rojinegro blindado de las tropas de asalto inquisitoriales, los cascos al cinto, las armas al hombro. Bajaron marcando el paso con un tamborileo hasta formar un semicírculo frente a los oficiales de los Tigres.

Eran los primeros seres humanos de fuera de Tigrit IV que Károbis veía y le parecieron una muestra de la marcialidad imperial de la que sentirse orgulloso. La mayoría tenía ojos marrones, un par de ellos eran de piel oscura y todos tenían el cabello muy corto o se habían afeitado la cabeza por completo. La rigidez estoica de sus rostros fue lo que más impresionó a Károbis. Les hacía parecer autómatas de carne más que hombres. Eran soldados de fe y determinación inquebrantables; mente poderosamente centrada y disciplina de hierro. Si los marines espaciales fueran simples humanos, sin duda serían como ellos. A continuación descendió un variopinto grupo de seis personas, aunque algunos de ellos requerían un esfuerzo para ser reconocidos como tales a simple vista.

El primero era una figura enjuta y fantasmagórica cubierta por una túnica granate y una holgada capucha que ocultaba por completo su rostro. Amarradas sobre el pecho y a sus costados llevaba varias máquinas con mecanismos diseñados para hacer circular rollos de pergamino entre rodillos de bronce. Las cortas mangas de su vestimenta permitían una escalofriante visión de sus antebrazos y manos atravesados por varillas lexicomotrices. Cada uno de sus dedos culminaba en una plumilla siempre de diferente forma y tamaño. Se detuvo justo frente a ellos sin decir nada todavía.

Los tres siguientes bajaron a la vez, dos de ellos en primer lugar y otro detrás. Los primeros llevaban también el uniforme de los comandos de la inquisición, pero con los colores rojo y negro cambiados respecto al del resto y separados por líneas doradas. Éstos llevaban el casco integral puesto, por lo que sus rostros eran de momento una incógnita, y tanto el rifle de fusión del uno como el lanzallamas del otro parecían prestos a entrar en acción en cualquier momento. Tras éstos venía uno ataviado con armadura y jubón como salido de un mundo de desarrollo medieval. Para completar su aspecto primitivo portaba además un amplio escudo con visor recargado de ornamentos y símbolos inquisitoriales, una larga espada envainada al cinto y un rompecabezas con aspecto de haber sido modificado como arma de energía. En su yelmo no se apreciaba abertura alguna.

La siguiente figura resultó sorprendente entre aquel desfile. Se trataba de una mujer de apariencia normal con una armadura blanca muy ajustada a su cuerpo que más parecía un vestido. Un emblema rojo de la flor de lis se repetía continuamente en la superficie de aquella armadura interrumpido ocasionalmente por líneas doradas que formaban motivos desconocidos para Károbis. Llevaba el rostro descubierto pero se recogía el cabello con un tocado extraño que debía de ser algún símbolo de su función. A juzgar por su rostro, debía de ser la única a quien los Tigres Nevados imponían justo respeto.

Todos formaron frente a los Tigres situándose en el centro del semicírculo. El primero entrecruzó sus manos como un monje y empezó a hablar. – En nombre del Emperador Inmortal saludamos al capítulo de los Tigres Nevados –dijo con voz metálica aunque humana-. Comandante Panter... Capitán Karakal... Teniente Tigrit... –se detuvo mirando a la que no había nombrado.

Capitana Cheetah –se presentó ella misma-. Sección motorizada Guepardina.

El encapuchado asintió pronunciadamente. El manto que Cheetah llevaba cubriéndole el rostro de nariz para abajo no le había permitido compararla con las holoimágenes que había estudiado. – Por favor permitidme presentarnos. Somos el séquito de su señoría. Yo soy Nahim, lexicomecánico a vuestro servicio. Los comandos especiales Devalier y Rock, Musafar de la orden de cruzados Abóminum y la hermana Crisantem de la orden hospitalaria de la Paz Interior.

Sólo Crisantem y Musafar dedicaron un asentimiento y sólo la hospitalaria trazó una sonrisa reprimida a modo de saludo. Nada de lo que se decía allí parecía incumbir a los dos comandos.

¿Habéis venido solos? –preguntó Panter.

Una nueva figura que parecía haber pemanecido en lo alto de la rampa todo el tiempo descendió con paso lento y una mano a la espalda. Llevaba una larga gabardina gris abrochada desde el cuello hasta la cintura. Se apoyaba en un bastón de bronce de modo aristocrático a la vez que cansino que asía con un guante de cuero negro. Llevaba un sombrero de ala ancha también gris cuya sombra cooperaba con el alto cuello de su gabardina para no permitir que el más mínimo rasgo de su cara quedara a la vista, sin embargo podía verse una tenue luz verdosa en aquella oscuridad, al lado derecho de donde debía de tener la cara. Llevaba emblemas en bronce de la I de la inquisición en el sombrero y sobre el corazón. Tres familiares, pequeños artefactos gravitatorios fabricados a partir de cráneos humanos, se mantenían en todo momento sobre él y a sus lados.

Károbis tuvo de inmediato la sensación de que aquella figura centraba su mirada en él.

Conforme bajaba la rampa evaluó rápidamente la visión que se le ofrecía. Aquel capítulo tenía el aspecto bárbaro que había observado en Cicatrices Blancas o Lobos Espaciales; utilizando pieles de animales y fetiches y marcas propias de tribus salvajes para decorar sus armaduras. Debía de haber cincuenta de ellos formando un pasillo hasta el edificio principal, pero apenas distinguió siete u ocho rostros masculinos. Su bastón hizo un sonido diferente al golpear suavemente el plastocemento de la pista de aterrizaje.

Nahim se apartó del centro del séquito para hacerle sitio. – Os presento a su señoría, el gran inquisidor del Ordo Heréticus, Archivald Drake.

Los servocráneos pivotaron despacio a un lado y a otro. El grupo de mando de marines le dedicó un cabeceo al unísono, mucho menos exagerado que las reverencias a las que estaba acostumbrado, pero con el que tuvo que conformarse. Ni uno solo de los de su séquito lograba alzar la cabeza a la altura del pecho de los Tigres Nevados. Tampoco él.

Es un honor teneros con nosotras –empezó Panter buscando ojos en el sombrío rostro.

Un servocráneo se fijó en ella con sus múltiples visores autoajunstándose a la vez. El inquisidor siguió encarado al frente mientras hablaba. – Os saludo y agradezco esta bienvenida. Sugiero una reunión con todos los oficiales de compañía disponibles para explicar el motivo de mi presencia aquí.

Por supuesto. Károbis os guiará a vuestros aposentos mientras los oficiales son convocados.

Era la voz de un hombre de mediana edad que fingía más autoridad de la que realmente reflejaba. Károbis se fijó en que las abotonaduras de su ropa tenían la forma de pequeñas calaveras de bronce y en que debía de vestir algún tipo de armadura bajo aquella gabardina a juzgar por su envergadura en ligera desproporción con su cabeza. Tras el corto diálogo el cachorro siguió el pasillo de Tigres Nevados con el inquisidor y su séquito pisándole los talones.

Menudo personaje. Seguro que se cree el ser más generoso del universo por permitirnos oír su voz. –dijo Karakal con sorna una vez Drake se hubo alejado lo suficiente.

Transmitid la orden, capitán –le interrumpió Panter con marcialidad-. Reunión del alto mando en la sala de holomapas uno dentro de diez minutos.

A la orden, comandante –Karakal no varió el tono.

Károbis les condujo hasta el ala de dormitorios, donde indicó a Drake uno de los aposentos para oficiales. Fue Nahim quien se lo agradeció mientras el inquisidor entraba sin decir palabra y cerraba la puerta tras de sí únicamente con la compañía de sus familiares.

Vos podéis acomodaros en las habitaciones contiguas.

De nuevo gracias.

Rock y Musafar se quedaron haciendo guardia en la puerta del aposento. Devalier, Nahim y Crisantem le siguieron hasta la siguiente puerta. Los dos últimos eran los únicos de todo el grupo que parecían realmente humanos o que al menos no se comportaban como si todo aquello no les hubiera sido impuesto por alguna orden indeseada. Devalier entró en la siguiente habitación y Nahim y Crisantem compartieron la siguiente. Tras una retahíla de agradecimientos del lexicomecánico, Károbis fue capaz de despedirse sólo para volver a verles a todos poco después ya que como cachorro del capitán Karakal también debía asistir a la reunión. Cuando hubo acompañado al último y al volver sobre sus pasos pasó ante la puerta custodiada por el cruzado no pudo evitar la sensación de que las historias que había estudiado sobre las eras pasadas del Imperio habían vuelto a la vida.

Nadie había logrado ver aún el rostro del inquisidor cuando él y su séquito se acomodaron en las gradas del pequeño anfiteatro alrededor del holoproyector. Nahim, conectado a través de un largo cable que emergía desde su capucha al dispositivo hololítico, empezó por fin a dar explicaciones.

Ilustres miembros del Adeptus Astartes. Agradecemos al Emperador vuestra colaboración en este asunto. La presencia aquí de su señoría obedece a la necesidad de aplacar el levantamiento en armas que tiene lugar en Denovanius Zex.

Nadie recordaba haber accedido a cooperar en nada aún.

Una esfera translúcida y verdosa apareció sobre la placa del suelo en imitación de un planeta. El mecanismo que el lexicomecánico llevaba sobre el pecho había elevado dos rollos de pergamino a la altura de sus manos y sus dedos se movían espasmódicamente impulsados por los implantes motrices para transcribir sus palabras. La escritura en alto gótico era bellísima, digna de la pluma de un gran escribano.

El cardenal Arcos Bors ha llevado a límites intolerables las leyes imperiales sobre esclavitud de este planeta y toma brutales represalias contra aquellos que se adhieren a los edictos imperiales para contradecirle. Por supuesto la inquisición no está dispuesta a consentir que la eclesiarquía quede desacreditada de esa forma por un miembro subversivo y, en tanto que Bors se niega a retraerse de su actitud, ha de ser castigado.

Uno de los continentes se volvió azul. La mano izquierda de Nahim dibujó en su pergamino el contorno de aquel mismo continente con varias leyendas a su alrededor en menos de dos segundos.

La política de Denovanius Zex se basa en un concilio democrático extremadamente influenciable por la voz del cardenal, por lo que la corrupción se ha extendido rápidamente. Todo el continente en el que se encuentra la capital planetaria ha sido declarado ya Extremis Heréticus. Las fuerzas de defensa planetaria están en su mayoría del lado del apóstata, por lo que no cabe esperar ayuda interna. Ésta es la situación. Ahora su señoría se llevará una fuerza de combate de Tigres Nevados cuyo objetivo será apoyar un asalto sobre la catedral del mártir San Quenáius en la ciudad capitalicia de Ophir, donde Bors se oculta, mientras varios regimientos de la Guardia Imperial inician una campaña de represión en todo el planeta para cortar los posibles brotes de corrupción. Cuando se sepa que la sede del cardenal ha sido tomada por los marines espaciales el miedo hará que la población reniegue de seguir luchando.

Silencio. La costumbre era oír una introducción bastante más larga. Evaluación de las fuerzas del enemigo, cantidad precisa de tropas que se necesitaba, apoyo táctico... pero no parecía que se les fuera a ofrecer más información de la que habían oído. Alguien hizo la primera de las preguntas al respecto.

Agradecería que se presentaran voluntarios –dijo Drake inmediatamente después de que la oficial hubiera formulado su pregunta-, preferiblemente que no tengan miedo de cuán numeroso pueda ser el enemigo.

Varias parejas de ojos atigrados se clavaron en el inquisidor. La impertinencia de aquel comentario era de todo punto inadmisible.

¡Los Tigres Nevados no temen a nada, señoría! –sentenció Panter adelantándose a otras cuatro oficiales que estaban a punto de soltar sus propias respuestas.

El sombrero de Drake giró hacia ella. – Gracias comandante, por presentaros voluntaria. Os daré la orden de salida a su debido tiempo.

La 3º Compañía estará lista para partir en quince minutos –desafió la comandante.

Nahim...

El aludido tomó la palabra. – Aguardamos la reagrupación de los últimos regimientos de la guardia imperial. Una vez estén listos, el asalto se producirá simultáneamente a escala global en Denovanius Zex. El golpe de efecto será entonces devastador para la moral enemiga cuando el castigo del Emperador les llueva del cielo en todos los rincones de su planeta.

¿Para cuando se prevé que estarán listas esas tropas? –intervino Karakal.

Quedan noventa y tres horas, cuarenta y tres minutos y cincuenta segundos para la fecha prevista. –respondió el lexicomecánico sin consultar cronómetro alguno-. La fecha de reunión en la órbita de Denovanius Zex está programada dentro de las siguientes semanas.

Hasta que se reciba confirmación mi nave permanecerá en órbita y yo en esta base. Oficiales, gracias por vuestro tiempo –el sombrero volvió a mirar al frente y Drake se marchó provocando una oleada de silenciosa ira en toda la sala.

He descargado toda la información pertinente en el cogitador del dispositivo hololítico. Si tienen alguna pregunta por favor no duden acudir a mí –añadió Nahim antes de realizar una reverencia a la sala y seguir a su señor.

Los Tigres se marcharon después con airados comentarios.

He partido en misión con varios inquisidores pero nunca ví un cretino semejante –decía Karakal mientras caminaba junto a las otras oficiales por el corredor.

¡Si tenemos miedo del enemigo! ¿con quién cree que está tratando? –añadió Cheetah.

Por su parte, Károbis y la aprendiza de Cheetah, Siam, mantenían su propia conversación un poco rezagados.

Ni siquiera se ha descubierto ante las oficiales –dijo Siam con sus ojos azulados repletos de rabia-. Y va con sus perros guardianes a todas partes como si esperara que cualquiera de nosotros le atacara.

Debería haberle metido en el reciclador de basura en vez de llevarle a los aposentos para oficiales –respondió Károbis cerrando los puños.

Siam perteneció a las tribus de gente negra del sur. Károbis oyó hablar de ellos cuando era un Flecha Negra, pero ahora aquellas historias le parecían distantes y huecas. Había sufrido un percance durante la implantación de la simiente del capítulo. Su melanocromo y su mucranoide habían reaccionado inesperadamente con su metabolismo sin otras consecuencias aparte de que ahora sus cejas y su ensortijado y corto cabello había perdido coloración, volviéndose del color del marfil. – Y recurrir a su lacayo para responder a la comandante. ¿Se cree demasiado importante para gastar su aliento?.

Al menos parece que sabe lo que está haciendo.

La chica aguardó a que Károbis se explicara con evidente rechazo a todo lo que significara una concesión para el inquisidor. Él estaba estudiando la información del lexicomecánico en una tablilla de datos.

Su táctica requiere una coordinación muy precisa, pero resultará letal. Un asalto planetario al unísono de tropas imperiales desalentará por completo a los rebeldes. Fíjate en esto.

Siam empezó a leer en voz alta los nombres de los regimientos que participarían en el ataque. – Arietes Elovnitas, Cazaalimañas de Cardobal Secundus, Halcones de Guerra de Harakon...

Todos son regimientos especializados en el asalto rápido o en guerras de guerrillas. Excepto los Camaleones de Hierro Scattosianos, a esos seguramente los usará para establecer fortines y puntos de defensa.

Károbis había desarrollado memoria fotográfica durante su adiestramiento lo cual, combinado con su afición a pasar su tiempo libre estudiando los archivos le estaba convirtiendo en un individuo extremadamente culto.

Siam entrecerró los ojos y alzó las cejas en un orgulloso gesto. - ¿Crees que quiere enfrascarse en guerras de guerrillas con esos rebeldes?.

No, pero quien sabe cómo funciona una guerra así también sabe cómo evitarla. Denovanius Zex es un mundo altamente urbanizado y con un desarrollo industrial de gran importancia.

Tendrán que luchar contra gente que conoce a la perfección cada recodo de esas ciudades y el mejor modo de contrarrestar eso es con tropas ligeras que sepan intuir los movimientos del enemigo.

Exacto.

Acto seguido Siam se detuvo para mirar atrás y Károbis, al verla, hizo lo mismo. Uno de los deformes servocráneos de Drake les estaba siguiendo con dos visores enfocados hacia ellos y el resto hacia el grupo de mando, hasta quienes Siam se adelantó de inmediato.

Capitana –susurró a Cheetah con una señal disimulada.

Ignóralo. Los servocráneos son los ojos y oídos del inquisidor y él tiene libre acceso a la base.

Károbis seguía revisando la tablilla cuando el nombre de uno de los regimientos de la guardia imperial llamó poderosamente su atención.

Guerreros de Remus –susurró para sí.

Durante los siguientes días prácticamente todos los miembros de la 3º Compañía tuvieron que esforzarse en ignorar la presencia de los molestos familiares de Drake hasta el punto en que era prácticamente imposible pasar un día entero sin ver a uno de ellos observándoles.

Károbis, solo en sus aposentos, se esmeró en completar su pequeño proyecto: convertir el cuchillo de Absino en un arma de energía. Había utilizado el mismo mango de cuerna de ciervo para alojar una cápsula de plastiacero con el generador de campo de disrupción. Reforjar la hoja y modificarla con el circuito microconductor había sido un juego de niños y ahora relucía como la plata bruñida. Estaba ultimando ciertos detalles en el mecanismo cuando la compuerta se abrió automáticamente y un servocráneo entró silencioso en la habitación. El lexicomecánico había programado a los familiares para que fueran capaces de desactivar por control remoto los cierres de seguridad de las puertas convirtiéndolos en inoportunos metomentodo. Con un rebufo asió un soldador de aguja y afinó el pulso para ajustar una de las dos bobinas electromagnéticas del tamaño de un tarso que proporcionarían la energía necesaria. Cuando terminó introdujo el mecanismo en la cápusla de metal, la cápsula en el mango de hueso y ensambló la hoja al agujero atornillándola firmemente. El familiar se acercó al cuchillo cuando Károbis lo activó torciendo la base de la hoja. Un pequeño rayo azulado recorrió el metal y luego todo el filo permaneció brillando con un leve fulgor. Funcionaba. Cuando el servocráneo se acercó tanto al arma que se le puso delante de la cara decidió probarlo con él, pero salió huyendo rápidamente de la estancia.

En todo momento Drake se comportó de un modo irritante y poco respetuoso ante los Tigres que cualquiera esperaba de un oficial de la guardia envidioso de su superior capacidad, pero no de un inquisidor. Criticaba abiertamente la presencia de los tisares en la fortaleza, a los que nunca se dignaba referirse más que como “bestias”, e incluso la existencia de mujeres marines.

Dedicaba parte de los días en el área de tiro fuera de las murallas con un arma que parecía una pistola de duelo de pólvora negra. Incluso tenía un mecanismo que imitaba el dispositivo de disparo de pistón, pero a cada disparo el maniquí que servía de blanco quedaba completamente vaporizado dejando sólo algunos restos incandescentes. El silbido que producía y los cartuchos cilíndricos que empleaba como munición eran propios de un arma de fusión, un arma de fusión del tamaño de una pistola y con la que Drake no falló ni una sola vez. Nahim se conectaba al arma con un cable y hacía cálculos con el teclado que emergía de la máquina de su pecho de un modo similar a como hacían los siervos del capítulo mientras comprobaban la evolución de sus futuros cachorros.

Un poco alto, señoría –informó el lexicomecánico cuando el inquisidor hizo una nueva diana.

Drake se ponía una mano con su bastón a la espalda y sopesaba un par de veces la pistola antes de cada disparo. La nieve había empezado a blanquear su sombrero y los hombros de su gabardina. Para mantenerse en forma, el resto del séquito practicó puntería también. Devalier sólo entrenó un par de veces con su rifle de fusión, prefiriendo reservarlo para cuando fuera realmente necesario. Rock dejó de lado su lanzallamas y disparó con una pistola láser durante largo rato.

Perfecto, en el mismo centro. ¿Me permitís dar rienda suelta a mi curiosidad, señoría?.

Adelante, Nahim.

Me preguntaba cuáles eran vuestras conclusiones hasta el momento.

Drake inició un largo proceso desenroscando el cargador de su pistola y sustituyéndolo por otro. – El decreto pasivo impide a la eclesiarquía asumir el mando de hombres armados y hasta ahora eso les dejaba con la única opción de reclutar tropas de las órdenes de hermanas de batalla y de contados regimientos de la guardia imperial. He confirmado los informes, casi el ochenta y cinco por ciento de los miembros de este capítulo son mujeres.

¿Eso os inquieta?.

Sabemos de muchos sacerdotes y eclesiarcas que se han amparado en el decreto pasivo para reclutar Tigresas Nevadas y utilizarlas para sus propias guerras particuares, asuntos de limpieza de cultos heréticos tan débiles que un recluta del adeptus arbites armado con su propia bota se bastaría para desmantelarlos.

Nahim asintió. Era él mismo quien proporcionaba tales informes a Drake.

Que un capítulo de marines espaciales esté casi por completo a merced de la eclesiarquía es inquietante en el mejor de los casos.

Hmm... Ciertamente los Tigres Nevados se encuentran en medio de una contradicción. Como capítulo del Adeptus Astartes gozan de cierta independencia para defender el Imperio a su modo, pero como mujeres pueden ser comandadas por la eclesiarquía en cuanto así se les ordene. Sin embargo nuestro Ordo tiene en muy alta estima a los Tigres Nevados, señoría. Son incontables las ocasiones en que han asistido a inquisidores heréticus en...

Nahim, eso es así para mantenerlas ocupadas el mayor tiempo posible y que de ese modo no dispongan de tropas que la eclesiarquía pueda reclutar –dijo con intención de echarle al lexicomecánico su ignorancia a la cara-. A la larga este capítulo está destinado a ser disuelto. No se consentirá que la situación actual se prolongue hasta ser insostenible. La eclesiarquía no puede tener a marines espaciales bajo su mando y el modo de impedirlo es que no existan marines a las que puedan dar órdenes. Es así de sencillo.

¿Tan poco fiamos en la eclesiarquía, mi señor?.

Durante un silencioso instante, Drake alzó la cabeza permitiendo que apenas unos rayos de sol iluminaran unos ojos con un iris verde y el otro azul que se perdían en el horizonte. – Ya sabes los tiempos que corren, Nahim. Abaddon amenaza de nuevo Cadia; Armageddon ha quedado derruida por tercera vez bajo los orkos; los tiránidos avanzan más y más; en el adeptus mecánicus empiezan a aparecer herejes radicalistas; los Tau hacen colisionar sus fronteras con las del Imperio.

>> La eclesiarquía ya ha empezado a acostumbrarse al poder que los Tigres Nevados le proporcionan. Con ellos... ellas... pueden hacer valer su voluntad a su antojo. Imagina lo que supondría ahora...

...una segunda Era de la Apostasía –adivinó Nahim-. Sería catastrófico.

Sería el fín del Imperio y de la Humanidad. Y nuestro deber es prever tamaña catástrofe.

Nahim estuvo a punto de defender a los Tigres Nevados diciendo que era imposible que marines espaciales, varones o mujeres, volvieran contra el Imperio pero se retrajo maldiciendo la debilidad de su mente humana. En una guerra así el Imperio no era visto como un todo, sino como un conjunto de partes y mientras que sólo algunas partes guerrearan entre sí, el Imperio en sí seguía apareciendo igual a todos. Ambos bandos rogarían al Emperador por la victoria mientras éste veía desde su trono dorado cómo sus hijos y sus súbditos se mataban entre sí y en su nombre. Las Tigresas podían ponerse del lado de una eclesiarquía corrupta forzadas por el decreto pasivo o por verdadera devoción al culto imperial. Ese riesgo existía y era ofensivamente ominoso si uno se detenía a pensarlo.

Drake volvió a bajar la cabeza y terminó de enroscar y asegurar el nuevo cargador. El recién repuesto maniquí se puso al rojo vivo al recibir la onda térmica y acto seguido se vaporizó en una densa nube. – Muchos desean que este capítulo nunca hubiera aparecido. Los Tigres Nevados surgieron a raíz de un error. Alterar la simiente genética de un Primarca es una locura y ahora ha engendrado este peligro dentro de las fronteras del Imperio.

Este tiro se os ha desviado a la derecha y un poco abajo, señoría.

Pero son útiles al Imperio y en tanto que sigan siéndolo la inquisición seguirá contando con ellas. Pero la Era de la Apostasía no se repetirá y si alguien intenta utilizarlar a los Tigres Nevados para hacerlo sufrirá mi ira sea quien sea. Y los Tigres también.

Drake gustaba de acceder a la capilla principal de la fortaleza, cuyo tamaño era equiparable al de una pequeña catedral imperial y era no menos digna de ese nombre. Incluso contaba con ventanales que no daban a ninguna parte pero que mediante luces artificiales se iluminaban como si el sol incidiera sobre ellos. El retablo era un enorme telar como los que había visto en algunos corredores, cuyos bordados representaban a la Señora del Capítulo en su servoarmadura. Porqué Drake era tan desconsiderado con ellas y sin embargo admiraba su arte era un misterio que muchos de los neófitos relacionaban con la locura y la caprichosidad conocida de los inquisidores. Era como si no confiara en el capítulo, como si creyera en todo momento que cualquiera de ellos era bueno para clavarle un puñal por la espalda. Es más, tenía la osadía de prohibir el paso a la capilla cuando él estaba en ella. Su mayor afición era tocar el órgano y poseía un gran don musical que hacía brotar de aquellos tubos melodías de gloria y añoranza de tiempos pasados, aunque sólo pudieran ser oídas desde los pasillos exteriores ya que Rock, Devalier y Musafar nunca dejaban en su custodia de cualquier puerta por la que se pudiera llegar hasta Drake, más protegidos por el rango de su señor que por sus armas o armaduras.

Károbis anduvo entre las estanterías de madera magníficamente trabajada del Librárium. Aquellos muebles construidos de árboles milenarios se alzaban hasta el techo, varias decenas de metros por encima de su cabeza, y eran recorridas por varios niveles de escalinatas y pasarelas por los que podía ver a algún que otro semántico buscando, limpiando u ordenando los tomos manuscritos del ancho de dos puños. Había miles y miles de ellos, todos perfectamente clasificados, mantenidos y renovados, conservando entre sus páginas toda la historia de su capítulo desde su primera señora, su primera batalla, su primera victoria, su cultura y personalidad, su alma, todo estaba allí. Pero la información que él buscaba no la encontraría en aquellos libros de modo que se encaminó hacia la terminal del cogitador emplazada en una solitaria esquina, una máquina oscura y cuadrada con un teclado rúnico y varias ranuras y clavijas vacías.

Cogitador –llamó.

La máquina le respondió con una frase de bienvenida proyectada en su pantalla principal con símbolos verdes sobre fondo negro. Károbis tomó su tablilla de datos y ensambló el saliente de su parte inferior en una de las ranuras a la derecha del teclado. La pantalla respondió con otro mensaje:

Tablilla de Datos insertada

Pulsó varias runas en rápida sucesión a la vez que hablaba. – Necesito información adicional acerca de un regimiento de la guardia imperial. Identificación: Guerreros de Remus.

Accediendo a Tablilla de Datos

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Regimientos de la Guardia Imperial

Guerreros de Remus

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Guerreros de Remus

Información disponible

גּ: Mundo Natal

טּ: Organización

ח: Honores de Batalla

: Sanciones Inquisitoriales

Decidido a descubrir si había alguna relación entre el nombre de aquel reguimiento y el del hermano de su padre, Károbis pulsó la runa גּ.

Remus

Mundo natal del regimiento: Guerreros de Remus

Clase: μ

Población: 246.000.000 [Censo Imperial 221035M41]

Grado de Diezmo: Solutio Extremis

Descripción General:

La popularidad de combates gladiatoriales rituales y el fervoroso culto a deidades guerreras [Sanción Inquisitorial – Introducid código de acceso] producen una raza de hombres fuertes y valerosos para la guardia imperial.

Pensamiento Anexo: El fuerte es fuerte por sí mismo

ש: más información

Volvió atrás y pulsó la runa ח pero la lista que apareció ante sus ojos era poco menos que eterna y no tenía toda la mañana. – Cogitador. Busca concordancia “Honores de Batalla_Guerreros de Remus_Ángeles Sangrientos”. Código sigma-sigma-delta-Guilliam-omega para acceso a información del Adeptus Astartes.

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Honores de Batalla

Guerreros de Remus

Ángeles Sangrientos

Concordancia encontrada

ж: Campaña de Rómulus IV

¡Rómulus! –pensó en voz alta-. ¿tambien tú estás en este puzzle?.

Pulsó ж.

Rómulus IV era un planeta cuyo gobernador, un tal Nethes Deisenhaugur, vendió su alma a los Poderes Oscuros y capturó su propio mundo en nombre del Caos. La mayor parte del contingente imperial que llegó para aplacar aquella rebelión eran precisamente Guerreros de Remus y, puesto que se había detectado la presencia de marines de plaga, se requirió también la presencia de una compañía de marines espaciales Ángeles Sangrientos. Cuando las fuerzas del Caos fueron completamente exterminadas los Sangrientos habían tenido muchas bajas debido a la peste y la corrupción que flotaba por las calles de aquel lugar de modo que reclamaron a varios de los jóvenes romulianos rescatados para convertirlos en marines y suplir sus bajas en poco tiempo. Entre los elegidos se mencionaba a una pareja de gemelos que el CCXXVI regimiento remusiano habían rescatado de entre las ruinas y a los que se había bautizado con los nombres del mundo del regimiento y el del mundo natal de los niños.

Rómulus y Remus...

La mención era hecha porque el propio comandante de los Ángeles Sangrientos, Aertes Dragmatio, asumió personalmente su tutela.

Cogitador, necesito información adicional sobre Aertes Dragmatio, marine espacial, capítulo de los Ángeles Sangrientos. Código sigma-sigma-delta-Guilliam-omega para acceso a información del Adeptus Astartes.

Código Rechazado

Se esperaba aquella respuesta pero no había podido resistirse a intentarlo. Aquel código era válido únicamente para referencias generales acerca de las acciones de los marines espaciales, no para datos específicos. Era ilegal que Károbis lo empleara; lo había descifrado aplicando con maestría los conocimientos adquiridos con los propios cogitadores de la base, lo cual también estaba prohibido. Dedicó algunos minutos a manipular los registros para que nadie supiera el código que había empleado y se marchó del Librárium dedicando un saludo a la bibliotecaria de guardia.

Aquella noche el Tigre Sangriento salió de la estructura principal de la fortaleza y se encaminó hacia el pabellón de adiestramiento en busca del inquisidor. Habían intentado contactar varias veces con él por el comunicador pero ni él ni ninguno de los miembros de su séquito lo tenían activado y Károbis fue enviado a reclamarle por la comandante Panter. Oyó el cercano rugido de un tisar. Le habría gustado ir en su busca, zambullirse en los bosques y cantar a coro con los tigres de las montañas. Realmente quería hacerlo pero al no poder ser el joven cachorro pisoteó la nieve en dirección a la entrada del edificio. No le sorprendió encontrar a uno de los comandos bloqueándole el paso, pero se apartó nada más mencionar el asunto que le llevaba allí.

El interior de aquel edificio no tenía un solo mamparo o habitación sino que era más bien un gigantesco gimnasio. Tampoco había columna alguna debido a la precisión y maestría de su arquitectura. Había hileras de aparatos de ejercicio cuyas pesas se medían por cincuentenas de kilogramos, una pista de varios carriles en los que mas de una vez había ganado carreras contra otros cachorros y una zona de combate en una esquina con las paredes cubiertas de armas de cuerpo a cuerpo. Fue allí donde les encontró.

Drake sostenía un combate con Musafar bajo la atenta mirada de sus restantes lacayos. El cruzado había dejado su escudo contra la esquina y blandía sólo su espada contra el bastón del inquisidor. Nahim le oyó acercarse y le indicó que guardara silencio con el plumín de su dedo índice ante su capucha. Al principio Károbis aguardó con fastidio al tener que emplear más tiempo del que había esperado para llevar un simple mensaje pero al poco estaba estudiando y contemplado ávidamente a los luchadores. Tanto el uno como el otro se movían constantemente, no permaneciendo nunca con ambos pies en el mismo sitio durante más que unos segundos, a veces décimas. La armadura de Musafar chirriaba levemente y eso volvió a inundarle con la sensación de que el pasado se volvía presente. La mayoría de los movimientos eran laterales pero de vez en cuando uno se hacía con la iniciativa y hacía retroceder al otro con una rápida sucesión de golpes. Ninguno de los dos quería apresurar el desenlace.

El cruzado empleaba su mano libre para mantener un preciso control del equilibro de su espada y sólo en contadas ocasiones la empuñaba a dos manos cambiando equilibrio por potencia. El inquisidor, sin embargo, mantenía en todo momento un puño a la espalda y maniobraba con su bastón como con un garrote manteniéndolo asido por el centro, golpeando y bloqueando con uno u otro lado en lo que debía de ser un soberano esfuerzo de muñeca. Su gabardina se levantaba a causa de sus veloces movimientos y giros convirtiéndole en un tenebroso fantasma gris. Drake no tenía reparo ni dificultad alguna en encajar alguna que otra patada sobre la armadura de Musafar cuando lograba hacerle apartar la espada, si bien el cruzado lograba bloquear la mayoría de golpes con su mano libre y respondía también con puntapies. Károbis pudo ver entoces las botas de cuero rojizo del inquisidor, aseguradas con correas y de talón alto como sacadas de la estampa de algún aristócrata.

En lo que parecía ser el punto álgido, Drake retrocedió haciendo girar su arma sin parar ante él con Musafar buscando el hueco por el que perforar su defensa. Cuando creyó encontrarlo se lanzó en una peligrosa estocada pero Drake desvió el ataque y le golpeó en la mano con el puño del bastón, desarmándole. Musafar falló un puñetazo, falló un segundo y, cuando el inquisidor intentó golpearle de nuevo, le aferró por el brazo y utilizó su propio impulso para lanzarle por encima de su hombro. El joven cachorro no dio crédito a sus ojos cuando el inquisidor ejecutó una voltereta para caer en cuclillas en lugar de dar con la espalda en el suelo y acto seguido hizo retroceder a su oponente con un salto y patada al pecho que resonó por todo el edificio como un pequeño gong. Sus lacayos le aplaudieron calmosamente mientras que a Károbis se le erizaba el vello de la nuca por el asombro.

Señoría, tenemos una visita –llamó Nahim con suavidad.

¿Te gustaría probarme, Tigre Nevado? –soltó Drake devolviendo distraídamente el ceremonioso saludo del cruzado.

Eh... –Károbis tardó un instante en rehacerse- señor, la comandante Panter os reclama en la...

Lo suponía. No es de esperar que de un capítulo compuesto de mujeres salgan hombres valerosos.

Silencio. Sólo se oyó a Musafar recogiendo su espada del suelo y envainándola como invitando al cachorro a ocupar su lugar.

En el siguiente e inevitable combate Károbis comprobó que el inquisidor había accedido a los archivos codificados del capítulo que describían los modos de combate de los Tigres Nevados. Ya le había parecido ver algunos de sus movimientos en su enfrentamiento contra el cruzado y ahora que se enfrentaba a alguien experimentado los estaba poniendo en práctica de un modo mucho más abierto. Drake sin duda era un apasionado del combate cuerpo a cuerpo, un estudioso que asimilaba todos los estilos que pudiera aprender y añadía sus movimientos a su propio estilo. Había leído algo sobre esa clase de luchadores. Artistas marciales era como se les conocía generalmente ya que había casos en la mayoría de culturas. Las tribus de Tigrit IV eran predominatemente pacíficas, pero ahora Drake no se enfrentaba a ningún tribal.

Károbis empleó su cuchillo recientemente terminado. En apariencia una mera arma corta de doble filo y mango de hueso marrón, pero si la hubiera activado el bastón del inquisidor habría quedado partido en dos a la primera acometida. A diferencia del cruzado, el cachorro empleaba mayormente su cuerpo para luchar reservando su arma únicamente para acuchillar en el momento oportuno, momento en que siempre aparecía una patada o el bastón de bronce para evitar su contacto letal. Ninguno de los dos se contenía; Károbis porque tenía al fin la oportunidad de desahogar la irritación de los constantes insultos del inquisidor al capítulo y Drake porque no tenía otra opción si quería defenderse apropiadamente de aquel torbellino.

Su cuchillo se detuvo de nuevo al topar su muñeca con el bastón. ¿Cómo era posible que un humano corriente detuviera sus golpes con la facilidad de Karakal?, la idea de que un ser de su tamaño pudiera igualar la fuerza del Tigre de Fuego no tenía cabida en su mente. Intentó patearle le vientre, pero Drake se echó atrás escabulléndose. Le lanzó una cuchillada al rostro a la vez que se preparaba para ejecutar una patada giratoria. Ambos ataques fueron evitados, el primero con el entrechocar metálico de las armas y el segundo con una veloz agachada aunque no lo bastante rápida para evitar que el pie del cachorro hiciera caer su sombrero. El inquisidor giró a la vez que se agachaba para golpearle las piernas, intento que Károbis esquivó con un salto en tirabuzón. Inmediatamente después levantó su bastón para detener hábilmente la hoja del cuchillo que se cernía sobre su cabeza, la desvió a la derecha con un nuevo giro mientras se levantaba y le pateó en el costado, pero tuvo que dar un pequeño salto atrás para recuperar el equilibrio perdido y a punto estuvo de caerse, hasta tuvo que emplear las dos manos para evitarlo. Károbis se sintió poderosamente desplazado por el golpe.

Tienes agallas Tigre Nevado, y cierto talento –admitió Drake reajustándose las solapas-. Y has hecho un trabajo de artesanía con ese cuchillo primitivo.

Nunca creí que podríais defenderos con otra cosa que no fueran palabras.

Károbis se sorprendió de estar hablando en tono tan informal con el inquisidor, quien replicó con una risilla cascada. Pudo ver extrañado que tenía un ojo de cada color, el derecho verde y el izquierdo azul, y un poblado aunque enfermizo cabello plateado. El cuello del abrigo le tapaba hasta la nariz y la cenicienta piel empezaba a arrugársele por el paso del tiempo, pero no vio por parte alguna la fuente de la luz verdosa que se veía entre las sombras de su sombrero mientras lo llevaba puesto.

Sin embargo ahora estoy entrando en calor. ¿Quieres continuar?.

Lo estoy deseando –sonrió el cachorro-. Os váis a tragar cada palabra.

Drake tiró su bastón a un lado llendo éste a parar a las rápidas manos de Nahim. En respuesta Károbis envainó su hoja y se preparó para combatir sin armas. Sintió el vello de su nuca erizarse otra vez y entonces comprendió que no se debía a su asombro, sino a que Drake estaba empleando poderes psíquicos. Ahí estaba seguramente la fuente de su fuerza. El maldito cobarde nunca se descubría; se escondía detrás de sus poderes cuando no lo hacía tras su emblema de inquisidor o de alguno de sus lacayos.

Por supuesto –dijo Drake de repente-. ¿Esperabas que me enfrentara a tí como mero humano?. ¿Es que querías partirme la cabeza, Tigre Nevado?.

Le había leído la mente. De repente se dio cuenta de que con su rabia en aumento había perdido la concentración y con ella su bloqueo mental. Apretó los puños para mantenerse bajo control. No podía delatarse de aquel modo delante de él. No debía permitirlo.

Desde lejos les llegó el estruendo de la voz de Panter y cinco cabezas se volvieron hacia la entrada.

¡Os he dicho que no se puede pasar hasta que digáis qué asunto os trae aquí! –chilló Devalier.

¡Ésta es la fortaleza de los Tigres Nevados!, ¡somos nosotras quienes restringimos el paso, raquítico infusorio! –respondió la comandante derribándole de una simple aunque sonora palmada en el peto.

Evidentemente Panter se había hartado ya de los juegos del inquisidor. El comando se levantó con el rifle de fusión encarado pero la comandante no le hizo caso alguno y siguió caminando hacia donde estaban Drake y Károbis. El cruzado se antepuso al inquisidor sin parecer amenazador todavía. Rock se separó un poco con la aparente intención de quedarse al margen pero no pasó desapercibida su mano deslizándose sobre la funda de su pistola láser ni su búsqueda de un ángulo de tiro.

¡Inquisidor, mandé a buscaros hace ya largo rato!. ¿Qué demonios está ocurriendo aquí?.

El inquisidor no gusta de ser molestado durante sus entrenamientos de combate, comandante –explicó el tranquilo lexicomecánico-. Por costumbre todos desconectamos nuestros comunicadores.

¡Károbis!, ¡te envié aquí para que me trajeras al inquisidor!. ¿Qué estás haciendo?.

El joven Tigre insistió en demostrar cuán ducho es en combate –dijo el propio Drake ciñéndose su sombrero a las sienes. De nuevo volvió a aparecer el resplandor verde-. Podéis tener la certeza de que ha defendido bien el honor de su capítulo aunque su actual estado de buena salud se deba únicamente a vuestra interrupción –añadió con una comedida carcajada.

Panter estaba a punto de estallar. – ¡Preséntate ante Karakal de inmediato! –ordenó a Károbis, quien salió apresuradamente de allí no sin antes obligar a Delavier a bajar el arma de un manotazo conforme pasaba a su lado-. ¡En cuanto a vos...!

Drake aguardó orgulloso la continuación de aquella frase. Fuera cual fuera, Károbis ya no pudo oírla pues en ese momento se cerró la puerta tras él.

Los marines de armadura gris y dorada resistían a duras penas. Ni siquera podían saber el número de enemigos. ¿Cómo habían podido los siervos del Caos encontrarles en aquella fortaleza abandonada?. La eligieron precisamente por lo oculto de su ubicación. Aquel antiguo puesto avanzado sólo figuraba en los archivos más arcanos y la niebla que cubría permanentemente aquella zona del planeta debería haber hecho imposible su localización. Su aspecto además no era tentación alguna para un asalto. Sólo una de las cuatro torres seguía en pie, su planta rectangular estaba en ruinas y los alrededores sembrados con pedazos de rococemento de sus antiguas murallas. ¿Cómo podía saber nadie que allí había algo de valor?.

¡Retroceded! –ordenó Hador, sargento veterano y segundo al mando de las tropas allí apostadas-. ¡Hagámonos fuertes al final del pasillo!.

Los marines caminaron de espaldas, sin apresurarse, inundando la sección de pasillo de ráfagas bólter a medida que cedían terreno. Desde el otro extremo asomaban armaduras de oro por las esquinas devolviéndoles el fuego con armas sónicas que hacían estremecer las paredes cada vez que sus horribles zumbidos se dejaban oír.

Habían conseguido hacerles retroceder palmo a palmo desde los exteriores del castillo. Allí fuera, en campo abierto entre los decrépitos jardines, sus tropas habían sido presa fácil de motoristas del Caos que aparecían desde la niebla y acababan con escuadras enteras marine por marine, enganchándolos con cadenas y garfios y arrastrándolos rápidamente a las tinieblas donde sus gritos pronto dejaban de oírse. Cuando el impulsivo sargento Degarlade encabezó un contraataque masivo fue inmediatamente víctima de un bombardeo sónico que lanzaba a los hombres por los aires, los hacía explotar en el interior de sus armaduras o los aplastaba horriblemente. Las ondas de choque de las armas del Caos provocaban remolinos en la niebla que eran como el presagio de la muerte de otro de ellos, como estelas de proyectiles inmateriales que abrían corazas y destruían carne y hueso con una increíble fuerza cinética... como si la propia niebla les atacara con la furia de un demonio incorpóreo. Cuarenta y dos hombres se lanzaron a aquella contraofensiva; la mitad no vivieron lo suficiente para perderse de la vista entre el humo; lo último que se vio de la otra mitad era que los motoristas volvían a desmembrar su formación de retaguardia como aves carroñeras. Después los enemigos se lanzaron al asalto. Posicionaron pequeñas escuadras de tiradores para mantener a los marines de las ventanas y almenas con la cabeza baja mientras derribaban la puerta y ahora seguían avanzando por el interior de aquellos muros decadentes que no parecían capaces de soportar la batalla que se libraba entre ellos.

Hador disparó su bólter de asalto desde la esquina pero los marines de oro no se arriesgaban a recorrer los más de veinte metros de pasillo que les separaban de ellos sino que seguían tiroteándoles, si así podía llamarse a aquello, desde la esquinas.

¡Venid, cobardes! –gritó Lahnse sin dejar de disparar.

¡Contenedles aquí! –ordenó el sargento.

Hador corrió por otro pasillo dejando a su escuadra y a otras dos vigilando aquel acceso. Giró un par de veces en otros tantos cruces y entró como una exhalación en una gran sala completamente vacía salvo por el marine que estaba en pie mirando fijamente un pedestal en el centro de la habitación. Las paredes estaban cubiertas de pergaminos y sellos que sostenían más pergaminos con escritura incomprensible y considerada herética por la mayoría de inquisidores del Ordo Malleus. Sobre el pedestal había una urna de cristal y en el interior de la urna una espada en una ornamentada vaina negra que sin duda era la razón por la que los traidores estaban allí.

¡Geodirvokus! –llamó Hador.

Geodirvokus, bibliotecario y comandante en jefe de los marines del capítulo de los Despojadores que hasta ahora habían ocupado aquella fortaleza, se volvió hacia él con la sorpresa en el rostro. - ¡Cierra esa puerta! –espetó de inmediato.

Hador obedeció y vio que al dorso de la puerta había más pergaminos y runas dibujadas con una pasta rojiza. - ¡Los hemos detenido en el corredor principal pero no sé por cuánto tiempo!. ¡Tienes que llevártela de aquí!.

¿Estás loco?. ¡He tardado semanas en levantar una salvaguarda lo bastante poderosa como para contener al demonio! –respondió abarcando con sus brazos toda la sala-. ¡La espada no puede sacarse ahora de esta habitación así como así!. ¡Aún ahora sería peligroso...!

¡No podemos permitir que caiga en sus manos! –interrumpió el sargento.

¡Exacto!. ¡Y si Degarlade no hubiera sacrificado a cuatro escuadras en su ataque nunca habrían podido entrar aquí!.

¡Si no puedes llevártela, destrúyela!.

El bibliotecario analizó la viavilidad de aquella acción durante un segundo o menos. - ¿Destruirla?, ¿terminar de un plumazo con el fruto de la sangre de tantos de los nuestros?. ¡Sabes muy bien cuánto nos costó arrebatar esta arma al Caos! ¡y la batalla aún no está perdida!.

¡Será mucho peor que el Caos la recupere!. ¡Muramos o no hoy aquí no podemos dejar la más mínima oportunidad de que eso ocurra!.

El larguísimo período de tiempo que habían permanecido allí había provocado el decaimiento del protocolo en las conversaciones entre los Despojadores, pero Hador aún cofiaba en el bibliotecario. Geodirvokus empuñó su hacha psíquica y la liberó de su cinturón mirando con cierta tristeza la hoja surcada por finísimos circuitos psicoconductores que reflejaban la luz de las antorchas como hilos de cristal sobre la superficie de titanio. Hador asintió y se encaminó de vuelta a su escuadra.

La compuerta fue víctima de un golpe tan pavoroso que, antes de haber puesto la mano en la manivela, el sargento retrocedió tres pasos con su bólter preparado. - ¡Ya están aquí! ¡date prisa!.

Geodirvokus tomó el libro que también colgaba de su cinturón y lo abrió sobre el pedestal pasando sus páginas de pergamino acartonado. – Ten confianza, no lograrán entrar en este santuario.

¡Nuestros hermanos están ahí fuera!.

Otro golpe hizo temblar la puerta de plastiacero desprendiendo algunos de los sellos a ella adheridos. La piedra de la pared alrededor del marco se había agrietado y la confianza de Hador empezó a decaer cuando vio que el propio bibliotecario se sobrecogía ante tal impacto.

¡Mi Emperador! –susurró el sargento- ¡sea lo que sea eso golpea como el martillo de un dios!.

Los hilos de cristal del hacha se encendieron como diminutos tubos fluorescentes reflejando su fulgor azulado sobre el metal. Hador sintió el vello de su nuca erizarse en el interior de su casco y su armadura le previno de un imprevisto y brusco enfriamiento del ambiente. A los dos les llegó un quejido, un bajísimo mumullo ininteligible que provenía de la urna.

El demonio sabe que me dispongo a destruir su prisión –advirtió Geodirvokus empuñando su arma a dos manos.

¿Eso es bueno o malo para nosotros?.

El bibliotecario vio que la empuñadura de la espada vibraba produciendo un molesto traqueteo. El murmullo crecía en intensidad dentro de su mente hasta el punto de frustrar su concentración dificultando el flujo de energía psíquica entre él y su hacha.

No es bueno, Hador. Nada bueno.

De repente la puerta salió despedida al tercer golpe entre un aluvión de piedra y polvo, golpeando a Hador y derribándole. El sargento se arrodilló y recuperó su bólter de asalto cuando la servoarmadura más grande que ambos habían visto en su vida entró en la cámara. Tal era su volumen que una armadura de exterminador no sería más imponente a su lado, pero sus colores dorados y sus emblemas de plata no pertenecían a los Despojadores. El paladín del Caos no empleaba yelmo o casco alguno dejando ver una faz bien formada y una cabellera tan dorada como su armadura y anudada en el extremo por una cinta roja. Sostenía un martillo de oro y plata cuya asta era tan larga que la cabeza del arma quedaba a la altura de la suya propia. La sección final del mango parecía tallada en un único cristal de esmeralda y justo bajo la cabeza de martillo había una hoja de hacha de plata bordeando el mango hasta dos palmos por debajo. Sus ojos pasaron rápidamente entre uno u otro enemigo antes de dar un paso hacia el interior de la sala con el arma cogida en horizontal con ambas manos. Su rostro estaba contraído y alerta; el ceño fruncido, los ojos abiertos, podía sentirse su profunda concentración y completa vigilia sobre ambos. Casi parecía que les temiera. Por detrás de él más y más traidores pasaban corriendo y vociferando entre intermitentes destellos de bólter que llegaban desde el lado contrario. Otro marine traidor de menor estatura se detuvo al pasar y se apoyó de espaldas en el destruido marco de la puerta.

¿Necesitas ayuda? –dijo con voz lánguida.

La armadura de este era un amplio contraste con la del primero; menos voluminosa que una servoarmadura normal y decorada como un cuerpo desnudo.

Adalers, no pediría tu ayuda aunque me fuera la vida en ello.

Como quieras.

Antes de marcharse el traidor se tapó la boca con un abanico de acero e indicó a los demás que pasaran de largo.

Me ha gustado tu metáfora –dijo el gigante señalando con su arma hacia Hador-. Como el martillo de un dios.

¡Atrás, demonio!.

Hador le encañonó pero éste lanzó un golpe y la longitud del arma le permitió acertar en el bólter de asalto desde donde estaba. Había sido un movimiento muy rápido, a una sola mano, imprevisible si se calculaba el peso aproximado de un martillo de aquellas dimensiones. El golpe dañó la muñeca del sargento, quien se la agarró sobre el brazal con un gemido mientras el bólter volaba hacia un rincón.

Puesto que tenemos cierta prisa os damos la oportunidad de entregar el arma voluntariamente. Hacedlo y nos marcharemos en este momento.

El sargento reaccionó levantándose con su espada sierra. - ¡Nunca!.

El coloso se agachó y se hizo a un lado esquivando el chirriante tajo. Su veloz respingo delató que se había mantenido en tensión todo el tiempo.

¡Geodirvokus, hazlo!.

El asta del martillo detuvo el segundo golpe por encima de la cabeza de Hador. El veterano sargento balanceó la espada a un lado haciendo de su siguiente movimiento un corte a la pierna pero el mango de esmeralda lo detuvo sin sufrir daño alguno y acto seguido se elevó golpeándole la barbilla. La cabeza del martillo voló hacia él por la derecha con un escalofriante zumbido. Aún aturdido, se agachó a tiempo de evitar que su casco y su cráneo fueran destruidos pero el gigante le agarró por la nuca y le estrelló la rodillera en la cara lanzándolo de espaldas al suelo.

¡Yo imploro al benévolo Emperador!, ¡que me de conceda parte de su infinita fuerza para enviar al ente contenido en este metal al reino del que procede, lejos de las garras de quienes lo desean para ponerlo en su contra!.

La plegaria del bibliotecario hizo reaccionar a Hador. Levantó la cabeza para verle con su hacha alzada en toda su altura justo antes de descargarla sobre la urna. La caja de cristal se hizo añicos y el golpe dio de lleno sobre el arma demonio, pero fue rechazada por una especie de aura roja que apareció sobre ella. El demonio se quejó perceptiblemente.

¡Ahora! ¡vuelve a tu hogar inmaterial, habitante de la disformidad!.

Geodirvokus alzó el hacha centelleante de su energía por segunda vez en el mismo momento en que una mole tapaba su visión a Hador.

El martillo de oro aplastó el águila de una coraza imperial en un tremendo sesgo horizontal que hizo volar a Geodirvokus contra la pared. La ingente cantidad de sangre que tiñó la armadura azul del bibliotecario, aflorando por las grietas de su coraza como los chorros de una fuente macabra, no dejaba lugar a dudas; Geodirvokus estaba malherido. Su hacha colgaba sin energía de su mano inerte y su cuerpo era presa de espasmos a cada intento de levantarse.

Hador se levantó estupefacto y sin dar crédito alguno a lo que veía. - ¡Mi Emperador! –musitó con la boca abierta.

Geodirvokus era un hombre muy poderoso. Verle abatido de aquella manera y de un solo golpe no era fácil de asumir, algo que se añadía al hecho de que el bibliotecario era el único que podía destruir el arma demonio.

Gracias de nuevo, pero mi nombre es Atlas –respondió el coloso inclinando su gran testa y volviéndose hacia la destrozada urna.

¡No! ¡no la conseguirás!.

Se levantó y cargó directamente contra su considerable tamaño manteniendo la espada tras de sí. El llamado Atlas retrocedió varios pasos preparándose para la acometida pero el choque se produjo de modo muy diferente al que había previsto ya que Hador se lanzó a rodar a su lado haciendo inútil su movimiento de defensa y poniendo su espalda al alcance de los dientes de la espada sierra. Aún arrodillado concentró toda su ira en aquel golpe que rebotó contra el costado del coloso dejando una inútil mella. El martillo se elevó y cayó sobre el Despojador, que ya se había apartado cuando Atlas hizo añicos una de las piedras de la basta solería.

Hador se levantó con su arma en la mano. El traidor seguía con aquella tensa expresión en la mirada. De no haber sido imposible, habría jurado que leía en aquellos ojos el respeto que el marine del Caos sentía por un oponente. Le vio flexionar y asentar sus piernas blindadas de oro y sostener el martillo en vertical a un lado del cuerpo con ambas manos bien separadas y aferradas a su asta, ofreciéndole la protección de su hombrera decorada con obscenos grabados como único blanco asequible. Por un momento Hador sopesó sus posibilidades si salía corriendo en aquel momento por la puerta. Ya no oía pasar a nadie y sólo un lejano combate llegaba por el pasillo exterior, pero aún si lograba tomar la espada, escapar del combate y sobrevivir al demonio fuera de aquella sala de protección, aún tenía el problema de escapar de ellos perdido entre la niebla y, por supuesto, el de abandonar a un camarada herido. Sin embargo una parte de aquel plan no parecía tan absurda y cada vez la veía como su última oportunidad.

Atlas pasó al ataque soltando una mano del martillo y blandiéndolo en un inesperado arco ascendente. El Despojador le esquivó a un lado y Atlas lanzó un golpe en diagonal que su rival tuvo que detener. El filo de la espada sierra hacía vibrar el asta en sus manos y así siguió sintiéndolo cuando éste efectuó un giro apartando su martillo y pasó al ataque.

Hador cortó el aire una y otra vez con esperanza de continuar aquellos cortes por la carne y el hueso del gigante pero éste manipulaba su arma con gran destreza; sus manos sobre el mango al mismo tiempo o alternándose para interponerlo en el camino de su espada; sus brazos cruzándose para invertir el sentido de su defensa o para lanzar golpes sorpresivos con el mango o la cabeza del martillo que hacían retemblar todo su cuerpo con el mero aire que desplazaban. Su propio brazo derecho empezó a dolerle a causa del esfuerzo de detener los golpes de aquel monstruo y empezó a blandir la espada a dos manos. Aquella arma daba al marine del Caos una ventaja muy superior a media distancia pero siendo su mango tan largo no debería poder manipularlo con la suficiente rapidez si se encontraba demasiado cerca de él. Descargó un golpe descendente sobre la cabeza descubierta de su rival y éste lo detuvo con facilidad. El sargento giró a su izquierda desplazando su espada hábilmente en el giro para lanzarle un tajo horizontal al costado. Cuando su enemigo puso su arma en vertical y a un lado para bloquearlo, giró rápidamente hacia su derecha repitiendo el tajo directamente sobre la cima del cráneo.

Atlas se movió con fría precisión permitiéndole acertar en la sólida hombrera donde apenas causó daño alguno. Entonces balanceó su martillo tras de sí, pasándoselo de una mano a la otra a su espalda, conservando y acumulando la inercia para empuñarlo del revés y dejarlo volar en un golpe directo al costado que el Despojador, con ambas manos en su espada, no pudo detener de forma alguna. El impacto le hizo dar un desequilibrado paso lateral pero aquel marine se negó a caer. Le había acertado con la hoja de hacha dejándole una larga y sangrante hendidura a un lado de la coraza. Si le hubiera golpeado con todas sus fuerzas habría podido partirle en dos.

Hador se quitó el casco en un intento de respirar mejor. Llevaba su oscuro cabello rapado al cepillo y surcado por una veta canosa que conectaba con la cicatriz que le cruzaba la sien y la mejilla hasta la comisura de la boca.

Eres un hábil guerrero, Despojador. Por ello te permitiré coservar la vida para que puedas contar a tus camaradas cómo te enfrentaste a mí.

¡Pedazo de escoria!.

Atlas pensó que realmente se había estado echando a perder en su anticipado retiro. Ahora estaba saboreando de nuevo lo que era un combate contra dignos rivales y le preocupó un poco notar que se encontraba en baja forma, o comprobar que los imperiales habían mejorado mucho en los últimos años. Vio que la herida de su oponente dejaba de sangrar pero cuando volvió a atacarle sus movimientos habían perdido gran parte de su vitalidad.

No eres rival para mí –aseguró acosándole por toda la habitación-. Si eliges la muerte, entonces ofréceme tu nuca y no me hagas perder más tiempo.

¡Nunca me rendiré! –respondió Hador con una mano en la brecha y la otra trazando débiles arcos en el aire alrededor de las esquivas y bloqueos del Esclavo de Calipso-. ¡Combatiré al Caos en todas sus formas, con todos los medios a mi alcance!.

Lástima, pensó Atlas. Postrar a un marine espacial a sus pies habría sido un perfecto anuncio del regreso de los Esclavos de Calipso.

Con todos los medios a mi alcance...

El Despojador arrojó inesperadamente su espada sierra obligando a Atlas a golpearla en el aire antes de que le abriera la cabeza. Aprovechando la distracción, Hador corrió hacia el pedestal y sacó la espada de entre los restos de la urna.

¡No! ¡esa arma es para mi ama!. ¡Déjala!.

¡Fuerza de voluntad, voluntad con coraje!.

Tras pronunciar aquellas palabras con revigorizado fervor, Hador desenvainó el arma de doble filo y de inmediato una niebla rojiza salió de la vaina a presión acompañada de un angustioso y ronco gemido. La hoja de tres dedos de ancho era negra como el azabache y los filos rojos como la sangre. Cada pocos centímetros, muescas gemelas marcaban secciones a todo lo ancho de la hoja coincidiendo con las melladuras del filo, que parecían haber sido practicadas a conciencia para darle el aspecto del arma de un carnicero. El murmullo se hizo entonces tan audible como si hubiera alguien más en la sala pronunciando aquel grave e initeligible parloteo y, de repente, cesó.

Atlas vio que el Despojador empezaba a hacer molinetes con la espada. Una confiada sonrisa se trazó en su rostro. – ¿Te crees lo bastante fuerte para blandir un arma demonio?.

No respondió. Se lanzó a por él sin dejar de balancear la espada. La estaba empuñando con la derecha y justo antes de del choque se la pasó a la izquierda pero Atlas se había percatado y pudo detener su primer envite. Entonces la silueta del brazo del marine se emborronó por la velocidad endiablada a la que lo movía en un tajo oblicuo descendente. Interceptó el golpe con la cabeza de su martillo, pero supo cuán cerca había estado de ser alcanzado. El rival giró utilizando la fuerza del rebote en su propio beneficio y la espada volvió a chocar contra el martillo. Efectuó un rápido molinete transformando en un parpadeo su frustrado tajo horizontal en uno vertical y Atlas tuvo que empuñar su arma de un modo forzado para poder reaccionar a tiempo y levantarla sobre su cabeza. Le golpeó con el extremo del asta pero su movimiento fue detenido por el antebrazo del marine, quien intentó atravesarle de una estocada siendo su intento desviado una vez más. Sus armas quedaron cruzadas sobre el pecho de ambos. El paladín del Caos asestó un cabezazo y embistió para aumentar la distancia entre él y su rival.

Hador tuvo que retroceder ante el empuje del coloso, quien empezó a lanzarle martillazos aprovechando al máximo la longitud del mango de su arma. La aprovechaba tanto que muchos golpes podía evitarlos con simples pasos atrás pero de aquel modo le mantenía fuera del alcance de la espada, que no dejaba de vibrar en su mano. “Has hecho bien en desenvainarme” oía Hador en si mente “Conmigo en tus manos el tamaño de ese enemigo no le protegerá de tu ira. Atravesaré esa ornamentada armadura como atravieso el aire y le heriré en lo más hondo de sus entrañas para tí. Pero mi poder está mermado entre estas paredes llenas de pergaminos y escritos arcanos. Sácame de esta sala y todos los marines traidores de ahí fuera no serán rival alguno, acabarás con todos ellos tú solo y volverás a tu capítulo como un héroe invicto”. Desconfiaba, pero Hador sabía que una mera arma no le daría la ventaja que necesitaba, necesitaba el poder del demonio para derrotar al paladín del Caos y a sus congéneres. Se apartó en dirección a la puerta y la masa de metal del traidor le cerró el paso.

¡Cobarde!. ¡No te llevarás esa arma de aquí! ¡es para mi ama!.

Hador amagó un ataque para lanzarse a rodar junto al paladín. Éste se había aprendido bien aquella treta ya que el sargento chocó de bruces con una patada que le mandó de vuelta a donde estaba con el labio y la nariz partidos. Se levantó tambaleante, lamiendo su propia sangre. “Tienes que sacarme de aquí, Hador” apremiaba el ente “Sácame de aquí y verás cómo toda esa fuerza no le sirve absolutamente de nada”. El sargento intentó una y otra vez trasponer aquel muro de oro y plata pero los meros golpes de aire que producían los balanceos de su arma le hacían retroceder. “¿Es que es cierto que eres un cobarde? ¡He pasado siglos encerrado entre las paredes de este filo para ser empuñado por un cobarde!”.

Atlas sostuvo su martillo sobre su cabeza preparado para aplastar la del marine en cuanto se acercara. Hador sostuvo su arma apuntándole al pecho y con la otra mano en vilo por encima de la empuñadura. Estuvieron inmóviles durante lo que pareció una eternidad, con el bombeo de sus corazones en sus oídos como única medida de tiempo. El martillo se alzaba tan alto que no se necesitaba fuerza alguna para matar, sólo dejarlo caer, pero la espada amenazaba como un aserrado aguijón. Un movimiento en falso y cualquiera, o ambos, caerían. Los ojos permanecían clavados unos en otros, todo el estudio de la postura o estrategia del rival se hizo a través de los iris grisáceos del sargento y los pardos del paladín. “Déjame tomar las riendas aunque sólo sea para quitarle de en medio, escucha mi voz en tu mente y haz exactamente lo que te dicte”.

¡No! –masculló el Despojador-. ¡Yo empleo al Caos contra el Caos, pero no soy empleado por él!.

El estático duelo se prolongó. Seguían oyéndose disparos y gritos de modo que aún quedaban Despojadores en pie. Hador no podía esperar más.

Ambos se movieron al mismo tiempo disparados por un resorte invisible y lanzando al unísono un nervioso grito. El marine dio un paso al frente y encogió el brazo de la espada dispuesto a estocarle el vientre. El paladín descargó su martillo sobre él pero entonces su oponente giró a un lado y le lanzó un mandoble. Atlas logró torcer el sesgo vertical tornándolo en oblícuo para poder terminar el movimiento protegiendo su costado, pero el tajo no tenía su torso como objetivo sino su pierna. La greba se cortó con la misma facilidad que la carne y el lacerante dolor de una herida le llegó al cerebro. Se volvió abarcando dos metros a su alrededor con un arco de su martillo pero su pierna herida le respondió con lentitud y el Despojador pudo escapar de la sala. No fue el dolor lo que provocó que la sangre le hirviera de pura rabia en el cuello, era saber que su piel había sido estropeada.

¡Cogedle! –gritaba cojeando en su persecución, sintiendo cómo su armadura inyectaba drogas destiladas por Herófocles en su cuerpo que aceleraban por momentos el proceso de curación- ¡Esclavos de Calipso, ese cobarde huye con el arma de nuestra ama!.

“Sí... ¿no sientes mis energías en aumento, Hador?. Ahora estoy libre, pero débil aún. Necesito sentir el dulce sabor de un alma. Mata Hador... mata conmigo... mata... ¡mata...!”

Hador corrió en dirección a la salida. Vio varios boquetes abiertos en las paredes, por los que sin duda los marines traidores habían evitado el corredor central, y se aventuró por uno de ellos. “¡Cuidado!. Hay un enemigo a la vuelta de la esquina. No te espera, se ha rezagado para saquear el cadáver de uno de los tuyos. Es la oportunidad que esperamos. Sorpréndele, acaba con su vida, que su muerte sea la chispa que encienda la hogera en la que todos ellos se consuman”.

El Esclavo de Calipso, arrodillado sobre un Despojador al que habían rebanado el cuello, abrió cada una de las cartucheras de la armadura y se levó los cargadores y granadas, el bólter, el cuchillo y todo el equipo al que pudo echar mano. Cuando una hoja negra enrojecida por su propia sangre asomó por su coraza y su alma, libre de su cuerpo, fue devorada con una sensación de frío sepulcral, el Esclavo llegó a la conclusión de que no había sido tan buen día.

“Sí... oh sí... el alma de un adorador de Slaanesh... cuánto placer ha experimetnado este ser... y ahora es todo mío...”

¡Ahí está!.

Cuatro Esclavos más aparecieron en un recodo. Hador se volvió por donde había venido pero allí Atlas y otros enemigos le bloquearon la escapatoria. “¿No quieres probarme con todo mi poder, Hador?. Ataca y contempla”.

Sin saber muy bien porqué, Hador lanzó una estocada cuando el primer guerrero estaba aún a casi cuatro de él. Lo primero que pensó era que la espada se rompía en sus manos, pronto vio que lo que en realidad ocurría era que la hoja no estaba hecha de una pieza. Las muescas del filo marcaban la división entre los segmentos que la formaban y que ahora se separaban entre sí manteniéndose unidos por un cable negro que los atravesaba por el centro. Al extenderse, la punta de la hoja atravesó fugaz el aire y se enterró en la armadura del marine traidor deteniéndole en seco con un gemido. Todos los demás se pararon también temerosos a aquella nueva brujería. Satisfecho, Hador tiró despacio atrayendo al marine traidor hacia él con pasos inseguros y agarrotados pero éste cayó de rodillas en pocos segundos. Otros dos Esclavos pasaron cautelosamente, uno a cada lado de su camarada, para apresarle. Tras recrearse por un momento el Despojador arrancó la punta de su primer objetivo y trazó dos círculos cruzados manipulando el arma como si de un látigo se tratase, un látigo rematado por segmentos en forma de flecha que arrancaron chispas al rozar contra las paredes y las armaduras de los marines traidores antes de que el cable, más parecido a una fibra de músculo negro, se retrajera y las secciones volvieran a unirse con un tintineo adoptando el aspecto de una hoja de espada. Los dos Esclavos de Calipso se desplomaron a los pies de Hador con sangre manando abundantemente de hileras enteras de heridas por todo su cuerpo. Hador sonrió y lanzó otro tajo al aire. El demonio volvió a extender su prisión hasta que el Esclavo de Calipso arrodillado estuvo a su alcance, se enroscó en torno a su cuerpo y, al dar Hador un fuerte tirón, lo partió en dos. “Sí... mira cómo salen las entrañas de esa bonita armadura”.

El cuarto marine era aquel del abanico que se había detenido antes a ofrecer su ayuda al gigante. No se había movido de donde estaba y ahora estudiaba el efecto que la espada había tenido sobre los otros tres. Al volverse hacia el otro grupo Hador se encontró con la ceñuda mirada de Atlas, que ahora traía algo parecido a la decepción. No cojeaba en absoluto. - ¡Ven aquí! –le gritó-. ¡Ponte a prueba contra mí ahora traidor! ¡será tu propio hermano en mis manos quien acabe con tu vida!.

Yo no soy un demonio. Y tú eres más traidor que yo –Atlas levantó su otra mano permitiendo al Despojador ver la cabeza que había arrancado de cuajo al bibliotecario-. Lo he hecho lentamente, permitiéndole ser testigo del desgarramiento de sus tendones y el crujido de sus vértebras. Abandonaste a tu camarada obsesionado por rescatar el arma. ¿Quién es más demonio, aquel al que llaman demonio o aquel que proteje al demonio?.

¡Oh... mi Emperador...!

“Hador, ¿qué es lo que estoy sintiendo en tí?. ¡Ahora poseo poder suficiente para hacer de tí un gran general!, ¿no es eso lo más importante?”.

¡Me has utilizado, maldito! –gritó Hador a la espada con ojos desorbitados-. ¡Has turbado mi mente y me has hecho olvidar a Geodirvokus, entregándolo a mi enemigo!.

“Fuiste tú quien decidió olvidar de ese mezquino que me quería mantener encerrado entre papiros y tinta. Me habría gustado ser yo el arma ejecutora, pero me alegro de ver que está muerto de todas formas”.

¡Ser maligno y embaucador, yo reniego de tí!. ¡Antes muerto con honor que ser tu marioneta carnal!.

“¿Qué?, ¿reniegas de mí ahora?, ¿ahora que mis fuerzas han sido restauradas y están a tu servicio te atreves a renegar de mí?. ¡No voy a consentirte tamaña insolencia, mortal insignificante!”.

Ante la mirada de los Esclavos de Calipso la hoja volvió a extenderse para rodear el cuello del mismo Despojador que la blandía. Los segmentos se hundieron fácilmente en el collarín de la armadura haciendo brotar potentes chorros de sangre. El marine chilló aunque no soltó la empuñadura, o no fue capaz. Con su otra mano intentó deshacerse de aquella afilada serpiente y sus dedos cayeron cortados al suelo. La espada volvió a su estado original mientras sus secciones aún estaban fijas en su carne haciéndole girar la cabeza como una peonza antes de que ésta cayera al suelo y rodara hasta ir a parar a los pies de Atlas, quien dejó caer la cabeza del bibliotecario a su lado y avanzó hacia el arma caída.

Herófocles tenía razón una vez más –dijo para los que estaban a su espalda-. Es el arma perfecta para Calipso.

“¿Calipso?” Oyó Atlas en su mente. “Oh, en tu memoria veo a quién te refieres pero ¿qué necesidad puede tener de ama o señora alguien de tu evidente poder?. Empúñame Atlas, te convertiré en el nuevo amo de tu legión. Veo que, al igual que yo, habéis pasado tiempos precarios pero puedo haceros resurgir de vuestras cenizas... contigo a la cabeza”.

No te canses alagándome, demonio. A diferencia de éste, mi lealtad a mi dios, mi ama y mis camaradas es la única recompensa que busco en esta vida, no puedes ofrecerme nada de igual valor.

“Pero, según leo en tus recuerdos, tu ama está muerta”.

No por mucho tiempo. Ella volverá y cuando lo haga tú estarás esperándola.

Cogió la espada por la guarda y la metió en su ornamentada vaina. Adalers se acercó esquivando los crecientes charcos de sangre de sus camaradas muertos con leves pasos de sus grebas.

¿Por qué no te has unido a los tuyos?.

Te habría gustado verme desparramado por el suelo, ¿eh? –cerró su abanico de golpe.

Atlas rió abiertamente y le pasó el arma envainada. El otro paladín tuvo cuidado de no tocar la empuñadura.

“Adalers, tú y yo somos almas gemelas, condenados a permanecer a la sombra de otros que son inferiores. Pero juntos podríamos serlo todo. Ser amos de los Esclavos de Calipso. Amo Adalers, ¿qué tal te suena eso?”.

Károbis aniquiló a otro enemigo de un tajo de revés de su cuchillo en un movimiento que había perfeccionado en sus dos años de iniciación. Se encontraba a bordo del crucero Fangyon, cuyos interiores tenían escasa diferencia con los blanquecinos muros de las fortalezas de Tigrit IV, rumbo a su primera misión real. Pero si ahora estaba en aquella plataforma hololítica combatiendo cuerpo a cuerpo con simulaciones de orkos era por pura rabia. Por culpa de Drake se había ganado una reprimenda y si por casualidad volvía a repetirse la situación estaría preparado para ajustarle las cuentas antes siquiera de que se diera cuenta. No le intimidaba que fuera un maldito brujo psíquico.

Un orko se le abalanzó por detrás con una espada sierra grotescamente grande en alto. Aquellas simulaciones eran bastante irreales a pesar de su calidad visual. Luchaban como la guardia imperial, de quien seguramente se habían copiado los movimientos para programarlos, pero bien le servían. Se agachó para esquivar su tajo y le hirió en la pierna. Su cuchillo atravesó limpiamente la intangible holografía pero el programa reconoció la herida y trazó una zona roja alrededor de la parte que había alcanzado a modo de falsa herida en la falsa piel. A continuación hundió la hoja en la garganta del pielverde y lo degolló hasta la nuca. Demasiado fácil. Cuando otro pielverde vino a la carga apareciendo de improviso en el borde de la plataforma de holografías, saltó por encima de él en un salto mortal y le alcanzó la nuca cuando estaba boca abajo en el aire.

El Fangyon navegaba por el espacio junto a la nave negra y roja del inquisidor, el Juez y Verdugo. Al igual que su Thunderhawk, la nave era un modelo antiguo y la mayoría de las plataformas de armamento habían sido reconvertidas en repisas para esculturas y símbolos imperiales convirtiéndola en un enorme museo flotante cuya única utilidad era el transporte de tropas. Viajaban hacia un punto apropiado para saltar al espacio disforme precedidas por una escolta de tres naves más de la armada imperial en formación de punta de lanza.

Károbis se detuvo un momento para enjugar el sudor de su frente tras casi un día de entrenamiento. Los hologramas, por el contrario, no se cansaban pero el siguiente que quiso aprovecharse de su aparente descuido se llevó una falsa herida desde la frente a la barbilla. La plataforma proyectaba sobre Károbis las heridas que había sufrido. No eran pocas, pero había tenido excelente cuidado de que fueran en puntos no vitales y de haber sido auténticas se habrían cerrado sin otras consecuencias.

No lo haces mal, Turel –irrumpió la voz de Karakal.

¿Cómo hacía Karakal para sorprenderle siempre?. Desde luego que era como un tisar. Gigantesco, poderoso y silencioso como un espectro incluso para sus sentidos hiperagudos. - ¿Mal? –terminó la frase dando un paso atrás y apuñalando de espaldas al orko que pretendía emboscarle-. Si mi maestro no fuera el Tigre más poderoso de la compañía, ya haría tiempo que vestiría la servoarmadura.

¿Te crees ya capaz de vencer a un Tigre, cachorro? –repuso sonriente poniendo un pie sobre la plataforma de cromo-. ¿Quieres demostrarlo?.

Károbis estaba agotado pero por puro orgullo no hizo gesto alguno que diera a entender a Karakal que no estaba dispuesto a ello. El Tigre de Fuego asintió complacido.

Más tarde quizá, cuando cuentes con todas tus fuerzas.

Tras desconectar la holomáquina con una orden verbal, Károbis se sentó en el borde de la plataforma con respiraciones controladas. Entonces acudió una pregunta a su mente. – Karakal, ¿alguna vez alguien te ha derrotado? –dijo sin volverse.

Karakal sonrió más aún mientras se acercaba a él hasta quedarse en pie a su lado. Tenía cierta gracia que Turel le preguntara eso. – Sólo en dos ocasiones –respondió provocando que el cachorro volviera hacia él una mirada felina y ansiosa.

¿Dos?, ¡ni siquiera esperaba que respondieras una!. ¡Debieron de ser gigantes de la talla de los Primarcas!.

La primera vez fue nuestra señora del capítulo, Bastet. El combate duró nueve segundos y no logré alcanzarla ni una sola vez.

El Tigre Sangriento se esperaba una respuesta como esa. No era capaz de imaginar ninguna otra. - ¿Y la segunda vez?, ¿Logan Grimnar quizas?, tengo entendido que sostenéis una gran amistad.

Karakal se quedó mirándole a los ojos. Su sonrisa se hizo más recia, menos ancha y cargada de algo que parecía remordimiento, orgullo o celos. – Logan Grimnar y yo no hemos sostenido nunca una lucha cuerpo a cuerpo. Nuestros combates son a golpe de cerveza y venado asado.

Aquella respuesta no encajaba con la expresión de su rostro. ¿A que estaba jugando?.

La segunda vez fue en un combate que rompía absolutamente todas las normas de dos capítulos de marines espaciales. Tanto yo como mi contrincante pisoteamos toda disciplina. Él era un capitán y yo un sargento y ambos teníamos órdenes, pero no las cumplimos.

Aquello tampoco le sorprendió. La transgresión de ciertas normas secundarias era práctica habitual entre los Tigres Nevados. - ¿Un capitán pudo contigo?. ¡La comandante Panter no podría vencerte!.

Fue Rómulus, tu padre, quien me derrotó aquella vez. A él le debo esta cicatriz – se señaló una marca que le recorría la cara donde ésta se une a la nariz.

¿Mi padre?.

Se había fijado varias veces en las cicatrices de Karakal, pero descubrir que una de ellas se la debía a Rómulus era algo impresionante para él. El hombre cuya sangre corría por sus venas era poderoso, más poderoso que Karakal, y hasta ahora no había creído que eso fuera posible.

Mau ya me ha hablado de Rómulus...

Lo sé.

Pero nunca podría haber imaginado que su fuerza llegara a ese extremo.

El tono asombrado y casi bobalicón de Turel le hizo gracia. – Tu padre es un formidable guerrero. Algún día le conocerás y verás que es un marine que ha pasado por un verdadero infierno para cuerpo y alma y ha salido victorioso. Debes sentirte orgulloso de ser su hijo por muchas leyes que eso incumpla. Rómulus es un siervo del Imperio, y el Emperador sabe que encontrará a bien pocos como él. Sí... es sin duda un aliado incalculable. Pero tuvo suerte de ganarme aquella vez –añadió alzando orgullosamente la cabeza.

Con aquellos nuevos sentimientos y sensaciones aún bulléndole en el cuerpo, el Tigre Sangriento se levantó y salió de la sala. No miró a Karakal a la cara, pero el Tigre de Fuego supo reconocer la determinación de Rómulus en él y eso le provocó una sensación que hacía mucho no le visitaba: inquietud. Porque había quedado claro que si Turel quería llegar a la altura de su padre tendría que derrotarle a él y si había heredado la mitad del arrojo de Rómulus entonces tenía alguna posibilidad.

La armadura de caparazón le pesaba un poco más de lo habitual. Cada granada, cada cable enrollado y cada canana de munición añadía una tonelada sobre sus hombros.

¿Nervioso? –preguntó alguien a su izquierda.

Estaban todos sentados en el banco adosado a la pared de la armería de la nave a la espera de que los oficiales terminaran la reunión previa al lanzamiento.

¡Claro que no! –respondió de inmediato.

Incluso un marine espacial puede permitirse estar nervioso antes de su primera acción de combate. Puede ser la única que haga.

El que hablaba era Ocelot. Había estudiado mucho sobre él pero le había visto bien poco. Él y Nekoi habían sido parte de la escuadra de Karakal en el pasado pero ahora formaban una unidad independiente de sólo dos marines destinada a las demoliciones y los sabotajes tras las líneas enemigas. Los mejores de todo el Adeptus Astartes. No parecía mucho mayor que él, pero eso se debía a su condición de marine. Él portaba servoarmadura, lo cual Károbis entendía como un poderoso símbolo de su superioridad. Nekoi se sentaba a su lado pero tenía los ojos cerrados y las manos entrelazadas en actitud ausente. Ambos llevaban las características armaduras de las veteranas tisarinas.

Yo no estoy nervioso, sólo excitado. Si como dices esta es mi única acción de combate no permitiré que algo como el nerviosismo me haga quedar mal.

Estoy seguro de que no nos dejarás en mal lugar. Eres el cachorro de Karakal, si lo haces él se encargará de sacarte de ahí vivo para que luego desees haber muerto.

Ocelot no sonrió. Károbis empezó a fijarse en la ristra de rostros, hombreras y rodilleras que se extendía desde donde estaba hasta la puerta con cuiosidad por saber si encontraría a alguno de los Flechas Negras o de alguna otra tribu entre ellos, pero no reconoció a nadie. Ni siquiera a Mau.

Karakal apareció de repente. Si bien todo el tiempo el Tigre de Fuego era una mezcla de alegre sarcasmo y furor, ahora era todo furor. - ¡A las cápsulas, Tigres! –rugió.

Cuando Nekoi se levantó junto al resto, Károbis se percató de que había estado sosteniendo algo entre las manos. Un pequeño colgante rojo.

La dama de las nieves, título homólogo de los capellanes de otros capítulos, habló a los Tigres evados allí congergados. – Mis hermanas y hermanos, os embarcáis en una nueva misión para gloria del Emperador Inmortal. Ya sea traidor, demonio o alienígena, el enemigo del Imperio debe ser abatido por la salvación del imperio que nosotras amamos y protegemos. Toda amenaza debe ser cazada y erradicada por la furia del espíritu del tisar, guardián de la galaxia. Armáos con sus dientes –señaló una espada sierra en un pedestal a su derecha-, sus garras –miró a una pareja de brazaletes armados con garras tisarinas ante ella- y su rugido –indicó un bólter a su izquierda- y vestíos con su pelaje –ahora gesticuló hacia su propia armadura blanquiazul- pues compartís con él esta sagrada misión. Que el tisar os guíe.

Las cápsulas de desembarco habían sido dispuestas en las plataformas de las salas de torpedos como hileras e hileras de gigantescas flores de metal. Sus pétalos abiertos servían como pequeñas rampas hacia cada uno de los compartimentos monoplaza que rodeaban el cuerpo central. Entre todos los compartimentos de cada cápsula podía destacarse uno con rayas azules y blancas en el fuselaje a su alrededor, el sitio destinado a los líderes de escuadra y equipado con soporte de comunicaciones y visual. Los Tigres se introducían en ellas para que poco después las grúas las situaran en los lanzadores. Károbis tuvo que reprimir la claustrofobia cuando, al mismo tiempo que su escuadra, entró en el suyo. Abrazaderas de metal inmovilizaron su cuerpo contra la pared acolchada y la rampa ascendió sobre él hasta sumirle en la oscuridad. Su propia respiración fue lo único que pudo oír cuando el compartimento se presurizó y cerró herméticamente; la oía cada vez más profunda. El tacto de las abrazaderas y el sudor que le perlaba la frente se le hacían cada vez más opresivos. Se había echo sangre en el labio al morderse y su sabor metálico le llegó hasta lo más hondo de la garganta.

Hubo una violenta sacudida. Debían de estar posicionando la cápsula. El altavoz empezó a hablar y a Károbis le pareció una voz tan alta que al principio le ensordeció.

Escuadra Karakal lista para el lanzamiento en diez segundos. Diez... nueve...

Empezó a contar a la vez que la operaria.

...siete...seis...cinco...cuatro...tres...dos...uno... Lanzamiento.

Las sujeciones hicieron bien su cometido manteniéndole inmóvil mientras las paredes crujían como si quisieran aplastarle en el interior de su ataúd. Le pareció que la espalda se le quebraba y sus brazos se dislocaban pero aquello sólo fue una pequeña turbulencia comparado con el momento en que entraron en contracto con la atmósfera. Puso todos sus músculos en máxima, dolorosa tensión convirtiéndose en una pétrea y gimoteante estatua, luchando contra su propio cuerpo que pugnaba por partirse por todos lados.

De repente hubo una explosión de luz, un blanco cegador y una alargada explosión. Le faltó el aliento incluso para gritar y, con el convencimiento de que les habían alcanzado y la cápsula se desintegraba, se dispuso a encomendar su alma al Emperador.

Recuperó la consciencia en el interior de un túnel. Llevaba una armadura de oro decorada como una estatua. Una magnífica espada de energía de hoja roja resplandecía aún cubierta de sangre en su mano y con la otra empuñaba una pistola que nunca antes había visto. Cabellos dorados y húmedos le caían sobre los ojos y, cuando pasó frente a una luz, su propia sombra le dejó anonadado ya que pudo ver claramente dos alas a su espalda. Eran verdaderas, las vio con sus propios ojos, dos alas de plumas tan blancas como la luz que había visto antes aunque el resto de su cuerpo estaba bañado en icor carmesí. Oyó ruido adelante y lo siguió. Las paredes del túnel eran oscuras y el suelo era blando y estaba encharcado. Sus alas tocaron la superficie del túnel y de inmediato sintió un ardiente escozor. Las retrajo dándose cuenta de que eran realmente parte de su cuerpo y las sentía y controlaba como a sus manos, y también de que los fluidos que recubrían aquella estructura demencial eran corrosivos. Un rugido tras él le hizo volverse, tan aprisa que sólo pudo apreciar el cambio de vista. Había una figura allí, alzada entre los ridículamente tenues focos del suelo.

¿Qué es eso? –se preguntó con una voz que no era la suya, una voz dulce forzada hasta el límite de la desesperación-. ¿¡Qué es eso!?.

Fuera lo que fuera, acortó la distancia en un parpadeo y de repente sintió cinco garras como púas perforar el costado de su armadura.

¡Aaaaagh! ¡Por el Emperador! ¡Muere! ¡¡¡Muere!!!.

La hoja de su espada hendió en carne y más líquidos se derramaron sobre el suelo con un borboteo. Otra zarpa se cerró en torno a su brazo y se lo apretó contra la pared, que inmediatamente empezó a latir como si quisiera succionarlo. Unos ojos rojos como ascuas brillaron en la oscuridad justo frente a su cara, abrasándole.

¡No podrás detenerme, engendro del Caos! ¡Aaaagh!. ¡Yo maldigo esta luz!.

Una criatura como una serpiente surgió de las carnosidades de la pared enroscando su brazo y su espada y haciendo brotar humo con su mero contacto. Miríadas de otras abominaciones para la vista se acercaron a él desde ambos extremos del túnel mientras aquel monstruo de oscuridad le mantenía preso. De un solo golpe le hundió el cañón de su pistola entre los ojos y apretó el gatillo. Hubo una llamarada cuando la cabeza del ser fue incinerada de inmediato y su cuerpo humeante cayó con ruidoso chapoteo. Siguió disparándole a la vez que daba un tirón y su espada se liberaba a través de la carne demoníaca.

¡Arde! ¡¡¡Arde!!! ¡Todos! –vociferó dirigiendo sus disparos sobre cualquier cosa que se moviera.

Se movió en círculo lanzando tajos a todo su alrededor y cercenando aquellas cosas a docenas. El brazo le dolía. Vio que el brazal estaba corroído y su piel luchaba contra los fluidos que la habían tocado.

Las paredes... no hay paredes... este túnel está hecho de carne y supura pus venenoso... –el dolor se volvió insoportable durante un momento y tuvo que hacer un esfuerzo por no gritar-. Te encontraré, cobarde.

Llegó al final del túnel y una compuerta metálica se abrió automáticamente ante él. La estancia en la que entró era inmensa, semiesférica y desierta. El suelo tenía un gran círculo de cristal por el que podía verse el espacio exterior. Había más ventanas como aquella por las paredes sin esquinas y en todas ellas podían verse barcazas y cruceros del Adeptus Astartes cuyos emblemas imperiales habían sido eliminados o mezclados con símbolos de los Dioses Oscuros. Caminó hacia el fondo, donde una escalinata ascendía hasta un trono envuelto en sombras y orientado hacia otra ventana por la que se veía un planeta azul rodeado de navíos de guerra. Una figura se levantó de él portando una gran armadura de exterminador negra y cubierta con pelajes de animales. Un enorme guantelete ungulado se abrió y se cerró con un chasquido energético.

¿Tú? –se sorprendió una voz controlada y no carente de decepción-. No es a tí a quien espero, hermano. Márchate.

Aquel hombre le dio la espalda dispuesto a volver a sentarse.

¡Traidor! ¡enfréntate a mí!. ¡Por el Emperador! ¡¡¡Por el Emperador!!!.

Corrió hacia él movido por una ira que era incapaz de frenar. Su oponente puso un primer pie en los escalones con aire resignado y alzó su garra abarcando con sus largos y afilados dedos el torturado planeta azul de la ventana. Los rasgos de medio rostro empezaron a hacerse visibles al abandonar la oscuridad y él, al reconocerle, alzó su pistola y profirió su más furioso alarido clavando su mirada en aquel ojo.

Le despertaron sus propios gritos. La oscuridad e inmovilidad que le atenazaban le hicieron consciente de que estaba aún en la cápsula de desembarco. Las sacudidas habían cesado, lo que significaba que no pasaría mucho tiempo hasta que tomaran tierra pero ¿qué sueño había sido ese?. Sentía su mente cansada como un músculo forzado en exceso, pero el resto de su cuerpo hormigueaba ansioso de acción. Tal era así que se dio cuenta de que estaba realizando incoscientemente esfuerzos para liberarse y se refrenó aún a pesar propio. Estaba agitado, demasiado agitado para pensar con claridad.

Atención Tigres –dijo la distorsionada voz de Karakal-. Retropropulsión en tres... dos... uno.

Otra sacudida, mucho más suave esta vez.

Caemos directamente sobre un campo de batalla. Las tropas rebeldes fieles al Imperio han iniciado un ataque imprevisto sobre nuestro objetivo pero el plan de la comandante Panter sigue en pie. ¡Que el tisar y el Emperador nos acompañen!.

La gótica y oscura arquitectura de la catedral de San Quenáius se iluminaba a intervalos irregulares con los fogonazos de las armas de fuego que barrían la amplia plaza circundante desde sus ricos, magníficos y destruidos ventanales. San Quenáius se alzaba muy por encima del resto de edificios de Ophir, que raramente contaban más de tres pisos. El ataque rebelde estaba focalizado en el oeste, justo frente a la estrecha y vulnerable fachada de la catedral que los herejes habían fortificado astutamente con vehículos volcados, bancos de madera de la propia catedral y dos nidos de ametralladoras en el rellano intermedio de su escalinata.

La mayoría de los defensores de la catedral vestían el uniforme verde y negro de las tropas de seguridad regulares y empleaban el rifle láser reglamentario mientras que los atacantes eran civiles equipados con una variopinta variedad de armas de proyectiles y granadas caseras que les devolvía el fuego desde los edificios de enfrente. La intensidad del fuego hereje era tal que desanimaba cualquier intento de avance y las tropas enemigas que empezaban a cruzar la plaza desde el norte presagiaban que aquel sería, una vez más, un enfrentamiento corto.

Cuando una estela de fuego transformó la noche en día y se estrelló en el patio a ochenta metros a la izquierda de la entrada de San Quenáius provocando tal estallido y un temblor de tierra que desequilibró a unos y a otros, el combate se detuvo en seco. La confusión y el miedo se hicieron dueños de los herejes cuando los Tigres Nevados emergieron de la cápsula de asalto y abrieron fuego sobre ellos con sus bólters a la vez que varias más aterrizaban por toda la plaza enviando llamaradas ensordecedoras por todo su alrededor y multiplicando exponencialmente el número de marines. Los rebeldes se quedaron allí lanzando gritos de victoria y manteniendo el fuego con renovado vigor.

Su cuerpo quedó súbitamente libre y la rampa descendió ante él como un puente levadizo descubriéndole un cielo negro. Después vio azoteas, fachadas cuarteadas, ventanas destruidas y por fin un suelo adoquinado y desgastado. No oía nada en absoluto. Algunos disparos láser cruzaron mudos su campo visual, enmarcado aún por el mamparo interior del compartimento, desde la izquierda. Eran disparos láser reales que carbonizaban puntos en el suelo y lo hacían estallar y saltar en pedazos por el brusco cambio de temperatura. Alguien vestido de verde apareció echando un rápido vistazo desde una esquina. Se ocultó y volvió a aparecer con un rifle láser cuya boca chamuscada se alzó como en cámara lenta hacia él. En ese momento todos los sonidos volvieron a ser audibles. Gritos de todas las intensidades y emociones posibles, chasquidos de fuego láser, detonaciones de bólter, atronadores aterrizajes de cápsulas de desembarco, ráfagas de ametralladoras primitivas que supo reconocer por los registros. Todos ellos ensordecedores y terribles, capaces de arrancar el color de la faz de un soldado, de sumir en el terror y la impotencia a cualquier hombre. Estaba oyendo el verdadero sonido de la guerra. Y allí, en pie contra una pared acolchada en un nicho de adamantio, Károbis sonrió al soldado que le apuntaba y le descerrajó un disparo de su escopeta que lo arrancó de la esquina y lo dejó tendido en medio de la calzada. En seguida salió de un salto mateniéndose tras la mole de la cápsula a cubierto de los disparos que provenían nada menos que de la catedral; el objetivo. No se dejó impresionar por su cercanía, sus dimensiones o la intensidad del fuego que brotaba de sus ventanas. En lugar de ello mantuvo vigilada aquella esquina que ahora quedaba detrás suyo y a su derecha. Otro hombre de verde se asomó y efectuó un impreciso disparo que Károbis le devolvió en plena cabeza. Pudo ver el estallido rojo que se produjo en la frente de aquel hombre y volvió a sonreír mientras respiraba con la boca abierta y los dientes apretados. Dos manos emergieron de la esquina disparando un rifle a ciegas. La servoarmadura de un Tigre Nevado apareció junto a Károbis enviando una ráfaga de bólter; los proyectiles explotaron arrancando sucesivamente pedazos de la esquina hasta que la traspasaron y otro estallido carmesí tintó el aire de aquella noche. Se dio cuenta de que un aluvión de disparos pasaba por encima de ellos en dirección a las posiciones enemigas y vio que eran efectuados desde la calle y las fachadas justo tras ellos.

Los refuerzos herejes que habían acudido a sofocar un pequeño asalto rebelde se quedaron petrificados en medio del patio con los Tigres lloviendo desde el cielo y esparciendo muerte a todo su alrededor. Las cápsulas caídas eran formidables barricadas desde las cuales los bólters martilleaban la fachada de San Quenáius o ajusticiaban a todo aquel lo bastante desgraciado para quedar al descubierto ante ellos. Si en el infierno se adoraba a algún dios, sin duda sus catedrales serían como aquella en aquel momento. Torbellinos, torrentes, diluvios de proyectiles azotaban el suelo de la plaza a su alrededor en un destructor apocalipsis mientras las baterías de misiles antiaéreos emplazadas en el techo trazaban estelas de humo como los dedos de una mano esquelética.

¡Mantened el fuego! –ordenó Karakal antes de retroceder a la carrera hacia los civiles rebeldes-. ¡Vamos, cachorro!.

Károbis le siguió manteniendo con esfuerzo la velocidad del Tigre de Fuego. Fue consciente de los impactos que se sucedían en el suelo a sus espaldas pero estaba demasiado lejos y se movían con demasiada rapidez como para ser alcanzados por aquella chusma traidora. Entraron en la calle y se parapetaron de inmediato en el primer soportal. Aquella calle estaba a rebosar de civiles con las armas dispuestas que se cubrían al igual que ellos entre los huecos de las fachadaso estaban cuerpo a tierra a la espera.

¿Quién está al mando? –gritó Karakal.

Los rebeldes se apartaron de él de un respingo al oír el estallido de su potente voz. Un nombre pasó de boca en boca y alguien se acercó a la carrera desde el otro lado de la calzada bajo el fuego de cobertura de sus compañeros. Llevaba alguna clase de uniforme o de túnica completamente desgastado, sucio e irreconocible.

¡Consejero Gebanem, miembro del CDI! –chilló el hombre para hacerse audible entre el tiroteo-. ¡Es una verdadera bendición...!

¡Los elogios luego! –respondió Karakal-. ¿Con cuantos hombres contáis?.

¡Unos setenta!. ¡Hay focos de resistencia contra Bors esparcidos por toda la ciudad o al menos los había hace tres días!. ¡Si esta plaza fuera capturada nos permitiría reunirnos con algunos de ellos que están en la zona este pero hasta ahora todos nuestros intentos han sido en vano!. ¡Los perros de Bors han convertido nuestra sagrada San Quenáius en un bastión!.

Setenta. Si tuvieran un par de hombres más serían igual de numerosos que los Tigres, pensó Karakal. Pero aquel ridículo número junto con la misma cantidad de marines espaciales podía hacer un daño devastador.

Una cápsula de diseño diferente, cuadrado, cayó muy cerca de la formación de soldados que ya había empezado a retroceder hacia las calles. De su interior emergió primero un rugido y después ocho motocicletas blanquiazules del Adeptus Astartes que rápidamente se agruparon en un escuadrón con derrapes y giros acelerados. Cheetah evaluó rápidamente la situación y torció bruscamente el manillar saliendo su moto disparada hacia los herejes en retirada por la calle norte. Cuando el resto de su grupo se puso en formación con ella y abrió fuego con las armas integradas en sus monturas fue como si una espada abriera un camino de sangre y carne despedazada a través del enemigo. A la derecha de Cheetah, Siam gritaba a pleno pulmón por detrás de los fogonazos de los bólters de su motocicleta.

Karakal recibió en su casco el informe de cómo Cheetah y dos escuadras más habían hecho retroceder los refuerzos enemigos. Al enterarse, Károbis cerró un complacido y orgulloso puño y asintió hacia su maestro, quien se volvió hacia Gebanem. - ¡Esto es lo que váis a hacer!. ¡Nosotros seremos la primera oleada. Cubridnos hasta que hayamos alcanzado las puertas de la catedral y entonces lanzad vuestro asalto!.

Mientras volvían hacia la cápsula a reunirse con su escuadra, Karakal pensó en lo recio del carácter del tal Gebanem, quien parecía completamente dispuesto y nada conservador para atacar aquella posición enemiga aún cuando ésta era un templo tan sagrado. Una resolución tal era menos común de lo deseado; había visto a gente que prefería huir antes que ver sus monumentos destruidos, cuando se debe estar dispuesto a destruirlos uno mismo antes de que caigan en manos de los enemigos del Imperio. Cuando volvieron tras la protección de adamantio de la cápsula impartió las órdenes oportunas por su comunicador y estudió la evolución del tiroteo.

A pesar de la cercanía del objetivo aún estaba fuera del alcance efectivo de la escopeta de Károbis por lo que éste no malgastó la munición y aguardó con paciencia a que llegara su hora. La aprendiza de otra de las Tigresas de la escuadra disparaba su largo rifle de agujas junto a su maestra. Aquella arma de un solo disparo podía ser tan letal como un bendecido bólter en las manos adecuadas. Aun incapaz de realizar fuego rápido ni de traspasar una armadura antifrag, su superior alcance y precisión y sus proyectiles venenosos convertían al rifle en un bisturí en comparación con el martilleo del bólter, un bisturí que la neófita Linsir empleaba para extirpar uno a uno los pedazos de corrupción de la catedral en forma de enemigos. Tranquilamente pero con rapidez desplazó el macrovisor por la fachada hasta centrar la cruz sobre otro enemigo asomado por el hueco roto de una vidriera. Movió el pulgar sobre el guardamano y la imagen se amplió hasta que el punto de mira estuvo entre la nariz y el ojo del soldado. Mantener el pulso y la precisión no fue problema alguno para los músculos templados de una neófita marine espacial y el soldado sacudió la cabeza y cayó ya inerte hacia atrás los veinte metros que separaban la pasarela en la que se encontraba del suelo interior de la catedral.

Hubo otro temblor de suelo, otra cápsula había aterrizado justo sobre el ala derecha de la catedral y había derruido gran parte del muro.

¡Al inquisidor no le va a gustar nada eso! –bramó Karakal poniéndose en pie con una carcajada-. ¡Tigres al asalto!.

Transportada por los comunicadores integrados de las armaduras de los marines, la orden fue obedecida al unísono por todos los Tigres. Corrieron desde todas direcciones a través de humo y fuego, disparando sus armas desde la cadera sin perder un ápice de su mortal precisión, inundando la noche con bestiales rugidos, ignorando la avalancha de disparos que rebotaba inocua sobre ellos. Desconcertados por la repentina caída de aquella cápsula encima de ellos, los herejes sucumbieron al pánico.

Gebanem y un grupo de sus hombres se adelantaron para cubrirse tras la cápsula de desembarco que los marines habían abandonado. Según las órdenes del marine, mantuvieron su castigo de fuego para cubrir su avance que le parecía poco menos que imparable.

El interior de San Quenáius bullía con tropas corriendo de un lado a otro. Una figura con gorra de capitán lanzaba sus órdenes desde detrás del altar mayor, convertido en una barricada, centrando sus imperativos en la defensa de la entrada princial y del hueco que aquel gigantesco proyectil había abierto. Más de un cuarto de la nave derecha de la catedral había quedado destruida al igual que las tropas allí posicionadas. La cápsula habia quedado allí en pie, siseando entre los escombros y una espesa nube de polvo y humo que se desperndía de su casco sobrecalentado.

¡Cargas explosivas! –ordenó el oficial- ¡destruid esa cosa!.

¡Señor, no podemos provocar una explosión en la catedral! –replicó un sargento.

La pistola láser del capitán acalló aquella réplica de un disparo en el centro del pecho. - ¡Aprisa!.

Corriendo a través del amplio espacio en el que habían estado los bancos, un grupo de soldados acudieron con pequeñas cajas a donde estaba el intruso de adamantio. Cuando el primero de ellos colocó la primera carga al pie de éste una pasarela descendió sobre él aplastándole contra el suelo sin darle tiempo a programarla. Lo que emergió de aquella oquedad sólo podía ser descrito como una furia blanca que en poco más que un parpadeo ya había aniquilado a dos soldados más a escalofriantes golpes de una espada sierra que mordía y despedazaba la carne. Tigrit dedicó una fracción de segundo a asimilar la cavernosa inmensidad de la catedral y el ingente número de enemigos que, de momento, seguían ocupados en dirigir sus disparos al exterior a la vez que apuntaba a su izquierda con su pistola bólter y abatía a otro soldado más a ciegas. Vio a un sujeto que se había atrincherado tras el altar mayor que le devolvía la mirada con espanto.

¡Alerta, alerta! –vociferó el oficial lanzándose cuerpo a tierra antes de que un disparo trazador atravesara el espacio de aire que había ocupado su cabeza.

¡Dispersáos! –ordenó Tigrit corriendo entre despojos de piedra hasta la base de lo que había sido una columna.

La lluvia láser que se abatió sobre aquella escuadra fue tan intensa que casi cegó al propio capitán, asomado mínimamente con la pistola temblándole en la mano. Los marines salieron de sus nichos y buscaron cobertura a la vez que respondían al fuego. El hereje vio con horror que todos ellos lograban parapetarse antes de que una serie de explosiones al otro lado de la nave principal, en la entrada, desviara su atención. Era el sonido de granadas.

¡Los marines! ¡los marines están aquí!.

Károbis lanzó otra granada de fragmentación y acertó a darle a un enemigo en plena cara. El artefacto cayó en el interior de la barricada sin dar tiempo a los demás a huir antes de que su explosión de metralla acabara con todos ellos y desmoronara el pequeño muro de sacos terreros y tablones. Karakal llevaba a su escuadra directamente hacia el portón de la catedral a la vez que otros dos grupos se acercaban desde los flancos haciendo converger sus disparos sobre las posiciones herejes. Sin perder la sonrisa, el cachorro se apoyó sobre el muro de la siguiente barricada y lo saltó propinando de paso una patada a uno de los herejes. Le habría encantado encargarse del que tenía a su izquierda pero las garras del Tigre de Fuego ya asomaban enrojecidas por su espalda de modo que tuvo que conformarse con rematar al soldado que había derribado de un disparo a quemarropa. A cada paso la catedral parecía ganar otros cien metros de altura y para cuando subió el primer escalón era ya tan grande que no podía verla por completo. Un disparo le alcanzó de lleno en una junta de su peto de ceramita, lo sintió como una punzante quemazón pero no lo bastante dolorosa como para detenerle. Se adelantó a su escuadra y, manipulando su escopeta como una porra, golpeó a quien le había disparado mientras los demás herejes ascendían a todo correr la gran escalinata ahuyentados por su inesperado arranque.

Consejero, ¿has visto eso? –balbuceó uno de los que estaban con Gebanem.

Uno solo de ellos ha hecho huir a los que nosotros tanto temíamos –asintió-. ¿Cómo dudar de parte de quién está el Emperador ahora?. ¿Acaso está de parte de Bors cuando los suyos huyen de ese modo ante sus paladines?.

Tigrit siguió disparando su pistola hacia el creciente número de soldados que centraban su atención sobre ella y su escuadra. No obstante, cuando los Tigres empezaron a entrar en la catedral desde el agujero que su cápsula había abierto y desde la entrada principal, el úmero de enemigos empezó a bajar precipitadamente.

Las grandes puertas habían sido arrancadas de sus goznes por la embestida de varios cuerpos de ceramita que ahora se desplazaban lateralmente y hacia delante esparciendo muerte de bólter. La decoración barroca de la catedral sufrió cuantiosos daños cuando los proyectiles explosivos empezaron a barrer a los herejes de las pasarelas. El amplio espacio se vio saturado de disparos que cuarteaban las hileras de columnas que marcaban la separación de las tres naves y tras las cuales los herejes llevaban a cabo un último intento de resistir. El oficial al mando de los soldados disparaba sin cesar pero no a los marines, disparaba a todo aquel de sus hombres que se acercara buscando la cobertura de su barricada.

Károbis había entrado inmediatamente después de que Karakal y tres más de su escuadra hubieran tirado abajo el portalón. Por primera vez se había encontrado con tantos objetivos que casi no supo decidirse por cuál empezar hasta que dejó a su escopeta hablar por sí sola. Había corrido unos cuantos metros en línea recta antes de abatir a uno que intentó dispararle desde detrás de una columna y se había ocultado al otro lado. El interior de la catedral le pareció algo así como un enorme túnel de entrenamiento excesivamente adornado, infinitamente más pomposo y gigantesco que las capillas de su fortaleza en Tigrit IV, con los soldados enemigos asomando por doquier a modo de monigotes contra los que disparar. Dispuso su arma en disparo semiautomático y abrió fuego contra los más cercanos de los objetivos a su alcance mientras tensaba sus piernas para avanzar.

La irrupción de los Tigres desvió la atención de la mayoría de los que disparaban a Tigrit y su escuadra. La sargento miró atrás alarmada por las pisadas, pero vio que eran más marines que entraban por el agujero de la pared y se ocultaban tras la cápsula de asalto. Les saludó con un dedo y unió el fuego de su arma al suyo.

¡Vuelve a la formación, cachorro! –gritó Karakal desde la columna de atrás.

Pero Károbis ya había salido corriendo hacia la siguiente disparando a diestro y siniestro. Con una maldición entre dientes, el Tigre de Fuego le siguió y su escuadra a él adelantándose peligrosamente al compacto frente de marines que se hacía fuerte a la entrada de la catedral. Los haces láser chillaban por todas partes; varios habían decorado ya su servoarmadura con puntos negros. Aquellas armas necesitaban mucho más para comprometer aquella barrera de ceramita pero la armadura de neófito de Károbis resistiría mucho menos si seguía exponiéndose así.

Apretó el gatillo una y otra vez descargando cartuchos de postas sobre los soldados de verde y avanzando sin parar por la hilera de columnas. Alguien le disparó desde una de las celdas laterales. Se agachó devolviendo el fuego y desenfundó su cuchillo.

¿Qué demonios...?

Karakal vio cómo el cachorro se zambullía literalmente en una celda de la que no dejaban de emanar disparos enemigos. A una orden suya los Tigres, tras haberse agrupado a la entrada, cargaron moviéndose como una blanca ola de cuerpos acorazados que barría toda la catedral. Desde su posición, Tigrit y las demás abatían fácilmente a los soldados que iban retrocediendo hacia el retablo convirtiendo el lugar en una trampa letal. Gebanem y los suyos aparecieron disparando contra los que se habían apostado en los andamiajes y pasarelas superiores haciéndolos caer en cascada. No hubo salvación posible para los herejes.

Repitiendo la orden de cargar, el Tigre de Fuego se detuvo a la entrada de la celda, impedido de entrar por la visión que se ofrecía a sus ojos. Había seis enemigos allí, pero ninguno respiraba. Károbis estaba en el centro pisando un charco formado por la sangre de sus víctimas. Se volvió hacia él al percibir su presencia y desactivó el cuchillo de energía con una sonrisa en la cara.

¡Demonio de chico! ¡esperaba que me dejaras alguno!.

¡Búscate los tuyos propios, tigre viejo!.

Había un pequeño altar en aquella celda; la mitad superior de un cuerpo estaba sobre él con sus entrañas colgando del borde. Otro de los cadáveres estaba tumbado con la cabeza destrozada bajo una gran mancha roja en la pared. Dos más tenían el torso abierto y la ropa chamuscada por el fuego de la escopeta y el resto estaban destripados de arriba abajo.

Ya has probado el sabor de la sangre enemiga, Turel –dijo Karakal con solemnidad, consciente de que su cachorro había iniciado una nueva etapa en su vida de Tigre Nevado.

Sí –le interrumpió el chico- y Emperador ¡cómo me gusta!.

Estaba herido. Su peto estaba perforado por dos disparos pero Károbis salió caminando de la estancia limpiando tranquilamente la hoja con la lengua. Pasó por su lado con tal orgullo que ni a mirarle se dignó pero llevaba en la cara aquella misma determinación.

Las naves inquisitoriales aterrizaban por toda la plaza alrededor de San Quenáius como enormes cuervos negros sinedo recibidas con silencio por parte de los civiles.

Drake y su séquito aparecieron desde el interior de una de ellas y de inmediato quedaron petrificados viendo el estropicio que una de las cápsulas había causado a la arquitectura del templo mientras miríadas de comandos la rodeaban y empezaban a levantar un campamento. Nada más entrar, pisando sobre las puertas derribadas, pudieron ver el alcance del destrozo ocasionado. No pudieron contar un solo cadáver marine pero los de los herejes estaban esparcidos por todo el suelo. Los trabajosos grabados, las estatuas, los querubines de madera y oro, todo estaba destruido. No obstante no se podía negar la pericia de los Tigres ya que todos los desperfectos habían sido ocasionados sólo hasta la altura de un hombre mientras que las quemaduras de rifle láser estaban por todas partes. Esquivando cuidadosamente los cuerpos, los charcos rojos y las marines que permanecían en pie y silenciosas, Drake caminó hasta los peldaños que alzaban el altar mayor y se detuvo ante Karakal, quien le miraba socarrón.

Os aseguro que estaba así cuando llegamos –dijo encogiéndose de hombros.

Sin querer fijarse demasiado en la cápsula de desembarco que había tirado el muro abajo y horadado el valioso enlosado, el inquisidor encontró al único enemigo superviviente tras la roca sagrada del altar apretando el gatillo de una pistola láser agotada con el cañón metido en la boca. Nada más ver el emblema de su pecho aquel individuo suspiró aterrado y retrocedió a rastras hasta darse conta el relicario dorado bajo el retablo. Empezó a gritar y a negar como un poseso.

¿Esto es todo, capitán? –preguntó con su sombrero girando hacia Karakal.

El marine asintió y, volviendo al prisionero, preguntó: - ¿Dónde está Bors?.

Rock, Devalier y los servocráneos aparecieron a ambos lados del tipo estrechando su espacio vital. El hombre de gris apoyó un solo dedo sobre el altar y de inmediato Musafar empezó a quitar violentamente los sacos terreros y todo elemento extraño de la losa mientras Drake retrocedía hasta Karakal una vez más.

Capitán, quiero creer que eso no estaba previsto en el plan de asalto de la comandante –susurró.

Karakal no siguió el bastón que señalaba a la cápsula. Podía sentir la cólera contenida en la voz de Drake, pero eso no le preocupaba lo más mínimo.

Esto es suelo sagrado. Debía haber sido recuperado con el menor daño posible. Habéis entrado despedazando la casa del Emperador.

Con el debido respeto, inquisidor, la catedral está en manos imperiales ahora. Lo que debería preocuparnos en este momento es que el cardenal apóstata no está aquí tal y como vos asegurásteis.

Un inhumano griterío hizo volverse a los Tigres Nevados para ver que los escoltas de Drake estaban atando al oficial traidor sobre el altar ya despejado. Crisantem había colocado su pequeño estuche sobre el relicario y estaba extrayendo y ordenando varios instrumentos de cirujía cuyos filos de diferentes formas y tamaños daban un amplio margen a la imaginación más mezquina. El traidor estaba intacto todavía pero parecía saber muy bien lo que se le avecinaba.

¡No sé nada! –gritaba el prisionero- ¡no sé nada! ¡por favor, no sé nada!.

Que los Tigres abandonen la catedral, capitán. La sangre de este traidor lavará la mácula vertida sobre esta piedra sagrada y todo este sacrosanto lugar... a menos que me dé las respuestas que busco.

La hospitalaria entregó un objeto extraño con una hilera de marcas semicircular a Musafar, quien inmediatamente demostró su función metiéndoselo en la boca al traidor enmudeciendo en gran parte sus chillidos. Amordazado de esa manera, estaba claro que aquel infeliz no tendría oportunidad de cofesar antes de haber probado la cara más siniestra de las habilidades de la cirujana, quien empezó a dictar cada una de sus acciones para que Nahím tomara nota de ellas en uno de sus pergaminos.

Nada más salir Károbis por la brecha vio a la capitana Cheetah y su escuadra deteniendo sus motocicletas a un costado de San Quenáius.

Primera sangre –le dijo Siam desmontando.

Károbis se miró las manchas rojizas de su cuerpo. No era la primera vez que se veía así. – No será la última. ¿Qué tal te ha ido a ti?.

¡Hemos arrasado a esos enanos patéticos!. ¡No había sentido nada igual!, ¡los perseguimos y los destruimos como las ratas que son!.

Károbis sonrió sin dejar de lamer su cuchillo con tacto y lentitud. La espada sierra de Siam tenía también una mancha de sangre con rectos chorreones, marcada sin duda al alcanzar con un tajo a un enemigo desde la silla a gran velocidad.

¡Fíjate en esta gente!. ¡Salen de todas partes liberados de los opresores por nuestra mano!. ¡Somos el tisar, protectores de la galaxia!.

Las palabras de Siam estaban cargadas de emoción pero a él no se le había ocurrido pensar en eso. Su propia emoción se debía al combate. Se estaba recordando a sí mismo minutos antes; traspasando la puerta de la pequeña habitación llena de objetos religiosos; abatiendo a los dos primeros de sendos disparos; enganchando a otro del cuello con la correa de su escopeta y haciéndole girar con él hasta aplastarle la cabeza contra la pared después de haber rajado a otro más durante el giro. Los disparos láser inundando el aire con su olor a ozono; su cuchillo hendiendo la carne del quinto como manteca con un siseo del campo de energía deshaciendo átomo a átomo la piel y los huesos. Por alguna razón aquellos recuerdos se intercalaban con los de la alucinación que tuvo en el interior de la cápsula. Veía a demonios en el lugar de los soldados de Bors, una espada en su mano en lugar del cuchillo, las paredes del santuario se volvían de carne y sangre. Entonces vio a otro demonio más con las garras en alto donde el sexto soldado alzaba las manos y empezaba a tartamudear un “me rindo”...

Károbis ¿me oyes?, ¿estás bien?.

Se dio cuenta de que estaba respirando muy hondamente y cerraba los puños crispados en torno a la empuñadura de su arma.

E... estoy bien, Siam.

Tienes los ojos enrojecidos.

Me ocurre cada vez que me excito, no es nada.

Esos nuevos sentimientos son muy fuertes –dijo Cheetah por detrás de su aprendiza apretándose la tela que le tapaba la boca-. Ningún marine espacial ha permanecido impertérrito tras su primer combate, pero debéis acostumbraros rápidamente, cachorros.

Ambos cachorros se sonrieron mientras la capitana acudía a reunirse con Karakal y la comandante Panter. Károbis se sentó sobre un pedazo de muro tan súbitamente que parecía que se hubiera desvanecido.

¿Estás herido? –preguntó Siam algo alarmada.

Nada importante.

De todos modos Károbis se quitó el peto para examinar los dos impactos pero la energía había sido absorbida por la ceramita y sólo habían logrado chamuscarle su pálida piel. Ella se sentó a su lado y de pronto empezaron a oírse aullidos nasales del más puro dolor y agonía desde el interior de San Quenáius.

Cerca de la entrada a la catedral, Karakal asintió reverente hacia Panter al verla llegar. La reverencia de Panter fue mucho menos pronunciada.

Arcos Bors no está aquí, comandante –dijo Karakal si prestar atención a los quejidos que habían enmudecido a algunos de los Tigres Nevados-. Nuestro impecable amigo Drake no sabía tanto como creía.

En mi opinión Bors sabía que veníamos –añadió Cheetah-. Sabía que este sitio no resistiría un asalto nuestro.

Sí, ha sido muy fácil. Esto podía ser inexpugnable para los rebeldes pero para nosotros es una cáscara de nuez. Ahora a saber dónde se ha escondido.

¿Qué ocurre ahí dentro? –preguntó Panter.

Drake está interrogando al pelele que comandaba la guarnición. Su señoría prefirió perderse el combate y ha bajado de su nube sólo para...

¿Quién es el prisionero? –interrumpió la comandante.

Uno que dice llamarse teniente Osle Aquebuna.

¿Y cómo espera que diga nada amordazado? –Cheetah lo había percibido en los gritos ahogados.

Karakal hizo una mueca y se encogió de hombros. – Mantengamos la esperanza de que ese tipo sepa hacer algo de su trabajo bien.

Devalier y Rock aparecieron en la entrada cada uno con una mano sobre el lateral del casco. Inmediatamente las tropas inquisitoriales formaron en fila bloqueando el umbral y la brecha de la fachada.

Órdenes del inquisidor Drake –respondió Devalier a la pregunta de Panter-. El acceso a San Quenáius queda restringido desde este momento salvo previo permiso de su señoría.

Devalier, habiendo catado ya el gusto de Panter por aquella clase de restricciones, devolvió la mirada a la comandante a través de su visor estrechando el rifle de fusión entre sus manos.

Dile a tu señoría que puede meterse la mal...

¡Karakal! –volvió a cortarle la comandante-. Reunid a las tropas. Estemos preparados.

Los Tigres se retiraron, pero el Tigre de Fuego señaló con su gran dedo hacia el comando antes de seguir a las demás. Las garras tisarinas de aquel antebrazo apuntándole no parecieron estremecerle. Era un tipo valiente, eso al menos se lo concedía.

¿La hospitalaria? –se sorprendió Siam al oír lo que Károbis acababa de decir-. Es a la que menos temería yo de ese grupo.

Seguro que ese desgraciado no opina lo mismo. Ahora debe de estar enseñándole por orden todos sus órganos internos.

Károbis sacudió la cabeza intentando despejar aquella extraña pesadez pero seguía sintiéndose agitado. De nuevo sus manos estaban apretando el cuchillo y, durante un momento, le pareció que la hoja era del color de la sangre. Aquella figura levantándose del trono en la oscuridad no se iba de su mente ni tampoco la frustrante sensación de impotencia e inevitabilidad que le producía la visión de su rostro. Karakal pasó por allí vociferando la orden de revisar armas y equipo como era su costumbre en lugar de darla por el comunicador. Se levantó para recargar su escopeta junto a Siam mientras ella amartillaba los bólters de su motocicleta. Procuró prestar más atención a la animada charla de ella que a su propia mente.

Por detrás de la fila de comandos inquisitoriales que custodiaban la brecha, Drake observó inadvertido al cachorro Károbis con dos de sus familiares a su lado.

Crisantem seguía con su tarea mientras Nahim hablaba al prisionero intentando convencerle de que diera una confesión y Musafar aguardaba rígido con ambas manos sobre su escudo. Aquebuna aún tenía aquello en la boca que le impedía pronunciar palabra ante el siniestro tribunal. Su rostro estaba enrojecido y empapado de sudor y lágrimas y se había orinado encima. No dejaba de mirar fijamente al servocráneo que le sobrevolaba con sus múltiples ojos fijos en él. No corría sangre por la losa ni se derramaba en el suelo. La única sangre estaba, escasa, en las cuchillas y escalpelos que la estoica hospitalaria iba dejando a un lado sólo para llevar sus manos a nuevos instrumentos. Crisantem se detuvo, inyectó algo en el brazo del prisionero e hizo un gesto hacia el cruzado, quien retiró la extraña mordaza de un tirón. El griterío se hizo ensordecedor. Aquebuna ni siquiera tuvo ánimo de insultar, sólo de desahogar su horrible dolor con alaridos que ponían la piel de gallina.

La hermana Cristantem os ha inyectado un inhibidor del dolor. Esto puede terminar rápidamente –Nahim cabeceó hacia Musafar y éste apartó el escudo para enseñarle la empuñadura de su espada- si respondéis a las preguntas y lo hacéis con la verdad. Si no, os inyectará un antídoto y la sesión continuará. ¿Dónde está Arcos Bors?.

La mano del lexicomecánico escribió aquellas mismas frases en otro pergamino precedidas por las iniciales LN.

¡Por favor, no puedo decirlo! –dijo el interrogado con apresurada rapidez para volver a gritar-. ¡No puedo decirlo!.

Aquello se transcribió tras las siglas TA.

Puedo prolongarlo durante mucho más tiempo del que podáis imaginar –intervino Crisantem hablando con tal lentitud que los segundos se convertían en eternidades para el prisionero-. Días... y días... y días...

Nahim anotó las palabras de la hospitalaria con la nota HC antes de volver a la conversación. - ¿Por qué no podéis decirlo, teniente?

¡Si lo digo él me matará!. ¡Está escuchando cada palabra que decimos! ¡si respondo a vuestras preguntas me matará!.

Nahim, espera.

Crisantem advirtió algo. Tomó unas pinzas y un bisturí y agrandó el agujero que le había abierto en el vientre al prisionero.

Aquebuna, aún bajo los efectos de la droga, no sintió dolor pero alzó la cabeza intentando verse el vientre. – Esperaba que no os diérais cuenta hasta el final –dijo con una voz completamente distinta y repentinamente calmo y chistoso-. Lástima que el inquisidor no esté aquí.

El cruzado y el lexicomecánico reaccionaron antes que la hospitalaria. Musafar dio una zancada hacia Crisantem, la agarró por un brazo y la arrastró hacia sí. Nahim se lanzó de cabeza al suelo alejándose lo más posible del altar a la vez que Aquebuna le sacaba la lengua al servocráneo.

Drake se acariciaba ambos carrillos con el pulgar y el índice absorto en alguna cavilación cuando sintió la alteración en la mente del prisionero antes de ver y oír su burla a través de su familiar un instante antes de que una onda expansiva le arrancara el sombrero de la cabeza y le hiciera caer de rodillas. La cápsula de desembarco le salvó a él y a los comandos de recibir un muro de fuego que escapó por la parte superior de la brecha alzándose hacia la noche como el aliento infernal de un monstruo gigantesco. Algunos cascotes más cayeron desde lo alto y las tropas inquisitoriales se sumieron en la confusión por unos momentos pero los más cercanos al inquisidor no dudaron en arremolinarse en torno suyo formando un escudo humano.

¡Eso no ha sido un disparo de artillería! –gritó Cheetah, que se había cubierto tras su moto.

¡No! –convino Karakal-. ¡Ha sido una bomba!.

Drake se lanzó al interior desoyendo los ruegos de sus hombres de que aguardara. Toda la zona del altar mayor estaba ahora chamuscada. El relicario y el retablo estaban ardiendo por sus partes de madera que no habían quedado reducidas a astillas. El altar se había partido en pedazos y la densa humareda le impidió ver a ninguno de sus sirvientes hasta pasados unos instantes.

Nahim estaba tendido al pie de los escalones bajo el altar. Musafar y Crisantem estaban juntos a un lado; el cruzado cubría a la hospitalaria con su escudo. Ninguno de ellos se movía. Los comandos entraron desde el otro lado de la nave encañonando cada rincón y empezaron a atenderlos mientras Drake miraba fijamente lo que había sido el altar. Pedazos del cuerpo del prisionero estaban esparcidos por todas partes. De su tercer servocráneo no había ni rastro reconocible y los dos que le restaban acudieron a sobrevolar a Nahim y Musafar respectivamente.

No podemos hacer nada por éste –declaró uno de los médicos en armadura rojinegra levantándose del lado de Musafar.

¡Necesito el resucitrex! –instó Rock arrodillado sobre Nahim-. ¡Aún podemos salvarle!.

Cuando otro levantó el amplio escudo del cruzado descubrió a Crisantem relativamente ilesa bajo él. – Está viva. Inmovilizadle el cuello y traed una camilla.

Károbis se detuvo antes de entrar en la catedral para recoger el sombrero del inquisidor que encontró tirado junto a la cápsula de asalto. Por muchas vueltas y revueltas que le dio no pudo sino comprobar que no era más que tejido rígido, nada fuera de lo normal. Lo tiró en el mismo sitio que lo había encontrado y siguió a su maestro.

Rock se esmeró en aplicar al pecho de Nahim los electrodos en forma de paletas conectados a la caja del resucitrex. Las descargas energéticas hacían que su cuerpo se contrajese y provocaban chispas en los mecanismos servomotrices integrados en su carne. Tras varios minutos de esfuerzo y tensión, de inyectar dosis de drogas en sus venas y estimular y controlar su corazón con aquel aparato, el comando sintió el bastón del inquisidor sobre su hombrera.

Es inútil –dijo Drake-. Recuperad los pergaminos y los registradores audiovisuales.

Rock suspiró impotente.

¿Qué demonios ha pasado? –lanzó Devalier la furiosa pregunta al aire.

Era una bomba.

Las miradas se volvieron hacia las figuras de los Tigres Nevados.

¿Qué?.

El prisionero era una bomba –completó Karakal.

Bors sabía que tomaríamos este lugar –intervino Cheetah- y preparó una trampa para quien quisiera interrogar al que estaba al mando.

La velocidad mental por la que los marines habían llegado a aquella conclusión combinada por su impasividad provocó recelosas miradas en las tropas inquisitoriales. Miradas que se disiparon como el humo cuando el propio inquisidor asintió en acuerdo con ellos.

¡Lo he encontrado! –clamó alguien.

Ocelot se levantó con un pedazo de chatarra ennegrecida en la mano. – Parte del artefacto.

Nekoi se acercó a su compañero. Varios de los comandos, que debían de ser artificieros curiosos, se congregaron alrededor de ambos. – Parece una mina antipersona de detonación vertical.

¿Una mina antipersona podría haber causado este destrozo? –inquirió uno de los hombres de Drake.

Debe de haber sido modificada –afirmó Nekoi haciéndola girar lentamente en su mano para verla por todos sus lados.

Analizaremos los restos del explosivo.

El comando cogió el fragmento pero la mano de la marine no se abrió.

Si vos lo permitís –añadió sin cortesía ni molestia.

Nekoi echó un vistazo a Karakal. Sólo permitió que el humano se llevara la chatarra cuando el Tigre de Fuego hubo asentido disimuladamente. – Por supuesto.

Señoría, venid a ver esto, señor –llamó Devalier.

Drake se sentó en cuchillas para ver lo que su escolta le mostraba. Era la cabeza de Aquebuna unida aún a un pedazo de su pecho. Le faltaba la piel de la nuca hasta el colodrillo y era ahí donde Devalier señalaba. Había un círculo de metal en la base de su cráneo.

Que analicen eso también –ordenó el inquisidor con desgana. Saber qué clase de bomba habían utilizado no devolvería la vida a sus cofrades.

Drake se levantó y bajó el cuello de su gabardina descubriendo su cara. Károbis vio que su edad parecía mucho mayor de lo que había calculado aquella vez en el gimnasio. Panter inclinó la cabeza a un lado al ver sus desiguales ojos.

Siam y Károbis se acuclillaron junto a Nahim. El Tigre Sangriento alargó una mano y retiró suavemente la capucha de su cara. Lo que descubrió era el rostro más humano que había visto en su vida. Era un hombre, un hombre joven, de cabello oscuro y tez lisa, pero nada más que un hombre. Ambos se miraron con sorpresa al haber encontrado algo muy diferente a lo que se esperaban. En aquel momento un grupo de comandos pasó cerca de ellos llevándose el cadáver de Musafar en una camilla. Le habían quitado el yelmo y la coraza de su armadura. No era más que otro hombre de cabello castaño y piel más bronceada; tenía los ojos abiertos, ojos azules y humanos.

Creí que serían como los servoesclavos –dijo Károbis-. Creí que por eso todos se cubrían la cara

Ambos oyeron los tacones de Drake acercarse mucho antes de que se detuviera tras ellos y, con la punta de su bastón, volviera a cubrir el rostro de Nahim. Había muy poca luz en aquella zona debido a la destrucción causada por la cápsula y, al mirarle de nuevo, Károbis pudo ver por fin de dónde venía la extraña luz de su cara. El ojo derecho de Drake, su ojo verde, tenía propiedades luminiscentes y su iris brillaba en la oscuridad como el abdomen de una luciérnaga. En seguida apareció Rock entregando un maltrecho pergamino a su señor. Era en el que Nahim había transcrito el interrogatorio.

El inquisidor lo leyó de un tirón y lo dejó caer al suelo. – No esperaba que Crisantem descubriera la bomba.

Señoría, si se me permite la pregunta, ¿por qué no detonó antes?. Había más objetivos a su alrededor, incluidos los Tigres Nevados.

Era al inquisidor a quien quería eliminar.

La intervención de Károbis hizo que ambos bajaran la vista hasta sus ojos felinos antes de alejarse como si hubieran sido ofendidos, o más bien como si huyeran de su intelecto superior.

El escolta sacó de inmediato un pequeño dispositivo parecido a una pantalla de datos. Lo sostuvo en horizontal y, al activarlo, se proyectó sobre la placa una imagen holográfica del plano de Ophir. Rock dejó el holomapa en el suelo y empezó a montar una antena parabólica con varias piezas que iba sacando de los bolsillos de su uniforme. Cuando la hubo completado y conectado dio una señal al Drake.

Localización de las tropas imperiales.

Mediante un enlace de larga distancia con el Juez y Verdugo, el holomapa pudo proyectar una representación de los regimientos de la guardia imperial observados desde el navío en órbita. Aunque organizados, se extendían por toda la ciudad en forma de ejércitos de puntos azules.

Karakal se volvió hacia Panter. – Comandante, estamos perdiendo el tiempo aquí.

Panter asintió. Tanto ellos como Cheetah y Tigrit estaban cerca de Drake estudiando el holomapa pero el inquisidor no daba orden alguna. El comunicador de alguien era un hervidero de órdenes de la guardia imperial en diversas claves.

Inquisidor –llamó la comandante.

No respondió.

Inquisidor ¿cuáles son las órdenes?.

Las órdenes no han variado comandante: capturar a Bors –Drake no apartó la mirada del holograma.

¿Y vamos a encontrarle desde aquí?.

En mi mundo natal teníamos un dicho: se atrapa antes al embustero que al tullido. Con los herejes pasa lo mismo. Todos ellos se rigen por la misma retorcida lógica, especialmente los religiosos. Bors habrá previsto la forma aplastante en que su mandato se iría a pique y ahora sabe que ningún sitio es seguro para él. Eres un traidor muy listo, sí... pero salir de Ophir por aire es una locura porque cualquier nave será detectada en el acto y la guardia controla ya todos los puertos. Así que ¿dónde estás?.

Nekoi y Ocelot, quienes se habían sentado en un rincón donde no pasara nadie, aguardaban.

Ahora podríamos estar dando apoyo a la guardia –se quejó Ocelot-. Seguro que las claves que reciben por ese comunicador son peticiones de ayuda.

Sí, pero estamos bajo las órdenes de Drake –recordó Nekoi-. A menos que él dé la orden, no nos movemos.

El Tigre expresó su frustración pateando un cascote. Nekoi tenía las manos entrecruzadas otra vez con el colgante entre los dedos. Vieron cómo Gebanem era conducido ante Drake por dos comandos. El inquisidor empezó a señalar varios lugares en la verde luz del mapa y a hacer preguntas. Karakal volvió la mirada hacia ellos por un momento e hizo un gesto extraño con sus pobladas y rojizas cejas.

Al viejo Tigre de Fuego le encantan estas esperas –se burló Ocelot arrancando una sonrisa del rígido rostro de su compañera. Luego vio el modo en que ella acunaba la baratija-. ¿Aún piensas en él?.

No hay un día en que no rece por su alma –respondió ella.

Sin duda lo necesitará esté donde esté –Ocelot se miró la muñeca haciéndola girar varias veces. Se oía un leve crujido bajo el guatelete cada vez que completaba el movimiento.

Sin duda lo merece.

Yo en tu lugar no me distraería con esas cosas. Drake puede leerte la mente si le dejas. Imagina lo que pasaría si se asoma a tu cabecita mientras estás rezando por él.

Nekoi abrió los ojos. – Es cierto, pero es sin duda por lo que él pasó. Conocedor de un secreto prohibido, obligado a mantener su mente alerta en todo momento.

Si, incluso un marine puede enloquecer tras estar años así –Ocelot desenfundó su pistola bólter y empezó a hacerla girar en su dedo- pero mas te vale no hacer ninguna locura como las que hizo él porque la próxima vez dispararé primero y no diré una palabra.

Ella asintió asumiendo lo que su compañero quería decir.

Ya que hablamos de él, he visto que Drake se fija mucho en Turel. Tendré que recordarle también a él que mantenga su mente en orden.

Le he visto antes, durante los últimos momentos del combate. Ha acabado él solo con seis enemigos en apenas un parpadeo. En su primer combate real. Lucha como un diablo, igual que su padre.

Eso es otro fantasma contra el que tiene que luchar. ¿Cómo nos excusaremos ante el inquisidor si ve a un Tigre Nevado sufrir exactamente los mismos síntomas en combate que un Ángel Sangriento?. La inquisición confía mucho en nuestro capítulo por nuestro excelente historial de victorias y nuestra incorruptibilidad. Eso es algo que Turel puede poner en entredicho.

No lo hará. Sabrá controlarse.

Ocelot seguía haciendo girar su pistola. – Más le vale. ¿Quién es el que está con el inquisidor ahora?.

Es un miembro del CDI, el consejo democrático imperial que gobierna este planeta. Estaba entre los rebeldes. Drake estará preguntándole dónde cree que se esconde Bors.

Burócratas idiotas. Tenemos suerte de que la comandante tuviera el buen juicio de enviar a las escuadras tisarinas en su busca en lugar de destinarlas a conquistar este retrete.

Ocelot era consciente del cambio que se había operado en él desde la destrucción de Nephausto y los Esclavos de Calipso. El descubrimiento de la traición de Remus le había marcado profundamente recrudeciendo su carácter. Le gustaba que así fuera.

Nekoi se había vuelto extremadamente silenciosa tratando así de compensar su anterior costumbre de decir lo que pensaba. Sostenía la mayor parte del tiempo la actitud de una triste penitente.

La sargento hizo avanzar a su escuadra al abrigo de la oscuridad del callejón. Cada una de sus siete integrantes llevaba una servoarmadura algo diferente de la habitual; la armadura de las veteranas tisarinas. Los generadores dorsales eran más compactos, no llevaban las pesadas hombreras autorreactivas y sus brazaletes estaban armados con las temibles garras tisarinas. No había casi sonido alguno a su paso. No tocaban ni un vehículo abandonado, ni un contenedor de basuras, ni siquera una papelera si no era imprescindible para su avance. Sus piernas subían y bajaban sobre el suelo en silencio.

Mau aspiró el aire a través de la membrana osmótica de su casco. Había asimilado pronto el espectro de olores de aquel lugar y ahora buscaba algo fuera de lo común. Durante la reunión previa al lanzamiento a bordo del Fangyon la comandante Panter había ordenado a las tres escuadras tisarinas separarse del resto y rastrear tres zonas de la ciudad, al este, al noroeste y al sur del objetivo en busca del cardenal hereje. A Mau le había tocado la zona este. No habían recibido comunicación alguna de la comandante desde su aterrizaje lo cual era la señal convenida de que Bors no había sido encontrado en la catedral.

Los edificios se alzaban a ambos lados de la calle oscuros y desiertos. Sólo habían visto algún que otro vagabundo merodeando con la vista perdida; adictos a la obscura, al aguijón o a algo peor según le había indicado su olfato. Se habían ocultado de ellos. Bastaba que correra la voz de que había una escuadra de marines espaciales por allí para que el enemigo se cerniera sobre ellas. El bombeo de las explosiones y los disparos era un constante telón de fondo pero aquella zona constaba como deshabitada en los archivos de modo que la guardia la aislaría en un principio y retrasaría su reconocimiento para cuando se aliviara la presión de los puntos de conflicto más grandes. Por el momento las zonas como aquella eran el escondite perfecto para alguien que no deseara ser encontrado por la guardia imperial. El mejor sitio para empezar a buscar.

Un grafitti sobre la pared llamó la atención de la sargento.

“Malo manda” –leyó una de sus tisarinas con susurros-. ¿Qué jerga es esa?.

Sargento –llamó Dharr, la que iba en cabeza, antes de que Mau reprendiera a la tisarina por prestar atención a tales nimiedades-. Según los informes estamos en una barriada marginal y prácticamente olvidada por la administración local.

Dharr, abre la boca sólo para decir algo útil, no algo ya sabido –respondió Mau.

Dharr estaba asomada a una esquina. – Sólo me preguntaba, ¿qué hace eso en lo que se supone un barrio marginal?.

El edificio era gigantesco. Su superficie se alzaba al final de la calle formando una elipse de cientos de metros en cuyo interior habrían cabido pefectamente todas las casas de los alrededores, eso se podía apreciar aun cuando se encontraban a setecientos metros. Tenía el mismo aspecto gris, polvoriento y ruinoso que el resto de construcciones que habían visto pero en sus tiempos debió de ser un lugar realmente importante.

No recuerdo haber visto eso en el mapa, sargento –dijo Dharr manipulando los controles de su tablilla de datos para ofrecer una visualización del plano de la ciudad almacenado en la memoria del aparato.

Yo tampoco... –confesó Mau

Girando dos pequeñas ruedas Dharr desplazó el cuadrante visible hasta donde deberían encontrarse ellas. Un edificio de tales dimensiones debería ser bien visible entre los cuadrados y rectángulos del resto de casas.

Porque no aparece en el mapa –terminó de decir.

¿Deberíamos contactar con la comandante?.

Hazlo, Dharr.

Ruido. Ruido de piedra cayendo sobre piedra concretaron las tigresas en sus mentes. A la derecha de la formación. Catorce ojos de pupila de aguja se clavaron a través de sus visores sobre una oscura figura que rápidamente huyó por la otra caye pateando y pisando guijarros.

Sika, Enadel –dijo la sargento con severa tranquilidad.

Dos borrones blanquecinos cruzaron la oscuridad silenciosos y veloces como fantasmas. Las Tigresas dieron alcance a su presa rápidamente; una de ellas le derribó simplemente empujándole con le brazo para hacerle perder el equilibrio y a otra le inmovilizó en el suelo con una de sus garras sobre su garganta. Un agudo e hiriente grito infantil hendió la noche.

¡Es una niña! –se sorprendió la tisarina sin deponer el arma.

Ciertamente, aunque alta, su presa era una niña de apenas dieciséis años vestida con ropa civil y un gorro de lana en la cabeza. Se tapaba la cara y temblaba de puro terror ante ellas parloteando una lengua que no pudieron comprender.

¿Utilizan niñas como espías? –se indignó Mau al alcanzarles con el resto de la escuadra.

¡Sargento, vienen más!.

Desde el otro lado de la calle vieron venir a un grupo de pandilleros. Todos llevaban una especie de armadura antifrag ligera pintada de azul oscuro y decorada con finos rayos amarillos. Lo más extraño era que también llevaban botas con ruedas sobre las que se deslizaban sobre el pavimento sin apenas esfuerzo de unas piernas expertas. Todos se detuvieron a veinte metros de las marines sin intención alguna de acercarse más de la cuenta. Todos excepto uno, un hombre joven, mal afeitado y de cabello largo y oscuro recogido en una cola de caballo que hizo caso omiso de las seis pistolas bólter que se alzaron en su contra. Frenó con un hábil giro de un pie.

Soltadla, ella no tiene nada que ver con esta guerra.

Hablaba con una dureza natural, confiado en la verdad de cuanto decía y en que los marines se atendrían a dicha verdad. Ocultaba su vista tras unas gafas ahumadas pero sus ojos estaban atentos a las cuchillas que amenazaban el cuello de la niña. Su brazo izquierdo estaba provisto de una especie de exoesqueleto como el mecanismo de un servobrazo protésico pero su verdadero brazo aún era visible bajo las piezas de metal. Perdió los estribos tras unos segundos en los cuales no hubo reacción alguna por parte de los gigantes acorazados. - ¡Maldita sea, no es más que una niña traviesa! ¡alguien os vio por aquí y ella quería veros, eso es todo!. ¡Ahora soltadla!.

El pandillero acompañó sus palabras con una furiosa amenaza empuñado su pistola láser con la izquierda. Varias voces empezaron a gritar desde el grupo de atrás pero nadie se unió a él. No era necesario comprender la lengua local para saber que le estaban advirtiendo de lo suicida de amenazar a siete marines espaciales.

Aquel sujeto se matuvo firme. Un solo disparo de aquela pequeña arma apenas lograría penetras unos milímetros en una servoarmadura mientras que seis disparos bólter reducirían su cuerpo a poco más que pulpa. Su dedo cubierto por el guantelete de metal se mantuvo sobre el gatillo.

Mau se adelantó y él pasó a encañonarla en el entrecejo elevando el mentón como muestra de lo desesperado que estaba por recuperar a la prisionera. Aquel hombre no había visto nunca nada parecido a la diplomacia. La fuerza era el único modo que conocía para conseguir su propósito y si no hubieran sido marines espaciales estaba segura de que él y su banda ya habrían abierto fuego.

Esta niña nos estaba espiando.

¡No es ninguna puñetera espía! ¡lo único que ella quería era ver realmente un marine espacial!. ¡Tiene la cabeza llena de las puñeteras monsergas que esos sacerdotes gritan una y otra vez! ¡desde que supimos que veníais todo el mundo está asustado o emocionado y veo que hay mucho más motivo para asustarse de vosotros si os dedicáis a atacar a niñas por las calles!.

A un gesto de la sargento, la tisarina apartó su garra y puso a su prisionera en pie. Inmediatamente la chica corrió a los brazos del pandillero, que la recibió con tal efusividad que casi la tomó en brazos dejando de lado la pistola. El resto de la banda gritó vitoreando a aquel hombre. Ella hundió la frente en su cuello a modo de disculpa por haberse escapado.

Él la quitó el gorro descubriendo una larga y lacia melena castaña, la besó en la sien y volvió a mirar a los marines. Tenía preguntas en la mirada pero no las hizo, en lugar de eso dio media vuelta y ambos volvieron con los demás. En la espalda de su armadura había algo escrito con letras amarillas perfectamente definidas. El nombre “Ralph B. Malo” y debajo, al igual que en sus hombreras, el número cinco.

Será mejor para vostros que no digáis a nadie que nos habéis visto –advirtió Mau.

Menuda chorrada –respondió sin volverse-. No pasáis precisamente desapercibidos por aquí. Aunque desde luego ha sido una sorpresa, Bors decía que estaríais en San Quenáius. Por cierto, ¿sabes que ese casco te hace voz de chica?.

¡Un momento!. ¿Bors dijo...?

Él seguía alejándose con suaves movimientos de sus patines y un brazo sobre los hombros de la chica. Mau y su escuadra empezaron a caminar tras él.

Sí –dijo el ophiriano-, pregonó a bombo y platillo que conocía de antemano el plan de ese inquisidor que ha venido con vosotros. Lo estuvo repitiendo durante horas. Desde luego no se qué es lo que ha hecho para que hasta los marines vengan a por él pero a ese tío le faltan un par de tuercas.

¿No sabéis qué delito ha cometido Bors?. ¡Ha llevado la esclavitud de civiles mucho más allá de lo establecido por las leyes imperiales y ha proclamado Denovanius Zex como su propio mundo catedral!, ¿cómo es posible que no sepáis eso?.

Nosotros no sabemos nada de que Bors haya dicho que este planeta sea suyo. En cuanto a la escalvitud, eso que dices de que la ley imperial le pone límite es nuevo. El más viejo de esta ciudad ya cuenta historias de cómo la gente era esclavizada y vendida por capricho del puto CDI y bajo la bendición del cardenal de turno. Si ahora resulta que Bors es culpable será que se ha olvidado de untar a alguien que debería haber hecho la vista gorda. Sea lo que sea no es nada del otro mundo en Ophir.

Esperad, aún no hemos acabado.

Nosotros sí, marine. Nos hemos mantenido al margen de este lío desde que empezó y pensamos seguir así. Este barrio entero no vale ni cincuenta casiles y saben que no nos marcharemos por las buenas, así que nos dejan en paz.

¡Negar ayuda a las tropas del Emperador puede considerarse traición! ¿o tampoco sabéis eso?.

Lo que sí sabemos es que por muchos FDP que estéis matando Bors os tiene agarrados por las pelotas. Se os va a escapar entre los dedos e irá a soltar sus chorradas a otra gente, pero para entonces los ophirianos ya no tendrán manera de librarse del inquisidor. Ese cabrón va a jugarse a las cartas a ver quién sale hereje y quién no y al final habrá sido mejor que no hubiera aparecido. Siempre es la misma mierda.

Por muy malsonante que fuera el lenguaje del pandillero lo cierto era que Mau no había oído hasta el momento una explicación mejor de lo que ocurriría si las cosas seguían por el rumbo actual. – Vos creéis saber mucho de estos asuntos.

Cuando estuvieron junto al resto de la banda el hombre se detuvo y Mau tras él. Los demás dieron unos cuantos pasos atrás al acercarse las montañas blanquiazules. Una de ellas dijo algo en su lengua, visiblemente alarmada por su proximidad.

¿Váis a seguirnos mucho rato? –preguntó el hombre aún de espaldas.

La niña les miraba de reojo.

Aún tengo otra pregunta. ¿Qué es el edificio al final de esa calle?.

Se echó a reír lentamente.

¿Es que he dicho algo divertido?.

Ése era el estadio de rollerball. Allí pasamos nuestros últimos momentos como ciudadanos libres. Es una historia un poco larga, no creo que un puñado de marines quieran detenerse a oírla.

¿Conocéis bien ese sitio?.

¿Conocerlo?.

Malo habló en tono interrogativo a los miembros de su banda y ellos respodieron con una sorda carcajada, atenuada aún por el miedo.

Sargento –dijo Dharr-. La comandante nos ordena esperar órdenes.

Parece que disponemos de algo de tiempo –ofreció Mau al pandillero.

¿Tiene algún nombre ese edificio? –preguntó Dharr aún ocupada con la comunicación.

Malo suspiró hondamente y se dio la vuelta lleno de melancolía. – Estadio Imperial de la Libertad.

Recibido –respondió Panter-. Inquisidor Drake, una de mis unidades de infiltración ha descubierto un edificio que no aparece en nuestros mapas. Debería estar en el sector este, en esta zona –señaló con un dedo en el holograma-. Algo llamado Estadio Imperial de la Libertad.

Drake no había dado orden alguna al respecto pero decidió no inciar una discusión por la actuación de la comandante marine a sus espaldas. - ¿Consejero Guebanem? –se limitó a decir.

Es el antiguo estadio de rollerball –informó Guebanem-. Su demolición lleva proyectada varios años. Debido a los problemas con las bandas criminales que ocupan esa zona no se ha podido hacer efectiva todavía pero se decidió eliminarlo de los mapas.

¿Quién lo decidió? –preguntó el inquisidor.

El CDI, por supuesto.

¿El cardenal Bors no tuvo nada que ver?.

Bueno... sí, así es, el cardenal siempre es informado de todas las decisiones y puede influir sobre ellas para que de ese modo no ofendamos al Emperador con alguna decisión desacertada. Pero eso fue hace mucho tiempo, antes de que se volviera loco.

¿Qué tamaño tiene ese edificio?.

Es enorme. Las pistas de rollerball no son demasiado grandes, unos setenta metros de largo por treinta de ancho, no lo recuerdo ahora, pero en las gradas había espacio para más de ciento cincuenta mil espectadores.

Un sitio en un barrio marginal y casi desierto que la guardia ignora por ahora –Drake corroboró cuanto decía moviendo su mano sobre el mapa- y lo bastante grande para... ¡Rock, Devalier!.

¡Señoría! –respondieron ambos cuadrándose al unísono.

¡Reunid a las tropas!, ¡también vos, comandante!. ¡Voy a encargarme de él personalmente!. Por cierto, consejero ¿el nombre de Ralph B. Malo os dice algo?.

Sí, Ralph Bartheles Malone es el líder de una banda especialmente peligrosa. Es precisamente él quien ha manenido a las fuerzas de seguridad fuera de ese barrio. Llevamos tiempo queriendo echarle el guante.

Tenéis demasiadas tareas pendientes en esta ciudad –siseó Drake amenazante a la vez que se ajustaba apresuradamente su sombrero.

Un músculo se tensó en la mandíbula de Panter. La escuadra de Mau le había informado sobre el tal Ralph B. Malo pero ella no había dicho nada a Drake creyendo que no revestía la importancia suficiente.

Sentados en el suelo o sobre el maltrecho vehículo hueco que había cerca, los pandilleros no dejaban de admirar aquellas armaduras y el tamaño que sus ocupantes debían de tener. Para sorpresa de todos se habían rebajado a sentarse con ellos.

Fue para nosotros la mejor época –decía el que parecía ser su líder sentado en el borde de la acera y con la chica aún a su lado-. Este barrio era de los más lujosos de toda la puñetera ciudad. Los partidos de rollerball atraían a todo el mundo, el estadio se llenaba y las bolsas de los comerciantes también. Entonces a Bors se le ocurrió que había demasiado pocos esclavos en Ophir y recomendó al CDI hacer una de sus famosas encuestas. El pueblo tenía que elegir entre hacer un sorteo a ver quién debía entregar a su hijo primogénito a la esclavitud o prohibir el rollerball. Por supuesto sólo los fanáticos sin hijos votaron por lo segundo.

No lo entiendo.

Joder, creí que los marines érais más rápidos. En Ophir todo el que no tiene empleo es un aspirante directo a esclavo. Prohibiendo el rollerball todos los equipos y el personal del estadio se quedaban sin trabajo, ¿vas entendiendo?.

El casco de Mau asintió.

Hasta el señor Ictramp... el dueño del estadio... hasta él fue subastado y comprado por algún richachón hijoperra. Y el viejo Baga... Llevan años queriendo tirar el estadio abajo con la excusa de devolver la vida al barrio pero supongo que los trabajadores no tienen huevos de venir aquí, o todavía respetan lo que una vez representó ese estadio. ¡Mierda, fueron ellos los que nos arrancaron la vida!. La gente se olvidó de esta parte de la ciudad tan rápido que los comerciantes tuvieron que cerrar sus negocios. ¿Tengo que repetir lo que eso significa?.

El casco negó una sola vez.

Fue una gran cabronada en todos los sentidos. Pero como he dicho, no creíamos que fuera a venir nadie por eso. Dentro de lo que cabe, las cabronadas son cosa corriente aquí.

¿Y quienes sóis vosotros?.

¿Nosotros?. Nadie. No somos más que un equipo deportivo, ¿es que no se nos nota?.

Las armaduras parecían haber sido diseñadas en imitación de la armadura antifrag estándar de Cadia, todos llevaban aquel exoesqueleto que parecía una versión arcaica de un puño de combate en un brazo y la mayoría empuñaba armas de mercado negro o robadas. Cierto que eran hombres y mujeres extemadamente atléticos. Los había más corpulentos y más ligeros, pero todos en un excelente estado físico.

Pues sí. Somos los Truenos Rodantes. Campeones de Denovanius Zex de rollerball durante dos años consecutivos, el único equipo que ha hecho nada parecido en toda la historia.

¿Cuál es vuestro nombre?.

¿No sabes leer o es que me mirabas al culo mientras estaba de espaldas?. Me llamo Ralph Bartheles Malone, pero un nombre tan estúpido delata que mi padre no quería tenerme así que me llaman Malo. Y por si os interesa lo más mínimo, la chica que habéis estado a punto de trinchar se llama Elisabeth.

Cuando el marine hizo una pausa mirando a la chica casi dando la impresión de estar disculpándose, Malo volvió a besarla en la sien.

¿Eres el jefe de esta banda?.

Era... el capitán de este equipo. Pero cuando uno se despierta un día sin estadio donde jugar y con un FDP esperando a la puerta de tu casa con un lazo en la mano para tí y otro para tu hermana pequeña, le dejas KO de un puñetazo y le cuelgas por los talones con los lazos que os quería poner al cuello, te conviertes en pandillero, rebelde y criminal. Supongo que estos asuntos no llaman la atención de los marines ¿no es así?. Estáis demasiado ocupados defendiendo al Imperio de bichos, monstruos y gente que hace mucho más ruido que una piara de cerdos con túnica que se hacen llamar Consejo Democrático Imperial. ¡Consejo democrático!. ¿Sabes lo que significa eso?. Significa que dicen: “se nos ha ocurrido otra manera de daros por el saco pero podéis elegir entre tres formas de hacerla”. ¿Sabes cómo le llamamos a eso por este barrio?.

Me hago una idea –respondió Mau rápidamente.

Desde entonces hemos dado vueltas por este estercolero abandonado.

Sargento, la comandante solicita comunicación.

Mau se llevó la mano al antebrazo y abrió un pequeño panel. – Aquí la sargento Mau, comandante.

Tras un corto rato de conversación ininteligible para los ophirianos, Mau se dirigió a Malo una vez más. - ¿Hay algún modo de entrar en el estadio?.

¡Tiene una puerta como un ultráiler, demonios!. Pero necesitaréis una entrada; las de primera fila son doscientos veintinueve casiles con noventainueve, pero os aseguro que valen su precio.

No estoy bromeando. Un modo de entrar menos abierto.

Ooh, colarse dices. Jeje, bueno, pues... ¿pero de qué puñetas hablas? ¡ese sitio está abandonado desde hace años!.

Mau dudó unos momentos acerca de si debía o no revelar la información que acababa de recibir. – Escuchad –se decidió al fin-, nuestro mando tiene fundadas sospechas de que Bors se está ocultando en el estadio.

No me digas.

Sí. Los planos de ese edificio fueron destruidos, de modo que cualquier información acerca de su estructura o sus puntos de acceso sería muy valiosa.

Ya veo. ¡Todo lo que he estado diciendo te importa un carajo! ¡lo que querías era ver si yo sabía algo importante!. ¡Pues sí, sé cómo colarse en el estadio! ¿estás satisfecho?.

Lo que queremos es...

Malditos farsantes –interrumpió Malo con la tristeza de la decepción pesando poderosamente en sus palabras-. No os importa ayudar a la gente de esta ciudad, lo único que queréis es matar al que os han dicho que matéis y os largaréis de aquí, ¿verdad?. Cuando todo termine dará igual que los marines espaciales hayan pisado Ophir porque las cosas seguirán igual que antes –se levantó diciendo algo a la niña en su lengua y sostuvo una mirada con Mau-. Sabes, por un momento, cuando me has pedido que cuente nuestra historia, he llegado a creer que realmente alguien se preocupaba por este... este... este basurero asqueroso.

Evidentemente, aquel hombre se sentía completamente desamparado. Por lo que había dicho, la ley imperial era para él un nombre que darle al yugo. A pesar de su hostilidad hacia los Tigres Nevados, la presencia de marines en al ciudad había encendido algún rescoldo de esperanza que ahora se había apagado de golpe. Mau lo sintio de alguna forma, pero no estaban allí para ocuparse de las leyes regionales. Por mucho que doliese a los ophirianos, había cuestiones que hacían palidecer todos sus problemas.

Un momento –dijo la sargento al ver que Malo se disponía a irse-, ¿acaso no queréis llevar ante la justicia al que os ha hecho esto?.

Esto es Ophir, aquí no entendemos de justicia. Además, ¿para qué queréis entrar?. Si está en el estadio podéis hacerlo volar por los aires ¿no?.

El inquisidor quiere capturar a Bors personalmente y con vida.

¿Qué? –una chica de ojos rasgados y especialmente ancha de espaldas casi saltó del sitio-. ¿El inquisidor viene hacia aquí?.

Malo se quedó con sus siguientes palabras en la boca, no obstante a Mau no le pareció que fuera temor lo que le había hecho callar sino una idea asaltando su mente de improviso, aunque era difícil leer en su rostro con sus ojos ocultos tras las gafas. La niña se apretó más contra él y los demás Truenos Rodantes se tensaron como cuerdas cuando la chica de ojos rasgados les tradujo a su lengua lo que acababa de oír.

Adivinando el deseo que martilleaba en la mente de todos, Mau dijo: – No tengo orden de retener a nadie, pero si vos conocéis un modo de entrar a ese sitio no puedo dejaros marchar.

¿Ellos pueden irse?.

Sí.

Geiko, llévate a Elisabeth, marcháos de aquí todos y escondeos bien.

Los ophirianos empezaron a hablar en su lengua en lo que era claramente una discusión. La chica de ojos rasgados negaba una y otra vez con la cabeza mientras que Malo daba enérgicas órdenes. En un momento dado intentó separar a la niña de sí pero ella se aferró a sus brazos como si le fuera la vida en ello. Él la miró a los ojos y le habló con dureza sin ser capaz de ocultar el dolor de su alma por lo que estaba diciendo.

Malo no volvió a mirarles mientras se alejaban rodando sobre sus botas con Elisabeth negándose a irse y siendo prácticamente llevada en volandas en el centro del grupo. Malo sacó una bola de metal la mitad más grande que un puño y la sostuvo con su brazo acorazado.

A los marines siempre os anuncian como los guardianes de la humanidad. Todo el mundo está deseando ver aunque sea la suela de vuestra bota. Pero un inquisidor...

Al alzar la vista Malo vio que varios de los marines habían echado mano de sus pistolas otra vez y no perdían de vista la esfera. - ¿Qué, os da miedo una bola de rollerball?. Esto no es ninguna granada rara –con un simple gesto se la tiró a Mau, quien la agarró con una mano sin más con entrechocar metálico.

No era más que eso, una esfera de acero pulido y, por su peso, macizo. A juzgar por la masa muscular de Malo no debería haber sido capaz de tirarla así pero los mecanismos que cubrían su brazo izquierdo debían de servir como los potenciadores musculares de una servoarmadura. - ¿A vos no os dan miedo los inquisidores?.

Malo se la quedó mirando en completo silencio antes de abrir la boca. – Dime una cosa, marine... eh... bah, olvídalo.

Si teméis las respuestas, mejor no hacer las preguntas.

Otra vez sus ojos, invisibles a través de los negros cristales, se afinazaron sobre los visores del casco de Mau por largo rato. - ¿Un inquisidor es tan malo como dicen?.

Mau le imitó, permaneciendo silenciosa durante unos angustiosos segundos. – Todo cuanto hayáis oído no le llega ni a los tacones, y Drake es especialmente arrogante.

¿Incluso con vosotros, los marines?.

Mau no siguió el juego. Se levantó y miró en la dirección por la que había llegado.

Jeje, lo suponía.

¡Los Tigres Nevados no temen a nada! –asentó Mau sin volverse.

He oído que un inquisidor podría ordenaros a todos, marines espaciales, quitaros el casco y pegaros un tiro en la cabeza y vosotros acataríais su orden. ¿Es verdad?.

El marine le devolvió una mirada cuya furia pudo percibir a través de aquella máscara inexpresiva. Se estaba propasando y lo sabía. – No me dan miedo las respuestas -añadió.

Cuán fácil habría sido dejar inconsciente a aquel individuo de un simple golpe, incluso romperle el cuello para no tener que seguir escuchándole, pero si lo hacía Mau se sabría perdedora. Negarse a contestar tampoco le gustaba pues no estaba dispuesta a dejarse atrapar por un pandillero. Se armó de paciencia con una bocanada de aire filtrado. – Sí, podría dar esa orden.

Silencio. El resto de la escuadra intercambió miradas furtivas.

¿La cumpliríais?.

Nos debemos al Emperador y a nuestro capítulo. Si entregamos nuestras vidas es únicamente para servir a uno o a ambos.

Malo no entendió la mitad de las palabras pero aquello le sonó como una negativa. Ya no recordaba la última vez que alguien fue tan honesto con él en superioridad de condiciones. Se sintió sinceramente emocionado por primera vez desde hacía mucho.

Precedidas por el canto de sus rugientes motores, las motoristas de Cheetah aparecieron por la avenida.

¿Son de los vuestros? ¡son lo más precioso que he visto en mi vida!.

La capitana detuvo su vehículo y desmontó viendo con curiosidad cómo el pandillero con armadura azul oscuro se deslizaba hacia ella y se acuclillaba de inmediato para ver bien de cerca el motor.

¡Joder! ¡si hubiéramos tenido un par de estas habríamos conservado el título diez años!. ¿Puedes acelerarla un poco más?.

Cheetah miró a Mau, quien sólo ladeó la cabeza y se encogió de hombros. Cuando puso la mano en el manillar y lo retorció aumentando el rugido hasta lo ensordecedor el pandillero sonrió con la boca abierta y soltó una carcajada infantil.

¿Quién sóis vos?.

Yo...

Aquel marine sólo llevaba una especie de bufanda tapándole la boca pero aquellos ojos y aquella cara no eran de un hombre y al no llevar casco no podía ser esa la causa de que su voz fuera la de una mujer. Entonces otro marine aparcó justo a su lado; no llevaba armadura como los demás y su rostro estaba completamente descubierto. Que le partiera un rayo si no era una chica de piel oscura y cabello albino. Para completar su asombro el tal Mau se quitó el casco al saludar a la de la bufanda. – Yo creía que... bueno... que los marines eran...

¿Hombres? –completó la chica de piel oscura sentándose en el sillín con una pierna sobre la otra-. Generalmente lo son.

Entonces soy el tipo más afortunado de todo el jodido Imperio –se puso en pie recorriendo de abajo arriba el cuerpo de la chica con la mirada.

Que le partiera un rayo si no eran chicas. Todas ellas con ojos de pupila de aguja como los gatos que transmitían la misma mezcla de serenidad, paz y precaución que los felinos. No tenían cara de guerreras por muchas armas y armaduras enormes que vistieran, ni siquiera por su estatura.

Mau, ¿por qué no lo dijiste desde el principio?.

Porque no tengo por costumbre anunciar mi género al presentarme –Mau parecía ofendida.

Todo un escuadrón de motoristas se detuvo a su alrededor.

¿Quién es este tipo tan divertido? –preguntó la de la moto a Mau.

Malo –respondió él mismo-. ¿Y tú eres...?

Siam pronunció su nombre y se apeó de un salto quedando frente a él. Malo se quedó mirando su fibroso cuello que era a lo más alto de la marine que llegaba. Alzó la cabeza y, tras un incómodo momento, añadió: - Tienes los ojos más bonitos que he visto en mi vida.

Parece que os gusta todo lo que va sobre ruedas, ¿no es así? –dijo Siam mirando sus botas.

Sé cuando algo me gusta nada más verlo –respondió sacudiendo la cabeza a un lado con aire de pícaro. Tenía una sonrisa bonita pero aquel hombre no estaba acostumbrado a sonreír.

Algo más allá Cheetah devolvió el saludo a la tisarina. - ¿Dónde has encontrado a eso?.

Más bien él nos ha encontrado. Sabe entrar en ese estadio.

Entonces Drake querrá hablar con él. Es un tipo raro ¿no?.

Y aún no le conoces.

Ahora había aparecido toda una columna de vehículos de transporte Chimera pintados de negro con manchas de camuflaje rojas.

Malo puso cara de asco nada más verlos. – Menudo chatarrero rodante. Creí que a ese tío lo traerían angelitos volando por el aire o algo así.

Siam desvió la cabeza para ocultar una sonrisa.

Sólo dos Chimeras se separaron de la columna para ir directamente hacia ellos; el resto enfilaron la calle hacia el estadio. Del primero salieron más marines de armadura blanca y tres o cuatro más en armadura ligera como Siam. Del segundo salieron sólo cuatro tipos; dos comandos, uno que vestía igual que el personaje de una obra de teatro que vio cuando era pequeño a cuyo lado flotaba un cráneo y uno que le era dolorosamente familiar.

Cuando Károbis salió del vientre de metal y vio a Malo percibió, a pesar de su postura indisciplinada que rebosaba arrogancia por sí misma, la misma rigidez y marcialidad que había sentido en las tropas del inquisidor pero de un modo mucho más abstracto. Él también era completa e inquebrantablemente fiel a unos ideales: los suyos propios, y era la clase de persona que respeta a los que son como él.

¡Gebanem! ¿cuándo te hicieron a ti inquisidor? –gritó el pandillero.

¡Silencio, Malone! –espetó el consejero-. ¡Su señoría el gran inquisidor Archivald Drake está aquí para interrogarte!.

Ah, así que el inquisidor es este.

El pandillero no se amedrentó lo más mínimo. Los emblemas que habían desatado las más empalagosas alabanzas del consejero Gebanem no hicieron mella alguna en su ánimo cuando se plantó ante él con Devalier y Rock a cada lado.

Bonito sombrero, pero creo que has perdido la pluma –fue su rápido saludo.

¡Muestra el debido respeto, perro! –graznó Devalier.

Károbis soltó un imperceptible bufido. Según Devalier, Drake era el escalón inmediatamente inferior al propio Emperador. Inmediatamente después le asaltó el olor alarmante de un súbito estallido de adrenalina.

Malo restalló, agarrando al guardaespaldas por el cuello y poniéndole el cañón de una subametralladora compacta en la nuez antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar. Había sido un movimiento muy rápido, demasiado para ellos, pero no para el chico de la blanca armadura de caparazón, ya que se encontró de narices con el cañón de su escopeta apuntándole por encima del hombro del escolta. Gebanem, por su parte, hizo ademán de levantar su rifle láser pero desistió al percatarse de que no era lo bastante rápido. El resto no se inmutaron; los Tigres orgullosos por la resolución de su cachorro; Drake por lo que parecía completa indiferencia hacia lo que ocurría a escasos centímetros de él.

Tus chicos son demasiado lentos –dijo Malo al inquisidor-. Pero este chaval es bastante bueno, más te valdría tenerle más cerca que estos dos soldaditos de juguete.

Los comandos permanecieron inmóviles con su fracaso reconcomiéndoles el espinazo. Sólo el arma de Károbis devolvía la amenaza del pandillero.

¡Mátelo! –tronó Guebanem-. ¡Mátelo, marine!.

Estabas aquí con otros once pandilleros; no te has quedado sólo para pegarle un tiro a un soldado y morir –dijo el inquisidor haciendo que sonara como una idea verdaderamente estúpida.

No, eso es cierto.

Malo soltó a Devalier y fue a enfundar el arma pero el comando se la quitó como quien quita un juguete a un niño, actuando Malo como el niño que lo entrega con una sonrisa. El Tigre Nevado no apartó su escopeta. Aquel chico tenía una mirada intensa, nada que ver con sus pupilas de aguja. Transmitía claramente su voluntad de hacer lo que debiera hacer y nada ni nadie podría impedírselo. Era una mirada que infundiría respeto en los amigos y temor en los enemigos. En cuanto al comando, los ojos era lo único que podía verle a través del cristal de su visor y no le gustó en absoluto lo que vio en ellos.

Estoy aquí para dar mi ayuda a las tropas imperiales –Malo se volvió un segundo para guiñar un ojo a Mau.

¡No le haga caso, señoría! –Gebanem estaba fuera de quicio y sus palabras silenciaron algo que Mau iba a decir-. ¡Es un maldito delincuente, acaba de verlo! ¡ha entorpecido el progreso en esta parte de la ciudad durante años!.

¿El progreso? ¡maldito hijo de...!

No lo intentéis –le interrumpió Károbis en una muy severa advertencia-. Entregad la otra arma.

Malo sacó una pistola láser de alguna parte a su espalda y la sostuvo en alto. Esta vez los guardaespaldas pudieron ponerle sus propias pistolas en cada mejilla y Gebanem se encaró su rifle. Karakal, quien asistía a la escena con una amplia sonrisa bajo sus barbas, apartó el arma del consejero, peligrosamente cerca de la cabeza de su cachorro.

Devalier levantó una mano y le arrebató también esa arma.

¿Cómo lo sabías? –quiso saber Malo. No sólo sabía que guardaba una segunda arma y había estado en un tris de empuñarla, sino que sabía que ya no le quedaba ninguna más porque la escopeta se apartó de su cara con un clic del seguro al ser activado.

Károbis sólo sonrió. Era una sonrisa perversa, prepotente y, sobre todo, orgullosa. Le cayó bien en seguida.

¿Sabéis un modo alternativo de entrar en ese edificio, consejero Guebanem? –intervino Drake para poner fin a su parloteo, que se había convertido en un molesto telón de fondo.

Eh... no –respondió él guardando silencio a partir de entonces.

Entonces en este momento sóis inútil, consejero. ¿Y vos, señor Malone? ¿sóis útil ahora?.

Malo parecía satisfecho del reproche a Gebanem. – Eso depende.

Muy bien, ya sé cuál es vuestro idioma –Drake sonrió de un modo que haría desconfiar al ser más inocente-. ¿Qué pedís a cambio de mostrarnos otra entrada, señor Malone?.

En aquel momento Mau vio con claridad que Malo tenía ya una idea que había estado fraguando desde que supo que se iba a encontrar con el inquisidor.

Sin embargo Malo se hizo de rogar: - ¿Tendría que ir yo? ese sitio me trae malos recuerdos.

No, quedáos aquí y dadnos información falsa. A fin de cuentas para cuando descubramos que habéis mentido ya estaréis lejos de aquí.

Le sorprendió el sincero sarcasmo del inquisidor. Realmente sí que hablaba su idioma. – Vale, pero sólo os enseñaré la entrada ¿entendido?, no pienso jugar a los soldaditos de juguete y que me agujereen el pellejo. A cambio pido una cosa: que, pase lo que pase, cuando todo este lío acabe y estés friendo el culo de Bors en una parrilla, se rehabilite el estadio, se vuelva a legalizar el rollerball y se saque de la esclavitud al personal y a todos los equipos.

De modo que era eso, se dijo Mau. Malo quería utilizar a Drake para reconstruir el pasado de la ciudad. O bien no tenía idea del peligro que encierra regatear con un inquisidor o bien era un completo temerario tal y como daba la impresión.

¡Eres un demente! –farfulló el consejero-. ¡Eso es imposible, el rollerball fue prohibido bajo sanción de la eclesiarquía!.

Quiero creer que Bors no era el representante de la eclesiarquía cuando se tomó esa decisión –apuntó Drake.

Sí... de hecho sí que lo era.

Drake asintió sin más. ¿Acaso aceptaba?. No... no consistía en eso. Mau vio enseguida cuál era el juego del inquisidor. Antes de poder ordenar su siguiente pensamiento, Drake alzó una mano y chasqueó los dedos. Algo oscuro y borroso saltó de una ventana y cayó en pie como un gato a su lado provocando en Malo y Guebanem un salto atrás y en los Tigres Nevados un alzamiento general de armas.

Era una mujer. Vestía un ceñido uniforme negro con brazales, espinilleras y coraza compuestos de apretadas costillas de metal. La tela de sus ropas le cubría por completo cabeza y cara, llevaba unas gafas de visión nocturna de un solo lente rectangular y, a la espalda, una espada cuya empuñadura le asomaba por encima del hombro. No llevaba emblemas ni signos que le identificase en modo alguno. Se quedó en pie tras Drake erguida, silenciosa e inmóvil como si fuera su misma sombra. Para los Tigres Nevados resultó alarmante el vacío que provocaba en sus sentidos; su traje parecía diseñado para eliminar cualquier olor, su respiración era imperceptible como la de un cadáver y no movía una sola fibra.

Les presento a la agente inquisitorial Les, miembro de la secta del culto a la muerte de Sallar Tercius –la mujer asintió en respuesta a la introducción de Drake-. Lo siento comandante, pero no podía permitir que llevárais a cabo vuestra pequeña exploración personal sin estar al tanto de modo que hice seguir a vuestras escuadras de inflitración –explicó Drake para evitar cualquier acción hostil por parte de los Tigres y dejando claro que en realidad no lo sentía en absoluto.

¿Nos ha estado siguiendo? –Mau se quitó un mechón de su grisáceo cabello de la frente.

¿Hay otros como ella siguiendo a mis escuadras tisarinas? –quiso saber Panter recelosa.

Mis servocráneos se encargan de vigilar a los otros dos grupos. No puedo permitir que nada escape al control inquisitorial, comandante. Me han mantenido informado en todo momento.

Una puñetera espía –dijo Malo repuesto del sobresalto. Acto seguido volvió una mirada acorralada hacia Drake.

Asesina, es una palabra más adecuada –corrigió éste bajando la vista para que su sombrero le ocultara los ojos.

Sabes cada palabra que he dicho, ¿verdad?.

El inquisidor sonrió siniestramente. Era la sonrisa de alguien que se sabía con la sartén por el mango. – Desde el principio hasta el final –hizo una pausa en la que dedicó una desagradable mirada a Mau-. Considerad a la agente Les como mi seguro. Si no cumplís vuestra parte del trato todos y cada uno de los miembros de vuestra banda estarán los primeros en mi lista de ejecuciones para regocijo de nuestro amigo Guebanem. La Agente Les ya les ha visto... y goza de muy buena memoria.

En ofrecimiento, el escolta le tendió sus armas de vuelta. Malo pasó la vista por todos los que acompañaban al inquisidor, desde sus dos escoltas hasta la asesina de atrás pasando por el cráneo flotante. – Menudo atajo de cabrones –dijo a la vez que cogía las armas sin pensárselo dos veces-. Ya tienes tu jodido guía turístico.

Buen chico –añadió Devalier.

Comandante, reunid ahora mismo a vuestros hombres –Drake dudó tras darse cuenta de la palabra que había empleado pero no se detuvo a rectificar- más destacados en operaciones de sigilo y que el señor Malone les lleve dentro del estadio. Si Bors sigue su tónica ese sitio estará bien defendido así que mientras distraemos su atención desde fuera le cazaremos desde dentro.

Oye, ¿por qué hablas en plural?, ¿es que tu también te apuntas?.

Las argucias de ese hereje me han costado la vida de dos siervos fieles e irremplazables. Voy a capturar a Bors con mis propias manos.

Malo se quitó las gafas ahumadas descubriendo una mirada que taladró la cabeza del inquisidor como un láser. Sus ojos eran oscuros y profundos; reflejaban la carga de una vida de penuria, supervivencia y rechazo a la superioridad manifiesta de Drake y su grupo. Luego miró a los marines; sus emociones eran diferentes para con ellos, su cara las reflejaba con una sinceridad tal que no se necesitaba experiencia alguna para leer en ella, razón por la cual prefería ocultarse tras aquellas gafas. Los marines le merecían más respeto que Drake quizá por el mero hecho de estar subordinados a él.

Karakal, Mau, es cosa vuestra –determinó Panter con rotundidad antes de alejarse enfrascada en sus propios pensamientos-. ¡Una asesina! –murmuró- ¡espía nuestros propios movimientos!.

El Tigre de Fuego llamó a gritos a Nekoi y Ocelot provocando un respingo en Guebanem, quien se vio rodeado por la risita ridiculizante de Malo.

Me caéis bien –dijo Malo una vez pudo controlar su risa-. Eh... supongo que él no viene –añadió poniéndose sus gafas.

El gesto de cabeza de Malo había sido dirigido hacia el consejero.

¿Por qué? –preguntó Karakal-. No es mal soldado.

La amistosa palmada de Karakal hundió el hombro de Guebanem.

Por eso justamente. Dime Guebanem, ¿podrás resistir a la tentación de pegarme un tiro por la espalda?.

La respuesta en el resto iracundo del consejero era un certero “no”. Parecía ser un rasgo de los ophirianos el que su rostro expresara fielmente sus sentimientos.

El consejero Guebanem nos será más útil liderando el apoyo de la milicia en el ataque principal.

Como ordenéis, señoría –respondió él sosteniendo una mirada con Malo que podría haber echo saltar chispas.

A fin de cuentas Malone estaba ya en poder del inquisidor, pensó mientras entraba en el Chimera. Esta vez no escaparía.

Espero, señor Malone, que vos sí podréis resistir a la tentación de realizar cualquier acto hostil contra ninguno de nosotros.

No hagas las preguntas si te dan miedo las respuestas, Archie.

¡Eminencia! –gritó el capitán Afgardi con el comunicador pegado a la boca- ¡Eminencia, nos han descubierto!. ¡Se acerca toda una columna de blindados con emblemas de la inquisición y los marines espaciales también están aquí!.

Lo sé –respondió el aparato con la pausada voz de un anciano-. El sacrificio del teniente Aquebuna ha sido en vano, desgraciadamente. El Emperador le acoja en su seno por su fervor.

Tack Afgardi había llegado a su posición por las excelentes relaciones de su familia con la administración del CDI. Le dolía aquella guerra fratricida pero su familia también era muy celosa con el respeto al culto imperial de modo que sus convicciones estaban de parte del cardenal a quien veía, al igual que todos, como la única autoridad plena.

La entrada al estadio era un gigantesco túnel rectangular con taquillas a ambos lados que se iba estrechando como un embudo hasta menos de la mitad de su envergadura inicial. Varios pasillos daban al exterior como balcones bordearos por barandillas oxidadas. Las puertas de entrada y las taquillas estaban cerradas por pesadas persianas. La capa de óxido estaba desgastada a los lados; las habían abierto y vuelto a cerrar hacía poco. No se veía ni un alma.

Panter casi podía mascar el olor. A pesar del aspecto desierto del edificio, había gente allí. Mucha gente y, por el aroma a aceite para armas, soldados. Un solo punto de acceso; aquel sitio era una ratonera difícil de asaltar. Los pasillos que daban al exterior quedaban a sesenta metros de altura sobre paredes lisas de rococemento. Desde luego el lugar estaba bien construido.

¡Cardenal Arcos Bors! –oyó de repente. Guebanem estaba subido a la parte de atrás de una camioneta que se acercaba al estadio en solitario con un temeroso conductor civil al volante ya que el conductor del Chimera no había querido obedecer sus órdenes-. ¡Sabemos que estáis ahí! ¡entregáos en nombre del CDI y de su señoría el inquisidor Archivald Drake!.

¡Imbécil! –masculló la comandante-. ¡Nuestras tropas aún no se han reunido!.

Las tropas inquisitoriales y los considerablemente más altos Tigres Nevados seguían llegando a la carrera o en sus transportes, entrando en los edificos frente al estadio y apostándose tras portales, ventanas, columnas, vehículos civiles abandonados y cualquier cobertura disponible.

¡Ophirianos que le seguís, deponed las armas y entregad al apóstata! –prosiguió el consejero- ¡no queremos más derramamiento de sangre entre nuestros conciudadanos!.

¡Guebanem, habla el capitán Nodr de las fuerzas inquisitoriales!, ¿qué demonios estáis haciendo? –le gritó por un oficial de las tropas inquisitoriales a traves de un magnovox.

¡Negociar! –respondió Guebanem-. ¡Quizá aún pueda resolver esto sin más muertes! ¡son nuestros propios agentes del FDP los que están ahí dentro!.

¡No se negocia con los traidores!, ¡Su señoría no ha autrizado esa acción!.

El consejero ignoró a aquel hombre. En respuesta a sus palabras alguien asomó sobre la baranda justo por encima de la puerta. Era un capitán del FDP con un bigote muy ciudado que le miró como un verdugo desde lo alto del patíbulo.

¡Capitán Afgardi! –Guebanem no se había sorprendido de la presencia del oficial-. ¡No disparen! –ordenó a continuación.

¡Consejero Guebanem! –llamó el individuo-. ¡No depondremos las armas! ¡seguimos la fe y las órdenes de su emi...!

Afgardi no dijo nada más. Un comando apostado en el segundo piso del edificio residencial al otro lado de la calle, tras recibir orden de Nodr, le abatió de un disparo de su rifle láser “infernal” que le hizo saltar el casco de la cabeza.

¡No no! ¡he ordenado no disparar!.

Nadie, en ningún bando, acató la orden. Desde todos los balcones, filas enteras de FDP asomaron un bosque de armas entre los hierros de las barandas y abrieron fuego. El concepto de “lluvia láser” estaba resultando horriblemente frecuente para Guebanem aquellos días. El consejero se apretó contra el suelo del vehículo y dio un puñetazo al cristal posterior de la cabina. El conductor dio marcha atrás pero un misil trazó una estela blanca desde el estadio hasta impactar sobre la platafora, justo a la espalda del consejero, engullendo a la caminoeta por completo con una explosión y convirtiéndola en una gran lata despanzurrada envuelta en llamas.

Tigrit –llamó Panter por su comunicador- ¿tu escuadra está preparada?.

Afirmativo, comandante.

A mi señal toma la posición sobre la entrada del estadio. Cheetah.

Cheetah a la escucha, comandante.

Tu escuadrón encabezará el asalto. El tisar nos guíe.

El tisar nos guía –respondieron a la vez.

En un principio Panter mantuvo a los Tigres Nevados en retaguardia donde las neófitas francotiradoras y las artilleras de armas pesadas empezaron a acumular muertes para sus honores personales. Envió a una escuadra a tomar posición tras el vehículo destruido de Guebanem a la vez que el conductor salía del mismo y corría unos metros iluminando su alrededor como una flameante antorcha humana antes de que la pasada de una ametralladora le hiciera caer en el sitio. Los Tigres cubrieron rápidamente la distancia bajo el intenso apoyo de sus hermanos y hermanas pero la tormenta que se abatía sobre ellos se cobró la vida de cuatro antes de alcanzar la cobertura. Panter era consciente del sacrificio que les había hecho hacer, pero la presión de una escuadra de marines espaciales tan cerca de ellos les haría desviar su atención del resto.

Varios grupos de comandos intentaron imitar la táctica tras la protección de Chimeras que avanzaban lentamente; táctica que fue rápidamente neutralizada cuando los lanzamisiles de los herejes repitieron una y otra vez la escena de la camioneta, destruyendo los transportes y haciendo huir a los comandos sin protección y siendo abatidos por la espalda a pares.

¡Maldición! –se lamentó Nodr.

Entonces sintió una sombra sobre él cuando la comandante de los Tigres Nevados se le acercó. – Eso ha sido una estupidez.

El comando no replicó.

Malo encabezaba al peculiar grupo hacia un edificio cercano al costado este del estadio. Tras él venían Nekoi, Ocelot, la agente Les, Mau y sus tisarinas, Karakal y su escuadra, y, en último lugar, Drake y su escolta. El pandillero patinaba por la calle produciendo un casi inaudible ronroneo.

¿Cómo te llamas? –preguntó patinando al lado de Károbis.

El cachorro respondió secamente.

Al menos suena mejor que mi nombre. ¿Cuál es tu rango?, es decir... tu título o lo que sea que uséis.

Cachorro.

Malo se quedó con la misma cara. Károbis buscó silencioso el consentimiento de Karakal antes de seguir hablando. – Para ti sería un aprendiz. Él es mi maestro.

Ya... ¿y es normal que un novato sea más rápido que el maestro entre vosotros?.

¿Más rápido?.

Fuiste el único que reaccionó antes cuando...

Otra vez apareció aquella sonrisa a temer. – Lo que ocurrió fue que todos los Tigres Nevados supieron que me disponía a reaccionar y que lo haría a tiempo, así que me dejaron hacerlo.

¿Y cómo leches lo hacéis? ¿es que leéis la mente?.

La mente no, eso es cosa de Drake –Károbis realizó una profunda aspiración-. Pero hay muchas otras formas de prever los movimientos de un enemigo, de leer el aura de otro ser.

Lo que tú digas. Sólo procura recordar que estamos en el mismo bando ¿vale?.

Bajaron al sótano del edificio, cubierto de cajas de madera rotas. Al aumentar la oscuridad Malo se bajó las gafas hasta la punta de la nariz y miró sobre ellas utilizando una linterna que llevaba consigo para localizar un póster en la pared. El cartel era una imagen de él mismo a tamaño real alzando triunfal una de aquellas bolas de acero en una mano y una gran y ornamentada copa en la otra.

“Campeones por segundo año consecutivo” –leyó-. Por si alguien no se lo había creido.

No hemos venido aquí para obtener confirmación de vuestro pasado éxito, ¿verdad?.

Malo arrancó el póster dejando al descubierto un boquete en la pared. Nekoi dirigió su foco al interior para iluminar un túnel excavado en el terroso subsuelo. – Lleva hasta los vestuarios del equipo local –informó orgulloso de sí mismo.

Adelante, vos primero –dijo Drake.

Apoyándose en las paredes para darse impulso, Malo avanzó por el túnel. Karakal y sus Tigres tenían escaso espacio para maniobrar con sus armaduras, a diferencia de Nekoi, Ocelot, las tisarinas y los neófitos. La asesina se quedó en último lugar y, antes de entrar, colocó un pequeño dispositivo oculto tras una caja, cerca de la entrada.

En una larga aunque no demasiado ancha habitación, un armario junto a la pared fue empujado lentamente con un chirrido. Nekoi asomó por el agujero descubierto con su pistola bólter preparada. Nadie. Empujó un poco más y salió. Un banco bajo y alargado dividía la estancia. Había pequeños armarios de metal a lo largo de las paredes y algunas armaduras y cascos con nombres y números, como el equipamiento de Malo, tirados en el suelo. Rápidamente se apretó contra la pared junto a la única puerta y Ocelot hizo lo propio al otro lado.

Malo entró y respiró hondamente el aire polvoriento y de extraño olor con una expresión rígida en los labios. No oyó siquiera a la asesina deslizándose por el vestuario como una lagartija pero desde luego que oyó a Karakal apartando un poco más el armario y haciendo caer pedazos de pared cuando hizo pasar su humanidad por el agujero con una maldición.

¿Por qué existe este túnel? –preguntó Dharr al salir.

Malo tardó en contestar. – El almacén por el que hemos entrado pertenecía al señor Ictramp. Esto era una salida trasera para los depotistas. Los aficionados podían ser bastante... expresivos tras una derrota.

Pudieron ver que aquel lugar y aquellos recuerdos llenaban la mente de Malo. Mientras Nekoi, Ocelot y las tisarinas aseguraban el desierto pasillo exterior, él se dedicó a patinar hasta el fondo de la habitación y vuelta leyendo cada nombre escrito en las taquillas.

Joder... todo lo que éramos... todo lo que teníamos, está en este sitio.

Drake echó un rápido vistazo. – Ahora conjeturad un poco, señor Malone. Si fuérais Bors, ¿en qué parte del edificio estaríais?.

El despacho del señor Ictramp está por el pasillo de la derecha, subiendo dos plantas, a la izquierda y quinta puerta a la izquierda –lo dijo con rapidez; lo recordaba muy bien-. Tiene una cristalera para ver los partidos y la sala de seguridad está muy cerca asi que se puede ver todo el estadio desde allí. Es todo lo que se me ocurre.

El inquisidor chasqueó los dedos y Les desapareció por la puerta. Nekoi y Ocelot la vieron seguir el camino de la derecha corriendo con una mano agarrada al extremo inferior de la vaina de su espada. Hacía tan poco ruido que parecía que llevara los pies desnudos.

Buen trabajo, señor Malone, habéis prestado un buen servicio hoy. Sóis libre de iros y descuidad, que yo cumpliré con mi parte del acuerdo.

Drake se esperaba algún comentario malsonante pero su guía se quedó repasando el vestuario por enésima vez mientras todos los demás se reunían con los infiltradores en el pasillo.

Una risa hizo que Malo volviera la cabeza hacia el último del grupo que aún no había salido. Se trataba del soldadito de juguete al que pudo agujerear el pescuezo antes. Se estaba riendo de él. – Me encantaría oír cómo suena esa risa cuando te abriera otras dos bocas.

Os creéis un tipo muy astuto ¿no es así, señor Malone?. Habéis impuesto condiciones a un inquisidor y todo apunta a que viviréis para contarlo.

Devalier exageraba sus palabras todo lo que podía ahuecando su voz despiadada.

He hecho un trato. Seguro que hasta los niños ricos que crecen envueltos en seda como tú entienden lo que es un trato.

¿Pero qué habéis comprado exactamente?. A un hereje no se le reconoce acción acertada alguna, señor Malone. Pensad en ello mientras volvéis a vuestras calles llenas de basura.

Drake se la había jugando. Lo entendió antes siquiera de que Devalier hubiera girado sobre sus talones, al repasar en su mente la frase “quiero creer que Bors no era el representante de la eclesiarquía cuando se tomó esa decisión”. Por supuesto, con Bors declarado hereje toda su obra debía ser eliminada. A un hereje no se le reconoce acción acertada alguna; probablemente el rollerball sería restaurado igualmente y la gente por él escalvizada puesta en libertad para borrar de la historia del planeta cualquier rastro del mandato de Bors. El inquisidor ni siquera había tenido que amenazarle con alguno de sus célebres métodos de tortura; le había bastado con jugar a su mismo juego y ganar. Acababa de comprar nada y había puesto a todos sus amigos, su única familia, como garantía. Más allá, al otro lado de la puerta, vio a Mau que también había oído al comando y comprobó que ella también lo sabía, incluso notó un atisbo de culpabilidad en su rostro, como si de verdad algún rincón humano de su mente lamentara el engaño. No era culpa suya, era un... una marine espacial y siempre se pondría de parte del inquisidor. Cuando la puerta se cerró Malo se sintió el ser más estúpido nacido de madre. Siempre había oído que los inquisidores eran sádicos temibles secundados por ejércitos enteros de guardaespaldas y siervos. Aquel tipo le había aplastado como a una mosca y ni siquiera se había dado cuenta hasta aquel momento.

Devalier aún seguía carcajeándose sordamente cuando cerró la puerta del vestuario tras de sí. Cruzó su mirada con la de la Tigresa de cabello gris pero su gesto de disgusto no amedrentó su humor. Drake no hizo el menor caso al asunto.

Tras una oportuna reorganización de las tropas imperiales por parte de la comandante de los Tigres Nevados, el asedio al estadio se hizo mucho más opresivo para los herejes. Los milicianos mantenían sus posiciones decididos a vengar al consejero Guebanem proporcionando un impreciso pero intenso fuego de cobertura que, sumado al de los tiradores inquisitoriales, estaban abriendo poco a poco un pasillo para que los Tigres Nevados pudieran avanzar.

Las puertas desaparecieron entre el polvo y el humo levantado por los impactos de dos misiles perforantes de una escuadra de devastadoras. Las armaduras blanquiazules, con las motoristas como punta de lanza, se lanzaron al asalto con el rugido que era su grito de guerra sin dar tiempo al enemigo de reorganizarse para defender la brecha, pero no había tal brecha aún. Cuando el polvo se asentó se hizo visible una potente barricada erigida tras las puertas y que había resistido los impactos. La barricada, en realidad, era una montaña de escombros formada por el derrumbamiento de los suelos de todos los pisos justo encima de la puerta. Necesitarían más tiempo para abrirse paso, pero ya se encontraban a medio camino.

¡Seguid avanzando! –ordenó Panter con unos bramidos que nada tenían que envidiar a los de Karakal-. ¡Debajo de los soportales!. ¡Tigrit, ahora! –dijo a su comunicador.

Los soportales eran una zona franca, segura, justo debajo de los balcones a donde los disparos enemmigos no podían llegar. La propia zona de la entrada era un pequeño túnel a cubierto donde Cheetah y las suyas aparcaron sus monturas no sin antes dirigir sus pistolas bólter a lo alto para derribar algunos enemigos de sus posiciones. Los herejes debieron de sentirse desbordados por el número de marines espaciales que se les avecinaba porque su puntería desmejoró con mucho a la que habían estado demostrando. Disparaban casi al azar, cada uno de ellos apuntaba a uno, abría fuego y luego intentaba acertar a otro marine. El único modo en que sus rifles láser podían atravesar una servoarmadura era concentrando su fuego, los disparos graneados eran poco menos que inútiles.

Panter se arrodilló junto a la columna de uno de los soportales y volvió a agarrarse la muñeca. - ¡Nodr, que sus Chimeras nos abran camino de una vez!.

Por encima de la puerta, los soldados FDP dirigían sus disparos a los marines que seguían viniendo como una marea. Alguien advirtió que los tanques avanzaban; cuando un sargento vio que tres de los Chimeras se proponían acercarse, impartió las órdenes oportunas a sus equipos lanzamisiles para que los conviertieran en montones de chatarra al igual que habían hecho antes. Aquel sargento fue el primero en morir, cortado de un solo tajo desde la cabeza hasta la entrepierna. Antes de que los demás pudieran preguntarse de dónde había salido aquel marine, toda una escuadra aterrizó entre ellos iniciando una brevísima y sangrienta carnicería. Las espadas sierra subieron y bajaron sobre los blandos cuerpos, tiñendo impecables uniformes verdes y polvorientos suelos grises con el color de la sangre. Tigrit golpeó con su pistola bólter para apartar un tembloroso rifle láser que quizá nunca habría disparado aunque su siguiente sesgo no hubiera abierto el pecho del FDP que lo asía. Apretó el gatillo dos veces siendo recompensada con las explosiones de dos pechos enemigos más. A su derecha, uno de ellos pudo reunir el valor suficiente para alzar su arma contra ella pero las botas de una Tigresa Nevada aterrizaron sobre sus hombros y el peso de su servoarmadura le aplastó contra el suelo partiendo su cuerpo por más lugares de los que ningún médico podría identificar y manchando sus botas con una horrible masa rojiza. Los pesados tubos lanzamisiles fueron abandonados por sus dotaciones, que sólo consiguieron que su sangre no manchara las armas pesadas. Uno de ellos, sin embargo, pudo redirigir en solitario la orientación y pulsó el disparador con un alarido. El misil perforante, preparado en un principio para destruir un Chimera, se clavó en el vientre de una de las Tigresas y la lanzó en línea recta contra la pared. La explosión, diseñada para causar daños críticos en un área reducida. no fue especialmente poderosa pero sí lo bastante para reducir aquel cuerpo acorazado a brazos, piernas y despojos.

El artillero apartó a un lado el lanzamisiles. Era el único que quedaba con vida mientras que la única baja de los marines era la que acababa de causar. Todos aquellos enormes monstruos de metal le estaba mirando, fue la primera imagen nítida que tuvo de ellos. Algunos aún tenían entre sus manos los cuerpos de sus compañeros. Los filos de las espadas sierra esparcían sangre por todas partes, sangre que se encharcaba a su alrededor. Uno le pateó haciéndole chocar y girar de espaldas sobre la baranda, enviándole a la calle gritando y con los intestinos de alguien, que la marine llevaba pegados a la bota, adheridos a su vientre.

Panter vio a un FDP caer sobre la acera con un sonoro plaf. Los disparos que emergían de encima de ellas habían cesado.

Aquí Tigrit. Posición capturada, comandante –dijo el comunicador momentos después.

Recibido. Avanzad hacia el interior, no perdáis el tiempo con los otros balcones. Matad a todo enemigo que encontréis y capturad a Bors.

A la orden ¡por el tisar y el Emperador!.

Los Chimera siguieron su avance. A una orden de Nodr los tres multilásers de sus torretas y los tres bólters pesados montados en los afustes frontales convergieron sobre las ruinas que taponaban el acceso al estadio. Cheetah y su escuadrón se pegaron a las paredes permitiendo que las ráfagas de proyectiles trazadores y los intermitentes haces de luz hicieran su trabajo a través del rococemento y las vigas de plastiacero. Mientras tanto, desde la retaguardia, la milicia ophiriana, las tropas inquisitoriales y las escuadras devastadoras de los Tigres sostenían un intercambio de disparos con las restantes posiciones enemigas en el cual no estaba todo decidido ya que los herejes habían acumulado en aquel lugar un potente arsenal.

En el interior del estadio todos los pasillos parecían iguales, todos en una tenue y permanente curva que seguía la planta elíptica del edificio. El intenso combate que tenía lugar en la entrada, al otro extremo y en el exterior de la estructura, era apaneas audible.

Cuatro FDP montaban guardia a los lados de una puerta acristalada en la que se había rotulado “Élzobo Ictramp”.

¡Mierda, deberíamos salir de aquí ahora mismo! –dijo Lecky, que no dejaba de temblar.

¡Esa boca, blasfemo! –reprendió Merinno-. ¿Estás hablando de abandonar a su eminencia? ¿es eso?.

¡Estoy hablando de salvar el maldito pellejo!.

¡Qué estúpido eres!. ¿Es que no oíste las palabras de su eminencia?. Todos los que le servimos tenemos asegurados el paraíso. Él obra por mano y gracia del Emperador.

¿Y por mano de quién obran los marines que asaltaron San Quenáius?. ¡Ya has oído la radio! ¡les barrieron en un parpadeo, por eso Bors quiso esconderse aquí antes de que llegaran, pero ahora nos han encontrado!.

¡Eh, calláos de una vez! –intervino Salex, orgulloso hérode de las Guerras de las Cloacas-. ¡Nadie va a moverse de aquí!. ¡Su eminencia nos ordenó vigilar esta puerta y es lo que haremos!.

Blasfemo –repitió Merinno a Lecky.

¡Vete a la...!

¡Silencio silencio! –interrumpió Craig batiendo las manos en el aire-. ¿No oís eso?.

Todos contuvieron la respiración. Se oía algo como un chapoteo ahogado, como si en alguna parte hubiera un grifo abierto... pero les llegaba de arriba. Al alzar la vista vieron a una figura humana tumbada, en la medida en que una persona pudiera tumbarse en el techo. Cayó realizando un giro en el aire y acompañada del brillo y el sonido de una espada desenvainando. La hoja curva trazó una fina línea roja en la cabeza de Salex antes de que unos pies inaudibles tocaran el suelo. Aquella forma oscura estiró una pierna en una dirección y un brazo en otra como una bailarina, apartando a Lecky de una patada a la vez que hundía su espada en el vientre de Craig. Con su mano libre y su espada trabó el rifle que Merinno apuntaba contra ella y lo redirigió hacia Lecky, quien recibió el disparo en su lugar. Cuando la espada volvió a alzarse Merinno apenas se dio cuenta, mientras caía a plomo girando entre una espiral de su sangre, de que en ese movimiento le habían seccionado la caja torácica. El cuerpo de Salex aún seguía en pie cuando Les volvió a envainar con un gracioso molinete, tras lo cual el héroe de las Guerras de las Cloacas se desplomó como un saco boca abajo con la mitad de su cráneo rodando en círculo.

El despacho estaba casi vacío. Alguien debía de haber robado el mobiliario útil mucho tiempo atrás. Y lo más importante, estaba vacío de su objetivo. En efecto, había una cristalera completamente rota a través de la cual podía verse el interior del estadio en su monstruosa magnitud. El techo descubierto se abría al cielo estrellado y surcado por estelas de fuego antiaéreo como un gran ojo. Gradas y gradas elípticas rodeaban una zona de juego también elíptica en cuyo centro reconoció algo que no le parecía muy corriente de encotrar allí. Había energía en aquella zona y los gigantescos paneles de focos le permitieron ver una multitud de uniformes verdes y también una reconfortante toga blanca sin necesidad de ajustar us visor. Le había encontrado.

Alto –ordenó Drake deteniéndose-. La agente Les informa que el despacho del propietario estaba defendido pero parece que Bors se dispone a huir... y tiene una nave. Debió de esconderla aquí como plan de huida. A la zona interior del estadio, rápido. Capitán, solicitad apoyo aéreo; esa nave no puede escapársenos.

Me informan que el enemigo controla aún la mayoría de emplazamientos antiaéreos de esta zona. El apoyo aéreo es inviable por ahora.

Había letreros en cada esquina que rezaban distintas direcciones. Drake y su compañía tomaron el pasillo en cuya dirección señalaba la flecha del cartel “TERRENO DE JUEGO”.

Arcos Bors movió su anciana humanidad apoyándose sobre su baculo cardenalicio con necesidad pero manteniendo cada movimiento bajo control. Pisó la pista inclinada hacia abajo como un liso y gigantesco cráter elíptico. En la zona central, donde se habían encontrado los banquillos de los jugadores, la lanzadera civil de aspecto rectangular estaba realizando los preparativos de despegue, anunciados por zumbidos energéticos, silbidos y toda clase de sonidos mecánicos de escaso significado para él.

¡Eminencia! –le llamó un FDP acuclillado junto a un comunicador cerca del costado de la nave-. ¡Las tropas imperiales se abren camino hacia el interior!, ¡un grupo de marines ya se ha internado en el edificio por los balcones pero están controlados!. ¡La entrada no resistirá mucho más, debemos irnos!.

Me temo que ese no es el mayor de nuestros problemas, hijo mío –el enclenque dedo de Bors señaló en dirección a una de las entradas a los graderíos-. Vienen más enemigos por esa entrada. Contenedles asta que la nave esté lista, hijos míos, y no temáis mal alguno pues Él, que está en la Tierra, vela por nuestro destino.

¡Por el Emperador!.

El contingente reunido en aquel estadio era bastante numeroso y todos ellos estaban en la pista de juego, rodeando a la lanzadera y preparados para abrir fuego contra cualquier flanco por el que los intrusos se acercaran. Tras el aviso de Bors todos los soldados se desplazaron de inmediato hacia el flanco en dirección a la entrada señalada por el cardenal.

¡El inquisidor! ¡el inquisidor está aquí!.

Los disparos comenzaron, pero el cardenal siguió adelante hacia la entrada abierta del compartimento de carga.

Károbis descargó su escopeta corriendo abiertamente hacia el enemigo junto a su maestro. El interior del estadio era inmenso, más incluso que el de la catedral. Opinó que era más juicioso buscar cobertura pero Karakal no lo había ordenado.

El Tigre de Fuego bajaba el primero la larga escalera entre asientos. La baranda que separaba el terreno de juego de las gradas se había convertido en la barricada de los herejes y habrían de alcanzarla para conquistar su objetivo. Una andanada de impactos de bala repiqueteó sobre su armadura abriéndole varios agujeros, ninguno de ellos lo bastante poderoso para herirle, pero en conjuto bastaron para desequilibrarle y hacerle caer boca abajo entre dos filas de asientos.

¡Karakal!.

Károbis se lanzó de cabeza tras su maestro mientras el resto de la escuadra se parapetaba tras los respaldos sosteniendo el fuego de supresión.

¡Aparta de encima! –se quejó Karakal al sentir las manos del cachorro dándole la vuelta. Károbis dio gracias a la armadura de Karakal por haber protegido fielmente a su maestro; ninguno de los impactos había perforado su blindaje-. ¡Tienen armamento pesado ahí abajo, Bors no ha querido correr ningún riesgo!. ¿Alguien lo tienen a tiro?.

¡Lo tengo, señor! –anunció a gritos Linsir, que apoyaba su rifle de agujas sobre un asiento.

¡Yo también! –dijo Ocelot apuntando con su pistola.

¡Alto! –ordenó Drake desde la fila de atrás-. ¡Bors debe ser capturado vivo! ¡todo el que abra fuego sobre él será juzgado por obstruir a la justicia imperial!.

La imagen que Drake merecía a los Tigres, escondido del fuego enemigo y ordenando obstinadamente no abatir a su objetivo cuando una de ellas lo tenía a tiro, era de puro patetismo. La neófita permaneció firme a la espera de una simple orden del capitán para apretar el gatillo y atravesar la cúpula de la calva del cardenal apóstata con un proyectil tóxico. Estaba más que dispuesta a hacerlo. Las palabras de Drake no la amedrentaban en el cumplimiento de su único deber: obedecer a su superior.

¡Capitán, lo voy a perder! –apremió Ocelot.

¡Sólo dad la orden! –Linsir acaricaba el gatillo-. ¡Un momento... veo a alg...!

¡Os lo advierto capitán, no tendré ningún escrúpulo en ejecutaros a vos y a cualquiera que intente interponerse en la captura de Bors! –la rígida advertencia del inquiidor anuló las palabras de Linsir-. ¿Lo oís, ahí abajo? ¿me estáis oyendo herejes, traidores?. ¡Esos uniformes de la FDP no significan nada! ¡habéis traicionado al Emperador y protegéis al causante de esta guerra!. ¡Puede que el Emperador os perdone en la otra vida si os arrepentís de vuestros aborrecibles actos, pero yo no lo haré!. ¡Ejecutaré la sentencia divina del Emperador sobre cada hereje para lavar con su dolor la afrenta causada al Imperio!.

¡Maldito sea!. Ha entrado en la nave. Le he perdido, capitán –se lamentó Linsir dedicando una mirada arrepentida al capitán, quien le devolvió un gesto y un guiño con el que sintió que la eximía de culpa.

¿Qué ibas a decir antes? –preguntó Károbis metiendo un cartucho tras otro en la recámara de su escopeta.

Me ha parecido ver a alguien sin uniforme de la FDP ahí abajo.

Bah, luego revisaremos los cadáveres.

Los FDP empezaron a sentir que el vello de su nuca se erizaba por el miedo. Habían sido conscientes todo el tiempo de lo que les ocurriría si uno de aquellos inquisidores, que se creían sabedores de la voluntad del Emperador más que el cardenal, les atrapaba y el escudo de fe y obediencia a Bors que les había protegido hasta ahora de aquellos temores empezaba a agrietarse. Pasaron pocos momentos antes de que los disparos empezaran a remitir, cesando por completo poco después. Alguien se levantó con las manos en alto dispuesto a entregarse pero cayó inmediatamente después con un disparo láser en la cabeza.

¿Qué estáis haciendo todos vosotros? –gritó el autor del disparo, un oficial de la FDP-. ¡Les superamos por cinco a uno!. ¿Váis a dejaros asustar por las palabras de uno que no tiene idea de la voluntad del Emperador?.

Drake se irguió quedando al descubierto pero nadie le disparó y Károbis supo el motivo. En aquel momento el combate no se libraba con armas, sino con fe.

¡Tú, miserable rata embustera! ¡la corrupción de Bors es tan evidente que toda la guardia imperial, que nunca había oído el nombre de este planeta, es ya consciente de ello!. ¡Destruyó toda una tradición en este planeta en su ambición por generar más esclavos para las clases poderosas y os atrevéis a cerrar los ojos a ese hecho!.

Drake bajó lentamente los escalones flanqueado por Rock y Devalier. El oficial sintió como si los ojos del inquisidor se agrandaran hasta ser lo único que alcanzaba a ver. Dos lunas, una oscura y azul, la otra verdosa y brillante, escrutando el fondo de su alma, descubriendo allí su hipocresía y encendiéndola como una pira.

¿Dudas ahora, hereje?. ¿Dónde está la seguridad con la que habéis estado reprimiendo a las pocas almas que se han negado a aceptar el vergonzoso mandato de ese cardenal farsante?.

Odio estas situaciones –susurró Karakal a su neófito-. Lo he visto muchas veces, a los inquisidores les gusta matar a los herejes tanto como echarles en cara sus pecados.

Drake debe de estar embaucándoles con sus trucos de psíquico. Es el momento de asaltarles, Karakal.

Mau opina lo mismo.

Károbis no se había dado cuenta de que Nekoi, Ocelot y las tisarinas habían desaparecido. Los primeros enemigos en morir tampoco se dieron cuenta de que Mau había movido a su escuadra por otra de las escalinatas, arrastrándose para que los asientos las ocultaran a los ojos de los FDP, y habían lanzado granadas de fragmentación sobre sus posiciones. Tres explosiones desde el interior del terreno de juego derribaron a una veintena de soldados sobre los cuales cayeron siete marines cuyas garras destriparon cuerpos a diestro y siniestro. Para cuando los demás se hubieron repuesto del shock, la otra escuadra de marines, con el propio inquisidor y sus dos escoltas en cabeza, cargaron contra ellos cayendo desde lo alto de los escalones.

Se produjeron varios destellos azules alrededor de Drake cuando el campo de fuerza de su rosarius repelió cuantos disparos le alcazaron. Károbis se sintió muy afortunado de ver a Devalier hacer algo útil con su rifle de fusión cuando el comando abrió un boquete incandescente a través de la baranda y del pecho de un enemigo que se deshizo en cenizas antes de caer. Rock, por quien sentía un respeto que no era sino el contraste con el desprecio que le merecía el otro, trazó un arco con el ardiente chorro de su lanzallamas obligando a los FDP más astutos a abandonar la cobertura y a los más valientes a bailar hasta una muerte horrible con las espesas llamas que se adhirieron a sus cuerpos. Los Tigres Nevados saltaron la baranda emergiendo de entre el fuego como una horda de demonios blanquiazules.

La empuñadura casi recta de la escopeta de Károbis sirvió una vez más para que el cachorro la blandiera como una pesada maza a una mano dejando la otra libre para manejar su cuchillo. Aquello fue más difícil de lo que pensaba. Estaban luchando contra unos hombres cuya moral había sido diezmada. El Emperador sabría qué les había hecho Drake con sus poderes disfrazados de discurso. Se movían por mera supervivencia ahora. Disparaban frenéticos, cuando se les agotaba el cargador acometían con las bayonetas desesperados, cuando se veían obligados golpeaban y pateaban por salvar sus vidas. Para su desgracia hacía falta bastante más para vencer a la 3º Compañía de los Tigres Nevados. La proximidad del inquisidor le hizo refrenarse esta vez; después de todo no necesitaba de toda su furia para acabar con meros humanos. Por grande que fuera su desespero no eran osos de las montañas precisamente. Ellos habían atacado frontalmente y Mau, Ocelot y Nekoi habían cubierto el flanco derecho; en el lado izquierdo de la defensa enemiga vio a Les aniquilando con su espada a unos oponentes que no sabían hacia dónde apuntar. Los movimientos de la asesina sencillamente no parecían humanos, sino que evocaban a las más perversas criaturas que uno pudiera concebir. Aunque incluso para un agente como ella, adiestrada para matar desde la infancia, los enemigos eran demasiados, pronto le llegó la inesperada ayuda de Tigrit y su escuadra de asalto surcando el gran espacio abierto del estadio con sus estelas llameantes. Oyó con escalofriante claridad cómo un cuello humano se quebaraba bajo el golpe del bastón de Archivald Drake y recordó que su propia cabeza podría haber sufrido un daño parecido allá en Tigrit IV. Pero Károbis no fue consciente del verdadero poder del inquisidor hasta que vio cómo éste asestaba un garrotazo de revés en el pecho de otro enemigo, haciendo añicos la coraza antibalas y enviando al desgraciado a más de cinco metros de altura. Ni siquiera él podía hacer algo así.

Ninguno se explicaba por qué la nave o había despegado aún. Todos los protectores de Bors formaban ya una alfombra a su alrededor pero no había actividad visible en la lanzadera. Con la poderosa sospecha de que se tratara de otra trampa explosiva, Karakal envió a Nekoi y Ocelot por delante y Drake hizo lo propio ordenando a su asesina la inspección. Károbis se quedó mirando a Tigrit por unos momentos, satisfecho por su oportunidad y por el gran ejemplo a seguir que era. Ella le devolvió la mirada por encima de su respirador osmótico acompañándola con un asentimiento.

La rampa posterior empezó a bajar antes de que los rastreadores se hubieran acercado. El interior era sencillo; cuatro filas de asientos con un pasillo central, lo corriente para un transporte civil de pasajeros. Al fondo vieron al piloto, muerto y con el respaldo de su asiento marcado por tres impactos requemados. En un asiento a la derecha estaba Bors, que miró a Drake con gesto aburrido.

¿Ya ha terminado la fiesta? –preguntó alguien en pie a la izquierda de Bors y encañonando al cardenal con una pistola láser aún humeante.

¿Señor Malone? –dijo Drake con cierta dificultad para ocultar su asombro.

Malo agarró a Bors de la túnica y le sacó de la nave. Arcos tropezó en la rampa y cayó de espaldas a sus pies. – Mira lo que he encontrado tirado por ahí, Archie –se mofó esbozando una triunfal sonrisa.

¡Entonces sóis vos a quien ví antes! –apuntó Linsir señalando a Malo con el dedo-. ¡Os ví entrando en la nave a espaldas de los FDP!.

Malo guiñó un ojo.

¡Esto te costará caro en la otra vida, esclavo! –le advirtió Bors desde el suelo-. ¡Yo sólo he seguido los designios de nuestro amado Emperador cuyas palabras tergiversan los petimetres como él! –señaló a Drake-. ¡Por tu culpa la luz será consumida por las tinieblas! ¡eres un ser maligno y perverso!.

Sólo soy yo mismo –respondió Malo con suplicio-. No me lo tome en cuenta, cardenal.

Señor Malone, no tengo más remedio que descubrirme ante vos. Habéis demostrado una valentía y arrojo en el cumplimiento del deber de todo ciudadano imperial que ninguno de nosotros esperaba ver en un pandillero.

Ya lo dije antes: no soy ningún pandillero.

Señoría, ¿cómo sabemos que él mismo no es otra bomba?.

Malo se escamó ante la pregunta de Devalier. En ese momento se dio cuenta de que nadie aparte de él se había acercado a Bors todavía, así que decidió dar unos cuantos pasos lejos del cardenal.

No hay cuidado –susurró Drake-. He bloqueado las funciones nerviosas del cardenal de cuello para abajo. Si tiene una bomba en el cuerpo, no podrá detonarla.

¿Y todo eso no podías haberlo dicho antes? –se quejó Malo repentinamente consciente de que había pasado por un peligro mayor aún de lo que creía-. ¡Me he escurrido por detrás de cincuenta rifles láser para encerrarme en este puñetero aerobús con una bomba con patas!.

Drake sencillamente ignoró la nueva muestra de chabacanería. - Al cardenal no le importa caer prisionero, pero sí llevarse con él al inquisidor que lo capture para así glorificar la impunidad de sus actos. Cardenal Arcos Bors, ardo en deseos de presentaros a mi asistente, la hermana hospitalaria Crisantem. Estoy seguro de que se complacerá mucho de tener una charla con vos. Una muy larga charla.

Károbis aprendió mucho de su primera misión.

A Drake sólo le importó la razón por la que estaba allí cuando así le convino. Fue en todo momento frío y molesto para sus aliados tal y como había demostrado en Tigrit IV. A Károbis ya le habían enseñado a odiar y respetar a la vez a los inquisidores. Ahora sabía también el porqué. Eran gente a la que sólo movían sus propios intereses, en los cuales era tremendamente difícil identificar un beneficio directo para el Imperio. ¿Por qué capturar a Bors con vida aún a riesgo de dejarle escapar?.

Aprendió también cuán valioso podía llegar a ser un pacto a tiempo, que cada terreno tenía su propio guía y si se sabía escucharle te llevaría a donde quisieras. Por los servicios prestados Ralph Bartheles Malone recibió la honorífica imperialis mundanus por una insípida orden de Drake. Una vez sofocada la rebelión la purga inquisitorial fue mucho más leve de lo previsto en Denovanius Zex. Lo que sí se hizo notar fue un radical cambio de gobierno, abolición de la antigua tradición del CDI e imposición de un régimen gubernoplanetario estándar que reconstruyó todo cuanto había sido destruido durante el período en que Arcos Bors había sido cardenal. Las pocas revueltas en pro del mantenimiento del CDI fueron suprimidas con contundencia y sus cabecillas ejecutados en el acto.

Károbis también había confirmado la confianza puesta en sus superiores, sus camaradas y en el sagrado Emperador. Había descubierto la verdadera valía de Karakal y de la comandante Panter de primera mano y había sido un orgullo irrepetible seguir sus órdenes, pero también había descubierto su propia valía. La esencia de los Ángeles Sangrientos que corría por sus venas le daba poder, aunque al precio de su cordura. Debía aprender cuándo refrenarse y cuándo dejar que esa explosión de rabia arrasara con el enemigo. El Tigre de Fuego decía que Rómulus se sentiría orgulloso de él pero para Károbis, quien no conocía a aquel hombre, aquello sonó como algo vago. Se sintió de algún modo insatisfecho; quería ser digno de lucir su propia servoarmadura lo antes posible, hermanar su espíritu de tisar con el espíritu-máquina de aquella arcana vestimenta acorazada y llegar a destacar realmente en combate. Atraer hacia sí la orgullosa atención de la señora del capítulo Bastet para que todos, aliados y enemigos, supieran que Károbis Tigre Sangriento era guardián de la galaxia.

No pasaría el resto de su vida como soldado; sentía que había nacido para destacar. Sus primeros enemigos habían resultado decepcionantes salvo por las maquiavélicas trampas humanas de Bors, pero habría otros dignos de los Tigres Nevados.

¡Buenas noches, Ophir!. ¡Binevenidos a una... ¿quién lo habría dicho? nueva temporada de rollerball!. ¡Les habla Ghel Nuds acompañado por Adys Tallider desde el recién reconstruido estadio imperial de la libertad, el mismo escenario en el que se libró la batalla decisiva para la captura del apóstata Arcos Bors!

Y esta va a ser la madre de todas las temporadas, Ghel. No hay más que mirar al palco presidencial donde podemos ver a nuestro nuevo gobernador Hadex Tergsha esperando como todos nosotros a que empiece el partido.

¡Adys, después de haberme pasado años como mozo de cuadras de un tipo a quien ni siquiera llegué a conocer debo confesarte que me emociona realmente estar aquí contigo aunque a ti tampoco te conozca!.

Seca tus lágrimas pronto porque está sonando el himno del equipo local.

¡Sí, queridos conciudadanos que nos véis en las macropantallas públicas! ¡Una vez más la tormenta rueda sobre esta vieja pista! ¡Los Truenos Rodantes están aquí!.

Efectivamente, los suplentes entran al espacio interior mientras los nueve integrantes de la alineación principal empiezan a rodar. ¿Ves lo mismo que yo, Ghel?.

Sí, Adys. Nuestros bicampeones regresan a la pista y todo el público se pone en pie para recibirles. Ahí tenemos a nuestro héroe local, el laureado Ralph B. Malo, a la cabeza de su equipo. No olvidemos que todos le debemos nuestros empleos, incluido el equipo rival.

No creo que vayan a tratarle con delicadeza por eso. Mientras ven en la pantalla las alineaciones repasemos rápidamente las reglas por si a alguien se le han olvidado. El objetivo es marcar goles metiendo una bola de acero en el agujero asignado al rival; los agujeros están en cada extremo de la elipse y marcados con el color de su equipo. Para poder llevar la bola todos los patinadores llevan lo que conocemos como “el brazo”, que es esa especie de armadura que llevan en uno u otro idem y que sirve como un ligero amplificador de fuerza. Cada equipo cuenta con tres motoristas y seis patinadores que siempre deben circular de derecha a izquierda, es decir, al contrario que las agujas del antiguo reloj de mi abuelo. Pueden ir a la velocidad que quieran e incluso pueden detenerse, pero nunca ir en sentido contrario. Los motoristas no pueden coger la bola ni atropellar a nadie pero pueden dar cuantas patadas y puñetazos quieran al igual que el resto de jugadores. La bola se dispara en el sentido contrario en el que corren los equipos y no debe caer en el canal inferior; de ser así es bola muerta y se disparará otra en el canal superior.

Gracias por ese magnífico resumen, compañero. Ahora podemos ver a los Truenos Rodantes en su célebre formación de línea quebrada dando vueltas alrededor de la pista. Escuchen el sonido del afecto, amigos. Desde luego el público ha echado de menos esto durante mucho mucho tiempo. Vemos a Malo tirando sus gafas oscuras a las gradas por encima del cristal protector para ponerse el casco. ¡Esa mirada es lo último que verán muchos de los jugadores rivales esta noche!.

Los Toros de Hierro están también muy animados. Ahí les vemos formando mientras dan vueltas detrás de los anfitriones. Los árbitros dan la señal y... ¡allá va la primera bola de la temporada!. ¡Recuerden que es disparada a una velocidad de sesenta kilómetros por hora, con lo que podría sacar un hombro de sitio si alguien se da demasiada prisa en cogerla!. ¡Pero eso no le pasa a nuestros experimentados representantes! ¡los Truenos recogen la bola por medio de Gecko, quien se agarra rápidamente a la motocicleta de Malory!.

¡Noda, el gran ariete morriano, le embiste desde arriba!. ¡Oh cielo santo, este tipo ha derribado la moto de Malory!.

¡Es una montaña de ciento trece kilos de músculo!. ¡Gecko ha perdido la bola pero ahí llega Malo patinando como el rayo para recogerla antes de que caiga al canal!. ¡Una motocicleta de su equipo se le acerca por detrás para apoyarle pero Noda le va a alcanzar...!

¡Menudo golpe!.

¡Malo debe de haberle roto la nariz a Noda con ese codazo! ¡lo ha hecho caer rodando hasta la valla!. ¡Delante espera Kolender para interceptar al capitán ophiriano...! ¡Y Malo le embiste de frente!.

¡No creo que nadie pueda recibir nunca un golpe semejante! ¡ese Toro ha volado como una marioneta!. ¡Los enfermeros se apresuran a sacarle de la pista!.

Malo se agarra a la motocicleta de Jóral, que toma ya la curva muy cerca del agujero morriano. Tres Toros custodian el agujero, los Truenos van a tenerlo difícil para marcar... ¡Atención, Malory adelanta a Jóral con Gecko a la cola!.

¡Si toma la curva a esa velocidad se dará cotra el cristal!.

¡Allá va...! ¡Gecko se suelta y se lanza sobre la defensa morriana!. ¡A derribado a dos de ellos!.

¡Y aquí viene el capitán ophiriano! ¡por todos los...!

¡Es gol! ¡gol de los Truenos Rodantes tras un asombroso asalto al agujero rival!.

¡Que pongan eso a cámara lenta o voy a asesinar a alguien!. ¡Ahí lo ven!, ¡Gecko usa la velocidad de la moto de Malory para dispararse como una bola de demolición, choca contra los dos primeros y los derriba! ¡el tercero salta sobre ellos para placar a Malo que viene desde abajo y vean... Malo agarra al morriano en el aire y le hace pasar por encima de su cabeza!.

¡Hay que placar más bajo!. ¡No hay tiempo para descansos, amigos! ¡esto es rollerball!. ¡La siguiente bola ya ha salido disparada!.

 

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